miércoles, 24 de junio de 2026

El reino de la nada

 


Muchas son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada, el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño (“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento (“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas, absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de “Aire”.

Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.

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