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jueves, 20 de noviembre de 2025

Ciclo de primavera

 


No cabe aproximación racional u ortodoxa a las piezas literarias de Rabindranath Tagore, porque su fraseo es musical, lírico, vaporoso. Las líneas brotan y se elevan como columnas líricas, como llamaradas; llenas de colores, de aromas, de rumor de lirios. Así ocurre también con Ciclo de primavera, que leo en la traducción de Lauro Olmo y que publica el sello Edaf. Al principio, parece que asistimos a una ceremonia teatral o poética más o menos convencional (un rey caprichoso y débil, que se deja seducir por las palabras de Sruti-bhushan, es después convencido por el Poeta). Pero si intentamos seguirla de forma apolínea fracasaremos de modo estrepitoso, porque el Nobel hindú nos conduce por senderos de bruma, donde los pasos tienen que ser etéreos, y jamás firmes. La vida (parece decirnos el polímata de Calcuta) es una explosión de felicidad, un juego, una zona de luz y de risas. Y debemos aceptarlo con una sonrisa plena.

“Cuando nosotros muramos, Dios nunca repetirá la equivocación de crear otros seres tan absurdos como nosotros”, escribe con sorna. “No es tarea nada fácil dirigir a los hombres. Más fácil resulta empujarlos”, escribe con inteligencia.

Aceptemos la propuesta y dejemos que su música nos embriague y nos dirija. Solamente quienes se hagan niños y danzarines entrarán en el Reino de Tagore.

miércoles, 17 de enero de 2024

El rey del salón oscuro

 


Todos los habitantes del lugar, de forma temerosa y entre dientes, murmuran del mismo tema: ¿por qué el rey jamás se muestra en público? ¿Por qué hurta su rostro a la contemplación de sus súbditos e incluso de su esposa Sudarshana? Un rumor muy extendido habla de su fealdad física, que le impediría dejarse ver; otro rumor especula con su posible inexistencia: tal vez el esquivo monarca ni siquiera tenga una entidad real (valga el juego de palabras)… Por fin, aparece ante su desconsolada esposa, que no entiende que sólo se acerque a ella en la oscuridad de un salón, en el que no permite la entrada ni siquiera de un rayo de sol. ¿Cuál es el motivo de que no permita ningún tipo de luz a su alrededor? ¿Por qué no se apiada de ella y la deja contemplarlo, si tanto insiste en que la ama?

Se celebra entonces en el palacio la fiesta de la primavera y Sudarshana reitera su deseo de ver al rey. Pero, como no logra hacerlo, opta por abandonar el palacio y volver despechada con su padre, el rey de Kanya Kubja, quien se indigna con su decisión y la admite tan sólo en calidad de sirvienta. Sudarshana, ofendida, sueña con la venida de su esposo, que la rescatará de la ignominia, pero antes deberá soportar una prueba terrible: la de los príncipes de los alrededores, que cercan el castillo de su padre y manifiestan su afán de hacerse con ella.

Justo en ese punto, el lector de la obra enarca las cejas y reflexiona: ¿estamos ante una revisión del mito homérico de Ulises y Penélope? No diré que no, porque creo en la libertad de interpretación de cada persona que se asoma a las ventanas de un libro, pero me permito una sugerencia: intenten la lectura asociándola más bien a san Juan de la Cruz y la mística. Quizá se sorprendan.

La traducción de este poema dramático corre a cargo de Zenobia Camprubí y el sello que la edita es Losada.

martes, 7 de noviembre de 2023

El cartero del rey

 


No recuerdo a qué edad leí esta obra de Rabindranaz Tagore. Sí, recuerdo, en cambio, que me emocionó. La edición (aún me parece estar viéndola) era de Losada; y la traducción, de Juan Ramón Jiménez y Zenobia Camprubí. Ahora, a cuarenta años de distancia, vuelvo a sus páginas, traducidas por Mauro Armiño y editadas por Edaf. Y sigue la emoción.

Madhav nos explica que jamás quiso tener un hijo, porque soñaba con dedicar su esfuerzo a amontonar dinero; pero ahora, de la forma más simple del mundo (su esposa lo ha suplicado), ha decidido adoptar uno. Desgraciadamente, el niño, que se llama Amal, está enfermo. El médico (un torpe pedante con menos luces que una bodega) se empeña en que el chiquillo permanezca recluido en el hogar, con las ventanas bien cerradas y alejado del infecto aire puro y la luz del sol. Y Amal languidece, porque su sueño es viajar, moverse, charlar con cuantas personas se crucen en su camino, disfrutar de la naturaleza y, si es posible (cima de la delicia, como hubiera dicho el vallisoletano don Jorge), recibir una carta del rey.

Con una ternura conmovedora, Rabindranaz Tagore nos va acercando a la inocencia natural del niño, a su desvalimiento, a su candor insobornable, a su pura alegría contagiosa (que inunda a todos los personajes de su entorno), y nos pone el corazón en un puño cuando, en los instantes finales, anunciada por parte de un heraldo la visita del rey, el niño cierra sus ojos de fatiga y descubrimos que seguramente no los volverá a abrir. Cuánto es capaz de emocionar este escritor hindú, del que leí en mi adolescencia seis o siete obras. Voy a intentar retomar su figura, porque este primer reencuentro ha sido, créanme, plenamente feliz.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Furia



Si ustedes quieren, me pongo estupendo y comienzo a hablarles de los primores intertextuales de esta novela de Salman Rushdie (Furia), o de la complejidad psicológica de sus personajes, o de la hondura barroca de su concepción desde el punto de vista neo-estructuralista. A mí, si he de ser sincero, no me cuesta ningún trabajo. Pero la verdad, la auténtica verdad, es que el escritor hindú nos dejó en estas páginas un plomo del tamaño del Titanic; y que, como el Titanic, se va a pique nada más adentrarse en ellas.
Nos cuenta la indefendible historia de Malik Solanka, un sesudo profesor de la universidad de Cambridge que, un buen día, seducido por los oropeles de la fama, decide cambiar de trabajo, de lugar de residencia y de entorno familiar. Parte entonces hacia Nueva York, donde abandona la docencia y se dedica a la fabricación de muñecas-filósofo (así, como suena) destinadas al mundo de la publicidad, la televisión y los dibujos animados. En su camino surge también la espectacular Neela Mahendra, un pedazo de señora que lo involucra en una revolución bananera en el lejano país de Liliput-Blefuscu. Y hay también una chica jovencita, cuya sensualidad lo desnorta a ratos. Y un grupo de jovenzuelos de la calle, que resultan ser unos genios de la informática. Y una misteriosa ola de crímenes que enrarece el ambiente a su alrededor. Y la esposa y el hijo que Malik ha dejado a sus espaldas.
Al final del libro (no tengo cuajo para llamarlo novela, espero que ustedes me disculpen), el lector solamente tiene clarísimo un detalle: el protagonista se apellida Solanka. No en vano, Salman Rushdie repite la palabreja en 578 ocasiones (he tenido la benedictina paciencia de realizar el cómputo, dado que la obra no parecía contener nada más entretenido o inteligente en lo que posar los ojos).

Lo que ignoro es por qué alguien tan reputado como Salman Rushdie entregó a sus lectores una tontuna de este calibre. Quizá la explicación haya que buscarla en Padma Lakshmi, un vertiginosa modelo de 30 años que se había enamorado perdidamente del sesentón hindú desde que éste firmó un contrato millonario con la editorial Random House. Las prisas y el atolondramiento no son nunca buenos consejeros para la literatura.