jueves, 16 de julio de 2026

Cartas a Leonor


 

Recuerdo perfectamente (creo que muchos recordamos perfectamente) los días de la pandemia del covid. Aquella sensación de claustrofobia, de ansiedad, de temor, de incertidumbre, de zozobra. Aquellos números terribles de víctimas, que crecían a diario en las pantallas de la tele y el ordenador. Aquella desolación de calles vacías, vistas desde una ventana. Aquel silencio.

Lola también lo recordará, porque el confinamiento la alejó de su grupo de vóley, de sus amigas y del chico que le gustaba (Lucas), para encerrarla en un hogar pequeño, con sus padres (con quienes mantiene una relación fría y cortante) y con su abuela Leonor (a la que acogieron unos días antes, por sus problemas graves de memoria). Harta de aquella cárcel incómoda, su carácter se vuelve más irascible y responde a todos con acrimonia. Por fortuna, el temperamento dulce, calmado y conciliador de su abuela servirá para que todo se desarrolle con menos tensión, sobre todo desde el momento en que la anciana empiece a contarle a su nieta sus recuerdos de juventud, donde reinó la figura de Antonio, un muchacho de Soria… que no fue el abuelo de Lola. Los poemas de Campos de Castilla y una vieja carta del chico (la última que le envió) servirán para que Lola empiece a entender lo que realmente deberá hacer cuando terminen los días del coronavirus, guiada por una frase de Leonor, que se convierte en columna vertebral del relato: “La historia de esta familia continuará contigo: tú eres la memoria viva de tus abuelos, de tus padres, de todos los que se fueron y de los que no están. Mi historia personal desaparecerá conmigo porque nadie más la conoce”.

Con el desarrollo de una doble línea narrativa muy interesante (el ayer de la abuela y el hoy de la nieta), la novelista madrileña nos va guiando a los lectores hacia el mañana de todos los personajes, que se iniciará en un cementerio, donde tres lápidas se convierten en culminación y protagonistas de un relato magnífico, emotivo y admirable, en el que literatura, amor y vida enlazan sus dedos. ¿Un libro para jóvenes? Por supuesto. ¿Un libro para enamorados de la poesía? Que nadie lo ponga en duda. Pero, sobre todo, una novela profundamente humana, en la que se exploran las dudas juveniles (la amistad, el amor, las relaciones con los padres), la quebradiza condición de la “normalidad” (que puede verse alterada por algo tan asombroso como un virus) y la fortaleza que podemos extraer, si somos capaces de buscarla, dentro de nuestro espíritu. Un libro para llorar, para aprender y para aplaudir.

miércoles, 15 de julio de 2026

La muerte ajena

 


Los hechos son terribles: una chica de veintitrés años, llamada Juliana Gutiérrez, ha caído desde el quinto piso de un edificio del barrio de la Recoleta (Buenos Aires) y se encuentra en un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero son los detalles los que enturbian pronto la historia: la chica estaba drogada; la chica estaba desnuda; la chica estaba en el apartamento del empresario Santiago Sánchez Pardo; la chica trabajaba como escort (acompañante vip con derecho a prestaciones sexuales). De inmediato, surgen las dudas y las hipótesis: ¿se trata de un accidente, de un suicidio o de un asesinato? Añadamos más condimentos al plato principal: Juliana compartía padre con Verónica Balda, famosa periodista radiofónica, quien pronto comienza a interesarse por el caso, sobre todo porque los rumores crecen y se enredan de una forma imparable. Se habla de prostitución de lujo, se habla de empresarios que controlan el poder de forma secreta, se habla de intervención de los servicios secretos argentinos. Añadamos un segundo plato al menú: Juliana tenía grabaciones de audio, documentos fotografiados y todo tipo de pruebas que incriminaban a su sugar daddy (Santiago Sánchez) en tramas tan oscuras como inquietantes; y quería que esas pruebas llegaran a las manos de Verónica, para que las utilizase como base de una investigación y de un proceso legal.

Esos mimbres argumentales, que podría haber servido para construir una novela sencilla, rectilínea y comercial, sirven a Claudia Piñeiro para conformar un relato poliédrico, donde varios personajes se erigen sucesiva y complementariamente en narradores: Leticia Zambrano (quien trabaja con Verónica y compartió con ella el premio Rey de España de periodismo), Pablo Ferrer (pareja de Verónica) y, por supuesto, las revelaciones parciales, pero muy significativas, de Juliana, Santiago o la propia Verónica. A ese mosaico laberíntico es invitada a sumarse la persona que está leyendo, quien tendrá que unir las piezas y restablecer, en la medida de lo posible, lo que realmente ocurrió en este “entramado de sexo, poder, política y servicios secretos” que se parece, triste y certeramente, al mundo en que vivimos. La propia narradora bonaerense lo dice: “Estamos parados sobre el juego de la oca más siniestro, dando pasos hacia atrás. Es evidente que una ola ultraconservadora se esparce por el mundo entero, no sólo por nuestro país. Lo que parecía superado, regresa. Los consensos se rompen, los derechos que parecían adquiridos para siempre se ponen en cuestión y peligran. Lo que se callaba porque era vergonzante, ahora se grita a los cuatro vientos. Muy triste”. ¿Les suena ese análisis? ¿Están conformes con él? Frente a los novelistas que se atascan en una visión férrea o que nos invitan a aceptarla sin más vacilaciones, Piñeiro nos propone la duda (“La verdad no es lo que cuenta Pablo. La verdad no es lo que cuenta Zambrano. Tampoco es lo que cuento yo”). La realidad es un territorio cenagoso, donde el poder, los traumas familiares, el dinero, la prostitución, la libertad, la mentira y el crimen campean, y donde no cabe asumir posturas ingenuas o unilaterales: con esa zozobra, casi cuántica, debemos afrontar la lectura.

martes, 14 de julio de 2026

El viaje a ninguna parte

 


Ha habido, por fortuna, muchos libros con cuyo final me he emocionado, pero poquísimos con los que haya llorado (literalmente) mientras recorría sus últimas páginas, teniendo que pararme porque las lágrimas me empañaban los párrafos. Ahora me ha vuelto a ocurrir con El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán-Gómez. No soy palabrotero, como bien saben quienes me conocen, pero qué puta maravilla. Qué jodida genialidad. Qué impagable e irrepetible retrato sobre una profesión arrastrada y ambulante como fue la de los cómicos, aplaudidos durante el ratito de la representación y despreciados como perros durante las veintitrés horas restantes del día. Viviendo de mendrugos, soportando pedradas y expulsiones, mirados con suspicacia en tabernas y fondas, extranjeros en todos los pueblos de España e incluso enterrados fuera del espacio sagrado.

En esta obra escuchamos la voz de Carlos Galván, un viejo actor que está ingresado en la Residencia de Ancianos San Carlos Borromeo y que resume para el doctor Arencibia muchos detalles de su trayectoria. Le habla de sus difíciles inicios, cuando la compañía actuaba en bares, plazas y cuchitriles inmundos, sin más pago que algunas monedas lanzadas casi con desdén; de la  competencia que mantenían (tan desigual) con el cine (ah, el personaje de Solís), los seriales de la radio y el fútbol; de la desoladora tristeza de no comer todos los días, porque la recaudación no daba para esos dispendios (su hijo Carlitos juega partidos de fútbol porque le dan la merienda; y alguna chica de la compañía abandona para trabajar en un bar “de camareras” o se muestra dispuesta “a todo” a cambio del sustento); de la búsqueda constante de pueblecillos donde se les acepten dos o tres días de función, para saber que se comerá caliente esas jornadas. Uno de los personajes de la obra, mirando a la vez con desdén y con pena a los actores, les dicen que ellos son ya fantasmas, personajes anacrónicos a los que barrerá muy pronto el viento de la historia; y, aunque son conscientes de esa amarga verdad (“Yo sé que el teatro no morirá nunca. También es teatro lo que hacen por la radio. Y lo que echa el jodío Solís en su cine. Pero este nuestro de los caminos se ha acabado, está dando las boqueadas”), siguen dibujándose bigotes y declamando con sus voces gangosas, para provocar los aplausos y las carcajadas del público.

Al final, justo al final, descubrimos la última fantasía consoladora de Galván, que tiene un brillo inigualable y que les ruego que visiten, antes de ver la película. Les aseguro que aplaudirán, puestos en pie, al viejo cómico Fernando Fernán-Gómez.

lunes, 13 de julio de 2026

El gran gigante bonachón


 

Siempre me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial, que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.

Roald Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que, descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza, ¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.

Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.

domingo, 12 de julio de 2026

Clarissa


 

Sigo con los libros de Stefan Zweig, de quien ahora recorro su novela inconclusa Clarissa, en la traducción de Marina Bornas Montaña para el sello Acantilado. Su protagonista es la hija de un militar austríaco que, huérfana de madre y criada en el colegio de un convento en Viena desde los ocho hasta los dieciocho años, tiene que enfrentarse sola al mundo cuando su progenitor, apartado del servicio, decide irse de la ciudad. Tanto su hermano como ella tendrán que abrirse camino en la vida de un modo autónomo: él, como militar; ella, como ayudante del psiquiatra Silberstein, quien no comparte con su colega Sigmund Freud la idea de que conocer el origen de las neurosis sea positivo para sanarlas: él prefiere aportar al paciente otra obsesión distinta, que le resulte inofensiva… y útil (“Más bien creo que se sienten mucho mejor los que no conocen sus puntos débiles. Es mejor no conocer jamás tus propias flaquezas”). Durante un congreso en Lucerna, al que asiste por indicación de Silberstein, conoce a Léonard, un profesor de instituto de Dijon, que cree en el poder de la educación, en el socialismo y en la importancia de la gente anónima (“¡Ah! Amo a la gente pequeña, a los no ambiciosos, a los que no hacen ruido, a los comedidos; son los fuertes y justos sobre los cuales, según la Biblia, se erige el mundo”), además de odiar la guerra y considerar las ideas nacionalistas como altamente peligrosas (“El nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones. En el patriotismo. ¿De qué nos sirve ser honrados y bienintencionados si encima de nosotros hay un puñado de personas que no quieren serlo? Ellos miran las banderas extranjeras con la hostilidad del toro que se abalanza sobre la tela roja. Tenemos que romper con el patriotismo. ¡Al diablo con las naciones!”). Fruto de esa relación, que se inicia como amistad y que culmina como amor, es el embarazo de Clarissa, que no descubrirá hasta que, unas semanas más tarde, se encuentren en plena Guerra Mundial, con él en Francia (su país de origen) y ella en Austria: el azar caprichoso de la geopolítica los ha convertido en enemigos.

Una novela excelente, como no podía ser de otro modo, llena de inteligentes reflexiones sobre el honor, la honradez, el amor, la fidelidad y la entereza; pero que deja un poso agridulce en los ojos cuando, al llegar a las páginas finales, comprendemos que la historia no terminaba ahí. Qué pena.

sábado, 11 de julio de 2026

Amores en fuga


 

Cada amor, como cada muerte y cada vida, crece y se dibuja con ropajes distintos. Es cierto que hay patrones, repeticiones y recurrencias; pero también es verdad que los matices (que pueden llegar a ser millonarios) convierten en única cada experiencia. El inteligente y brillante narrador alemán Bernhard Schlink, que lo sabe muy bien, nos entrega en Amores en fuga una serie de relatos que, traducidos por Joan Parra Contreras, leo con auténtico placer. Y en ellos descubro obsesiones, liturgias, decepciones, esplendores y lágrimas que, en proporciones variables, jalonan siete experiencias de gran intensidad: el hombre que ha crecido junto a un cuadro misterioso que su padre ha querido proteger y ocultar, sin que hasta sus años adultos se formule preguntas y extraiga conclusiones sobre el mismo (“La niña de la lagartija”); una amistad surgida entre personas del Berlín Este y el Berlín Oeste, en los años que rodean a la inminente destrucción (mal llamada “caída”) del Muro (“El salto”); el viudo que, en pleno dolor por la pérdida de su mujer, descubre de forma triste y azarosa que ella mantuvo una aventura con otro hombre durante años (“El otro”); el exitoso arquitecto que, voluble y sin someterse a cortapisas morales, mantiene vínculos sexuales con dos amantes, a la vez que sigue casado con Jutta (“Guisantes”); el joven alemán que, enamorado de una chica judía y consciente de que pertenecen a mundos antagónicos, decide acometer un acto simbólico para merecer su amor (“La circuncisión”); la tristeza de un enviado de paz que, tarde (casi siempre es tarde cuando se descubren las cosas importantes), comprende que no ha sido demasiado cariñoso con la persona a la que más quiere (“El hijo”); o el hombre que, perseguido por un sueño recurrente, se descubre atrapado por él mientras viaja con su esposa por los Estados Unidos (“La mujer de la gasolinera”).

Los relatos son de una belleza y una perfección formal muy notables, pero quizá su mayor atractivo resida en la manera en que capturan y convierten en tinta las decepciones, los yerros, las congojas irremediables que asaltan al ser humano cuando mira hacia atrás y comprende que, en cierta bifurcación que la vida le puso delante, optó por el camino equivocado.

viernes, 10 de julio de 2026

Fervor de Buenos Aires

 


Con dos poemas muy significativos comienza Jorge Luis Borges (un veinteañero cuando el libro fue publicado) su obra Fervor de Buenos Aires. En el primero nos habla de las calles de la capital argentina, los cuales “ya son mi entraña”; en el segundo se detiene a comentarnos sus impresiones sobre la Recoleta, el famoso cementerio donde descansan Eva Perón o Domingo Faustino Sarmiento (un recinto al que etiqueta como “El lugar de mi ceniza”). No se puede definir un espacio emocional con más exactitud: las calles de los vivos y las calles de los muertos. O, dicho de otro modo, el Buenos Aires de los ojos abiertos y el Buenos Aires de los ojos cerrados. Su Buenos Aires. A partir de ese momento, todo el fervor pregonado desde el título, todo el amor y la exaltación que Borges sentía en su pecho se va expandiendo por ciertas luces que declinan en los atardeceres (“Calle desconocida”); largas horas donde los naipes parecen detener el tiempo y establecer su propio ritmo (“El truco”); homenajes a su abuelo, el coronel Isidoro Suárez (quien “dilató su valor sobre los Andes” y del que pregona que “la audacia fue costumbre de su espada”); la constatación de que incluso el ser más infame queda, con el paso del tiempo, reducido a la sombra de la insignificancia (“Rosas”); el núcleo urbano como condensador o amalgama de todos los tiempos del poeta (“Esta ciudad que yo creí mi pasado / es mi porvenir, mi presente”); la presencia triste de algún mendigo, que “agrava la tristeza de la tarde”; e incluso algún homenaje literario, como el que rinde a “Walt Whitman, cuyo nombre es el universo”.

Poco más de veinte años tenía, sí, pero qué voz tan depurada y tan brillante se advierte en estos poemas, que prefiguran ya lo que vendría a continuación. Pocos escritores maduros están ya en el escritor inicial. En el caso de Borges, entiendo que sí se produce en buena medida ese milagro venturoso.

jueves, 9 de julio de 2026

Prohibido suicidarse en primavera

 


Prohibido suicidarse en primavera. Podría ser el título de una comedia, en la que burbujeasen bromas, brillasen los juegos de palabras y flamearan las banderas del optimismo y el buen humor. Podría ser también el título de un drama amargo, donde se desnudara el alma de unos personajes heridos, que buscan en la muerte el alivio eficaz y último para sus desventuras. Entonces aparecen la mirada triste y la pluma inigualable de Alejandro Casona, y nos lanza un interrogante: ¿Y por qué no ambas cosas? Para construir esa gloriosa mezcla nos invita a imaginarnos “en el Hogar del Suicida, sanatorio de almas del doctor Ariel”, un lugar donde las personas desesperadas pueden hospedarse mientras piensan en el mejor modo de quitarse la vida. En realidad, se trata de un centro dirigido por el doctor Roda (discípulo y admirador de Ariel, un benefactor que pertenecía a una familia de suicidas y que logró evitar para sí mismo ese destino deprimente fundando este espacio); y el objetivo de su trabajo es lograr que sus usuarios desechen la idea de la muerte gracias a la belleza del entorno y el trato con los demás. En este Hogar casi surrealista encontraremos a un doctor que, sabiéndose gravemente enfermo, dio muerte a su hija paralítica para que no se quedara sola tras su desaparición; a un enamorado hiperbólico que no ha conseguido el amor de la cantante de ópera Cora Yako; a Hans, que ha perdido todo cuanto tenía y que percibe este centro como su destino final; a Chole, quien sabiéndose querida por dos hermanos (Fernando y Juan), estima que el suicidio es la forma de liberarlos de su presencia (Borges, en su cuento “La intrusa”, eligió una conclusión no menos drástica). Son personas atribuladas, heridas por el desamor, huérfanas de brújulas, a quienes Alejandro Casona nos presenta con infinita ternura y con infinita bondad, y con los que se permite, además de una mirada compasiva, algunos instantes de humor para aliviar su zozobra. Sirva como ejemplo la secuencia en que una mujer llena de entusiasmo, le dice a su amado: “Yo te imaginaba vibrante, apasionado… ¡Subiéndote por las paredes al verme, arrancando las retamas al correr, saltándome a los hombros!”. El chico, avasallado por su facundia, le replica con ingenio: “Tú te imaginabas un cruce de jabalí y orangután”.

Ese es Alejandro Casona: el dramaturgo delicado, respetuoso y sensible, que dibuja sus obras con una enorme dosis de humanidad y que nos invita en todo momento a mirar con cariño y con piedad a sus criaturas. Porque podríamos ser nosotros.

miércoles, 8 de julio de 2026

Yo que fui un perro


 

Leo el libro Yo que fui un perro, de Antonio Soler, y me produce unas sensaciones intensas y contradictorias, de atracción (literaria) y de rechazo (íntimo). El protagonista es un estudiante de medicina, Carlos, que vive con su madre (el padre murió) y cuya mente parece estar sometida a un continuo oleaje de rarezas: se concentra en limpiar con un paño húmedo las hojas de las aspidistras de su casa; imagina tragedias tan aparatosas como inquietantes (“Mi madre había ido a un pueblo con su amiga Carmen. Tardó. Pensé que había tenido un accidente de coche y que tendría que ir al hospital o al cementerio. Reconocer el cadáver. Lo imaginé en una de las mesas de la sala de Prácticas de Anatomía. Casi busco en los cajones para mirar lo del seguro de defunción”); observa su entorno con unas pupilas siempre negativas y macabras (“La noche lo convierte todo en un pozo. He sentido ganas de llorar. Me ha dado miedo asomarme a la ventana y ver los edificios como lápidas flotando en la oscuridad”); se obsesiona por las relaciones sentimentales que haya podido tener su novia (Yolanda) y que lo hieren como si fueran bisturíes (es un celoso patológico), además de pretender regular sus acciones, sus simpatías y su horario (“Le comenté las cosas que no debe hacer. Tampoco me agrada la amistad tan estrecha que ha alcanzado con Verónica. No le dije nada sobre eso. Mejor dosificar. Como se hace con los medicamentos”); y que, en ocasiones, incluso llega a ser consciente de lo arduo y conflictivo de su carácter (“A veces pienso que quien hace esas cosas es otro. Alguien que nada tiene que ver conmigo. Alguien que incluso se burla de mí. O por lo menos que me sabotea. No voy a saber quién soy hasta dentro de no sé cuánto tiempo. Y tampoco hace falta porque así soy más libre”).

Alrededor de este personaje controlador y egocéntrico, que no se considera amigo de nadie (él es superior), que se masturba cada dos por tres pensando en amigas o en madres de amigos y que se muestra refractario incluso a la hora de expresar dolor por la muerte de un compañero, todo parece quedar cenagosamente turbio. Como ejemplo, sus continuas rupturas y reconciliaciones con Yolanda, que se repiten de forma irritantemente tediosa; o la manera infame (pero reveladora desde el punto de vista freudiano) en que espía a su propia madre, porque un simple número de teléfono le hace pensar que tiene un amante o porque su amistad con Carmen le parece “sospechosa” de lesbianismo. Con ese dibujo anímico, a nadie le resultará extraño que Carlos vigile a Yolanda, que cronometre sus entradas y salidas, que la coja “demasiado fuerte” del brazo o que, en los párrafos últimos, incurra en violencias más execrables.

Novela incómoda, contundente y ríspida, cuya lectura provoca malestar y que probablemente no sea adecuada, por su dureza, para todos los públicos.

lunes, 29 de junio de 2026

Todos hacen daño

 


Decía Nietzsche (un tipo que, mientras le crecía el bigote, pensaba) que el hombre superior es un niño y un bailarín. Un niño, porque juega con la existencia; un bailarín, porque convierte cada salto, cada pirueta, cada giro, en una apuesta y un riesgo. Creo que al filósofo de Röcken no le molestaría que yo incluyese a José Antonio Jiménez-Barbero en ese ámbito, porque sus libros incorporan siempre, a partes iguales, brillantez y riesgo, inocencia y arrojo. Como afirmaba Camilo José Cela, mantenerse dentro de una línea sabiendo que es exitosa resulta sin duda legítimo (la mayor parte de los escritores lo hacen), pero más admirable se antoja acometer peligros, proponer rutas poco transitadas y pensar que el creador tiene que mostrar, a veces, alma de funambulista.

En Todos hacen daño (que obtuvo el I Premio Maluma de novela), el amante del género va a encontrar todos los ingredientes que lo hacen feliz: crímenes tan brutales como inesperados, identidades encubiertas, policías que se han dejado seducir por las mieles infames del dinero, investigadores privados que recorren calles y locales de alterne, traiciones, odios, fidelidades peligrosas, piratas informáticos, mercenarios venidos de Europa del Este, chicas vírgenes que son secuestradas y violadas para convertirlas en prostitutas… Nada echará en falta, se lo puedo asegurar. Tampoco podrá quejarse del ritmo de la obra, tramado con un primor casi cinematográfico y con altas dosis de adrenalina (no se pierdan las secuencias en las que las balas silban, auténticamente taquicárdicas). Ni del modo en que el autor trenza, y luego destrenza, las hebras de su relato, dejando solamente una (la más inquietante) en suspenso. Pero me parece incluso más importante señalar lo que va a descubrir en estas páginas el lector que no sea demasiado entusiasta del género: una excelente demostración de cómo contar maravillosamente una historia, dando profundidad a los personajes, diseñando un ritmo endiablado y logrando que, al final, el corazón palpite de rabia y de zozobra (también de ternura y de alivio), porque el autor ha conseguido que su relato fluya por las venas de quien ha decidido sumergirse en él.

Discrepo, eso también lo debo decir, con el título de la obra. No todos hacen daño. Es una generalización con la que no puedo estar de acuerdo. Algunos no hacen daño, sino que “hacen alegría”. Por ejemplo, José Antonio Jiménez-Barbero, cada vez que tiene la buena idea (y se toma el arduo trabajo) de escribir una novela. Ojalá ese gozo se repita muchas veces más.

domingo, 28 de junio de 2026

La primavera en viaje hacia el invierno


 

Vuelvo al universo narrativo de Pedro García Montalvo con los relatos contenidos en el volumen La primavera en viaje hacia el invierno, en el que las secuencias parecen configurar su propio tempo musical. Los adjetivos, como pinceladas de color, y el ritmo de las frases, con su cadencia única, establecen la respiración que los lectores deben adoptar para comprender la esencia última de los cuentos. A veces, el narrador nos pedirá que asistamos a una excursión escolar a orillas del río Segura, donde una pícara broma hará posible que el tímido profesor don Toribio, un latinista cuarentón con muy poco don de gentes, quede como un héroe ante la joven Adela (“Divertimento”); otras, nos presentará a la bellísima condesa Ángela de Yeste, que habría de convertirse después en protagonista de su novela El intermediario, que consigné en este Librario íntimo hace pocos días (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/06/el-intermediario.html); o nos presentará a una chica que, normalmente sensata y prudente, se atolondra cuando el amor prende en su pecho (“El rostro”); o nos dibuja asechanzas más bien equívocas, como la protagonizada por el musicólogo Tomás Tarazona (“La venta de la Virgen”); o, en fin, explora laberintos más oscuros del alma humana, que reconocemos como propios, con horror, cuando deslizamos los ojos por los párrafos del relato (“Un monólogo”).

No necesita muchas páginas García Montalvo para construir sus propuestas, y eso las vuelve tan sólidas, tan condensadas, tan admirables. Releerlas al cabo de cuarenta años ha supuesto un auténtico placer.

sábado, 27 de junio de 2026

El último caso de Unamuno

 


En la última reseña que le dediqué al zamorano Luis García Jambrina, por su novela El manuscrito de nieve (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/03/el-manuscrito-de-nieve.html), señalé un procedimiento que, a mi entender, volvía defectuosa la obra: su tendencia a amontonar datos históricos, artísticos y de todo tipo de una manera poco acertada. Dos años después, me animo con otra de las producciones del autor, aparecida en 2026: El último caso de Unamuno. Y me siento muy feliz de emitir un juicio totalmente distinto: la obra es excelente. Las informaciones históricas, políticas, culturales y militares siguen siendo oceánicas (la ambientación de la novela en 1936 así lo requiere), pero el autor ha sabido encauzarlas de un modo magnífico, sin que el lector sienta que chirrían.

La base del libro se articula sobre dos líneas policiales que caminan de forma cercana. En la primera, descubrimos cómo el insigne escritor don Miguel de Unamuno investiga el misterioso suicidio del catedrático de Derecho don Daniel Carbajo. Su esposa descubrió el cuerpo ahorcado en su despacho, que permanecía con la llave echada por dentro; pero era reacia a considerar que su marido, profundamente religioso, hubiera optado por acabar con su existencia de una forma tan inopinada y tan herética. En la segunda, nos encontramos con la súbita muerte del propio Unamuno, que sufrió un colapso mientras charlaba junto a su mesa con el joven profesor falangista Bartolomé Aragón. Muy habilidoso y muy sólido en su exposición novelesca, Luis García Jambrina nos va planteando en capítulos alternos este doble enigma, introduciendo personajes de tanta densidad y envergadura como Millán Astray, Francisco Franco, Giménez Caballero o Carmen Polo. Y esculpiendo también una doble línea de protagonistas-detectives, porque si en la primera es don Miguel el eje vertebrador, en la segunda ocupan ese lugar sus amigos Teresa Maragall López y Manuel Rivera Jambrina. Este último, de hecho, se plantea incluso la posibilidad de escribir alguna vez esta historia, para que las generaciones futuras conozcan la verdad (“La novela, si es que alguna vez llegaba a escribirla, tendría, pues, una doble trama entrecruzada y una doble línea temporal; en una, don Miguel sería el detective o sujeto investigador y, en la otra, la víctima o el objeto de la investigación”, p.234).

Como se trata de un libro detectivesco (aunque no queda reducido a esa simple dimensión), resultaría muy ingrato desvelarles detalles que erosionaran la eficacia de sus sorpresas. Sí les diré que, al acabarlo, queda en el ánimo de los lectores la sensación poderosa de que todo podría ser verdad (sensación que las consultas que se realizan en Internet parecen corroborar). García Jambrina ha construido su historia con mimbres tan bien trenzados y tan verosímiles que te convence. Es un asombroso logro, que aplaudo con energía.

jueves, 25 de junio de 2026

Los árboles mueren de pie

 


Entramos en el espacio escénico de Los árboles mueren de pie, invitados por el gran Alejandro Casona, y lo que allí descubrimos no puede ser más chocante, con personajes que van disfrazados (y que se cambian de disfraz) y con frases que nos suenan a delirio o tomadura de pelo. Al cabo de varias páginas, la perplejidad que sienten los personajes que han entrado con nosotros (Balboa e Isabel) es tan enorme como la nuestra. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Nos encontramos quizá en un manicomio, en el que los orates han logrado hacerse con el control? No lo vamos a averiguar hasta que aparece el doctor que dirige la institución, quien le explica a Isabel que, en realidad, son personas que trabajan para otorgar caridad y poesía al alma de las personas necesitadas (“¿Quién ha pensado en los que se mueren sin un solo recuerdo hermoso? ¿En los que no han visto realizado un sueño?”). Son constructores de sueños, aliviadores de penas, maquilladores de la angustia: uno de los colaboradores reparte conejos por el monte para hacer felices a los cazadores pobres; otro roba a los ladrones primerizos para que abandonen la delincuencia… Ante la perplejidad de Isabel, el doctor lo tiene claro: “Tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos”.

Encandilada con el proyecto, Isabel se anima a participar en él, y pronto llega la ocasión de estrenarse: el anciano Balboa necesita que un matrimonio joven se instale en su casa, fingiendo ser su nieto (que abandonó el hogar hace veinte años) y su esposa, para conseguir que la anciana abuela no muera de tristeza; y, sobre todo, que no descubra que su auténtico nieto es un desalmado delincuente, dado a todo tipo de crímenes. ¿Será posible mantener esta bondadosa farsa durante unos días? Y las personas que la lleven a cabo, ¿serán después las mismas?

Adoro a Alejandro Casona. Ninguna de sus obras me ha decepcionado jamás. Tampoco lo hace ahora, con esta bella reflexión sobre la generosidad, la entereza, la dignidad y el amor. Así que la gran pregunta tal vez sea por qué no leo todas las que me faltan y las voy dejando en este Librario. Hummm, ¿por qué no?

miércoles, 24 de junio de 2026

El reino de la nada

 


Muchas son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada, el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño (“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento (“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas, absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de “Aire”.

Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.

martes, 23 de junio de 2026

Caminos que conducen a esto

 


Cuando me siento en el sillón y abro un libro de Andrés Ortiz Tafur, ya sé que me voy a sorprender. No sé cómo ni por dónde, pero tengo claro que el escritor de Linares va a conseguir dejarme K.O. con la magia, la fantasía y la rotundidad de sus historias. Me ocurre con algunos escritores (Monzó, Cortázar, Moyano, Olgoso) y por esa razón me gusta volver continuamente a sus páginas. Ahora lo hago con Caminos que conducen a esto, un chispeante volumen que publicó en El Desván de la memoria y que leo en la edición de 2013.

Con la inagotable destreza de un prestidigitador, Andrés nos habla de una mujer no especialmente agraciada, que se instala en cierto lugar y aspira a convertirlo en un refugio para personas feas, que olviden allí sus traumas; de sueños que se expanden hacia la vigilia, o que establecen enigmáticos diálogos con ella; de asombrosas naranjas blancas (tan infrecuentes como las manzanas azules); de una Eva insaciable que no termina de encontrar en el Edén su pareja idónea, para decepción y abatimiento de Adán; de homenajes al más universal de los cantantes nacidos en la provincia de Jaén (“Eva tomando el sol”, “A esa hora maldita (en que los bares a punto están de cerrar)”); del novio que padece una inquietante disfunción eréctil y no sabe cómo afrontar la relación (cercana ya al matrimonio) con su paciente pareja; de las figuras coloreadas que se saludan o despiden en lo alto de una montaña, provocando la perplejidad de los montañeros que las observan desde abajo; o de un hombre (llamado Marcial) cuyo tono de voz es insufriblemente elevado, incluso para la mujer con la que convive.

De todas las combinaciones de seriedad, humor y excelente literatura, la que nos ofrece Andrés Ortiz Tafur en sus obras me parece una de las más notables de nuestro país, así que les sugiero (si me lo permiten) que acudan a sus libros. Me terminarán concediendo la razón.

lunes, 22 de junio de 2026

Mañana nunca lo hablamos

 


Tras seis meses sin leer ningún libro del guatemalteco Eduardo Halfon vuelvo a uno de sus títulos: Mañana nunca lo hablamos, un eneaedro de historias donde se respira un continuo perfume autobiográfico, que tan grato y tan brillante se vuelve en su pluma: el niño que se interroga sobre lo que habría pasado si su padre, como le dice, se hubiera ahogado a su misma edad (“El baile de la marea”); el niño que acompaña a su tío, bombero voluntario, por los escenarios derruidos que un terremoto ha provocado en la ciudad (“Polvo”); el niño que vuelve a casa apesadumbrado, con una carta del colegio donde intuye malas noticias para él (“El poder de la euforia”); el niño enfermo, que sufre terribles dolores de cabeza y ha de ser hospitalizado (“Muerte de un cácher”); el niño que padece la llegada de unos militares, que invaden la casa donde su tío Salomón está a punto de leer el futuro en los restos de una taza (“El último café turco”); el niño que encuentra, con su hermano, unas revistas pornográficas y son descubiertos por su madre (“Mujeres buenas y mujeres malas”); o el niño que ve interrumpida la normalidad de su existencia cuando sus padres le explican que van a trasladarse a Miami, porque la atmósfera de su país resulta ya irrespirable y vuelan demasiadas balas (“Mañana nunca lo hablamos”).

Cada relato es una pequeña joya de delicada factura, con perfiles de acuarela, que nos entrega una arista anímica del autor. Creo que leer este libro es una magnífica idea. Les sugiero que lo hagan.

domingo, 21 de junio de 2026

Carlota Fainberg

 


Claudio, un profesor universitario de literatura que se dirige a Buenos Aires para dictar una conferencia, sufre en el aeropuerto de Pittsburgh la avasalladora conversación de Marcelo Abengoa, un empresario que viaja hacia Miami. Con su locuacidad hemorrágica, Marcelo le explica cómo conoció en el hotel Town Hall a “la mujer más guapa que he visto en mi vida” (p.57), con la que vivió un tórrido episodio sexual que se prolongó durante dos días, mientras esperaba la llegada de su esposa, Mariluz. Fascinado por el embrujo sensual de aquella mujer, Carlota Fainberg (de la que se separó, consciente de que “no voy a verla nunca más en mi vida”, p.82), Marcelo reconstruye para un aturdido Claudio los pormenores de su aventura, que el docente completará cuando, instalado ya en Buenos Aires, se acerque hasta el hotel Town Hall y descubra los detalles que su interlocutor no pudo (o supo) suministrarle.

Con su habitual maestría verbal, Antonio Muñoz Molina va esculpiendo ante los ojos del lector una novela corta de impecable factura, en la que los detalles eróticos se mezclan con agudas consideraciones sobre el temperamento del ser humano, sobre la irritante rapacidad con la que se fraguan los departamentos universitarios norteamericanos (más pendientes de las tendencias sexuales o las marcas raciales de su profesorado que de la pura competencia profesional), sobre el deseo y sobre la melancolía que nos regala la pérdida. Encandilado con la escritura del jienense, el único elemento que ha conseguido “sacarme” del ritmo narrativo es la constante utilización (cuyo sentido entiendo, pero cuyo manejo me distrae) de palabras en inglés por parte de Claudio. Comprendo que el profesor español las utilice, pero la proliferación en ciertos párrafos (“Tenía mucho más interés en la story de Abengoa que en su discourse, lo cual, en un profesor universitario, no deja de ser un poco childish: atrapado en una fugaz suspension of disbelief, yo abdicaba de todos mis escrúpulos narratológicos”, p.120) me enfría un tanto el placer de la lectura. Es mi única objeción a un libro admirable.

sábado, 20 de junio de 2026

El libro de arena

 


Podría invocar la magdalena de Proust e incluso la fragancia de un jabón que, siendo niño, usé de forma casual porque mi madre lo compraba y ahora, cuando he recuperado su aroma medio siglo después, me hace cerrar los ojos y rememorar la exacta decoración del cuarto de baño donde lo pasaba por mi piel. Ahora, con cuatro décadas de distancia, abro las páginas del volumen El libro de arena y recupero las sensaciones de 1986. Ni mejores ni peores: idénticas. Podría hablar de fascinación, de embrujo, de deslumbramiento. También, sin hipérbole, podría hablar de sorpresa, porque Borges sorprende siempre, aunque leamos cien veces el mismo texto. Creo haberlo dicho alguna vez: yo no releo a Borges, lo leo. Porque en cada ocasión sabe a la primera vez, como el beso de la persona a la que amas con locura, como la sonrisa infinitamente igual e infinitamente placentera de tu hijo o tu hija, como la arrugada plenitud de las manos acariciadas de tu madre o tu padre.

Me habla de la reunión fascinante entre el viejo Borges y el joven Borges, de la enigmática Ulrica, de la urdimbre de un Congreso que repite el mundo, del horror obtuso e innombrable que sube por la escalera de una casa antigua, del poeta que consigue capturar la Belleza y la elude con la resignación del suicidio, del magnicida que se aísla antes de la consumación de su crimen para no manchar a nadie con sus actos, de la codicia que genera un disco invisible con un solo lado, del libro cuyas páginas se desdoblan sin fin. Y en todas sus fabulaciones atiendo más a la voz que al contenido de su parlamento. Subrayo frases (“Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; “Hay un misterioso placer en la destrucción”; “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”; “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente”), me detengo ante adjetivos insospechados, abro los ojos ante verbos inauditos. Sé que estoy sentado en mi sillón, pero quizá debería estar de pie. O de rodillas. Es Jorge Luis Borges, por el amor de Dios. Qué regalo, sus libros.

viernes, 19 de junio de 2026

El coleccionista de sellos

 


Cuando suenan las campanadas de Nochevieja y se inicia el 1 de enero de 1939, pocas personas tienen motivos para estar felices en un Madrid bombardeado y hambriento, que vive los meses finales de la guerra civil. Pero esa tristeza no preocupa a un hombre que se mueve con nerviosismo por las calles de la capital, aferrado a un maletín. Su contenido, según se nos dice, lo convertirá pronto en el hombre más poderoso del mundo. Por desgracia, unos atracadores lo interceptan y se quedan con el sobre que transportaba, tras darle muerte. Un par de meses después, quienes empiezan a ser asesinados son coleccionistas de sellos a los que, en apariencia, no conecta ningún vínculo. El comisario Telmo Vega, que se ocupa del caso, tendrá que descubrir qué se esconde tras esta oleada de crímenes absolutamente desconcertantes.

Créanme si les digo que no puedo contar nada más (no me tiren de la lengua preguntándome por los detalles de cómo el general Francisco Franco muere en un atentado en 1937; o inquiriendo sobre la forma en que tres sellos falsos pueden cambiar la historia del mundo; o interrogándome sobre por qué razón la historia empieza tres veces): esta novela de César Mallorquí se sostiene sobre la magia de unas sorpresas tan anonadantes, tan inauditas, tan explosivas, tan inolvidables, que impiden cualquier resumen sin incurrir en la impertinencia. Así que abróchense los cinturones, suspendan los mecanismos de la incredulidad y déjense guiar por la mano narrativa del maestro. Da igual que se lea a César Mallorquí con quince o con sesenta años: siempre queda uno fascinado con sus obras. El coleccionista de sellos es otra demostración palmaria, que obtuvo los premios UPC (1995) y Gigamesh (1997).

jueves, 18 de junio de 2026

El querido hermano


 

Aseguró una vez Camilo José Cela que los españoles somos renuentes a la hora de admitir que una persona sea brillante en varias disciplinas: si alguien destaca en la novela, nos incomoda que se adentre por los senderos de la poesía; si juega maravillosamente al fútbol, a santo de qué aceptar que pinte como los ángeles. Esa reflexión quizá podría extenderse a los vínculos fraternales: el hermano del propio Cela, ¿ha de ser leído con admiración virginal o contemplado con cierta suspicacia?; la hermana de Terenci Moix, ¿tiene derecho a recibir aplausos por sus libros? Y aun en el caso de que sean aceptados (qué palabra tan displicente), siempre uno de ellos recibe la etiqueta menos favorecedora. Anne siempre será vista, comparativamente, como la peor de las Brontë. Un destino tan aciago fue el que siempre sobrevoló a Manuel Machado, al que se rotuló con liviana facilidad como el hermano jaranero, golferas y poeta facilón, frente a la gloria serena y apolínea de su hermano Antonio. Por supuesto, se trataba de una torpe injusticia, pero quién era el guapo que se atrevía a reivindicar, frente a la majestad náufraga y exiliada de Antonio, al autor del soneto a Francisco Franco, donde se alude a su santo afán y su sonrisa resplandeciente.

Pues, por fortuna, Joaquín Pérez Azaústre se animó a alzar esa bandera, y lo hizo con su obra El querido hermano, que obtuvo el XVI Premio Málaga de novela en el año 2022. Sintetizado hasta la caricatura, el argumento es muy sencillo: en 1939, Manuel recibe la noticia de que Antonio ha muerto en Francia y, con la ayuda de José María Pemán, emprende viaje hacia París (luego tienen que variar la ruta y dirigirse a Colliure) para visitar la tumba. Es todo. Pero ese viaje de apariencia tan sencilla se erige en un período muy complejo de rememoración, en el que asistiremos a escenas de la guerra civil y a borracheras con absenta en el París decadente de Moréas, Gómez Carrillo y Oscar Wilde; donde conoceremos a antiguas amantes de piel nacarada, a las que el olvido no ha logrado suprimir; a sastres iracundos a los que Antonio ahuyentó con una pistola en la mano; a las figuras de Leonor (a la que Manuel define con ternura) y Pilar de Valderrama (a quien califica como “narcisista” y como “calientabraguetas” en el capítulo 29); y donde se nos analiza con fina penetración el discurso con el que Manuel ingresó en la Real Academia de la Lengua.

Libro valioso y poliédrico, en el que historia, psicología y novela se funden para generar un híbrido altamente seductor. Y que, sirve, también, para recordarnos que las obras de Manuel Machado siguen esperándonos en las bibliotecas.

miércoles, 17 de junio de 2026

El jardín de Venus


 

En el año 2013 leí una antología de poemas y fábulas que, altamente eróticos, firmaba el ilustrado Félix María de Samaniego; y se me quedó el gusanillo de acudir al tomo completo de sus picardías y obscenidades, empeño que ahora cumplo. Es el célebre volumen El jardín de Venus, cuya recatada cubierta no nos ofrece (ni muchísimo menos) una pista sobre las barbaridades sexuales que la obra contiene. Cómo eran estos intelectuales de apariencia apolínea cuando se abandonaban a la veta dionisíaca, madre mía. Tremendos. Pero tremendos de verdad. Alejado de cualquier melindre, el escritor alavés nos habla de una moza que, para medir con el máximo rigor la competencia priápica de un muchacho, se sube a su cama y “con diez desagües consiguió aflojarlo”; de una dama que, por recatado consejo de su asesor espiritual, yace con un hombre y, para rebajar en lo posible la voluptuosidad del trance, lo invita a que adentre sus atributos viriles “por cierta industriosísima abertura” que ella ha practicado en su camisón; de un marido que, consciente de que su mujer está a punto de morir y que nadie podrá volver a probar “el ojal del encanto, / en que pecara un santo”, se sube a ella y le suministra “cinco entradas”, que reactivan en la agonizante dama las ganas de vivir; de un atractivo muchacho que, introducido en un convento cordobés, provoca las delicias de todas las monjas, “de modo que era el gallo / de aquel santo y purísimo serrallo”, porque dispone de “un dánosle hoy de buen tamaño”; de un diablo que abandona el cuerpo de una mujer cuando uno de los exorcistas que la trata, alterado por la lujuria, “por tres veces la introdujo / de sus riñones el ardiente flujo”; o de un marido anciano que, en trance fornicador con su joven esposa, deja escapar ciertos vientos inoportunos por vía trasera, “porque la edad en tales ocasiones / afloja del violín los diapasones”.

Juguetón, procaz y siempre sonriente (resulta imposible indignarse con ninguno de los poemas, por más que algunos rozan lo sacrílego), oscilando entre la lubricidad y la irreverencia, Samaniego saca a bailar a un buen número de frailes, ancianas que acuden a misa, estudiantes desocupados, loros indiscretos, lavanderas voluntariosas, preceptores rijosos, esposos distraídos, mercaderes insaciables y monjas casquivanas, que participan en una danza festiva que ni ha perdido gracia ni capacidad excitante a pesar del paso de los años.

martes, 16 de junio de 2026

El intermediario

 


La madrugada en que la condesa Ángela de Yeste abandona, con algunos de sus amigos, el teatro de La Latina, donde ha asistido a un espectáculo de Celia Gámez, va a comenzar para ella una situación que bordea los contornos de una pesadilla: un hombre oculto entre las sombras parece estar pendiente de sus movimientos. La desazón aumentará cuando, una semana después, se entere de que el extraño individuo responde al nombre de Ignacio Viera y que su oficio no puede ser más inquietante: es la ‘mano armada’ de la familia Chobinera, prestamistas madrileños que se dedican a “la artesanía de la avaricia” (p.27). Ángela, aunque lo mantiene oculto, tiene una cuenta pendiente con ellos, porque la última vez que les pidió dinero no pudo devolvérselo. ¿Acaso la presencia de Ignacio Viera indica que han decidido pasar a mayores, amenazándola físicamente o quizá sometiéndola a algún tipo de chantaje? La incertidumbre durará poco, porque el silencioso personaje pronto la abordará en una calle desierta y le entregará un sobre azul, para que lo lea en la soledad de su casa. En apariencia, todos los indicios corroboran la temida estrategia de intimidación, pero tal vez Ángela esté participando, sin saberlo, en algo mucho menos evidente.

Con esta novela de silencios y atmósferas inquietantes, Pedro García Montalvo nos retrata el mundo doble de un Madrid barriobajero y nobiliario, en el que los personajes más sórdidos y los más exquisitos pueden cruzar sus senderos en una época oscura (los años de la posguerra). Muy adecuada para quien busque algo más que un puro argumento. La va a disfrutar.

lunes, 15 de junio de 2026

Canciones de amor en Lolita's Club

 


Cada persona sobrelleva sus dolores de una forma distinta, y los alivia o los intenta destruir utilizando estrategias tan inconscientes como variadas: el llanto, el silencio, la furia, la soledad. Da igual la causa del dolor. Los leucocitos nunca se preocupan por conocer el tipo de cuchillo que ha abierto la herida: solamente combaten para cerrarla. En su novela Canciones de amor en Lolita’s Club, Juan Marsé extiende ante nuestros ojos un catálogo numeroso de personas que han sufrido traumas y amputaciones, que exhiben cicatrices (corporales o anímicas), que se curvan bajo el peso de mármol de las traiciones y la decepción: un policía en cuyo pasado burbujean varias congojas, que él trata de exorcizar acudiendo a la violencia, muchas veces incomprensible y abrupta; un discapacitado que se enamora sucesivamente de personas que tal vez no le convienen (aunque quién puede pontificar sobre el amor); varias prostitutas que, arrancadas de su mundo, han sido engañadas, vendidas y humilladas por organizaciones que las extorsionan; clientes que se acodan en la barra frente a una copa de alcohol o que instalan su barriga sudorosa ante una chica que se verá obligada a dibujar sonrisas profesionales y emitir gemidos espurios por un puñado de euros; unos asesinos que buscan a su víctima con implacable rigor y que disparan sus armas contra la cabeza del destinatario. Y, alrededor, música y luces que ambientan un local de atmósfera submarina, donde cada cual chapotea para no ahogarse, bebe para sonreír, baila para no dejar que el cerebro descubra o agrande la tristeza. A veces, el paraíso y el infierno son lugares muy parecidos, demasiado parecidos; y no queda claro si sus puertas conducen a la felicidad o a la desdicha.

Juan Marsé es un narrador formidable. No descubro nada repitiéndolo. Es otra de esas voces que siempre, de una forma u otra, te encandilan. Por eso me gusta bañarme en sus páginas y vuelvo a ellas periódicamente.

domingo, 14 de junio de 2026

El secreto de Papá Noel

 


Todos sabemos (y quien no atesore ese conocimiento debería poner remedio a su ignorancia cuanto antes) que el trabajo más duro del mundo es el que desarrolla Papá Noel, porque ha de cubrir las ansias de regalos y satisfacer las ilusiones de millones y millones de personas en el transcurso de una sola noche. Melchor, Gaspar y Baltasar, al menos, son tres, y la cosa anda mejor repartida; pero lo de Papá Noel es tan admirable como inconcebible. Todas sus horas de trabajo son, rigurosamente, extraordinarias. Pero incluso los personajes como él están sujetos a circunstancias que no pueden (ay) controlar, como ese inoportuno dolor de muelas que le sobreviene la tarde del 24 de diciembre y que amenaza con destruir todo el trabajo de sus duendes (que llevan un año fabricando juguetes) y toda la ilusión de sus renos (que se preparan para el largo viaje que los llevará por el mundo). Ningún dentista podrá acudir y curarlo en el plazo de unas pocas horas. ¿Qué hacer, entonces? ¿A quién recurrir? ¿De qué estrategias valerse para que los niños (y no tan niños) no queden desilusionados en esa noche mágica?

Alfredo Gómez Cerdá, felizmente auxiliado en la parte gráfica con las maravillosas ilustraciones de Carmen García Iglesias, nos relata el modo en que Papá Noel logró resolver aquel peliagudo conflicto del que, hasta ahora, nadie había tenido noticia. Léanlo con sus hijos pequeños y miren sus caras. Oro puro para el recuerdo.

sábado, 13 de junio de 2026

Coplas de Juan Descalzo

 


Hay un tipo de poetas para quienes no está reservada la gloria de las academias o el fulgor pirotécnico de los premios comerciales, sino algo que, siendo menos aparatoso, tal vez resulte más gratificante: el fervor popular. Son voces que aspiran a ser pueblo; y que el pueblo, en ocasiones, admite y hace suyas. Entiendo que, en ese sentido, el caso de Nicolás Guillén es paradigmático. La forma en que el vate de Camagüey mira a su gente es cercana, “a nivel” (como dijo el poeta del 27). Y la forma en que le habla se reviste de los mismos colores: palabras e ideas que no resultan rimbombantes, ni pretenden el refinamiento espurio de la pedantería. “Teresa es pueblo y habla como un oro”, dejó escrito bellamente el gran Dámaso Alonso para referirse a la santa de Ávila. Nicolás también es pueblo y habla como un barro, en el sentido más respetuoso y admirativo de esa palabra. No quiere estar sobre un escenario, micrófono en mano. No quiere un estrado, al que es preceptivo subirse con chaqué o pajarita. Nicolás se sienta en medio de su gente y pone rimas a sus dolores, a sus inquietudes, a sus orfandades. Les dice que Fulgencio Batista tiene cogida la sartén por el mango y que abusa de su poder, pero que también lo hizo Gerardo Machado hasta que la derrota lo desdibujó. Les dice que su país sufre una bochornosa falta de democracia (“¿Elecciones? Musiquilla. / ¿La democracia? Un cantar. / Aquí la cosa es durar / el mayor tiempo en la silla”). Les dice que hay que seguir “el camino de Martí”. Les cuenta con tono amargo (poema IX) que los periodistas son presionados con palizas para que no se atrevan a levantar la voz contra el poder. Lamenta la forma en que las peores enfermedades golpean a los más humildes (“La polio sigue extendida, / hay de tifus ancho brote”). Y denuncia la atrocidad de que, en una isla rica en productos naturales a mitad del siglo XX (los poemas son de 1952-1953), siga habiendo una parte importante de la población que sufra necesidades alimenticias (“La vida es en Cuba cruel / y el hambre, por nuestro mal, / si no llegó a general, / ya es un hambre coronel”).

Con la barriga llena, con derecho al voto y con un centro sanitario a poca distancia de casa tal vez resulte fácil etiquetar de “demagogia” sus versos. En caso contrario ya es más difícil. Poesía necesaria.

viernes, 12 de junio de 2026

Mil cosas

 


Lo explicaba el personaje de Calderón: “¿Qué es la vida? Un frenesí”. Y seguro que, si viviera en los tiempos actuales, lo subrayaría con más rotundidad, tan angustiado como perplejo. Por culpa del móvil, del trabajo, del caos urbano en que vivimos y de las exigencias estresantes y crecientes de la vida cotidiana, todos andamos zarandeados por Mil cosas, como reza el título de la novela de Juan Tallón: correos electrónicos que asaltan nuestros ordenadores, mensajes que inundan nuestros teléfonos, agobios con los horarios, compañeros con los que resulta difícil convivir, timos informáticos ante los que conviene estar prevenido, problemas de salud de nuestros padres, papeleos burocráticos que debemos cumplimentar… Así que los escasos días en que gozamos de vacaciones (quien tenga la suerte de poder pagar una escapada) se erigen en paréntesis y oasis, en horizonte y meta.

Travis es subdirector de una revista y las tareas y problemas lo desbordan: ese colaborador que no cumple los plazos o vende el reportaje a la competencia, esos jefes que nunca se sabe si están satisfechos con tu trabajo, esas cartas que tienen que ser enviadas (aunque jamás se encuentre el hueco para hacerlo), esos pañales que hay que comprar en la farmacia (que ha cerrado cuando llegas ante su puerta), ese coche que necesita un recambio urgente, esos calores que abofetean la ciudad y oprimen los sesos. Anne es su esposa y tampoco su situación es fácil: atiende por teléfono a los clientes en una empresa, soporta a una jefa estirada, sufre las insinuaciones eróticas de un compañero rijoso, intenta cumplir sus tareas como madre de la mejor forma que puede, sueña con pasar unos días en Edimburgo… Ambos están deseando que lleguen las vacaciones (de hecho, se enfrentan al último día de trabajo), pero las últimas horas, las larguísimas últimas horas, se les están haciendo tan empinadas (el calor por encima de los cuarenta grados tampoco ayuda mucho) que parece que la conclusión no llegue nunca.

Convincente, asombrosa y rotunda primera aproximación a la narrativa de Juan Tallón, con el que repetiré, pese a los malos ratos que me ha hecho pasar con las descargas de adrenalina (durante) y con la abrupta angustia llorosa (después). Qué cabrón.

jueves, 11 de junio de 2026

¡Buena idea, ratón Pérez!

 


Desde hace miles de años, los ratones más avispados se acercan a los elefantes mientras están durmiendo y, con habilidad y sin hacerles apenas daño (salvo el tirón de la sorpresa), les arrebatan un colmillo. No se trata de maldad gratuita, ni de un robo que carezca de lógica, sino de una actividad altamente importante para los seres humanos: ese marfil se utiliza para elaborar dientes de leche con los que abastecer a las criaturas que van naciendo. Como es lógico, los paquidermos no se muestran entusiasmados con esta actividad y han desarrollado un miedo casi patológico por los roedores. Algunos han comenzado a beber abundantes dosis de café para mantenerse despiertos y no sufrir la bochornosa amputación. Pero un ratón, más avispado que los demás, ha concebido una idea que permita el cese de esos latrocinios: recoger por las noches los dientes que se les han caído a los niños y reutilizarlos para las siguientes generaciones.

Con gracia y con un discurso maravillosamente conmovedor, Fernando Lalana (en la parte literaria) y María Fe Quesada (en el apartado plástico) nos regalan un cuento precioso, que mantiene viva la vieja tradición del ratón Pérez. No dejen de visitar el relato: les va a gustar.

miércoles, 10 de junio de 2026

La noche de los Nibelungos


 

Álex Sistiaga tiene 53 años y es veterinario. Tras el abandono de su mujer (Sara) y el desgaste emocional que supone la gelidez distante de su hijo (Hugo), otro mazazo se deja caer sobre su cabeza: la muerte de Mario, gran amigo de la infancia. Pero ese cúmulo de erosiones y heridas no constituye (a pesar de su aspecto aparatoso) más que el preámbulo de la tragedia que se fragua en torno a él, porque tras la cremación de Mario comienza el auténtico apocalipsis: desaparece en la ciudad toda conexión a Internet, los móviles dejan de estar operativos y, lo peor de todo, de las profundidades de la Tierra surge una oleada de seres sigilosos y violentos que comienzan a expandir el horror. Son monstruos de elevada estatura que violan a las mujeres, matan y devoran a los hombres y, cuando el sol aparece de nuevo sobre el horizonte, se retiran dejando un panorama sangriento en las calles. Es la primera noche de los Nibelungos, a la que sucederán otras, de forma ininterrumpida. Cada vez que llega la oscuridad, llegan ellos. Se ha terminado la paz. Se ha terminado toda civilización. Es el comienzo del horror.

De esa manera comienza La noche de los Nibelungos, de Miguel Ángel Casaú, una distopía inquietante y visceral en la que Sistiaga, convertido en superviviente y en héroe forzoso, tendrá que aprender a moverse en un mundo hostil, lleno de fauces agresivas, sonidos perturbadores y sombras tan veloces como nauseabundas. En los escasos momentos en que puede sentirse tranquilo, porque la luz solar lo protege, Álex recuerda episodios de su niñez (esos recuerdos cumplen al final de la novela un papel crucial, ya se lo advierto) y reflexiona hondamente (es otro de los grandes atractivos del libro) sobre los males de este mundo idiota que los seres humanos hemos ido construyendo (o dejando que otros nos construyeran y nos dominara): los móviles omnipresentes, el plástico contaminante, la insolidaridad, el egoísmo, el afán de ganar dinero a toda costa, la burocracia hipertrofiada, el desdén por los diferentes… No dejen de leer con cuidado esos pensamientos de Sistiaga, porque señalan con nitidez las lacras de una sociedad equivocada y estúpida, que tenemos alrededor.

Ya solamente con esos ingredientes La noche de los Nibelungos sería un texto merecedor de aplauso, pero es que Miguel Ángel Casaú se atreve a ir un paso más allá e imprime un giro inesperado en las últimas páginas, que convierten esta aparente distopía… en otra cosa, mucho más sorprendente. Descubran de qué se trata y, si quieren, luego me cuentan.

martes, 9 de junio de 2026

SER

 


Decide la editorial Tres Hermanas adentrarse en el mundo de la poesía, y lo hace con esta colección Rhēma, que dirige Jesús Feliciano Castro Lago y cuya primera entrega reúne los nombres de Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnáiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero. Cuatro voces que, en palabras del director, “no se suman: dialogan”. La fórmula es bonita, pero además atinada, porque siendo autores de escansión y tono tan distintos, es cierto que respiran un aura conjunta. Rubén nos habla de pájaros que se posan en lo imposible y vuelan transparentes; o nos asegura que “es la luna la piedra más porosa” y que la noche es la ecuación con más incógnitas. Itziar nos susurra sobre el destino de Pompeia, fallecida muy joven hace dos mil años y cuyos restos ahora reposan en un museo, despertada “de ese breve descanso eterno / que es la muerte”. David nos regala sentencias profundamente graves y paradójicas (“Dejad que vuestros hijos abracen la tristeza”) y nos recuerda que un hombre (también una mujer) está tejido por “los cuerpos que ha adorado”. Aurora, más juguetona con la formulación visual de sus propuestas, nos adentra en la felicidad de pasar “toda la noche en brazos de tu dulce compañera” y nos interroga sobre a qué ángel hemos decidido decapitar. Como se puede apreciar, son torrentes muy distintos, que portan aguas de diferentes colores, que precisamente por ello conforman al unirse una suerte de bandera poética: merece la pena conocerla y recorrerla con calma. Yo, como suelo hacer con los versos, he optado por leerlos en voz alta, en la soledad de mi despacho. Recomiendo el experimento.

En suma, todo en este volumen revela ebullición y belleza, emanada de cuatro gargantas líricas de enorme poderío que, juntas (tiene razón Castro Lago), dialogan, se hermanan, se potencian y alcanzan una altura notable.