martes, 18 de agosto de 2026

Otoños y otras luces

 


Ha pasado algo muy curioso mientras leía el poemario Otoños y otras luces, de Ángel González: he sentido cómo reinaba el silencio a mi alrededor. No creo que haya sido, aunque lo parezca, una sensación subjetiva. Estoy en condiciones de jurar que se ha hecho el silencio mientras leía. Antes de adentrarme en sus hojas era consciente de que se trata del último volumen publicado por Ángel González (“después de nueve años de silencio”, reza la solapa, como si la ausencia de publicación comportara para el poeta silencio), así que admito que una cierta dosis de sugestión sí que puede haber mediado. Pero, de verdad, ha sido como si todo se detuviera a mi alrededor, como si mi despacho, la casa, la calle entera, guardasen una respetuosa quietud mientras sonaban las palabras del ovetense.

Habla de otoños que declinan, dejándonos el oro de sus luces; de amadas que renuncian a seguir queriendo al poeta (“No recuerdo un invierno tan frío como este”); de rayos de sol inesperados que destellan en la nieve; de lánguidas constataciones (“Sé que llegará el día en que ya nunca / volveré a contemplar / tu mirada curiosa y asombrada”); de glosas entusiastas a C.R. (Claudio Rodríguez); de alboradas que anuncian el misterio de un nuevo día (“Canta un gallo, mil gallos. Amanece”); del decepcionante “envoltorio de bisutería / que ocupa hoy el lugar / del amor verdadero”; o de ideas tan amargas como escalofriantes (“Hay mañanas en las que no me atrevo a abrir el cajón de la mesilla de noche por temor a encontrar la pistola con la que debería pegarme un tiro”).

La triste belleza sin continuación de unos poemas finales. Léanlos.

lunes, 17 de agosto de 2026

Los días prometidos


 

Al poco de salir el libro de poemas Los días prometidos, de Pedro Marín, allá por el año 2002, mi hermano Jose Cantabella me dijo que lo leyera, que seguro que iba a gustarme. Y lo hice. Y lo hizo. Ahora, casi un cuarto de siglo después (cómo pasa el tiempo, silencioso e implacable), vuelvo a sus páginas. Y encuentro de nuevo aquel ritmo bien pautado de endecasílabos, aquella música excelente y aquellas elegantes asonancias, que envuelven sus reflexiones sobre el paso del tiempo, sobre el afán de huir de la rutina cotidiana, en la que el tedio del trabajo impulsa a salir por las noches a deambular por la ciudad (“Canción de un lunes de octubre”) o genera un insomnio aterrador (en el poema “Otra noche” se leen estos dos versos tristes, de amanecer agobiante: “Comienza la jornada, y estás muerto / de cansancio. Y estás vivo”).

Desde entonces, salvo que mis búsquedas a través del ciberespacio hayan sido torpes, ningún otro libro ha publicado el autor (que la solapa de Los días prometidos identifica como nacido en Alcantarilla). Me parece una pena, vista la brillantez de esta obra. Aunque quizá quien nos ha regalado una rosa no precise regalarnos después un ramo de ellas, porque el aroma ya nos ha sido comunicado.

domingo, 16 de agosto de 2026

Cuaderno San Martín

 


Me sorprendió (no habré de ocultarlo) uno de los primeros versos de este libro, que Jorge Luis Borges tituló Cuaderno San Martín y que está fechado en 1929. El poema que lo abre se titula “Fundación mítica de Buenos Aires” (después de que el argentino rectificase el adjetivo mitológica, con el que prefirió rotularlo en la primera edición); y en él me asaltó una pella de barro: “Pensando bien la cosa”. ¿Pensando bien la cosa? Qué raro coloquialismo, en el escrupuloso y exquisito poeta. Pero intuyo que fue un desliz, porque a partir de ahí, como no podía ser de otro modo, los versos vuelan con alas de mármol y nos hablan de atardeceres en los baldíos, de muchachas “comentadas por un vals de organito”, de patios con arriates, de almacenes por donde merodean malevos, del jardín de su infancia, de rostros antiguos “que se estarán desvaneciendo en daguerrotipos” y de orilleros que tañen guitarras. Es decir, ese universo inicial que el poeta rememora para convertirlo en tinta, con sus fórmulas inconfundibles, llenas de encanto, ritmo y majestad (“La gravitación del amor, que nos justifica”, “El redoble, endiosador de pechos, de los tambores / en los entierros militares”).

¿Estamos ya ante Borges? Yo diría que casi, aunque aún no. Pienso en un niño silencioso que, mientras pasea a solas por la playa, encuentra un vidrio verde, redondeado por el mar. Lo coge con unción. Sabe que es hermoso y lo acaricia con las yemas de los dedos. Nota un escalofrío bajando por su espalda. Lo coloca en la palma de la mano y deja que el sol lo acaricie. Lo mira desde distintos ángulos. Hay belleza en él, mucha belleza, pero todavía no es esmeralda. Su inteligencia se lo insinúa y su vanidad no lo aturde. Decide darle el nombre de Cuaderno San Martín y lo guarda en el bolsillo, antes de seguir caminando.

sábado, 15 de agosto de 2026

Presencia

 


Recuerdo aquella antigua y maravillosa entrevista que Joaquín Soler Serrano le hizo a Julio Cortázar (y que he escuchado ocho o diez veces en mi vida, gracias al auxilio de Youtube) en la que el escritor argentino explicaba que su libro de poemas Presencia había salido en 1938 en una edición de 250 ejemplares, “destinados a los amigos”. Y añadía que lo escamoteaba de su bibliografía porque no estaba convencido de que reflejase el nivel literario que él pretendía alcanzar. Verdaderamente, quien lo lea (yo acabo de hacerlo) sentirá la extrañeza de que “eso” sea Julio. Y me apresuro a indicar que “eso” no implica desdén o burla, sino desajuste. Habituado a reconocer cierto estilo, cierta forma, cierta música en las líneas de Cortázar, aquí no lo percibo; pero tal evidencia no me ha impedido disfrutar con el desafío de estos sonetos contundentes, cincelados con exquisita meticulosidad, en los que aparecen referencias a Mallarmé, Baudelaire, Cocteau o Góngora; en los que se cita los apellidos de Ravel o de Bach (esa música clásica que, junto al jazz, tanto moduló la sensibilidad cortazariana); en los que brillan algunas paronomasias deliciosas (“El lago ya no es lago, sino halago”); y en los que he detectado y subrayado algunas rimas irónicas (sonidos/alaridos), culturales (refranes/Manes), pensativas (torbellino/Destino), arriesgadas (simbioica/heroica) o incluso sentenciosas (perdura/sepultura). El resultado son unos sonetos impecables, impregnados por esa fría belleza que tienen las mejores “casas de catorce tablas” (Neruda dixit).

Dice Julio Cortázar en uno de estos sonetos que “en el aire hay un mundo de caminos”. Sin duda, él estaba empezando a descubrir algunos de ellos, para gloria de quienes lo seguimos leyendo con indeclinable admiración.

viernes, 14 de agosto de 2026

El laboratorio del doctor Nogueira

 


Rosa Novoa, la ayudante del doctor Roberto Nogueira (“El mayor cerebro que jamás hubo en la Tierra, el nuevo mesías destinado a hacer feliz a la humanidad”), está apuntando en su cuaderno todas las ideas y actuaciones de este, para que no caigan en el olvido (“Supe con certeza que cualquier palabra que saliese de su boca era sagrada, y como tal debía ser recogida para la posteridad, antes de que sus ecos se perdiesen en el aire y acabasen muriendo”). Él la contrató hace dos años, para ser su secretaria en la gran mansión que habita; y le terminó revelando la misión secreta que alentaba desde hacía tiempo: erradicar la infelicidad del planeta. Hijo de campesinos gallegos y heredero casual de la gran fortuna de un tío de Brasil, ultimó sus estudios licenciándose “en Química Esotérica en la Universidad de Melanesia, en Física Viviente en la de Tombuctú y en Procesos de la Materia Orgánica en la no menos prestigiosa Universidad de Antananarivo”, evitando los grandes centros oficiales y creándose una identidad secreta (Alfredo da Silva). A partir de entonces, comenzó una dilatada y oculta carrera de experimentos para mejorar la vida de sus coetáneos.

Un lector adulto, como es lógico, apenas puede evitar la sonrisa ante la petulancia del personaje, que se considera desdeñado y perseguido por la cultura oficial (palabras como “conjura”, “confabulación”, “boicot” o “conspiración” vertebran su vocabulario) y que aspira a ser el redentor de la humanidad (así de humilde es la criatura) gracias a ocurrencias tan disparatadas como las pastillas contra la calvicie, un líquido que enriquezca el lenguaje de sus semejantes, otro que solucione el racismo haciendo que todas las personas tengan la piel blanca o unas agujas que eliminan los malos recuerdos de las personas tristes. Pero un lector de pocos años, que no alcanzará a descubrir la parodia risible de esta novela (tan evidente y tan simpática), disfrutará mucho con esas egocéntricas exhibiciones de vanidad. Y también lo hará cuando Rosa, buscando a un voluntario para probar el último invento del doctor, encuentre en la calle a un hombre con gafas, bigote y poco pelo, del que descubre que se llama Agustín Fernández Paz. Pero lo que hablan durante ese encuentro, perdónenme, pertenece al secreto del sumario: descúbranlo ustedes, si gustan.

jueves, 13 de agosto de 2026

Mensajes de un mundo olvidado

 


Leo el volumen Mensajes de un mundo olvidado, donde se recopilan algunos de los artículos y conferencias de Stefan Zweig, traducidos por Esther Cruz y que ven la luz en el sello Catedral. Y he quedado tan deslumbrado y he subrayado tantos fragmentos en el volumen que voy a limitarme a cederle la palabra.

En “El mundo en vela” (1914), el austríaco nos traslada sus reflexiones sobre el sueño intranquilo que en aquel año sofocaba a los habitantes del mundo, perplejos ante “la terrible realidad de la humanidad: la guerra de todos contra todos”, ante la cual no cabe sino sentirse desolado (“De qué manera tan terrible parece extenderse la aniquilación absoluta sobre este mundo perturbado”). En “La torre de Babel” (1916), Stefan Zweig indica que, viendo la tenacidad con la que los hombres se aprestaron a construir la famosa torre de Babel, “por primera vez Dios tuvo miedo de los seres humanos, pues eran fuertes cuando se asemejaban a él, cuando eran una única entidad”. Y descubrió que “solo sería más fuerte que ellos si los seres humanos dejaban de ser pacíficos y sembraba la discordia”. Con el paso del tiempo, los humanos fueron olvidándose de ese individualismo insensato e infértil y volvieron a compartir sus saberes, sus vidas y su comercio. Dios, nuevamente preocupado por esa reunificación, volvió a mostrarse cruel y permitió la actual guerra (“Este es el terrible momento actual. La nueva torre de Babel, el gran monumento de la unidad espiritual de Europa, ha caído, y quienes la construyeron se han disuelto”). En “La historia como poeta” (1931) acepta que la historia no siempre es brillante: más bien es anodina y tediosa, pero tiene momentos especiales en los que actúa como poeta, generando episodios mágicos e inolvidables (“La historia pasa años fluyendo con normalidad a un ritmo casi monótono, pero en algunos instantes extraordinarios, de pronto, las orillas se juntan, brotan los rápidos, surge una corriente frenética, una tensión excitante, y de golpe la escena histórica se llena y rebosa con una horda de figuras”. De los pueblos que han sido grandes narradores (como Grecia o Roma) conservamos, nos dice, muchísima más información que de los demás. No se trata de que fueran los únicos, sino que “se contaron” mejor (“De esto eran también conscientes todos los príncipes y califas de la antigüedad y de la Edad Media: no basta con el acto, debe haber algo que lo reseñe, algo que lo conserve vivo, y por eso mantenían a sus trovadores, músicos y cronistas”). En “La idea europea en su evolución histórica” (1932) se muestra como un fervoroso creyente en el concepto de Europa (y en su necesario liderazgo mundial) y alude a “esa generación nuestra que creía en la unidad de Europa como en un evangelio”. Aquel factor de cohesión que fue el latín, y que más tarde asumió la música, ahora lo protagoniza la tecnología. Él cree que prevalecerá la unión frente a las disputas, “pero no me atrevo a prometer tal cosa. Pido disculpas por ser un pusilánime”. Por desgracia, vemos “cómo las decisiones más importantes se retrasan siempre, cómo las resoluciones más cruciales no se preparan en el último momento, sino en el siguiente”. En “La unificación de Europa. Un discurso” (1934) afirma que    la idea de Europa no es algo instintivo y natural, sino “el fruto lentamente madurado de un pensamiento superior”. En “1914 y hoy” (1936) vaticina la inminente preparación de otra guerra, y declara con dolor: “Quienes hoy desean la guerra operan con un riesgo cien veces menor que sus predecesores de 1914, porque pueden desarrollar sus actividades abiertamente y sin impedimentos, porque ya no han de buscar medias tintas morales que disfracen sus planes y, sobre todo, porque están seguros de la absoluta indefensión y la obediencia incondicional de sus conciudadanos”. En “El sentido de la creación artística” (1938) vemos un importante intento de explicar cómo se gesta y se desarrolla una obra de creación: desde los ejemplos de artistas que crean casi sin correcciones (Mozart o Van Gogh) hasta los que requieren mil ensayos y mil enmiendas (Beethoven). Lo usual suele ser una mezcla de inspiración y de trabajo (soplo divino y esfuerzo humano). En “La historiografía de mañana” (1939) asevera que  el odio no es un impulso que brote de un modo espontáneo, sino que se cultiva, se mima, se riega con la propaganda adecuada. De ahí que resulte tan fácil manipular a las masas con la apelación a los instintos más virulentos. ¿El remedio? Una pedagogía del respeto y la unión (“Para que la nueva generación sea mejor, más humana y sobre todo más feliz que la nuestra, que ha estado guiada por la guerra en mitad de su existencia y ha quedado por tanto con el corazón machacado, habrá que educarla mejor y de manera más humana”). Todas las engañifas que nos han inculcado sobre lo especial, único y maravilloso que era nuestro país tenían un solo objetivo: “Convertirnos en ciudadanos patrióticos, en futuros soldados, en súbditos sin voluntad”. Por eso, los libros escolares nos hablan, en un 90% de los casos, de héroes y de fechas de batallas: para afianzar en nuestra mente la idea de que la guerra es aquello que hace avanzar al mundo (“Se cuenta la historia como exclusivamente bélica”). Habría que realizar un esfuerzo para contar la historia sin convertirla en un glorificado rosario de charcos de sangre. Hay que “liberar el mundo de dicha hipnosis”, antes de que sea demasiado tarde. Y por eso conviene insistir en que “los tres mil años de nuestra humanidad consciente no han sido solo un juego sangriento de gladiadores que un dios ebrio mandaba representar absurdamente, sino que en esta grandiosa obra de teatro somos nosotros mismos los héroes, los narradores, los poetas, los creadores”. En “La Viena de ayer” (1940) eleva un encendido canto elogioso a su ciudad natal, donde “uno siempre tenía la sensación de respirar aire internacional y no estar confinado a una lengua, una raza, una nación, una idea”. Y en el escrito “En esta hora oscura” (1941), que cierra el volumen, Zweig reflexiona sobre la hora siniestra que está viviendo el mundo por culpa del nazismo (“Quizá la más oscura de toda la historia”).

Hay que leer a Stefan Zweig, porque con él se disfruta y se aprende. Hay que leerlo siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Donde nadaban los dragones

 


Me imagino al autor de Donde nadaban los dragones redactando estas palabras (“Los personajes, ficticios, y las tramas, claramente novelescas, son fruto de la imaginación del autor”) y decidiendo si colocarlas al final de la obra o al principio. E imagino su sonrisa de gato de Cheshire optando por la primera opción, cuando los lectores ya han decidido (mecachis) qué caras y qué identidades se esconden detrás de infames, corruptos y venales protagonistas de la obra. Muy astuto. Pero es que cuando se afronta una novela ambientada en el Mar Menor, con su anoxia y sus aguas colmatadas de nitratos y fosfatos tóxicos; con sus vertidos ilegales y sus agropotentados de mierda; con sus vandalismos y sus sobornos para que nadie investigue más de la cuenta; resulta imposible inhibirse en una posición neutral, blanca o equidistante.

“Los hipocampos [se lee en la página 177] son, junto a otras especies sensibles, un indicador biológico de la salud ambiental de la laguna. Los dragones de mar, tan antiguos y venerados que los fenicios […] representaban a sus dioses cabalgándolos. Miles de años con nosotros, formando parte de nuestra historia, y apenas queda ninguno”. Son solamente un ejemplo, pero que ilustra el drama de un espacio natural bellísimo y destrozado por la avaricia irresponsable de quienes nunca tienen bastante cuando tienen muchísimo; y convierten su codicia en un arma de destrucción, importándoles un bledo todo lo que no sean sus cuentas bancarias. Por eso, Donde nadaban los dragones no es solamente una espléndida novela criminal (donde asistiremos a atropellos, decapitaciones, allanamientos de morada y otras trepidantes aventuras), sino, sobre todo, un libro incómodo y valiente, lleno de referencias literarias, cinematográficas y televisivas, donde nos resulta fácil identificar a las figuras empresariales que infectan el sureste español y a las figuras políticas que lo mangonean a su antojo, tanto en la zona del Cabo de Palos (se nos habla de que “un honrado político que gobernó en la región decidió, porque así le salió de las gónadas, regalar el emblemático faro a un amigote para convertirlo en un exclusivo hotel de lujo”. Y que, cuando se destapó el asunto, “en reconocimiento a su pesetera maniobra, al político apañado lo premiaron, según dicta una rancia tradición, con una patada hacia arriba. Ahora calentaba, pagado de sí mismo, un importante sillón en la sede de su partido en Madrid”, p.70) como en la propia capital murciana (con un presidente que vive como un pachá junto a un “yacimiento arqueológico (único en Europa) que se desmoronaba, olvidado, a los mismos pies de la sede gubernamental”, p.237). En efecto, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Así que prepárense para acompañar al inspector de policía Lucas Daireh, a la agente medioambiental Aitana Ferrer y a la anciana y lenguaraz doctora Escarbajal en sus pesquisas por los campos cartageneros, donde tendrán que lidiar con miradas suspicaces, pintadas amenazadoras, desplantes burocráticos y hasta con una DANA. El brillante Antonio J. Ruiz Munuera no les va a dar respiro, créanme. Y les aseguro que van a aprender mucho sobre las mafias (ficticias, claro) y sobre las corrupciones políticas (también ficticias, claro) que se abaten sobre el dolorido, paciente y ya muy quebrantado Mar Menor. Memorable.

martes, 11 de agosto de 2026

La piedra oscura

 


Conocía los datos objetivos del asunto. Se llamaba Rafael Rodríguez Rapún (“El hombre de las Tres Erres”), secretario de la compañía teatral La Barraca y último amante intenso de Federico García Lorca. Asesinado el poeta, Rafael se incorporó al ejército de la República, tras superar un curso de habilitación en artillería (curiosamente desarrollado en la localidad murciana de Lorca) y murió en 1937, justo un año después de Federico. Pero el dramaturgo Alberto Conejero, en su obra La piedra oscura, nos facilita otro ángulo sobre el personaje. Lo vemos aquí, herido en una celda y vigilado por un jovencísimo soldado llamado Sebastián, a la espera de que se ejecute al amanecer su sentencia de muerte. Al principio, su relación es tensa y cargada de silencios, porque el carcelero ha sido adiestrado en la desconfianza; pero pronto se va relajando ese clima y Rafael abre poco a poco las puertas de su corazón: le explica su relación con Federico, el dolor que lo asoló cuando le informaron de su asesinato y, sobre todo, le pide que busque a Modesto Higueras y que puedan ser recuperados unos discos de gramófono, unos inéditos y unas cartas del poeta.

Queda establecida así la pauta dramática: dos personas de ideas opuestas, que se mueven en un espacio reducido. En ese circuito claustrofóbico, Rafael se va sincerando (sabe que son sus horas últimas) y Sebastián va comprendiendo que participa de un horror represor y vengativo. Ese juego de equilibrios convence y emociona, porque elude etiquetas maniqueas y se centra sobre todo en el plano humano: dos seres desvalidos, arañados por el horror. Rafael, explicando cómo la sonrisa de Federico lo atraía como un imán, aunque se empeñaba en frecuentar también muchachas, para tener hijos y formar una familia clásica. Sebastián, mostrando su angustia y sus vacilaciones, consciente de la crueldad de quienes lo rodean. Me ha emocionado.

lunes, 10 de agosto de 2026

Un carmen en Granada

 


Hace muchos años que siento una admiración profunda por los trabajos del hispanista Ian Gibson, sobre todo los relacionados con Federico García Lorca y Antonio Machado. Como filólogo, me parecen referencias inexcusables para mi formación; como enamorado de la lectura, monumentos. Así que cuando llegó hasta mis ojos el volumen Un carmen en Granada (XXXV Premio Comillas de Historia, Biografía y Memorias en el año 2023), tuve claro que terminaría por leerlo sin demasiada tardanza. En este agosto de 2026 cumplo la ceremonia y subrayo bastantes líneas del mismo.

Nacido en una familia protestante de la rama metodista (muy rígidos en su forma de interpretar la religión), en el Dublín de 1939, Gibson reconoce que creció rodeado por múltiples traumas, relacionados con la sexualidad (la lactancia, los órganos genitales o la menstruación no podían ni siquiera ser mencionados); que durante décadas estuvo obsesionado con su tendencia a ruborizarse; que su padre mantenía una actitud inflexible frente al alcohol y las apuestas; que uno de los docentes que lo martirizó durante su infancia fue el deleznable profesor de matemáticas William Boggs (“Me complace poder señalar que el apellido Boggs significa, en jerigonza inglesa, ‘sentina’. Boggs me parecía una mierda de ser humano y su nombre lo decía todo”); que la relación con su madre nunca fue especialmente amable (“Es terrible tener que decirlo, pero casi la odiaba y era ya plenamente consciente de que mi única posibilidad de ser algo en la vida consistía en escaparme cuanto antes de casa”), aunque en la vejez ha aprendido a juzgarla con más distancia (“No tuvo la culpa de ser como era: resentida, amargada, frustrada, sin horizontes, siempre soñando con el hombre alto y apuesto con quien creía que habría sido feliz. No me dio la ternura que tanto necesitaba cuando era niño”); que fue desde pequeño, y lo sigue siendo en la vejez, un apasionado ornitólogo; que su primera experiencia sexual, incompleta, la tuvo a los quince años con una chica llamada Jean; o que no le duele reconocer que siempre sintió una profunda envidia por el exitoso jugador de rugby Tony O’Reilly, dos años mayor que Ian (“Sospecho, y sería el colmo, que me sobrevivirá”).

Y por supuesto, una fecha para enmarcar y subrayar en rojo: el 11 de marzo de 1957 (pronto se cumplirán cincuenta años), en la librería Eason’s, descubrió sus primeros poemas de Antonio Machado y Federico García Lorca, que después se convertirían en objeto de amplias y fecundas investigaciones. A esa etapa dedica unas páginas preciosas, hablándonos de quienes lo ayudaron a esclarecer la verdad sobre el asesinato de Federico García Lorca y de quienes lo insultaron y trataron de silenciarlo. El resultado es un libro espléndido, que he leído mientras tragaba saliva (Ian Gibson llega a unos extremos de sinceridad que asombran) y que merece todos los aplausos.

domingo, 9 de agosto de 2026

El cuaderno rojo

 


Todas las que aparecen en este delgado volumen son, nos dice el autor, “historias verdaderas”. Es decir, sucesos que acaecieron y que el norteamericano Paul Auster convirtió después en palabras, que luego tradujo y prologó Justo Navarro. Por tanto, no pertenecen al mundo de la fantasía, ni son estrictamente cuentos: es más bien un repertorio de anécdotas, de trocitos de realidad, de rememoraciones. Redactados con sencillez y de forma breve, estos apuntes mantienen la frescura de relatos orales, de imágenes que brotan del mundo del recuerdo y el autor nos traslada, como si nos estuviera enseñando algunas fotografías curiosas del álbum familiar.

Así, vemos a Paul Auster trabajando en una granja del sur de Francia en el año 1973, pasando apuros económicos y consiguiendo alivios gastronómicos gracias a un fotógrafo apellidado Sugar; a un tío del escritor que, a punto de perder una pierna durante la Segunda Guerra Mundial, la terminó conservando y encontró trabajo como vendedor de seguros en Chicago; al amigo pintor (brillante, pero con poco éxito artístico) que, al cabo de muchos años, recuperó a su amor de juventud universitaria y alcanzó la estabilidad económica (ella era rica); al tipo curioso que lo acompañaba en las cuatro ocasiones en que Paul Auster sufrió pinchazos en alguna rueda de su vehículo; o en cómo salvó de morir aplastada bajo un Chevrolet a una amiga de su hermana, quien no se enteró nunca de esta operación de salvamento. Elegante, sinóptico y reflexivo, el famoso escritor norteamericano nos deja asomarnos a algunos episodios de su ayer, en un simpático libro, más curioso que imprescindible.

sábado, 8 de agosto de 2026

Historias mínimas

 


En el primer texto de este libro (todos breves, todos disparatados, todos llenos de sorpresas) nos encontramos con un filósofo que, tras tocarse la sien con un dedo, asevera: “Aquí dentro reúno toda la fuerza del absurdo”. Inequívocamente, Javier Tomeo nos está facilitando la clave para enfrentarnos a esta obra: aceptar que la gobiernan el delirio, el humor, la retranca, el surrealismo. Que nadie se esfuerce (y, si lo hace, está perdiendo el tiempo) en buscar significados lógicos o deducir mensajes metafóricos del oscense. Lo que hay es juego. Lo que hay es fantasía chisporroteante. Lo que hay es desenfado. Nos irán saliendo en el camino unos guerreros muertos en cierta batalla, que continúan charlando tranquilamente de sus cosas; una artista de circo que resulta ser un varón travestido; un hombre que le pide a un campesino que lo plante en su bancal, para ver si fructifica (conviene recordar que la película “Amanece que no es poco”, donde se recurre a una escena parecida, se rodó un año después del libro); un rústico que, a base de soplidos, es capaz de apagar estrellas en el firmamento; un barbero inhábil que, después de provocarle sangre dos veces a la persona que está afeitando, decide terminar con la carnicería matándolo de un tajo firme; dos viajeros de tren que se pelean estúpidamente por la corbata que lleva uno de ellos; un par de esqueletos del cementerio que tratan de animarse entre sí, augurando que vendrán sin duda tiempos mejores; o esa broma cervantina del padre que, constatando que su hijo no cree que el molino que está viendo sea un gigante, afirma con gesto grave: “Me preocupas”.

Algunas de las historias te dejan frío, otras te provocan una sonrisa, otras incluso te invitan a meditar. Es un poliedro simpático e intrascendente, que se lee en tres horas y que se olvida en tres minutos.

viernes, 7 de agosto de 2026

Dar la vida y el alma

 


Para las personas que hayan leído Tríbada, de Miguel Espinosa, imagino que será sorprendente que la compare con Dar la vida y el alma, de Marina Mayoral. No lo hago tanto por la intensidad literaria de sus páginas (que juzgo superior en el caravaqueño) como por el espíritu que impregna ambas obras: la voluntad de analizar y entender todos los meandros íntimos de sus personajes. El asunto o argumento queda convertido en ambas obras en pura anécdota, porque la mirada de quien escribe se concentra en los móviles de sus personajes, en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus temores. Consciente de esa condición, Espinosa prefería con buen criterio la etiqueta de ‘libro’ a la de ‘novela’, pero entiendo que la autora gallega ensaya otro mecanismo: el manejo de dos líneas alternas, que se trenzan a lo largo de la obra como sinusoides independientes. En la primera (la más puramente novelesca), nos habla de Amelia, una chica jovencísima (18 años) que, tras su noche de bodas en París, es abandonada por su marido, Carlos, que la deja sin nada: ropa, dinero o calzado. Eso no la impulsa a la venganza o la amargura, sino hacia la conformidad: sigue considerándose casada con él y rehúye toda posible denuncia, para consternación o enfado de la familia (que no entiende su actitud) y para asombro de la ciudad (que mira con estupor y con respeto su gesto de conformidad cristiana). Enrique, un chico que la amaba desde antes de su boda y que la sigue queriendo platónicamente, se casará con Carmen, consciente de que ella nunca accederá a la anulación del matrimonio. De hecho, cuando las garras de la enfermedad arañen a Carlos en su vejez, Amelia acudirá para estar a su lado, contra todo pronóstico. En la segunda línea, Mayoral, auxiliándose con referencias a otros escritores (Eduardo Mendoza, Benito Pérez Galdós, Mercè Rodoreda, Emilia Pardo Bazán, Mario Vargas Llosa, Gabriel Miró, el arcipreste de Hita, Espronceda, Larra, Bécquer o Stendhal, entre otros), se adentra por un interesante sendero de análisis, donde psicología y sociología se dan la mano para hacernos reflexionar sobre la historia: ¿qué sintieron sus protagonistas? ¿Qué fue lo que motivó sus actos? ¿Qué porcentaje de amor, de religión, de conveniencia social o de terquedad impregnó las actuaciones de Amelia, de su padre, de Carlos, de Enrique, de Lola, de Carmen? Y, además, ¿cuánto nos revelan los recovecos de esta historia de la propia narradora, que ha sido abandonada por su pareja y que no puede evitar reflejar sus ideas en el libro (“A mí me sorprende cómo algunas mujeres luchan por retener al hombre que se ha enamorado de otra, o incluso al que se ha cansado de ellas y se enreda una y otra vez en aventuras buscando nuevas ilusiones. Yo me siento incapaz de hacer otra cosa que no sea facilitarle el camino para que se vaya”)?

A la postre, poco importa que hablemos de personajes reales o imaginarios; y poco importa que la voz narradora corresponda a Marina Mayoral o no (solamente un lector muy cotilla puede estar interesado en esos pormenores). Liberados del poder coyuntural del tiempo y del registro civil, los análisis y elucubraciones de Dar la vida y el alma, que me parecen muy valiosos, adquieren corporeidad por sí mismos y fijan su propio territorio. Notable.

jueves, 6 de agosto de 2026

Dolmen

 


Nunca he desdeñado los libros de pura evasión. Creo que son necesarios, útiles y refrescantes. Y no lo digo con condescendencia, sino con respeto: estimo que esas obras cumplen una hermosa misión de entretenimiento, magia y emociones que a mí me parece digna de aplauso. Son los Indiana Jones de la literatura, con todo lo que eso implica: yo no me hice lector con Proust o con Joyce, sino con Agatha Christie y Enid Blyton. Supongo que se me entiende. Estos últimos días he tenido la oportunidad de refrescar ese entusiasmo con la novela Dolmen, de Manuel Pimentel, que empieza de una forma espectacular: a punto de iniciarse las labores de prospección arqueológica del Dolmen de la Pastora, en Valencina de la Concepción, uno de los participantes es brutalmente asesinado en su propia casa: le han extraído los ojos, le han cortado la lengua, lo han emasculado y, cuando aún se encontraba con vida (eso concluyen los forenses), le han abierto el pecho, le han extraído el corazón y, después de morderlo, lo han depositado en un vaso ceremonial. Imagino que, a estas alturas, la persona que esté leyendo la reseña habrá experimentado un espeluzno, pero le adelanto que se trata solamente de un pequeño preámbulo, porque pronto empiezan a encadenarse otras muertes igual de atroces que parecen organizadas alrededor de una mujer: la arqueóloga Artafi, quien no acierta a explicarse por qué muchos de quienes se acercan a ella acaban tan salvajemente descuartizados.

Con pulso más que firme, Manuel Pimentel nos presenta aquí una cartografía sorprendente (y fidedigna) de espacios megalíticos por el sur de España, con sus dólmenes, sus menhires y con crómlechs, que sugieren un pasado de extrañas liturgias (todavía desconocidas para los investigadores, quienes se limitan a sugerir conjeturas) y que sirven al escritor sevillano para construir una trama novelesca llena de rituales sangrientos, giros sorprendentes y personajes ambiguos, donde las culpabilidades y las inocencias fluctúan tan rápida como inquietantemente (“En el juego de espejos deformantes en el que me veía envuelta, donde nada era lo que parecía, se pasa de héroe a villano sin solución de continuidad”) y donde lo detectivesco y lo macabro se funden de una manera tan perfecta que consigue absorber al lector desde las primeras páginas. Una novela que explora, además, un miedo perturbador: ¿qué ocurre si, en medio de un aquelarre de crímenes y mutilaciones, todos (incluidos tu padre y tu madre, tu mejor amiga, tus mentores, tus compañeros, hasta los policías) son sospechosos? ¿De quién te puedes fiar? ¿En qué brazos puedes abandonarte? ¿Tras qué sonrisa se esconde un asesino implacable? Pura adrenalina. Puro horror.

Recuerdo que, tras la lectura de El librero de la Atlántida (https://rubencastillo.blogspot.com/2018/04/el-librero-de-la-atlantida.html), manifesté mis suspicacias por el desaliño formal de la obra y por la inconsistencia de sus diálogos. Ocho años después, he decidido dar una segunda oportunidad a este escritor y me alegra haber acertado: Dolmen me ha parecido absolutamente fascinante. Habrá un tercer acercamiento.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Entre Úbeda y Mágina

 


Mi hermano Luis, que conoce mi admiración sin límites por Antonio Muñoz Molina y que sabe moverse más rápido que una centella, compra y me presta el libro Entre Úbeda y Mágina, que devoro en menos tiempo del que tarda en persignarse un cura loco.

Descubro que su fecha de nacimiento es el 10 de enero de 1956, aunque su padre lo inscribiese por error en otra; que el parto (que se produjo en casa, en el cuarto de la viga) fue difícil, hasta el punto de que llegaron a temer por su vida; que su abuela Leonor, tan dulce y cariñosa con su nieto, era sumamente perspicaz a la hora de analizar sus primeros amores (“A mi nieto se le da muy bien enamorarse de las niñas guapas, pero ellas no lo quieren”, p.31); que las primeras letras las aprendió en la escuela de María de la Hoz, amiga de su abuela; que le entristece la forma en que se están perdiendo ciertas canciones infantiles (“Todo eso desapareció. Las canciones se perdieron igual que los cantos de especies extinguidas de pájaros. Y no lentamente, sino de la noche a la mañana, en unos pocos años, juegos y canciones que se habían transmitido de generación en generación durante no se sabe cuántos siglos”, p.43); que su padre tuvo siempre una noble vocación agrícola, aunque nunca consiguió contagiársela (“Ponía mucha paciencia y esmero en enseñarme cosas de la huerta que yo no tenía ningún interés en aprender”, p.64); que le produce una melancólica consternación la forma en que se extingue cierto vocabulario campesino (“Ir de una mata a otra recogiendo tomates, los pimientos, berenjenas, se dice ‘andar’, y es transitivo: “Andar los tomates”. Todos esos usos verbales desaparecerán cuando termine de extinguirse la generación de mis tíos”, p.75); o que consiguió seguir estudios después de los once años porque, frente a la oposición paterna, su maestro don Luis Molina se empeñó en ello. Además, como lector fervoroso del escritor de Úbeda, descubro detalles que me hacen sonreír sobre el general Orduña o sobre el comercio El Sistema Métrico, que aparecen en varias de sus novelas.

Afirma el volumen, en una de sus frases promocionales, que esta obra no versa sobre la vida de Antonio Muñoz Molina, sino que sobre todo plantea un dibujo de época, un cuadro para entender cierta España de hace unas décadas. Bien. No discutiré esa afirmación, pero me apresuro a matizar que yo no la necesito, ni lo entiendo como una virtud primordial: para mí es un gozo que el autor hable de sí mismo, de su familia y de sus primeros años en Úbeda. Y lo es porque, sin haber conocido en persona a Antonio Muñoz Molina y sin haber hablado nunca con él, lo admiro con una intensidad absoluta. Así que todos mis aplausos para el libro donde uno de mis dioses me habla de su infancia, de sus primeros maestros y de sus rubores amorosos adolescentes. Ya lo explica él mismo con palabras deliciosas, que no me resisto a reproducir, pese a su longitud: “La generación que ahora se extingue fue la última en España que vivió plenamente el mundo antes de la explosión del desarrollo, la última que ejerció los oficios inmemoriales de la agricultura y la artesanía, saberes populares muy sofisticados en los que se cimentaba su sustento y la dignidad de sus vidas. A mí ahora me remuerde la conciencia por no haber escuchado y preguntado todo lo que hubiera debido. Ahora nosotros, hijos y nietos de entonces, estamos a punto de ser otra última generación, la de los que escucharon, los que pasaron la niñez en aquel mundo perdido. Contar con veracidad lo que uno ha vivido me parece una obligación cívica. El pasado se inunda muy fácilmente de desconocimiento y de mentiras. Una comunidad civilizada se basa en gran medida en una conversación entre los vivos y los muertos. Nuestra tarea es atestiguar lo que hemos visto con nuestros propios ojos, incluso cuando parezca que nadie está interesado, y también contar lo que nuestros mayores nos contaron, lo que de otro modo no habría dejado huella en el relato de la Historia”. Imposible decirlo mejor.

lunes, 3 de agosto de 2026

Luna de enfrente


 

Muchas son las luces que emanan de esta Luna de enfrente que Jorge Luis Borges redactó en 1925: la contemplación feliz de ciertas calles de su ciudad natal, el raro esplendor callado de la Pampa, las despedidas de un amor que se fue apagando, el homenaje a ciertos patriarcas de su familia… Pero el conjunto, en mi opinión, queda disperso, diluido, feble. Parece como si el poeta aún no supiera por dónde adentrarse, como si aún no hubiera descubierto cuál es el camino real y auténtico que deben roturar sus versos. Se nota que tiene una voz (textos como “El general Quiroga va en coche al muere” o “Jactancia de quietud” se me antojan hermosos) y se nota también que aún no sabe qué hacer con ella. Mientras avanzaba por sus páginas he recordado con una sonrisa aquel juicio de Francisco Umbral, en el que aseguraba que el joven escritor sabe que es escritor, pero ignora qué escritor es. Así lo siento en Luna de enfrente. De todas formas, aquí y allá te sorprenden las fórmulas verbales de Borges y, aunque solamente fuera por eso, te preocupas de aguzar los sentidos y caminar despacio, para que no se te escapen. Por ejemplo, cuando le habla a la ciudad de Montevideo y le dice: “Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive”. Qué exactitud y qué belleza. Jugamos con ventaja, evidentemente, porque conocimos al adulto y eso nos autoriza a mostrarnos sentenciosos, pero este joven ya coleccionaba brillos.

domingo, 2 de agosto de 2026

El tesoro

 


En la localidad de Gamones se acaba de producir un descubrimiento bastante espectacular: una tinaja, con muchas joyas antiguas de oro y plata en su interior, ha sido descubierta mientras un personaje llamado don Lino estaba desbrozando un cortafuegos con su tractor. Esa es, al menos, la versión oficial, aunque los responsables de la investigación arqueológica sospechan que quizá el pueblerino estaba utilizando un detector de metales en las inmediaciones del castro en busca de riquezas. Obviamente, no lo pueden probar, así que tienen que dar por buena la versión de don Lino y personarse allí, para continuar la excavación y, en su caso, delimitar el monto económico de la recompensa que como descubridor le ha de ser adjudicada.

Jero es la persona a la que recurre el subdirector general del ramo para que dirija la excavación, pero va a tardar muy poco en descubrir que los lugareños (medio centenar de bastuzos unicejos que se niegan a ser “invadidos” por Madrid y que amenazan incluso con colgar de un nogal a quienes les “roben” la mina) están dispuestos a recurrir a las amenazas y la violencia para impedir su trabajo. Y a fe que lo harán.

Volvemos a encontrar en esta novela al Miguel Delibes que conoce bien (y que cuenta como nadie) las fricciones que se producen cuando el mundo urbano y el mundo rural coliden, con su cargamento de agravios históricos, suspicacias y testarudeces por ambos lados. Siempre una maravilla volver al genial autor de Valladolid.

sábado, 1 de agosto de 2026

Vida de un piojo llamado Matías

 


Dejando aparte la gracieta del subtítulo (“Un relato para jóvenes de 8 a 88 años”), que incurre en un procedimiento ya tan sobado como cansino (y que espero que no fuera sugerido por el propio autor), diré que me lo he pasado bien leyendo las páginas de Vida de un piojo llamado Matías, del donostiarra Fernando Aramburu. Nos cuenta la historia de un parásito que nace en la nuca de un maquinista y que, desde sus primeros días, debe sobreponerse a un sinfín de peligros: las arduas exploraciones de las uñas o el peine; el ímpetu de la ducha o la furia huracanada del secador (“En ambos casos logré salvarme por un pelo, al que me mantuve agarrado lo mejor que pude”); o la incertidumbre por descubrir que está solo en un territorio amplísimo. Pero lo verdaderamente interesante llega cuando el diminuto tiráptero empieza a relacionarse con otros seres: una pioja dicharachera (con la que descubre un vínculo familiar muy tierno), una pulga (que será amable con él) o una peligrosa cuadrilla de enemigos que, siervos del Rey de la Caspa y muy celosos de sus límites territoriales, lo esclavizan. Con ingenio, Aramburu nos invita a reflexionar sobre la xenofobia, la importancia de la bondad o el hedonismo, en una novela que gustará más a los pequeños que a los grandes. Idónea para una tarde de café granizado y ventilador.

viernes, 31 de julio de 2026

El mensajero del Apocalipsis



Imaginen que estamos en el año 1936 y que John Maynard Keynes (profesor en Cambridge y uno de los economistas más influyentes del siglo XX) entra como una exhalación en la célebre galería Sotheby’s, donde van a ser subastados un buen número de manuscritos de Isaac Newton. Imaginemos que consigue hacerse con algunos lotes interesantes, entre los cuales descubre con sorpresa varios textos en los que el reputado científico detalla sus experimentos con la alquimia y algunas conclusiones sobre la posible fecha del final de la Humanidad (el Armagedón de los judíos o el Apocalipsis de los cristianos). Hasta aquí, todo bien; entre otras cosas, porque Peter Harris (supuesto novelista estadounidense cuya identidad aclararé más tarde) no inventa absolutamente nada: todo ocurrió así. Son hechos históricos. De tal forma que cuando la acción se desplaza hasta el siglo XVIII y asistimos al robo de esos documentos de la biblioteca personal de Newton, el lector se prepara para una trama (ahora sí novelesca) centrada en sociedades secretas, misterios ancestrales y personas que, con antifaces, nombres falsos y ausencia total de escrúpulos (varias muertes se irán sucediendo durante sus páginas), provocan continuas descargas de adrenalina. El problema es que “Peter Harris” utiliza ese anzuelo (tal vez legítimo, pero sin duda tramposo) y luego tira por otro camino absolutamente antagónico, centrado en la avaricia, la falsificación de moneda y los bajos fondos ingleses, con sus rufianes, sus putas andrajosas, sus borrachines pendencieros y sus callejones oscuros. Y a mí, que soy lector agradecido, pero que valoro mi tiempo, la estratagema no deja de incomodarme. No tanto porque juegue a esconderme la bolita, como un trilero experimentado (ese camino narrativo estoy dispuesto a admitirlo e incluso a aplaudirlo), sino porque no hay bolita. Yo adquirí esta novela y le dediqué horas de mi tiempo porque se me habló de profecías, documentos antiguos, organizaciones que se mueven en la sombra, dispuestas a hacerse con conocimientos que afectan al calendario de Dios. A cambio, he recibido una trama enredada, llena de nudos y de avance renco, en la que de vez en cuando se alude a la condición esotérica de los papeles newtonianos (se llega a indicar el año exacto en el que se producirá el fin del mundo)… para de inmediato apartar ese detalle y seguir guiándonos por una trama llena de clérigos indignos, tabernas apestosas, mugre ecuménica y personajes barriobajeros.

“Peter Harris” (seudónimo que, según la Wikipedia, esconde al historiador José Calvo Poyato) no ha escrito una mala novela, líbreme Dios de incurrir en esa falsedad, pero sí una novela que no responde a las fórmulas publicitarias con las que fue vendida. No sé si ese tipo de cosas hay que aplaudirlas.

miércoles, 29 de julio de 2026

Don de gentes


 

Como en todos los volúmenes donde se recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo, se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida”); maravillas  irónicas en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la “modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas; su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.

¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

martes, 28 de julio de 2026

Elena sabe

 


Elena es una mujer que vive sola y que, a su edad avanzada, tiene que añadir el rigor inmisericorde de la enfermedad de Parkinson. Su médico le prescribió unas cápsulas de Levodopa, con las que consigue mitigar la rigidez de sus miembros, que la mayor parte de los días apenas la dejan caminar. Ese acto en apariencia sencillo para los demás (adelantar un pie y después el otro) se erige para ella en esfuerzo ímprobo. Pero un tenaz proyecto la impulsa a lanzarse a la calle: desea por encima de cualquier otra cosa esclarecer la muerte de su hija Rita, que el lluvioso día de Corpus Christi fue encontrada colgando de una cuerda en el campanario de la iglesia. Todo el mundo dio por hecho que se trataba de un claro suicidio, pero Elena sabe que su hija odiaba y temía las tormentas. ¿Cómo iba a encaminarse hacia la iglesia en medio de la lluvia? Todas las personas que rodean a Elena (el juez, el comisario, los vecinos, el sacerdote, los amigos, incluso el novio de Rita) aceptan la idea del suicidio, pero algo en su interior se rebela contra esa hipótesis. ¿Ha de resignarse a guardar silencio y dar por válida la versión oficial? Reacia al conformismo, Elena decide visitar a Isabel, una mujer a la que su hija auxilió veinte años atrás para pedirle que la ayude a esclarecer los hechos.

Magnífica analista de los pasillos interiores del alma, Claudia Piñeiro construye en Elena sabe una honda reflexión sobre el Parkinson, una enfermedad que la protagonista no tiene (“Ella lo padece, lo sufre, lo maldice, pero tenerlo no, tener implica voluntad de agarrar algo, de sostener, y ella no, eso sí que no”) y que, con sus desagradables tentáculos, condiciona y paraliza a todas las personas de su entorno. Y, como complemento, nos desliza un interrogante perturbador, tan áspero que raramente (o nunca) nos lo planteamos de forma voluntaria: ¿conocemos de verdad (sus angustias, sus miedos, sus esperanzas, sus zozobras) a quienes se encuentran a nuestro alrededor? Muy recomendable.

lunes, 27 de julio de 2026

La camarera de Bach


 

Siempre he mirado con desconfianza la expresión “a caballo entre…”, porque me parece tan rudimentaria como discutible: los cambios y las transiciones no se producen (en casi ningún ámbito de la vida o el arte) a gran velocidad, sino de forma lenta, tectónica, casi invisible. En ese sentido, Madlene Findelkind sería más bien (como también lo es La Celestina, por citar un ejemplo ilustre) una bisagra entre dos mundos: parte de ella pertenece al mundo antiguo; parte, al mundo moderno. Mas la historia de esta mujer no va “a caballo”, sino a doloroso paso de tortuga, porque nadie se lo va a poner fácil, ya que varias contrariedades pesan sobre ella: es huérfana, es una criada, es pobre, ha estado en la cárcel y ha sido madre soltera. Pero su voluntad es tan clara como firme: quiere salir de su condición. Quiere aprender a leer y escribir. Quiere liberarse de la tríada “criada, esposa o ramera”, porque esos estados se le antojan variantes de la preterición. Madlene anhela la dignidad de ser ella misma, sin someterse a los cánones rancios de un mundo que languidece con demasiada lentitud. Siendo niña, estuvo interna en un orfanato, del que la liberó un gran hombre, que luego la encomendó como sirvienta en el hogar de Johann Sebastian Bach, de donde salió un tiempo después, acusada injustamente de robo, portando en su seno un hijo del afamado compositor. Desde entonces, conoció innúmeras humillaciones (soportó miradas lascivas, fue violada, tragó saliva mientras era juzgada por quienes se sentían por encima de ella, escuchó insultos, padeció desdenes y exilios), pero su voluntad se mantuvo erguida, aferrándose a una idea tan revolucionaria como peligrosa en aquel siglo XVIII, y aun en la actualidad: ¿por qué tiene que resignarse la mujer a ser inferior? ¿Acaso no es igual que el hombre?

Rodeada de personajes tan ilustres como significativos (músicos como Bach o Scarlatti, filósofos como Voltaire, naturalistas como Buffon, mujeres poderosas como la marquesa de Pompadour), Madlene Findelkind se convierte en bandera y en metáfora de un tiempo complicado y de una idea feliz: que todos merecen una oportunidad, sean pobres o ricos, mujeres u hombres; que todos pueden aspirar a la educación y deben ser tratados con respeto; que todos merecen tocar las estrellas, aunque sea “alzándose sobre las puntas de unos zapatos prestados”. Antonio Gómez Rufo es el autor de esta interesante, documentada y educativa novela, que he leído con mucho agrado.

sábado, 25 de julio de 2026

La realidad de la ficción

 


Cuatro fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos, con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25; “Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.

Accedemos, nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero “curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción, y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores. Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el corazón y la memoria de los demás.

Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.

viernes, 24 de julio de 2026

El vigilante del salón recreativo

 


“Soy un hombre modesto”. Con estas palabras se presenta Ventura, la persona que, tras la muerte de Esteban Amat, accedió al puesto de vigilante en los Billares Sanchís (que ahora reciben el nombre de Salón Recreativo Galaxia), donde lleva treinta años. Esteban era un ser despreciable, un pederasta que “sodomizaba con espasmos de remero a los chavales en el water” (p.8). Ventura, por el contrario, es un hombre sin deseos ni ambiciones (“Lo que más me gusta de mí mismo es la abulia”), que ha tenido alguna relación sexual más bien sórdida con una tal Emma; que disfruta con la lectura, entendida como otra forma de la laxitud (“Tengo que leer, así serán otros los que piensen por mí, leer me relaja”); que no muestra las mismas aficiones que sus congéneres (“No tengo televisión”) y que se desenvuelve con pocas pertenencias (“Mi casa apenas tiene muebles, ni electrodomésticos”). No juzga que su modo de vida, aislado y poco sociable, haya sido negativo (“El silencio ha servido para fortalecerme”), pese a saber que su jornada laboral es demasiado larga (“De diez de la mañana a nueve de la noche”) y que su vida, en sí misma, es insignificante (“Soy un documental en blanco y negro”). Los demás quizá sean más felices, pero él se limita a observarlos sin que la ambición o la envidia lo alteren (“Me comporto como los cautos espectadores de una obra teatral que no sé si por educación, prudencia o simple cobardía, no se atreven a abandonar la sala”), entre otras cosas porque es consciente de la flaqueza de su temperamento (“Soy extremadamente tímido”), circunstancia que con seguridad le facilita la existencia (“He aprendido algo fundamental para que a uno lo dejen vivir en paz: hay que respirar y callarse”).

Si desean conocer la historia completa de este singular personaje les sugiero que acudan hasta las páginas de El vigilante del salón recreativo, del malagueño José Antonio Garriga Vela. Creo que les puede llamar mucho la atención.

jueves, 23 de julio de 2026

El reino de los mil pájaros


 

Hace cinco generaciones, el rey y la reina de un lejano país de oriente optaron por separarse y, como consecuencia, también el territorio sobre el que mandaban quedó dividido en dos bloques (la parte amarilla y la parte azul), enfrentados de forma irreconciliable. Ciento cincuenta años después, la zona amarilla (que recibe el nombre de Tah-Ching) está gobernada por el Mandarín, un hombre belicoso que ha tomado la decisión trascendente de declarar la guerra inmediata para que sus vecinos de la zona azul (Tah-Chang) dejen de estar bajo el dominio de la Emperatriz y pasen a convertirse en súbditos suyos. Simétricamente, escuchamos que la citada Emperatriz, animada por su Consejera y su Ministra, ha tomado la misma decisión: enfrentarse a los rebeldes amarillos y unificar el reino bajo su femenino y autoritario mandato. ¿Es la guerra inevitable? ¿Nadie logrará impedir que se produzca ese desperdicio de vidas? La respuesta se encuentra en los hijos de tan ambiciosos dirigentes: el príncipe Yi-Jie, amante de los pájaros, el deporte, la poesía y la flauta (por la parte amarilla) y la princesa Xia-Mei, que adora el arpa, las flores y los gatos (por la parte azul). Casualmente, se encuentran en un prado sin reconocerse; y quedan extasiados al mirarse.

Con ese planteamiento y ese arranque, el valenciano Juan Ramón Barat elabora su obra El reino de los mil pájaros, una pieza teatral especialmente dirigida a los niños y jóvenes, donde florece la ingenuidad y donde menudean los juegos de palabras basados en la condición oriental del drama (“Lo estamos engañando como a un chino”, página 9; “Todo eso que dices me suena a chino”, página 16; “El bazar de los chinos”, página 19; “Si no queréis las dos que os castigue con una tortura china”, página 51; etc). Un alegato contra la guerra y a favor del amor que apela a los sentimientos más nobles del alma humana. Simpático.

miércoles, 22 de julio de 2026

El caso del artista cruel

 


Kurti Innauer es un artista plástico de Innsbruck tan petulante como exitoso: convive con una chica llamada Timna (que tiene la edad de su hija Klara), bebe como una auténtica esponja, se muestra desdeñoso con quienes le tributan su admiración, mantiene la relación con su esposa (Gundula) porque es su marchante y ha conseguido que sus cuadros, crueles, horrendos y desagradables (mezcla sangre, huesos, cristales y hasta cocaína con sus pigmentos) se vendan por auténticas fortunas (“Cada uno tiene un tipo de sensibilidad: yo veo lo cruel, lo repugnante del mundo y del ser humano, igual que otros ven solo lo rosa y lo cursi. Hay quien pinta gatitos blancos jugando con un ovillo de lana, hay quien retrata desnudos de mujer, hay quien pinta paisajes. Yo pinto cadáveres mutilados, drogadictos, torturas. Para todo hay mercado”).

Y, de pronto, un terremoto sacude su existencia y la pone patas arriba: su joven amante es encontrada muerta en el bosque. Klara, que podría ser sospechosa del crimen, se encontraba viajando en tren en ese momento. La esposa de Kurti, que podría ser también sospechosa del crimen por despecho, se encontraba a muchos kilómetros, con una sólida coartada. Y el propio Kurti, según testimonio de unos amigos que fueron a visitarlo esa tarde y de un vecino con el que mantuvo una agria discusión, estaba profundamente borracho, tirado en el sofá. Todos parecen quedar fuera de las sospechas iniciales… pero alguien tiene que haberla matado. Un collar exclusivo y carísimo que llevaba la víctima (y que ahora ostenta en su cuello la hija de Kurti), un cuadro presuntamente robado hace años (y que luce en el despacho del amante de Gundula) y una misteriosa cinta de audio que ha desaparecido se unirán al enredo para convertir El caso del artista cruel en una novela sinuosa, enigmática y justísima ganadora del premio Edebé de literatura juvenil. Si tienen oportunidad, les recomiendo que no se la pierdan: Elia Barceló nunca defrauda.

martes, 21 de julio de 2026

Los caminos del miedo

 


Cuatro propuestas nos ofrece Joan Manuel Gisbert en su libro Los caminos del miedo, y en todas se percibe, como no podía ser de otra manera, la solidez de un narrador curtido y polivalente que ha merecido galardones como el premio Lazarillo, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Barco de Vapor, el Gran Angular, el Edebé o el Cervantes Chico. Casi nada.

En la primera (“La obsesión de Amberes”), nos habla de Solange y de Jules, dos personas interesadas en el mundo del ocultismo que, sin conocerse, realizan la misma acción: visitar una fábrica abandonada en la cual, según los expertos, “se podía obtener una respuesta veraz a las incógnitas fundamentales de la vida”. Los dos desean formular una pregunta parecida, relacionada con su propia muerte, y muestran anhelo y a la vez pavor por el resultado de la consulta, que queda consignada en un sobre cerrado. ¿Querrán abrirlo? ¿Querrán leerlo? ¿Serán capaces de afrontar la brutal revelación que sus líneas contienen? Con una mezcla de terror gélido, metafísica y ciertas gotas de humor, Gisbert consigue un relato contundente y digno de aplauso, que sirve de primer plato en un menú que, además, contiene un duelo a muerte en Sevilla, acompañado de premoniciones macabras (“Los mensajeros de la muerte”); la angustia de una mujer cuando tiene que cuidar la inquietante caja que le deja en custodia su vecino, quien tiene un pavoroso ojo de cristal (“Pupilas de obsidiana”); o la paralizante gelidez que pone a Hans de Turingia al borde de la muerte mientras viaja, subido en su caballo, camino a Constanza (“En la llanura blanca”).

Que no se engañe nadie con la etiqueta de “autor LIJ” que suele adherirse junto al nombre del autor catalán: Joan Manuel Gisbert es un magnífico narrador que convence y encandila, sea cual sea la edad de la persona que abra el libro. Hagan la prueba.

lunes, 20 de julio de 2026

Insolación

 


Durante siglos, los hombres han dispuesto la vida y las normas sociales a su plena satisfacción, dejando a las mujeres en un puesto ingrato, obligadas a la renuncia, la aquiescencia o la infelicidad, con rictus serios y corazones malbaratados. La viuda doña Francisca de Asís Taboada (quien, pese a lo áspero de su condición, apenas tiene treinta y dos años) vive en Madrid una existencia tan rancia, tan bostezante y tan previsible como de ella se espera: asistencia a los oficios religiosos, directrices morales rígidas (emanadas del padre Urdax, su confesor), visitas protocolarias a casas tan honorables y aburridas como la suya y, por supuesto, relaciones frías y acartonadas con cualquier varón de su entorno, tenga la edad que tenga. Y ella, que es de una “formalidad cantábrica” (la fórmula pertenece a su creadora, doña Emilia Pardo Bazán), se aviene incluso con sinceridad a estos parámetros. En momentos de duda, se permite alguna rebeldía interna (“¿Por qué no han de tener las mujeres derecho para encontrar guapos a los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal que lo manifiesten?”); pero, por regla general, responde perfectamente al canon de la dama intachable. Hasta que aparece en su vida un donjuán andaluz llamado Diego Pacheco, al que ella encuentra cada vez más irresistible (para sorpresa del lector, porque el jovenzuelo reconoce ser mujeriego, gandul, veleidoso, sin oficio ni beneficio, violento cuando se le contradice y bastante controlador). Cada vez que el mozo se va, ella recupera la sensatez (“Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole… acabose, me perdí”), aunque la cordura se desvanece en el momento en que vuelve a hacer acto de presencia, con su desfachatez meridional y su gracia campechana. Asís, sabiendo que lo más razonable es poner distancia entre ellos, para evitar las habladurías (“De poco le sirve a una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora”), se repite a sí misma una y otra vez que no caerá, que no caerá, que no caerá… hasta que se llega a las últimas páginas y descubrimos el asombroso desenlace de la historia.

Reivindicativa, gran observadora (y gran crítica) de los absurdos rituales sociales de su tiempo (probablemente no menos ridículos que los nuestros), la gallega Emilia Pardo Bazán nos ofrece en Insolación un análisis magnífico sobre los corsés que atenazaban a las mujeres en el siglo XIX. Y lo hace, sobre todo, con una novela estupenda, cuya lectura sigue siendo amena y educativa.