martes, 13 de octubre de 2026

El tungsteno

 


Después de haber leído hace pocos días su Paco Yunque, que me dejó muy buen sabor de boca (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/09/paco-yunque.html), me acerco hoy hasta las páginas de la novela El tungsteno, de César Vallejo, que me sitúan en un escenario triste y enervador. Estamos en Quivilca, en el departamento del Cuzco (Perú), donde la Mining Society está explotando las minas de tungsteno de la zona, para utilizarlo como soporte de la producción armamentística norteamericana. Aunque las órdenes vienen de fuera (Mr. Taik y Mr. Weiss), son las autoridades locales las que se encargan de velar, servilmente, por su estricto cumplimiento, convirtiéndose en lacayos que besan la mano que los alimenta, aunque eso suponga tener que explotar, golpear, esclavizar e incluso matar a los indios de la zona, mera carne de cañón fácilmente reemplazable por medio de levas obligatorias. Así, el comisario Baldazari, el cajero Machuca, el ingeniero Rubio, el profesor Zavala, los comerciantes José y Mateo Marino, el doctor Riaño e incluso el cura Velarde (que no duda a la hora de coger un arma y disparar contra los indígenas que no acatan su destino) se convierten en los garantes de un sistema abusivo y perverso, en el que caben todas las ignominias: una india (Graciela) que es emborrachada y que sufre una infame agresión sexual en una reunión de gerifaltes, donde se procede por respetuoso orden jerárquico (“Todos los contertulios […] conocieron entonces, uno por uno, el cuerpo de Graciela”, p.49); una protesta de indios exhaustos, que es sofocada a tiros y que causa más de una docena de víctimas mortales, amén de un buen número de detenidos; un continuo ejercicio de poder despótico, que machaca y extermina a los indios soras mientras los vendepatrias exhalan gritos estupefacientes (“¡Vivan los Estados Unidos! ¡Viva la Mining Society! ¡Vivan los norteamericanos! ¡Viva Wilson! ¡Viva míster Taik! ¡Viva míster Weiss! ¡Viva Quivilca! ¡Viva, señores, el subprefecto de la provincia! ¡Viva el alcalde! ¡Viva el juez de primera instancia! ¡Viva el señor Iglesias! ¡Viva Marino Hermanos! ¡Abajo los indios! ¡Abajo!”, p.114).

Con una prosa que incendia el corazón y con un argumento que congela el pulso, César Vallejo nos muestra en esta historia la despiadada manera en que su Perú sufrió todas las lacras del colonialismo más salvaje. Sobrecoge.

No hay comentarios: