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sábado, 20 de junio de 2026

El libro de arena

 


Podría invocar la magdalena de Proust e incluso la fragancia de un jabón que, siendo niño, usé de forma casual porque mi madre lo compraba y ahora, cuando he recuperado su aroma medio siglo después, me hace cerrar los ojos y rememorar la exacta decoración del cuarto de baño donde lo pasaba por mi piel. Ahora, con cuatro décadas de distancia, abro las páginas del volumen El libro de arena y recupero las sensaciones de 1986. Ni mejores ni peores: idénticas. Podría hablar de fascinación, de embrujo, de deslumbramiento. También, sin hipérbole, podría hablar de sorpresa, porque Borges sorprende siempre, aunque leamos cien veces el mismo texto. Creo haberlo dicho alguna vez: yo no releo a Borges, lo leo. Porque en cada ocasión sabe a la primera vez, como el beso de la persona a la que amas con locura, como la sonrisa infinitamente igual e infinitamente placentera de tu hijo o tu hija, como la arrugada plenitud de las manos acariciadas de tu madre o tu padre.

Me habla de la reunión fascinante entre el viejo Borges y el joven Borges, de la enigmática Ulrica, de la urdimbre de un Congreso que repite el mundo, del horror obtuso e innombrable que sube por la escalera de una casa antigua, del poeta que consigue capturar la Belleza y la elude con la resignación del suicidio, del magnicida que se aísla antes de la consumación de su crimen para no manchar a nadie con sus actos, de la codicia que genera un disco invisible con un solo lado, del libro cuyas páginas se desdoblan sin fin. Y en todas sus fabulaciones atiendo más a la voz que al contenido de su parlamento. Subrayo frases (“Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; “Hay un misterioso placer en la destrucción”; “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”; “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente”), me detengo ante adjetivos insospechados, abro los ojos ante verbos inauditos. Sé que estoy sentado en mi sillón, pero quizá debería estar de pie. O de rodillas. Es Jorge Luis Borges, por el amor de Dios. Qué regalo, sus libros.

domingo, 19 de junio de 2022

Historia universal de la infamia

 


Sé que terminé de leer este libro el 19 de julio de 1986. Es decir, que han pasado treinta y seis años. Y no ha perdido ni un gramo de la fascinación que entonces me produjo (fue una de mis primeras lecturas del argentino Jorge Luis Borges). Ahora, en este verano de 2022, vuelvo a él con canas, arrugas y los primeros alifafes de la edad (gracias, Azorín, por la palabrita). Y vuelvo a sentir una total y reverente fascinación por Lazarus Morell, Tom Castro, la viuda Ching, Monk Eatsman, Bill Harrigan, Kotsuké no suké o Hákim de Merv, las criaturas reales o inventadas (me da lo mismo) que Borges construyó para sus lectores, entre cuyas filas me encuentro desde hace décadas.

Podría poner más palabras a esta nota, resumiendo argumentos, calificando con adjetivos laboriosos sus aciertos infinitos, o resaltando las metáforas inigualables que Borges engastó en sus páginas. Para qué. “Tanta soberbia el hombre, y no sirve más que pa juntar moscas”, comenta uno de los personajes del argentino. Pues así es. Un dios no necesita adoradores, ni feligreses, ni oraciones, ni cirios, ni iglesias: sólo un silencio admirativo, una gratitud eterna. Y Jorge Luis Borges fue (y es) un dios para mí.

Siempre en deuda, maestro.

jueves, 2 de septiembre de 2021

El libro de los seres imaginarios

 


Abro el volumen El libro de los seres imaginarios, de Jorge Luis Borges, y apenas necesito avanzar cuatro o cinco páginas para descubrir dos cosas: la primera, que este libro es una edición ampliada del tomo Manual de zoología fantástica, que leí y admiré mientras estaba en la universidad estudiando Filología; la segunda, que el argentino es capaz de enamorarme, escriba lo que escriba. ¿A santo de qué iba a leerme yo un libro sobre criaturas imaginarias si no estuviera firmado por él? Es muy poco probable. Pero llega este viejo zorro maravilloso y me deja pegado a las hojas, que voy pasando una tras otra, mientras saboreo el café y me dejo seducir por sus magias eruditas o inventadas (ni me molesto en corroborar la “verdad” de sus afirmaciones).

Algo sabemos todos del ave Fénix, algo sabemos todos del can Cerbero, algo sabemos todos de la Quimera, el Basilisco o el Centauro. Ahora bien, yo reconozco mi ignorancia sobre el Kuyata, la Banshee, el Simurg o el Squonk, hasta que las líneas de Borges (y de Margarita Guerrero: no olvidemos que se trata de un tomo realizado en colaboración) los diseccionaron para mí. Por supuesto, no se trata de un libro capital en la bibliografía borgiana, pero sí un divertimento agradable, culto e imaginativo, con el que se pasan unas horas muy amenas.

Y siempre, siempre, las observaciones inteligentes o malévolas del maestro argentino. Aportaré un único ejemplo del capítulo “Los ángeles de Swedenborg”, que comienza con estas palabras, serias en la primera frase e irónicas en la segunda: “Durante los últimos veinticinco años de su estudiosa vida, el eminente hombre de ciencia y filósofo Emanuel Swedenborg (1688-1772) fijó su residencia en Londres. Como los ingleses son taciturnos, dio en el hábito cotidiano de conversar con demonios y ángeles”.

Un placer.

martes, 20 de agosto de 2019

La cifra




Vuelvo a la Argentina de Jorge Luis Borges para leer el volumen La cifra, un tomo poético bien notable. Leído así, degustado en traguitos modosos, los poemas de Borges saben a gloria, pero cuando he intentado abalanzarme sobre muchos seguidos he acabado por experimentar los estertores del ahogo. Borges, de tan borgiano, fatiga. En cada verso está burbujeando Virgilio, y resuenan espadas mitológicas, y se escuchan los cuentos embrujados y sherezádicos del Oriente. Habrá quien lo atribuya a deslumbramiento intelectual de Borges y quien lo considere impostación falsaria. Sea como fuere, creo que el maestro argentino era consciente de haber construido un mundo aparte, cuyas claves (o llaves) eran innúmeras, y casi todas procedían de los libros. Los lectores que quieren entrar en sus versos deben aceptar desde el principio esa propuesta, para no incurrir en equívocos o lamentaciones. Borges es así. O lo tomas o lo dejas. Él fabricó un universo específico, hecho de libros, heterodoxias, simbolismos y paradojas, que pide el esfuerzo intelectual de quien se acerquen a sus páginas. Quien desee otra cosa, que busque a otro poeta.
Lo único que no le “perdono” de este libro (por lo inconsecuente de la declaración, y porque sabía que estaba mintiendo de una forma descarada) es que afirme ser “un poeta menor del hemisferio austral”. Por ahí, no. La modestia es el atributo de los soberbios enmascarados.
Tres citas, que he subrayado con fervor: “La fama, que no merece nadie”. “La longevidad es un insomnio que se mide por décadas”. “El sueño, ese pregusto de la muerte”.

lunes, 30 de octubre de 2017

El enano



Leo una novela del premio Nobel Pär Lagerkvist, en la traducción (sospechosa) de Fausto de Tezanos Pinto (Emecé Editores, Buenos Aires, 1963). Se trata de El enano. Y digo que la traducción se antoja sospechosa porque aunque declara que el título original en sueco es “Dvärgen”, hay algunas pistas muy ostentosas que permiten concluir que está trabajando sobre una versión francesa. Por ejemplo, en la página 61 del libro se dice que unos personajes “estaban en tren de inspeccionar...”. Cosas así.
¿Que qué me ha parecido? Pues solamente correcta. Creo que el punto de partida (un enano de la Corte, en la línea satírica e intrigante de un Francesillo de Zúñiga) daba para mucho más. Me sorprende (y no sé si es invento de Lagerkvist o idea mítica) que los enanos se consideren una raza aparte, antigua y sabia. ¡Ah, bueno, sí! Hay un fallo técnico-novelesco clamoroso: Lagerkvist hace decir al enano que odia al príncipe León por querer firmar la paz con sus enemigos. Y, de repente, cuando esos enemigos han llegado y van a cenar, el enano afirma que su señor le ha comunicado un secreto, y que lo idolatra por lo gran príncipe que es (p.128). Es decir, que ha urdido una emboscada traicionera. Esto me parece una torpeza del autor, porque nos hace “estar esperando” lo que sabemos que va a ocurrir. Novela mediana que podría haber sido estupenda.

“Todos saben lo que realmente es el amor y por eso convienen en que un poema que lo disfrace tiene que ser una bella poesía”.

domingo, 18 de octubre de 2015

La verdadera



Harry Trellman, que vivió un buen período de su infancia en un orfanato, reside ahora en Chicago, donde se encuentra en estado de “semi-jubilación” tras haber dejado su empresa de importación de arte oriental prácticamente en manos de sus empleados. Mantiene una relación amistosa con el viejo multimillonario Sigmund Adletsky, quien incorpora a Trellman a su equipo de asesores. Todo es plácido para él, después de muchos años de trabajo y de hacerse un hueco en la complicada vida financiera norteamericana.
Pero el instante que se convertirá en un punto de inflexión en su vida vendrá cuando vuelva a encontrarse con Amy Wustrin, un amor de adolescencia que no ha podido olvidar durante todo este tiempo. Ella es decoradora de interiores, ha perdido a su esposo hace unos meses y, por caprichos del azar, sus caminos se cruzan. Ni siquiera los sucesos más turbios del pasado (su esposo consiguió el divorcio haciendo que fueran escuchadas en el juicio unas grabaciones de Amy gritando de placer mientras practicaba sexo con su amante) consiguen que Harry Trellman la vea de un modo distinto o se desengañe (“Miré la cara de Amy. Ninguna otra persona en la Tierra tenía rasgos como ésos. Eso era la cosa más asombrosa en la historia del mundo”).
Ahora, el señor Adletsky ha contratado a Amy para que tase el mobiliario de un edificio que piensa adquirir… y aprovecha la coyuntura para acercar los caminos de Harry y su antigua novia. Lo que ocurra a partir de ahí tendrá que decidirlo el Destino, con sus largos tentáculos invisibles.
Una obra tan corta como intensa, en la que hay pinceladas de humor, trazas de melancolía, agudos guiños sobre la mentalidad de los judíos y, sobre todo, la impresionante crónica de un amor que ha permanecido incólume durante más de treinta años en el corazón y al alma del protagonista, y que ha mediatizado y dirigido el sendero de su existencia.

Ahora que celebramos el primer centenario del nacimiento del canadiense Saul Bellow (1915-2005) podemos conectarnos a su obra con esta hermosa novelita publicada en 1997 y que fue, a la postre, una de sus últimas entregas.