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miércoles, 20 de febrero de 2019

Cuatro veces fuego




En uno de sus versos, publicado por la revista Almiar en el número de marzo-abril de 2007, dice la escritora Lara Moreno: “El pie tropieza, es carne fresca lo que ha encontrado”. Esa sentencia podría valer (y de hecho vale) para resumir el eje central de su libro Cuatro veces fuego, publicado por Tropo Editores en 2008.
Vemos ahí cómo, mediante pinceladas cortas y frescas, nos dibuja todo el abanico de sentimientos que puede rodear al ser humano: el deseo, la soledad, el desorden, la tristeza, la búsqueda. Sus criaturas son tan humanas que produce un auténtico vértigo contemplarlas de cerca, y por eso Lara Moreno las diseña con la acuarela de su ordenador, recortándolas de nieblas y haciéndolas latir sin ambages.
Así, descubrimos a la anónima mujer que, saciada de todos los futuros imperfectos que le estampó en la cara alguien que se fue, se refugia en la soledad tétrica de un váter de bar para masturbarse; y nos encontramos con Jacobo, que atesora desde la infancia un buen número de cajas con cráneos de roedores; o acompañamos a esa chica que no sabe si viajar a Dubrovnik, Split, Benarés, Zanzíbar o Lisboa, y que guarda un secreto en el agujero cariado de su muela. Tantos seres breves, tristes, recortados y cálidos, hechos no de la materia de los sueños sino de la materia de la vida: calor, desesperanza, desconcierto, ilusiones, lágrimas y sexo.
Lara Moreno, cuentista, poeta, editora y correctora, que declara su fervor por Julio Cortázar como quien reconoce su pertenencia a un territorio físico (ya dijo Pessoa que su patria era la lengua portuguesa), nos entrega en este volumen un trabajo delicioso, de perfume denso (dulce o agrio, según las páginas) y de sólida escritura, que contenta a los más exigentes degustadores del género breve.

domingo, 21 de octubre de 2012

Segunda residencia



La mayor parte de los cuentos que podemos leer y valorar se pliegan más o menos escrupulosamente a un modelo que podríamos llamar, para resumir, cortazariano. Es decir, una situación y unos personajes bien perfilados, que se desarrollan con habilidad ante nuestros ojos y que, al llegar a la conclusión del relato, cristalizan y se redondean para provocar la sorpresa, la maravilla o el pasmo del lector. Es un mecanismo feliz, inagotable (si el talento del que lo compone es notorio) y sumamente eficaz. Esa sensación lectora de deslumbramiento, de mazazo final, de KO, de prestidigitador que reserva su truco más vistoso para el instante postrero, es aplaudida de forma casi unánime.
Pero existen, cómo no, otras posibilidades narrativas. Una de ellas es la que podríamos llamar cuento segmentario, y tiene también muchos interesantes cultivadores. Consiste —y la definición será injusta, por limitada— en presentarnos una acción acotada en la que difícilmente apreciaremos un principio, un desarrollo y un final. O sea, que el narrador empieza a contarnos algo (un suceso, una conversación) y debemos sumergirnos en ella para contagiarnos de su clima, para respirar su atmósfera, para sentir su temperatura. Los personajes hablan y hacen, pero no debemos aguardar una sorpresa en el último párrafo, porque no la hay. El fósforo se apaga o el sol declina sin que suene la orquesta o estallen cohetes. ¿Menos espectacular que el modo cortazariano? Sin duda ninguna. ¿Menos seductor o llamativo? Ahí ya no puedo estar —ni estoy— conforme.
Margarita Leoz es una joven escritora de Pamplona que acaba de publicar la colección de relatos Segunda residencia en el sello Tropo Editores. Este libro de cuentos (nos lo explica la solapa) es el primero que publica, tras un volumen de poesía en 2008. Y el resultado, desde luego, es admirable. Con una prosa de gran limpieza, casi cirujana, consigue dibujar paisajes (paisajes externos, pero también paisajes del alma) con media docena de pinceladas; esculpe personajes con una claridad y unos matices que asombran; y nos deja en los ojos una sensación de acuarelas o de miniaturas llenas de niebla, donde los colores tienen muchas más funciones, aparte del adorno puramente estético. Espectadores de excepción, quienes se acercan a leer las propuestas de este libro tendrán la suerte de acompañar a esa ginecóloga que acude a una clínica de estética y descubre allí a una empleada que fue la chica que la maltrataba cuando era niña; y viajará con Paula en un autobús que se mueve entre la ventisca, para conocer a su hermana recién nacida, en un hospital lejanísimo; y observaremos cómo un chico escayolado conversa con la novia de su hermano, que acaba de morir en un accidente; y nos veremos involucrados en una anómala reunión de vecinos, donde aparecen un perro, unos discos antiguos y una lata de callos a la madrileña; y seremos cómplices silenciosos de una chica que, harta de trabajar en un bar con su pareja, consigue un trabajo en sus ratos libres para ir abriéndose a otras posibilidades laborales; y nos iremos a una fiesta con Teresa, fotógrafa ocasional que busca conseguir un poco de dinero extra; y veremos cómo se desenvuelven en sus vacaciones dos personas cuyo hijo murió hace diez años en el mismo entorno en el que ahora descansan ellos; o notaremos, como una lanza clavada en el estómago, el tedio que acomete a una joven profesora de instituto que es destinada a una localidad donde, con el fin de ahorrar, tendrá que alojarse en casa de una anciana; o asistiremos a la extraña vida conyugal de un psiquiatra que se ha casado con una de sus antiguas pacientes y que ahora se ve envuelto en una espiral de cortesías sociales que no ha buscado y que no le agradan.
Hipnotizados por el magnetismo prosístico de Margarita Leoz, todas estas historias (y otras más que el volumen contiene) se nos van metiendo en la cabeza y nos dejan anonadados. Y lo consiguen además con el mecanismo más simple y más antiguo que existe en el mundo de la narrativa: la buena prosa sirviendo como cauce para una peripecia bien contada. ¿Se puede pedir más? El catálogo de Tropo Editores sigue creciendo en brillantez.

domingo, 2 de octubre de 2011

Vidas prometidas




Hay personas que, ofuscadas por una hipertrofia del yo, consideran que no pueden irse de este mundo sin contarnos a qué jugaban siendo niños, de qué color eran los cabellos de la muchacha que les aceleraba el corazón, cómo robaban fruta en los huertos aledaños a su colegio o en qué empleaban las horas de la siesta durante los veranos. Y, ufanos y transidos por la emoción de haber contribuido a la historia de la cultura, nos esclafan sus apasionantes memorias, que sin rubor utilizaremos para calzar muebles o para evitar que el aceite de las sartenes unte el suelo de la cocina. No ocurre así, desde luego, con el elegante Guillermo Busutil, que nos acaba de enriquecer con su volumen Vidas prometidas, una colección de veintiocho historias de marcada brillantez, que edita el sello zaragozano Tropo, con su habitual tino para elegir obras y autores.
Recordemos dos enunciados emitidos por escritores de altísima calidad. El primero es Fernando Pessoa, poeta portugués de infinitos quilates, quien hace ya muchas décadas explicó en una página memorable que su patria era la lengua portuguesa; el segundo es el vallisoletano Miguel Delibes, quien reconoció durante una entrevista concedida en su senectud que su patria indiscutible era la infancia. Ambos dictámenes se podrían hacer complementarios en esta espléndida colección de relatos, donde Guillermo Busutil explora los territorios de la infancia sin caer en el ternurismo, la melancolía excesiva o la autoflagelación. Quizá porque ha sabido comprender la frase famosa de Arthur Rimbaud donde pregonaba que él era otro. Es decir, que el poeta o el narrador, cuando se eligen a sí mismos como objeto de análisis o de expresión literaria, han de contemplarse desde fuera, excéntricos o alienados, para no dejar que las minucias personales (no necesariamente significativas para los demás lectores) empañen su sentido del lenguaje o la construcción misma del relato.
Nos encontramos en estas páginas deliciosas con joyas como Estrella sin ley, cuyo protagonista (Efrén) es un chico tímido y escuálido que goza de una gran popularidad por las novelitas del oeste que escribe para sus compañeros. Eso no impide que sea un chico maltratado por los típicos bravucones de la clase, que la tienen tomada con él y con el gordo Anchieta. Por fortuna, la aparición de un chaval nuevo llamado Gross cambiará esa situación de una forma inesperada. O como La promoción Oxford, una pieza memorable protagonizada por Toledo Reyes, una mujer cuya vida sufrirá un vuelco cuando reciba un correo electrónico en el que se la invita a una reunión de antiguos alumnos. No le lleva mucho tiempo comprender que tendrá que encontrarse con Jaime, su antiguo novio. Ella se encuentra ahora felizmente casada con un hombre encantador llamado Enrique, pero el recuerdo de Jaime la sigue atosigando. Cuando llega a la fiesta, no obstante, no consigue localizarlo por sitio alguno... Y la causa es tan sorprendente que los lectores se quedarán con la boca abierta.Pero es que los demás relatos completan un fresco bellísimo, donde los mimbres del humor (On the air), la cotidianeidad de muchas familias urbanas modernas (Shaw & Maciá), la reflexión irónica sobre los vuelcos que puede dar la vida (Los futuros de Voltaire), la grata importancia que pueden tener las lecturas infantiles en la existencia de una persona (La siesta de Odiseo), el modo en que una mujer puede ser un enigma para la persona que la contempla (Flor en la ventana), la amargura que tiñe los años finales de una vieja maestra (La señorita Margot), las acciones que puede acometer una persona atosigada por la precariedad laboral (Un hombre llamado Proust) o la anonadante mostración de cómo un asesor habilidoso puede encumbrar la carrera política de un patán (Gabinete Foreman) se cruzan entre sí para completar una telaraña tan hermosa como envolvente. Acabado este volumen, es muy probable que el lector experimente el deseo de acudir a más obras de Guillermo Busutil. Si tal cosa ocurriera, puede hacerse con Drugstore (Páginas de Espuma, 2002) o Nada sabe tan bien como la boca del verano (Ediciones de Aquí, 2005). Seguro que encuentra más de un motivo para colocar al excelente narrador granadino entre los preferidos de su biblioteca.