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miércoles, 26 de junio de 2024

El humo dormido

 


Creo haber descubierto el motivo por el que mis lecturas anteriores de Gabriel Miró (La novela de mi amigo, en época universitaria; Figuras de Bethlem, el año pasado) me habían parecido, si no insatisfactorias, al menos tibias: el hecho de haber recorrido sus páginas “con demasiada rapidez”. Como lector habitual de novelas, soy consciente de que tiendo a desarrollar una excesiva velocidad en mi recorrido por los libros. Y sospecho que en el caso del alicantino Miró ese vértigo resulta perjudicial para el adecuado disfrute literario, porque sus líneas postulan un espacio silencioso y lleno de matices sensoriales, que precisan de lentitud, de atención extrema. Ahora, obligándome a la calma, he paseado durante un par de días por El humo dormido y mi aplauso ha surgido espontáneo.

Si es verdad que somos hogueras y que, con el paso inexorable del tiempo, nos transformamos en ceniza y en humo, revisar ese “humo dormido” que constituye nuestro ayer implica revisitarnos, redescubrirnos, contarnos. Así lo hace Gabriel Miró en las viñetas con aroma autobiográfico que va alineando en este libro, donde el sintagma “humo dormido” se repite dieciséis veces, de forma letánica, como un estribillo del alma. Me ha gustado el deleite sensual de su prosa lenta. Me ha gustado la añoranza apolínea de su memoria. Y me ha gustado tener que acudir al diccionario una d0cena de veces para entender vocablos que, arcaicos o terruñeros, desconocía.

Salvo el tramo final, demasiado impregnado de religiosidad para mi gusto, todo en el libro me ha resultado placentero. Tenían razón quienes me animaban a insistir con el prosista de los ojos claros. Les agradezco el consejo.

martes, 11 de abril de 2023

Figuras de Bethlem

 


Decía el siempre extremado Francisco Umbral que Madrid no había entendido nunca la literatura de Gabriel Miró; y que, por tanto, que se jodiera Madrid (sic). En mi juventud, allá por los finales del siglo XX, me leí La novela de mi amigo, la única obra suya que callaba en mis estanterías; y lo cierto y verdad (me encanta esa fórmula que tanto repetía mi madre: “lo cierto y verdad”) es que no me impresionó demasiado. Ahora, de forma imprevista, encuentro en una librería de segunda mano un ajadísimo ejemplar de Figuras de Bethlem, que he comprado y he leído en el silencio de dos noches. El resultado sigue siendo igual de desalentador: entiendo perfectamente la propuesta literaria del alicantino de ojos lánguidos, su voluntad estética, sus palabras con raro aroma arcaizante, el ritmo pausado y sensual de sus oraciones… pero no consigo entusiasmarme con la obra. Y uno, ya, lo que desea es precisamente eso: entusiasmarse con los libros. Sin duda, hay una época para abalanzarse sobre páginas en las que aprender, sobre páginas en las que sorprenderse, sobre páginas con las que discutir; pero creo que me encuentro ya en otro territorio: el de pedir a los libros que me fascinen desde el principio. Y si no lo hacen, pues adiós. Y no repito.

Entiéndaseme: soy capaz de admitir que el esfuerzo léxico de Miró es enorme; que su documentación de espacios y colores produce pasmo; que su propuesta escénica es notable. Todo lo admito, puesto en pie y sin asomo de ironía. Pero sigue faltándome la chispa, el nervio, la sangre que palpita y ruge. Gabriel Miró escribe cuadros. Y a mí los cuadros (sean de Robert Walser, de Proust o de Miró) no me llaman, qué le vamos a hacer. No los desdeño, pero tampoco los aplaudo.

Imagino que, confesada esa incapacidad mía para emocionarme con el alicantino, esté provocando que, desde el otro lado de la muerte, Francisco Umbral carraspee y, con su voz de gruta, vocifere campanudamente que me joda. Nada que objetar: aceptaré el venablo con humildad franciscana. Y a otra cosa, mariposa.