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domingo, 26 de abril de 2026

Las inseparables

 


Cuando tenía 9 años, Simone de Beauvoir era alumna del colegio Adeline Desir. Y allí conoció a Elisabeth Lacoin, una chica inteligente y divertida con la que se sintió profundamente conectada, convirtiéndose en amigas. En esta novela póstuma, titulada Las inseparables, que leo en la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, la pequeña Sylvie Lepage (9 años) vuelve al colegio para el nuevo curso y conoce allí a Andrée Gallard. Ya no se separarán durante años: compartirán conversaciones, opiniones literarias, reflexiones sobre Dios, debates filosóficos, comentarios sobre chicos y sobre la vida en general. El vínculo entre ellas es fuerte, poderoso, inquebrantable. Y ni siquiera la aparición de Pascal, un joven profundamente religioso que se ha enamorado de Andrée, lo erosiona. Atormentada por las complejas relaciones con su madre, Andrée deja que Sylvie y Pascal se muevan a su alrededor, sin encontrar el camino adecuado para la felicidad, que parece estarle negada, sobre todo cuando la señora Gallard opine que debe trasladarse durante dos años a Inglaterra, salvo que Pascal acepte un compromiso matrimonial inmediato. El muchacho, indeciso, se niega a hacerlo, porque opina (eso dice) que la separación fortalecerá su vínculo y los protegerá de los pecados de la carne. ¿Qué siente Andrée, en medio de esas fuerzas que tiran de ella y amenazan con desgarrarla? ¿Y qué siente Sylvie, que lucha para que su amiga (¿solamente su amiga?) se case con el timorato Pascal?

Al principio, en la dedicatoria para Elisabeth Lacoin que abre la novela, Simone de Beauvoir escribe: “Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva? Debería dedicarle esta historia, pero sé que no está ya en ninguna parte, y si me dirijo a usted aquí es como un artificio literario. Por lo demás, esta no es de verdad su historia, sino solo una historia inspirada en nosotras. Usted no era Andrée y yo no soy esa Sylvie que habla en nombre mío” (p.7). Al final, en el epílogo que acompaña a esta publicación, Sylvie le Bon de Beauvoir formula un interrogante crucial sobre su madre: “¿Cuál es ese sentimiento sin nombre que, con la etiqueta convencional de amistad, le abrasa el corazón aún sin estrenar, maravillado y en trance, sino el amor?” (p.120). No creo que sean necesarias más explicaciones para adentrarse con respeto y en total silencio en las páginas de este libro lánguido, triste y auténtico.

lunes, 26 de febrero de 2024

Malentendido en Moscú

 


Todas las relaciones de amor, sean del signo que sean, se erosionan. No se trata de que tarde o temprano mueran (esa evidencia resulta incontestable), sino que sufren con el paso del tiempo un número variable de desgastes, mutaciones o necrosis. André y Nicole, un matrimonio de profesores jubilados, que pertenecen a la intelectualidad francesa y que han dedicado buena parte de sus vidas a luchar por la mejora del mundo, van a descubrir, ahora que han ingresado “en la flor de la edad postrera” (p.73), esa corrosión. Su propósito en el viaje que acaban de comenzar es muy sencillo: encontrarse con Masha (fruto del primer matrimonio de André) y contemplar el estado en que se encuentra Rusia tras “los negros años del estalinismo” (p.29). Durante mucho tiempo, ellos han anhelado que el socialismo triunfe y que elimine las desigualdades entre los seres humanos, pero ahora comienza a ganar sus espíritus el escepticismo, porque han constatado que todas las luchas, todas las manifestaciones, todas las protestas, todas las reflexiones “no habían hecho retroceder ni un palmo el capitalismo” (p.66). A ese decaimiento ideológico se une otro mucho más íntimo: Nicole se siente cada vez más vieja y comprende que su marido ya no siente atracción sexual por ella. Los buenos tiempos ya no existen y resulta doloroso, pero necesario, aceptarlo (“Al galope escapan mis días, y en cada uno de ellos languidezco”, p.112). El fervor que sentían el uno por el otro se ha convertido en rutina; el éxtasis, en grisura; la luz, en niebla. Aunque se nieguen a poner nombre a su declinación, es posible que ya sean “una pareja que continúa porque ha comenzado” (p.155). Es decir, una pura inercia lastimosa. En medio de ese panorama, un detonante bastante nimio (que André ha decidido prorrogar su estancia en Moscú y que Nicole insiste en no haber sido consultada) provocará una grieta bastante profunda entre ellos; y ninguno de los dos parece, en principio, dispuesto a ignorarla.

Simone de Beauvoir nos propone en estas páginas, que incorporan muchos tintes en apariencia autobiográficos, una serie de reflexiones francamente lúcidas (y no exentas de decepción y amargura) sobre las relaciones humanas y, de paso, sobre los acontecimientos políticos y sociales que sacudieron el mundo durante las décadas de la Guerra Fría.

Un buen libro.

sábado, 23 de enero de 2016

Una muerte muy dulce



Deben existir pocas cosas más emotivas que realizar la crónica literaria de la muerte de un ser estrechamente ligado a ti (padre, madre, hijo, hija); y, aunque los ejemplos son innumerables, su grado de crudeza jamás deja de remover nuestro interior.
Simone de Beauvoir aborda esta difícil tarea en Una muerte muy dulce, donde nos relata el último mes de vida de su madre a quien, tras ser ingresada por un problema de huesos, se le diagnosticó (ella no lo supo, pero sí su familia) un terrible cáncer terminal. En los instantes iniciales, la escritora recibe la noticia con una especie de frialdad desasosegante (“Me conmoví poco. A pesar de su invalidez, mi madre era sólida. Y, al fin de cuentas, tenía edad de morir”). Pero cuando los médicos descubren la auténtica raíz de su mal todo cambia. Simone se pregunta con perplejidad por qué, sabiendo con certeza que la muerte es inminente, la siguen sometiendo a pruebas dolorosas. De pronto, ella que no lloró cuando se produjo la muerte del padre, se encuentra llorando junto a Jean-Paul Sartre.
Nos traslada entonces un retrato psicológico y social de su madre, en la que descubre y analiza sus virtudes y defectos (“Pensar en contra de sí es a menudo fecundo; pero lo de mi madre es otra cosa: vivió en contra de sí”). Odiaría que en ella se repitiese lo que ocurrió con un pariente cercano (“Cuando yo tenía quince años, mi tío Maurice murió de un cáncer de estómago. Me contaron que durante varios días había aullado: Terminen conmigo. Denme mi revólver. Tengan pie­dad de mí. ¿Mantendría el doctor P. su promesa de que ella no sufriría?”).
El modo en que la madre se aferra a la vida impresiona no solamente a Simone de Beauvoir sino a cualquiera que lea sobre sus últimas horas: “No te duermas; no me dejes ir. Si me duermo despiértame: no dejes que me vaya estando dormida. En un mo­mento, me contó mi hermana, mamá cerró los ojos ex­tenuada. Arañó con las manos las sábanas y articuló: ¡Vivir!, ¡vivir!”.

Una obra terriblemente dura, pero que nos ofrece el retrato fidedigno de una relación turbulenta entre una madre y una hija muy diferentes entre sí, que sólo en el trance de la separación llegaron a aproximarse.