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domingo, 29 de marzo de 2026

La sangre de los libros



Acabo hoy la trilogía de obras que el valenciano Santiago Posteguillo dedica a la historia de la literatura a través de anécdotas, episodios poco conocidos e incluso secretos que aún permanecen sin desvelar. Todas ellas me han gustado, porque me han hecho disfrutar y me han permitido aprender. ¿Es concebible no aplaudir en estos casos? La sangre de los libros vuelve a aportarme un buen número de instantes sorprendentes o enigmáticos, relacionados con el mundo de los libros: la manera azarosa y providencial con la que Francesco Petrarca rescató de ser quemado (en 1333) un manuscrito que contenía el original de la defensa de Archia, obra de Cicerón; el modo casi detectivesco con el que los hijos de Dante Alighieri descubrieron los últimos cantos (hasta entonces perdidos) que completaban la Divina comedia; la tristeza desolada e infinita de Charlotte Brontë, viendo cómo todos sus seres queridos morían, le rechazaban su primera novela y el hombre (casado) del que estaba enamorada no le prestaba atención; la terrible agorafobia de Emily Dickinson, dentro de la cual escribió su íntima y genial poesía; el oportunísimo eclipse de sol que se produjo a los pocos minutos de la muerte de Gustavo Adolfo Bécquer; el sangriento modo que eligió para suicidarse el italiano Emilio Salgari, creador de personajes como Sandokán; el asombroso encargo que un presidente francés le realizó a un novelista español; o los orígenes conquenses de Elias Canetti (cuya familia, sefardí, fue expulsada de Cañete y tuvo que cambiar de país y de idioma).

Quizá lo más atractivo del volumen (siendo muchas las bondades que exhibe) sea la manera en que Santiago Posteguillo novela sus anécdotas, convirtiéndolas en hermosas minipelículas (y que conste que no utilizo la palabra con ironía, sino con aplauso) que recorremos con la ilusión de desentrañar su enigma. “¿De quién nos está hablando esta vez?”. En ocasiones, resulta fácil deducirlo desde las primeras líneas (porque reconocemos algún nombre o alguna fecha); pero en otras el misterio queda protegido casi hasta el fin, y eso impregna la lectura de un placer adolescente que me ha encantado recuperar. Además, redondea el tomo de una manera magnífica: “Y, por lo que más quieran, no se detengan, no dejen de leer ahora simplemente porque se nos hayan terminado las páginas”. Tiene toda la razón: sigamos leyendo más libros. Muy notable.

sábado, 21 de marzo de 2026

La noche en que Frankenstein leyó el Quijote

 


Realicé en 2024 mi primera aproximación a la obra de Santiago Posteguillo, con el libro El séptimo círculo del infierno ( https://rubencastillo.blogspot.com/2024/05/el-septimo-circulo-del-infierno.html). Y, como me dejó una agradable impronta, renuevo mi interés con La noche en que Frankenstein leyó el Quijote, que replica el procedimiento del anterior: anécdotas literarias convertidas en pequeños relatos o diapositivas, muy bien narradas y con su punto de misterio narrativo. A veces, el enigma no es tal, porque identifico desde la primera línea de quién está hablando (por ejemplo, cuando dice que un hombre llamado Max vuelve en junio de 1924 de un funeral); pero en otras ha conseguido convertirme en ese lector infantil o juvenil que está ansioso por descubrir la identidad del personaje protagonista. Posteguillo, qué duda cabe, lo hace muy bien.

Con agrado, con auténtico placer, los lectores vamos descubriendo que fue Zenódoto de Éfeso quien aplicó el método alfabético para ordenar la biblioteca de Alejandría; o asistimos fascinados al relato novelesco de cómo Diego Hurtado de Mendoza entregó el original del Lazarillo de Tormes a un editor inescrupuloso para que lo convirtiera en libro; o leemos sobre la posible intriga de espionaje que convirtió a Shakespeare en una simple marioneta, que puso su nombre para que se fueran publicando las obras de Marlowe; o nos compadecemos del niño cojo y tímido que terminaría convirtiéndose en uno de los autores de novela histórica más famosos del mundo; o sonreímos con la anomalía vengativa (y algo soberbia y rencorosa) que utilizó José Zorrilla para ingresar en la RAE, pronunciando su discurso en verso; o asistimos en silencio al bautismo de una niña cuyo padre (un sacerdote) no pudo reconocerla; o sentimos la congoja de Jane Austen cuando le fue rechazada su novela Orgullo y prejuicio; o, en fin, nos enteramos de que la Gestapo robó en casa de Dora Diamant un buen número de cartas y originales de Franz Kafka, sin que actualmente sepamos si fueron destruidos o se conservan en algún lugar ignorado.

En cada cuadro, Santiago Posteguillo nos descubre un pliegue poco iluminado de la historia literaria o nos invita a reflexionar sobre la sinrazón humana (tras contarnos cómo Raymond Chandler estuvo a punto de morir durante la Primera Guerra Mundial, antes de escribir sus fascinantes novelas negras, nos dice: “Nunca sabremos cuántas otras novelas, obras de arte, avances científicos, vacunas, descubrimientos o maravillas se nos quedan cada día en las interminables trincheras de este mundo, en un bando o en otro”, p.148). Sí, salgo convencido de esta segunda aproximación a la obra del autor valenciano. Habrá una tercera dentro de poco.

miércoles, 8 de mayo de 2024

El séptimo círculo del infierno

 


Después de haberme encontrado con su nombre y con las cubiertas de sus libros en periódicos, revistas literarias y redes sociales, he decidido sumergirme por fin en una obra de Santiago Posteguillo. No lo había hecho antes porque el mundo de la antigua Roma, personalmente, no me llama mucho la atención; así que la idea de adentrarme en una novela histórica de tropecientas páginas no terminaba de seducirme. Pero de pronto se instaló ante mis ojos el volumen El séptimo círculo del infierno y, ojeándolo, descubrí que me podía interesar. En efecto, así ha sido. Y mucho.

Me he encontrado con un buen ramillete de secuencias narrativas en las que, jugando con el misterio (Posteguillo no desvela de quién habla), nos expone un episodio biográfico calculadamente ambiguo o sinuoso, y luego lo completa con la aclaración de los detalles sobre su protagonista. La estrategia es inteligente y está bien llevada, no cabe duda; y permite que los visitantes de la obra conozcan un exquisito muestrario de anécdotas sobre el mundo de la literatura: la forma en la que el azar (o acaso la protección secreta y firme de las nueve musas) ha protegido algunos versos de Safo de Lesbos, que han sobrevivido a la quema homófoba y misógina del papa Gregorio VII; la huida más bien ignominiosa de Horacio, tras una batalla, que sirvió para salvar su vida… y para que ahora tengamos su poesía; la manera en que el escritor prisionero Rustichello da Pisa convenció a Marco Polo para que le dictara la crónica de sus viajes, que convirtió en una narración fascinante; la asfixia intelectual que tuvo que sufrir sor Juana Inés de la Cruz, obligada a desprenderse de su biblioteca; cómo Juan Ramón Jiménez se enamoró de la risa de Zenobia Camprubí y, tras esa fascinación, utilizó el interés de ella por Rabindranath Tagore para lograr que lo tradujesen juntos; la desventura de la asturiana Concha Espina, que se quedó a un solo voto de conseguir el premio Nobel de Literatura en 1926; el amor secreto que unió a la escritora norteamericana Pearl S. Buck y el poeta chino Xu Zhimo; el bello y retador diálogo (inventado por Santiago Posteguillo) entre Federico García Lorca y Oliverio Girondo, hablando sobre los límites de la literatura; el difícil equilibrio político en que vivió Wenceslao Fernández Flórez durante el franquismo, mimado por un régimen que necesitaba intelectuales, pero crítico con los militares y favorable al aborto; las penurias que sufrió en los campos de concentración nazis Imre Kertész y su posterior marginación en su propio país, Hungría; la lucha de Bulgákov contra la asfixia que le procuró la censura estalinista; las penalidades postales que vivió Gabriel García Márquez para enviar Cien años de soledad a la editorial Sudamericana; la amistad (de peculiar inicio) entre el fotógrafo Daniel Mordzinski y el novelista Sergio Pitol; el seudónimo que se inventó Doris Lessing para poner a prueba la sagacidad de los críticos literarios; la emocionante forma en que la literatura de Chinua Achebe mantuvo con vida al encarcelado Nelson Mandela; la lánguida declinación de Iris Murdoch por el camino del alzheimer…

Me detengo, me detengo. Son tantísimas las bellezas que este libro contiene que se lo aconsejo con toda mi energía y me muerdo las teclas para no seguir haciendo spoiler, como dicen los modernos.

Si aman la literatura, amarán esta obra.