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martes, 15 de febrero de 2022

El viaje del gusano Susano

 


Conocido es, por todos sus amigos y lectores, el cariño que Paco López Mengual siente por los gusanos de seda, cuya crianza y difusión se empeña en fomentar año tras año, regalando ejemplares a niños y adultos. Así que era cuestión de tiempo que redactase una historia tan entrañable, tan bonita y tan simpática como El viaje del gusano Susano, que publica el sello Alfaqueque e ilustra con brillantez Francisco Javier García Hernández.

En estas páginas, de hermosas letras gigantescas (que harán las delicias de los lectores iniciales, pero también la de los lectores mayores, cuya vista se encuentre cansada) descubrimos la relación de cariño y comunicación que nace entre Elena y uno de los gusanitos que guarda en la caja, que le resume de forma graciosa la manera en que sus antepasados fueron sacados de la antigua China, de donde eran originarios. Con su prosa siempre llena de gracia, ternura y humor, Paco López Mengual consigue que desde las primeras líneas la persona que está leyendo se vea inmersa en una narración encantadora y dulce, que invita a reflexionar sobre el sentido cíclico de la vida y sobre el poder de la amistad.

Apropiadísima para regalar a niños de 7 a 10 años.

sábado, 5 de febrero de 2022

La colina del árbol hueco

 


Podría decir que estoy tan maravillado como sorprendido, pero no sería verdad: de Manuel Moyano ya no me sorprende absolutamente nada. La primera acomodación al asombro se produjo cuando, tras admirarlo como cuentista, advertí que era también un excelente novelista; la segunda, cuando comprobé que igualmente se revelaba como un prodigioso microrrelatista; la tercera, el día en que lo descubrí ensayista; la cuarta (o la quinta, o la sexta, o la séptima, yo qué sé: perdí la cuenta), al encontrarme disfrutando sus libros de viajes, sus brillantes retratos antropológicos, sus versos. Y lo último ha sido comprobar que escribe para niños con la misma solvencia y con el mismo atractivo que despliega en sus páginas para adultos (inolvidables sus Aventuras del piloto Rufus). Lo acabo de refrendar leyendo esa pequeña joyita que lleva por título La colina del árbol hueco. Y a mí, qué quieren que les diga, me parece un abuso. Manuel Moyano debería tener la decencia discreta de hacer algo mal en el mundo de las letras, siquiera fuese por consideración hacia el resto de los restantes mamíferos que escriben. Digo yo.

En esta propuesta (que ilustra Francisco Javier García Hernández y que publica el sello Alfaqueque) nos encontramos con un grupo de niños que, tras la aparatosa caída de un rayo sobre un árbol hueco, comienzan a vivir una anómala aventura en la que quedan separados de sus sombras. Pero que nadie sospeche que tales excentricidades han surgido de la mente del escritor cordobés. Ni mucho menos. Él se limita a poner palabras al relato oral (absolutamente verídico) que le hizo don Ismael Marmitón, una tarde de invierno, mientras bebía una taza humeante de té hindú en su casa. Permítanme que no les revele más detalles.

Si tienen hijos, léansela en voz alta por las noches (un capítulo cada día: es lo que yo estoy haciendo ahora con los míos). Si no los tienen, léansela a ustedes mismos y volverán a la infancia. Disfrutarán, se lo aseguro, como enanos.

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Cuentos de miedo para jóvenes valientes

 



Desde que somos niños nos encandilan las zonas de misterio, los recodos en sombra, los pliegues inexplicables de la realidad. De ahí que tendamos hacia las historias donde palpitan el miedo, los fantasmas, los tesoros escondidos, las güijas, las anécdotas tenebrosas o los rumores sobre habitaciones encantadas, espejos mágicos, personas enterradas vivas o personajes siniestros que pululan (camuflados, inquietantes y enigmáticos) a nuestro alrededor.

Paco López Mengual, que es narrador inteligente, dedica su último libro a reunir quince historias en las que todos esos elementos burbujean y cobran protagonismo: la tumba que jamás ha contenido cuerpo alguno, la estudiante que acude a las aulas universitarias después de haber traspasado las fronteras de la muerte, las perturbadoras revelaciones de un licántropo, la generosidad de san Pascual Bailón (que avisa con unos golpes a sus devotos de la llegada de la Parca), las truculentas andanzas del Tío Saín (quizá el más crudo de todos los relatos, por la forma explícita en que nos cuenta su forma de actuar con las víctimas), las visitas nocturnas de un espectro ataviado de singular manera, las macabras acciones argentinas del Petiso Orejudo o el lastimoso destino de Luisa de la Torre, rica heredera enamorada de un hombre que no convence a su familia.

Quince “historias verdaderas” (así lo certifica la contraportada) que provocarán más de un espeluzno entre los lectores.

Muy recomendable.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

¿Te cuento un cuento?



El caso de Paco López Mengual es tan singular como notable. Y no porque se defina como “mercero y novelista”, ni porque comenzase a publicar pasados los cuarenta años (circunstancias que se inscriben más en el terreno de la anécdota que en el de la trascendencia), sino porque cada libro que deposita en las manos del lector constituye una sorpresa sólida y agradable, donde el humor, la fluidez narrativa y los personajes bien construidos burbujean en cada página.
Ahora, cuando ya nos había convencido como novelista, como cuentista, como articulista y como editor, la editorial ciezana Alfaqueque le publica el volumen ¿Te cuento un cuento? y nos revela su faceta como narrador infantil, al que la ilustradora Sonia Martínez González se encarga de poner colores y formas.
Se trata de seis relatos donde nos esperan muchas sorpresas, muchas sonrisas, algún escalofrío y, sobre todo, unas tremendas dosis de talento para mantener la atención de los lectores más pequeños gracias al buen uso de la palabra, del ritmo y de la composición estructural del texto.
En “Sémola, semolorum” se nos hablará de un perro cocker que ha buscado refugio debajo de una cama, por miedo a las perversas intenciones que acumula su dueño, por un suceso que tiene que ver con la magia y con un tesoro escondido; en “Mis viajes con monsieur Dupont” será fácil que se nos escape alguna lágrima con el proyecto astronáutico del niño protagonista, que reúne tanta determinación como candor; en “Mi amigo invisible se llama Chipé” tendremos que decidir si creemos en la existencia de ese compañero, a tenor de las pruebas que el narrador nos suministra durante su relato; en “El gigante” nos será presentado Antonio el de la Torrealta, un tipo noble, altiricón y con un leve retraso mental, que paseaba interminablemente por el pueblo; en “La Llave del Tiempo” se nos invitará a un viaje mágico, en el que dos épocas muy distantes quedan comunicadas en virtud de un portal misterioso; y en “La maldición del Árbol Botella” no será raro que sintamos un estremecimiento ante el tono brujesco o tenebroso que la historia va acumulando, párrafo tras párrafo.

En suma, un libro delicioso para los pequeños y sorprendente para los mayores, que podrán recuperar mientras lo leen el espíritu infantil que quizá perdieron y que se sentirán dichosos de recuperar por unas horas.


domingo, 17 de febrero de 2013

Historia del eremita



En algún lugar lo he contado ya por escrito: mi primer conocimiento de la obra de Miguel Espinosa (1926-1982) no pudo ser más desafortunado. Yo había enviado un cuento a la revista murciana Postdata y la persona que lo leyó (el siempre generoso Soren Peñalver) me dijo que iba a ser publicado a doble página en el siguiente ejemplar de la misma. Con el alborozo del joven escritor casi inédito que empieza a ver cumplidos algunos sueños literarios, acudí al quiosco cuando ésta salió... y me encontré con la amarga sorpresa de ver que estaba dedicada íntegramente al escritor caravaqueño. ¿Y este Miguel Espinosa quién es?, pensé con tanta frustración como ignorancia. Luego, por descontado, la lectura de sus páginas me anonadó; y acudí a los libros de Miguel; y los recorrí enteros; y le acabé dedicando incluso un libro a tan singular estilista (Palabras en el tiempo). Comencé receloso y concluí espinosiano.
Ahora, la tenacidad de Fernando Fernández (responsable del sello editorial Alfaqueque, radicado en Cieza) nos depara a los lectores de Miguel una inesperada joya, tan largamente anunciada como desesperantemente postergada durante años: Historia del eremita, uno de los primeros borradores de la monumental Escuela de mandarines, quizá la novela murciana más importante de todos los tiempos. ¿Y qué encontramos en esta voluminosa primera tentativa? Pues ante todo hay que decir que al lector medio (yo creo que es necesario y hasta obligatorio ser sincero) le planteará más de un problema la densidad intelectual y conceptual de sus primeras páginas, que se mantienen en un alto nivel de exigencia. Pero que si hace el esfuerzo de situarse en el mundo que Miguel dibuja para nosotros encontrará un placer infinito en sus análisis, en sus descripciones, en sus reflexiones sobre el poder, el ser humano, el tiempo y la condición de nuestra sociedad. Y sin apenas ser consciente se habrá sumergido en el océano simbólico que es en realidad este volumen, donde la política, la filosofía, la psicología y la novela caminan inextricablemente enlazadas con resultados maravillosos. Espinosa fue un observador implacable y lúcido de su época y codificó sus conclusiones en esa vasta metáfora que es la Feliz Gobernación, cuyos primeros andamios están aquí esbozados.
Leída con un lápiz en la mano (consejo que les sugiero que sigan), la obra nos entrega, además de escenas memorables donde el humor y la gravedad se aúnan para trazarnos la caricatura de un sistema social tan burdo como enervante, algunos aforismos deliciosos sobre los sentimientos humanos («Un corazón solitario es, también, un corazón absurdo», p.83), sobre la serenidad analítica que deben observar las personas juiciosas («Podrá hundirse el mundo con todo el estropicio que se quiera, y quedará impávido el corazón del sabio», pp.235-236) o sobre el desagrado que producen en el cerebro de los inteligentes los rebuznos extemporáneos de los necios («No hay cosa más dolorosa para un sabio que oír a un cernícalo opinar», p.318).
Quienes busquen un libro distraído, llevadero, insustancial y cuajado de concesiones, busquen en otro tomo, porque en Historia del eremita no lo habrán de encontrar. Quienes, por el contrario, hayan tomado la decisión de sumergirse en un volumen que les haga pensar y que los obligue al esfuerzo de mejorar su vocabulario y su capacidad de análisis, han elegido sabiamente. Ésta es su obra.

domingo, 17 de octubre de 2010

Sólo guerras perdidas




Quizá todas las culpas sean complejas y nuestras almas no sean sino desvanes donde se amontonan el escombro de los remordimientos y el estiércol de la infamia, pero en el caso de Aníbal Salinas la situación es mucho más complicada. A pesar de las ideas republicanas que su familia siempre tuvo, él se alistó de forma voluntaria en el bando rebelde durante la guerra civil de 1936 y, en las postrimerías de ese combate, aceptó una misión gobernada por la vileza: volver a su tierra natal (Los Olmos) y procurar la aniquilación de los infelices que, montaraces y desahuciados, se resistían a aceptar la derrota. Ése sería —si tuviéramos que ceñirnos a la crudeza del telegrama— el asunto de Sólo guerras perdidas, la última novela que Pascual García ha dado a la imprenta. Pero conviene recordar aquella frase lúcida de Héctor Bianciotti, en la que aseguraba que todo mal libro queda siempre reducido a su argumento.
En el caso de Pascual García (Moratalla, 1962) esto ni es ni puede ser así: la meticulosidad con la que nos describe los paisajes de la obra (los barrancos, las trochas, los páramos, la nieve), el detallismo arquitectónico de su estructura (donde cada pieza, por insignificante que se pueda antojar, cumple una función milimétrica y necesaria) y, por encima de todo, el buceo espiritual que lleva a cabo en sus personajes, colocan en nuestras manos una auténtica máquina del tiempo: el lector siente que está en los días agónicos de la guerra civil, respirando el aire gélido de Puerto Errado o Bajil y pateando las veredas agraces de Las Tablas o de Benámor. La magia del autor (lo descubrirá desde las primeras páginas el lector que se sumerja en esta novela) consigue el difícil logro de que olvidemos dónde estamos y en qué tiempo nos movemos, y nos transporta a los años dolorosos de la guerra civil, donde las traiciones, las venganzas, las mezquindades o el oprobio conformaron el escenario más conocido por los españoles.
Pero quizás la aportación más trascendente de este libro sea el dibujo que Pascual García nos da de su protagonista principal, Aníbal Salinas, al que ya conocíamos por su anterior novela, Nunca olvidaré tu nombre (Los Libros de la Frontera, 2002). Con su escritura filatélica, el novelista de Moratalla se adentra en el corazón, en el cerebro y en el alma de este militar abrupto, reacio a toda forma de remordimiento («Soy un soldado con unas órdenes que cumplir», p.145), que se sabe abocado a la villanía de localizar y reunir a los miembros del maquis para que sus superiores procedan a su exterminio. En esta operación no se dejará inquietar por el hecho de que muchos pertenezcan a familias que lo conocen o lo trataron bien durante su juventud; ni tampoco por la extrema juventud de algunos de ellos. La guerra es la guerra, y la orfandad de prejuicios debe ser la luz que guíe al buen soldado, cumplidor de su misión por encima de otras consideraciones. Lo que sucede es que Pascual García, narrador de gran inteligencia, no se desliza hasta el lado de la caricatura, sino que nos ofrece una cuádruple aproximación al personaje: la mostración de sus actos, la reproducción de sus palabras externas, la forma en que los demás lo observan y lo juzgan... y, sobre todo, el manejo de líneas en cursiva, donde asistimos a las palabras internas de Aníbal Salinas. Esa riqueza de enfoques y matices nos lo presenta como un ser desnudo y oscurísimo (valga la paradoja); alguien escindido, de psicología complicada, de móviles inextricables y que ha quedado manchado de forma indeleble por la guerra. Mientras él viaja por el paisaje de su infancia, nosotros viajamos por su paisaje interior; y descubrimos así un espíritu torturado, para el que los acontecimientos (la muerte, la mentira, la abyección) adquieren una dimensión simbólica de gran pujanza. Ninguno de nosotros sabemos, honestamente, cómo nos comportaríamos en una situación como la que el protagonista tiene que arrostrar. ¿Elegiríamos la nobleza o el fango? ¿El idealismo o la supervivencia? Aníbal Salinas, personaje poliédrico, lleno de matices, luces y sombras, es uno de los logros novelísticos más notables de la literatura murciana de los últimos tiempos.

domingo, 7 de marzo de 2010

La risa de las mujeres muertas




Estamos en el Alcázar de Sevilla, justo cuando el reconocido concertista de guitarra Julio Pretel acaba de interpretar una escogida muestra de Joaquín Rodrigo y de Bacarisse. La atmósfera ha quedado impregnada por la suavidad de la música y por el hechizo de la belleza. Pero unos instantes después el intérprete sufre un pequeño mareo y debe retirarse al interior del edificio. Es justo ahí cuando comienza la auténtica novela: Julio Pretel escuchará la voz asustada de una mujer árabe, hermosa y joven, vestida a la usanza de siglos atrás, que parece reclamar su ayuda con angustiosos aspavientos; pero antes de que pueda entender realmente lo que le quiere decir, ésta se evaporará como por arte de magia. Cuando despierta a la mañana siguiente en el hospital, una sorpresa golpeará a Julio: las cámaras del recinto son tan claras como incontestables: no había nadie en el patio frente a él. ¿Una alucinación, entonces? ¿Un fantasma? Así parece indicárselo la parte racional de su cerebro. Y también opina lo mismo Marta Alcaraz, guía oficial de los Reales Alcázares y organizadora de actos culturales en la capital hispalense, a la que pone al corriente de la extraña y vívida ensoñación.
Pero los acontecimientos querrán orientarse de otra manera cuando uno de los personajes más importantes de la ciudad andaluza, el rico empresario don Juan Sayago de Villalta, llama a Julio y le explica que esa visión no es fruto de su fantasía, sino que corresponde a lo que él considera como una especie de bucle espacio-temporal; y que la chica que él contempló frente a sí es una princesa del siglo XI, poetisa y de existencia atribulada, que respondía al nombre de Buthayna. Además, no es Julio el primero que la ve, sino que la aparición fantasmal se ha repetido en varias ocasiones desde el siglo XIV.
A partir de ese instante José Emilio Iniesta, el autor de esta narración, irá desarrollando en paralelo dos acciones de la misma intensidad: de un lado, nos mostrará los años finales de la princesa, hija del poderoso y exquisito Al-Mótamid, que sufrirá la persecución, el miedo, la esclavitud, la pobreza y el desgarro de verse separada de los suyos; de otro, nos embarcará en el rastreo que emprende Julio Pretel, obsesionado con la imagen de la chica y deseoso de saber qué le dijo cuando lo vio en el patio del Alcázar. Este denso panorama novelesco es conducido por José Emilio Iniesta con una maestría elogiable y natural, logrando que cada piedra narrativa quede colocada en su justo sitio, en su justo momento y en su justo orden. Las descripciones de los personajes son atinadas y sobrias, sin abocarse a la prolijidad; los detalles de ambientación histórica, gastronómica o indumentaria están cuidadísimos y siempre son oportunos; y hasta las pullas dirigidas contra la nación francesa (a la que el autor murciano dedica algunos dardos impregnados en curare) se encuentran moderadas por la suavidad del humor: “El difundido tópico de la avaricia gala no es ni falsedad ni calumnia, sino una de las verdades más comprobadas de la historia de la Humanidad. Basta con ver cómo los clientes se apiñan en las terrazas de cafeterías y bistrots, ocupando un espacio mínimo, sillas estrechujas y mesas diminutas. Todo pequeño, tout petit, très petit” (p.76).
Personajes como Odette (una antigua amante de Julio), los parapsicólogos Carlos y Francisco Manuel (propietarios de la librería Kenningar y expertos en psicofonías, que poseen una extraordinaria grabación donde se escucha la voz de la espectral Buthayna); el subinspector Albero (que terminará cambiando de apellido, al descubrir a su verdadero padre) o el profesor egipcio Mustafá Alí Sharkí (que le facilita a Julio Pretel un buen número de datos históricos sobre Buthayna) se irán cruzando ante los ojos de los lectores, quienes irán observando cómo componen con sabia lentitud el tejido multicolor de la novela. Y, al modo de los collages, José Emilio Iniesta facilita también, intercalados a lo largo de la obra, fragmentos escogidos de libros y reseñas que se relacionan con el tema de la novela: análisis sobre las apariciones de seres mágicos, reflexiones psicoanalíticas, recortes de prensa, etc. Cuando se cierra el volumen se tiene la sensación de haber degustado un libro excepcional, bien pensado, bien equilibrado y bien escrito. No es una sensación que asalte con demasiados volúmenes, últimamente.