Mostrando entradas con la etiqueta Twain Mark. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Twain Mark. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de noviembre de 2025

Las aventuras de Tom Sawyer


 

Vuelvo a leer, como hice hace cuarenta y cinco años (más o menos) Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain. Y vuelvo a disfrutar de los berrinches que la da el simpático pilluelo a su tía Polly, de la forma en que se fuga las clases, de sus peleas absurdas, de la forma en que come mermelada a escondidas, de la astucia que despliega cuando le conviene (el episodio de la pintura de la cerca), de la figura intrigante de Joe el Indio, de su encandilamiento por Becky Thatcher o del cambalache que pacta con Huckleberry Finn (cambiándole su diente caído por una garrapata en el cap.VI).

Supongo que en su día disfruté estas páginas por lo que tenían de gamberras e iconoclastas; y, aunque he perdido con el paso de las décadas ese espíritu, todavía he sonreído con sus opiniones irreverentes (“Hubo una vez un coro de iglesia que no era mal educado, pero se me ha olvidado dónde. Ya hace muchísimos años y apenas puedo recordar nada sobre el caso, pero creo que debió de ser en el extranjero”), con sus incorrecciones políticas (“No he conocido a un negro que no mienta”) y con sus hipérboles admirativas (dice que Robin Hood fue “la persona más noble que ha habido nunca. Podía a todos los hombres de Inglaterra con una mano atada atrás; y cogía su arco de tejo y atravesaba una moneda de diez centavos a milla y media de distancia”).

En ocasiones, volver a nuestras viejas novelas de infancia es bonito. Me alegro de haberlo hecho.

domingo, 26 de enero de 2025

El billete de 1.000.000 de libras

 


Dos hermanos sumamente excéntricos y adinerados entablan una apuesta sobre el modo en que actuaría una persona inteligente, honrada y pobre si, de pronto, recibiera un billete por valor de un millón de libras. ¿Podría sobrevivir, aunque le resultara imposible cambiar esa fortuna? ¿O, por el contrario, todas aquellas estrategias que idee para utilizar el billete lo condenarán a la desconfianza y el hambre? Esta situación, que al anonadado protagonista (Enrique Adams) se le antoja “un juego, un plan o un experimento” (p.24), comienza para su sorpresa cuando no le quieren cobrar en el sitio donde come, ni tampoco en el sitio donde adquiere un traje o en el hotel de Hanover Square donde se hospeda. Todos dan por hecho que, poseedor de ese billete, ha de ser un millonario excéntrico, al que conviene agasajar y del que procede fiarse. Incluso el embajador norteamericano (que es la nacionalidad que ostenta el narrador) lo invita a un suntuoso banquete, tras descubrir que fue amigo de juventud de su padre; allí conoce a la dulce señorita Langran, de la que se enamora instantáneamente. El protagonista, no obstante, mantiene la cabeza fría frente al enloquecido trato de sus semejantes (“Esto no era cobrar fama, sino simplemente notoriedad”, p.36). Y, como bien diría la sin par Mayra Gómez Kemp, hasta aquí puedo leer.

Con su gracia habitual, Mark Twain compone en esta novela corta (que leo en la traducción de Amando Lázaro Ros, en la editorial Menoscuarto) un relato donde se retrata estupendamente al género humano, capaz de todos los servilismos y de todas las hipocresías cuando se enfrenta al tema del dinero.

Revelador.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Un bosquejo de familia



Todas las familias del mundo contienen varios personajes que, por su condición seductora o estrafalaria, servirían para nutrir un libro de anécdotas, capaces de generar sonrisas, lágrimas o asombro en sus lectores. No se trata, pues, de una singularidad demasiado notable. Pero cuando la persona que anota esas frases llamativas, esas situaciones peculiares o esas respuestas jocosas es Mark Twain, padre literario de Tom Sawyer, Huckleberry Finn o el yanqui que viajó a la corte del rey Arturo, el volumen se convierte en un documento mucho más digno de estimación.
Traducido por Borja Aguiló Obrador para el sello Sloper, Un bosquejo de familia nos introduce en el ambiente familiar de Samuel Langhorne Clemens, el célebre escritor de Florida, en cuyo seno destacan personajes como el gato Abner, el sirviente George Griffin (un antiguo esclavo que consiguió ganar bastante dinero en las carreras de caballos, en elecciones políticas o actuando como pequeño prestamista) o una de las nodrizas de su hija Clara, a quien define afirmando que “tenía una salud de hierro, el apetito de un cocodrilo, el estómago como una bodega y la digestión de un molino de cuarzo” (p.55) y que, en el transcurso de un mes, “se bebió doscientas cincuenta y seis botellas de medio litro de cerveza en nuestra casa” (p.56).
Además del chisporroteo de anécdotas que burbujean en las páginas del libro, Mark Twain nos deja también algunas líneas más incómodas de asimilar en el mundo de hoy, como su aplauso a los castigos físicos (“No eran meros aficionados quienes decían con razón “Ahórrate el bastón y malcriarás al niño”, juzgo yo”, escribe). De hecho, refiriéndose al caso concreto de su hija Susie, anota sin el menor rubor: “Recurrimos a azotarla. Desde ese día, no ha vuelto a haber una niña más buena. Teníamos que disciplinarla una vez al día, al principio; luego tres veces por semana; luego dos; más adelante sólo una vez por semana; posteriormente dos veces al mes. Ella tiene casi cuatro años y medio ya” (pág. 83-84). Lo más sorprendente y lo más indigesto es que habla de castigos correctores infligidos a la edad de tres años.
Un libro chocante, fresco, distinto, que la editorial Sloper recupera para el público español de forma oportuna y admirable y que, sin duda, merece un sitio de honor en nuestra biblioteca.

miércoles, 23 de mayo de 2018

Diario de Adán y Eva




Por primera vez en mi vida, me leo una obra completa de Mark Twain (creo que leí alguna siendo niño, pero no podría jurarlo, ni dejar constancia de que la acabase. El recuerdo es vago). Su título es Diario de Adán y Eva, y lo traduce Cristina García Ohlrich (Trama Editorial, Madrid, 1986). Me ha parecido un tomo agradable y simpático, aunque un poco simploncete en su moraleja final, que me parece que estropea la obra. Adán se queja desde el comienzo de que Eva “siempre está hablando”, y de que se empeña en bautizar sin su consentimiento las cosas del Edén. Buena humorada la que Twain introduce cuando dice que “la serpiente le aseguró (a Eva) que la fruta prohibida no era la manzana, sino las castañas”. Simpático el gesto de Adán quien, convencido de que su recién nacido hijo Caín es un pez, lo lanza al agua para ver si nada; y luego, ignorando su filiación humana, decide bautizarlo como “Canguro adamiensis”, y llega a creer que es un nuevo tipo de oso. También nos indica Twain que Eva es zurda. Y muchas más cosas, todas ellas divertidas.
Vale, vale. Está bien que Mark Twain juegue a desacralizar, y también me parece atinado que haga del humor un recurso narrativo de primer orden. Pero lo que no logro entender es por qué se pone tan blandengue en las páginas últimas, cuando la “tensión novelesca” no pide eso. Una sátira amable de los pecados del Edén no se puede cerrar con un cántico solemne en pro de la pareja (me parece). Por lo demás, sonrisas a pleno rostro.