Iba
a comenzar diciendo que no era necesario recordar la forma en que murió el
poeta Miguel Hernández. Pero, pensándolo mejor, sí creo que es necesario y de
justicia. Miguel, uno de los poetas más populares y queridos de España, murió
de tuberculosis sin que sus carceleros fascistas ni los representantes de la
Iglesia (uno de ellos, Luis Almarcha, muy cercano al vate) movieran un dedo
para salvar su vida. Así de rotundo y así de incontestable. ¿El pecado que
cometió para merecer ese trato inhumano? Muy sencillo: haber escrito y haber
luchado del lado de la república durante la inicua guerra civil de 1936. Lean
cualquiera de las biografías que hay publicadas sobre el poeta si desean
conocer los espeluznantes detalles de sus últimos días.
Aquí, la novelista Rosa Huertas explora una posibilidad narrativa tan sugerente como plausible: ¿es posible que Miguel redactase durante sus semanas finales algunos poemas que, manuscritos, alguien sacase de la celda? Y esos poemas, ¿se conservan en algún lugar desconocido? José Castillo, el abuelo de Clara, está convencido de que el cuaderno de tapas negras que su paisano Aurelio sustrajo de la maleta de Miguel tras enterarse de su muerte contiene esos inéditos. Y que es necesario recuperarlo, antes de que alguien lo destruya o lo utilice con fines partidistas (el hijo de Aurelio ahora se dedica a la política). Comienza de ese modo una aventura en la que Clara, con el auxilio de Víctor (nieto de Aurelio), buscará ese último vestigio de la creatividad de Miguel Hernández. Y en esa exploración aprenderá (aprenderán ambos, porque Víctor también abre los ojos) a descubrir que las personas no somos bloques monolíticos, sino que tenemos facetas, aristas, ángulos, luces y sombras: nadie es (siempre y para todos) como aparenta ser. De ahí la necesidad de escuchar, mirar y entender, sin dejarse guiar por prejuicios o por conclusiones aceleradas. Ni una sola de sus líneas es panfletaria. Ni una sola de sus páginas es prescindible. Una espléndida novela.

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