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jueves, 29 de enero de 2026

La sombra de una noche

 


La imaginación de un adolescente puede convertir un suceso más bien nimio y hasta azaroso en un episodio escarchado de misterio; y así ocurre con Jacobo Studer y su amigo Ismael Munch (hijo de un librero y una médium: combinación tan inusual como productiva). Lo que ha ocurrido parece una fruslería: el señor Studer, padre de Jacobo, se ha retrasado una noche a la hora de volver a casa. Y cuando lo hace su rostro está triste y su ánimo decaído. Fin. No hay más. Pero ahí intervienen las mentes de los dos muchachos, quienes llegan a la peregrina conclusión de que lo más seguro es que tras haber bebido de más en alguna taberna haya sido atracado, y le hayan quitado la paga del mes, y eso lo haga sentirse abatido. De ahí a ponerse a investigar (ah, el afán investigador de los niños) hay un paso francamente corto, que los chavales ejecutan con entusiasmo desplazándose hasta un barrio no muy recomendable de las afueras, donde contemplan lo que parece un trapicheo de contrabandistas y donde comienzan a eslabonar “conclusiones” sobre lo que realmente pasó durante la noche de autos.

Con esa base argumental tan reducida, Soledad Puértolas construye una historia breve y muy elegante, que concibió en 1985 (cuando su hijo Diego contaba trece años) y que leo en Ediciones del Bronce, con ilustraciones de Regina Giménez. Su hermoso formato y la fluidez de su prosa deparan unas horas muy agradables de lectura, de la que jóvenes y adultos pueden extraer aprendizajes distintos.

Debo insistir con las obras de esta zaragozana.

sábado, 24 de diciembre de 2022

Con mi madre

 


Estoy convencido de que el cuándo y el dónde se lee un libro interviene de forma poderosa en la percepción que tenemos de él. Yo he leído este libro de Soledad Puértolas en vísperas de Navidad, en un día nublado y recordando intensamente a mi propia madre. De tal modo que no sería capaz de afirmar que la obra es, en sí misma, “buena”, porque quizá son demasiado poderosos los condicionantes (las circunstancias, que diría Ortega y Gasset) que lo han rodeado. Tampoco creo que la escritora zaragozana intentara escribir un buen libro, sino una obra que iba mucho más allá: un libro necesario (y me refiero, obviamente, a necesidad personal, anímica, que es quizá la única que importa en estos casos). Desde la primera hasta la última de las páginas, Puértolas nos ha ido entregando un álbum de recuerdos, un balance emocional, un libro de actos y de actas: la enfermedad que la unió durante semanas a su madre en una misma habitación, mientras era niña; el modo en que descubrió la lectura con la gallina petirroja; las fotografías que le siguen recordando los perfiles y modos de aquella mujer elegante, cada vez menos silenciosa, de piernas perfectas y elegancia intrínseca; las estancias en los Estados Unidos o Noruega; el traje de novia que quiso heredar de su progenitora y que, con los nervios y aceleraciones de su propia boda, se le olvidó pedirle; las innumerables cajitas de Saridón que le enviaba su madre para que Soledad tuviese siempre sus medicinas disponibles… y también algunos desencuentros o desavenencias, que la memoria quizá magnifica.

Un tomo tierno, sereno, confidencial, que he leído con agrado y con un punto de inevitable melancolía.

viernes, 10 de diciembre de 2021

A la hora en que cierran los bares

 


Cuánto me hubiera gustado decir que esta tercera aproximación a la literatura de Soledad Puértolas me convencía para seguir avanzando por otros libros suyos; pero (ay) me temo que no es así. Y lo lamento de verdad, porque es una escritora con la que, honesta y afablemente, lo he intentado con la mejor de las voluntades. Los relatos de A la hora en que cierran los bares comenzaron dándome una buena impresión (esa pareja de hombres silenciosos y más bien tristes que se encuentran de noche en la barra, en el cuento que da título al volumen; el misterioso secuestro accidental que sufre Enrico en “La llamada nocturna”; la sensual experiencia erótica que experimenta Jacomo Sandoval en “La vida oculta”), pero paulatinamente fueron dejando de interesarme, porque ni sus tramas, ni sus personajes, ni sus cierres me parecían demasiado llamativos. “En el límite de la ciudad”, por ejemplo, te cuenta un episodio en Marruecos… y no queda nada al final. En “La corriente del golfo” te presenta unos meses de vida en Noruega… y también me quedo al final con la sensación de Y qué.

Como es natural (huelga decirlo, pero lo aclaro), aquí no hay “culpables”: ni la escritora zaragozana con su escritura, ni yo con mi lectura. Se trata, en todo caso, de una falta de empatía entre ambos.  

Y dudo que repita con ella.

lunes, 20 de julio de 2020

La rosa de plata




En cierta ocasión, hace muchos, muchos años, una mujer llamada Ana María Villanueva tuvo la ocurrencia de comprar en un mercado un singular anillo con una rosa de plata. Le hubiera resultado imposible imaginar que, décadas después, una hija suya llamada Soledad terminaría escribiendo una novela inspirada en esa imagen.
Y lo hace instalándonos en la Bretaña del rey Arturo y sus caballeros, donde se ha producido un hecho lamentable: la celosa Morgana (hermana de Arturo y con gran fama como hechicera), viendo que siete doncellas se han atrevido a mirar a su amado, ordena encarcelarlas hasta que siete caballeros dispuestos a morir en la demanda acudan a su castillo para someterse a difíciles pruebas. Desde ese punto, la narración de Soledad Puértolas se dedica a contarnos las siete aventuras de liberación, salpicadas de pasadizos secretos, enanos de noble espíritu, damas tan bellas como virtuosas, hechizos sorprendentes y bosques enigmáticos. Como es obvio, no puede faltar en la marmita el ingrediente más memorable de todos: los amores escindidos que la reina Ginebra experimenta por su esposo Arturo (al que ha admirado desde la niñez y con cuya compañía se siente plena) y por el noble Lanzarote del Lago (por quien no puede evitar sentir atracción). Quizá la delicada manera en que Puértolas analiza el corazón de los tres constituya, a la postre, lo más intenso de la novela.
Nos encontramos ante un volumen de distraída amenidad, que nos retrotrae a las historias mágicas de la infancia y que se lee con sumo agrado. Muy adecuado para mantener activos los resortes de la fantasía.

sábado, 11 de abril de 2020

La sombra de una noche




Termino una breve novela de Soledad Puértolas que se titula La sombra de la noche y que publicó Ediciones del Bronce en el año 1998 con ilustraciones de Regina Giménez. Es, desde luego (y lo digo con todo el respeto), una obra menor dentro de la producción de la escritora zaragozana; pero se lee con agrado.
Nos sitúa en una localidad del norte, espolvoreada por la nieve, en la que vive la familia Studer, formada por un padre obrero, una madre que cose y vende algunas prendas para ayudar a la economía doméstica y varios hijos. Entre ellos, el que se convierte en protagonista de la narración: el joven Jacobo, al que no le va muy bien en el colegio porque se distrae con facilidad. Su mejor amigo, Ismael, cuya madre anda siempre enredada en asuntos de espiritismo y adivinación, tampoco es que lo ayude mucho a concentrarse.
Una noche, en la que el padre de Jacobo tarda demasiado en volver, el chico sale en medio de la nieve a buscarlo; y cuando por fin lo encuentra, serio y silencioso, infiere (sin más pruebas que la intuición) que ha sufrido un atraco y que la paga del mes, que tanta falta le hace a la familia, ha volado. Desde ese instante, Jacobo e Ismael comenzarán sus pesquisas para intentar recuperar el dinero, utilizando las artes herméticas de la señora Munch, su intrepidez de adolescentes y algunas situaciones casuales, que les irán conduciendo (en apariencia) hacia la resolución del enredo.
Una narración sencilla, eficaz y sin demasiadas pretensiones, que puede servir para que el lector avance con curiosidad hacia otras novelas de la escritora.