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martes, 10 de enero de 2023

El polaco

 


En la literatura amorosa, todas las historias auténticas son viejas. Es decir, reinterpretan algo que existía con anterioridad y que las palabras vuelven nuevo, porque quizá esté todo dicho y sólo importe la forma en que volvamos a decirlo. J. M. Coetzee, que es narrador inteligente y curtido, lo sabe bien; y por eso en las líneas medulares de El polaco (la novela que acabo de leer, traducida por Mariana Dimópulos para el sello editorial El hilo de Ariadna) podemos detectar con poco esfuerzo las conexiones de esta historia con otras. El premio Nobel sudafricano no se molesta en disimular esos vínculos, porque no reside ahí (en el “argumento”) la fragancia de la historia, sino en los matices elegantes, hondos, casi metafísicos, con los que la fabulación queda aromada.

Tenemos por un lado a Witold Walczykiewicz, un pianista polaco nacido en 1943 que se ha especializado durante años en la interpretación de Chopin; tenemos por el otro a Beatriz, nacida en 1967 y casada con un banquero, la cual pertenece a un Círculo musical de Barcelona que acaba de invitar al célebre músico para que ofrezca un recital allí. De forma extemporánea, el anciano pianista queda prendado de su atractiva anfitriona y no duda en comunicárselo; pero ella, que no experimenta la misma atracción por Witold, se muestra renuente… Eso no le impide seguir manteniendo una extraña comunicación epistolar con él, que lleva a ambos a reunirse en Mallorca (sí, el mismo lugar donde Chopin y George Sand vivieron su amor). Es el inicio de una relación extraña, pendular y asimétrica, que impregna la vida de ambos y que los conduce a un vínculo que atraviesa las crudas fronteras de la muerte.

Sutil a la hora de analizar el alma y el corazón de Beatriz, sobrio y misericordioso a la hora de hacer lo propio con el viejo pecho de Witold, Coetzee consigue una obra muy bella, que se lee con infinita ternura y que deja un poso de melancolía en el lector.

lunes, 13 de marzo de 2017

Diario de un mal año



En una entrevista que el premio Nobel Camilo José Cela concedió a Joaquín Soler Serrano a mediados de los 70 afirmó el gallego que todos los seres humanos somos poliedros y que, según incida la luz sobre una cara o sobre una arista, distinto será el haz que resulte. Otro premio Nobel, el sudafricano J. M. Coetzee, ofrece una adaptación novelística de esta tesis en su obra Diario de un mal año, que traduce Jordi Fibla para la editorial Mondadori. En ella (y con un original formato tipográfico, que divide en varias partes cada hoja del libro) se nos ofrece un universo narrativo de extraordinario interés: en primer lugar, cincuenta y cinco apuntes donde Coetzee (disfrazado con la piel ensayística de un ficcional “señor C”) emite sus temblorosas o firmes opiniones sobre los temas más variopintos: Al-Qaeda, los orígenes del Estado, la firmeza narrativa de Tolstoi, la pedofilia, los sueños, la democracia, el turismo o la música de Johann Sebastian Bach; y en segundo lugar tenemos una suave trama fabulística, que se funde con la anterior: la de un novelista de éxito, el señor C, que contrata a una hermosa filipina llamada Anya (a la que conoce porque vive en su mismo edificio) con el objeto de que mecanografíe el contenido de las cintas magnetofónicas que él va grabando en la soledad de su casa, para un libro colectivo que se publicará en idioma alemán. La chica, desde el momento en que la vio, le provoca una atracción que oscila entre lo platónico, lo sensual y lo pigmaliónico; y este hecho irrita al compañero de Anya, el impetuoso Alan, quien urdirá una estafa para aprovecharse de los tres millones de dólares que el famoso escritor tiene ahorrados.
Ambas partes narrativas (que, como indicaba antes, se van combinando en cada página, separadas por finas líneas negras) se pueden leer como entidades independientes, y no serán pocos los lectores que opten, legítimamente, por esa modalidad de aproximación al texto. Pero creo que una lectura donde se mezclen los dos cuerpos de la fábula (ensayo/novela; intelecto/sentimiento) aporta un nuevo sentido a las líneas, mucho más proteico, más rico, casi cuántico.

Llama la atención en este libro (pues más que “novela” es un “libro”, al modo en que los deseaba Miguel Espinosa) la forma en que Coetzee juega con los planos y las voces narrativas, mezclando miradas cálidas y miradas analíticas, y desdoblándose con inteligente esfuerzo en varios personajes, con distinto grado de extrañamiento: el señor C, Anya e incluso Alan. La mezcla de todos ellos entrega en las manos de los lectores una pieza maestra llamada Diario de un mal año, donde las reflexiones sobre el mundo y sobre la interioridad del ser humano alcanzan niveles de altísimo interés. Un libro sin duda memorable.

domingo, 20 de junio de 2010

Verano




Un investigador universitario llamado Vincent se ha propuesto elaborar un trabajo biográfico (que luego será publicado en forma de libro por una universidad inglesa) sobre un famoso escritor, que incluso ganó en su día el premio Nobel. Y para recabar informaciones y datos sobre el personaje decide mantener una serie de entrevistas con personas que fueron importantes en su vida o en su trayectoria profesional. Obviamente, tiene que reducir el universo de análisis a un grupo selecto de informadores, y opta por la doctora Julia Frankl (amante del escritor), por Margot Jonker (prima de éste), por Adriana Nascimento (madre de una de sus alumnas), por Martin (compañero del escritor en la universidad de El Cabo) y por Sophie Denoël (profesora de francés). Con sus testimonios va obteniendo luz para ciertas zonas oscuras de la vida del escritor analizado. Hasta ahí, sin problemas.
Lo peculiar viene cuando nos enteramos de la identidad del escritor al que se está intentando biografiar: un tal J. M. Coetzee, ya fallecido. Con esa cabriola de índole novelesca, alienada o pudorosa, comprendemos que el sudafricano Coetzee nos está intentando deslizar datos sobre su presunta biografía de un modo bastante original y bastante infrecuente. Reacio a desnudarse y a utilizar para su texto la primera persona, elige ser el paciente y el cirujano, el arquero y la diana, el espectador y el actor, como esas manos de Escher que se dibujan a sí mismas. La sensación es desde luego extraña: leemos a Coetzee mientras éste nos cuenta cómo Vincent anota lo que le dicen los demás sobre... Coetzee. Una filigrana literaria. Lo que ya no se puede garantizar (yo, al menos, no estoy en condiciones objetivas de hacerlo) es si el conjunto de revelaciones y detalles obedece siempre a la verdad, o incorpora elipsis y añadidos fantasiosos: mis conocimientos sobre este escritor no me autorizan a definirme con exactitud.
Lo que sí produce cierta sorpresa es que la imagen de John Coetzee que se recibe a través de estas páginas no está de ninguna manera edulcorada. Antes al contrario, las tintas se amontonan en el lado oscuro. Julia Frankl nos explica que Coetzee no la sedujo como hombre, y que desde el punto de vista sexual era alguien al que se podría definir como frío, casi autista: hablaba poco, sus muestras de pasión eran escasas y el regalo más romántico que le entregó fue un libro suyo, que llevaba por título Tierras de poniente. «No estaba construido para encajar en otro ser o para que otro ser encajara en él», nos resume en la página 86. Por su parte, Margot Jonker nos anota las palabras exactas que pronunció ante su primo John, con las que resumía el fondo último de su carácter en la página 150 del libro: «Si no te corriges, vas a convertirte en un amargado que sólo quiere que le dejen a solas en su rincón». Y la angoleña Adriana Nascimento, de la que Coetzee se prendó por sus atractivos femeninos pero que afirma no haberle correspondido nunca, le indica al biógrafo inglés que, si quiere ser honesto, titule el volumen El hombre de madera, porque ése es el rótulo que mejor le cuadraba a alguien tan apático, tímido, torpe y casi asocial como John Coetzee.
No, no estamos ante unas memorias complacientes. De ninguna manera. Si Camilo José Cela dijo de su Oficio de tinieblas 5 que aquella obra constituía «la purga de su corazón», es notorio que Coetzee podría afirmar algo similar de estas páginas, donde flotan sus incapacidades, sus limitaciones, sus fracasos y algunos de sus resbalones sentimentales y amistosos. La editorial Mondadori, con un criterio inmejorable, lleva unos años nutriendo a los lectores españoles con los libros de John Maxwell Coetzee (nacido en Ciudad del Cabo en 1940 y galardonado con el premio Nobel de Literatura en 2003), que supone una voz especial en el panorama de la actual narrativa. La traducción de Verano es de Jordi Fibla, auténtico titán de sólida trayectoria al que ya conocíamos por sus versiones de Thomas Pynchon, Arthur Miller, Toni Morrison o Roth. Una lectura para quienes estén dispuestos a sumergir en las heridas de un hombre que elige mostrarse despojado de todas las máscaras.