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martes, 18 de abril de 2017

La espalda del círculo



Reconozco que, cuando comencé las primeras páginas de La espalda del círculo, de Alfonso Vallejo, una sensación de intriga teatral y de complacencia lectora me fue ganando con rapidez. Estaba en el embarcadero, junto a la hermosa Helga, dispuesto a subir con ella al “Río de la Caoba”. Luego llegó Coburn y se fue desarrollando entre ellos un diálogo fascinante, en el que quedaba claro que ambos tenían la misma misión: descubrir a bordo del barco fluvial si el nuevo jefe de la muchacha, Klausner, es en realidad Frank Stender, al que quieren identificar y eliminar.
Pero este punto de partida, que prometía una acción magnética y un desarrollo dramático lleno de interés, se fue diluyendo lentamente: diálogos que giraban en direcciones confusas o que se volvían repetitivos, personajes innecesarios e incluso patéticos (como la voz del capitán del barco), figuras que quedaban como de cartón piedra (el camarero Moltke) y, en general, una sensación de desperdicio temático que me resultaba irritante. Lo que podía haber sido una pieza densa sobre la culpa, sobre el amor o sobre el perdón se malbarata en un fuego pirotécnico de mediana intensidad.

Una pena.

viernes, 14 de octubre de 2016

A tumba abierta



Llego hasta la pieza teatral A tumba abierta, de Alfonso Vallejo, y decido abrir sus páginas. Los editores informan en la página 3 de un detalle importante: la obra mereció el premio Tirso de Molina en 1978. Luego, comienzo la lectura.
Nos encontramos en un mundo en guerra, donde el horror y las pulsiones más execrables del ser humano (crueldad, arbitrariedad, sadismo) se ejecutan con la más perfecta sencillez. Hay víctimas de una atroz pandemia que muestran pigmentaciones extrañas en la piel y que, tras morir, siguen hablando. Hay médicos que se aprestan a ejecutar autopsias en medio del hastío. Hay personas que gritan y poderosos hilos ocultos que mantienen el estado de guerra para obtener de él beneficios políticos y económicos. Hay oportunistas huérfanos de sentimientos. Hay cascotes, humo y sensación de estar en el infierno.
Y al final, cuando cierro el volumen y me dispongo a reflexionar sobre lo que he leído, siento que voy a olvidar esta obra en cuestión de horas o días. No me ha dejado poso ninguno. Que sí, que sus valores simbólicos. Que sí, que su denuncia intrínseca. Pero yo siempre acudo a la parte literaria, y ahí no veo dónde rascar. Ninguna escena memorable. Ninguna frase que haya sentido el impulso de subrayar o grabar en mi memoria. Ningún perfil que se distinga por su brillantez o su novedad. El disparo que cierra la obra es similar al disparo que yo ejecuto mentalmente sobre este título, que ingresará en la niebla antes de acariciar la cubierta del siguiente libro.