viernes, 2 de octubre de 2026

Trilogía de Madrid

 


Vuelvo por tercera vez a las páginas de Trilogía de Madrid, de Francisco Umbral, un libro que me sigue pareciendo extremadamente duro y exhaustivo, exquisito, reverencial, enciclopédico y biográfico, en el que su autor va recordando e hilvanando todos los retazos de su juventud de escritor novel. Huelga hablar (nos encontramos ante un estilista portentoso) de la calidad de su escritura, que produce asombro y admiración. Este tomo es una sabia mezcla de libros de viajes, de picaresca y de fresco anecdotario, lleno de boutades: elogia a D’Ors y Gabriel Miró; declara ilegible a Pío Baroja; reputa de mareante la prosa de Bergamín: eleva a los altares a Mihura, Azaña y Camilo José Cela; define las sesiones de oficina como “horas/culo”; y dictamina que Alberto Sánchez es el mejor escultor del siglo, sin comparación posible. Intentar resumir este libro sería como intentar resumir Madrid: tarea absurda. Pero el lector tiene, inauditamente, la sensación de haber recibido en los ojos, en el corazón y en el cerebro, ese resumen. Es otro de los prodigios de esta obra.

Anoto una muestra de las frases que he subrayado en el tomo: “El cosmopolitismo es la rama turística de la literatura y no conduce a ninguna parte. “El estilismo es el gran onanismo literario y no creo que se haya inventado nada más eficaz para pasar el rato, para pasar la vida”. “En arte no hay más que intérpretes. En arte no hay creadores. Los colores estaban ahí, el idioma o la música son creaciones colectivas y anónimas. El creador más radicalmente creador no es sino un intérprete afortunado, un virtuoso del instrumento que le esperaba: paleta, música o idioma”. “Romántico es el que tiene un instrumento, y clásico el que solo tiene una preceptiva”. “El novel sabe que es escritor, pero no sabe qué escritor es”. “La muerte burocrática, el homicidio legal nunca ha sido un crimen, o casi nunca, para los poderes de derecha/izquierda, mientras que el delito no burocratizado, aunque menor, es el gran delito que hay que castigar”. “España es una gran desperdiciadora de hombres”. “Ese intercambio de miserias que es el amor”. “El intelectual español, pues, el escritor, el creador, ha de encontrar un delicado equilibrio entre el cuervo localista que le come del costado y el perfil clásico, universal y perdurable de Prometeo”. “Hay gente que no apetece ni matarla”. “La huella digital del tiempo es una foto”.

jueves, 1 de octubre de 2026

Sentires y pensares

 


Santiago Delgado, con su mirada callada de poeta sensible, se detiene en su último libro (Sentires y pensares) en la forma en que las rosas y sus sombras permutan por juego sus colores; en el frescor matinal de las mañanas de otoño en Murcia; en la hermosura de las naranjas en el árbol (“¡Qué buen mirar que tienen!”); en la inefabilidad de ciertas bellezas que emanan de las flores (“Yo sí sé de esa sombra / hecha de piel de pétalo, / pero no sé decirlo”); en el ansia alborozada e imposible de conocer el nombre de todas ellas; en el amor que siente por la descripción del paisaje (“Lo creo mío, y me identifico / mucho con sus pormenores / y aun con sus pormayores”); en los poemas dedicados a los libros nunca leídos (pero jamás despreciados) de su biblioteca; y en los homenajes que rinde en la parte final del volumen a figuras culturales de su predilección (Ovidio, Cernuda, los hermanos Machado, Baremboim, el infamemente quemado Cristo de Tauste, las muertes tristes de Jorge Luis Borges y Miguel Hernández, o el arrebato irreversible de Margarita Gil Roësset, aquella escultora hipersensible que se suicidó, enamorada de Juan Ramón Jiménez, a los 24 años).

Maestro elegante de las seguidillas y de la asonancia (véanse poemas como “Olivo viejo de La Murta”, “Hojas muertas y maletas vacías” o “Acequias”), Santiago Delgado exhibe en esta obra, de forma serena, dos condiciones que siempre he descubierto en su literatura: la de poeta y la de filósofo. Tal vez la versatilidad de sus cuentos, novelas y ensayos haya podido camuflar para muchas personas esas dos vertientes de su pensamiento, pero para mí son cruciales a la hora de disfrutarlo y entenderlo en plenitud. Santiago pasea por las calles, contempla los árboles o las flores, queda en silencio durante la lluvia, reflexiona sobre algunos personajes históricos o deambula por un cementerio; y lo hace, siempre, con las pupilas de un poeta: atentas, receptivas, afiladas. La última demostración son estas 74 composiciones que, con el título de Sentires y pensares, edita con acierto La Fea Burguesía. Búsquenlas.

miércoles, 30 de septiembre de 2026

Galaxia latinoamericana

 


Después de haberlo consultado para la confección de varios temas universitarios (en el siglo pasado), vuelvo ahora a las páginas de Galaxia latinoamericana, de Jean-Michel Fossey, un enjundioso tomo de entrevistas a autores del otro lado del Atlántico, que lleva un prólogo de Rafael Conte. Disfruto con la inteligencia y la elevada sensibilidad de casi todos los autores aquí incluidos; y subrayo muchas de sus frases. Como resumen y ejemplo, copiaré las del premio Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias (“Soy un enamorado de la palabra: es una cosa esencial, vital, necesaria. Creo que en la palabra está todo y que fuera de ella no hay nada”), las del cubano José Lezama Lima (“Yo creo que ningún verdadero creador debe imponerse una autocensura. Si toda censura de fuera es molesta, una censura del creador me parece todavía más desdeñable e inadmisible”), las de Héctor Bianciotti (“Un mal libro quedará siempre reducido a su tema”), las de Luis Campodónico (“Los escritores que creen demasiado en las palabras olvidan que la finalidad de la palabra poética es conducir al silencio, al silencio esencial”), las de Alfredo Bryce Echenique (“Un cuento bueno nunca puede tener altos y bajos; tiene que ser bueno de principio a fin. Es como una especie de ajedrez, que tiene que terminar siempre con un jaque mate”) o las del habanero Roberto Fernández Retamar (“La crítica literaria no es en absoluto un género literario. La crítica, en todo caso, es literatura sobre literatura, metaliteratura”).

Da gusto escuchar a los mejores: se aprende de sus palabras.

martes, 29 de septiembre de 2026

La intrusa

 


Varios familiares están reunidos en el salón, bastante claustrofóbico, de una casa. Se encuentran preocupados y nerviosos, porque una enferma está descansando en el dormitorio contiguo e ignoran cuál pueda ser su evolución en las próximas horas. “Cuando la enfermedad entra en una casa, siempre parece que hay un extraño en la familia”, susurra el tío. El padre de la muchacha (un abuelo casi ciego, que roza los ochenta años y que, en virtud de esa edad, se juzga que “tiene derecho a ser un poco raro”) sospecha que los demás, para protegerlo, le están ocultando información sobre su hija. Todos los ruidos le parecen sospechosos, todos los silencios le parecen conspiraciones: ¿por qué nadie le quiere decir la verdad? ¿Acaso es que su hija está muriendo y prefieren apartarlo de ese dolor? Suspicaz, hipocondríaco, casi emparentado con el Tiresias de Sófocles (“Ya veo que algo pasa”, dice, y el tío le replica: “En ese caso, ve usted mejor que nosotros”), el abuelo se revuelve contra unos y otros, pregunta, suplica, se alarma cuando le parece oír golpes en la puerta o en la escalera. Finalmente, cuando llega por fin la intrusa, todos entran en el dormitorio y lo dejan, desorientado y solo, en el salón.

Simbólica y poderosa, esta pieza del belga Maurice Maeterlinck (que leo en la traducción de María Jesús Pacheco) te mantiene en una constante tensión nerviosa hasta que, al final, revela sus cartas. Interesante.

lunes, 28 de septiembre de 2026

Mitos griegos

 


Tras un simpático prólogo rimado de Pepe Yagües, la escritora Isabel Soler pasa a contarnos en su último libro (Mitos griegos, editado por Tirano Banderas) una cuidadosa selección de historias ambientadas en el mundo heleno: el mito guadiánico de Perséfone, condenada a alternar su presencia entre el mundo y el inframundo, como consecuencia de un rapto infame y una ingenua veleidad gastronómica; el regalo ardoroso que Prometeo compartió con los seres humanos; la ilusionada labor genesíaca de Pigmalión, quien esculpió a Galatea porque ninguna mujer real conseguía satisfacer sus expectativas; la soberbia tejedora de Aracne, debidamente castigada por la diosa Atenea; la clarividencia maldita de Casandra, condenada a conocer las verdades que los demás no quieren creer; la urdimbre astuta del caballo de Troya; o las peripecias, quizá menos conocidas, de Dríope o Clitia. Historias que se encuentran en la base de la cultura occidental y que, bajo diferentes disfraces e interpretaciones, nunca dejan de sorprendernos y enseñarnos. Ahora, Isabel Soler elige volver a esa alfaguara (ha sido una oportuna idea) con estos versos que, bellamente ilustrados por María Torres Signes, conforman un volumen que no debería estar ausente en ninguna biblioteca escolar.

También me gustaría llamar la atención sobre las sonrientes licencias que la autora va sembrando en las diferentes leyendas del libro y que dan buena muestra de su sentido del humor: Dionisio, a causa del insomnio, “tenía malas notas con demasiada frecuencia”; cuando Dafne rechaza el amor de Apolo, este “no entendía la indirecta”; Atalanta, presionada por su padre, debe elegir entre varios hombres “el que le gustara, como un souvenir”; Pasifae, hija de Helios, “hablaba por los codos”; Ariadna se ha “jugado el tipo” al darle el ovillo salvador a Teseo; y, en fin, esa referencia a que, en el mundo griego, “luchar hasta el final era la tónica”. Lectura y audición quedan, con esos mecanismos coloquiales, enlazadas, para disfrute de quienes acudan al libro. Una gozada.

domingo, 27 de septiembre de 2026

Ligero de equipaje

 


Leo, con absorbente fascinación, el deslumbrante tomo Ligero de equipaje (el contraste entre el título y las más de ochocientas páginas de la obra es llamativo), con el que Ian Gibson (Dublín, 1939) nos entrega su biografía de Antonio Machado. En ella consigue (como consiguió con las varias obras que ha dedicado a Federico García Lorca) que yo sienta al poeta andaluz, que lo perciba como un niño con múltiples raíces (hijo de, nieto de), como un chico que anhela encontrar el amor, como un afanoso joven que busca trabajo, como un adulto que se siente prematuramente otoñal, como un anciano derrotado por los acontecimientos. En este volumen he leído con mucha ternura las páginas dedicadas a Leonor Izquierdo, su única y jovencísima esposa, con la que apenas pudo convivir unos meses, hasta que la enfermedad se la arrebató; y de la que (el irlandés nos lo comunica con pesadumbre) sabemos relativamente poco. También he leído con especial pausa las páginas dedicadas a Pilar de Valderrama, aquel “amor” que Antonio descubrió en los años finales de su vida. Y entrecomillo el sustantivo porque el biógrafo me suministra datos suficientes para ratificar mi impresión de siempre: que Machado quiso saberse enamorado, pero que la mediocre poeta madrileña jamás lo dejó traspasar la frontera de lo “espiritual”, en un injusto desequilibrio que sin duda torturó al sevillano. Valderrama padecía una situación doméstica insatisfactoria (su marido tenía amantes) y con ese débil argumento impuso una relación monacal con el enfebrecido y atribulado poeta, al que posiblemente utilizó para su promoción literaria (“la siempre ambiciosa Pilar de Valderrama”, anota Gibson). “Pilar, tú no sabes bien lo que es tener tan cerca a la mujer que se ha esperado toda una vida, al sueño hecho carne, a la diosa”, le escribe. Pero ella, rígida, se aparta y deja de hablarle cuando Antonio intenta alguna aproximación, aunque sea labial; y le ofrece a cambio una etérea serie de “visiones oníricas”: a determinada hora, ambos pensarán en el otro, para sentirse cercanos (“el tercer mundo”, llamaban, por iniciativa de Pilar, a esa reunión fría e incompleta). La humildad casi rastrera que Machado muestra en sus cartas (llamándola “diosa” a pesar de su gelidez distante o mostrándose comprensivo con todos sus melindres) llega a producir cierto bochorno. Bien es cierto que, como dijo Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas; pero las de Antonio Machado a Pilar de Valderrama (las pocas que se conservan, porque ella quemó o mutiló la mayoría) producen sonrojo.

También este libro me ha ayudado a entender ciertas líneas del pensamiento filosófico de Antonio Machado que, por mi deficiente preparación en ese ámbito, siempre me habían resultado más impenetrables. Y qué decir de la crónica (tan detallada como conmovedora) de sus años finales, zarandeado por el infortunio sangriento de la guerra civil: la angustia de Madrid, el apoyo incondicional a la legalidad republicana, el traslado a Valencia, el desplazamiento a Barcelona, la lluviosa salida (en su último tramo, a pie) hacia Francia… No sé cuántas veces habré leído esa crónica (en obras de Gibson o de José Luis Cano), pero siempre me produce la misma y dolorosa sacudida emocional, donde veo el estupor del poeta, su callado estoicismo, su desgarro, su silencio horizontal en el cementerio de Collioure. Aplaudo con lágrimas.

viernes, 25 de septiembre de 2026

Aquel jardín


 

Hoy, cuando se cumplen seis meses (¡seis meses ya!) del fallecimiento del poeta José Luis Martínez Valero, me levanto muy temprano, antes del amanecer, y abro las páginas de su libro Aquel jardín, que le publicó La Fea Burguesía a finales de 2025. Durante dos horas, leo en susurros sus versos y me encuentro con sus recuerdos infantiles (esa madre que teje mientras lo ve jugar); con Águilas y la Isla Grosa; con el hombre silencioso que se queda en la playa anunciando el final del verano, en la última línea del tomo; con aquel Jardín en el que quizá no estuvimos nunca, pero del que fuimos expulsados; con Anna Ajmátova, que lee en voz baja sus versos y luego los quema con una cerilla; con la capacidad que tienen los vocablos para convertirse en objetos inmortales, que dan fe de nuestro interior, de nuestras ideas, de nuestros sentimientos (“Las palabras no cumplen años, / son siempre jóvenes adolescentes”); con el niño que juega en la orilla del mar, saltando sobre las algas secas; con la presencia del hermano, en la cama de al lado. Y, sobre todo, con la tristeza que empapa todas las composiciones que se tributan a quienes viven al otro lado, abajo, en la desolación soleada de África, soñando con una vida mejor un poco más al norte (“En racimos todos sonríen, / saben que al otro lado está la abundancia. / Se colocan sobre la borda del barco, / se marean, se hunden, sobrevuelan / la profundidad de los mares, / mientras caen como palomas cansadas”).

Solamente una cosa echo de menos en este libro, solamente una: la voz de José Luis. La forma en que leía con pausa y con hondura sus versos, alejado de toda solemnidad hueca, alejado de todo barroquismo tonal. El modo en que dejaba que las palabras saliesen de su boca con calma casi budista, sabiendo que la llovizna es más beneficiosa que el chaparrón, que la brisa es más hermosa que el vendaval, que la ola se recuerda con más cariño que el tsunami. Siempre presente.

jueves, 24 de septiembre de 2026

El fantasma del museo

 


Me dejó tan buen sabor de boca la lectura de su novela juvenil Detective privado que he decidido acercarme a las páginas de la segunda entrega de la serie que lleva el nombre de Justino Lumbreras: El fantasma del museo. Y constato, no solamente el buen manejo narrativo de Luis Leante, capaz de seducir a jóvenes y mayores con su prosa, sino también la gracia de este personaje, que llegó al mundo de la investigación privada de forma casual (las desavenencias con su jefa en la compañía de seguros Aurora lo animaron a seguir un curso de detective por correspondencia) y que, tantas veces, logra ir resolviendo los casos gracias a la casualidad, a las intervenciones de su hija Cande y al buen hacer de su ayudante Narciso Santín.

En esta ocasión, todo gira alrededor de un pequeño cuadro que ha desaparecido en el museo de la Fundación Ricardo Riveiro. Parece que lo han robado, pero la ausencia de pistas, la limpieza desconcertante de la sustracción, lleva a todo el mundo a relacionar el caso con la vieja leyenda del fantasma de Adelina, una pequeña que murió de tuberculosis y cuya presencia estremecedora en el museo (sonidos, movimientos, llantos) ha sido advertida por muchas personas a lo largo del tiempo. A partir de ese punto se inicia una trama en la que varios vigilantes y limpiadoras son interrogados, sin fruto aparente. Nadie parece saber nada. Nadie parece implicado en el robo. Y, por si faltara algo para que la cabeza de Justino explote de impotencia, una llamada telefónica de la vieja profesora jubilada doña Resu (que fue quien le enseñó sus primeras letras) le pide que la ayude en un caso doméstico, pero angustioso, que la tiene amargada. El lector, desde el principio, va acumulando interrogantes: ¿Cómo es posible que se estén produciendo desapariciones en el hogar de doña Resu? ¿Cómo es posible que Justino Lumbreras se haya quedado encerrado bajo llave en un panteón del cementerio? ¿Cómo es posible que, leyendo un libro de Edgar Allan Poe, la inquieta y perspicaz Cande ponga en las manos de su padre la solución al enigma? Van a tener ustedes que leer el libro para averiguarlo.

miércoles, 23 de septiembre de 2026

El bonito crimen del carabinero


 

Se puede entrar en un libro con la convicción de que no es una obra memorable y, sin embargo, disfrutar del paseo. Lógicamente, no es lo mismo pasear por una avenida lujosa de Barcelona o Buenos Aires que hacerlo por las callejuelas de un pueblo asturiano. Pero, ¿quién nos dice que debamos considerar menor lo que es más pobre o más pequeño? La vieja, estrecha, empinada y pobre calle donde me crie en Blanca no la cambio por ninguna otra del mundo. Así que cuando abro las páginas de El bonito crimen del carabinero, de Camilo José Cela, sé que no entro en los Campos Elíseos, ni en Hollywood Boulevard, ni en Abbey Road. En el viejo ejemplar que conservo en mi biblioteca anoté en febrero de 1986 estas palabras bajo el título: “Fruslería. Pa qué”. Ahora, cuatro décadas más tarde, tendría que volver a preguntarme lo mismo, aunque prefiero no hacerlo, pues he comprendido que para sentir ternura o cariño por un gato no hace falta que sea un Ashera.

Cela nos ofrece historias que dan la sensación de estar inconclusas o carecer de sustancia (“Se alquilan galas nupciales”), y eso te hace fruncir el ceño, porque sientes que se está burlando de ti; pero a la vez es capaz de dibujar piezas tan hermosas como “Baile en la plaza” o evocaciones tan tiernas como esa “Elegía de los autobuses pequeños, saltarines, desvencijados”. Al cerrar el tomo, acaricio su cubierta y sé que, cuando lo vuelva a poner en el plúteo, seguramente no lo volveré a sacar nunca. La caricia es una despedida lánguida. También lo acepto.

martes, 22 de septiembre de 2026

Paisajes (ciezanos) y lecturas

 


Mientras recorro las primeras páginas del volumen Paisajes y lecturas (ciezanos) no puedo evitar acordarme en primer lugar de uno de los prologuistas del tomo, Bartolomé Marcos Carrillo, inteligente profesor de instituto al que mi promoción (ay) me temo que martirizó con sus tontunas infantiloides allá por 1980. Después, tras un suspiro melancólico y una petición silenciosa de perdón por aquellas adolescentes barrabasadas, me encuentro con el sabroso contenido del tomo, que disfruto en silencioso respeto. En primer lugar, los textos que Pedro Diego Gil López dedica a su entorno, convertidos con tinta en espléndidas hojas, que me traen a la memoria algunos paisajes que conocí en mi adolescencia (viví en Cieza dos años): la finca del Menjú (“Un lugar idílico, de ilusiones perdidas, de transformaciones imposibles, de propiedad sin cordura”, p.13); la cantera de mármol de los Losares (que lleva más de tres décadas abandonada); el Almorchón (“Una peonza montañosa que quedó boca arriba cuando un niño la perdió después de jugar con ella a los cataclismos”, p.42); o la sierra de la Palera (la cual “se yergue en una cúspide absoluta, entre los pinares que se incendian cíclicamente con los mismos rayos de las tormentas secas”, p.77). Son las miradas y las emociones que una persona sabia es capaz de desplegar cuando contempla sus paisajes: es decir, los ojos del niño y las palabras del adulto.

Después llego hasta las interesantes reflexiones que Jesús A. Salmerón Giménez va desgranando sobre un elevado número de autores y obras, sobre los cuales emite atinados juicios: Rafael Chirbes (“Una prosa vigorosa, ágil, precisa, hermosísima”, p.121), la nota funeraria que le dedica a Henning Mankell (pp.137-138), su elogio exaltado de José Emilio Pacheco (“Uno de los más grandes poetas que he leído, de los que más me han llegado al corazón”, p.176) o el emocionado tributo que ofrenda a Gabriel Celaya cuando se cumplieron 25 años de su muerte (pp.200-203). Pero además de esas notas críticas también se incluyen poemas de creación propia o microrrelatos como el que aparece en la página 156. Y, como cierre delicioso del libro, un excelente reportaje fotográfico que ilustra paisajes y actos culturales en los que ambos escritores encontraron fuente de inspiración.

Un trabajo espléndido de la editorial Almadenes que conviene aplaudir con entusiasmo.

lunes, 21 de septiembre de 2026

Poesía


 

Después de haber leído no menos de cincuenta veces (no exagero) sus famosas Coplas (era uno de los temas que con más gusto explicaba en mis clases), dedico unas horas a recorrer la Poesía completa del autor, en la vieja, manoseada y adorable edición del profesor Giovanni Caravaggi. Entiendo que para un lector actual, acostumbrado a ciertos modos de pensamiento, a ciertos usos sociales y a cierto estado de lengua, el paseo por estos versos puede resultar dificultoso, pero si uno se sobrepone a esas trabas descubrirá interesantes juicios sobre la fragilidad de los mentirosos (“Que quien tantas vezes miente, / aunque ya diga verdad, / no es de creer”) o sobre la cálida presencialidad que exige el auténtico amor, en unos versos en los que Manrique introduce una inquietante coda de amenaza (“Quien quisiere ser amado / trabaje por ser presente, / que quan presto fuere ausente, / tan presto será olvidado”). Por supuesto, leo otra vez (y lo hago en voz alta, en la soledad de mi despacho), las Coplas a la muerte de su padre, que me vuelven a parecer un prodigio de intensidad, de sencillez y de sabiduría. Supongo que ahora, a mis sesenta años, percibo con más intensidad los matices crepusculares del poema, que quizá solamente eran un “tema” durante mis lecturas de juventud. Bien está. Quien no aprende algo nuevo cada día es porque tiende al despiste o porque está muerto.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Cada cosa en su sitio


 

Dedico un día completo a la lectura de Cada cosa en su sitio, de Azorín, que es un libro, como casi todos los suyos, donde resulta complicado utilizar las etiquetas convencionales. ¿Son cuentos, realmente? Digamos que son páginas de Azorín. Es lo más atinado. O, si se quiere, pequeños cuentecillos que quizá no sean tales, valga la paradoja. Antes bien, parecen viñetas, dibujos de acuarela, leves pinturas de orden psicológico, apuntes casi al modo carpetovetónico, en los que los personajes charlan mientras pasean por el monte, dialogan en la consulta de un médico, en la celebración de un bautizo, sentados frente a un balcón o degustando un poco de vino, morigeradamente. Esas situaciones le permiten al escritor de Monóvar reflexionar sobre la luna, los primores de los olivos, el disfrute de los paisajes campesinos, los viejos relojeros vocacionales, la inveterada costumbre madrileña de ir a tomar el sol en la Puerta del Sol, el trabajo brumoso de las almazaras, los avatares de la historia de España o el carácter melancólico de ciertos espíritus… Y eso sin olvidarnos de algunas sorpresas morrocotudas (que también las hay en el tomo y que anonadan por venir del “conservador” Azorín). Por ejemplo, uno de sus personajes anhela la diversificación administrativa de España (“Siempre, en España, se han usado las palabras patria y nación con referencia a las regiones. Los autores clásicos están llenos de eso. Y si antiguamente se hablaba de nación, en la certidumbre de que existen varias naciones en España, con más verdad se puede hablar hoy. La nación es comunidad de tradiciones y sentimientos. Hoy lo sabemos perfectamente. Nación es Cataluña y nación es Vasconia”); y otro (por quedarme en dos citas y dejar el resto para el futuro lector), repudia abiertamente la férrea intransigencia de la religión católica, con su infame Inquisición (“Se consuela uno un poco pensando que dentro de algunos siglos no habrá en España ni persecuciones por las ideas, ni represión del pensamiento, ni procesos arbitrarios, ni mucho menos bárbaras torturas”).

En todas las páginas, Azorín establece su propio ritmo de escritura, esas frases cortas que tanto irritan a algunos, la lentitud de su mirar (“No he de salir ya de este paso. No salir de su paso, es decir, no perder la serenidad, la ecuanimidad, es una norma esencial en la vida. Otros que escriban como quieran: yo escribo… como escribo”, p.128). Y, por supuesto, las obligadas visitas al diccionario que las páginas del alicantino Azorín exigen, con su vocabulario inusual, antiguo, de rancio abolengo. Anotaré diez de esas palabras, por si alguien quiere someterse a examen: galicinio, crezneja, tabelión, engurrio, liara, alborga, maganto, cojijo, ostugo y revellín. Vocablos que yo ignoraba y que, probablemente, jamás usaré o volveré a ver escritos en otros autores; pero que me encanta descubrir en las páginas de don José, como quien ojea paños antiguos al revolver las entrañas del arca de la abuela.

sábado, 19 de septiembre de 2026

Bicicletas de nariz


 

Ahora que ya no tengo hijos pequeños a quienes leer por las noches (el menor, que acaba de empezar el instituto, ya empieza a renegar de esa costumbre, por parecerle algo infantil), descubro el placer de leer en voz alta, fingiendo que aún disfruto de ese paraíso. Aprovecho mi jubilación para, en mi butaca del patio, poner voces y adoptar tonos, como si todavía unas orejas diminutas estuvieran pendientes de mis palabras. Lo voy a hacer de vez en cuando. Y estreno la experiencia con el libro Bicicletas de nariz, de mi querida Marisa López Soria, quien me habla del pobre Máximo, un niño con carencias visuales, que lo hacen propenso a las caídas y que le ocasionan mil problemas, entre jocosos y tremebundos: compañeros que no quieren jugar con él, porque advierten sus limitaciones; un señor que lo tiene que salvar cuando está a punto de cruzar un paso de cebra con semáforo en rojo; una señora con exceso de peso que, en la playa, es confundida por él con una ballena… “Lo máximo que me veo son las uñas de los pies”, confiesa cabizbajo en la página 28.

Por fortuna, ese problema tiene una solución fácil: ponerle unas gafas. El chico las elige de color rosa y se muestra exultante: es como llevar una bicicleta sobre la nariz. En su grupo de amigos, como siempre, hay disparidad de opiniones sobre la novedad oftalmológica, pero terminará imperando el cariño, que los une más todavía.

Mezclando ternura, humor, juegos de palabras y unas rimas tan simpáticas como pizpiretas, Marisa López Soria redondea una historia que encantará a cualquier niño que la lea. O que la escuche, como le sucede a mi invisible espectador.

viernes, 18 de septiembre de 2026

La noche de la encrucijada


 

Diecisiete horas dura ya el interrogatorio al que el inspector Maigret y su equipo están sometiendo a Carl Andersen, un aristócrata danés venido a menos que vive en una singular encrucijada francesa, donde solamente hay una gasolinera, la pequeña casa de un agente de seguros y la mansión (desvencijada y ruinosa, pero enorme) donde viven Carl y su hermana Else. Y el motivo de ese interminable interrogatorio es también singular, cuando no escalofriante: el coche del danés ha aparecido en el garaje del agente de seguros, mientras que el de este, con un cadáver dentro, se ha encontrado en el garaje de Carl. Aparte de la escenificación macabra o juguetona de ese delito, la identidad de la víctima tampoco es muy tranquilizadora: se trata de un corredor de diamantes de Amberes cuyo nombre es (o era) Isaac Goldberg. Persuadido de que Andersen no es el responsable del crimen (se trata, a todas luces, de un hombre educado, sereno y aparentemente pacífico), Maigret lo deja libre; pero se desplaza con su ayudante Lucas hasta la encrucijada, y comienza a formular preguntas, dándose cuenta de que el caso, formado por piezas tan sencillas, es mucho más complejo de lo que cabría imaginar. Cuando comiencen a aparecer objetos robados, joyas valiosas y hasta alijos de droga, Maigret descubrirá que se está enfrentando a una situación mil veces más peligrosa de lo que pudo prever al inicio del caso. En la escena final, con todos los habitantes de la encrucijada detenidos y esposados, nadie parece inocente y comienzan a descubrirse embrolladas conexiones entre ellos (nombres falsos, pasados carcelarios, relaciones sexuales inesperadas), en un crescendo que la veteranía narrativa de Simenon logra mantener en pie, pese a su condición desconcertante y tumultuosa.

jueves, 17 de septiembre de 2026

Paco Yunque

 


Decía el peruano César Vallejo que hay golpes en la vida tan fuertes… Sí, los hay sin duda. Y los sufren, sobre todo, como lamentaba el mexicano Mariano Azuela, “los de abajo”. En esta historia, quien se ve obligado a agachar la cabeza, morderse los labios y llorar de impotencia es Paco Yunque, un chico pobre cuya madre trabaja como sirvienta para el inglés Dorian Grieve, gerente de los ferrocarriles de la The Peruvian Corporation y alcalde del pueblo. César Vallejo nos invita a que presenciemos el primer día de escuela de este pobre chico, aturullado por el jaleo de sus compañeros, intimidado por la presencia autoritaria del maestro, cohibido por la frialdad del recinto escolar y, sobre todo, paralizado ante los desafueros de Humberto, hijo de Dorian, quien lo considera “su muchacho” y entiende que puede abusar de él, pegarle y robarle los trabajos. ¿Alguien sale en su defensa? Sí, pero resulta inútil, porque el maestro, que siempre se encuentra casualmente de espaldas cuando el chico comete sus tropelías, se niega a castigar a Humberto (“Bueno. Yo creo en lo que usted dice. Yo sé que usted no miente nunca”). Los demás tienen claro que no lo castiga “porque su papá es rico”. Es el triunfo de la arrogancia hipócrita sobre la inocencia inerme.

El retrato que César Abraham Vallejo Mendoza nos facilita sobre la sociedad peruana (sobre cualquier sociedad) es tan duro como riguroso: la soberbia y la conciencia de ser superior se mama en casa. Humberto sabe que su padre tiene mucho dinero y mucho poder. Los demás, por tanto, están obligados a transigir con sus caprichos, a someterse a sus brutalidades, a callarse ante sus vilezas. Y Paco Yunque (simbólico apellido) es aún demasiado niño para rebelarse contra el martillo que lo golpea.

miércoles, 16 de septiembre de 2026

Los hijos de la piedra

 


Me acerco hasta otra obra teatral de Miguel Hernández, que se titula Los hijos de la piedra y que gira alrededor de una zona minera y agrícola que pertenece a la pequeña localidad de Montecabra. Todos los protagonistas, cualquiera que sea el sector donde ganan su jornal, están contentos con la forma en que los trata su patrón, don Pedro, un hombre razonable y generoso, que ni se cree por encima de ellos, ni los trata de forma injusta. Pero cuando se produce su muerte y todo queda en manos de otro “Señor” (ni nombre se le da) las cosas se tuercen, por ser el nuevo propietario una persona despótica, ambiciosa y altanera, que les rebaja el salario, aumenta las horas de trabajo y se refugia siempre detrás de los guardias civiles, que defienden su status con las armas. Además, el repugnante amo se ha empeñado en forzar a Retama (la mujer del pastor) y, literalmente, demuestra ser un sádico (“Me gusta irritar y humillar a esta especie de gente”). De tal modo que el ambiente idílico que se respiraba en las primeras páginas queda convertido con rapidez en un infierno, que provoca hambre y desesperación entre los mineros y que los fuerza a rebelarse (aunque les cuesta dar el paso, dada su mansedumbre) contra el inicuo personaje, al que terminan ahorcando. ¿Una pintura maniquea? Mucho, cómo negarlo. A veces, incluso diría que roza la caricatura: los buenos son buenísimos; los malos, esperpénticos. Pero hay que ser comprensivos y juzgar la pieza dentro de su marco histórico (1935), en los meses duros, calientes y tensos que estaban preparando el estallido de la guerra civil.

Con un lenguaje mucho más poético que teatral (a veces, tiene que hacerse un gran esfuerzo para “creer” a los personajes, cuyo nivel lírico los vuelve irreales, impostados), Miguel Hernández se alinea de forma nítida del lado de quienes sufren, del lado de quienes dependen del capricho y la magnanimidad de ese amo que, con un simple gesto, los puede condenar a la hambruna o la cárcel.

martes, 15 de septiembre de 2026

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Alexia es una chica de 16 años que nació en Barcelona y que ha vivido una infancia sumamente peculiar: tras la muerte de su madre en un accidente doméstico (y con un padre que se dio a la fuga cuando su hija era todavía un bebé), tiene que trasladarse a vivir con su abuelo paterno, a México. Estando allí, consigue la dirección de correo electrónico de Benedict Woodward, su escritor favorito; y se decide a escribirle. Al principio, él contesta malhumorado, porque teme sufrir el acoso de una fan alocada, impertinente o sospechosa; después, sus respuestas se van suavizando, hasta que se inicia entre ellos un diálogo espaciado, cada vez más personal, donde las confidencias de la muchacha (que quiere ser escritora, que la convivencia con su abuelo es compleja, que frecuenta una librería donde quizá comience a trabajar) y del escritor (que ha estado en una clínica para personas alcohólicas, que su mujer murió, que su hijo es un rebelde con el que se lleva mal) salpican el texto. Pero Alexia, después de haber sido espiada por una figura que parece controlarla desde los alrededores de la librería y de sufrir una persecución en medio de la noche, sospecha que no todo está tan claro como aparenta en este intercambio de mensajes.

Una novela agradable y amena, quizá menos densa de lo habitual en Care Santos, que se lee con bastante fluidez y que gustará al público juvenil que sigue a la autora de Mataró.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Detective privado

 


El pobre Justino Lumbreras, agobiado por su insoportable, despótica, caprichosa y malhumorada jefa en la compañía de seguros Aurora, ha decidido abandonar el trabajo y dedicarse a una actividad para la que se ha preparado mediante un curso por correspondencia: la de detective privado. A su esposa (Gloria) y a sus hijas (Cande y Elisa) les sorprende la noticia, pero no tienen más remedio que aceptarla: si el padre ha decidido quemar las naves, la familia tiene que estar a su lado para apoyarlo. Durante unas semanas, la afluencia de casos es tan escasa como bochornosa: maridos que esperan descubrir una infidelidad de su mujer; el propietario de un vehículo, que está obsesionado con descubrir qué vecino le está rayando su coche con nocturnidad y alevosía… Pero, de pronto, una llamada de teléfono lo cambia todo: es la baronesa Von Bitter, quien desea contratar a Justino por una cantidad exorbitante de dinero para que descubra la identidad de quien le ha robado un valioso ejemplar de la Ilíada, que su difunto marido le regaló como prueba de amor. La vieja dama sospecha de un antiguo novio (el ex notario Wenceslao Calderón), que posiblemente quiere dañarla por no haberse casado con él, aunque lo que más intriga a Lumbreras es que dos empleados de la baronesa abandonasen el trabajo al mismo tiempo que desaparecía el libro. En ese momento, se inicia una apretada secuencia de actuaciones (entrevistas, persecuciones de coches, encuentros desagradables, diálogos con policías, espionajes), en las que participa con un papel principalísimo Cande, que asombra a su progenitor con su iniciativa y con sus dotes detectivescas (“No podía entender cómo la mente de su hija podía atar los cabos sueltos tan deprisa. A él le costaba más trabajo”, p.183).

Con este volumen simpático y ameno se inicia la serie de novelas juveniles que el caravaqueño Luis Leante ha ido redactando en los últimos tiempos con Justino Lumbreras como protagonista. Muy recomendable, sin duda.

domingo, 13 de septiembre de 2026

La casa de los siete balcones



Cuando se enumera el catálogo de grandes autores teatrales del siglo XX español hay varios nombres que siempre surgen: Federico García Lorca, Antonio Buero Vallejo, Fernando Arrabal. En ocasiones, se añaden los nombres de Antonio Gala, Lauro Olmo o Francisco Nieva. Pocas veces se completa con Alejandro Casona. Se suele recordar La dama del alba (sobre todo, porque se sigue leyendo en algunos institutos), pero poco más. Para mí, el asturiano Alejandro Rodríguez es uno de los grandes, aseveración que corroboro en cada nueva lectura o relectura. En este mes de septiembre he abordado La casa de los Siete Balcones, un drama doméstico que se vertebra sobre la esperanza, la ilusión, la locura, la falta de escrúpulos y la ambición, sobre las palabras que no consiguen salir de la boca y las que no llegan en las cartas, sobre la inocencia y sobre el amor imborrable.

Genoveva vio partir a su novio hacia América, hace varias décadas. Iba allí para conseguir una posición económica que les permitiese contraer matrimonio. Las noticias fueron otras: dicen que en Argentina se casó con otra mujer, olvidando a Genoveva. Pero la anciana se aferra a un trocito de carta que consiguió salvar del fuego, donde la llamaba “Mi querida queridísima”. ¿Cómo resignarse a creer que la ha olvidado? El cartero, cualquier día, le traerá una nueva carta, donde el novio le pedirá que se suba a un barco y acuda a su llamada amorosa. Entretanto, tiene que convivir con su sobrino Uriel (que parece mudo, pero que habla con sus parientes fallecidos), con su cuñado Ramón (un violento avaro, que quiere descubrir dónde ha ocultado Genoveva el oro y las joyas de su hermana, tras su muerte), con la sirvienta Amanda (que accede a ser la amante de Ramón, confiada en que tarde o temprano logrará convertirse en la señora de la casa) y con el médico don Germán (que vela por su salud, física y mental). Cercada por las presiones de su cuñado y conducida hasta el límite del llanto por el silencio de su novio, Genoveva solo accederá a revelar el sitio donde esconde su tesoro mediante un engaño cruel: hacerle creer que por fin ha llegado la ilusionante carta. Y Ramón y Amanda urdirán su estrategia.

Emocionante (y, en sus páginas finales, muy emocionante), esta pieza de Casona consigue poner lágrimas en los ojos de quien está leyendo. En los míos, desde luego, lo ha hecho.

sábado, 12 de septiembre de 2026

La Ciudad Dulce


 

En la página 86 de este libro se utiliza la palabra “rompecabezas”. En la página 100 se repite la misma palabra. Es una condición que la persona que está leyendo advierte pronto. Victoria Pelayo Rapado, tan hábil como maquiavélica, desliza en cada capítulo una serie de pistas, un adjetivo, un sustantivo, una imagen. Ocurre como en las mejores narraciones de Juan Carlos Onetti: hay que perseverar, hay que permanecer con la atención agudizada al 100%, hay que dejar que las piezas se vayan encajando poco a poco, para formar un mosaico, un puzle, ese dibujo que, al final, adquiere todo su sentido. Y qué asombroso sentido.

Todo comienza de forma sencilla: unos niños que pasean por sus zonas habituales de diversión. De repente, uno de ellos, Míguel (pronúnciese de forma grave) cae a una zanja llena de agua; y, a gritos, señala a Isa como la responsable del empujón que le ha hecho perder el equilibrio. Es el inicio del fin. De inmediato, la muchacha abandona la pandilla. Luego lo hará Fernando. ¿Es posible que un incidente tan banal, tan infantil, haya dinamitado el grupo, o quizá hay algo más, latiendo de fondo? Pero hay otros incidentes y personas que orbitan alrededor de esa diáspora: un hombre que viste de oscuro; un niño que es empujado por unas escaleras y está a punto de matarse; una niña que decide guardar silencio, inmune a todos los interrogatorios y terapeutas que se le infligen; un joven sacerdote que es enviado a Tenerife; un suicidio; unos huesos misteriosos que aparecen, durante una excavación… Todos los cristalitos están ahí, moviéndose con lentitud y con desconcierto de calidoscopio, pero todo queda explicado (¿todo?) en el capítulo final, donde una confesión dura, letánica, obsesiva, que repite una y otra vez las mismas palabras y las mismas inquisiciones, como si el llanto comenzase a producir la fermentación de la culpa, nos dejará con la piel erizada.

Hay que ser muy valientes para adentrarse en esta historia, porque nos enfrenta con espejos oscuros y con traumas infantiles de dolorosa densidad. Pero Victoria Pelayo es tan firme en su pulso narrativo y tan inteligente en la conformación de sus dibujos psicológicos que La Ciudad Dulce mereció el premio 2025 de novela Avant Ceuta. Harían ustedes bien en buscarla y leerla.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Andrómaca


 

Refresquemos, que nunca viene mal, nuestros recuerdos del mundo clásico. La ciudad de Troya acaba de ser aniquilada, después de una década de combates y estratagemas, tal y como nos contó Homero en sus libros. Héctor, domador de caballos y luchador glorioso, ha encontrado la muerte a manos del no menos glorioso Aquiles, dejando una viuda (Andrómaca) y un huérfano (Astianacte). Por decisión de los vencedores, el niño es despeñado desde lo alto de las murallas de Troya (para que se extinga el linaje de Héctor) y su esposa es llevada como botín de guerra por Neoptólemo. Ahora dejemos que se sucedan unos pocos años y descubramos de la mano de Eurípides cómo Andrómaca ha engendrado un hijo para su captor, y eso provoca la furia vengativa de su esposa Hermíone (que se considera objeto de alguna hechicería por parte de Andrómaca) y del padre de esta, Menelao. Ambos se empeñan en matar a la peligrosa Andrómaca, quien intenta defenderse con todo tipo de objeciones, aunque sabe que de poco han de servirle sus palabras (“Los que respiran aires de grandeza soportan con irritación argumentos más cabales por parte de quienes son inferiores a ellos”). Por suerte, el anciano Peleo reúne el coraje suficiente para enfrentarse a Menelao y, sin pelos en la lengua, le resume su opinión sobre Helena (esposa de Menelao y causante de la guerra de Troya): “Tras abandonar tu palacio se marchó de picos pardos a otro país con un jovencito. Por ella no deberías haber empuñado una lanza, sino haberle escupido al descubrir lo sinvergüenza que era y haberla dejado allí, pagando incluso con tal de no tener que volverla a admitir en palacio”. No se puede ser más contundente. ¿Conseguirá convencer (o al menos intimidar) al rey Menelao? La respuesta está en las páginas finales de Andrómaca, una tragedia sobre las humillaciones que soportan los vencidos y sobre el acero de la dignidad, que he podido leer en la traducción de José Luis Navarro y que, por desgracia, adolece de numerosos errores ortográficos y sintácticos: muchas veces aparece “ti” con tilde (así como “dio”, “vio”, “eso” y similares); separa el sujeto del predicado con coma (“Yo, la capturé”); y otros chirridos no menos inoportunos.

Un detalle final: ¿recuerdan aquel célebre poema de Bertolt Brecht (“Preguntas de un obrero que lee”), en el que se interrogaba sobre si Alejandro Magno o Julio César lograron solos sus victorias, sin la ayuda de sus soldados? Pues leamos las palabras que Peleo pronuncia ante Menelao: “Cuando un ejército levanta trofeos sobre los enemigos nadie se para a pensar que tras ellos está el esfuerzo de muchos hombres, sino que es el general quien se cuelga las medallas, él, uno más entre una inmensa multitud, que blande su lanza; no hace nada más que ningún otro y sin embargo tiene más fama que nadie”. Eurípides lo dijo mucho antes que el autor alemán.

jueves, 10 de septiembre de 2026

Clasificados y no tanto

 

Leo en muy poco tiempo, pero con una felicidad casi infantil, de tan alegre y juguetona, los poemas que Marina Colasanti recopila en su volumen Clasificados y no tanto y que, gracias a la traducción de Carlos Gumpert y con ilustraciones de Sean Mackaoui, publica El jinete azul (2011). Se trata de composiciones breves, volátiles, que en ocasiones rozan la estructura del haiku (“Cual golondrina, / descansa sobre el cable / el equilibrista”) y que en otras plantean simpáticos versos que invitan a la reflexión (“En la memoria de un pez / se graba solo un segundo. / Pero ¿cuánto vale el tiempo / en su mundo?”); observaciones dulces, que suscribirán muchos perrófilos (“Mi cachorro / resulta que es feliz: / lee la vida con la nariz”); paronomasias que se conservan o se crean en la traducción (“Paloma ofrece / servicio certero / de cartero”); e incluso textos que se acercan a la sociología (“Pensamiento rechazado / solicita / ser adoptado”) o la metafísica (“Busco / hermoso grafiti / sin muro”).

La curiosa naturaleza híbrida de las composiciones (fáciles en su forma, densas en su significado) permite que puedan ser leídas por adultos y también por niños. O por adultos que quieran compartirlas con niños. Ensayen ustedes las variantes. Me lo agradecerán.

miércoles, 9 de septiembre de 2026

Los discursos de Miguel Delibes

 


Descubro con alegría un pequeño y agradable volumen donde se reúnen todos los discursos que el vallisoletano Miguel Delibes pronunció durante su larga y exitosa carrera como escritor; y, como no podía ser de otro modo, me abalanzo a recorrer sus páginas. En ellas encuentro las palabras que pronunció el día de su ingreso en la Real Academia Española (“El sentido del progreso desde mi obra”), en las que abogó por la necesidad de un progreso humano consciente de sus limitaciones, capaz de embridarse para no esquilmar la naturaleza, generando así la semilla de un futuro “donde la economía no fuese el eje de nuestros desvelos y se diese preferencia a otros valores”. Sus hondas reflexiones al respecto son de una firme e incontestable contundencia. El ser humano, voluntariamente ciego, “se ha acomodado a vivir sobre un volcán”, nos dice. Su angustioso interrogante, que él se formula como hipótesis (“¿No se nos habrán escapado de las manos las fuerzas que nosotros mismos desatamos y que creímos controlar un día?”), ya admite hoy una respuesta afirmativa, lamentablemente.

En el discurso en el que agradece el nombramiento como doctor honoris causa por la universidad de Valladolid, muy breve, asegura que su mérito consiste tan solo en haber escuchado el lenguaje del pueblo y haberlo llevado a sus novelas. Es una afirmación que, con variantes, repite en todas sus intervenciones. Me parece una hermosa muestra de su humildad, que lo aproxima a la figura del corifeo griego. Así, en las palabras que pronunció cuando fue nombrado Hijo Predilecto de Valladolid apela nuevamente a su condición de vallisoletano esencial: siempre ha sentido (repite) que necesita este paisaje, a esta gente. Y ha sentido que debía tributarle su amor y su fidelidad no apartándose de allí. “Yo soy un hombre del pueblo”, anotó como agradecimiento a la universidad del Sarre (Alemania) cuando lo distinguió con el título de doctor honoris causa. Y lo completó indicando que ni le gustan las ciudades, ni las prisas, ni las grandes concentraciones humanas, ni la polución. El dibujo que todas estas palabras nos aporta sobre el autor es nítido.

Leer a Delibes siempre es un placer, pero escucharlo de forma directa, sin que sus personajes lo difuminen con sus rasgos faciales o su tono de voz, es un auténtico privilegio, porque nos permite acercarnos a una figura irrepetible de la literatura española. Acudan a este libro.

martes, 8 de septiembre de 2026

Nada del otro mundo

 


Leí Nada del otro mundo en 1995, cuando vivía en otra ciudad, estaba casado con otra mujer, no tenía a mis cuatro hijos, trabajaba en un instituto diferente y aún no me había dejado crecer la barba. Ahora lo releo, con todas mis circunstancias cambiadas, salvo una: la fascinación que me sigue produciendo la prosa de Antonio Muñoz Molina. He comentado a veces que me leería hasta su lista de la compra, y salvo por parte de mis amigos (que saben que no exagero), la afirmación suele ser interpretada como hipérbole.

Los doce relatos que conforman el tomo vuelven a embriagarme, con su abanico variado de propuestas y, sobre todo, con la especial música de su sintaxis. “Nada del otro mundo” destila, dentro de una historia de inquietante aliento paranormal, un nítido aroma autobiográfico (el joven estudiante que, aunque termina cosechando éxito con sus libros, sufre cuando su antiguo compañero de piso le habla de que lo recuerda escribiendo “sus cosillas”); “Las aguas del olvido” nos traslada una historia de adulterio junto a cierto río andaluz de resonancia clásica; “La poseída” juega con la fantasía de un hombre  que equivoca el núcleo de su mirada; “Las otras vidas” nos sugiere que todos portamos en el corazón pasajes y zonas oscuras, que los demás nunca (o casi nunca) descubren; “El cuarto del fantasma” es quizá menos vigorosa, pero nos provoca una sonrisa cuando descubrimos que está protagonizada por Lorencito Quesada; y, como cierre del volumen, cinco maravillas sobre cráneos que surgen en una excavación; fantasmas cuyo corazón aún late; un hombre que se enamora sin esperanza de su compañera de trabajo; un periodista que sobrevive como autor de novelitas de quiosco; o un viejo profesor que se enamoró de una alumna adolescente y que, al final de sus días, se ve inmerso en una historia truculenta a la que asiste con estupor resignado.

Como sus demás libros, Nada del otro mundo puede ser abierto por cualquier página y anonada con el deslumbramiento de su exactitud verbal y su belleza. Gracias sean dadas.

lunes, 7 de septiembre de 2026

Las troyanas


 

La historia la conocemos por Homero, por novelas y por el mundo del cine: tras el rapto de Helena (esposa de Menelao) por parte de Paris, ambos se encierran en la ciudad de Troya, de la que es príncipe el secuestrador (o seductor). Y ese ultraje moviliza a todos los pueblos griegos, que se unen para cercar la malhadada ciudad y exigir la entrega de la reina. Diez años de asedio y combates que se resuelven (también conocemos la imagen) con el episodio del gigantesco caballo de madera, que los incautos troyanos introducen en sus dominios suponiéndolo un regalo de despedida de los acampados. Troya fue arrasada. El rey Príamo halló la muerte; los príncipes Héctor y Paris encontraron la muerte; todas las defensas fueron quebradas. Y llega el momento en que los triunfadores, ávidos de botín, se reparten los tesoros de la ciudad… y se reparten a sus mujeres.

En ese punto comienza la terrible, escalofriante tragedia de Eurípides, quien nos explica que el rey Agamenón (hermano de Menelao) se ha pedido a la joven virgen Casandra; y que Ulises exige como esclava a Hécuba, esposa del difunto Príamo. Todas las protagonistas lloran su desgracia, sabiéndose condenadas al ultraje y la humillación. Casandra está convencida de que destruirá el hogar de Agamenón si él la posee; pero quizá las dos más atribuladas sean Andrómaca (esposa de Héctor) y Hécuba. La primera sufre el triple horror de haber perdido a su marido, de estar condenada a convertirse en esclava y de saber que su pequeño hijo Astianacte va a ser arrojado desde las murallas de Troya, para que no quede posibilidad de que ningún heredero reconstruya la ciudad; la segunda, anciana y con su mundo puesto patas arriba, tendrá que servir al pérfido Ulises, uno de los grandes culpables de la destrucción de su patria.

Mezclando épica y lírica, Eurípides consigue emocionarnos casi en cada página, con la contundencia de su composición dramática y con los sentimientos de sus protagonistas: el desgarro de Hécuba (las palabras que pronuncia ante el cuerpo sin vida de su nieto son estremecedoras), la hipocresía de Helena (quien culpa de todo lo ocurrido a los padres de Paris, por haberlo engendrado; e incluso a su marido, por haberle dado hospedaje en su casa) o el dolor lacerante de Andrómaca (la cual mientras viaja en el barco sabe que su hijo está siendo empujado desde las almenas, sin que pueda hacer nada para evitarlo). No se cansa uno de leer a los grandes: en ellos está el germen de casi todo.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Cotidianas

 


Abro un nuevo libro del uruguayo Mario Benedetti y me detengo unas horas en sus versos cristalinos. Qué limpieza de expresión. Qué capacidad para construir las imágenes más hermosas y más inesperadas. Qué juegos de vocablos tan bellos e imborrables. Es el niño-poeta: aquel que sabe descubrir las luces y los poderes de cada palabra, que los demás manejamos con inconsciencia gris. Pero el resultado de ese juego de apariencia inocente es la poesía honda, contundente, certera, irónica y espléndida de uno de los grandes autores del siglo.

A veces, la alegría se acerca hasta nosotros y nos lanza sus avisos para hacernos saber que quiere entrar (“Piedritas en la ventana”); a veces, son el alerce y el baobab los que dialogan, sin que los humanos seamos capaces de percibirlo (“De árbol a árbol”); a veces, el poeta enarbola su parcialidad, su aversión a la neutralidad de los ciegos o los cobardes, incluso sabiendo que esa terca obstinación le puede costar cara (“Soy un caso perdido”); a veces, constatará con acrimonia y pesadumbre cómo será el mundo si la bomba de neutrones aniquila a todos los seres vivos (“Las novedades del horror”); a veces, nos dejará poemas que resulta casi imposible imaginar sin la voz y la música de Joan Manuel Serrat (“Defensa de la alegría”, “Testamento de miércoles”); a veces, nos invitará a reflexionar sobre la forma en que registramos el paso del tiempo (“Síndrome”); y a veces, en fin, nos enunciará unas verdades tan sencillas que, casi siempre, se vuelven invisibles (“Unos como invasores / otros como invadidos / ¿qué país / no ha perdido la inocencia?”).

Ahora que yo también puedo decir, con el uruguayo, que “tengo un verano de doce meses” (por mi jubilación) intentaré seguir leyendo todos sus libros.

sábado, 5 de septiembre de 2026

La flor más grande del mundo

 


Cuando terminé de leer esta obra (veinte minutos me llevó, incluyendo los diez que dediqué a repasar las ilustraciones), pensé que no iba a comentarla. Que era una pérdida de tiempo. Que un texto que cabe en un folio (no exagero ni un ápice) no puede ser incluido sin bochorno en un blog de reseñas. Pero después, con más calma, he pensado que sí debía hacerlo, sobre todo para poner de manifiesto mi estupor por esta engañifa editorial. Utilizar el nombre del premio Nobel (al que admiro) y un texto ínfimo suyo para clavarle 21 euros a la persona que quiera conocer sus palabras dedicadas al mundo infantil es una inmoralidad.

Saramago comienza disculpándose por no saber escribir para niños, termina el relato disculpándose por no saber escribir para niños y, en medio, treinta líneas para decir que un niño sube a una colina y encuentra una flor. Atrápame esa mosca por el rabo. Te pueden decir que si la tapa dura, que si las ilustraciones, que si patatín y que si patatán. Pero lo dicho: no caigan en la trampa.

viernes, 4 de septiembre de 2026

El labrador de más aire

 


Si no fuera porque, en literatura, confío mucho en los dictámenes del azar, me asombraría haber tardado tanto tiempo en llegar hasta el drama El labrador de más aire, de Miguel Hernández. Su poesía me ha fascinado desde adolescente, y la revisité completa (y la subí al blog) durante el último trimestre de 2021; pero su teatro, tras la experiencia poco luminosa de sus montajes bélicos, permanecía incólume en la estantería. Puesto a solventar ese vacío en 2026 me encuentro con la historia de Juan, foco de amor y suspiros para todas las mozas del entorno (incluida su prima Encarnación), un aguerrido muchacho que se enfrenta a tres conflictos de grave textura: primero, el odio que le dispensa Alonso (que se la tiene jurada desde niño y que lo envidia por su fuerza y por su éxito con las chicas); segundo, el agrio rencor de clase que le tiene don Augusto, dueño de vidas y haciendas, quien no puede soportar la firmeza orgullosa del muchacho, el cual se niega a doblegarse ante él; y tercero, el amor súbito, impropio y no correspondido que el chico tributa a Isabel, la hija desdeñosa de don Augusto. En ese ambiente, es fácil imaginar el torrente de amores, desamores, venganzas y tragedias que se van sucediendo durante el transcurso de la obra, sobre todo desde el momento en que don Augusto, deseoso de forzar a Encarnación y enrabietado contra Juan, consigue que Alonso acepte convertirse en el brazo que, lleno de odio, provoque la muerte del protagonista en una emboscada nocturna.

Pero hay otro aspecto de la pieza que, no siendo el amor, el rencor o el deseo, avanza hasta el primer plano: su vertiente social. Así, cuando Juan se niega a dejarse humillar o explotar por don Augusto y se gana el despido, su corazón se llena de asombro al ver que sus amigos continúan yendo a la taberna para beber vino, en lugar de sumarse al desplante. ¿Por qué aceptan la vileza del amo? ¿Por qué permiten que sus familias sigan pasando hambre por su capricho? Juan, dominado por la acedía, les escupe una imagen visualmente política (“¿Por qué no lleváis dispuesta / contra cada villanía / una hoz de rebeldía / y un martillo de protesta?”) y también un consejo galvánico (“No estéis muertos por costumbre, / y anhelando otro destino / salid ya de vuestro vino / y de vuestra mansedumbre”). Es posible que no se consiga nada, pero al menos mantendrán intacta su dignidad y se evitarán el sonrojo de recordar hasta la muerte su cobardía.

Versificación elegante, rica, variada y altamente poética, al servicio de un drama muy bien construido.

jueves, 3 de septiembre de 2026

La Nardo


 

Dedico dos tardes (dos tardes satisfactorias e intensas) a leer La Nardo, de Ramón Gómez de la Serna, una novela confeccionada con párrafos muy cortos, con frases breves y poéticas, como de orfebrería o macramé. En ella se nos cuenta el desarrollo vital de Aurelia, una chica que, tras la muerte de su padre y el nuevo matrimonio de su madre, trabaja en el puesto familiar en la Ribera de Curtidores. Es lectora de novelas románticas y, escultural y bellísima, se defiende con desparpajo frente a quienes la cortejan con malas intenciones. El proyecto de la madre consiste en casarla con un viudo adinerado, pero la chica, renuente a ese destino, se abalanza en los brazos de Samuel, un chisgarabís con mucha labia, que se convierte en su novio (al principio) y en su proxeneta (muy poco después). Él empieza a pasearla por calles y verbenas, consiguiendo que los ojos de los demás varones relampagueen de deseo; y, astuto, saca pingüe provecho de esas ansias. La cortejará un supuesto empresario del mundo del cine; la cortejará un rico (que la introduce en el mundo de la morfina); la cortejará un médico (el cual le firmará recetas para conseguir más morfina); la cortejará también un millonario venezolano; y, por fin, tras mil episodios de “pecaduría lunar” (es la fórmula que emplea Ramón en el capítulo XXVI), conocerá a un hombre casado, del que se enamorará realmente y con el que proyectará un doble suicidio, para liberarse y vivir su amor en el sosiego mudo de la eternidad. Esta escena, que se recrea en el capítulo XXVIII, resulta tan bella como estremecedora, tan agria como inolvidable. Una de las mejores que le he leído al autor.

Nos encontramos ante un libro crudo, incómodo, en el que asistimos a un paseo por los infiernos de la degradación (prostitución, drogas, marginalidad) y en el que Gómez de la Serna nos regala muchas de sus ramonadas (“El reloj hacía con sus manillas el punto grueso de la red de horas para contener la historia”,  cap.III; “Estos huecos redondos que se ven en la luna son plazas de toros que hay por allá”, cap.VI; “Las acacias con su ramaje inquieto y alegre hacían cosquillas en la oreja a los faroles”, cap.VI; “La vida tenía gesto de acantilado”, cap.XXVII; etc.). Curiosa novela, llena de desgarro, existencialismo y amargura, muy digna de ser leída.

miércoles, 2 de septiembre de 2026

Ficciones

 


Sé lo que voy a encontrarme cuando reabro las páginas de Ficciones, de Jorge Luis Borges (creo que es mi tercera visita), pero esa convicción no rebaja el placer de la lectura, que realizo esta vez con un lápiz rojo en la mano. Como quien señala mariposas mientras pasea por el campo, voy subrayando, sobre todo, algunos verbos, que me fascinan por su condición áurea (ese espejo que “inquietaba el fondo de un corredor”; ese hombre que “interrogó el volumen XLVI” de una enciclopedia; esos periódicos que, al hablar de un libro, “dispensaron su ditirambo”; esos alumnos que “fatigaban las gradas”; o ese museo y esa enorme biblioteca que “usurpaban la planta baja”). Como el propio Borges dijo, al hablar de las kenningar, yo también he experimentado un placer casi filatélico al identificar y alinear esos vocablos.

Por supuesto, también he recuperado la embriaguez de recordar los volúmenes (que pronto serán cien) que impondrán el mundo de Tlön sobre el mundo actual; los sinuosos y estimulantes acercamientos del narrador a cierta novela del abogado Mir Bahadur Alí; la experiencia casi metafísica de Pierre Menard, que se concentra en la escritura literal y necesaria del Quijote; los sueños del soñador que vertebra “Las ruinas circulares”; la inquietante lotería babilónica, que impregna o impugna la sociedad entera (acaso la vida entera) con sus azares ramificados e interminables; el pasmoso juego delirante de la biblioteca de Babel; la memoria sofocantemente angustiosa de Funes; la herida que publica la ignominia en la cara de Vincent Moon; el milagro secreto con el que Dios quiso galardonar o torturar a Jaromir Hladík; la elaborada revisión de la divinidad de Judas; el deleitoso secreto que envuelve a los integrantes de la Secta del Fénix; o ese cuchillo sobre el que se cierra la mano de Dahlmann en una llanura del sur, en el relato que Borges califica como su, posiblemente, mejor cuento.

Jorge Luis Borges y Antonio Muñoz Molina son los dos únicos autores, si la memoria no me traiciona, que jamás me han aburrido o defraudado con ninguno de sus libros. Es un espléndido balance, que me genera una enorme gratitud.