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lunes, 2 de enero de 2017

Historia de mi vida



Una hermosa novela servirá para iniciar el año 2017: la breve y exquisita Historia de mi vida. En ella nos encontramos con un personaje de gran vigor narrativo, Misail, que nos va resumiendo su existencia de un modo tan gráfico como seductor. Aunque ya ha cumplido 25 años, no ha conseguido estabilizarse todavía en ninguno de los empleos que el nombre y la reputación de su padre (un afamado arquitecto) le han procurado. Se siente incómodo en todos los despachos y oficinas, porque tilda esas ocupaciones de labores casi parasitarias. Él querría, para escándalo de su padre, estupor de su hermana y desconcierto de toda la sociedad bien pensante que les rodea, un trabajo de obrero. De tal suerte que, impetuoso y decidido, consigue que lo contraten como pintor de tejados. Demuestra así tener una voluntad firme y unas ideas sociales muy concretas y definidas, que se condensan en un ilustrativo fragmento del capítulo VI: “Nada nos indica que la humanidad evolucione con rumbo al bien. Junto al desarrollo de las ideas humanitarias contemplamos el de ideas de muy distinto género. La servidumbre ha sido abolida, pero en su lugar yergue la cabeza el capitalismo. Y en plena floración de las ideas emancipadoras, la explotación del hombre por el hombre sigue su curso: exactamente igual que en la Edad Media, la minoría continúa alimentándose, vistiéndose y haciéndose defender por la mayoría, que continúa hambrienta, desnuda y sin defensa”. En esta nueva vida en la que se sumerge con bravura encontrará dificultades para ser aceptado (las amistades de su padre le niegan el saludo por la calle), pero también apoyos dulces, como el que le brinda María, la hija del ingeniero Dolchikov, con la que terminará contrayendo matrimonio y formando un hogar.

Durante meses, la lucha que acomete Misail para seguir dentro de la ruta vital que él mismo se ha trazado es ciclópea, pero pronto se dará cuenta de que nadie más lo acompaña en ese camino, e irá ingresando en el decaimiento... El final de la novela sirve a Chéjov para entregarnos algunas de sus páginas más hermosas y melancólicas: aquéllas en las que Misail enumera el estado actual (lánguido o triunfador, alegre o lloroso, cercano o distante) de todas las personas que han intervenido de una forma directa o indirecta en la historia de su vida... El mago de Taganrog demuestra en estas páginas que su habilidad en el ámbito de la prosa no se circunscribía, ni mucho menos, al territorio breve, sino que su musculatura narrativa era tan notable como versátil, y le permitía brillar también en el complicado universo de la novela.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Cuaderno de notas



Dicen que del genio hay que aprovechar hasta las migajas, porque incluso de sus líneas suprimidas o menores podemos obtener belleza literaria. Y eso justifica, según opinan muchos, que nos sintamos impulsados a abalanzarnos con fervor casi religioso sobre sus cartas, borradores, variantes desechadas e incluso textos arrojados directamente al cubo de la basura, para conocer hasta los pormenores menos significativos de nuestro ídolo: sus gustos sexuales, sus fobias cromáticas o sus apetencias gastronómicas. 
Entre los años 1891 y 1904, el escritor ruso Antón Chéjov fue anotando en diversos cuadernos todo tipo de apuntes (desde sus lecturas hasta apellidos que se inventaba o le hacían gracia; desde anécdotas de viaje hasta reflexiones filosóficas; desde perfiles de personajes que utilizaría en futuras obras hasta fruslerías sobre las mujeres) y, en el año 2010, un acuerdo entre las editoriales La Compañía (Argentina) y Páginas de Espuma (España) lanzó al mercado hispanohablante un volumen donde se ofrecía una selección de estas caudalosas notas del genio de Taganrog. 
¿Y qué es lo que encontramos en este volumen? Pues, fundamentalmente, un inmenso caudal de líneas banales, que carecen de todo interés literario. Líneas en las que Chéjov realiza anodinas observaciones de viaje, anota tratamientos médicos, enumera las horas de sus comidas y cenas, registra nombres propios que ya no nos dicen nada, esclafa banalidades buenistas de una ingenuidad sonrojante (“Cuando los ricos den a los pobres todo lo que les sobra, no existirán ladrones”, p.43) o se deja llevar por una misoginia sorprendentemente zafia (“Las mujeres asimilan rápidamente las lenguas: hay mucho espacio vacío en sus cabezas”, p.61). Pero también encontramos, para equilibrar la balanza, con reflexiones tintadas de un sólido espíritu ético (“Ahora la gente se vuela la tapa de los sesos porque está harta de la vida o por razones semejantes; en otra época, por haber malgastado dinero del erario público”, p.24), con aforismos de gran finura psicológica (“Sólo cuando es infeliz el hombre abre los ojos”, p.159), con simpáticas normas de etiqueta que trascienden lo culinario (“La buena educación no consiste en no manchar el mantel con salsa, sino en aparentar que uno no ha visto nada cuando otro hace algo así”, p.57), con pinceladas de un humorismo surrealista o hiperbólico (“El suelo es tan rico que si uno planta aquí un limonero, un año más tarde brota un coche”, p.142) e incluso algún apunte que Camilo José Cela no hubiera desdeñado para incluirlo en su Oficio de tinieblas 5:  “Cuando sea rico, haré todo lo posible para tener un harén de gordas desnudas, todas con las nalgas pintadas de verde”, p.181). 
En suma, un tomo heterogéneo, desigual y por momentos irritante, que sólo conviene recomendar a los enamorados profundos del malogrado Antón Chéjov, que sabrán disculpar sus zonas de sombra o los bostezos inevitables que les asaltarán en algunas de las páginas.

martes, 1 de noviembre de 2016

Correspondencia (1899-1904)



De un lado tenemos a Antón Chéjov, uno de los dramaturgos más conocidos de su país, cuyas piezas son leídas con admiración y representadas entre el aplauso del público; del otro, nos encontramos con Olga Leonárdovna Knipper, una prometedora actriz que forma parte del Teatro del Arte de Moscú y que trabaja a las órdenes de Konstantin Stanislavski. Entre ambos, autor y actriz, comenzará a surgir una corriente de admiración mutua y de mutua simpatía, que se irá desarrollando en una colección de cartas que traduce y anota Paul Viejo para la editorial Páginas de Espuma.
En ese vínculo se va observando cómo aumenta de un modo firme el grado de intimidad entre ellos. Al principio, Olga le pregunta por la familia, por sus actividades de escritura o por sus perros (llamados con nombres muy adecuados a la profesión médica de Chéjov: Bromuro y Quinina); más adelante, será el dramaturgo quien avance pasos, aprovechando incluso el sentido del humor para llenar sus líneas de sonrisas y de insinuaciones (“No me olvide. De otra manera me ahogaré o me casaré con una escolopendra”, p.37); después, será Olga quien felicite a Chéjov, porque se ha enterado de que piensa casarse con la hija de un pope (aunque pronto se nos informará de que la joven siente celos de la actriz); y, por fin, la elogiada intérprete terminará destapando sus cartas con una dulzura y una sinceridad que conmueven: “¿Es que no quieres conocerme? ¿Puede contigo la idea de querer unir tu destino al mío? Escríbeme sobre todo esto con franqueza. Entre nosotros todo debe ser puro y transparente, que ni tú ni yo somos ya niños. Cuéntame todo lo que guarda tu corazón, pregúntame lo que sea y te contestaré. ¿Es que no me amas acaso?” (p.65). Chéjov, por su parte, sucumbirá también a ese río de afecto, al principio de un modo más prudente, pero después con indefensión emocionada (“Me he acostumbrado a usted y ahora me aburro. De ningún modo logro hacerme a la idea de no verla hasta la primavera, me pongo rabioso”)… Una vez que estaban ya casados, continuó la relación epistolar, porque Chéjov se veía obligado a permanecer durante largas temporadas en centros sanitarios para tratarse su delicada salud (murió a los 44 años, de una larguísima enfermedad pulmonar) y porque Olga debía continuar con su trabajo como actriz itinerante.

El volumen se cierra con unas cartas preciosas (en las que no hay sensiblería ni patetismo, sino ternura tibia), en las que Olga se dirige a su difunto marido explicándole cuánto lo echa de menos y cómo se siente de triste y de desamparada desde que él falta de su lado. Apenas tres años de matrimonio, con amplios períodos de separación, quedan consignados en estas páginas llenas de anécdotas, referencias teatrales, comentarios literarios, pequeñas disputas, melancolías y ternezas, que nos ofrecen otra cara de aquel poliedro fascinante que se llamó Antón Chéjov.

martes, 4 de octubre de 2016

Cuentos completos (1887-1893)



Avanzar por los cuentos de Antón Chéjov es como adentrarse en una selva que nos va a deslumbrar tras cada árbol, desde la ladera de cada colina, al levantar cada roca, porque en ellos burbujea y aguarda siempre la maravilla. A veces se trata de un adjetivo; otras, de una observación psicológica plena de agudeza; otras, de una descripción tan sucinta como gráfica de un rostro o de una actitud. Chéjov es uno de los creadores de cuentos más increíbles de la Historia de la Literatura. Y lo es por un detalle esencial: reúne prodigios que, de forma aislada, brillaban en algunos autores con asombroso esplendor... pero que nadie había presentado hasta entonces unificadamente. Porque el genio de Taganrog es, al mismo tiempo, un excelente acuarelista, un eximio conocedor del alma humana, un mago de la elipsis, un portentoso creador de atmósferas, un espectador de la sociedad que lo rodea, un grande de los silencios. Y pretender explicar o detallar esos logros en una reseña es un proyecto condenado al fracaso. En este tercer volumen que la editorial Páginas de Espuma consagra de la mano de Paul Viejo a la producción cuentística completa del maestro ruso se abarca el período que va desde 1887 a 1893, y en él brillan relatos auténticamente increíbles, como “La helada” (unas hermosas y duras reflexiones sobre los estragos que produce el frío en el cuerpo y el espíritu humanos), “Enemigos” (donde nos encontramos con la congoja de un médico que, mientras vela el cuerpo de su hijo de seis años, recibe una petición de auxilio profesional por parte de un marido cuya esposa se encuentra muy enferma) o “La sala número seis” (uno de las mejores obras que salieron de su mano, y cuyo argumento es tan universalmente conocido que resultaría petulante aportarlo en esta página). Pero a mí me gustaría destacar tres textos que, sin pertenecer al corpus de sus piezas más alabadas, siempre me han encantado. El primero es “Polinka”, un delicioso relato triste en el que un pobre dependiente despacha a una clienta de su mercería mientras, en voz baja y de modo trompicado, comprende que su relación sentimental con ella no va a ningún sitio, porque la muchacha parece haberse enamorado de un estudiante. El segundo es “Vecinos”, donde descubrimos a Piotr, que soporta con una extraña mezcla de rabia y de vergüenza la huida de su hermana con un hombre casado, a quienes trata de odiar y comprender, al mismo tiempo. Y el tercero es “Ganas de dormir”, donde la jovencita Varka (13 años), hija del difunto Efim y de la campesina Pelagueia, tiene que trabajar sin desmayo para un zapatero que la explota miserablemente. El final del cuento figura, creo yo, entre las páginas más espeluznantes que produjo el autor ruso... A falta de disfrutar del cuarto y último volumen de la serie, esta oceánica edición de los relatos de Antón Chéjov que está llevando a cabo Páginas de Espuma puede ser tildada sin rubor y sin equivocaciones de insuperable. Esfuerzos así llenan de brillo, de prestigio y de orgullo la historia de una editorial.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El jardín de los cerezos



Para un espectador que observe la acción de esta obra desde una posición externa, la actitud de la señora Liubov Andréievna Ranévskaya resulta de lo más incomprensible y de lo más enervante. Tras permanecer durante varios años en el extranjero (en París), vuelve a la propiedad familiar y recibe, como una bofetada, la noticia de que las ingentes deudas acumuladas obligarán a vender el huerto de los guindos para satisfacer a los acreedores. El golpe, desde luego, es terrible. Pero Liubov Andréievna Ranévskaya no reacciona frente a él. Más bien, se acomoda en un esnobismo lánguido, preocupándose más de las formas que del fondo, y va dejando que los días transcurran. Carece de espíritu práctico, de decisiones, de vigor, de respuesta. Sabe que las jornadas se van consumiendo y que el desastre está cada vez más cercano, pero no mueve un dedo para articular una solución. El comerciante Ermolái Alexéievich Lopajin, queriendo servirle de ayuda, le aconseja que venda el terreno, para que pueda ser parcelado y servir para la construcción de dachas. Esa inyección económica será suficiente para resolver el conflicto. Pero la dama no acepta tomar esa decisión: por un lado, esa venta supondría la desintegración del patrimonio familiar; y, por el otro, la alejaría de un terreno que se encuentra adherido a su corazón, porque en él su hijo pequeño murió ahogado… Durante días, la inacción se convierte en la única postura visible de los antiguos señores y, cuando finalmente se produce la subasta pública de la propiedad, ésta es adquirida por Lopajin. Su familia fue en el pasado sierva, pero él ha conseguido convertirse gracias a su esfuerzo y su talento en un rico comerciante. El antiguo servidor es el nuevo propietario. Y los altivos señores de antaño tendrán que desalojar la propiedad, cuyos árboles Lopajin piensa talar, sin más contemplaciones, para convertir el huerto en zona urbanizable. Nos encontramos, por tanto, ante una obra con un fuerte componente social y psicológico, donde dos formas de ver la vida se cruzan y cambian de rango: una aristocracia rancia y adinerada, que se refugia en la música, el billar y los bailes para bostezar su ociosidad; y una clase humilde habituada al trabajo, que halla en él el mecanismo para conseguir un estatus más alto. Para los primeros, el huerto de los guindos (o jardín de los cerezos) es un espacio lírico, decadente, hermoso e inútil, por el que pasear a la luz de la luna; para los segundos, constituye un territorio lleno de oportunidades, sobre el que edificar viviendas y en el que construir un futuro más estable y sólido. Antón Chéjov consigue en las páginas de esta comedia triste una de sus piezas dramáticas más notables. En mi opinión, la que más.

jueves, 2 de junio de 2016

Cuentos completos [1885-1886]



El caso de Antón Chéjov no solamente es uno de los más sorprendentes de la historia de la literatura por su brillantez, sino asimismo por su precocidad: jovencísimo aún (se encontraba entre los veinticinco y los veintiséis años cuando redactó las páginas que hoy comento), ya mostraba una densidad estilística y una finura psicológica que lo aupaban hasta el rango mesetario de “maestro”. Pero es que, además, no llevaba a cabo este despliegue en media docena de composiciones, sino que lo hacía en casi doscientas producciones, una cantidad abrumadora que lleva a Paul Viejo a escribir que el narrador ruso “es capaz de arramplar con la mitad del papel de una imprenta” (p.XV de la Introducción). 
Seguimos encontrándonos en este magma efervescente de imaginación con personajes de toda laya (maridos gorrones que viven del éxito o el dinero de sus esposas; guardabosques con hijas  hermosísimas; cómicos avariciosos que son capaces de pelearse e incluso matarse entre sí por la posesión de una cartera que han encontrado en el suelo; pacientes habilidosos, que piropean a una curandera homeópata con las presuntas virtudes de sus tratamientos para obtener de ella todo lo que quieren; farmacéuticos miserables, que se niegan a expender un medicamento a un hombre, porque le faltan unas tristes monedas para completar su precio) y con un elevado número de relatos donde ondean el patetismo, la amargura, la pobreza, la mezquindad o el autobiografismo desgarrado (ese médico que, tratando a enfermos de tifus en “El espejo”, se contagia de la enfermedad, como el propio Antón Chéjov había contraído de sus pacientes la tuberculosis que lo llevaría a la tumba)… 
Pero de este segundo volumen maravilloso que presenta Páginas de Espuma no pueden ser olvidadas aquellas historias en las que domina el humor: el hombre más torpe del mundo a la hora informar a un marido del fallecimiento de su esposa (“Diplomacia”); un expeditivo método para conseguir que una visita impertinente comprenda que ha llegado la hora de irse y dejar dormir al anfitrión (“El huésped”); el propietario que no logra contratar a ningún administrador para sus posesiones, porque todos se le antojan demasiado honrados y no cree en ese tipo de personas (“Muralla infranqueable”); los cómicos apuros de un revisor de tren, que se va abucheado y casi agredido por los usuarios de un vagón cuando pretende pedirle el billete a un viajero somnoliento y descarado (“¡Qué público!”); la fatiga muscular y etílica que acomete a los pobres funcionarios que, a primeros de enero, tienen que cumplimentar a todos sus benefactores (“Mártires de Año Nuevo”) o el alivio que experimenta un hombre rico de 52 años que acaba de descubrir en sí mismo un cierto talento para el dibujo y que expresa su alborozo por no haber percibido esta habilidad en su juventud, puesto que le habría llevado a la más absoluta pobreza (“Un descubrimiento”). Personalmente, me conmueve con idéntico vigor a como lo hizo en mi juventud el relato “Tristeza”, la conmovedora historia de un cochero cuyo hijo ha muerto esa semana y que no teniendo a nadie que le escuche su pena acaba contándosela a su caballo... 
Este segundo volumen se erige, pues, en otra joya para nuestras bibliotecas, que no deberíamos dejar pasar de largo.

lunes, 2 de mayo de 2016

Las tres hermanas



Decía el escritor murciano Miguel Espinosa en su inclasificable obra Asklepios que no existe infortunio mayor que sentirse desterrado en el tiempo; pero no es menos verdad que el sentimiento de haber sido despojado de tu entorno físico o del lugar en el que te sientes enraizado o consideras que constituye tu felicidad adquiere también en ocasiones dimensiones de tragedia íntima. Es lo que ocurre en esta pieza con Irina, Masha y Olga, tres hermanas que viven en una ciudad provinciana, alejada de Moscú, y que sueñan y suspiran a diario con la idea de volver a la capital rusa.
No son, en este nuevo emplazamiento, dichosas: ni han logrado un trabajo que las satisfaga profesionalmente; ni han encontrado al hombre que las llene sentimentalmente; ni han conseguido un entorno de amistades que las haga sentirse plenas. Se limitan al ejercicio de la añoranza y de la supervivencia. Contemplan con melancolía (y en ocasiones con rabia que no se detienen a disimular) el paso de las estaciones y de los años; y continúan recibiendo golpes que les vienen de lugares emocionales incluso muy cercanos (su hermano Andréi no ha dejado de envilecerse con la práctica del juego, en el que pierde cantidades enormes de dinero, lo que le ha obligado incluso a hipotecar la casa sin la autorización de sus hermanas, que son copropietarias). La frase “¡A Moscú!”, que repiten como un mantra, se va convirtiendo poco a poco en un sintagma carente de sentido, en el que siquiera ellas mismas creen, porque se dan cuenta de que la vida fluye y el retorno es impensable, que el dolor carece de lenitivos y que esa ciudad es un fetiche que anida en sus mentes pero que ya no tiene una entidad real. Su padre ha muerto, los vecinos que habitaban su barrio habrán cambiado o quizá han muerto, incluso la piel que las recubre ya no es la misma. En el fondo, intuyen que seguir pensando en Moscú es, en realidad, una metáfora acerca del tiempo: querrían volver a la juventud, al ayer, a la edad de la inocencia, ese territorio que ya les está vedado. Irina, en un instante del acto tercero, lo dice con nitidez: “¿Adónde ha ido a parar todo? ¿Adónde? ¿Dónde está? ¡Dios mío de mi alma! Todo lo he olvidado, todo... Se me ha hecho un lío en la cabeza... No recuerdo cómo se dice ventana o suelo en italiano. Lo voy olvidando todo, a diario olvido cosas mientras la vida se escapa y no volverá nunca, como tampoco nos iremos nunca a Moscú”.
Se trata, en suma, de eso: de comprender que la vida nos va derivando por senderos que se bifurcan y que resulta ingenuo pensar en un retorno a los orígenes, porque la presunta felicidad que pudimos gozar en ellos ya no existe ni volverá a existir.

sábado, 2 de abril de 2016

La gaviota



Cuatro prodigiosas figuras centran la columna vertebral de La gaviota, de Antón Chéjov: la primera es Irina Arkádina, una actriz de 43 años y fama pretérita, que actualmente vive más apartada del mundillo escénico, instalada en el olimpo de las leyendas vivas; la segunda es su hijo, el temperamental Konstantin Treplev, joven de 25 que se obstina en escribir unas obras de teatro que no provocan sino la burla entre sus allegados, por lo innovador de su textura; la tercera es Nina, una muchacha ingenua que terminará abandonando su confortable vida para lanzarse a la aventura de convertirse en actriz, un experimento que le deparará más amarguras que éxitos; la cuarta es Trigorin, un dramaturgo que es respetado cada día más por los críticos y por los espectadores… 
Como se puede ver, el juego de las cuatro personalidades no puede ser más explosivo: una actriz que se retira y una que empieza; un dramaturgo que fracasa y otro que triunfa. Con esa ardua combinación de caracteres, Antón Chéjov nos llevará de la mano hasta una zona de conflictos muy agria, en la que chirrían entre sí los egos y brotan inquinas, envidias y malas vibraciones, que consiguen despertar en ellos a las bestias que nos esforzamos siempre en esconder en nuestro interior para que no salgan con demasiada virulencia a la superficie. Sutil y profundo, como siempre, el dramaturgo de Taganrog nos coloca ante una serie de movimientos escénicos en apariencia muy sencillos, pero que revelan su carga emocional y simbólica en estratos más profundos, allí donde el alma humana no dispone de disfraces con los que poderse camuflar. El argentino Julio Cortázar lamentaba en uno de sus libros la ruina de toda existencia con palabras que sin duda hubiera firmado el ruso: “Es la conclusión inevitable, haber querido tanto de la vida, buscarle todo su sentido, y descubrir que vamos derecho a un montón de fósforos quemados” (Libro de Manuel).
Los personajes de Antón Chéjov se aproximan a esa certidumbre desde las laderas aparentemente enfrentadas (pero en el fondo complementarias) del triunfo y del fracaso, porque ambos accidentes vitales se acaban resumiendo en la nada triste del apagamiento.

miércoles, 2 de marzo de 2016

El tío Vania



Imaginemos el siguiente panorama escénico y argumental: el viejo y estirado profesor Serebriakov, después de un cuarto de siglo dedicado a la docencia de las artes, se retira a vivir su vejez con su jovencísima esposa Elena (que apenas tiene 27 años). Poco a poco, el aura de respetabilidad intelectual que rodeaba a su figura parece irse erosionando, porque se va descubriendo que en realidad no es el brillante genio que muchos pensaban y que él mismo se ha ido encargando de pregonar. Cerca de la pareja se encuentra el maduro Voinitski (Vania), que ha trabajado para el profesor durante muchísimo tiempo y que ahora mantiene una relación muy tensa y bastante agria con él, entre otras causas porque ha sufrido una amarga decepción con él en el terreno humano y profesional, al descubrir sus notorias carencias. Añadamos ahora al conjunto la presencia de Sonia, hija no muy agraciada de Serebriakov; y por último la figura de Astrov, un médico que se considera embrutecido y decepcionado con su trabajo y que, para compensar esa tristeza, dedica toda su inteligencia y todas sus energías a la conservación de la naturaleza, habiéndose convertido en un defensor de la vida natural y de los bosques. Con este elenco de personajes y de temperamentos, el ruso Antón Chéjov nos ofrece un drama donde las relaciones humanas se van poco a poco tiñendo de acrimonia y donde los destinos se van enredando en una madeja turbia, porque nadie parece ser feliz en las condiciones en que vive: Sonia está enamorada de Astrov, pero sabe que el médico no siente nada por ella; Elena reconoce ante su hijastra que no es feliz en su matrimonio, pero a la vez se siente incapaz de entregarse al amor de Vania, que se lo ofrece con claridad en más de un instante de la obra; Serebriakov se siente viejo y muestra bien a las claras que no se encuentra cómodo en este retiro ocioso en el que chapotea, asediado por las malas caras de Voinitski y por la ausencia de honores académicos. Cuando el jubilado profesor, harto de los comentarios ácidos que lo tienen como protagonista, comunica que desea vender la propiedad en la que se encuentran y establecerse en Finlandia veremos cómo Vania, arrepentido de haberle tributado su vida y viéndose ahora al borde del abandono, alzará un arma contra él... Chéjov nos lleva en esta pieza a dar un paseo por los pasillos de la decepción y del fracaso, allí donde las vidas se ven salpicadas por el lodo y los dientes rechinan por lo que pudo haber sido y no fue. Genial, como siempre.

martes, 2 de febrero de 2016

Cuentos completos [1880-1885]



El objetivo que se ha marcado la editorial Páginas de Espuma con los cuentos de Antón Chéjov es tan osado como digno de aplauso: ofrecer una traducción completa y rigurosa de los mismos para que los lectores hispanos disfruten de la increíble calidad del autor ruso con notas, abundantes detalles bibliográficos y una bellísima presentación en formato de tapa dura. El primer tomo de este vasto proyecto cubre el período 1880-1885, ocupa más de un millar de páginas y está disponible en edición de Paul Viejo desde noviembre de 2013... Lo dicen todos los estudiosos y lo corrobora fácilmente cualquier lector que se sumerja en los cuentos de este autor ruso: Antón Chéjov fue un increíble termómetro social y un microscopio antropológico, un observador nato, un anatomista de su tiempo y de su sociedad, allí donde burbujean los pequeños estafadores y sablistas, los nobles venidos a menos, los zarrapastrosos que chapotean en su miseria económica y moral, los borrachines irredentos, los médicos de cara imperturbable, los taberneros desdeñosos, los cazadores de humor sombrío, las melancólicas muchachas casaderas, los parientes parásitos, los cocheros de gesto huraño, los funcionarios inescrupulosos que hacen de la adulación un modo de vida, los periodistas venales, las prostitutas que no tiene ni siquiera dinero para mantener a sus hijos pequeños alejados de la habitación donde ejercen su oficio, los empleados de ferrocarril que presumen de sus barrabasadas, las actrices de medio pelo que acarician la posibilidad de casarse con un rico para abandonar su vida infausta, los estudiantes de bachillerato que intentan ganar unas monedas dando clases particulares a zoquetes de familia rica, los dentistas chapuceros que ignoran los rudimentos de su oficio, los comerciantes que no respetan ni los rudimentos de la higiene y que sobreviven sobornando a los inspectores de Sanidad, los vagos empleados que malbaratan su tiempo de trabajo jugando a las cartas, las viejas damas ancladas a las costumbres rancias del pasado y un largo etcétera. Como es natural (estamos hablando de un Chéjov veinteañero), hay en este volumen algunas páginas que no pasan de ser balbuceos juveniles, proyectos con más hormonas que sedimentación y que, sin duda, pueden ser desdeñados. Pero es innegable que, observando el tomo en su conjunto, vibra en él el nervio vivo de un narrador vigoroso y dominador, de un genio en ciernes, que subyace en la mayor parte de los relatos, dotándolos de una temperatura y un soplo literario que convencen y enamoran. El lector que busque el humor lo encontrará de forma abundante en relatos como “Fecha solemne”, donde un poeta comenta sin pudor que acaba de recibir la negativa número dos mil en su carrera literaria; o como “Entrevista vana”, donde una cita amorosa queda frustrada por la gran cantidad de cervezas que ingiere el muchacho antes de acudir junto a la amada; o como “Se estropeó el asunto”, donde un enamorado bocazas frustra su más que ventajoso matrimonio con una millonaria explicándole que no es un buen partido para ella; o como “Hipnotismo”, en el que un empleado se deja sobornar a base de billetes de cinco rublos para fingir que ha sido hipnotizado; o como “El camaleón”, obra maestra sobre la hipocresía de un agente de la ley, que cambia de opinión sobre un incidente callejero en función de quién sea el amo del perro que lo ha protagonizado: un general o un vagabundo (estructura ideológica muy similar a la exhibida en el relato “La máscara”, donde un alborotador que lleva un antifaz es amenazado las autoridades hasta que advierten que se trata de un millonario excéntrico, momento en que pasan a adularlo descaradamente); o, en fin, en historias como “Una noche de espanto”, donde los asistentes a una sesión espiritista encuentran, al volver, ataúdes en sus habitaciones... Pero también están las historias tristes, melancólicas o patéticas, como ocurre con “El pecador de Toledo”, una asfixiante narración sobre el fanatismo; con “La señora”, una inquietante historia sobre el poder manipulador que una mujer ejerce sobre un muchacho ingenuo; con “Flores tardías”, un lánguido y delicioso cuento de amores secretos; o con “Una vez al año”, la bochornosa historia de una anciana que cada año recibe el día de su santo la visita de su sobrino, al que un sirviente ha tenido que pagar para que acceda a venir. Un volumen egregio para conocer las primeras producciones de Antón Chéjov, que Páginas de Espuma publica con una elegancia insuperable.

domingo, 26 de febrero de 2012

Correspondencia




Cuentan de Jorge Luis Borges una anécdota no sé si inventada, deformada, malévola o fidedigna que me gustaría recordar hoy. Al parecer, paseaba nuestro escritor tranquilamente, ya con fama mundial, por la ciudad de Buenos Aires. Un joven se le acercó y, con ojos admirativos y voz balbuciente, le anunció: «Maestro, yo escribo». A lo que Borges, esbozando una sonrisa, respondió: «Qué casualidad, yo también». Y me sirve esta anécdota, auténtica o apócrifa (de Borges se han contado tantos chascarrillos como de Camilo José Cela o de Quevedo), para reflexionar sobre la relación maestro-discípulo en el mundo de la literatura. ¿Cuántos escritores, a lo largo de la Historia, se habrán animado a dirigirse por escrito o de forma oral a otros, a quienes consideraban sus maestros, para rendirles tributo de fidelidad, solicitar que les lean o pedirles consejo de algún tipo?
La editorial Funambulista nos presenta hoy, traducida por Rubén Pujante Corbalán, la Correspondencia que mantuvieron dos de los escritores rusos más conocidos en Occidente: Anton Chejov y Maxim Gorki. En el momento en que se inicia el intercambio de cartas, notas y telegramas entre ellos (con un fervoroso envío de palabras que Gorki le hace llegar al maestro Chejov en octubre de 1898, declarándole su admiración infinita), el desequilibrio entre ambos es notable: Anton Chejov ya tenía escritas media docena de obras teatrales, un par de novelas y bastantes cuentos; Maxim Gorki, por el contrario, apenas estaba comenzando a dar sus primeras hojas notables en el mundo de la literatura. Ese desequilibrio (usaré ese nombre, a falta de otro mejor) se observa en la forma en que Gorki se dirige a Chejov: siempre reverencioso, siempre admirativo, siempre acrítico («Le estrecho la mano con fuerza, su mano de genio», p.25). En cambio, el tono que emplea Anton Chejov para dirigirse a Maxim Gorki, siendo respetuoso y lleno de afecto, no condesciende a la tolerancia: le indica las exageraciones en las que incurre en sus cuentos («En sus cuentos notamos los excesos», p.27), le afea su falta de cohesión textual («Uno tiene la impresión de que no es la obra de un autor, sino de siete: señal de que es usted todavía joven y de que su talento no está aún suficientemente decantado», p.97); e incluso, cuando Gorki le suplica que le permita dedicarle una obra que está a punto de publicar, Chejov se permite incluso decirle cómo tiene que hacerlo («Redacte en la medida de lo posible la dedicatoria sin literatura inútil: quiero decir que escriba solamente: A... y eso es todo», p.81).
Sin entrar en la calidad literaria de ambos autores, que es magnífica, lo que más me ha llamado la atención de este epistolario (también desequilibrado: Gorki escribe 54 mensajes, mientras que Chejov se limita a 35) es el aspecto que podríamos llamar psicológico: vemos a un Chejov más frío, menos proclive a los elogios, más parco en sus efusiones; y a un Gorki que se derrama en loas sobre su maestro; que le traslada su preocupación por el modo en que el editor de Chejov está explotando a éste, por no pagarle lo que realmente merece con sus páginas, que se venden muchísimo en toda Rusia (puede verse al respecto la página 176); así como en humildades igualmente sinceras, que chocan por su sencillez y por su marmórea contundencia («Soy más necio que una locomotora. [...] Pero no hay raíles debajo de mí, mi sensibilidad es fresca y fuerte, pero pensar... no sé pensar. La catástrofe me aguarda», p.32). Y también nos sirve este conjunto de misivas para ver el modo en que ambos veían a otros escritores de su entorno, como Briusov, Bunin o Lev Tolstoi.
Unamos a ese conjunto de primores que presenta el volumen un postfacio excelente de Rubén Pujante, un papel de altísima calidad, una encuadernación sólida (con cinta marcadora incluida, ese hermoso detalle que tanto se olvida en los libros actuales) y unas notas de precisión inigualable, que nos aclaran las identidades de los personajes mencionados, y tendremos un libro que merece la pena conseguir y conservar. No es la primera vez que digo en esta página que el sello Funambulista trabaja como pocos en cuanto a primor. Este libro lo corrobora.