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miércoles, 16 de abril de 2025

Ciencia, libertad y paz

 


Es triste y desalentador pensar en el mundo que nos rodea. Quizá porque, como dijo Enrique Santos Discépolo, siempre ha sido una porquería. O quizá porque intuimos que su devenir (desengañados ya de utopías y de fracasos históricos, que no han hecho sino empeorarlo) no es demasiado halagüeño. Aldous Huxley, acaso uno de los últimos pensadores que pudo meditar sobre su entorno con una tibia luz de esperanza aún titilando, nos ofrece sus ideas al respecto en el ensayo Ciencia, libertad y paz, que leo en la traducción de Adam F. Sosa y C. A. Jordana.

Su análisis, sumamente inteligente, se concentra en reflexiones sobre el progreso científico y sobre la obsesión avasalladora del ser humano por el poder. Quienes ostentan ese poder (nos dice) anhelan de forma unánime perpetuarse en él; y activan todos los mecanismos necesarios para lograr esa meta. Entre ellos, el control de la ciencia y de los medios de comunicación, da igual que hablemos de un sistema capitalista como de un sistema comunista: al final, termina por prevalecer el personaje (o el pequeño grupo de personajes) que se aferran al sillón del poder y ejecutan todas las acciones necesarias para no abandonarlo. “Nunca han estado tantos a merced de tan pocos”, anota en la página 19. Y luego añade en la 33: “El gran poder invariablemente ejerce una influencia corruptora sobre aquellos que lo poseen”. Aunque la conclusión terrible viene después: “El corolario de esta centralización del poder económico y político es la pérdida progresiva, por parte de las masas, de sus libertades civiles”. Atrévase a negarlo quien mire a su alrededor y piense en los teléfonos móviles, que identifican en todo momento dónde estamos, dónde y qué compramos, cuánto dinero tenemos, qué decimos y hasta dónde comemos o veraneamos.

Igualmente valiosas son sus reflexiones sobre el nacionalismo (“Lleva a la ruina moral, porque niega la universalidad, […] afirma el exclusivismo, estimula la vanidad, el orgullo y la propia satisfacción, alienta el odio, proclama la necesidad y la justicia de la guerra”), sobre la irresponsabilidad de los gobernantes (“En el terreno de la política internacional, las decisiones más graves se toman siempre, no por adultos razonables, sino por muchachos pendencieros”) y sobre un mundo que recuerda terriblemente al que vivimos (“Cuando en casa las cosas andan mal, cuando el descontento popular empieza a articularse peligrosamente, en un mundo en el que hacer la guerra sigue siendo un hábito casi sagrado, siempre es posible desviar la atención del pueblo de las cuestiones internas a las exteriores y militares. Los instrumentos de persuasión manejados por el gobierno: suelta una corriente de propaganda xenófoba o imperialista, se adopta una política fuerte hacia alguna potencia extranjera y se lanza una apelación a la unidad nacional (en otras palabras, a la obediencia indiscutida a la oligarquía gobernante), e instantáneamente se convierte en un acto antipatriótico el que alguien ose emitir aun la más justificada reclamación contra el desgobierno o la opresión”).

Un libro terrible, clarividente, profundo y luminoso, que conviene revisar de vez en cuando para mantener la higiene mental del raciocinio siempre engrasada.

miércoles, 4 de enero de 2023

El Genio y la Diosa

 


El anciano John Rivers, durante una Nochebuena de su ancianidad, se encuentra en casa, acompañado por su nieto, mientras su hija y su yerno asisten a una fiesta navideña. Fue durante años profesor de Física en la universidad, y ahora, para distraer el paso de las horas, relata para un acompañante innominado todo lo que le sucedió cuando, con apenas veintiocho años, se convirtió en ayudante de Henry Maartens, premio Nobel. La fascinación que tal personaje le produjo fue elevada, pero mucho menor de la que imprimió en su ánimo Katy, la esposa de Maartens, una auténtica diosa de la que se enamoró “como un loco” (p.55), aunque de forma platónica. Una serie de azares funestos (la enfermedad de la madre de Katy, que la obligó a alejarse del hogar durante semanas; el crecimiento de su hija Ruth, que creyó prendarse del atractivo Rivers; la ingenuidad casi absoluta de Henry Maartens) terminaron colaborando para que la mayestática, excelsa y sensual Katy acabara convirtiéndose en su amante. El esposo, Henry, inocente hasta el fin, aseguró al atribulado muchacho (a quien devora el arrepentimiento) que se sentía “excepcionalmente afortunado, pues había logrado y retenido a una esposa tan buena, hermosa y sensata, tan delicada y fuerte, tan leal y amante… Sin ella, se hubiera vuelto loco, se hubiera hundido” (p.129).

Miguel de Hernani es el encargado de traducir al español esta novela de 1945, que el sello Edhasa publicó en 2009.

Como se puede observar, nos encontramos ante una historia tan vieja como el mundo, pero que Aldous Huxley convierte en un análisis psicológico e intelectual de primera magnitud, en el que se estudia y resume, desde la senectud sabia de John Rivers, el conjunto de detalles que conforman siempre una pulsión amorosa donde la culpa, el deseo, la moral y la conciencia pugnan acremente entre sí.

Muy interesante.

martes, 14 de enero de 2020

Contrapunto




Sigo con mi apartado de relecturas para entrar en Contrapunto, de Aldous Huxley, en la traducción de Lino Novás Castro (Círculo de Lectores, Barcelona, 1966). Este magnífico texto sabe conjugar la técnica con el interés narrativo de una manera portentosa, y modula un tejido social y psicológico de incalculable riqueza: la inacción intelectual de Philip Quarles, el fascismo ecuestre y algo fanfarrón de Everard Webley, la genialidad provinciana de John Bidlake, el franciscanismo monetario de Burlap, la orfandad sentimental de Marjorie Carling y muchas cosas más.
Los parlamentos “filosóficos” mantenidos entre Philip, Rampion y Spandrell, que en manos de otro autor aburrirían hasta el bostezo, en Aldous Huxley me siguen gustando.
En suma, un recorrido placentero y excitante por el universo de unos personajes (o personas) que conmueven al lector.
Frases que subrayó en mi primera lectura o que subrayo en la segunda: “Un fin noble puede justificar medios vergonzosos. Pero cuando el fin es vergonzoso… ¿qué decir?”. “Cuando no se ha experimentado el fervor religioso, el creer en Dios no tiene sentido”. “La pintura es una rama de la sensualidad”. “Actualmente, la juventud se halla aburrida y cansada del mundo antes de llegar a la mayoría de edad”. “No puedo sufrir a los tontos de buena gana”. “La barbarie es inclinarse de un solo lado. Se puede ser un bárbaro del intelecto así como del cuerpo […]. La ciencia nos está haciendo ahora bárbaros del intelecto”. “Cuesta tanto trabajo escribir un libro malo como uno bueno; sale con la misma sinceridad del alma del autor”. “La naturaleza es monstruosamente injusta. No existe sustitutivo para el talento”. “En nuestros Parlamentos los derechos de la topografía son más fuertes que los del buen sentido”. “Todo el mundo se esfuerza por alcanzar la felicidad, y el resultado es que nadie es feliz”.

domingo, 22 de octubre de 2017

Un mundo feliz



Aunque supongo que mitigado por las versiones previas orales y cinematográficas que ya conocía, aún me conmueve el impacto de la novela Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que me traduce Ramón Hernández (Plaza & Janés, Barcelona, 1969).
Horripila, bien es cierto, esa asepsia maquinista, fríamente acerada, que el mundo de Mustafá Mond propone: seres clónicos tarados producidos para trabajar; la droga llamada “soma” como alivio para los momentos duros de la vida; el “condicionamiento” psicológico al que son sometidos desde que nacen; etc. Pero también me horripila (lo diré todo) la ñoñería catecúmena del Salvaje, quien, como purgación frente a ese mundo horrible cuyas tesis no comparte, se transforma en un eremita, se flagela con un látigo y abraza ortigas para diluir sus deseos sexuales.
Me ha llamado también la atención que el Dios de este nuevo mundo sea Henry Ford; que en la cremación de cadáveres se aproveche el fósforo (un kilo y medio por cada adulto); que hayan eliminado moscas y mosquitos de su mundo; etc. Una obra dura, inquietante, inteligentemente planteada, en la que quizá sobra (es mi opinión, y no me resisto a formularla) el exceso de moralina teológica de sus páginas finales.

“Los que se sienten despreciados procuran aparecer despectivos”. “Una de las principales funciones de nuestros amigos estriba en sufrir (en formas más suaves y simbólicas) los castigos que querríamos infligir, y no podemos, a nuestros enemigos”. “La felicidad nunca tiene grandeza”.