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lunes, 16 de marzo de 2026

Un tajo rápido


 

Existen (soy consciente de estar emitiendo una perogrullada) muchos tipos de narradores. Los hay que construyen historias, y se centran sobre todo en los pormenores del argumento: se me ocurren muchos ejemplos magníficos, que seguro que ustedes también conocen y han disfrutado. Los hay que prefieren dibujar personajes, porque su vena psicológica se les antoja la más interesante. Y los hay que diseñan atmósferas. El libro que acabo de terminar de Alejandro Amelivia (que obtuvo el premio Ciudad de Coria en 2022) creo que lo inscribe en este último bloque. Con una pericia versátil, el escritor logroñés nos instala desde los primeros párrafos de cada cuento en burbujas de enigma y sofoco, dentro de las cuales los lectores flotamos intentando descubrir algún asidero al que poder aferrarnos: a veces, se tratará de un pueblo al que se acude para cambiar el aceite de un coche que ya ha superado el kilometraje aconsejado por los fabricantes (“Tres cuartos de vuelta en sentido horario”); otras veces, nos dejará asistir como horrorizados espectadores al macabro lanzamiento de una moneda para decidir cuál de los ocupantes de una embarcación se somete a una cirugía bárbara (“Cebar los anzuelos”); y otras nos pedirá que nos acerquemos con sigilo a una isla en la cual un hombre armado está dispuesto a disparar para no dejarnos que desembarquemos (“Lobo negro”).

En esos ámbitos, el aire adquiere una densidad única y tendremos que conseguir que nuestros pulmones se habitúen. Relájense y déjense llevar. Les aseguro que termina mereciendo la pena, porque accedemos a universos sorprendentes: un hombre que rescata en la carretera a un animal salvaje; el marido huraño que adquiere un catamarán para intentar reparar la deteriorada relación con su esposa; el chico adolescente que se adentra en el territorio de los shawnees para conectar con el espíritu de su madre fallecida; el alcohólico que acepta un trabajo para rehacer su vida (aunque su nuevo patrón no sea el más afable del mundo).

Alejandro Amelivia me ha vuelto a convencer, como me ocurrió con mi primera aproximación a su narrativa (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/02/como-meteoritos.html). Inténtenlo ustedes: es un consejo de amigo.

lunes, 2 de febrero de 2026

Como meteoritos

 


Cuando abro el libro de un autor al que aún no he tenido la oportunidad de leer, todas las posibilidades están abiertas: puede parecerme admirable o mediocre; puedo terminarlo o dejarlo a las pocas páginas; puedo anotar su nombre o dejarlo ir (con mi gratitud, pero sin mi entusiasmo). En esta ocasión (y son ya muchas las veces que me ocurre con autores y autoras que aparecen en el sello Talentura), mi aplauso es tan espontáneo como intenso. Qué espléndido resulta, en mi opinión, el volumen de relatos Como meteoritos, del logroñés Alejandro Amelivia. Lo he disfrutado enormemente.

Cuando me adentré en la primera propuesta (que se titula “La chica de mis sueños”) y descubrí al inquietante personaje de El Soñador, me dije: Caramba. Pero, sin darme respiro, luego vinieron el mal cuerpo que genera la violencia etílica en “Kentucky Gentleman”; la terquedad cazurra de Hank y la sensualidad cromática de June en “La fatiga de los materiales”; la sofocante admiración por Charles Lynch que parece recorrer las venas de los habitantes de Hawthorne; el sueño premonitorio de Larry, al que su esposa Violet se niega a prestar ninguna atención; la inquietante cicatriz que cruza el rostro del cazador que irrumpe en la casita de “En el borde del claro”; los trucos (casi sonrientes) que despliegan una médium fraudulenta y su ayudante demasiado vivo en “Estrella blanca”; y, sobre todo, las líneas que forman “Ya nadie recuerda nada”, un cuento que tendría que ser leído y estudiado en todos los institutos y universidades de España como ejemplo de construcción narrativa y de eficacia literaria.

Cómo maneja Amelivia el cambio de narrador en sus relatos; cómo escoge las ambientaciones y las frases de sus personajes; cómo redondea y esmalta los finales. Impresionante, de verdad. Me ha parecido un libro admirable y digno de elogio. Están tardando en buscarlo.