Mostrando entradas con la etiqueta Muñoz Clares Fuensanta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Muñoz Clares Fuensanta. Mostrar todas las entradas

sábado, 8 de febrero de 2020

Mixtura



Después de haber publicado La celada fuente (1986) y Onégeses. Los despojos de un sueño (1988) se produjo un largo silencio editorial en torno al nombre de Fuensanta Muñoz Clares, que quedó felizmente clausurado en 2004 cuando la Editora Regional de Murcia tuvo el notorio acierto de publicarle el volumen de relatos Mixtura, compuesto por veintiuna piezas en las que la escritora mostraba que podía desenvolverse con la misma eficacia cuando abordaba temas amorosos (“Primavera en la Isla”), memorialísticos (ese orinal obtenido en la feria, en “Falsa palangana”) o costumbristas (“Travesti en el estanco”).
Todos los cuentos del volumen, por unas razones o por otras (temáticas, estilísticas, psicológicas) atesoran virtudes más que suficientes para que el lector les otorgue su aplauso; pero si tuviera que decantarme por algunos de ellos, mi elección es clara: “La llave” (donde se aborda el espinoso y dolorosísimo tema del maltrato femenino, que nunca deja por desgracia de estar de actualidad), “Hugo el portugués” (donde la voz y las trenzas de una niña, ya transformada en mujer, nos invitan a reflexionar sobre los azares de la vida) y “La visita” (una amarga meditación sobre la marginalidad).
Llama la atención el modo en que el personaje de Felicitas aparece, como una especie de Guadiana protagonista, en varios relatos del volumen: “El zapatero”, “Travesti en el estanco”, “Una caja blanca”, “Falsa palangana”, etc. ¿Se esconderá ahí algún personaje real o algún guiño autobiográfico? ¿Y lo habrá en esa profesora irónica que, tras leernos una redacción quinceañera refractaria a la ortografía, cierra con sus comentarios eruditos el cuento “Oveja mía, oveja mía”?
Háganse el favor de leer esta obra. Les va a gustar.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Onégeses. Los despojos de un sueño




Fuensanta Muñoz Clares publicó en la Editora Regional de Murcia (1988) su libro Onégeses, los despojos de un sueño, una pieza de “arte minoritario y exquisito” (la acertada etiqueta es del crítico Ramón Jiménez Madrid) en la que la autora indaga en fértiles exploraciones psicológicas sobre la soledad, el destino y la muerte.
Tiene como protagonistas a Onégeses (un griego instruido que trabajó como ayudante y secretario de Atila), Evandro (un joven historiador, discípulo de Prisco, que acude al antiguo dominio del rey huno para comprobar el estado en que se encuentra tras la disolución del imperio) e Ildico (última esposa del Azote de Dios). Y su trama es tan sencilla como embriagadora: Onégeses ha quedado, al cabo de los años, convertido en un despojo humano de mente tal vez extraviada, que custodia (como un Fafner heleno) el supuesto tesoro de Atila. Evandro, que acude al lugar donde éste se encuentra, es visto por el anciano como un ángel que lo liberará de su vigilancia. Y cuando escucha al propio Evandro decirle que no, que en realidad no es ningún ángel, hunde la mohosa espada de su señor en el vientre del muchacho.
La pieza nos traslada, aparte de sugerentes reflexiones sobre el género humano y sobre la voracidad del destino, algunas frases altamente poéticas (“Los ríos son inmortales y son dioses. También el río del corazón humano es sagrado. Y uno en el más allá puede acoger todos los llantos”, p.52) y una consideración general que valdría para definir buena parte de la historia de la literatura: “La mentira es la patria del poeta” (p.70).

sábado, 21 de octubre de 2017

La celada fuente



Hace algunos años, la narradora Fuensanta Muñoz Clares tuvo la generosa idea de compartir con los lectores tres textos monologados protagonizados por mujeres y la universidad de Murcia demostró su sensibilidad publicándolos en un delgado y exquisito volumen bajo el título de La celada fuente.
En el primero leíamos con emoción las reflexiones y tormentos de Corina de Tanagra, instructora y también mentora del poeta Píndaro, de quien se enamoró y por el que fue más tarde despreciada. Pasados los verdes años de la juventud, Corina recuerda la delicadeza de aquellos pretéritos amores, con palabras empapadas de melancolía (“A solas, me decía que mi amor era un arco tendido hacia los siglos… A los grandes espíritus les está negado el amor del momento, pues aman más allá”).
En el segundo de los monólogos descubríamos la figura de Christine de Pizan, una mujer fuerte, llena de decisión y arrojo, que escribe y que intelectualmente se ha adelantado a su tiempo.
Y en el tercero encontrábamos a la Virgen María, en Éfeso, exonerada de ilusiones por el curso de los años, con unos ojos que están “cansados de ver” y que “han llorado de sobra”. Su queja consiste en que ahora las personas de su entorno no la dejan languidecer y acabarse en paz. Al contrario, la acosan sin tregua acercándole a sus hijos para que los bendiga. Y ella teme impartir esas bendiciones, dado el precedente doloroso de su hijo (“Temo que mis dedos dejen en su piel la señal infame de los reos de muerte”). Lo único que quiere es morir y descansar.

Tres textos hermosos, elegantes, de desgarrada sinceridad, preñados de dolor, que nos mostraban a una exquisita escritora.