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sábado, 11 de abril de 2026

Oppi, una obsesión


Todo es extraño y cambiante en el mundo del adolescente Navarro: su padre no está en casa, su madre y él deben cambiarse de edificio (porque van a dinamitar el bloque en el que ahora viven), sus amigos del instituto son peculiares (incluido El Patinador, que nunca va a pie)… Y de pronto, un día, entra en clase como una tromba una chica nueva apellidada Oppi. Nadie sabe nada de ella. Viste de forma cambiante. Es guapa. Es desenvuelta. Y también encandila: sobre todo cuando, una tarde, detiene su moto Honda junto a Navarro y se ofrece a llevarlo hasta su destino. El problema vendrá cuando, al día siguiente, el profesor que les da la asignatura de matemáticas, apellidado Espada, entre en clase diciendo que le han robado la moto: es una Honda. Navarro traga saliva y siente que el pánico lo invade cuando el profesor anuncie que va a entrevistarse personalmente con cada alumno del aula para ver si disponen de información sobre ese robo. Navarro no puede quitarse del cerebro una sospecha: que Oppi es la culpable del delito, sobre todo porque Espada le puso un cero en su asignatura.

A partir de entonces se inician unos días turbulentos en los que la cabeza de Navarro (que, según se dice al final de la novela, terminaría siendo escritor) no deja de girar y atormentarlo. ¿Qué ha de hacer? ¿Cómo procede comportarse? ¿A quién debe tributar su fidelidad: al profesor (que siempre ha sido amable con él) o a Oppi (de quien se ha enamorado irremisiblemente)? Elegante en el desarrollo de su narración, el granadino Justo Navarro nos regala una historia intensa y cercana sobre los amores adolescentes, los caprichos del azar y los misterios que encierran, en ocasiones, las personas que se encuentran a nuestro alrededor.

jueves, 17 de octubre de 2019

Hermana muerte




Leo la obra Hermana muerte, de Justo Navarro (Alfaguara, 1990), que me ha dejado fascinado. Ya lo hizo su obra F., sobre la vida de Gabriel Ferrater, aquel hombre inteligente, enigmático, atormentado bebedor y dominador de varios idiomas. También esta segunda novela me encandila, sobre todo si atiendo al dibujo que me traslada del estremecedor chico protagonista, y evalúo de qué suave y sólida y creíble manera nos lo planta ante los ojos.
De su habilidad sin fisuras (repito: sin fisuras) se desprende que, en el retrato de sus personajes, Justo Navarro deje bastante territorio imaginativo al lector, para que participe en la construcción y entendimiento del protagonista, de su hermana o incluso del padre muerto. ¿Ha quedado nuestro chico trastornado por los dolores vegetales (y por la desaparición) de su progenitor? ¿Protege (de una manera equivocada) a su hermana? ¿Se protege tal vez a sí mismo? ¿Reconstruye la memoria de su padre a través de “los otros”?
Estamos ante un inquietante, poliédrico, profundo libro, que produce admiración literaria y desazón anímica.

lunes, 6 de agosto de 2012

F.



"Hubo una vez un hombre que a los treinta y cinco años prometió no vivir más de cincuenta. Se llamaba Gabriel Ferrater". Con estas intrigantes palabras comienza el granadino Justo Navarro su obra F., que sería inadecuado tildar de novela, empobrecedor definir de biografía y erróneo catalogar como ensayo. F. va mucho más lejos: es una sesión terapéutica, una deliciosa (y desgarrada) reconstrucción espiritual, la radiografía de una angustia, un tratado sobre el alma, un anillo de Moebius.
Partiendo de aquella confesión durísima o melancólica o resignada que Gabriel Ferrater hizo a su amigo Jaime (hijo del poeta Pedro Salinas) en el año 1957, Justo Navarro teje con increíble pericia los mimbres de una vida atormentada, y nos mete en las grutas interiores de un personaje lúcido, polígloto, inteligente, irónico, infantil ladrón de bicicletas durante la guerra civil del 36, traductor de Dashiell Hammett, hijo de un empresario vinícola que se suicidó, director literario de Seix Barral, atormentado bebedor, resguardado siempre tras el telón de unas gafas oscuras, "temblorosamente esquelético", abandonado por Jill Jarrell, su esposa americana (necesitó tratamiento psicológico para poder superarlo), aquejado por vacilaciones tartamudas ("cargaba con un excedente descomunal de palabras que originaba atascos fónicos y mentales") y mil detalles más, que el autor va trenzando con hábiles juegos temporales e ingeniería prodigiosa, hasta lograr que cada capítulo tenga densidad y belleza de diamante.
Se dice en este libro que "la madurez consiste en dominar las complejidades de la corrupción y el soborno" (p.27); se dice también que la falsa modestia es "aborrecible enfermedad del escritor" (p.75); y se dice, por reducir a un número razonable las abundantes frases inteligentes que se incluyen en la obra, que "el amor es egoísmo dual, uno busca a alguien que lo tome por un príncipe y le conceda dones y actos magníficos que no le pertenecen" (p.99). Pero, sobre todo, se nos dice a una persona, a un intelectual enigmático y lleno de heridas, que influyó en gente como Jaime Gil de Biedma o Carlos Barral, y que se extinguió (supo cumplir su promesa) tras habernos legado sus poemas y el secreto íntimo de su vida.
Justo Navarro vuelve a demostrar, en estas páginas, la solvencia aquilatadísima de su prosa, una de las más inteligentes y eficaces de España.