viernes, 16 de octubre de 2026

La biblioteca secreta


 

Un chico acude a la biblioteca pública porque tiene que devolver dos libros y porque desea sacar alguna obra sobre la recaudación de impuestos en el imperio otomano (se le ha ocurrido, vaya por Dios, que puede ser interesante saber cómo se organizaba el sistema tributario turco). Sin más explicaciones, la funcionaria que lo atiende le indica que debe buscar la sala 107, que se encuentra en el sótano. Allí se encuentra con un anciano de aspecto iracundo que pone en sus manos tres gruesos volúmenes sobre el tema y que le indica que debe leérselos allí (no existe la posibilidad del préstamo domiciliario para esas obras) y que permanecerá en esa celda durante un mes, hasta que consiga memorizarlos. Ya, ya imagino que quien lea esta reseña estará frunciendo el ceño, pero el asunto no ha hecho más que comenzar, porque el chico tendrá que vérselas también con otros dos seres anómalos: un hombre-oveja (mansurrón, obediente, lacayuno), que le lleva la comida y le concede algunas frases de conversación; y una niña irrealmente guapa que se ofrece para ayudarlo a escapar. De fondo, se rememora la historia del enorme perro negro que mordió al chico años atrás. Al final (no teman, no voy a destriparles el colofón), la historia se convierte en un espectáculo pirotécnico que provocaría el aplauso de los surrealistas.

¿Interpretación psicoanalítica? Pues yo qué sé. Seguramente, sí. Pero qué pereza, a estas alturas de la película, tener que aventurar lo que quiso decir el autor. Imagino que este tipo de narraciones (en las que la persona que está leyendo tiene que interpretar qué ha querido decir el profundísimo autor) tendrán su público, claro. Casi todo lo tiene en literatura. Yo no formo parte de este.

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