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miércoles, 15 de octubre de 2025

El calor del hogar


 

Nos encontramos aquí con El calor del hogar, de Vicente Medina, un “poema dramático” dividido en seis partes, que presenta algunos elementos curiosos y en el que se modifica radicalmente el tópico del “idilio truncado”. Aquí, el idilio no es que se trice por circunstancias adversas, sino que ya aparece roto antes de que comience la acción. Jaime, “labrador acomodado”, ha perdido, mientras ella daba a luz a su primer hijo, a su esposa Gabriela (desolación sentimental), y ha de sufrir las asechanzas innobles de sus parientes, que acuden para rebañar beneficios de ese óbito (desolación familiar). La escena, para abundar en los tintes melancólicos, se produce en medio del invierno (desolación climática), y el entorno aparece golpeado por la nieve, la ventisca y el frío (desolación paisajística). Es decir, partimos ya de un cuadro abisal, atormentado y aciago, que durante doce meses no experimentará variaciones (“Ha pasado un año y todo está igual”. Parte segunda).

Pero aparecen por ese hogar sin calor un anciano y su hija, que traen de nuevo la ilusión y las ganas de vivir al espíritu de Jaime, en un doble sentido: primero, porque el viejo (que pide ser llamado Tomás) es un experto en cultivo de tierras, y hace prosperar las suyas hasta que admiten sin hipérbole la etiqueta de “paraíso” (Parte cuarta, escena III); y segundo, porque las facciones y dulzura de la muchacha (“hermosa, blanca como la nieve, de expresión angelical”) despiertan en él el amor, y lo hacen reingresar en una esperanza no exenta de matices alucinatorios o autosugestivos (“A ti, si quieres, te llamaré… Gabriela”. Parte segunda, escena II). Este cambio, esta metamorfosis en la vida de Jaime, esta luz que los visitantes le han traído, se cifra simbólicamente en las acotaciones que Vicente Medina incorpora al texto. Así, y por utilizar un solo ejemplo, en la Parte segunda precisaba: “Es de noche”; y ahora, en la Parte tercera, rectifica: “Es de día”.

La pieza, argumentalmente, sigue siendo deudora de la ingenuidad y también del maniqueísmo; pero el autor cuida los términos de su discurso para no incurrir en excesos risibles. Esta atemperación es evidente en la Parte quinta, cuando unos hombres aclaran que las tierras de los parientes de Jaime no fructifican porque estos han sido mezquinos con el abono, los riegos y demás necesidades agrícolas. Se elude así la posible (y temida) referencia a una “maldición divina”, que tan burda e infantil hubiese resultado.

Otra aportación notable de la obra es la progresión que se advierte en el pensamiento social del archenero. Júzguese por esta frase del prófugo Salustiano: “¡No hay más que dos caminos: o morirte de hambre y ver que se mueren de hambre tus hijos, o robar!” (Parte segunda, escena I). Si Antón cifraba todas sus esperanzas en las mejoras que habría de llegar con el porvenir (El rento, acto I, escena II) (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/09/el-rento.html) y Pilar, más rabiosa, motejaba la paciencia de “el pecao más grande que cometemos tós los probes” (¡Lorenzo!..., escena V) (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/10/lorenzo.html), el labriego Salustiano da el salto definitivo hacia la acción, y se dedica a robar esparto en una sierra del término de Jumilla. En su frase, como se puede observar fácilmente, está contenido el germen de la rebelión instantánea, capaz de subvertir el orden injusto.

miércoles, 1 de octubre de 2025

¡Lorenzo!...

 


Leo la pieza teatral ¡Lorenzo!..., de Vicente Medina, en la edición preparada por el profesor Mariano de Paco. Se trata de un texto al que perjudica ostensiblemente su brevedad. Por el tema que desarrollaba, por la evidente fuerza dramática de sus parlamentos y por las implicaciones sociales y políticas que sugiere, la obra admitía (y aun reclamaba) una estructura más sólida y una mayor generosidad argumental. Pero, con todo, Vicente Medina elabora unas páginas dignas, donde nos relata cómo Lorenzo, un mozo huertano de unos veinte a veinticinco años, ha sido enviado a la guerra de Cuba, y cómo en su forzada ausencia el innoble rico Cayetano (que exhibe “aspecto de brutales instintos”, como se afirma de forma maniquea en la página 165) trata de hacerse con la voluntad de Pilar, novia del chico. Es, pues, un procedimiento casi calcado de obras anteriores de Medina: si Andrés aprovechaba en El rento la “obligación moral” de José, que lo atenazaba y lo eliminaba como rival erótico, ahora será Cayetano (de similar edad, de similar riqueza, de similar catadura ética) quien desee aprovechar la “obligación militar” de Lorenzo para los mismos fines. La gran diferencia estriba en la actitud de la muchacha. Esta Pilar es mucho más resuelta que aquella Santa.

Otro elemento que llama poderosamente la atención es la doble lectura bíblica que puede señalarse en relación con la historia atribulada de Lorenzo. De un lado, es constatable que él ha sido expulsado del Paraíso, como un Adán sin culpa (su padre, Vicente, y el sacerdote, don Juan Antonio, aluden a la huerta donde trabajaba el joven y la llaman “la gloria”, en la escena II); del otro lado, cuando llega la secuencia final, se nos presenta al muchacho “en ese estado horrible en que vuelven muchos soldados de Cuba: lívido, demacradísimo, cárdenos los labios, hundidos los ojos, febril la mirada, sin voz, sin pulmones, sin fuerzas; con aplanamiento de muerte” (p.192). Y cuando abren para él el portón que muestra el “ambiente purísimo” de la huerta, “cae exánime en la silla”. Ha visto, como Moisés (y he ahí la segunda conexión bíblica que antes comentaba), la tierra prometida, pero no la ha podido hollar.

Y especialmente significativo se antoja el papel que el autor de la obra hace desempeñar al “sacerdote venerable” don Juan Antonio, representante (algo lineal, todo hay que decirlo) de la ortodoxia conformista. Así, cuando Vicente se queja del reclutamiento forzoso de su hijo, le aconseja “resignación, resignación y esperanza en Dios” (escena II); cuando protesta por lo oneroso del préstamo que padece, el religioso exclama: “¡Todo sea por Dios!” (escena III); y cuando, en fin, alza su voz contra la felonía el acoso sexual que Cayetano está desplegando alrededor de la novia de Lorenzo, el cura templa y pide “Paz para todo el mundo” (escena IX). Pero es que esos mismos consejos hipócritas de aceptación del status los repetirá ante otros personajes: cuando Pilar lamenta con amargura la avaricia implacable de los ricos, en lugar de adoptar una posición comprometida con los débiles (o al menos misericordiosa) se limita a susurrar con tono lleno de unción que “hay que tener paciencia” (escena V), lo que ya roza los límites de la mansedumbre hiperbólica. No resulta, pues, extraño que ante estas fáciles muestras de conformidad de don Juan Antonio (bastante estupefacientes para cualquier lector que se acerque a la obra en la actualidad) Vicente estalle y se atreva a plantear su rebeldía y hasta el inicio de su descreencia: “Ande está la mala guierba de las penas, la fe es una mata que medra poco” (escena V).

Texto interesante, aunque quizá demasiado ingenuo o maniqueo.

jueves, 11 de septiembre de 2025

El rento

 


En El rento se nos presenta al matrimonio formado por Josefa y Antón, padres de Santa, que deben casi dos años de rento al Mayorajo, circunstancia inhabitual que este tolera porque quiere conseguir la mano de la chica, en una volición que tiene más de posesiva que de amatoria. Antón, atrapado en esta celada más bien angustiosa, de la que ignora los detalles, acata el fatalismo feudal climático, porque no le queda más remedio (“La mesmica puesta e sol c’ayer; mañana, aire, lo mesmo que hoy; y la tierra secándose más ca día… ca ves más dura”, acto I, escena I), pero se rebela orgullosamente contra el fatalismo feudal social, porque considera que este sí se puede subvertir (“¡He nacío emasiäo pronto pa mi manera e pensar! Pero otros vienen a la zaga que se encargarán d’apañarlo”, acto I, escena II). No obstante, la furia incontenida de su rebelión oral se diluye cuando Andrés, el Mayorajo, le pregunta con sequedad altanera si tiene quejas sobre él, porque entonces quien habla ya no es el revolucionario, sino el marido atemorizado, el padre responsable, que vela por su hogar y se traga el acíbar de la humillación: “Yo… yo no”, dice entonces (Acto I, escena IX).

Ese mismo espíritu rebelde es el que Santa, espoleada por el amor, exhibe sin recato para galvanizar a José, con vocablos heredados de su padre: “Que no es bajando la frente y aguantando sin rechistar la carga como el hombre s’indurta; pa argo lleva su arrojo y su coraje drento del pecho” (acto II, escena III). No es, pues, El rento una obra que podamos definir como conformista, sino que más bien es trazadora de nuevos senderos ideológicos, porque los personajes (y bastará un solo ejemplo para entender la cuestión), al contemplar el paraíso de la huerta en las lomas de La Arboleja, con su aluvión de colores y aromas, son conscientes de que tal prodigio ubérrimo tiene muy poco de divino y bastante de laboral: “Anque páece cosa de milagro, ¡es na más que obra de los hombres aquella maravilla de la güerta!” (Acto I, escena II).

Es verdad que durante la mayor parte de sus páginas se produce en la obra una acumulación de electricidad sentimental y social, cuajada de resignaciones y llanto, pero es forzoso reconocer que el auténtico mensaje se revela en las dos escenas últimas, con la descarga catártica de esa electricidad, que se ejecuta a través de las manos de José.

Una pieza dramática que se sigue leyendo con interés, pese al siglo largo que ha transcurrido desde su composición.