Mostrando entradas con la etiqueta Clemot Fernando. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Clemot Fernando. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de abril de 2025

La reina de las aguas

 


Hay autores de quienes siempre aguardo, con expectación y con fervor, cada libro que publican, porque las páginas suyas que he podido saborear me han transmutado en adepto. Con Fernando Clemot me ocurre desde 2009, en que tuve la fortuna de tropezarme con Estancos del Chiado, un volumen prodigioso de cuentos que terminaría alzándose poco después con el premio Setenil (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/03/estancos-del-chiado.html). Ahora acude hasta mis manos su obra La reina de las aguas (Un viaje eterno por Roma), que publica La línea del horizonte con una exquisita cubierta pompeyana.

¿Y qué puede encontrarse allí? “Es un itinerario que entiendo como una carta de amor a una ciudad y a un tiempo”. Con esas palabras lo define el autor en la página 13, y no puede expresarse con más tino ni con más belleza. Acompañado por su esposa Eva y por su hija Emma (en uno de los viajes) o por sus amigos Jordi Gol y Ángel Lobato (en otro), el magnífico escritor barcelonés nos ofrece un espectáculo inigualable de erudiciones históricas y arquitectónicas, de reflexiones artísticas e incluso de anécdotas personales (ese perro que estuvo a punto de clavarle los dientes, ante la mirada iracunda de la dueña; ese paseo temerario por el túnel Pettinelli, más peligroso de lo que él sospechaba; esos juegos infantiles de Emma en la fuente del Collar de Perlas, mientras él estaba observando desde un banco). Mezclando documentación y curiosidad, éxtasis y enamoramiento, vemos al autor paseándose por Santa María Maggiore; entrando en el cementerio de Verano y depositando rosas en las tumbas de Marcello Mastroianni, Elsa Morante y Vittorio Gassman; descubriendo los detalles del terrible bombardeo de San Lorenzo, en septiembre de 1943; subiendo de rodillas la Escalera Santa (y rezando un padrenuestro en cada peldaño “y hasta los retales del avemaría que recordaba”); o quedándose hechizado por los sepulcros etruscos (la secuencia que ocupa las páginas 139-143 es de una belleza cautivadora).

Una obra delicada, hermosa, casi fragante, donde Roma palpita en cada párrafo y donde el hechizo de la Ciudad Eterna se convierte en un viaje eterno, que Fernando Clemot destila con sabiduría para nosotros. Gracias sean dadas.

lunes, 3 de marzo de 2025

Estancos del Chiado

 


(Recupero para mi blog, con mucha alegría, esta vieja reseña de 2009)

 

Hace muchos años me invitaron a participar en una mesa redonda cuyo tema era “El estado actual de la literatura española”. Como es lógico, me negué lo más cortésmente que pude. ¿Quién soy yo (quién es nadie) para pontificar sobre un tema tan genérico, tan amplio, tan proteico? Ahora, tras leer el volumen de relatos Estancos del Chiado, de Fernando Clemot, se me antoja que podría haber iniciado mi charla con la frase: «Yo soy de Murcia, y en Murcia llueve muy poco». Y podría haber seguido luego con aquella letra de Raimon: «En mi país la lluvia no sabe llover». Obviamente, esto hay que explicarlo... Quiero decir que, a pesar de la tremenda cantidad de agua que nos cae a diario en las mesas de novedades de las librerías, no podemos congratularnos de que gocemos de una tremenda calidad de agua. Son Legión, como el demonio de la Biblia, los autores que expelen, perpetran o esclafan un buen número de páginas, para disgusto de ecologistas y solaz de programadores televisivos. Por eso, cuando se tiene la suerte de abrir un volumen como Estancos del Chiado, uno se da cuenta, por contraste, de lo que es la buena literatura: prosa de orfebrería, argumento bien pautado, ritmo musical y léxico de un enamorado de su idioma. El barcelonés Fernando Clemot ha ido destilando, cuento a cuento, una galaxia de brillos poderosos, donde ha sabido introducir a personajes célebres, libremente adaptados a su obra (El príncipe del Vómero); donde ha jugado con paisajes portugueses, llenos de saudade y luces de niebla (Estancos del Chiado); donde ha deslizado recuerdos quizá autobiográficos (El verano del cortapichas); donde reconstruye, pieza a pieza, un horror que desmenuzó el pasado y condiciona la actualidad del doctor Serravalle (Levante); o donde nos presenta la lánguida imagen de un antiguo donjuán, al que los años han vapuleado con saña inesperada (Terrazas de otoño). No resulta extraño que, con la prodigiosa habilidad que Fernando Clemot demuestra en estas páginas, los premios más notables se le hayan rendido sin contemplaciones: Kutxa, Barcarola, Villa de Benasque... Estancos del Chiado, que publica con acierto y con elegancia Paralelo Sur Ediciones, es uno de los volúmenes más hermosamente literarios que he tenido la oportunidad de leer en los últimos tiempos.

miércoles, 5 de mayo de 2021

Fiume

 


Es cierto que nuestras vidas son ríos que van a dar a la mar, que es el morir (por usar la fórmula serenamente aterradora, aterradoramente serena, que Jorge Manrique popularizó en el siglo XV); pero no es menos cierto que, en su fluir, esos ríos van generando modificaciones en el paisaje por el que transitan. De tal modo que el balance existencial no solamente incluye el líquido que se mueve, como en un principio podría sospecharse, sino también los derrubios estáticos que genera.

Tristam Vedder fue, en 1919, un periodista del New York Tribune que se acercó hasta el Estado Libre de Fiume, un experimento prefascista ideado y dirigido por el escritor Gabriele D’Annunzio, para entrevistar al famoso Vate. Esa experiencia lo marcó de tres maneras distintas: la primera, en el campo profesional; la segunda, en el ámbito ideológico (se le quedaron adheridos muchos tics e ideas de raigambre totalitaria, de los que tuvo que irse desprendiendo luego de forma traumática); la tercera, en el terreno sentimental (descubrió el amor profundo al lado de Sarah, una mujer bella y enigmática que quizá también fue amante de D’Annunzio). Tres décadas más tarde, Vedder vuelve a Italia, acompañado por su esposa Cynthia, su hija Laura y su yerno Nathan, con un objetivo doloroso y tal vez catártico: visitar el sitio donde fue abatido su hijo Ben, una de las últimas e inútiles víctimas de la Segunda Guerra Mundial. En ese viaje laten (en las dos acepciones del verbo: palpitar y ladrar) unas contradictorias emociones, que zarandean a Tristam y que lastiman su ánimo: la pésima relación con Cynthia (de la que está seguro que va a divorciarse), el desprecio que le provoca el insulso Nathan (al que considera un paleto), los recuerdos tumultuosos que provienen del ayer… Vedder se convierte desde el principio en la piedra angular sobre la que Fernando Clemot construye Fiume, una novela densa, desgarrada, turbadora, que indaga en los orígenes cenagosos del histrionismo fascista y que nos advierte sobre la facilidad con la que puede sucumbirse a ese tipo de ideologías, en las cuales “el abismo del todo era el único límite” (p.31) y que deja a los seres humanos “preparados para el fanatismo” (p.52).

Dueño de una escritura sólida y convincente, el escritor barcelonés consigue en esta obra unos retratos magistrales (los de D’Annunzio o De Carolis impresionan de principio a fin), un dibujo agrio sobre las peores sombras del ser humano y un fresco impagable sobre el auge y la pudrición (nunca la muerte absoluta) de las ideas nacionalistas.

Para quitarse el sombrero.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La lengua de los ahogados



Estamos fabricados, aunque optemos por ignorarlo, de melancolía, de hondos naufragios que nos llenan la garganta de burbujas, de largas heridas por las que nos desangramos en silencio. Pero un día, de pronto, nos asalta la iluminación y atamos cabos: advertimos un brillo o un juego de espejos que nos devuelve una imagen inesperada. Y entonces comprendemos quiénes somos o por qué somos.
Los protagonistas de las historias que reúne el barcelonés Fernando Clemot en este volumen alcanzan esa revelación en instantes muy distintos; y adquieren con esa luz una nueva visión de sí mismos o de cuanto los rodea: ese padre de familia que, después de asistir al parto múltiple de su perra, recoge a todos los cachorros en una bolsa y se dirige al río para desprenderse de ellos, a la vez que aprovecha para realizar una llamada de teléfono indigna (“Canela”); ese juvenil cantante de éxito que, macerado en su vejez por las decepciones, languidece en el olvido y el anonimato (“Las orillas del Jordán”); ese hombre que, instalado en un poblado perdido y apartado de la civilización, intenta que sus habitantes se mantengan dentro de la pureza natural y alejados del fango turbio de las multinacionales (“Todos los nombres”); esa mujer que cree contemplar, desde la ventanilla del ferry en que viaja, los aspavientos desesperados de un hombre que lucha para no ahogarse (“Pirun onnekas”); o ese huésped curioso, al que le gusta indagar a través de los indicios que dejan a su paso, quiénes eran las personas que vivían en los pisos que va alquilando a lo largo del tiempo (“Inquilinos anteriores”).
Todas las vidas cuyo dibujo adorna estas narraciones están salpicadas, en mayor o menor medida, por gotas de ternura, por trallazos de acidez o por la polvorienta pátina que el silencio, la tristeza y el paso de los años depositan sobre las cosas y seres. De tal modo que leerlas se convierte en un ejercicio del que emergemos impregnados por esa aura especial que Fernando Clemot ha definido para ellas. Y, alternándose con las mismas, páginas donde nos habla de los ahogados y sus peculiares condiciones, en un equilibrio dinámico que los lectores entienden cuando se alcanza la conclusión del volumen.
Dueño de un estilo brioso y eficaz, convincente y poliédrico, el escritor barcelonés consigue repetir la magia de sus anteriores libros en un tomo cuya lectura yo recomendaría que se comenzase por el final. Suena paradójico, pero tiene su explicación. Acérquense al breve relato “La costilla de Adán” y, estoy convencido, les resultará imposible despegarse de la obra o resistirse a su lectura completa.

Lo he dicho alguna vez y no le temo nada a la repetición: estamos ante un auténtico maestro.

sábado, 29 de agosto de 2015

Polaris



Lo más asombroso, lo más terrible, lo más desconcertante de los seres humanos es que, aunque lo pretendamos, nunca llegamos a conocernos del todo a nosotros mismos. Siempre guardamos algún pliegue de sombra, alguna esquina donde no es posible indagar, algún laberinto de gelatina o podredumbre donde no existe posibilidad de sumergirse o donde no alcanza la luz, por más que pretendamos proyectarla hacia allí. Somos matriuskas infinitas donde los recuerdos, las pesadillas, la amnesia, el horror, la vergüenza o el asco se mezclan de una forma variable en la parte profunda, mientras nos esforzamos para que la máscara, la careta, el rostro, no delate ese fermento repulsivo que nos habita.
Fernando Clemot (Barcelona, 1970) lo sabe muy bien, y por eso acaba de publicar en Salto de Página una novela excelente bajo el título de Polaris, que aborda una aproximación muy inteligente al complejo espíritu humano. Tras ganar el premio Setenil por su maravillosa colección de cuentos Estancos del Chiado (2009), continuar la línea exitosa con su novela El golfo de los Poetas (2009), afianzarse con El libro de las maravillas (2011) y repetir triunfo con Safaris inolvidables (2012), Fernando Clemot nos conduce de la mano hasta una zona poco habitual para la ambientación de novelas: el círculo polar ártico. Por sus aguas navega el Eridanus, un barco de prospecciones al que se define como “un cadáver flotando en descomposición, ajeno a Dios y a las leyes de los hombres” (p.8) y que está tripulado por un grupo de personas taciturnas, agrias, crispadas, lúgubres, que reciben sus órdenes de navegación y trabajo desde la Central, un enigmático núcleo de operaciones que nadie parece conocer, pero del que emana un poder oscuro e indiscutible. De todos los personajes que fluyen silenciosos por estas páginas (el capitán Farrard, el ayudante Mutter, el contramaestre Strand, el marinero Agger) el que más protagonismo atesora es sin duda el doctor Henk Mathias Christian, del que vamos conociendo ráfagas biográficas a través del flashback, que nos van ayudando a trazar una tenebrosa cartografía interior en la que destacan su padre autoritario, su hermano siempre enfermo o sus heridas bélicas en Creta.
Moviéndose por aguas deshabitadas, arribando a islas prácticamente desiertas donde no les queda más diversión que la melancolía o la borrachera y viéndose obligados a convivir durante interminables semanas en el estrecho habitáculo de un barco hostil, donde la radio se convierte en la única compañía en medio de tinieblas eternas, una muerte vendrá a agrietar la frágil relación de estos hombres duros, que se culpan entre sí y que recurren a la violencia más atroz para castigar al presunto culpable.

Fernando Clemot vuelve a demostrar en estas páginas su extraordinaria capacidad para esculpir atmósferas con palabras y para insertar en ellas a unos personajes de psicología tortuosa, nada superficial ni complaciente. El resultado es una novela que embriaga y que puede llegar incluso a asfixiar (absténganse los lectores que gusten de las intrigas fáciles o transparentes), donde todos los miedos, las angustias, los horrores de la memoria, los perfiles angulosos de la culpa y las charcas del oprobio están acechando en cada párrafo, en cada imagen que los personajes protagonizan o rememoran. Quienes se decidan a bracear por estas páginas saldrán de ellas, puedo asegurárselo, con la musculatura robustecida y admirando al autor.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Cómo armar y desarmar un relato



Muchas personas, incluso de buena fe, opinan que los talleres literarios o los consejos que imparten los escritores consagrados no valen para gran cosa, porque es imposible comunicar el talento de la escritura. Y tal afirmación, aunque esconde una porción de verdad (el talento no se enseña), peca de irreflexiva: todas las tareas creativas mejoran cuando reciben el impulso de un aprendizaje. Un arquitecto necesita dominar el dibujo técnico; un pintor debe conocer en profundidad las condiciones de sus óleos o la más productiva combinación de colores... Y esas sabidurías se enseñan. Que luego el creador auténtico las retuerza, las deforme o las mejore es otro cantar. Pero se empieza por aprender. Con humildad, con sencillez, con prudencia.
Fernando Clemot, autor de libros tan memorables como El golfo de los Poetas o Estancos del Chiado (premio Setenil en 2009), acaba de publicar un libro que es realmente útil y valioso para quienes se adentran en el mundo de la escritura. Se titula Cómo armar y desarmar un relato y lo publica la editorial Base. Y desde el principio el autor barcelonés explica que quiere presentar este volumen «como un libro que combina lo teórico, la experiencia personal y lo práctico. Como un libro que trata de orientar, de desbrozar un camino por el que hemos tenido que pasar todos» (p.11). Y ciertamente lo consigue, partiendo de una premisa inteligente, rigurosa e indiscutible: «Es un rasgo general que los nuevos escritores se quieran pasar por alto algunas etapas de formación y llegar a los objetivos que se han propuesto (publicación, notoriedad) con rapidez y con el mínimo esfuerzo. Se ha producido un efecto de transmisión desde la sociedad a la literatura de uno de los valores más arraigados de nuestro tiempo: la inmediatez. Todo lo exigimos al instante, nuestros deseos deben ser cubiertos con celeridad: en una sociedad en que casi todo se puede comprar cuesta entender que haya algo que no se puede obtener con una tarjeta de crédito» (p.25).
Para quebrar esa tendencia, Fernando Clemot se detiene en cada uno de los pormenores que conforman la confección de un texto creativo en prosa: los tipos de narradores que se pueden elegir para contar una historia (con una interesante explicación de sus virtudes y limitaciones); un apartado práctico en el que se analizan las condiciones que debe cumplir un buen título; una breve aproximación al monólogo interior como ingrediente narrativo; el análisis de algunos inicios famosos de cuentos (para analizar sobre ellos sus aportaciones y sugerencias); la importancia de incorporar al personaje central, debidamente tratados desde el punto de vista literario, algunos elementos de la vida del autor (el llamado “fondo sentimental”)... Finalmente, el volumen se cierra con una serie de consejos sobre el formato y la presentación que debe respetar el escrito (márgenes, justificación, sangrías, etc), así como algunas indicaciones ortográficas de fácil memorización y manejo. También se incluyen un interesante texto de Fernando Clemot sobre las últimas generaciones de narradores españoles y una amplia selección de libros ordenados cronológicamente para lectores y escritores que se quieran formar de un modo completo y equilibrado.

Un libro serio e iluminador, escrito con prosa diáfana por uno de los mejores cuentistas del país, donde se nos ofrecen algunas recomendaciones para concebir, construir y presentar nuestras historias de un modo eficaz.

domingo, 17 de marzo de 2013

Safaris inolvidables




El modo en que conocí a Fernando Clemot es tan azaroso como podría serlo acertar el número ganador de la lotería o conocer en los pasillos de un supermercado a la persona que habrá de cambiarnos la vida. No hacía mucho que había estado unos días en Portugal y, a mi vuelta, vi en una librería de Murcia un volumen de cuentos que se titulaba Estancos del Chiado. Al acabar de leerlo, lo reseñé con el gozo que nos embarga siempre a los buscadores de perlas cuando hallamos una magnífica. Poco después (otra vez el azar jugando a sus anchas) le fue concedido en Molina de Segura el premio Setenil por esta obra y pude conocerlo personalmente. Al tímido que en el fondo soy aún le asombra recordar el abrazo de oso que Fernando me regaló por aquella reseña que tan a gusto escribí. Tras esa experiencia lectora, fueron las novelas El golfo de los poetas (2009) y El libro de las maravillas (2011) las que se incorporaron a mis ojos y a mi biblioteca, permitiéndome comprobar que casi nunca existen los aciertos literarios fortuitos: Fernando Clemot era —es— un autor sólido, personalísimo y durable.
Ahora tenemos la ocasión de refrendar el juicio con Safaris inolvidables, que le publica el notable sello palentino Menoscuarto, una colección de historias cortas donde el escritor barcelonés exhibe nuevamente sus asombrosas virtudes no sólo como narrador (eso siempre), sino también como dibujante y como psicólogo: marineros que han perdido trozos de ilusión y que se desmenuzan en hogares infectos y solitarios; peripecias alucinadas de un fascista italiano que construyó su propia locura, entre la aeronáutica y el mausoleo; interrogatorios policiales en los que la persona que los padece rememora, entre el humo, los rostros de personas y acciones de su pasado; una autopista de amplias dimensiones, usada como trazado de velocidad durante el nazismo; la costumbre, hermosa y perdida, de colocar flores entre las páginas de los libros... Y por encima de todas las tramas menores, un hombre que explora desde la pantalla de su ordenador, a vista de pájaro, un buen número de ciudades, ríos, valles e islas. ¿Incongruencia? En modo alguno. Todo tiene su sentido en este singular ajuste de relojería, en el que una serie de personajes (la infiel Doce, que traiciona a su pareja con un advenedizo que la lleva a hoteles de lujo; el capitán Jensen, que atraviesa el aciago camino que conduce desde la felicidad hasta el oprobio; las figuras literarias de D’Annunzio, el conde de Lautreámont, James Joyce, Genet o Leopardi, que se van cruzando como hilos invisibles de la historia) componen una red viva de conexiones y sinapsis, que el lector irá desentrañando con creciente sorpresa.
Explicaba Julián Marías en uno de sus libros que hay obras que son sólo para lectores; y no era, desde luego, una boutade. Son volúmenes que exigen una atención suplementaria, un plus de concentración, y no el aleteo acelerado con el que a veces nos sumergimos en los libros que caen en nuestras manos. Estos Safaris inolvidables pertenecen a ese grupo. Pero —y aquí el pero es crucial— la recompensa que se obtiene con el esfuerzo lector alcanza cotas elevadísimas: se sale enriquecido de esta aventura. En tiempos de hamburguesas, la narrativa de Fernando Clemot es un auténtico marrón glacé.

domingo, 1 de abril de 2012

El libro de las maravillas




Fue en 2009 cuando llegó hasta mí el volumen de cuentos Estancos del Chiado, del catalán Fernando Clemot, que me pareció subyugante y al que me alegró comprobar que concedían después el premio Setenil. Más tarde, leí con éxtasis su embriagador libro El golfo de los poetas y refrendé el juicio laudatorio que sobre este narrador barcelonés me había formado. Y ahora, publicado por el sello Barataria, se encuentra disponible un nuevo texto suyo con el marcopoliano título de El libro de las maravillas, que devoré durante la Navidad pasada y que ahora, lento y con un lápiz en la mano, he vuelto a recorrer.
Aclararé desde el principio que la mención del lápiz no es ociosa: en esta novela hay una proliferación tan notable de aforismos, una densidad tan laboriosa de frases para la reflexión que los buscadores de perlas literarias, los entomólogos de la cita, los cazadores de unicornios líricos o filosóficos encontrarán aquí su particular Eldorado. En síntesis, y sin desbaratar ninguna de las sorpresas que aguardan en el tomo, indicaré que nos encontramos en la clínica Dantas, una «sima negra» (p.55) donde nuestro protagonista convalece de su enfermedad y distrae las horas y los días escuchando y anotando todos los detalles que le resulta posible conseguir de la vida de quienes le rodean (Brígida, el doctor Andrade, el optimista Bridoso, la otoñal pero aún seductora Clara Padrel...). El modelo que adopta es clarísimo, y nos lo indica ya desde la tercera página: Rustichello de Pisa, aquel escritor que estuvo encarcelado a finales del siglo XIII con el viajero Marco Polo y que recogió al dictado los pormenores de su memoria. Porque este libro, en su línea medular, nos habla de la memoria: de cómo nuestra existencia, observada con la debida atención, presenta una asombrosa densidad («Es delirante la cantidad de pensamientos que puede contener un momento», p.203); de cómo somos el resultado de miles de podas íntimas («Tenemos la portentosa facultad de aniquilar vidas en cada decisión, a cada paso, con cada pero o negación muere una vida, en cada silencio muere en nosotros una existencia distinta, desperdiciamos en cada decisión oportunidades para ser felices o espantosamente desgraciados», p.54); de cómo los demás son siempre enigmas, cofres cerrados, sobres con lacre o matriuskas y que, si se los examina con la adecuada concentración, podemos descubrir en ellos heridas, pliegues tenebrosos o sorpresas de luz.
Fernando Clemot, como un espectador orteguiano o un voyeur del alma, deja a su protagonista mirar y decir, y luego dibuja sus observaciones con prosa lánguida, neblinosa, perfecta, que contagia al lector casi desde el principio. El resultado es una novela de atmósfera. Y me explico: hay narraciones que no sólo cuentan una historia, sino que construyen con su lenguaje, con su sintaxis, con su especial selección de elementos retóricos, un aura, un espacio propio, un aroma distinguible y único. Piensen por ejemplo en Rayuela, de Julio Cortázar; piensen en el ciclópeo Libro del desasosiego, de Fernando Pessoa; piensen en Seda, de Alessandro Baricco; o piensen en la deliciosa Sostiene Pereira, del recientemente fallecido Antonio Tabucchi. Son obras que desprenden un perfume singular. Como ocurre con El libro de las maravillas, de Fernando Clemot: un volumen que establece su territorio de lluvia, melancolía y memoria, y en el que se nos invita a entrar.
Quizá pueda parecer chocante pero, cuando llevaba un cierto número de páginas de la novela, me vino a la memoria aquel artefacto robótico que se introdujo en la pirámide de Giza en 2010 para estudiar sus galerías más peligrosas o inaccesibles. Las imágenes pudieron verse en todo el mundo a través de las pantallas de televisión, emitidas por la BBC... Creo que esta obra de Fernando Clemot tiene un poco de ese espíritu: el esfuerzo titánico para intentar entender quiénes somos, después de mirarnos por fuera y por dentro. De ahí que esta novela resulte, a mi entender, tan profunda como elegante, tan sobria como incisiva. Tan valiosa.Dijo un poeta que conocerse es el relámpago. A mí reconozco me ocurrió con este escritor: desde que leí su primer libro tuve clara mi empatía con su prosa. No creo que abandone ya esa afinidad y esa certeza.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El golfo de los Poetas




Todos atesoramos, muy adentro del alma, una fosa Challenger, un hueco profundísimo donde anidan el dolor, la melancolía, el desgarro o la tristeza. Leo Carver, escritor de antiguo éxito y actual presente arrasado, no es una excepción. Su mujer, Rocío, soporta como puede su dependencia de la bebida, que lo está minando de forma rapidísima; su hija, Selma, finge no advertir la huida vertiginosa de su padre hacia la autodestrucción. Y él, atravesado por recuerdos que le laceran el alma, ha optado por buscar sus propias respuestas volviendo a la ciudad italiana donde vivió un intenso romance de juventud con Val, a la que perdió en el vértigo de los años. “Alojo una cicatriz profunda como las que tengo en los brazos y piernas, un mordisco sin cerrar que corta de lado a lado mis recuerdos”, nos dice en la página 189. Y es cierto. El problema es que Leo Carver pretende, treinta años después, abrir la tumba donde duerme Tutankamon, e ignora si las miasmas que broten de ese sepulcro aliviarán sus pulmones o los calcinarán. Es un riesgo que, en todo caso, está dispuesto a asumir. Él sabe perfectamente que hay “mujeres para amar en el momento y mujeres para amar en el recuerdo” (p.156), pero también sabe que las mujeres del ayer están nimbadas por un halo que las mantiene exentas de imperfecciones. Val dejó de estar junto a él un 16 de noviembre, pero su imagen no se le ha borrado. De ahí que Leo Carver descuelgue el teléfono y pulse el número de Walter Serres, un compañero de juventud, que sabe todo lo que ocurrió con Val y que podrá aclararle los pormenores de aquellos días. Al final de la obra nos tocará descubrir que los dolores y los traumas no son nunca sencillos, y que en los muñequitos del vudú caben muchas agujas. Quizá demasiadas.
Fernando Clemot (Barcelona, 1970), reciente ganador del premio Setenil por su impresionante libro Estancos del Chiado (Paralelo Sur Ediciones), vuelve a elevarse con esta novela a unas cotas de pasmosa intensidad literaria, donde el lenguaje, la sintaxis y la arquitectura misma de la historia han sido mimados hasta límites que ingresan en el terreno de la orfebrería. No es extraño que con estas páginas lograse ser finalista de los premios Ateneo de Sevilla y Ciudad de Logroño, en apenas un año. El golfo de los Poetas (Barataria, 2009) impresionará a todos los buenos degustadores del género.