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martes, 2 de junio de 2026

Espléndido naufragio


 

Sostener que la infancia es nuestro paraíso perdido se me antoja un error. Sé que muchas personas repiten o aplauden ese marbete, pero yo no creo en su verdad. Nunca lo he hecho. No se pierde (no se pierde nunca) aquello que se guarda en la memoria. Y la niñez constituye un territorio del que conservamos abundantes imágenes, así que yo apostaría, más bien, por la fórmula “paraíso intacto”, porque creo que refleja con más exactitud la idea central: que todos los amigos, los paisajes, los familiares, las anécdotas de aquel tiempo se encuentran congeladas e indestructibles en nuestra mente. Quizá ahora veamos envejecidos a los compañeros de entonces, pero nos basta cerrar los ojos para recuperarlos como eran, como siempre fueron, como siempre serán. Quizá visitemos las calles de “cuando entonces” (preciosa fórmula de Juan Carlos Onetti, que Francisco Umbral insistía en que era suya) y seamos incapaces de descubrir en ellas la vejez digna que atesoraban, o las pobrezas que exhibían, pero sabemos que un leve abatimiento de párpados nos permite recuperarlas sin cambios. El tiempo pasado está posado.

Antonio Garrido Hernández aborda en Espléndido naufragio un resumen de su ayer, explicándonos que era zurdo; que pese a nacer y vivir en Tetuán no aprendió árabe; que su padre organizaba batidas para cazar perdices y le administraba “correazos saudíes” cuando, como niño, organizaba alguna barrabasada; que las redes sociales le han permitido recuperar a algunos amigos de infancia; que la niñez tiende a la exageración y construye ambientes hiperbólicos (“Aquella acequia era nuestro Mississippi”); que su maestro don Luis era demasiado propenso al uso de la palmeta; que se encandiló con el Barcelona de Kubala; que sufrió la destemplanza climatológica durante su etapa burgalesa (“Todo el frío que tenía que pasar antes de que se produzca una nueva glaciación lo pase allí”). Y, sobre todo, nos habla de su voluntad de vivir, de vivir más, de vivir intensamente (“He visto a mis queridos hijos Carlos y Valentina empezar a tener canas, pues ahora quiero ver las canas de mis nietos y coger en brazos a un bisnieto. Sí, eso quiero”). Da igual que ustedes o yo no participemos de los paisajes o los nombres que invoca Antonio: sí que participamos (seguro) de su voluntad de refrescar recuerdos, de convertirlos en tinta, de compartirlos con aquellos que vienen a sucedernos. Por eso, este volumen lo ha escrito cada uno de nosotros en su corazón, aunque la mano ejecutora sea la suya.

Y permítanme también que les recomiende esta obra empezando por la conclusión: tiene uno de los mejores párrafos finales de libro que he leído jamás, sin exageraciones. Lamento no copiárselo aquí, por respeto a la editorial y al autor, pero acepten mi consejo y acudan al tomo, para poder disfrutarlo. Merece la pena. O, mejor dicho, merece la alegría. Toda la alegría del mundo.

jueves, 15 de enero de 2026

El regreso de la ira

 


Me adentro por un espacio narrativo titulado El regreso de la ira y que está firmado por Antonio Garrido Hernández. Es, permítanme que me adelante, espléndido. Y lo es, sobre todo, por la textura interna de sus páginas, donde el hilo argumental (una pareja de chicos homosexuales que son asesinados en la calle por energúmenos homófobos) quizá sea lo de menos, siendo importante. Y es que no nos encontramos frente a una historia típica (donde se nos cuenta lo que hacen unos personajes que se mueven por la ciudad) sino frente a una ebullición, una efervescencia de tinta, un volcán filosófico e intelectual cuyas páginas están atravesadas por graves reflexiones sobre el sentido de la vida, las variantes de la sexualidad moderna, la agresión de Putin sobre Ucrania, la monarquía española, el Mar Menor, la comprensión recta y actual de Friedrich Nietzsche, las ONGs, la subjetividad de la justicia, el lenguaje políticamente correcto, la eutanasia o los disparates que se gestan en Davos. En ese sentido, El regreso de la ira es una obra que resulta profundamente excitante, porque te obliga a pensar, te aporta ideas, te desbarata prejuicios, te suministra opciones. No hay tantos libros así, inteligentes y sensuales al mismo tiempo. Casi me siento tentado de definirlo como un aleph borgiano.

Para quienes se pregunten por los anclajes de la obra, digamos que transcurre en la ciudad levantina de Mirtea, cuyo periódico principal se llama Veritas y donde el partido político La Voz están subiendo como la espuma. No creo que se necesiten más detalles para ubicar el territorio novelesco, que nos coloca frente a un mundo que se va polarizando y radicalizando, por la derecha y por la izquierda. Y que asusta (sobre todo que asusta) por la proliferación de ira que fomenta, en ambos extremos: en un lado, para tensar a la sociedad y lograr objetivos de cambio “higiénico”; en el otro, para oponerse de forma virulenta a esos desafíos. Lejos de maniqueísmos, Antonio Garrido constata y lamenta “la ira reactiva de los siervos de babor como respuesta a la ira activa de los señores de estribor” (p.214). Ambos sectores creen haber hallado en la agresividad el camino idóneo para vencer a sus adversarios, sin recordar las palabras prudentes que Thomas More dejó anotadas en su libro Utopía: “Es una cosa inadecuada y estúpida y una señal de arrogante presunción obligar a todos los demás con la violencia y las amenazas a estar de acuerdo con aquello que uno cree que es verdadero”.

Lectura altamente recomendable.

domingo, 16 de octubre de 2022

Una hora en la ciudad

 


Lo dice Antonio Garrido Hernández en la página 23 del libro, y le asiste la razón: el gran protagonista, el auténtico y cabal protagonista de este volumen no es este personaje o el otro, sino el conjunto armónico o chirriante de ellos. Es decir, la ciudad. En concreto, la ciudad de Murcia. Ella es la que palpita, languidece, se expande, fulge, repugna o duerme en los diferentes apuntes que conforman el libro. Y la suma de todos, de extraña manera, se convierte en un dibujo onírico y a la vez real de la urbe en la que se inspira.

En sus casi doscientas cincuenta páginas nos encontramos con intensos alegatos antirracistas; con gobiernos municipales que sufren el aldabonazo de una moción de censura; con crímenes conyugales de horrendo verismo; con adolescentes que se ven afectadas por desórdenes alimenticios; con cirujanos que han de abordar un delicado trasplante de hígado; con deudas que son pagadas con una larga efusión de sangre; con accidentes laborales; con exposiciones de arte moderno y conceptual (que resulta cansino, “porque el ser humano tiene pereza de concepto, como Hegel nos hizo saber”, p.128); con una secuencia sobrecogedora que está protagonizada por dos ancianos; con un obispo aguerrido y anómalo, que no duda en denunciar ante la justicia a un cura pederasta, con el que mantiene una entrevista desagradable; con la “ciudad subterránea” de la droga, que es siempre la parte que no ven los ciudadanos normales; con los tanatorios, donde comienza el infinito viaje que atraviesa la nada; o con gorrillas que, en una rápida charla, nos informan sobre la condición de su estado.

Adéntrense los lectores por este laberinto de jubilados, empresas de telefonía, parques, cajeros automáticos, semáforos epilépticos, peatones desoficiados o coléricos, rotondas, versos de Vicente Medina, purísimas de Salzillo o vendedores de pescado en la plaza de Verónicas. Creo que encontrarán, sumadas todas las imágenes, el perfume extraño de la ciudad, que era lo que el autor pretendía.

sábado, 10 de septiembre de 2022

La patera

 


Si, como tan melancólicamente entonó Enrique Santos Discépolo, el siglo XX fue problemático y febril, ya se insinúa en el horizonte que el XXI quizá merezca en el futuro unos adjetivos algo más agrios y estruendosos. En su primera década se produjo una contundente crisis económica, ocasionada por bancos, políticos e inmobiliarias, que bombardeó la quebradiza felicidad de la gente; en la segunda estalló una crisis sanitaria que hizo tambalearse los restos de inocencia que pudieran quedarle; y en la tercera vemos resucitar el horror de una hipotética Tercera Guerra Mundial, con las tropas rusas y ucranianas enzarzadas en un conflicto impulsado por demasiados intereses y demasiadas presiones invisibles.

En medio de ese marasmo, Antonio Garrido Hernández publica su libro de relatos La patera, subtitulado oportunamente “Cuentos para tres crisis”. Y en sus atinadas páginas nos encontramos con los temas y personajes que rodean nuestro vivir desde hace años: directores de cajas de ahorro que participan desde el fervor o desde el remordimiento en el gran abuso (“Las entidades financieras pusieron un negocio lucrativo de venta de sogas para ahorcarse”, escribe el autor en la p.107); policías que intervienen con secreta vergüenza en la ejecución de los desahucios, sabiendo que los expulsados suelen ser pobres gentes no han delinquido; trabajadores que, atropellados por la vileza de los de arriba, aceptan empleos precarios para conseguir un poco de dinero con el que mantener a sus familias; negacionistas y apocalípticos, que descreen de la esfericidad de la Tierra, de la eficacia de las vacunas y de todo lo que haga falta; políticos desbordados e ineficaces, que se aferran como garrapatas a la ubre del poder para no renunciar a sus beneficios… Antonio Garrido los utiliza a todos para dibujar un gran fresco social de la España (y el mundo) del siglo XXI donde, por motivos terapéuticos, también introduce algunas muy logradas pinceladas de humor: Putin muriendo atragantado con un hueso de pollo criado en Ucrania; una España que ha elegido convertirse en república, tras la nefasta experiencia con el rey Froilán I; o un Carlos Alcaraz que ya guarda en las vitrinas de su casa treinta trofeos del Grand Slam.

Si me permiten dos consejos, les sugiero que se fijen especialmente en el final asombroso del relato que abre el libro (“La patera”); y que preparen la piel para un escalofrío al observar el color de la libreta de apuntes que aparece en la narración “El programa electoral”.

Un libro estupendo, con el que se recuerda, se reflexiona y se disfruta.