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lunes, 17 de agosto de 2020

Poemas idiotas




Cuando leí hace tres meses el poemario Sea un arma, del mexicano Ismael Velázquez Juárez, recuerdo que me sorprendió la pestaña biográfica que aquel volumen (publicado por Ediciones Liliputienses) incluía, porque marcaba el año 1960 como fecha de nacimiento del poeta. Jamás hubiera atinado a pensar que aquellos versos rompedores, libres, juguetones, pirotécnicos, danzarines, ebrios y zigzagueantes podían haber sido redactados por una persona que se acercaba a la edad en que muchos languidecen entre bostezos hacia la jubilación… Pero es que ahora, tras leer Poemas idiotas (la editorial extremeña vuelve a apostar por él), me quedo con la boca aún más abierta y con la perplejidad zumbándome en el cerebro.
El hombre de sesenta años cava un túnel y quiere introducirse en él, esperando que no se desvirtúe en una salida. El hombre de sesenta años descubre que los pájaros que nos alegran con sus trinos son sordos y ciegos, aunque en realidad no son conscientes de esas lacras. El hombre de sesenta años escucha frases por la calle y las funde para lograr un final de poema tan inquietante como lúcido (“Envejecer es recordar / lo que no quieres / y olvidar lo que te importa”). El hombre de sesenta años descubre que cuando nos bañamos en la orilla del mar aceptamos la humillación de convertirnos en animales ridículos, que chapotean sin dignidad. El hombre de sesenta años descubre la diferencia esencial entre las personas que sueñan con tener un hijo y las personas que sueñan con escribir un buen poema. El hombre de sesenta años le escribe una delgada oración al dios silencioso que parece no preocuparse por los dolores de las criaturas humanas. El hombre de sesenta años, en fin, alinea treinta y cuatro palabras en la página 29 del volumen y nos regala uno de los poemas de amor y soledad más simples y más hermosos que he leído en mucho tiempo.
Que Ediciones Liliputienses no reciba aplausos constantes en los suplementos literarios de rango nacional es misterio para el que, francamente, no encuentro mucha explicación.

jueves, 11 de abril de 2019

Sea un arma




Es un libro breve, extremadamente breve. De hecho, puede ser leído en apenas diez minutos, porque cada una de sus cuarenta y una páginas repite el mismo formato: una imagen (siempre la misma: la espalda de un varón que lleva un traje de tono claro) y apenas unas pocas palabras acompañándola. Pero cometerá un error quien juzgue que esa condición sinóptica o conceptista lo convierte en una lectura liviana. Por el contrario, lo que el mexicano Ismael Velázquez Juárez nos presenta en Sea un arma (Manual de autoayuda contra sí mismo) es, desde el punto de vista filosófico, un auténtico plasma de quarks: un producto tan denso y tan caliente que resulta difícil enfrentarse a él y salir indemne.
Cada una de sus diminutas sentencias o aforismos líricos nos desplaza hacia los límites del vértigo, por causas muy diversas: porque nos revela nuestra condición insensata (“Usted / es un error / que cumple años”), porque ilumina los senderos alienantes por los que nos vemos obligados a transitar (“Usted / sigue un plan / que no es el suyo”), porque nos enfrenta con el espejo de la realidad y nos invita a obrar en consecuencia (“Sólo diga la verdad / Es la única forma / de sobrellevar esta mentira”), porque nos torpedea la esperanza con su nihilismo (“Dios no creó nada / Destruyó todo / Usted es un escombro”) o porque nos dibuja un horizonte donde no existen asideros a los que aferrarse (“Gracias por esperar / No hay nada que esperar / Siga esperando”).
El sello Liliputienses continúa arriesgando con libros audaces, incómodos, aguerridos, lúcidos, que te obligan a repensar la literatura no solamente como un despliegue formal, atento al preciosismo de su lenguaje, sino también como un ejercicio de análisis del mundo, ante el que conviene remangarse y hundir los brazos con valentía.