domingo, 18 de octubre de 2026

Las flores del mal



Me adentro por segunda vez (la primera fue a los dieciocho años y me da a mí que no me enteré de nada; o, siendo misericordiosos, de muy poquito) en Las flores del mal, de Charles Baudelaire. Utilizo la traducción de Carlos Pujol. Ninguna novedad supondrá decir que es un poemario que rompió moldes y que levantó ampollas en la sensibilidad lectora de su tiempo: alusión a cadáveres putrefactos, satanismo, hediondez, mujeres venales, flores marchitas, lobos que husmean, tinieblas densas como la pez, cuervos que planean en círculos macabros, tumbas que esperan ávidas, alusiones frecuentes a los gusanos (“Amigos negros, sordos y ciegos”), primaveras fangosas, bestias que se agitan en el frío de la oscuridad, serpientes que danzan, opio por doquier, adoraciones explícitamente satánicas o fuentes de sangre. No le faltaba ingrediente (bien claro resulta) con el que épater le bourgeois. Y es que, bajo su máscara de fragilidad drogadicta, hay en Baudelaire una poderosa musculación, que lo lleva a establecer su territorio con vigor enérgico: lo parcela, lo rotura y luego, tras alzar su bandera sin que le tiemble el pulso, mira con desafío a los observadores externos. Este es mi espacio. Estas son mis obsesiones y mis directrices. Acéptalas o sigue tu camino. No hay términos medios, como puede ocurrir con otros poetas menos viscerales. Con Charles Baudelaire tienes que elegir un lado de la línea: o Pinto o Valdemoro. Nada de indecisiones. Nada de matices. Blanco o negro. Pocas veces se habrá publicado en la historia de la poesía un volumen tan contundente y gravitatorio como este, del que anoto algunos versos que he subrayado en mi ejemplar: “Los pecados son tercos”. “He alcanzado a tocar el otoño del alma”. “El amante jadeando junto a su enamorada / es como un moribundo que acaricia su tumba”. “Es de necios construir sobre algún corazón”. “Siempre el Diablo hace perfectamente bien lo que hace”. “La lujuria y la muerte son dos buenas muchachas”. “El violín, corazón en zozobra”. Con Baudelaire hay que atreverse, pero qué convulsión cuando se avanza por sus versos. Inolvidable.

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