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viernes, 17 de abril de 2026

La trama oculta

 


Vuelvo a acercarme, después de tres meses, a otro libro de José María Merino: La trama oculta. Es un volumen de relatos en el que advierto ciertos altibajos (unas historias me han entusiasmado; otras me han parecido menos brillantes), pero que he leído con el interés de siempre y con el aplauso general de siempre. Diría que lo más notable de este volumen es su condición de abanico: es decir, el modo en que cubre un amplio surtido de temas (la venganza, el erotismo, las delgadas fronteras entre el sueño y la vigilia, el vampirismo, el desamor, lo fantástico), de tal modo que resulta muy difícil no sentir y valorar la musculatura narrativa del autor gallego.

Ese chico que, dominado por la voluntad tiránica de un amigo, decide esperar su oportunidad para vengarse de él; el estudiante que, durante un verano de estudio obligatorio (debe aprobar en septiembre), descubre el mundo del sexo gracias a una mujer madura; un cuadro de Véneto que queda asociado, en una familia, a la muerte de varios de sus componentes; la forma en que afecta el supuesto fin del mundo anunciado por el calendario maya a Nina, una adolescente que sufre los golpes simultáneos del desengaño amoroso y del triste ingreso hospitalario de su abuelo; las tribulaciones del gordo Julio, que consigue encandilar a una turista extranjera gracias a la cecina; el anciano que cuenta historias durante un largo viaje en tren; los misteriosos crímenes no resueltos de un hombre que degolló a varias personas; la fuerza oscura que desencadenan dos primos, tras hallar en el fondo de una poza una figura inquietante; el enigmático peregrino que cree ser Aymeric Picaud (un monje del siglo XII) y que, al final, desaparece entre la niebla tras regalar al abuelo del narrador un viejo dinar de oro; el octogenario viudo que, irascible siempre con los pequeños errores de su esposa, ahora sueña con otra mujer que lo atiende… y sigue reproduciendo con ella sus explosiones de mal carácter. Son tantas las posibilidades que el coruñés nos facilita que resultaría fatigoso dejar constancia de todas en esta breve reseña. Pero sí dejaré anotada mi admiración por su prosa, que crece con cada libro suyo que voy incorporando a mi Librario. Bendito sea. Y por muchos años.

lunes, 20 de enero de 2025

Un lugar mejor

 


Cuando tengo que “explicar” por qué me gusta tantísimo un escritor (lo que me ocurre alguna vez al cabo del año) los dedos se me quedan congelados sobre las teclas. Y la causa es fácil de resumir: porque soy más lector que crítico. Puedo, evidentemente, condensar mi alborozo en un grupo de palabras, pero siempre que procedo de esa forma experimento un desagrado casi orgánico: mi corazón de lector se rebela y me recuerda que “explicar” es una extraña mezcla donde se funden los verbos “empobrecer” y “mentir”. Y que, además, no se puede explicar el deslumbramiento. Mi antiguo profesor Pepe Perona aseguraba (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/09/espejos-de-una-biblioteca.html) que “el esplendor no se somete a votación. Existe”. Pues eso, ya está, no le demos más vueltas.

Ahora acabo de terminarme los cuentos espectaculares de Un lugar mejor, donde vuelvo a sentir una intensa fascinación, rayana con la embriaguez, por dos elementos. El primero, su precisión y su belleza formales (hay escritores cuya prosa es muy bella y otros cuya prosa es sumamente precisa: en el caso de Pedro Ugarte, lo fascinante es la conjunción armoniosa de ambos extremos); el segundo, la conmovedora hondura con la que analiza a sus personajes; es decir, a los seres humanos. Cada uno de estos relatos es una joya inolvidable y, todos juntos, el collar de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes o el de Julia Roberts en Pretty Woman.

Les podría explicar también que, en sus páginas, van a encontrarse con familias erosionadas por la desgracia, con oficinistas mancillados por la grisura, con inquietantes y autoritarios millonarios británicos, con parejas sacrílegas, con gatitos inesperados, con hijos que consuelan a padres al borde del hundimiento, con grupos de amigos que se disuelven agónicamente. Pero, pensándolo mejor, es casi preferible no decirles nada más, porque les estaría facilitando “datos”, y lo que quisiera transmitir es otra cosa: que, volviendo a usar la frase de mi maestro Pepe Perona, los libros de Pedro Ugarte son esplendor. Y que, gracias a Dios, existen.


sábado, 9 de noviembre de 2024

La suma y la resta

 


Podría utilizar solamente una palabra para definir este libro y sería “Mujeres”. Pero, como todas las definiciones, su brevedad conceptista puede llevar a equívocos. Es evidente que este libro se centra en las mujeres (todos los relatos están titulados con el nombre de una, para empezar), pero ese detalle no debe conducirnos a la aplicación de una etiqueta limitante o reivindicativa. En absoluto. Irene Jiménez se propone en estas páginas trazarnos un retrato mucho más ambicioso, porque abarca la realidad (es decir, el entorno en que vivimos) y la humanidad (es decir, quienes en él vivimos).

Seguro que todos hemos escuchado alguna vez a alguien que nos ha subrayado con énfasis que su vida es una novela, y que si supiera escribir la plasmaría en un libro impresionante. Es rigurosamente falso. Todas las vidas, hasta la más gris o la más anodina (pensemos en Fernando Pessoa o en los personajes de Miguel Delibes o Juan Rulfo) son susceptibles de ser miradas de una determinada forma y ser convertidas en palabras con habilidad y destreza. Ahí reside la literatura, y no en las peripecias, los violines de fondo o los zambombazos del azar. Por eso, el despliegue que lleva a cabo Irene Jiménez en las páginas de este libro conmueve e impresiona tanto. Quedándose en silencio, mirando a sus personajes con mucha concentración y escogiendo luego los vocablos para convertir sus días en texto, el resultado es una literatura excelente, en la que todos los relatos se unen con hilos tenues, que aproximan el conjunto al espíritu de una novela (Tana está a punto de llegar a mayoría de edad en el primer cuento; Manuel decide alquilar una vivienda en el segundo; Hortensia es la dueña de esa vivienda y aparece en el tercero; Tana es una niña de cuatro años en el último; etc). De esa manera, la escritora construye una tela de araña de brillante perfección, en la que se aprecia una impoluta geometría. O, mejor, un mosaico de teselas impecables, en el que los colores muestran un delicado equilibrio. O, mejor, la vida, sin más.

Porque de eso se trata en el fondo: de explicarnos un espacio y un tiempo llenos de cigarrillos, música, conversaciones, anocheceres, tristezas, juegos infantiles, duchas, joyas, parterres, proyectos frustrados, viajes, balcones y cafés. Y en esa zona amplia y poliédrica (fría a veces, tibia a veces, cálida a veces) sitúa a sus personajes y los observa maniobrar, apuntando sus emociones y sus giros.

Acudamos a la página 80 del volumen y escuchemos lo que piensa Gloria: “Una de sus teorías, por ejemplo, era la de la suma y la resta. A decir de Gloria, mucha gente entendía la vida como una resta, la de todo aquello que nunca iba a poder hacer. Pero la vida había que entenderla como la suma de lo que se había hecho, porque así el resultado no era equivalente, sino siempre superior”. Mediten sobre ese fragmento y luego acudan al libro. Ya verán.

lunes, 22 de julio de 2024

Niños

 


Niños, esos locos bajitos de los que hablaba Joan Manuel Serrat. Niños, esas criaturas inocentes y adorables por las que los adultos nos tenemos que sacrificar. Niños, esos seres que necesitan protección para desarrollarse. Ellos son los protagonistas de esta colección de relatos que el barcelonés David Roas publicó en 2022 con el sello Páginas de Espuma. Y les puedo asegurar que van a quedar impresionados (gratamente impresionados) si deciden acercarse a sus propuestas, que conforman un abanico temático exuberante y seductor: terribles carcajadas nocturnas, que brotan de un lugar inesperado y que nos ponen los pelos de punta (“Vinieron de dentro de”); una joven pareja que se ve impulsada, por presiones familiares y amistosas, a tener un niño, que se convierte pronto en causa de insomnios y desequilibrios (“La agonía del salmón”); un treintañero que descubre, con perplejidad y terror, que tuvo un gemelo que murió en sus primeros meses y que ahora se le aparece de manera fantasmagórica (“Reunión familiar”); niños que acometen experiencias sádicas con una mantis religiosa (“Ecos de familia”); terroríficos dibujos que tratan de reflejar al Chupacabras (“Terrores nocturnos”); sorteos de apariencia inofensiva, pero que esconden un premio turbador, ya prefigurado en la Babilonia de Jorge Luis Borges (“La (otra) lotería”); o experiencias traumáticas de una familia que se recluye en un sótano oscuro tras la invasión de la ciudad por “bestias” que podrían ser zombis (“Subsistencia”). Muchas de ellas (quizá todas) remueven emociones oscuras, de las que habitualmente no nos sentimos cómodos hablando con los amigos.

Habilidoso y directo en la construcción de sus narraciones, David Roas logra que nos adentremos en cada relato con la curiosidad de quien intuye que va a sumergirse en unas aguas que, como insinuaba Jean-Paul Sartre, son siempre negras en la profundidad, pese al engañoso azul o verde de su superficie.

viernes, 1 de marzo de 2024

La sueñera

 


El océano de los sueños ha nutrido muchos millones de páginas en la historia de la literatura: ni siquiera resultará necesario enumerar (ocuparía varios folios) los títulos de libros y los nombres de autores y autoras que han recurrido a ese gran espacio temático para enriquecer el teatro, la novela, el ensayo o la poesía. Ahora acabo de terminar La sueñera, de Ana María Shua, donde se agrupan doscientos cincuenta microrrelatos que utilizan el mundo onírico como fuente de inspiración o como telón de fondo. Y vive Dios que la autora argentina nos deja anonadados con el bombardeo de imágenes que nos suministra: gritos que entran por la ventana, enumeraciones que no sólo contienen ovejas, pesadillas salpicadas de monstruos, 328 maneras para combatir eficazmente el insomnio, problemas con las sábanas de poliéster, lombrices de tierra que piden música de los Beatles, dos fósforos que se comen una pizza, tazas de café que devienen invaciables, burlas irónicas sobre el lenguaje marinero, partos asombrosos… También llevaría varios folios la simple enumeración de todos estos fogonazos.

¿Quieren saber por qué me ha gustado tanto este libro? Les copio el relato 25: “Mi papá no está contento conmigo. Me mira más triste que enojado porque sabe que le oculto un secreto. Estás muerto, quisiera decirle. Pero tengo miedo de que no venga más”. ¿Quieren otra explicación? Les copio el relato 48: “Los calamares no me atemorizan. En señal de amistad, trenzo y destrenzo sus tentáculos. Después de todo, soy casi una de ellos: yo también sé jugar a esconderme con nubes de tinta”. ¿Necesitan más detalles? Les copio el relato 77: “De los vegetales de hojas perennes, ninguno se reproduce tan rápidamente como mi biblioteca”. ¿Prefieren algo más humorístico? Les copio el relato 186: “Esperaba encontrarte, pero no así, cómo decirte, no con esos ojos, no con esa corbata, no con ese nombre, no con ese tenedor, no con esos dientes, no yo así, tan emperejilada, tan tentadora, tan en mitad del plato, tan tostada”. ¿O acaso prefieren…? No, no insistan: vayan al libro y disfrútenlo de principio a fin, como mandan los cánones.

La editorial Páginas de espuma lo reunió con otros trabajos de la autora en el grueso tomo Cazadores de letras. Prepárense a disfrutar.

jueves, 25 de enero de 2024

Herencias del invierno

 


O se tiene o no se tiene. Y Pablo Andrés Escapa, para mí, lo tiene. Es un don único e indefinible, que dota a la prosa de majestad, de belleza, de elevación. Hay quien ha intentado explicarlo mediante la semántica o la sintaxis, pero resulta inútil. Es como aquella conocida (y quizá humorística) definición de poesía: quítale la rima, las palabras, avienta los versos y, si queda algo, eso es la poesía. Pues en esa línea. El caso es que Pablo Andrés Escapa escribe unos relatos que te dejan (a mí me dejan, desde luego) con los ojos chispeantes. Qué maravilla. Qué esplendor. Y cuando tratas de consignar objetivamente dónde radica el enigma o la clave de ese prodigio, fracasas. Puede parecer frustrante, pero quizá forme parte de su magia verbal intangible, de esa luz inefable que emana de los buenos libros y que, si alcanzásemos a reducir en una fórmula, perdería su aroma y su encanto. Dejémoslo, sonrientemente, en que lo ha vuelto a hacer.

Hablo del volumen Herencias del invierno, el tomo de relatos que edita Páginas de espuma con ilustraciones de Lucie Duboeuf. Allí dentro encontramos ladrones que, al salir de una alcantarilla, se encuentran a un misterioso fumador de pipa que les habla de forma arcaizante (“Ceniza”); niños que ejecutan travesuras más bien indignas, de las que se acaban arrepintiendo (“Semillas”); animales que parecen condenados a muerte y que terminan encontrando su utilidad mágica en el sitio más inverosímil (“Surcos”); y, en fin, todo tipo de marineros que narran historias, niñas que tiemblan ante la posible incomparecencia de los Reyes Magos por falta de nieve o, incluso, basureros de fama tétrica que, tras degustar unos dulces, regalan estrellas navideñas. Sin olvidar esa maravilla llamada “Nudos”, que me ha parecido el mejor cuento del volumen.

Insisto: se tiene o no se tiene. Y este escritor (como Muñoz Molina, como Millás, como Matute, como Menéndez Salmón) lo tiene. Alabado sea.

viernes, 23 de septiembre de 2022

Ni aquí ni en ningún otro lugar

 


La propuesta que nos lanza Patricia Esteban Erlés en su colección de relatos Ni aquí ni en ningún otro lugar (Páginas de Espuma, 2021) es tan curiosa como, sin duda, interesante: de un lado, reinterpretar algunos cuentos tradicionales, que son mirados aquí desde otro ángulo, para extraer de ellos lecciones distintas (lo podemos observar en “El buen dormir”, que es una reinvención de La Bella Durmiente; o en “Primer día”, que reformula la historia de Hansel y Gretel); del otro, aquellas historias en las que la escritora zaragozana nos propone temas más actuales y quizá más personales. Ambos bloques son muy hermosos, porque en ellos atiende con la misma preocupación e idéntico mimo al aspecto verbal de sus narraciones: el vocabulario siempre impecable, la sintaxis poderosa y fluida.

Si tuviera que decantarme, me inclinaría por relatos como “El ogro” (donde se juega con el terrible misterio que encierra a veces el pasado de las personas que más cercanas tenemos), “Los gatos de Angeline” (un estupendo relato donde los felinos y las ratas esconden metáforas de poderosa textura, que el lector tiene que desentrañar), “Neverland” (esa madre inmadura, drogadicta y alocada, que está a punto de arrastrar a sus hijos por un tobogán tenebroso) o “Madre” (sin duda, el cuento más estremecedor que recuerdo haber leído en mi vida sobre la pérdida de un hijo al nacer).

Presentados en un formato de tapa dura, no muy usual en el sello Páginas de Espuma, las dieciséis historias de Ni aquí ni en ningún otro lugar contienen un buen número de perlas literarias, que maravillarán al lector más exigente.

Léanlo.

sábado, 6 de agosto de 2022

Volar a casa

 


No necesito avanzar demasiadas páginas en un libro para saber si su autor es alguien, para mí, admirable. Lo detecto con cierta rapidez. No sabría explicarlo con demasiada objetividad o aduciendo razones comprensibles: es algo más bien químico, más bien sensorial, más bien arquitectónico. Quizá se deba (no lo sé) a mi educación literaria, a esas décadas que llevo degustando libros y separando el grano de la paja cada vez con mayor exactitud y velocidad. Pero supongo que es algo que le ocurrirá también a un melómano: no necesitas escuchar una sonata completa de Vivaldi para emocionarte: lo adviertes desde la primera página de la partitura. Cuando leí Manual de jardinería (para gente sin jardín) me dije, de forma casi inmediata: “Sí. Este es uno”. Y ahora que me sumerjo en Volar a casa confirmo la intuición: Daniel Monedero es un narrador que me gusta, que me encanta, que me fascina, que me convence. El ritmo de su prosa, su lirismo constante y eficaz, su tono, el vigor tenue y a la vez sólido de sus personajes se unen para construir unos relatos que, sin excepción, me producen la embriaguez feliz que siempre persigo en los libros. Y esa sensación no puede en modo alguno circunscribirse a un aspecto especial de sus cuentos, sino al conjunto armónico, orquestal, de todos ellos.

Nos hablará de mujeres que se tatúan un pájaro por cada fracaso amoroso que almacenan en su corazón; de adolescentes que ocultan, tras su timidez silenciosa, un talento narrativo absolutamente luminoso; de ancianos que añoran a la esposa que falleció, y con la que esperan reunirse dentro de poco; de muchachas rebeldes que perdieron a su madre y que ahora afrontan una durísima enfermedad de su padre; de chicas ingenuas que se instalan en Nueva York para escribir allí el cuento perfecto; de lluvias misteriosas que no están formadas por gotas, sino por figuras de Kafka… Y, por si todo eso no resultara lo suficientemente atractivo, el escritor vallisoletano nos regala en “Alta literatura coreana” uno de los mejores finales de cuento que he leído en toda mi vida.

Inconmensurables: el autor y el libro.

Léanlo.

lunes, 9 de mayo de 2022

La piel intrusa

 


No es, desde luego, una lectura fácil ni complaciente (tampoco “tradicional”) la que nos sugiere la argentina Yanina Rosenberg en las páginas de La piel intrusa, que edita en España el sello Páginas de Espuma. Cuando decida introducirse en sus catorce historias, el lector deberá estar prevenido y no llamarse a engaño, porque se va a encontrar con atmósferas, personajes y reacciones que lo llevarán fuera de su normalidad y lo herirán con sus uñas de extrañeza. Hay que respirar hondo y mantener los sentidos bien concentrados, bien afilados, para ser capaz de no perderse los detalles. Hay que aceptar las reglas de Rosenberg sin discusión. Y cuando se cumplen esos requisitos nos encontraremos con madres que guardan en frascos de cristal los restos de sus intervenciones quirúrgicas (“El monstruo”), con chicas que salen de un examen y protagonizan una situación tensa y sofocante en el interior de un bar (“El estimulante sabor de la libertad”), con mujeres que creen descubrir a su hija en cada una de las muchachas que encuentra tras las diversas puertas de su edificio (“Evelina”), con madres separadas que parecen haber tomado una decisión drástica frente a la impertinencia dolorosa e inaguantable de su hija (“Mariposas en la pared”), con metamorfosis botánicas que participan de lo lírico y de lo tenebroso (“Septiembre en la piel”) o con maridos que parecen haberse congelado en un mutismo insensible de estatua o cadáver (“La humedad de la culpa”).

El lector siente cómo sus ojos, de continuo, se abren asombrados; y cómo casi en todos los relatos la saliva pugna por atascar la garganta. Es así. No hay otra forma de adentrarse en estos relatos más que la aceptación incondicional de las pautas salvajes, anómalas y rompedoras que Yanina Rosenberg estipula. Háganlo. Es un libro muy distinto a todos los que posiblemente conocen.

domingo, 17 de octubre de 2021

El fin de los dinosaurios

 


Me adentro en El fin de los dinosaurios, un volumen de microrrelatos de Javier Tomeo que publica el sello Páginas de espuma. Y durante unas horas recupero las claves, señales, personajes, tics, humoradas y obsesiones del gran narrador de Quicena: un lobo que languidece sin “el olor de las hembras que en otro tiempo incendiaron mi vida”; la inquietante casa de una viuda, llena de muñecas ahorcadas; trenes que se pierden en el horizonte y explotan; una mermelada que hace llorar a una mujer, porque le recuerda la historia desgraciada de Píramo y Tisbe; la calma de un niño altiricón al que sus compañeros comparan con una jirafa; un gigante que tiene como oficio fabricar nubes soplando una caña de bambú; los cambios cromáticos que experimentan los vestidos de cuatro mujeres que discuten sobre el aborto; muñecas hinchables que, ingratas, abandonan a sus propietarios por no poder soportar sus silencios; plantas tristes que no aceptan en su interior la presencia de la clorofila; el saturado espectador que comete el primer televicidio de la Historia… E incluso frases que se quedan vibrando en la memoria, una vez leídas (“El tiempo es un tigre que se desliza en silencio, sin que nos demos cuenta, y nos sorprende por la espalda antes de que hayamos terminado de construir nuestra cabaña”, p.140).

Al final, cuando las sorpresas y las sonrisas ya han surtido su efecto en nuestro ánimo, cerramos el tomo y comprendemos que ha sido la última aventura; que Javier Tomeo murió y este volumen es el inédito que clausura su producción. Y adviene la melancolía. Me maravilló con su Amado monstruo en la universidad y desde entonces no he dejado de interesarme por sus libros, siempre originales, siempre mágicos y distintos. Tengo tanto que agradecerle…

sábado, 14 de agosto de 2021

El matrimonio de los peces rojos


Hay quienes afirman que los animales de compañía se terminan pareciendo a sus dueños; y quienes, por el contrario, sospechan que son los dueños quienes acaban por adaptarse de manera gradual a las costumbres, temperamento y formas de actuar de sus mascotas. Pero quizá quede una tercera posibilidad: la de que animales y personas palpiten en una misma esfera cósmica, y actúen, y sufran, y respiren, y mueran, por idénticos impulsos. Este último es el camino que explora la mexicana Guadalupe Nettel en su libro El matrimonio de los peces rojos, una recopilación de relatos que recibió el III Premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero y que fue editado por Páginas de Espuma en el año 2013.

Una pareja que se va desintegrando a la vez que evolucionan en el acuario sus peces; un niño que, mientras sus padres atraviesan una grave crisis personal y matrimonial, se ve inmerso en una lúgubre historia con cucarachas; una joven doctoranda que se queda preñada al mismo tiempo que su gatita; una concertista que protagoniza una historia de adulterio, complicada con una infección genital; o un dramaturgo de éxito que, tras un viaje en busca de sus orígenes, instala en casa un terrario con una serpiente venenosa, para consternación de su mujer y su hijo… Ellos con los protagonistas de estos cinco relatos intensos, desasosegantes y espléndidos, que nos muestran aristas impensadas del ser humano, criatura siempre desvalida e inestable.

Con una prosa de laborioso trazado, Guadalupe Nettel te va conduciendo por el interior de sus historias, llenas de latidos misteriosos y zonas de sombra, con las que en muchas ocasiones nos habremos de identificar.

lunes, 3 de mayo de 2021

Azul ruso


De vez en cuando me gusta encontrarme con libros que, saliéndose de los cauces más o menos trillados, me ofrecen propuestas literarias distintas. Y es evidente que Patricia Esteban Erlés ha cumplido esa misión en su libro de relatos Azul ruso (Páginas de Espuma), un volumen que llegó a ser finalista en el premio Setenil del año 2010. La autora de Zaragoza, lejos de plegarse a moldes clásicos, inventa formatos más creativos, juega, se aventura, se arriesga. No se refugia en sólidas estrategias sedimentadas por la tradición, sino que dibuja su propio espacio y lo dota de colores únicos. Frente a Newton (permítaseme la broma), la mecánica cuántica.

Partiendo de esa posición de pirueta y funambulismo podría haber edificado una obra “moderna” (esto es, fulgurante y rápidamente vieja, explosión y ceniza), pero ha conseguido algo más difícil: unas narraciones sólidas, aplomadas, con aire de eternidad, en las que nos ofrece segmentos de vidas inolvidables para el lector. Nos llena los ojos con trabajadores de tanatorio, dependientas tristes, exparejas a las que se ha olvidado de manera imperfecta, pluriempleados que descubren con languidez la infidelidad de su esposa, viajeros que perdieron a su familia en un accidente aéreo, mujeres de nombre borgiano que convierten a los hombres en gatitos indefensos, drogadictas que esperan con ansiedad una llamada de teléfono, profesores que han abandonado su vida conyugal y comienzan a lamentarlo, superhéroes cansados o mujeres que siempre se han sentido inferiores a su hermana.

Habilidosa y dueña de unos magníficos recursos verbales, Patricia Esteban Erlés, creadora de charcos que “tartamudeaban nubes” (he subrayado dos docenas de hallazgos literarios de ese esplendor), me ha convencido plenamente. Repetiré.

miércoles, 21 de abril de 2021

Alumbramiento

 


Adviertes que un narrador ha alcanzado un punto óptimo de maduración cuando, leyendo sus páginas, compruebas que se siente cómodo. Es decir, que fluye con naturalidad, sea cual sea el tema o textura del relato que pretende exponer ante nuestros ojos. Y Andrés Neuman, en Alumbramiento, parece estar muy cómodo. Es una sensación que percibo tanto en los relatos más extensos (que aparecen en la primera parte del volumen) como en los apuntes más juguetones, más libres, más breves, que se condensan en la zona final.

En virtud de ese aplomo, los lectores asistimos a una ceremonia de lectura y de escucha sumamente placentera, en la que nos dejamos seducir por el ritmo narrativo del escritor bonaerense, que nos habla de partos donde se invierten los papeles tradicionales (es el hombre quien está gestando a la criatura, y se encuentra a punto de darla a luz), de mujeres hastiadas que trazan rayas en la arena de la playa y exigen a su pareja que no las traspase, de niños que ignoran la malicia y asisten sin advertirlo a una infidelidad conyugal de su padre, de púgiles que extreman la parte estética de sus actuaciones, de intercambios epistolares en los que burbujea la mentira y el malentendido… o de oficinistas que acuden a su trabajo sin que ropa alguna los tape.

Establecido el pacto con los lectores, Neuman lo amplía sacándonos a colación a Gombrowicz o Queneau, haciéndonos sonreír con historias traviesas de poemas que son traducidos de forma inesperada, explicándonos la tristeza que atraviesa al escritor minusvalorado por el editor o regalándonos varios dodecálogos sobre el cuento.

Literatura variada, poliédrica, pulposa, esmaltada con solidez por un narrador de primera fila.

viernes, 2 de abril de 2021

Helarte de amar

 


Cada vez que abro un libro de Fernando Iwasaki (Lima, 1961) me ilusiono con la idea de que voy a encontrar en él auténticas maravillas: me pasó con España, aparta de mí estos premios, con Una declaración de humor y, sobre todo, con Ajuar funerario. Pero en esta cuarta obra que incluyo en mi Librario íntimo creo que la nota dominante ha sido la irregularidad: relatos magníficos y relatos que, sin pena ni gloria, olvidaré en cuestión de días o quizá ya he olvidado. Entre los segundos destacaría “Las memorias de madame Quiñónez”, “Entre las piernas de Luciana” y “Travesía estelar” (en este último caso, bostecé varias veces durante la lectura y estaba deseando terminar). Son tres propuestas que considero fallidas y que resultan indignas del indiscutible talento de Iwasaki: un humor chato, una estructura endeble, un desarrollo quebradizo.

Pero, obviamente, también están los aciertos, que son esplendorosos: el jugueteo con las perspectivas que anida en “La española cuando besa”, las fulgurantes y diminutas historias que se recopilan en el bloque “Fantasías textuales”, el candor sonriente que impregna “En el batimóvil, con miss Graciela”, el lirismo amargo de “La mujer de arena” y, por encima y a mucha distancia, el perfecto relato (casi una novela corta) que lleva por título “Mírame cuando te ame”, que nos traslada una historia de iniciación sexual pero también de despedida lánguida.

Súmese a ese panorama un buen número de homenajes literarios implícitos en el volumen, como el dedicado a Julio Cortázar en la página 57 (“No llega al gustirrinín, al límite, a la jadehollante embocapluvia del orgumio y a los esproemios del merpasmo”) o el que tributa a Jorge Luis Borges en la página 127 (“Un poeta descifró el universo gracias a un disco mágico que habitaba en el decimonoveno escalón de un lóbrego sótano”), y tendremos un tomo ciertamente irregular, para qué negarlo, pero con la suficiente cantidad de brillos como para seguir leyendo en el futuro las obras del espléndido narrador peruano.

lunes, 28 de septiembre de 2020

Antes del Paraíso

 


He estado a punto de comenzar esta nota de lectura afirmando que Pedro Ugarte es un magnífico constructor de ficciones; pero la sensatez y el recuerdo de sus libros anteriores me han hecho detenerme y cambiar de idea, para expresarlo con más exactitud. Porque lo que en verdad quería decir era que el escritor bilbaíno es un excelente constructor de realidades. Dotado de una endiablada frescura narrativa, Ugarte instala al lector en un marco de acciones y personajes tan poderoso, tan definido, tan adornado de matices, que resulta difícil encasillarlas con la exigua etiqueta de “relatos”, que parece remitir a un panorama ficticio. Su propuesta, por el contrario, siempre es más rica, más poliédrica, más vital: lo que deja en nuestras manos es un universo vivo, un fragmento de realidad pura, un cuadro verdadero.

Todos sus personajes brotan de las páginas y se instalan, para siempre, en nuestro corazón: el hijo aburrido de escuchar las ensoñaciones monárquicas de su madre, tan asfixiantes como injustificadas; la pareja que sospecha una argucia mezquina en sus amigos, que tal vez han mentido sobre un boleto de lotería premiado; el padre quisquilloso que jamás se compra un coche, aunque visita con su hijo mil y un concesionarios, mareando a los vendedores; el divorciado que se ve envuelto en una agresión, perpetrada ante su hija; el niño que, isla en una familia de ramas estériles, se convierte en objeto de mimos hiperbólicos por parte de todos sus parientes; el hombre que se queda solo y silencioso en casa, cuando su esposa decide abandonarlo… Todos ellos conforman un cosmos que palpita, que nos resulta fácil de identificar y de sentir, porque es muy parecido al que nos rodea en nuestro día a día. Y ese poder que Pedro Ugarte demuestra, ese vigor a la hora de construir sus páginas, es la señal que nos adhiere magnéticamente a sus libros.

El escritor bilbaíno ingresó hace ya tiempo en el panteón de los mejores cuentistas españoles vivos, de eso no me cabe duda. Y si ustedes leen este libro creo que no la tendrán tampoco.

jueves, 13 de agosto de 2020

La mitad del diablo




La idea de partida es buena: redactar trescientos treinta y tres pequeños relatos de extensión decreciente (hasta llegar al último, que se componga de una sola palabra). El título también es bueno (puesto que se ha elegido ese número, La mitad del diablo no puede ser rótulo más oportuno, habida cuenta de la identificación del demonio con las cifras 666). Pero una vez establecidos esos parámetros para el tomo se trataba de conseguir que éste fuera brillante en su formulación literaria y llamativo en sus argumentos.
Huelga decir que Juan Pedro Aparicio (León, 1941), maestro de narradores, lo consigue de sobra. Moviéndose en un sugerente arco de tonalidades temáticas (la Inquisición, la guerra, el sexo, los bomberos infieles, los escritores insatisfechos, la reencarnación, los asesinos seniles, los gladiadores escrupulosos, la muerte), nos va entregando pequeñas joyas llenas de imaginación, de las que se sale con una sonrisa, con un cabeceo valorativo e incluso, en algunas ocasiones, con cierta saliva amarga que cuesta tragar. Y la verdad es que tiene un mérito enorme, pues construir y desplegar en un solo tomo más de tres centenares de microhistorias y que el lector no se sienta fatigado constituye una demostración flagrante de que nos encontramos ante un magnífico fabulador, lleno de fantasía, experiencia y recursos.
Admirable siempre por la calidad de su prosa, Juan Pedro Aparicio logra en este libro (que publica el sello Páginas de Espuma) un álbum perdurable de relatos, que se puede abrir por cualquier parte, cada cierto tiempo, para ofrecernos un grato remanso de buena literatura.

jueves, 2 de abril de 2020

El mundo de los Cabezas Vacías




Jorge es funcionario de la administración pública y acaba de ser padre de una niña prematura, cuya crianza está resultando enormemente problemática. Jorge es redactor de artículos de enciclopedia y, años después de su divorcio, desaliñado y triste, se acerca hasta la feria para intentar ver a sus hijos, a quienes duda que ya pueda reconocer. Jorge es el perplejo anfitrión en una cena en la que escucha una delirante hipótesis sobre la construcción de las pirámides de Egipto, que le lleva a intuir el lamentable futuro que espera a sus hijos. Jorge es un economista que, incapacitado para conjuntar la ropa como marcan los cánones, se ve sometido a los dispares criterios (igualmente autoritarios y castradores) de su madre y de su prometida. Jorge es el hermano de Alfonso, un alto funcionario que se mueve por la vida social con facilidad acuosa. Jorge es el amigo de Antón, a quien no tendrá más remedio que hacerle ver la horrible contundencia de su halitosis. Jorge es un anciano huraño e irritable, que mantiene una extraña relación con su vecina Carlota.
Todos esos Jorges (y otros personajes anexos) se integran en el magnífico libro de relatos El mundo de los Cabezas Vacías, que Pedro Ugarte publicó en 2011 con el sello Páginas de Espuma y donde nos habla de seres tímidos, que se mueven por el mundo con estupor, amargura o desaliento; de situaciones que, merced a la sutil mirada del autor, nos trasladan una enseñanza o una metáfora; de paisajes que, conocidos, se revisten de connotaciones nuevas. Y los lectores avanzamos por estos cuentos con admirado deleite, porque las historias que en este tomo se reúnen, siendo espléndidas por sus personajes y su temática, dejan en la mente, sobre todo, un festín de literatura. Y ése es para mí, siempre, el mayor motivo de aplauso en una obra. Pedro Ugarte despliega en todos sus libros un primoroso cuidado en el tratamiento lingüístico. Y esa exquisitez suya, poliédrica pero jamás pedante, es la que me cautiva: la manera en que consigue en todo momento la expresión más aquilatada, más hermosa y más impactante.
Vive Dios que tiene en mí a un lector rendido.

viernes, 20 de marzo de 2020

Herido leve




Un lector de verdad es siempre un niño que mantiene el alma y los oídos abiertos, ilusionado con la posibilidad de que el volumen cuyas páginas acaba de abrir le cuente una historia, le arranque emociones, lo seduzca, lo fascine, le permita viajar en el espacio y en el tiempo, lo enamore, lo traspase; se adentre, en fin, en su corazón. Un niño que, con el cedazo de sus ojos, va cribando la infinita arena en busca de una pepita de oro asombrosa, redentora, mágica, que se guardará con una sonrisa en el bolsillo mientras se dispone a buscar la siguiente.
Eloy Tizón nos muestra, en Herido leve, su colección de hallazgos literarios, su enciclopedia de felicidades lectoras, formada por versos, aforismos, novelas e incluso por lágrimas (como las que derramó un compañero argentino en febrero de 1984, en las aulas de la Complutense, mientras le comunicaba la muerte de Julio Cortázar). Con la silenciosa e indesmayable constancia del filatélico, el escritor madrileño reúne en este tomo centenares de opiniones valiosas sobre el mundo de los libros: la admiración que siente por Marcel Schwob, quien “vivió al margen de reconocimientos oficiales, aplausos y medallas, entregado al perfeccionamiento de su arte y sus achaques crónicos” (p.119); su asombro ante la figura anacrónica de Yukio Mishima, “piloto kamikaze de su cuerpo, al que envió a la inmolación; ataviado, eso sí, con toda elegancia” (p.181); el aplauso que siempre ha tributado a “la tinta tuberculosa de Antón Chéjov” (p.259); el apunte simpático sobre aquella vez en la que Turguéniev decidió bailar un cancán ante Tolstói, para consternación y tristeza del Gran Patriarca (p.267); su constante deslumbramiento ante los relatos de Edgar Allan Poe, los mejores de los cuales se le antojan “canciones paranoicas” (p.455); su aquilatado dibujo de Truman Capote, chismoso irrefrenable “con su pequeña estatura de elfo y su voz chillona de helio” (p.515); o su recuerdo estremecido de Peter Kien, “el protagonista de Auto de fe, de Elias Canetti, que amaba tanto los libros que se inmoló junto a ellos prendiendo fuego a su propia biblioteca” (p.605).
Es posible que Eloy Tizón no encuentre nunca su “Welcome Stranger”. Es posible que ninguno de nosotros la encuentre jamás. La Australia de los libros es enorme y profunda. Pero cuántas felicidades depara la búsqueda. Quizá leer sea buscar las páginas que, dispersas en el espacio y en el tiempo, hemos escrito sin saberlo.

domingo, 1 de septiembre de 2019

El libro de los viajes equivocados




Viajamos por dentro y por fuera, para conocer y para conocernos, por necesidad, por placer, por desconcierto, por desesperación, para encontrar un futuro, para descifrar un pasado, para abrillantar el presente, por tristeza, para alegrarnos, para ser y para estar. Clara Obligado, que sabe de estos y muchos otros sentires, es la autora de El libro de los viajes equivocados, que le publicó Páginas de Espuma y que obtuvo entre otros reconocimientos el IX Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España, en 2012.
Nos habla de un emigrante polaco que, tras dejar a su novia en el pueblo natal, cruza el Atlántico y se instala en Buenos Aires, donde se dedicará a ahorrar para reclamarla luego a la familia y formar allí su nuevo hogar; de un mamut conservado entre los hielos y que, por fin, unos científicos sacan a la luz; del verdadero final que tuvo la historia de Francesca, la mujer que se enamoró pasionalmente de un fotógrafo en Los puentes de Madison County; del anciano guardaagujas que recuerda los trenes que avanzaban, cargados de hombres y mujeres, hacia los campos de exterminio organizados por los nazis; de la mujer que abandona a su marido en plena luna de miel y se embarca en una delirante aventura; o de una caracola cuya historia nos es contada en sentido inverso al orden cronológico habitual.
Todo es magia y elegancia en estos relatos, construidos con prodigiosa perfección. Y las bellas conexiones que se establecen entre unos y otros (personajes, hilos, insinuaciones narrativas) otorgan al conjunto una entidad majestuosa de vidriera. Déjenme que no les diga más, y que simplemente los invite a sumergirse sin demora en las páginas miniadas de este libro, del que me gustaría entresacar dos preferencias personales: “Las dos hermanas” (por su hermoso tratamiento de la paciencia, de la resignación y de la piedad) y “Agujeros negros” (simplemente, uno de los mejores relatos que he leído en los últimos tiempos).
No se equivocará quien se acerque hasta este libro como lectura para después del verano. O para cualquier otra época.

martes, 13 de agosto de 2019

La biblioteca de agua




Una calle. Simplemente una calle. Un entorno, un barrio, las gentes que viven o sobreviven en él. El fluir del tiempo. Y, por supuesto, una mirada (externa e interna a la vez) que sepa descubrir los hilos secretos, diacrónicos, líricos que lo unen todo. Es el gran experimento narrativo que la argentina Clara Obligado ha ido componiendo con un mimo artesanal durante varios volúmenes y que ahora encuentra su conclusión en La biblioteca de agua (Páginas de espuma), libro de excepcionales textura y belleza donde lo mismo nos encontramos en un convento, reunidas, a las hijas de Cervantes y Lope de Vega, como se nos invita a presenciar un duelo tremebundo en pleno siglo XIX, o acompañamos a un viejo molinillo de café en su viaje desde la guerra civil de 1936 hasta la actualidad, o escuchamos los barritos de un animal prehistórico (hembra) que se apresta a la extinción, o nos sumamos a la perplejidad de una mujer que descubre, escondidos por su marido en lo alto de un armario, unos juguetes eróticos y unos zapatos rojos de aspecto lúbrico o festivo.
Maravillosamente, todas esas visiones, todos esos detalles se van cruzando y relacionando a lo largo del tiempo, y esa mixtura entre relatos y novela (porque la fluctuación entre ambos territorios es tan deliberada como sugerente) adorna el tomo con unos brillos continuos, burbujeantes, asombrosos, que provocan la emoción y el aplauso de los lectores.
Clara Obligado tuvo que marcharse de Argentina, huyendo de las atrocidades de una dictadura militar, hace cuarenta años. Y desde entonces está entre nosotros, habitando el mismo paisaje madrileño que ahora (d)escribe con sensibles pupilas de entomóloga. Ella también es un híbrido de fronteras, calendarios y corazones, que nos habla de mujeres fuertes, espíritus heridos, supervivientes heroicos (del cuerpo y del alma), sexualidades alborotadas y perros que acompañan a fareros tristes... La literatura en español es mucho más rica gracias a sus páginas. España también es mejor con ella dentro. No dejen de comprobarlo.