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miércoles, 24 de junio de 2026

El reino de la nada

 


Muchas son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada, el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño (“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento (“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas, absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de “Aire”.

Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.

domingo, 10 de mayo de 2026

Un día de fiebre


 

Teniendo aún relativamente cercana mi lectura del libro de relatos Los ojos de los peces, de Rubén Abella (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/05/los-ojos-de-los-peces.html), me acerco hasta las páginas de su novela Un día de fiebre. Y salgo totalmente deslumbrado. Qué maravilla. Por la densidad y la musculación de cada historia, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos ante varias novelas dentro de esta novela. No hablo de “cuentos conectados” (lo cual también sería legítimo), sino de algo mucho más denso: un poderío de narraciones que se sostienen novelescamente por sí mismas, como las admirables pistas de un circo modélico, pero que multiplican su esplendor al unirse.

Como es natural, no les voy a resumir las líneas de esas historias, porque resultaría mezquino privarles de ese placer. Bastará decirles que la acción se centra en un día en el que la ciudad de Madrid es zarandeada por un pequeño terremoto y, a partir de ese punto, el escritor vallisoletano nos va mostrando las líneas que trazan por la ciudad un bombero que está convaleciente de una caída; otro bombero, que está a punto de ser padre y que vive sofocado por las amenazas de un rufián al que debe dinero; una anciana que fallece mientras estaba subida a una escalera; una chica que sufre las consecuencias de una novatada brutal perpetrada en el colegio mayor; un juez que rehúye todo compromiso sentimental y que vive un azar de amantes superpuestas; el propietario de un restaurante al que todavía escuece una durísima herida sufrida años atrás; o (y la enumeración no es exhaustiva) una profesora universitaria que lamenta el deterioro de su labor, en un mundo de jóvenes caprichosos y reacios al esfuerzo. Y es que Un día de fiebre se yergue no solamente como una egregia narración, ya les digo, sino también como una espléndida radiografía del ser humano, porque Rubén Abella indaga en los corazones y las mentes de sus personajes con una exactitud que asombra y maravilla, consiguiendo dibujarnos un cuadro inmejorable de los miedos, las flaquezas, las ilusiones, las miserias y las decepciones que cada uno de ellos (cada uno de nosotros) almacena en el sótano del alma.

Grandísima, preciosa novela. Que puede (y eso la hace más grande) ser releída con placer renovado, porque no importa tanto el argumento como el dibujo dulce y hermoso de sus personajes, los cruces (y conexiones, y divergencias) que la vida opera con ellos, al modo de un perfecto mecanismo de relojería. Créanme: memorable.

jueves, 2 de octubre de 2025

El mundo acabará en viernes

 


Quedan ustedes invitados (e invitadas) a jugar un rato al puzle. Todas las piezas, de una enorme variedad de colores y formas, están dispuestas sobre la mesa. Lo único que deben hacer, evidentemente, es descubrir el orden y las conexiones. Así funciona el juego, ya lo saben. Una de las piezas nos muestra a centenares de hombres y mujeres que, de pronto, cubren el mar: son los supervivientes de un naufragio aparatoso que sucedió en 1912. Otra de las piezas nos presenta a un tipo estrafalario que, enarbolando un pincel y una paleta, se ha abalanzado sobre el célebre cuadro de La Gioconda “para darle el último retoque”. Otra nos pone ante los ojos a un hombre alto y atractivo que dice llamarse Yeshua y que produce una instantánea sensación de paz en quienes se acercan o charlan con él. Otra pieza es una mujer silenciosa y bellísima, que se pasea en soledad por la campiña y cuyos rasgos reproducen con inaudita exactitud los de lady Diana Spencer. Otra pieza es Bob Dylan, bebiendo cerveza de manera taciturna en un pub londinense. Otra pieza es el conjunto de calamidades que comienzan a sucederse en el mundo a velocidad de vértigo: plagas de langosta, erupciones volcánicas, difusión de un brote de peste negra, asesinato del presidente de Estados Unidos, nube radiactiva sobre la India, vaticinio de una nueva glaciación, asteroide acercándose a la Tierra…

Excitado y a la vez paralizado por el asombro, quien observa las piezas ideadas por Manuel Moyano no sabe con exactitud qué hacer, cómo reaccionar, de qué manera unirlas para desvelar el enigma de su relato. Y yo creo que la magia reside precisamente ahí: en la capacidad de absorción que despliega (que siempre despliega) el escritor cordobés, capaz de suspender la incredulidad de quien sostiene el libro ante los ojos y guiarlo por senderos de fantasía, de pasmo, de vértigo. Porque lo que parecen piezas sonrientes o juguetonas, de pronto se tiñen de extrañeza, de ignominia, de náusea, revelando lo que puede surgir del interior humano en las situaciones límite.

Atrévanse a leerla. Atrévanse a jugar. Atrévanse a imaginar (de la mano de este excelente escritor llamado Manuel Moyano) cómo será el último día de la Humanidad y de qué manera quedarán separados (y quiénes formarán cada grupo) los dignos de los indignos, los bienaventurados de los irredentos. ¿Habrá un sonar contundente de trompetas o todo ocurrirá en silencio? ¿Cuál es la forma de Dios? ¿Qué ocurrirá cuando termine ese día inconcebible y apocalíptico? En sus manos queda descubrirlo.

sábado, 14 de junio de 2025

U.N.I.

 


Gracias a libros como Yo, robot, a películas como Terminator o Descifrando Enigma y, sobre todo, a la aceleración geométrica que está protagonizando la tecnología en los últimos años, el tema de la inteligencia artificial se ha convertido en ingrediente ineludible en nuestras vidas. El proceso, que para Alan Turing o Isaac Asimov pertenecía al ámbito del futuro, ya se ha instalado en el presente, y nos lanza una pregunta que, lejos de todo oropel retórico y de toda condición jocosa, adquiere unos tintes removedores: ¿puede una IA estar viva? ¿Puede experimentar emociones como la amistad, el miedo o el desamparo? ¿Puede plantearse dilemas éticos?

Antonio Garber nos invita a reflexionar sobre estos asuntos en su reciente novela U.N.I.. En ella encontramos a Daniel Pérez, un estudiante de 17 años que alterna los estudios en el instituto con un trabajo como repartidor de comida a domicilio ("Yo, un robot de carne a las órdenes de un algoritmo millonario", p.21) y que, en sus horas libres, se refugia dentro de su ordenador, en el juego Radical Shockers, donde suele coincidir con otra jugadora que responde al nombre de Uni. El aburrimiento, la falta de horizontes, la pertenencia a una familia que vive anclada ante el televisor y la distancia que su antigua amiga Elena lleva marcando con él desde hace años constituyen los elementos más destacados de su día a día. Pero, de pronto, una circunstancia inquietante dará un vuelco a la grisura de su vivir: tras sospechar que Uni no es una persona, sino una IA, Daniel comprobará que alguien empieza a controlar todos sus movimientos, a acosarlo, a perseguirlo. Llega a sentir el miedo. Y, desde luego, sus temores no son infundados, porque una corporación casi omnipotente lo ha convertido en centro de sus sospechas.

Nace así una acción trepidante, cuyos pormenores descubrirá la persona que abra sus páginas y que la conducirán por un laberinto de intereses económicos, control social y manipulaciones psicológicas, que pondrá la vida de Daniel (y, de rebote, la de su amiga Elena) al borde del abismo.

Eso sí (todo hay que decirlo, porque los lectores se lo merecen): si te resultan más bien ininteligibles palabras como exploit, Rubber Ducky, mods, meatspace, estática parasitaria, FPS o NPC, sería conveniente leer este libro junto a un ordenador, para consultar la terminología y no perderte. Es el único problema que le encuentro a una novela bien armada y de desarrollo convincente, que obtuvo el XVII premio Tristana y que ahora está disponible en las librerías gracias al sello palentino Menoscuarto.

miércoles, 14 de mayo de 2025

Extrañas parejas

 


Poco después de recibir el premio Cervantes, Cristina Peri Rossi publicó el libro de relatos Extrañas parejas, donde construye con personajes reales unos cuentos (más bien viñetas) que exponen situaciones imaginadas. Son historias bastante breves (pese a la generosa tipografía el volumen no alcanza las noventa páginas) en las que descubrimos cómo discuten y se aman Katherine Hepburn y Spencer Tracy; cómo Lewis Carroll recibe a una ya adulta Alicia Liddell, ante la que tartamudea; cómo un chico que acude al cine se enamora instantáneamente de Vivien Leigh, tras verla en la película Lo que el viento se llevó; cómo Marilyn Monroe mantiene un tórrido episodio sexual con Yves Montand; o cómo Cary Grant y Randolph Scott se citan y se besan en un local nocturno, por última vez.

Vale.

Un libro correcto.

domingo, 11 de mayo de 2025

Los ojos de los peces

 


Un ingrediente que me gusta mucho de los libros de microrrelatos (o de pequeñas ficciones, o de como diablos quiera llamárselos, que me da igual) es su condición exuberante. Es decir, la capacidad (y la generosidad) que muestra el autor para regalarnos treinta, cuarenta, cincuenta, cien historias distintas. Un búcaro con tres o cuatro flores sin duda puede ser muy hermoso, pero en un parterre donde hay tres o cuatro docenas la vista dispone de más espacio, de más tonos de color, de más irisaciones, de más aromas. Se amplía el gozo.

Embriagado con esa posibilidad, me detengo en el grato volumen Los ojos de los peces, del vallisoletano Rubén Abella (Menoscuarto, 2010), que me suministra un buen caudal de propuestas donde puede verse la tristeza de un destino que se oculta pudorosamente por teléfono (“Lunes”); las consecuencias sociales de un fraude involuntario (“Por qué”); los presuntos éxitos eróticos de los butaneros (“Lance”); la anécdota callejera en la que se ve envuelto involuntariamente Tomás y que causa una catástrofe en su familia (“El vestido rojo”); la asombrosa argucia que permite a Melquíades estar en medio mundo sin moverse de Madrid (“Viajar”); la aterradora suposición que salpica de pánico el final de un juego infantil (“Seguridad”); la conversión de un mero pasatiempo en una experiencia tenebrosa (“El escondite”); la forma magistral de resumir en dieciséis líneas un amargo despido laboral (“El fogonazo”); la mezquindad, que puede sobreponerse al afecto (“Oposición”); o las artimañas delictivas que en ocasiones deben acometerse por amor (“El regalo”).

Un libro lleno de buenas narraciones, que invita a establecer conexiones entre algunas de ellas y que, sobre todo, demuestra la versatilidad expresiva del autor. Muy interesante.

domingo, 26 de enero de 2025

El billete de 1.000.000 de libras

 


Dos hermanos sumamente excéntricos y adinerados entablan una apuesta sobre el modo en que actuaría una persona inteligente, honrada y pobre si, de pronto, recibiera un billete por valor de un millón de libras. ¿Podría sobrevivir, aunque le resultara imposible cambiar esa fortuna? ¿O, por el contrario, todas aquellas estrategias que idee para utilizar el billete lo condenarán a la desconfianza y el hambre? Esta situación, que al anonadado protagonista (Enrique Adams) se le antoja “un juego, un plan o un experimento” (p.24), comienza para su sorpresa cuando no le quieren cobrar en el sitio donde come, ni tampoco en el sitio donde adquiere un traje o en el hotel de Hanover Square donde se hospeda. Todos dan por hecho que, poseedor de ese billete, ha de ser un millonario excéntrico, al que conviene agasajar y del que procede fiarse. Incluso el embajador norteamericano (que es la nacionalidad que ostenta el narrador) lo invita a un suntuoso banquete, tras descubrir que fue amigo de juventud de su padre; allí conoce a la dulce señorita Langran, de la que se enamora instantáneamente. El protagonista, no obstante, mantiene la cabeza fría frente al enloquecido trato de sus semejantes (“Esto no era cobrar fama, sino simplemente notoriedad”, p.36). Y, como bien diría la sin par Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo leer.

Con su gracia habitual, Mark Twain compone en esta novela corta (que leo en la traducción de Amando Lázaro Ros, en la editorial Menoscuarto) un relato donde se retrata estupendamente al género humano, capaz de todos los servilismos y de todas las hipocresías cuando se enfrenta al tema del dinero.

Revelador.

lunes, 18 de marzo de 2024

660 mujeres

 


Resulta sencillo admirar la pintura de los hiperrealistas, como Antonio López, Helena Hugo, Slava Groshev o Marta Penter, porque el impacto visual de sus lienzos es instantáneo: nos llegan, nos asombran y provocan nuestro aplauso. Han conseguido geminar con formas y colores una imagen que alcanza el rango de fotográfica, y esa diabólica habilidad nos embriaga. Pero conviene recordar que existen otros modos creativos que también hablan (que tan bien hablan) de sus autores. Por ejemplo, la seducción visual que puede generarse trazando pinceladas sueltas y dejando que las retinas de quienes contemplan el cuadro construyan con ellas la imagen final. En el mundo de la literatura acabo de volver a constatar esta técnica en el libro 660 mujeres, de Cristina Cerrada. La escritora madrileña no construye aquí cuentos rectilíneos, nítidos y cerrados, sino orbes nebulosos, mosaicos de perfiles evanescentes en los cuales la persona que está leyendo tiene que intervenir, concentrar la atención al máximo, rellenar las zonas oscuras. Los personajes de “Que vuelva el poderoso nadador”, “El baño de Betsabé”, “El niño” o “Anatomía de Caín” devienen seres complejos, que la autora pone ante nuestros ojos para que tratemos de penetrar en sus recovecos y seamos capaces de entenderlos (o, al menos, de concebir una hipótesis razonablemente sólida sobre sus sentimientos, metas y motivaciones).

El reto, desde luego, presenta su dificultad, sobre todo si quien está leyendo es una persona acostumbrada a narraciones más queratinosas que gelatinosas: es decir, más sólidas y definidas. Pero creo que Cristina Cerrada lo resuelve de un modo espléndido, consiguiendo quince historias que te reclaman, te interpelan, te requieren. Memorable.

miércoles, 14 de junio de 2023

Polvo en los zapatos

 


A mí también, como al autor de este libro, me gusta la lectura de diarios, dietarios, memorias, epistolarios y otros modelos de escritura íntima, incluso cuando se vierte en formato periodístico. Así que resultará fácil deducir el alto grado de disfrute que he obtenido con este Polvo en los zapatos que, inspirado por Ángel Montiel, titulado por Teresa Piqueras y redactado por mi admiradísimo Manuel Moyano, acabo de devorarme.

Es un volumen poliédrico, en el cual los genes británicos, godos, musulmanes, eslavos y judíos del autor (véase la página 343) se activan para hablarnos de libros, lugares, no-lugares, tabernas y ventorrillos visitados, libros adquiridos (y sellados) en todo tipo de países, devociones musicales, encuentros, perplejidades, películas, actuaciones en el Festival del Cante de Las Minas, paseos en bicicleta y, en fin, las mil incidencias y recodos que toda vida tiene y que las personas que saben mirar advierten con inteligencia. Porque el espíritu de este volumen trata precisamente de eso: de conformar unas “notas de andar y observar” (rótulo que mejora semánticamente el de Ortega y Gasset) en las cuales queden encapsuladas y palpitantes las emociones del vivir y del morir, del hablar y del escuchar, del admirar y del detestar. Las emociones del corazón.

Adentrándome en estas páginas he podido, además, ver a las personas a quienes conozco (Pepe Colomer, Miguel Ángel Hernández Navarro, Fulgencio Susano García, Paco López Mengual, Juanjo Ayllón) desde los ojos de Manuel, lo que me permite acceder a una visión otra: aquella que me muestra a mi amigo Manolo mostrando a mi amigo X. (E incluso verme a mí mismo, valga la inmodestia, presentando un libro y siendo observado por Manolo; o comunicándole la muerte de un entrañable poeta que nos dejó hace cuatro años). Una curiosa sensación, que no dudaría en calificar de cinematográfica y que me ha resultado sumamente interesante.

Afirmaba Jean-Paul Sartre que el problema de llevar un diario es que tenía uno que mantenerse todo el día alerta, y que “forzaba” la mirada para que todo se transformase en “anotable”. Es posible que ambas cosas sean ciertas, pero no es menor verdad que esa tensión íntima del autor se convierte en placer literario en quienes nos encontramos al otro lado de la página. La “vida vivida” (usemos esa fórmula imperfecta) se transmuta gracias al delicado formol de la palabra en “vida aprehendida” (y ojalá que en “vida aprendida”).

Quienes decidan acercarse a estos textos han de saber que Manuel los va a llevar por medio mundo (España, Polonia, Italia, Francia, La India); les va a hablar de su familia, de sus abatimientos y alegrías; y los va a informar sobre su indeclinable pasión por Bob Dylan, su fervor lovecraftiano o su admiración infantil por Félix Rodríguez de la Fuente. Un extenso muestrario de desnudos parciales que, quizá, unidos nos sirvan para conocer de manera más profunda a uno de los narradores más sólidos y elegantes de la actual literatura española. Y si alguien sospecha que esa etiqueta se la adhiero por el hecho de ser mi amigo, no hay problema: que haga la prueba leyendo cinco o seis páginas de esta obra o de cualquier otra de las suyas. A ver quién es el guapo (o la guapa, o el guape) que me contradice.

martes, 25 de abril de 2023

Esquina inferior del cuadro

 


Creo que una de las grandes virtudes literarias de Miguel A. Zapata (siendo varias y de notable vigor las que atesora) radica en su capacidad para construir mundos. Y esa aptitud prodigiosa la desarrolla en un espacio asombrosamente reducido: apenas necesita un párrafo, unas líneas. Quizá por eso sus cuentos anonadan (y producen embriaguez) de la forma en que lo hacen. Esquina inferior del cuadro se erige en ejemplo inigualable de cuanto estoy exponiendo. En cada una de las narraciones que integran el tomo (publicado por Menoscuarto en 2011) se advierte esa destreza única, llena de músculo y magia, que el escritor granadino utiliza para envolvernos y provocarnos admiración. A veces, nos pedirá que visitemos un jardín (o una mente) de trazado inquietante, dispuesta por un hombre que desde la niñez mostró sus anomalías; o nos situará en la cola de admiradores de Priscilla Jackson, para que nos firme su libro (mientras nos deposita una pistola en el bolsillo y nos susurra una orden terrible); o nos tenderá en un quirófano para que contemplemos con pupilas horrorizadas o conformes la identidad del cirujano que se dispone a atendernos; o nos hablará del furioso jabalí que una anciana hospeda en su domicilio, contra la iracunda opinión de vecinos y responsables del ayuntamiento; o nos subirá a un tanque inesperado; o nos obligará a reflexionar sobre las esquinas, arrancadas y turbias, de unos lienzos en apariencia inofensivos.

Y, en todos los casos, el edificio milagroso que les estoy resumiendo es puramente verbal. Quiero decir que son las palabras mismas (y no otro oropel ni embeleco) las que fundan el territorio puro de su literatura, donde las vecinas de iniciales especulares, las polillas, las balsas modernas, los chinos sonrientes o las jarras infinitas de té helado se alían para inundarnos con su marea de esplendor literario y con sus constantes hallazgos estéticos.

Un lujo para las estanterías de mi biblioteca.

miércoles, 25 de enero de 2023

Ahora tan lejos

 


Me acerco hoy hasta un volumen de relatos de un autor nuevo para mí: Javier Sagarna. La obra se titula Ahora tan lejos y apareció con el sello Menoscuarto en el año 2012. Salvo un par de relatos que quizá me han llamado menos la atención, el libro me ha parecido realmente bueno.

Convincente y sutil en la construcción de sus historias, Sagarna nos habla de la dureza con la que un niño maltratado por su padre calcina un grupo de hormigas, un alacrán y una culebra (“Bichos”); de la tristeza silenciosa de un hombre separado, cuya madre lo visita con la excusa de que su lavadora está rota (“Colada”); de los miedos de una niña, martirizada por el sadismo de su hermano mayor (“El vampiro en la baldosa”); de los jóvenes ilusionados que ocupan un descampado usado por drogadictos, el cual pretenden reconvertir en un oasis de árboles y sosiego (“Esto es un parke”); del padre miedoso que termina propinando un puñetazo a la persona equivocada en el lugar equivocado (“Bala de plata”); del recuerdo de aquella moneda que le daba el abuelo cuando, lleno de vergüenza, lo acompañaba a pasear por la orilla de la playa (“Oro robado”); del frutero pusilánime y abatido, que termina siendo abandonado por su esposa (“El tren”); o de los náufragos Olsson y Laplace, que sobreviven sobre un iceberg, que poco a poco se va derritiendo conforme la masa de hielo avanza por aguas cada vez menos frías (“El Ártico”).

Son relatos sólidos y bien construidos, con los que he gozado de unas horas muy agradables de lectura. Repetiría con el autor.

viernes, 29 de abril de 2022

Entre amigos

 


Es perfectamente lógico que los mecanismos de la novela Entre amigos, del madrileño Antonio Parra Sanz, funcionen de un modo tan solvente, porque el autor se ha curtido en el ámbito de la novela detectivesca con la lectura de miles de páginas firmadas por los grandes representantes del género. De ese amplio conocimiento (teórico y práctico) se desprende que la detective Sonia Ruiz se convierta en un personaje creíble y sólido de principio a fin de la novela. Da igual que la veamos entrenando en el gimnasio, discutiendo en la comisaría, enzarzada en una conversación telefónica más bien tensa, tomando un café con una amiga, enfrentándose a una yonki o midiendo temperamento con la subinspectora Lidia Goya. La construcción del personaje (de todos los personajes, en realidad) está fundamentada en una labor de miniatura psicológica y de una constante atención al lenguaje, la gestualidad, las indecisiones, los miedos. Y alrededor de esos seres narrativos, una trama en la que no falta ningún detalle canónico: disparos, drogas de diseño, mafias extranjeras, teléfonos limpios, policías de variados pelajes, delincuentes obtusos o inteligentes, ambientación urbana, hackers, sexo, un cuerpo en un maletero y vocabulario que busca reproducir fidelísimamente la espontaneidad. Con esos ingredientes bien dosificados, la coctelera sólo precisa algunos enérgicos movimientos de muñeca… y la acción se pone en marcha.

Antonio Parra Sanz sabe muy bien a qué juega y, por tanto, tiene un perfecto conocimiento de cuáles son los naipes que debe colocar en el tapete y cuáles es mejor esconder en la manga. El resultado es Entre amigos, la novela que acaba de publicarle el sello palentino Menoscuarto en la serie SeisDoble: un éxito seguro entre los enamorados de la novela negra.

jueves, 28 de octubre de 2021

Pequeñas sediciones

 


A pesar de que no llegue a las sesenta páginas, el libro Pequeñas sediciones, del madrileño Javier Vela, contiene un elevado número de ingredientes que salpican e impresionan al lector: meteoritos que caen en silencio sobre la Tierra y que no son localizados por parte alguna; personas que, después de asistir a una fiesta de disfraces, ven alterada toda su existencia de forma sorprendente; un indígena del Pacífico Sur que estuvo a punto de anticiparse a los descubrimientos científicos de Isaac Newton; un autoestopista aparentemente inofensivo, pero que termina sorprendiendo al conductor del vehículo que se ha detenido para recogerlo; el mendigo que solicita la ayuda de los viandantes, parapetado tras un cartel donde ha escrito “Una limosna para viajar en el tiempo. Máquina averiada. Hace siglos que no veo a mis hijos”; pálpitos inquietantes que pueden surgir de situaciones cotidianas (“En el colegio todos se mofan de él. A diario le increpan, le humillan, le chasquean. Sin levantar la vista el niño hace oídos sordos, mientras afila calladamente su lápiz”); e incluso pequeñas joyitas donde todo está condensado, escondido o posibilitado, para que los lectores interpreten (“Nuria me llama desde el hospital. Ya tiene los análisis. Dice que me relaje, que no es nada. La invito a casa para celebrarlo. Ella sonríe y acepta. Después, se echa a llorar”).

Escultor habilidoso de miniaturas, Javier Vela consigue entregarnos casi medio centenar de historias que se quedan vibrando en la memoria cuando terminas la lectura. No es un éxito pequeño.

jueves, 18 de junio de 2020

Cuadernos de tierra




Hacia la mitad de Cuadernos de tierra, el volumen que Manuel Moyano acaba de editar con el sello Menoscuarto, nos habla el autor de Camilo José Cela, “cuyos libros de viajes por España había leído con fruición durante mi adolescencia” (p.101). Y no resulta ociosa esta aclaración, porque en cada una de las páginas de este espléndido trabajo se respira aquella voluntad de “andar y ver” que el Nobel gallego se impuso como norma para sus caminatas y que compromete muchos ingredientes heterogéneos: moverse con una planificación sucinta, estar abierto a las sorpresas y, ante todo, comprender que la libertad del viajero implica reorganización constante y zigzagueos caprichosos.
Durante varios veranos, mientras sintió “ese estímulo —nacido en no sé qué recoveco de mi cerebro— que me impulsaba a emprender largas caminatas sin objeto” (p.161), el narrador cordobés se lanzó a aventuras como remontar a pie el curso del río Segura, o el curso del río Mula, o las sierras de Albacete, dejándose impregnar por un vagabundeo que lo hacía dormir al raso, bañarse desnudo en acequias o alcanzar los límites del cansancio o la deshidratación por carreteras, senderos y trochas vapuleados por un sol indiferente. Provisto de unas botellas de agua, una manta, una gorra, algo de dinero y poco más, fue atravesando una buena cantidad de kilómetros. Cierto parroquiano le preguntó una vez, con una mezcla de admiración y curiosidad, si realizaba ese viaje por gusto. “Por gusto no, por cabezonería”, le contesta en la página 29. Otro parroquiano le replicó que hay muchos tipos de locura cuando Moyano le explicó que el motivo de sus caminatas era “una locura que me ha dado” (p.61)… Al final, se trataba tan sólo de perderse por paisajes desconocidos, por taludes resecos, por vegas húmedas, por arboledas acogedoras que protegen de la lluvia; y descubrir que “mientras se camina, la vida parece tener algún sentido” (p.94).
En Cuadernos de tierra encontramos paisajes admirables y paisajes anodinos; gentes bondadosas y chulescas; comidas memorables y pitanzas mezquinas; animales hermosos y bestezuelas repelentes. Y ocurre así porque el autor ha decidido que su crónica no esté impregnada de prejuicios, ni mediatizada por condicionantes de ningún tipo, sino que se erija sobre la simple mirada. Esto he visto, esto os relato. Son páginas escritas con los pies en el suelo (nunca mejor dicho), con el polvo de los caminos y el sudor colonizando la ropa, como quería el 98 que se conociese el país: pateándolo.
Además, en este libro quedan recogidas varias historias que, por su singularidad y su potencial narrativo (recomiendo especialmente fijar la atención en la historia macabra de unos fusilados en la guerra civil y en el enigma de un presunto nazi que vivió escondido durante muchos años en un pueblecillo de montaña), podrían convertirse dentro de un tiempo en novelas o cuentos. ¿Qué mayor placer que descubrir, en un libro delicioso, el germen de otros posibles libros deliciosos?
Manuel Moyano. He aquí a otro de los autores de quienes deseo leerme hasta la lista de la compra. Y por ahora estoy cumpliendo, para mi fortuna.

jueves, 10 de enero de 2019

El adoquín azul




A veces, la vida nos coloca ante una persona a quien no podemos tener; o en una situación en la que no podemos quedarnos. Y mucho más tarde descubrimos, con dolor o con melancolía, que en ese espacio de luz se encontraba la dicha más pura esperándonos, aunque por cobardía o por imposibilidad no pudiésemos aferrarla.
Le sucede al pobre Montero, un tipo pusilánime que vive en la Barcelona de 1945 y que escribe versos de dudoso valor (“Yo no sé si fue un gran poeta, pero imagino que debió de serlo, porque no lo cita ninguna antología”). Durante la guerra civil, fiel a su sencillo espíritu republicano, “defendió a Cataluña en el paso del Ebro, no como otros poetas que la defendieron comiendo marisco en Tahití, y a los que todavía se tributan homenajes de cuatro barras y cinco tenedores”); pero ahora la mala suerte ha querido que reciba un disparo de la policía y que deba huir con la bala alojada en su cadera. Así conocerá a Ana, que lo recogerá en el piso donde se dedica a escribir a solas, alejada de su marido, el impetuoso inspector Ponce, fascista convencido. Transcurrido un tiempo, y cuando éste empieza a considerar que esa casa de su mujer es más un picadero que un refugio intelectual, ella venda los ojos de Montero, le facilita un salvoconducto y lo conduce hasta un tren que lo lleva a Francia.
Años después, instalado en Nueva York, Montero comenzará a utilizar el tiempo de vacaciones para volver a Barcelona y tratar de encontrar a aquella mujer de la que se enamoró secretamente… Pero el tiempo establece siempre sus gabelas y no siempre está dispuesto a mostrarnos su cara más amable.
Una novela corta de Francisco González Ledesma que tiene un raro privilegio: es, en los últimos seis o siete años, el primer libro cuya conclusión me ha hecho llorar.

sábado, 10 de marzo de 2018

Nunca mires atrás



La editorial Menoscuarto ha puesto en marcha una idea muy tentadora para los amantes de la novela negra: una serie protagonizada por una joven y sensual detective, Sonia Ruiz, cuyas peripecias sean narradas, en volúmenes sucesivos, por escritores diferentes. La han bautizado con el nombre de SeisDoble (ficha de dominó que, como sabemos, inaugura las partidas) y fue iniciada por Lorenzo Silva (Nada sucio), continuada por Andreu Martín (El lado oscuro), consolidada por Esteban Navarro (El club de la élite) y, ahora, alcanza su cuarto episodio de la mano del autor yeclano Claudio Cerdán, quien elabora una propuesta muy interesante.
El punto de partida lo tenemos en un contenedor de basura (imagen que Miguel Navia utiliza de forma impactante para la cubierta del libro), donde yace el cuerpo desmayado de una mujer, que ha bebido mucho y que se encuentra sin ropa interior. Se trata de nuestra protagonista, Sonia Ruiz, quien no logra recordar cómo demonios ha terminado en ese nauseabundo emplazamiento, qué hace vestida de un modo tan provocativo y, sobre todo, dónde ha podido perder o dejar sus bragas. Por suerte, una mujer llamada Mila, que se presenta como una antigua compañera del instituto, consigue sacarla de allí antes de que pase el camión de recogida; y le propone un caso para que lo resuelva: la desaparición de su marido, un forofo del Real Madrid que no ha tenido mejor idea que abandonarla de la noche a la mañana, dejándole tan sólo las deudas derivadas de la hipoteca.
A partir de ese instante nos encontramos con todos los ingredientes de una ágil novela negra: un miembro del CNI que ayuda a la protagonista, unos mafiosos rusos que le siguen los pasos muy de cerca, ambientes poco recomendables para acudir a tomarse una copa, una grabación subida de tono, un incendio en el que muere un hombre después de haber sido brutalmente torturado, un policía con un comportamiento sexual y moral menos respetable de lo que supondríamos o quisiéramos en un agente del orden… Y todo servido con una prosa eficaz, con un ritmo adecuadamente rápido y con la solidez que los lectores de Claudio Cerdán ya estamos acostumbrados a detectar en sus libros.
No me cabe la menor duda de que la cuarta entrega de SeisDoble será un éxito.

sábado, 10 de febrero de 2018

Todo lo que no te pude decir



En las relaciones humanas no todo se puede decir. Siempre queda (tiene que quedar) un fondo oscuro, clausurado, estanco; una bodega a la que no dejamos acceder a las demás personas, porque intuimos que en ella encontrarían detalles de nosotros que las defraudarían o espantarían. Y esta verdad psicológica alcanza mucha mayor intensidad en las relaciones amorosas, allí donde hay secretos que no constituyen mentira sino protección, y silencios que se erigen en fortalezas dentro de las cuales vivir o sobrevivir.
La hispanouruguaya Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) nos propone en su último libro, Todo lo que no te pude decir, una reflexión pulposa sobre ese tipo de relaciones en las que encontraremos mil detalles asombrosos: tatuajes cuyo origen resulta tan doloroso para su propietaria que se niega a explicarlos; inclinaciones sexuales que los demás contemplarán con espanto, pero que los protagonistas sienten latir en sus corazones y en sus cuerpos; mulatas que saben de tratos sentimentales para sobrevivir y protegerse de la soledad; mujeres que huyen de militares violadores y que buscan en puertos lejanos un espacio donde habitar la luz de otra forma; o cuidadores del zoo que se ven implicados en una relación erótica con una mona. En todas las narraciones que conforman el volumen se aprecian hilos, suturas, engarces que los unen entre sí, formando una malla que los asemeja a una estructura híbrida entre los cuentos y la novela, tan rica como poliédrica.
En ese tejido (que, siguiendo la idea del caravaqueño Miguel Espinosa, podríamos llamar “libro”, sin necesidad de más etiquetas) nos encontraremos con Suárez, el investigador en psicología de primates; con el comisario Fonseca, divorciado y a punto de jubilarse; con la prostituta Silvia, tan hermosa como enigmática; con Laura, que se enamora tumultuosamente y que quiere desentrañar todos los detalles sobre el pasado de la persona amada; con Flor, una isleña cuya capacidad de seducción está ligada a su inteligencia, y no tanto a su cuerpo; o a la psicóloga “madura, más bien fornida y con gafas de miope” que atiende a un personaje en las páginas finales del volumen, que tratará de sanarlo de sus obsesiones.
Cristina Peri Rossi, elegante, eficaz, habilidosa, consigue que todas las historias contenidas en este trabajo (en las cuales siempre existe un desequilibro evidente entre las partes de la pareja) encajen y se completen, hasta formar una red de enorme intensidad y de notable belleza.

jueves, 18 de mayo de 2017

El abismo verde



En ocasiones, nuestros miedos y nuestras dudas se alían para erosionar la calma sedante en la que creíamos vivir. Navegantes por un mar tranquilo, en el que las galernas y los maremotos habían decidido respetarnos, de pronto nos vemos sacudidos por un oleaje que desarbola nuestra nave y nos provoca un atroz naufragio. Así le ocurre al joven sacerdote que protagoniza la última novela de Manuel Moyano, publicada por la editorial palentina Menoscuarto con el título de El abismo verde.
Resumir su argumento sería fácil y probablemente serviría para que muchos lectores se sintieran de inmediato tentados de buscar el libro, pero me abstendré de recurrir a ese reclamo. Digamos simplemente que tenemos a dos europeos (un alemán y un español) situados entre las localidades selváticas de Mapucho y Agaré, en el continente americano. Digamos que están rodeados por una masa de indígenas embrutecidos por el alcohol de caña. Digamos que a unos seis kilómetros de allí se pueden visitar las ruinas de una ciudad maya o inca. Y digamos, en fin, que por los agujeros de sus muros erosionados aparecen, al oscurecer, unas criaturas deformes, de sexo femenino y apariencia humana pero sin pigmentación en la piel, que provocan tanto estupor como repugnancia.
Ya está. Dejémoslo en ese punto. El lector de Manuel Moyano no necesita más para saber qué maravillas va a encontrarse en las páginas de esta novela, que lleva una preciosa imagen de portada de Francisco Anzola y que investiga en territorios tan variopintos y sugerentes como el horror, la fe religiosa, la atracción sexual, la desesperanza, la ansiedad, el desconcierto o la furia.
Tres elementos se combinan para convertir el volumen en una pieza codiciable: de un lado, esa trama poderosa que he insinuado y que alcanza límites inauditos en varias secuencias del relato; de otro, los convincentes perfiles psicológicos que el autor elabora con los personajes principales (el dipsómano Lavinger, el sinuoso Montesinos y el atormentado sacerdote que nos narra la historia); y, por fin, una presentación formal de imposible mejora, donde la música sintáctica de Manuel Moyano, su cuidado a la hora de adjetivar y su finura semántica envuelven al lector hasta que llega al vértigo de la última página.
Si es usted lector habitual de este prosista afincado en Molina de Segura, corra a hacerse con la obra, porque le aseguro que volverá a encontrarse con la magia que ya descubrió en sus libros anteriores. Si no lo es, acépteme el consejo y sumérjase en las aguas de este río: pasará al grupo anterior en cuestión de cinco minutos.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La lengua de los ahogados



Estamos fabricados, aunque optemos por ignorarlo, de melancolía, de hondos naufragios que nos llenan la garganta de burbujas, de largas heridas por las que nos desangramos en silencio. Pero un día, de pronto, nos asalta la iluminación y atamos cabos: advertimos un brillo o un juego de espejos que nos devuelve una imagen inesperada. Y entonces comprendemos quiénes somos o por qué somos.
Los protagonistas de las historias que reúne el barcelonés Fernando Clemot en este volumen alcanzan esa revelación en instantes muy distintos; y adquieren con esa luz una nueva visión de sí mismos o de cuanto los rodea: ese padre de familia que, después de asistir al parto múltiple de su perra, recoge a todos los cachorros en una bolsa y se dirige al río para desprenderse de ellos, a la vez que aprovecha para realizar una llamada de teléfono indigna (“Canela”); ese juvenil cantante de éxito que, macerado en su vejez por las decepciones, languidece en el olvido y el anonimato (“Las orillas del Jordán”); ese hombre que, instalado en un poblado perdido y apartado de la civilización, intenta que sus habitantes se mantengan dentro de la pureza natural y alejados del fango turbio de las multinacionales (“Todos los nombres”); esa mujer que cree contemplar, desde la ventanilla del ferry en que viaja, los aspavientos desesperados de un hombre que lucha para no ahogarse (“Pirun onnekas”); o ese huésped curioso, al que le gusta indagar a través de los indicios que dejan a su paso, quiénes eran las personas que vivían en los pisos que va alquilando a lo largo del tiempo (“Inquilinos anteriores”).
Todas las vidas cuyo dibujo adorna estas narraciones están salpicadas, en mayor o menor medida, por gotas de ternura, por trallazos de acidez o por la polvorienta pátina que el silencio, la tristeza y el paso de los años depositan sobre las cosas y seres. De tal modo que leerlas se convierte en un ejercicio del que emergemos impregnados por esa aura especial que Fernando Clemot ha definido para ellas. Y, alternándose con las mismas, páginas donde nos habla de los ahogados y sus peculiares condiciones, en un equilibrio dinámico que los lectores entienden cuando se alcanza la conclusión del volumen.
Dueño de un estilo brioso y eficaz, convincente y poliédrico, el escritor barcelonés consigue repetir la magia de sus anteriores libros en un tomo cuya lectura yo recomendaría que se comenzase por el final. Suena paradójico, pero tiene su explicación. Acérquense al breve relato “La costilla de Adán” y, estoy convencido, les resultará imposible despegarse de la obra o resistirse a su lectura completa.

Lo he dicho alguna vez y no le temo nada a la repetición: estamos ante un auténtico maestro.

domingo, 18 de septiembre de 2016

No habrá Dios cuando despertemos



Victorio y Amanda se encuentran en un Aeropuerto, rodeados de otras muchas personas. Pero los lectores que hemos decidido sumergirnos en esta obra de Ricardo Vigueras (ganadora del VIII Premio Tristana de novela fantástica y editada por Menoscuarto) descubrimos pronto que algo raro sucede allí. En primer lugar, se nos habla de un Aeropuerto, con mayúscula; más tarde, se nos aclara que todos sus usuarios llevan tatuada en su muñeca una clave alfanumérica y que, a diario, se celebra un sorteo para elegir a una sola persona, que tendrá la suerte de embarcar en el vuelo que lo saque de aquel espacio claustrofóbico. Por fin, en la página 27, se nos aclara aún más la situación: el Aeropuerto “es una región a donde vamos a parar las almas que abandonamos la vida con muerte violenta”.
Preparado el marco narrativo y seducidos por su extrañeza, los lectores somos invitados a acompañar a los dos protagonistas, que han sido señalados por el Destino, en su largo y accidentado viaje hasta la Terminal V, donde les espera el avión que los sacará de aquella “babel de idiomas antiguos y modernos” (p.62), donde deberán mantener diálogos desquiciados con algunos funcionarios, enfrentarse a demonios de repulsiva textura (como Bástiabas) y sufrir, minuto a minuto, con la posibilidad de perder el vuelo, lo que eliminaría de raíz toda esperanza.
Victorio (que fue un maestro de escuela español fusilado el día antes de su boda, en 1936) y Amanda (que sufrió una muerte de lo más infame y sangrienta, a manos de varios energúmenos) conseguirán por fin acceder hasta la Terminal V cuando apenas faltaban unos minutos para el despegue de su avión, pero aún les espera una sorpresa... Y también les espera otra, mucho más aparatosa todavía, a los lectores del tomo, porque el murciano Ricardo Vigueras (que actualmente trabaja como profesor de mitología clásica y latín en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, en México) se ha reservado para el cierre la última magia, el último efecto sorpresa.

Con secuencias de humor y de amor, con páginas de asco y de fantasía, con diálogos muy bien construidos y, sobre todo, con un desarrollo elegante y serio, No habrá Dios cuando despertemos es una novela de lectura placentera y aroma sartreano que, en muchos casos, nos obliga a pensar. Otro acierto editorial para aplaudir al sello palentino.