viernes, 9 de octubre de 2026

Los figurantes


 

Me aproximo nuevamente a un libro de la francesa Delphine de Vigan, que se titula Los figurantes y que traduce Pablo Martín Sánchez para el sello Anagrama. En ella descubrimos a unos actores que van a participar como figurantes en una producción de cine y que se encuentran charlando y realizando pruebas de vestuario. No saben de qué va la película. No saben su título. Ignoran todos los detalles del guion. Y, para más desconcierto, a cada uno le han adjudicado unas prendas que no concuerdan con las que reciben los demás: a Bruno lo han vestido con gran elegancia; a Orso, con un pijama vintage; a Joyce, con vestido elegante y tacones… Corre, además, el rumor de que uno recibirá “un papelito”, es decir, “por lo menos cinco frases”, lo cual puede suponer una oportunidad para salir de su estatus de figurantes e ingresar en otro nivel. Esperan, hablan, esperan… De hecho, mientras esperan dicen que pueden leer a Beckett (guiño de índole cultural muy oportuno, por su Esperando a Godot).

Poco a poco, vamos descubriendo también las intimidades, anhelos y tristezas de estas personas: a Cécile la ha dejado su marido por una chica más joven (“A veces tengo la impresión de que todo es pasado, como si las cosas interesantes, emocionantes de la vida hubiesen sucedido ya. Y que o bien me las perdí, o bien no les presté suficiente atención. Un poco como si hubiese perdido el tiempo buscando algo sin demasiada importancia que me parecía muy importante”); Orso reflexiona sobre la vida, entre la languidez y la desesperanza (“Todos somos figurantes. Figuramos ser lo que no somos”); Bruno también lo hace, con un tono quizá más amargo (“No pido estar en primera línea, hace tiempo que entendí que no estoy hecho para eso. Pero de vez en cuando me gustaría que alguien me mirara y me dijera: Bruno, yo sí te veo. Veo que sirves para algo y quiero darte las gracias por ello”); Joyce se siente especial y adora estar en el foco, aunque sabe que sus posibilidades de éxito son bastante escasas (“Tengo 1.852 seguidores en Instagram. No es nada. Una miseria”); Nora entiende que son masa, meros comparsas que sirven de decorado humano para la gente con brillo (“No somos más que sombras movedizas, aisladas, borrosas, al servicio de los caprichos de las grandes estrellas”). Creo que no será necesario continuar aduciendo ejemplos. La intención metafórica de Delphine de Vigan es cristalina: todos somos figurantes, porque fingimos ser lo que no somos, porque nos ponemos máscaras y usamos disfraces para atravesar la vida, pero también porque carecemos de importancia social o histórica. Somos simples hormiguitas cósmicas, auténticos microbios siderales. Polvo, ceniza, sombra, nada, como diría el clásico. ¿Hay que rebelarse o asumirlo? Lean ustedes la obra, mírense en el espejo y decidan.

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