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martes, 21 de julio de 2026

Los caminos del miedo

 


Cuatro propuestas nos ofrece Joan Manuel Gisbert en su libro Los caminos del miedo, y en todas se percibe, como no podía ser de otra manera, la solidez de un narrador curtido y polivalente que ha merecido galardones como el premio Lazarillo, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Barco de Vapor, el Gran Angular, el Edebé o el Cervantes Chico. Casi nada.

En la primera (“La obsesión de Amberes”), nos habla de Solange y de Jules, dos personas interesadas en el mundo del ocultismo que, sin conocerse, realizan la misma acción: visitar una fábrica abandonada en la cual, según los expertos, “se podía obtener una respuesta veraz a las incógnitas fundamentales de la vida”. Los dos desean formular una pregunta parecida, relacionada con su propia muerte, y muestran anhelo y a la vez pavor por el resultado de la consulta, que queda consignada en un sobre cerrado. ¿Querrán abrirlo? ¿Querrán leerlo? ¿Serán capaces de afrontar la brutal revelación que sus líneas contienen? Con una mezcla de terror gélido, metafísica y ciertas gotas de humor, Gisbert consigue un relato contundente y digno de aplauso, que sirve de primer plato en un menú que, además, contiene un duelo a muerte en Sevilla, acompañado de premoniciones macabras (“Los mensajeros de la muerte”); la angustia de una mujer cuando tiene que cuidar la inquietante caja que le deja en custodia su vecino, quien tiene un pavoroso ojo de cristal (“Pupilas de obsidiana”); o la paralizante gelidez que pone a Hans de Turingia al borde de la muerte mientras viaja, subido en su caballo, camino a Constanza (“En la llanura blanca”).

Que no se engañe nadie con la etiqueta de “autor LIJ” que suele adherirse junto al nombre del autor catalán: Joan Manuel Gisbert es un magnífico narrador que convence y encandila, sea cual sea la edad de la persona que abra el libro. Hagan la prueba.

domingo, 22 de febrero de 2026

Pequeña historia de la literatura española

 


Publica Espasa, en sólido formato de tapa dura, el volumen Pequeña historia de la literatura española, de Nando López. Y sin duda esta edición constituye una espléndida noticia para los amantes de los libros, porque el tomo nos invita a participar en un agradable recorrido que, iniciándose en las jarchas del siglo X, nos conduce hasta la actualidad (se mencionan incluso obras publicadas en 2025, como Los íntimos, de Marta Sanz). Para ese viaje (que los protagonistas de la cubierta realizan en burros y rocín, pero que nosotros acometemos a lomos de libros), Nando López utiliza una documentación exhaustiva, abundantes citas elegidas con acierto y una atinada selección de autores y obras. Pero, sobre todo, recurre al espolvoreo del humor que, como un maná sonriente, impregna las páginas: así, cuando habla en la 106 de algunos textos de Fernández de Moratín, alude a "su Álbum de Venus -título versión light- o su Arte de putear -título versión hardcore-"; o cuando comenta en la 237 que Carmen Martín Gaite y Rafael Sánchez Ferlosio estuvieron casados lo etiqueta como "momento ¡Hola!". Son dos ejemplos espigados entre los centenares que atesora el volumen. El rigor, bien queda demostrado en este delicioso libro, no tiene por qué estar reñido con la amenidad.

Y, por supuesto, hay que subrayar también la importancia de las encantadoras ilustraciones de Luis Doyague, que lo mismo nos muestran a Eduardo Mendoza espiando en una esquina que a Valle-Inclán construyendo una embarcación, sin olvidarnos de ese don Quijote con camiseta de Superman o esa Gloria Fuertes que, en su papel de maestra, hace cantar a coro a José Hierro, Blas de Otero y Gabriel Celaya. Policromadas, divertidas y sorprendentes, sus imágenes provocan siempre una intensa curiosidad en la persona que está leyendo el libro. Docentes, padres y estudiantes son los destinatarios naturales de la obra. O sea, usted. O sea, yo. O sea, cualquiera.

martes, 25 de noviembre de 2025

Romancero

 

Tras una primera aproximación no desagradable al escritor argentino Leopoldo Lugones (el libro Alas, que ya comenté aquí en el año 2009: https://rubencastillo.blogspot.com/2009/10/alas_11.html), me acerco hasta los poemas contenidos en su Romancero, y la experiencia ya no me deja, ay, tan buen sabor de boca. Todas las composiciones que aquí recopila el autor son un sofoco continuo de amor arrebatado, pasional, volcánico; un amor puro y que no puede acabar sino con la muerte; un amor que no admite moderación ni calma. O sea, un arrebato romanticoide tras otro, que termina por cansar a partir de la página 20, por más buena voluntad que se le quiera poner a la lectura. Me encuentro, evidentemente, con pupilas que no son negras (qué ordinariez), sino violetas (p.138); con "tules" que siempre riman con "azules" y con "amor" que siempre rima con "dolor"; con tristes lágrimas para las que solo la tumba actuará como alivio; y con algunos intentos de ofrecer imágenes más originales, a riesgo de caer en la idiocia estupefaciente ("La rana no es más que una / tecla en la noche estival. / Una tecla de cristal / del piano de la luna"). Sultanes, amaneceres, reyes enamorados, abedules, visires, sombras esquivas, guitarras dolientes, esclavas bellísimas y ojos lánguidos que abaten sus pestañas como ocasos celestiales completan estas composiciones con su salpicoteo ñoño. En suma, unos poemas que parecen destinados a convertirse en billetitos seductores para doblegar el ánimo de señoritas dengues.

He tenido, eso sí, el coraje de recorrer las ciento cincuenta páginas del tomo, por si acaso encontraba algo más (lo que fuera) digno de apuntación. Espero que mi paciencia sea aplaudida.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Hernani


 

Mucho tiempo (quizá demasiado) sin leer a Victor Hugo, así que abro las páginas de Hernani y vuelvo a él. La historia, romántica por demás, es sobradamente conocida: doña Sol debe elegir entre tres galanes que requieren su cariño. El primero es don Carlos, que ha quedado prendado de su hermosura nada más verla y que, a la hora de rendir su corazón, desvela su auténtica identidad: es el rey Carlos I de España, que pronto se convertirá en el emperador Carlos V. El segundo es el anciano duque de Pastrana, de la poderosa casa de Silva (durante buena parte de la obra, el personaje en mi opinión más digno y admirable de la obra). El tercero es el bandolero conocido como Hernani, por el cual doña Sol muestra clara predilección y que, al fin, también nos revela una identidad que ha permanecido escondida buena parte de la pieza: es don Juan de Aragón, cuya familia fue afrentada por el rey Carlos y que ahora ansía venganza contra él. De esa situación compleja brotarán citas a escondidas, parlamentos exaltados, disfraces, odios y amores extremos, perdones súbitos y algunas muertes más bien tremebundas, que tiñen de emociones drásticas esta historia de amor, celos y ambición.

Quienes no somos excesivamente amantes del radicalismo romántico sufrimos, eso sí, con sus arrebatos viscerales, que nos hacen torcer el gesto y nos privan de parte del encanto de la obra. Pondré un ejemplo único: cuando doña Sol está a punto de casarse con el duque de Pastrana, porque Hernani le ha dicho que se una a él y olvide su amor infausto, el bandolero la mira con desdén y, tras mirar las joyas que el duque le ha regalado como ofrenda nupcial, la tilda de mujer voluble… para dos líneas después pedirle perdón con las más desgarradas muestras de arrepentimiento. Ese pendulismo radical del amor romántico, tan arrebatado para amar y tan presto a odiar, me parece (puede que esté equivocado) que revela poca fe en la otra persona. Y crispa los nervios de quien está leyendo, porque para apreciar estos furibundos cambios de carácter, de la lágrima a la risa loca, del desdén al éxtasis, de la entrega incondicional a la renuncia, hay que hacer violencia del sentido común. El retrato que de sí mismo traza Hernani para apartar de su lado a doña Sol es (véase) tan arrebatado como histriónico, tan ampuloso como teatral: “Quizá me crees un hombre como los demás, un ser inteligente que va recto a conseguir el objeto de sus sueños; pues no, no lo soy. Soy una fuerza que impulsan, soy el agente ciego y sordo de los misterios fúnebres, soy el alma de la desgracia impregnada de tinieblas. ¿Dónde voy? No lo sé. Sólo sé que me impulsa con soplo impetuoso un destino insensato; sólo sé que desciendo más cada vez, sin detenerme nunca. Si algunas veces, jadeante, me atrevo a volver la cabeza, oigo una voz que me grita: ¡Adelante!, y el abismo es profundo, y veo su fondo rojo, o de llama o de sangre, y entretanto, a una y a otra parte de mi vertiginosa carrera, todo se destroza, todo se muere. ¡Ay del que me toca! ¡Huye de mí! Apártate de mi fatal camino”. Todo, en mi opinión, demasiado infernal y patético.

Pero no seré injusto: si se coloca entre paréntesis esa porción de exaltaciones la obra de Hugo se lee con auténtico agrado, casi doscientos años después de su estreno. Es más de lo que pueden decir el 90% de las obras literarias.

sábado, 24 de mayo de 2025

El día del lobo

 


Copio unas palabras que aparecen en la página 125 de este estremecedor libro del andaluz Antonio Soler: “El 7 de febrero de 1937 comienza uno de los episodios más dramáticos y oscuros de la Guerra Civil. Si quienes lo padecieron fueron ochenta mil o ciento cincuenta mil personas no cambia la dimensión del suceso ni su brutalidad. Ni la acción del ejército franquista o de su Marina. Ni la responsabilidad de la aviación alemana o de la italiana”. El episodio al que se está refiriendo (y que funciona como núcleo terrible de este tomo) fue la forma inicua en que fueron masacradas, desde el mar y desde el aire, las personas que huían de Málaga por temor a la llegada de las tropas enemigas. Bombardeadas desde los buques de guerra Almirante Cervera, Baleares y Canarias, y ametralladas por los aviones de la Legión Cóndor y de la escuadrilla aportada a la causa por Mussolini, miles de personas hambrientas, asustadas, enfermas y arañadas por el frío (entre las que se encontraban mujeres, embarazadas, ancianos y niños), que conocían perfectamente las alocuciones de Queipo de Llano desde su radio sevillana (barra libre para matar y humillar a los hombres, barra libre para violar a las mujeres) trataban de llegar a Almería y ponerse a salvo. Pero ni la huida se les permitió.

En ese grupo de derrotados famélicos se encontraba la familia de Antonio Soler, quien, en los años posteriores, tras unir todos los recuerdos familiares y leer documentos sobre aquellos días (los nombres de Largo Caballero, Negrín, Azaña o Arias Navarro, alias Carnicerito de Málaga, aparecen continuamente), reconstruye los pasos que dio aquel lobo sanguinario que los acechaba. Un lobo que convirtió la persecución en una actividad meticulosa, inmisericorde, sañuda; un lobo que quería asustar, morder, desgarrar; un lobo que por fin, desde 1939 y durante varias décadas, se convirtió en el único dueño del bosque.

“Sé lo que ocurrió. Pero no sé cómo ocurrió. Y sé, eso sí, que el cómo es lo esencial en cualquier historia, en cualquier relato o suceso que se cuente”, nos dice Soler en la página 67. Eso lo impulsa a charlar con su abuela (que tiene párkinson), la cual, con la mirada perdida, le pregunta que para qué quiere saber tanto. Es, creo, un punto neurálgico del libro. En efecto, ¿por qué quiere Antonio “saber tanto”? Es la gran pregunta, cuya respuesta es sencillísima, en mi opinión: quiere saber (necesita saber) porque aquello ocurrió, y porque olvidarlo o dejar que sus detalles se desdibujen o se manipulen no es admisible: supone ser derrotado dos veces. La primera derrota fue la inquina impiadosa de los asesinos. La segunda derrota sería dejarles a ellos que narren y fabriquen la “realidad” a su gusto, subrayando lo que desean y ocultando lo que no les conviene recordar, porque (ese discurso sí que saben esclafarlo con tenacidad) quienes recuerdan son unos rencorosos, que se empeñan en vivir en el pasado.

“Ningún miembro de mi familia regresó del todo de aquel extravío que duró poco menos de una semana, pero que anidó dentro de ellos como un germen que durante décadas fue expeliendo una sustancia oscura y sombríamente renovada” (p.337). Ahora, aquel niño que nació en 1956, en medio del silencio obligatorio y amenazante, toma la palabra para contarnos la otra parte de la verdad.

Un libro terrible, tristísimo e imprescindible.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Poema del otoño

 


Rubén siempre es Rubén. Y la fórmula, que podría ser entendida como una crítica negativa (aludiendo a su carácter repetitivo o previsible), la emito como elogio, porque sus versos siempre me han parecido muy notables: es uno de los raros ejemplos de escritor que funda un territorio especial, y que fija sus leyes, y que abrillanta en cada nueva entrega unos metales ya de por sí refulgentes. En Poema del otoño ocurre igual: nos encontramos con una presencia continua de nombres y referencias clásicas (el nicaragüense era un enamorado del mundo grecolatino, pero también de otras culturas antiguas, cuyos reyes o dioses le suministran un espléndido arsenal de erudiciones); nos encontramos con invitaciones vitalistas para que gocemos los placeres mundanos (aunque, en este libro, también afirme anhelar la vida recoleta, disciplinada y asexuada de los monjes, en el poema “La Cartuja”); y nos encontramos con algunas composiciones notablemente famosas de su producción, como “Los motivos del lobo” (donde analiza las maldades que la especie humana acumula, que la convierten en la más turbia de las alimañas), “Margarita, está linda la mar”, “El clavicordio de la abuela” o “La rosa niña” (que nos entrega una fábula religiosa muy delicada y, por momentos, conmovedora).

Pero donde realmente atruena y asombra la musculación lírica de Rubén es en los aspectos verbales. Nada resulta anodino en sus versos, porque de todo se sirve para fraguar sonoridades únicas: unos encabalgamientos constantes que, en otras manos, derrumbarían el ritmo del poema y que, en su caso, lo aquilatan (“Gozar de la carne, ese bien / que hoy nos hechiza, / y después se tornará en / polvo y ceniza”); unas rimas intrépidas, que jamás se conforman con la facilidad y que se adentran por caminos inexplorados (roe-Cloe, voz-Booz, van-Kayyam); o incluso aventuras estróficas arriesgadísimas, que resuelve con magistral aplomo (en el poema “Santa Elena de Montenegro” tiene la osadía de reunir veinticinco tercetos monorrimos sin que le tiemble el pulso).

Evidentemente, sus libros hay que leerlos de forma espaciada, porque se corre el peligro de “verlo todo igual” a partir de la página diez. Pero creo haber encontrado la solución idónea para soslayar ese problema: acercarme cada seis meses a uno de sus trabajos.

martes, 26 de noviembre de 2024

Maribel y la extraña familia

 


Es sorprendente que un muchacho pueda ser tan tímido que necesite la ayuda de su madre y de su tía para explicar a la muchacha de la que está enamorado que lo acepte por esposo. Es mucho más sorprendente que esa muchacha se dedique al alterne (digámoslo con suavidad, tal vez con palabra ya obsoleta) y que el chico, tras haberla conocido en un bar de copas y haber recibido su mirada y su sonrisa profesionales, no se haya percatado de la evidencia mercantil de la situación. Y no resulta menos sorprendente que la madre y la tía escuchen música de Elvis Presley a su avanzada edad, que paguen a una pareja para que acuda de visita dos veces al mes, que preparen cócteles modernos, que tengan una casa que parece un museo de antigüedades y que, pese a la ordinariez y la escasa longitud de la falda de la chica, tampoco se percaten de su comprometido estatus laboral. Estas rarezas (y otras no menos notables, que irá descubriendo quien se adentre por las páginas de Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura) llegarán a su cénit cuando la muchacha, nerviosa por el equívoco y deseando aclarar la situación, advierta que nadie entiende sus indirectas, que nadie parece dispuesto a escuchar sus confesiones. Añadan a ese panorama tres compañeras de trabajo de Maribel que acuden de visita a la casa; un médico que no sale de su asombro cuando la muchacha le pregunta si la familia está majareta; un señor que administra los negocios de la familia (y que es cliente de una de las amigas de Maribel); una puerta misteriosa; y, por encima de todo, el enigmático (o sospechoso) drama que aconteció cuando la primera esposa de Marcelino se ahogó en un lago… que ahora el ilusionado novio quiere, vaya por Dios, visitar con Maribel.

Siempre eficaz en la organización de sus materiales dramáticos, Mihura entrega en esta célebre pieza unas interesantes reflexiones sobre la timidez, sobre el dolor, sobre el espíritu humano y sobre la redención (palabra quizá también vieja y obsoleta, pero que convendría reivindicar) que, pese al inevitable amarillo que ya colorea las emociones de la obra, aún se lee con agrado. ¿Que el candor de Marcelino roza lo risible o lo patológico? No me atreveré a dudarlo. ¿Que la forma en que Maribel se transforma interiormente huele a moralina? A kilómetros. Pero lo importante, me parece, no reside en esas dos flaquezas hiperbólicas (que cualquiera puede detectar y aun denigrar), sino en la brillantez con la que el dramaturgo madrileño nos lleva de la mano para, con una sonrisa, conducirnos hacia un final amable y reconfortante. Insisto: aún se lee con agrado. Háganlo.

domingo, 24 de noviembre de 2024

Muerte en las nubes

 


Qué gusto me ha dado volver a un libro de Agatha Christie. No sé si alguna vez he llegado a contar en este blog que me inicié en el mundo de la novela con esta autora, a la que leí con fruición y con deslumbramiento entre los 12 y los 16 años (más o menos). El reto consistía siempre en adentrarme en una propuesta suya, tratar de seguir el hilo de la historia, acompañar al detective en sus pesquisas y, si ello fuera posible, adelantarme y descubrir al culpable antes que él. Huelga decir que, humillantemente, nunca lo logré. No porque Agatha Christie hiciese trampas (se jactaba con razón de no hacerlas), sino porque mi pasión por la lectura me impulsaba para que fuese demasiado deprisa y, así, obviaba detalles que luego se revelaban cruciales para esclarecer el final de la narración. Mea culpa. (O quizá no tanto: quizá la culpable fue en realidad la autora inglesa, que con su magnetismo narrativo me hacía despistarme).

En Muerte en las nubes (que leo en la traducción de Alfonso Nadal) viajamos en un avión muy curioso, porque reúne a una serie de personas harto variopintas: dos arqueólogos, una peluquera que ha ganado un premio y lo disfruta viajando, una prestamista, un dentista, dos camareros y, por supuesto, el inefable Hércules Poirot, quien se ve implicado en un nuevo asunto policial cuando la prestamista madame Giselle (cuyo nombre auténtico era Marie Morisot) encuentra la muerte por el presunto picotazo de una avispa que se había colado de forma extraña en la cabina. Como es habitual, el observador detective belga descubre en el suelo un detalle que desmiente esa explicación: un pequeño dardo untado en veneno, al que pronto acompañará una cerbatana, escondida bajo un asiento. ¿Cómo es posible que alguien haya disparado un dardo sin que los demás viajeros adviertan la maniobra? ¿Y quién ha podido ser?

Lentamente, irán brotando los mil pormenores de una trama endiabladamente compleja, con personalidades fingidas, falsos testimonios, acentos reveladores, cartas escondidas, disfraces y, en fin, toda la parafernalia de la que siempre hizo gala la socarrona, eficaz y convincente Agatha Christie.

Una jornada de nostalgia y literatura.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Las confesiones de un pequeño filósofo


 

No necesito muchas palabras para definir lo que los lectores encontrarán, como he encontrado yo, en el interior de este libro. De hecho, precisaré solamente una: Azorín. Quienes hayan recorrido alguna de sus obras, me entenderán de forma clara. Quienes se apresten a su primera aproximación al prosista alicantino, que lo recuerden para futuros abordajes. Porque Azorín es siempre Azorín. Si no fuera porque podría ser juzgado como broma, usaría para etiquetar a Azorín la fórmula con la que definen al entrenador José Mourinho: Special One. Es exactamente eso. “Dudo ante las cuartillas [nos dice] de si un pobre hombre como yo, es decir, de si un pequeño filósofo, que vive en un grano de arena perdido en lo infinito, debe estampar en el papel los minúsculos acontecimientos de su vida prosaica” (p.46). Por fortuna, esta vacilación se queda en un simple recurso retórico, pues de inmediato el escritor de Monóvar comienza a explicarnos cómo fue su infancia, con sus maestros ásperos, que le provocaban “una angustia indecible” y que convertían el colegio en “una caverna lóbrega” (p.57), donde se veía obligado a incorporarse a unos ritmos estúpidos, de los que se liberaba mirando por las ventanas (temprana fascinación por el paisaje) y escuchando el tañido de las campanas (las eternas campanas de sus páginas mejores). A la vez, nos va dando noticia, en pequeñas viñetas deliciosas, sobre algunos de sus familiares, sobre las profesiones pequeñitas, que siempre lo han impresionado (las tenerías, los percoceros, los regatones) y, continuamente, sobre la localidad de Yecla, que nos retrata con tintes más bien oscuros, derivados quizá de su tristeza infantil: “un pueblo terrible” (p.70), “una ciudad soberbia y extraña” (p.73), “un poblachón sombrío” (p.112), etc.

Pero decía al principio que este volumen es puro Azorín; y eso significa que, si no disfrutas con el ritmo lento y melancólico de su mirar y de su prosa desde las primeras páginas, déjalo. No insistas. Es su forma de mirar y de contar. No hay en ella evoluciones ni cambios. O la tomas o la dejas. Yo, desde luego, la tomo. Es uno de mis clásicos.

lunes, 27 de mayo de 2024

El silencio del asesino

 


Ernest Morrison, viudo de Mary Adams, vive en su solitaria propiedad de Twin Willows Manor, en Wiggfield, con la única compañía de su ama de llaves, y sin necesidad de ejercer oficio alguno (las rentas que su mujer le dejó resultan suficientes para vivir con holgura). Un día, en plena partida de cartas, la policía le pide que los acompañe, causando sorpresa entre sus compañeros de juego. Al parecer, se han hallado en su jardín los restos de una mujer asesinada. Y el comisario Todd se muestra convencido de que se trata de la pobre Mary Adams. Morrison trata de defenderse explicando que su mujer murió hace diez años en Brasil. ¡Es imposible que se trate de ella! Pero un elemento parece indicar que sí: el cadáver muestra un aparato ortopédico como el que Mary llevaba desde la infancia por culpa de la poliomielitis. Ernest Morrison, insistiendo de forma constante en que él no mató a su esposa, no ayuda precisamente a resolver el enigma.

Durante el juicio, que ocupa la mayor parte de la novela, escucharemos los testimonios de Ann Mac Nigan (ama de llaves que deja salir su resentimiento hacia Morrison, a quien siempre ha considerado un cazafortunas), el director del banco (que da cuenta de ciertas irregularidades en las transacciones dinerarias de Mary Adams), Claire Stanford (una excelente amiga de la difunta) y otros personajes, que irán formando en la mente de los lectores una imagen cada vez más nítida de lo que ocurrió con el matrimonio formado por Ernest Morrison y Mary Adams. El detallado resumen que realiza el fiscal sobre el presunto crimen en el capítulo 13 es demoledor.

Pero cuando está a punto de pronunciarse la sentencia, Morrison pide la autorización del tribunal para dirigirse a Twin Willows Manor y demostrar así de un modo tajante y definitivo su inocencia: afirma saber quién es el asesino real de la pobre Mary. Y no fue él. Una serie de sorpresas encadenadas provocarán el asombro creciente del lector, quien terminará descubriendo una realidad muy distinta de la que ha ido sospechando durante el transcurso de la novela.

Buena novela judicial juvenil, que cautivará a los lectores adolescentes.

sábado, 6 de abril de 2024

Señoras y señores

 


Cuando tuve en mis manos por primera vez el volumen Señoras y señores, de Vicente Verdú, yo andaba aún lejos del medio siglo, así que no experimenté (para qué voy a decirles otra cosa) una curiosidad excesiva por el libro. Pero ahora, cuando ya he ingresado con holgura en esa franja (de Gaza), me abismo por fin en sus líneas. Y qué delicia, oigan. Qué maravilloso retrato global de las emociones, éxitos, certidumbres, zozobras, rarezas, fracasos y sabidurías que se obtienen en esa (en esta) prevejez.

Constata Verdú (con una prosa excelente, maravillosa) algunas peculiaridades de esa edad complicada, interregno y frontera, en la cual, pasada “la bisectriz de la edad” (p.173), se empieza a ser invisible desde el punto de vista erótico; y también se empieza a resultar inexistente para el mundo de la publicidad (salvo para los anuncios de gafas, audífonos y seguros de vida). El espejo, que pudo ser un aliado o un colega, ahora es una fuente desagradable de sorpresas, porque nos devuelve una imagen que nos parece infiel o inexacta. Las fotografías ya nunca muestran la cara o el cuerpo que creemos tener. Los vídeos se obstinan en dejar clara “nuestra creciente obsolescencia” (p.83). Y la muerte se convierte en un territorio que se aproxima con inquietante chirrido, después de dejarnos “tiroteados por los años” (p.123).

¿Se puede entender este ensayo a los veinte, a los treinta, a los cuarenta? Yo creo que no. Pero si ustedes han llegado ya al medio siglo, les ruego que no se priven del placer intelectual de acercarse a estas páginas, ante las cuales se encontrarán docenas de veces asintiendo con la cabeza. E insisto: qué prosa, oigan. Auténtica maravilla. Como muestra, les dejo algunas de las frases que he subrayado en el tomo, aunque les adelanto que son una pequeñísima porción de las que ustedes, seguro, subrayarán.

“Como regla maestra, a esta edad debe abandonarse la vanidad de considerar el cuerpo como pieza a exhibir y, en consecuencia, conducirse con la ropa de modo que lo que se lleve encima patentice su vocación de tapar y no de enaltecer”. “Lo normal no es ahora tener salud, sino ir tras ella, buscarla, recuperarla”. “El silencio coagula la discordia, paraliza la dialéctica del desacuerdo y permite vivir como en una piscina de mercurio, blindada, refulgente”. “La muerte, en fin, no nos necesita: la muerte nos ignora. ¿Por qué no ignorar, por tanto, a la muerte?”. “Los recuerdos de otros muertos que prosiguen activos en nuestra memoria son como cintas de vídeo que vamos distribuyendo a otros seres vivos y cercanos que no les conocieron”. “No es igual aceptarse que aceptar a los otros, pero siempre es más factible tolerar a los demás cuando uno ha tropezado repetidamente con la imposibilidad de ser mejor y ha reconocido su insuficiencia”. “Nos iremos, pues, a la tumba atiborrados de sueños, deseos, invenciones”. “Cuando los sueños, por fin, se extinguen y los oídos dejan de escuchar los cantos de sirenas, el hecho de vivir puede cobrar una dignidad benefactora mediante la aceptación del fracaso”. “La vida viene a ser, una y otra vez, en cualquier tiempo, la mejor edad donde ser feliz”.

miércoles, 6 de marzo de 2024

La naranja

 


Después de haber leído su nombre en alguna historia minuciosa de la literatura hispanoamericana y de haber visto cómo lo citaban autores más célebres que él (Borges), decido adentrarme en una obra de Enrique Larreta, que se titula La naranja, y que he disfrutado en una edición antigua (el ejemplar estaba intonso: también he disfrutado cortándolo) de la editorial Espasa-Calpe. En sus páginas, el escritor argentino se adentra en interesantes reflexiones sobre la vejez (“Si no mediara la idea de lo poco que falta para llegar al final, […] la vejez, una vejez sin achaques, se entiende, sería la verdadera edad feliz, lo mejor de la existencia”), sobre el gozo de existir (“Demos francamente las gracias. Con todo, vivir es vivir”), sobre la esencia última del ser humano (“¿Será el hombre una casualidad zoológica, un acaso de la Naturaleza, un mero cuadrúmano evolucionado, con prodigiosa sensibilidad cerebral, o el objeto supremo de Dios, como lo considera la Escritura?”), sobre la luz que debe guiar a la persona que acomete la tarea de coger la pluma (“Escribe como si todos tus lectores fueran hombres de genio”), sobre la verbosidad (“La excesiva riqueza de vocabulario suele encubrir pobreza de pensamiento. Alarde de joyas en el pecho de la escuálida”), sobre los enigmas de nuestro destino (“Nadie puede saber nunca cuándo aprovecha su tiempo y cuándo lo desperdicia”), sobre los viajes (“El hombre inteligente viaja para después; para enriquecer su vida en los días sedentarios, que son los más numerosos; para formar ese álbum interior cuyas páginas mueve luego el capricho de un delicioso viento que nadie puede explicar”), sobre el ejercicio de la crítica literaria (“Ciertos críticos: perros que orinan en la reja del monumento”), sobre el Martín Fierro o sobre El Quijote, obras a las que dedica páginas lúcidas y fervorosas.

En suma, un volumen variado, lleno de reflexiones inteligentes y que se sigue leyendo con facilidad y provecho.

jueves, 11 de enero de 2024

La sombra de lo que fuimos

 


Leí hace mil años un par de libros de Luis Sepúlveda, antes de tener mi blog de reseñas (Un viejo que leía novelas de amor y, algo después, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar); y luego, de forma impremeditada, lo dejé entre paréntesis. Me habían gustado sus dos propuestas narrativas, eso lo recuerdo con nitidez; pero simplemente no me acerqué a sus otros libros. A veces, procedo con esa falta de lógica en mi ocupación como lector. Hoy subsano esa torpeza con La sombra de lo que fuimos, una novela con la que obtuvo el premio Primavera en el año 2009.

Primera escena: un hombre cercano a la senectud, pero todavía de porte erguido, camina por la calle, bajo la lluvia, con un arma en el bolsillo. No sabemos a ciencia cierta a dónde se dirige. O, mejor dicho, a dónde tenía proyecto de dirigirse, pues un tocadiscos que ha salido volando por una ventana y ha aterrizado sobre su cabeza pone fin a sus planes y a su vida.

Segunda escena: tres hombres también cercanos a la senectud, pero mucho más deteriorados por el paso del tiempo, aguardan la llegada de ese hombre (quien, por cierto, se llamaba Pedro Nolasco y fue durante toda su vida un reconocido activista de izquierdas): son Cacho Salinas, Lolo Garmendia y Lucho Arancibia. Estamos en el Santiago de Chile postdictatorial, donde aún no se han curado las heridas del pinochetismo. Aquellos tres veteranos, ahora gordos y calvos, “fueron amigos, integraron la misma barra adicta al fútbol, política y asados los fines de semana. Tuvieron planes para prolongar la amistad y conservarla inmune al paso de los años, y fueron compañeros, cómplices en el esfuerzo por hacer del país un lugar si no mejor, por lo menos no tan aburrido” (p.68). El golpe militar de Pinochet los lanzó hacia la separación y el miedo; y, desde instante, “la vida se llenó de agujeros negros y estaban en cualquier parte, alguien entraba a la estación del metro y no salía jamás, alguien subía a un taxi y no llegaba a su casa, alguien decía luz y se lo tragaban las sombras” (p.69). Ahora esperan a Nolasco, quien los va a capitanear en un robo muy especial, que los devolverá al mundo de la lucha contra los poderosos y corruptos. Pero quien entra por la puerta es otra persona muy distinta, a la que conocieron en el pasado y que les trae noticias más bien aciagas.

En esta novela se pueden advertir dos planos muy claramente diferenciados: por un lado, la voz narrativa, que nos lleva de la mano utilizando altas dosis de humor (ese tocadiscos que sale volando como consecuencia de una discusión conyugal; esos pícaros que taponan las alcantarillas para hacer negocio como transportistas por las calles; las extravagantes y peliculeras historias que Coco Aravena prepara para expelerlas con cara inocente ante la policía; los correos electrónicos que se intercambian “gerundio” y “blackpanther”; etc); y, por el otro, la presencia y la biografía de los tres viejos militantes revolucionarios, en los cuales se puede ver (y el lector lo siente con auténtica tristeza) la imagen de la derrota, del fracaso, de la desilusión, de la amargura. Quisieron un país mejor, un mundo mejor, y no ha sido posible. Como aquella frase de Cortázar que tanto me gustó cuando la leí hace años: “Haber querido tanto de la vida, buscarle todo su sentido, y descubrir que vamos derecho a un montón de fósforos quemados”. Así se sienten Cacho Salinas, Lolo Garmendia y Lucho Arancibia. Así se habrán sentido tantas y tantas personas a quienes la apisonadora de la Historia (conducida por un sonriente vencedor) trituró sin miramientos.

Afirma el escritor chileno en la página 170: “Nunca confíes en la memoria, pues siempre está de parte nuestra; adorna lo atroz, dulcifica lo amargo, pone luz donde sólo hubo sombras. La memoria siempre tiende a la ficción”. Quizá podría afirmarse, invirtiendo su juicio, que la ficción siempre tiende a la memoria. Y quizá por eso Luis Sepúlveda orquesta entre seriedad y humor, entre decepción y sonrisa, un equilibrio altamente brillante.

Novela triste. Novela melancólica. Novela estupenda.


miércoles, 3 de enero de 2024

Los clásicos futuros

 


Es difícil (y aun imposible) emitir un dictamen sobre los escritores que serán recordados y aplaudidos en el porvenir, porque estamos incapacitados para conocer el curso que seguirán (si es que alguno siguen) las directrices estéticas o temáticas del futuro. Si ya nos resulta paradójico o asombroso que, en el presente, triunfe tal o cual autor, que no se adapta de ninguna manera a nuestros gustos, imagínense de qué autoridad dispondremos para calibrar cuáles soportarán y cuáles no la erosión inmisericorde de los calendarios. Pero Azorín tuvo la osadía de acometer esa labor en su trabajo Los clásicos futuros, donde apostó de forma clara por un octeto de nombres que, a su juicio, brillarían incluso décadas más tarde: José María de Pereda, Benito Pérez Galdós, Clarín, José María Matheu, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Rubén Darío y Ricardo León. Veamos qué ha quedado de ellos, un siglo más tarde.

No hace falta ser un lector avezado para descubrir que Galdós, Clarín, Unamuno, Baroja y Rubén Darío sí que han ratificado el pronóstico. Pereda (a quien ya no se lee ni en Santander), Matheu (al que devoró el más atronador de los silencios) y Ricardo León (el “modernista castizo”, como se le llegó a bautizar) resulta evidente que no. El porcentaje de aciertos (y disculpen que lo someta a la dureza fría de las matemáticas, y que parezca bromear) no es malo: 62%.

Déjenme añadir dos apuntes, que me han llamado de forma especial la atención. El primero nos invita a ser moderados en nuestros juicios. Azorín, llevado quizá por un exceso de subjetivismo, se atreve a convertir una conjetura en párrafo de mármol (“José María Matheu acabará por triunfar. Triunfará, en tanto que se hunden tanta novela ñoña, ridícula u obscena, exaltadas en las gacetillas, celebradas por una crítica complaciente, premiadas por institutos, accesibles al favor y a la parcialidad”, p.135); y, como es evidente, yerra… salvo que admitamos la posibilidad de que ese éxito de Matheu aún resulte posible. Quién sabe. El segundo apunte es mucho más delicado, porque el escritor de Monóvar, después de visitar la biblioteca de Clarín y ojear una libreta manuscrita que había quedado olvidada sobre una mesa, declara sin empacho: “He cerrado el precioso cuaderno y me lo he metido en el bolsillo” (p.125). Y, con una cierta desvergüenza, remata su confesión con unas palabras que no sé si buscan nuestra disculpa o nuestra complicidad: “No, no cometía latrocinio; usaba de un derecho no escrito”. Es decir: como yo lo admiraba mucho, puedo quedarme con sus papeles íntimos sin dar cuenta a la familia. Para qué vamos a maquillar esta secuencia, si habla por sí misma.

Salvada esa anécdota desagradable, el libro es delicioso.

sábado, 16 de septiembre de 2023

Lecturas españolas

 


Ese amor por lo antiguo, esa pasión lánguida y constante por el tiempo pasado (costumbres, libros, paisajes, tradiciones), que es innegable en Azorín, ha servido para que se le juzgue muchas veces como “reaccionario”, tanto literaria como políticamente; pero se trata a mi juicio de una notoria equivocación. Es evidente que el escritor monovero ama muchos aspectos del ayer, quién habría de negarlo. Ahora bien: extraer de ahí un juicio marmóreo sobre su alma entera es hipérbole torpe. Leamos, por ejemplo, lo que dice en “La España de Gautier”, uno de los artículos que se incluyen en estas Lecturas españolas, porque ilustra muy bien una parte de su ideología, acaso poco tenida en cuenta: “Lo pasado no se puede volver a vivir; la corriente del tiempo no puede ser remontada. Las calzas atacadas, como los cachivaches de la casa, las diversiones, las costumbres, todo se modifica y cambia. Vivamos nuestro tiempo”. No es (coincidirán conmigo) la frase de un retrógrado, sino la de alguien que aplaude también las bondades del presente. Porque Azorín es sobre todo eso: la mirada silenciosa y reflexiva de quien desea empaparse de su entorno de forma profunda. De ahí la lentitud y la minucia de sus descripciones: quiere observarlo todo, registrarlo todo, ponerle a todo un pequeño foco de admiración y de palabras, para que participemos de su experiencia y nos enriquezcamos con ella.

En Lecturas españolas, Azorín nos habla de la forma en que Juan Luis Vives recrea escenas humildes (acaso reminiscencias de la infancia) en sus libros; de su amor por la vida de aldea (utilizando como base el libro célebre de Antonio de Guevara); de la modernidad reflexiva de Saavedra Fajardo, que pedía a todos sus compatriotas tolerancia, mesura, apertura de mente y respeto colaborativo con los demás; de su predilección por la poesía festiva, no la barroquizante, de Luis de Góngora (“lo que prevalecerá”); de su reivindicación del casi olvidado aragonés Mor de Fuentes; o de su admiración rendida y absoluta por Benito Pérez Galdós o Pío Baroja… Todos esos españoles gigantescos fueron dejando su impronta en la vida nacional. A veces, de forma visible; a veces, secretamente. Pero su legado nos ha conformado como país. Frente a todas las lacras que nos han lastimado secularmente, y que Azorín enumera con rigor (“Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad intelectual”), nos queda la esperanza de que aprendamos de estos prohombres cuál es el camino para afrontar de mejor manera el futuro.

Vuelve a maravillarme el escritor alicantino. Vuelve a dejarme en silencio (leer a Azorín supone adentrarse en una burbuja de silencio y calma).

Era un grande.

lunes, 17 de julio de 2023

Luz de lluvia

 


Puedo leer cierta prosa (algunas novelas, algunos cuentos, algunos ensayos) con sonido ambiental: conversaciones en la mesa de al lado de la cafetería, petardeo de las motos por la carretera… Pero requiero de un silencio casi sepulcral para adentrarme en la poesía. Seguramente por eso elijo leerla de noche, cuando las presencias humanas, con sus ruidos, se han adormecido o alejado. Hace una semana, leí en esas condiciones Luz de lluvia, de Joan Margarit; y ahora, tras releerla con idéntica ambientación, tecleo unas palabras (insuficientes, seguro que prescindibles) sobre el tomo.

Y es que cuando un poeta me dice que “hace frío en el pasado” (Viaje de invierno) o que “la lluvia de un domingo por la tarde / a veces se parece a nuestro epílogo” (Tarde de lluvia), yo sé que mi obligación, respetuosa y conforme, debe ceñirse a leer esas palabras, dejar que impregnen mi interior y callarme. Cualquier forma de comentario que pudiera dedicarles sería improcedente, por nimia. Me produce una enorme felicidad descubrir cómo Margarit me revela un perfil diferente sobre temas o personajes que conozco: sea sobre la figura de Odiseo (“Quizá un lejano Ulises murió en Troya, / y quizá lo lloró alguna mujer, / pero en el sueño de un poeta ciego / continúas salvándote: /en la frente de Homero, riguroso / y eterno, cada vez que rompe el día, / un solitario Ulises desembarca”), sobre las tumbas de cinco artistas inconfundibles y eternos (Van Gogh, Baudelaire, Rilke, Borges y Brooke) o sobre la perennidad inmaculada del cosmos (“La oscuridad donde una estrella hoy brilla / en la noche de Asiria fue la misma, / y en el bordado firmamento hebreo / o en el cielo nocturno que vieron los caldeos”). Milagros de la mirada y de la palabra, que siempre queda trazada con ritmos deliciosos y que nos deja un silencio ondulante en los oídos.

Casi en susurros, el poeta catalán nos dice en su poema Antes del alba: “El día que aún no empieza es la riqueza”. Y queda en nuestros cerebros y en nuestros corazones detenernos a valorar el tremendo mensaje de esperanza, de fantasía, de gozo, de lucha y de posibilidades que esas pocas palabras encierran.

Seguiré leyéndolo. En silencio y de noche.

domingo, 25 de junio de 2023

Sonata de otoño

 


Quizá sea hora, treinta años después, de releer e incluir en este Librario íntimo las Sonatas del sorprendente, vertiginoso y elevado Ramón del Valle-Inclán, así que vuelvo a ellas por orden cronológico y disfruto de la Sonata de otoño, publicada originalmente en 1902, que se abre con la carta que recibe Xavier, marqués de Bradomín, en la que su prima y antigua amante Concha le explica que se encuentra en trance de muerte en el palacio de Brandeso y que querría disfrutar de su compañía en los días últimos. Conmocionado por la misiva, el marqués se desplaza hasta allí y, aunque la muchacha está muy desmejorada, extrema con ella su galantería (“Antes eras la princesa del sol. Ahora eres la princesa de la luna”). Desde ese momento, se inicia un período de recuperación pasional y también de remembranza de los años pasados, en el que ambos intentan disfrutar de las mieles postreras de un amor que los empapó siempre, pese a que ella estuviera casada (“con un viejo”) y que él, como impenitente donjuán, no eludiese el coqueteo con otras damas.

Concha despliega ante Xavier su sinceridad más descarnada (“Sólo una cosa le he pedido a la Virgen de la Concepción, y creo que va a concedérmela… Tenerte a mi lado en la hora de la muerte”); y Xavier, elegante e irónico, no puede evitar comparar los tiempos actuales con los pasados (“Confieso que mientras llevé sobre los hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla, nunca supe despedirme de otra manera. ¡Hoy los años me han impuesto la tonsura como a un diácono, y sólo me permiten murmurar un melancólico adiós!”). Cuando la muerte por fin acontece, el seductor marqués muestra el temple de su espíritu, pensando más en sí que en la difunta, en un ejercicio de egoísmo que asombra al lector: “¿Volvería a encontrar otra pálida princesa, de tristes ojos encantados, que me admirase siempre magnífico? Ante esta duda lloré. ¡Lloré como un Dios antiguo al extinguirse su culto”.

Sigue gustándome la prosa de Valle, aunque también es verdad que la sobreabundancia de adjetivos la vuelve por momentos sofocante. Séale perdonado ese exceso al excesivo don Ramón.

sábado, 13 de mayo de 2023

La tercera España

 


Es posible que hasta la persona menos aficionada a la literatura o la política haya escuchado alguna vez reflexiones sobre “las dos Españas”; es decir, sobre esas dos facciones cabestras, cerriles y monolíticas que se han obstinado en percibir la realidad nacional como un cortijo que debe amoldarse a sus propios intereses y no salirse nunca de los cauces establecidos por su peculiar ideología. Por mero reduccionismo, se suele fijar erróneamente ese panorama hablando de derechas e izquierdas, pero se trata de algo más profundo, más atávico, más complejo: se trata de dos perspectivas que impregnan el espíritu y el cerebro de quienes las sustentan. César Vidal, en las páginas 11-12 de este ensayo, dibuja con mucho tino una panorámica del problema: “La primera España vendría caracterizada por el tradicionalismo, por la cerrazón ante las innovaciones y ante las corrientes extranjeras y por el culto a la división patria entre ellos (los verdaderos españoles) y los otros (es decir, los malos españoles, los sin-Dios, los descreídos, los infieles). En cuanto a la segunda, encontraría su definición en la apertura a otras corrientes, en la disposición a considerar la historia pasada como un cúmulo de errores que explicarían el desastroso presente patrio y en la disposición a emprender cambios políticos y sociales que cambiaran totalmente el país”. El gran problema siempre ha radicado en que ambas tendencias contemplaban a “los otros” como un enemigo al que convenía sujetar en corto, aislar, preterir y, en el peor de los casos (recuérdese la guerra civil de 1936), sojuzgar o exterminar.

Pero existe una tercera vía, tan admirable como aún no demasiado fructuosa, “que pensó que esa fratricida división podía, debía, tenía que ser superada” (p.18). Y esa tercera España, entrevista o soñada históricamente por autores que, nacidos en la primera y en la segunda, comprendieron la necesidad de aunar todo lo positivo y lo unificador de ambas, desechando sus odios y exclusiones, es la protagonista absoluta de este libro, lleno de sensatez, buen juicio, análisis ponderados y citas luminosas, por el que desfilan gentes de la talla de Cisneros (“tan olvidado hoy por la primera España, que a veces ha visto con resquemor su espíritu abierto, y por la segunda, que sólo contempla en él a un cardenal y, por tanto, un adversario”, p.28), Miguel de Cervantes, Jovellanos, Mariano José de Larra, Joaquín Costa, Antonio Machado, Manuel Azaña o Pedro Laín Entralgo.

Lo más sorprendente del volumen, sin duda, es la honestidad intelectual que el autor exhibe en sus páginas, aplaudiendo por igual los gestos de tolerancia y de concordia de personas surgidas en el seno de la Iglesia o, si nos centramos en la guerra del 36, de pensadores que apoyaron a bandos distintos, pero que fueron descubriendo de forma inexorable la necesidad de entender al otro, en lugar de anhelar su silencio parcial o total; que fueron advirtiendo la altura moral a la que se asciende cuando la comprensión, el diálogo y la convivencia logran imponerse a la brusquedad, el desprecio o el odio.

Un trabajo para leer con un lápiz en la mano, para subrayar y anotar.

viernes, 5 de mayo de 2023

Noches lúgubres

 


Dos personajes (con el añadido de algunos anecdóticos) protagonizan estas tres famosas y aparentemente inconclusas Noches lúgubres, del militar gaditano José Cadalso: el primero se llama Tediato y es un hombre arrebatado y sufriente, que descree de todos los seres humanos (“Tan despreciables son para mí muertos como vivos; en el sepulcro, como en el mando; podridos, como triunfantes; llenos de gusanos, como rodeados de aduladores”) y que se muestra incluso reacio a admitir la existencia de la amistad (“Todos quieren parecer amigos: nadie lo es”). Sabemos de él que su posición social y su posición económica son desahogadas, pero que la desesperación lo ha llevado hasta el nihilismo; el segundo se llama Lorenzo y ejerce tareas como enterrador, además de padecer una infinitud de penurias que incluyen la pobreza, el decaimiento y la defunción de varias personas importantes de su entorno. El vínculo entre ellos se produce cuando Tediato paga a Lorenzo para que, sin formular preguntas ni oponer bobas consideraciones religiosas o morales, saque a la luz los restos putrefactos de una dama, los cuales Tediato desea llevar a su casa para después, tumbándose a su lado, pegarle fuego a la vivienda y que las llamas unan y purifiquen a ambos.

Como se puede observar, un arrebato inequívocamente aromado con los perfumes malditos y hediondos del Romanticismo, deudores de la patología.

Como Dios aprieta, pero no ahoga, la obra es muy breve.

viernes, 24 de febrero de 2023

Las Meninas

 


Nos situamos a mitades del siglo XVII, en la ciudad de Madrid. Una parte de la Corte de Felipe IV se encuentra agitada y molesta con don Diego Velázquez, pintor amado y protegido por el monarca, quien acaricia la idea de pintar un lienzo que muchos juzgan provocador, en el que una infanta quedará retratada junto a sus sirvientas, sus enanos (Mari Bárbola y Nicolasillo) y un perro. Los reyes, qué osadía, apenas serán visibles en la imagen borrosa de un espejo. Y el propio Velázquez quedará inmortalizado como figura notoria del cuadro. Para impedir esa indigna falta de respeto y esa evidente soberbia se movilizan todo tipo de figuras: pintores rivales que envidian su talento y su posición en la Corte (Angelo Nardi), familiares que buscan su descrédito para medrar (José Nieto), religiosos que no dudan en recordar su afición por pintar mujeres desnudas (un dominico) y hasta algunos nobles que lo consideran inadecuadamente cercano al rey (el marqués). Frente a todas esas asechanzas virulentas y codiciosas, don Diego apenas cuenta con el apoyo de la infanta María Teresa (que lo admira, pero que poco puede alzar la voz frente a la ceguera de su padre) y a la balbuciente fe de su esposa Juana (que lo quiere, pero que se encuentra zarandeada por la sospecha de que Diego le fue infiel en Italia con alguna de sus bellas modelos). Lo que está en juego es la creación (o prohibición) del futuro cuadro “Las Meninas”.

Con esta excepcional obra dramática, Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916) nos ofrece una visión profunda y descarnada de aquella España podrida, en la cual el rey se dedicaba al ejercicio de la caza y a engendrar hijos bastardos; sus consejeros desviaban o despilfarraban los caudales públicos para mantener una farsa de prosperidad; el pueblo moría de hambre, atosigado por crecientes impuestos, sin que le resultase permitida ni siquiera la protesta; los dignatarios eclesiásticos se solazaban en la impunidad y en el control de la vida moral del país; y el resto de Europa, descubiertas las fisuras del otrora gigante hispánico, comenzaban a tomar posiciones para suplantarlo en su lugar hegemónico. Pero también nos pasea por el alma y por los ojos de un pintor único, mostrándonos sus inquietudes, sus firmezas, sus temores, sus búsquedas estéticas (cuando Nardi le recrimina que una parte de sus retratos sea nítida y detallista, mientras que el resto queda un poco difuminado, Velázquez responde con una aguda precisión artística y oftalmológica: “Vos creéis que hay que pintar las cosas. Yo pinto el ver”).

Pintor y dibujante en sus inicios (y de notable técnica), Buero Vallejo realiza una brillante inmersión en el espíritu de Velázquez y nos regala un drama de altísimo valor, lleno de ternura y tragedia, que figura entre sus obras más notables.