miércoles, 20 de mayo de 2026

Los carros vacíos


 

No estamos en el Londres victoriano, ni tampoco en las verdes campiñas de Gran Bretaña, ni siquiera a finales del siglo XIX. No tenemos delante a Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. Estamos en La Mancha, en un pueblo de Ciudad Real llamado Tomelloso, en pleno siglo XX. Allí trabaja como jefe de la guardia municipal Manuel González, al que todos conocen con el sobrenombre de Plinio, quien se encuentra realmente en apuros porque, tras el asesinato de dos meloneros en el otoño pasado, aparece en pleno agosto otra víctima. En todos los casos, el modus operandi es idéntico: un navajazo firme y rotundo, dado por la espalda, cerca del corazón. No hay sospechosos. El criminal no deja pistas que permitan conducir a su detención. Las fuerzas vivas de la localidad (el alcalde, el sargento de la guardia civil) presionan a Plinio para que resuelva cuanto antes esa oleada de asesinatos; y él se devana los sesos con la ayuda de su particular doctor Watson: el veterinario don Lotario. Para más inri, aparece un cuarto cadáver, que presenta más navajazos de los habituales. ¿Está el escurridizo asesino variando su método o quizá se trata de un imitador? Mientras reflexiona y pasea por el pueblo, agobiado por la falta de pistas, Plinio recibe la noticia de que el juez ha pedido ayuda a Ciudad Real, para que envíen a la policía secreta. ¿Podrá resolver el caso, antes de que su profesionalidad y su buen nombre sufran ese oprobio?

Con esta primera novela dedicada al personaje de Plinio (publicada en 1965), el escritor Francisco García Pavón iniciaba una serie de relatos que alcanzaría grandes éxitos de público y también de crítica (el premio de la Crítica o el Nadal recayeron en sendas aventuras del personaje), convirtiéndose en un icono de nuestras letras. Muy agradable primer paso, al que seguirán otros en este blog, no me cabe duda.

martes, 19 de mayo de 2026

El lugar

 


Si tu padre ha sido un héroe de guerra, un torturador nazi, el descubridor de una vacuna, un futbolista de élite, un presidente de gobierno o el primer hombre en pisar la Luna, escribir sobre su vida resulta una tarea extremadamente simple: sus propias acciones lo han convertido en “material novelesco” de primer orden y tan solo hay que colocarlas por orden para que los lectores accedan a ellas. Pero si ha sido una persona gris, sin más brillo aparente que el derivado de la normalidad, el asunto se complica. ¿A quién puede interesarle que hizo la mili en Bétera, que le gustaban las alubias estofadas o que jamás perdonó una siesta? De tan banales como resultan sus ingredientes, el guiso deviene rancho de cuartel.

Pero Annie Ernaux se arriesga y nos cuenta que su progenitor abandonó los estudios primarios sin acabarlos, porque tenía que trabajar; que su adolescencia fue dura; que trabajó con poco entusiasmo, pero con aplicación, en una cordelería; que luego reparó tejados (hasta que una caída lo alejó de ese horizonte laboral) y que, finalmente, montó con su esposa un café-colmado en el que logró estabilizar su vida económica. Nos habla también de sus complejos lingüísticos (tenía pánico a quedar en evidencia hablando de forma inadecuada); de que jamás visitó un museo; de que se sentía orgulloso por los estudios de su hija, pero le preocupaba que se concentrara demasiado en ellos; y de que a los sesenta años su salud comenzó a deteriorarse: le descubrieron problemas en el estómago.

Quizá se estén ustedes preguntando a dónde nos lleva todo esto, y la respuesta es tan sencilla como universal: no nos lleva a ningún sitio. Pero no por defecto de la autora, sino porque la normalidad de la vida es así: una hilera de pasos sobre la duna de un desierto que, de pronto, se cancela. Un día, Annie volvió a casa y el padre recayó de su grave enfermedad estomacal. Ella, que se quedó a su lado durante unos días, se encontraba leyendo la novela Los mandarines, de Simone de Beauvoir, pero no conseguía concentrarse. Y nos deja una confesión tan sencilla como conmovedora: sabe que “al llegar a alguna página de ese libro mi padre ya no viviría”. Eso es todo y así ocurrió. Como siempre. Como nos ha pasado o nos pasará a nosotros. La vida.

lunes, 18 de mayo de 2026

Voces de piedra


 

Se ha dicho muchas veces, pero no importa repetir las verdades, con la ilusión de que más personas las escuchen: pasamos por delante de muchos sitios (e incluso, ay, de muchas personas), pero no solemos tener la curiosidad de mirarlos; es decir, de preguntarnos por su íntima entraña, por sus detalles, por su origen, por su sentido. Devienen bultos, y nuestra indiferencia los cosifica todavía más, convirtiéndolos en magma gris. Hasta que llegan unas pupilas afectuosas y nos piden que atendamos, porque van a insuflar vida en ese paisaje aparentemente anodino. Lo hizo Ramón Gómez de la Serna con infinitos cachivaches menores; lo hizo Azorín, paseándose por diminutos lugares de Castilla; lo hace Andrés Trapiello, informándonos sobre el Rastro madrileño; y, más recientemente, lo ha hecho Santiago Delgado con el trabajo Voces de piedra, donde se concentra en la catedral de Murcia y en sus tallas (retratadas bellamente por Ana Bernal), a las que dota de vida mediante monólogos que dibujan lo más notable o llamativo de cada vida. Así, Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, recuerda que escribió al monarca Alfonso “para que fundase universidad en esa tierra”; Teresa de Ávila manifiesta su preferencia por ser recordada “como una mujer en oficio de las cosas cotidianas”; san José lamenta que los calendarios acostumbren a designarlo como “padre putativo” de Jesús (“que no es afortunada añadidura; sí lo fue en cambio su lectura abreviada, que yo celebro: Pepe”); san Leandro subraya sus aportaciones al III Concilio de Toledo (que se celebró en el año 589); santa Ana exhibe orgullosa el rótulo con el cual se la designa en esta ciudad del sureste español (“La agüelica, que dicen en Murcia”); san Basileo añora la paloma que, posada sobre su mano derecha, ahora ya no existe; san Petronio, fundador de la universidad de Bolonia, porta desde hace siglos la cruz de su fe; y san Pablo (por no agotar los cincuenta y cinco monólogos) pone de manifiesto su importancia en la cristalización de la religión cristiana (“Acaso el resto completo de mis compañeros, discípulos de Jesús, sintieron mejor su carisma, y primaron a las razones de su corazón para asumir la doctrina del Maestro. Yo apuntalé las palabras y los hechos”).

Una obra hermosa y culta, editada con primor por la Real Academia Alfonso X el Sabio en el año 2025.

domingo, 17 de mayo de 2026

La niña lectora


 

Puede parecer una historia infantil, pero su cargamento de lágrimas, de tesón y de denuncia social la convierten en algo más. En mucho más. Estamos en los meses posteriores a la Semana Trágica de 1909 y nos encontramos en la costa cantábrica, concretamente en los alrededores de una fábrica de tabaco de A Coruña. Allí trabaja, en condiciones insalubres, la cerillera Leonor, casada con el trapero Helenio y madre, entre otros, de Liberto y Nonó. Él es un muchacho que tiene ingenio, iniciativa y ganas de aprender. De hecho, acostumbra a leer en voz alta para su familia (“Las palabras estaban contentas en su boca”). También es reivindicativo: protesta públicamente contra la guerra de Marruecos, lo que ocasiona un intento de detención por parte de las autoridades. Ella es una niña despierta, que ha aprendido a leer y que, cortándose el pelo como un chico, logra asistir a la escuela. Muerta la madre por culpa de la tisis, Nonó decide superar el dolor acudiendo a la fábrica de tabaco. Y allí encuentra su destino.

Delicado en las descripciones, firme en la denuncia de las miserables condiciones de trabajo de las cigarreras, Manuel Rivas nos entrega una historia lírica, robusta y conmovedora (bellamente ilustrada por Susana Suniaga), que puede (y debe) ser leída en voz alta. A ser posible, mientras tus hijos escuchan.

sábado, 16 de mayo de 2026

El aprendiz

 


De las manos delicadas de Ana María Matute brotó, en 1972, la obra El aprendiz, que leo ahora en la edición de 2013. En ella nos pide que imaginemos un pequeño pueblecito cuyos habitantes viven dominados por la avaricia implacable del viejo Ezequiel, un usurero cuyos préstamos abusivos lo han convertido en el personaje más temido de la localidad. Todos sus congéneres (el panadero, el carnicero, el lechero, el carbonero, el huevero) lo miran con auténtico terror, hasta el día en que aparece en la aldea un niño, que logra convencer al prestamista para que lo contrate como sirviente: apenas le pide un lugar para dormir y poco más. Astuto y taimado, este accede, sin saber que la presencia del muchacho (y sobre todo de su escoba) van a poner patas arriba su mundo y el de quienes lo rodean.

Con un aroma dickensiano y con pinceladas fabulísticas, la escritora barcelonesa nos entrega una historia conmovedora y educativa sobre el valor de la bondad y sobre la redención del espíritu humano, que cautivará a los más pequeños y que tocará también el corazón a los mayores. Hermosa.

viernes, 15 de mayo de 2026

La cueva del cíclope

 


Si a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro, de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)… Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea) para saber lo que opino sobre el escritor X.

Entiendo que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas (consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos autosatisfechos”).

Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

jueves, 14 de mayo de 2026

Lunes


 

Un libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.

Nos encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel, por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel. ¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando se produce una muerte a mitad de la obra.

Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Como yo los he visto


 

Supe de la existencia de este libro póstumo de Josefina Carabias hace bastante tiempo, pero es ahora cuando el azar lo pone entre mis manos. Y reconozco que recorrer sus páginas me ha resultado muy agradable, tanto por la forma sencilla y eficaz con que está escrito como por el caudal de anécdotas y opiniones que vierte sobre los protagonistas que lo pueblan. Buen oído y buena muñeca: dos excelentes adornos para una periodista.

Comienza el volumen hablándonos de Pío Baroja (“El hombre a quien considero el primer novelista español contemporáneo”). Nos explica que lo conoció la noche del 14 de abril de 1931. Y que, “contra lo que se cree en general, don Pío era muy risueño, sobre todo en la intimidad, y se le podía provocar la risa con cualquier bobada”. Quién lo diría, si nos atenemos a las imágenes fotográficas que de él se pueden localizar en libros o Internet. Como nota especialmente simpática, yo destacaría la gratitud que siempre manifestó el escritor vasco por un detalle que tuvo Josefina Carabias con él: gracias a un contacto de la periodista, Baroja gozó en su casa, durante épocas de escasez, de un buen suministro de carbón (era muy friolero).

Del inigualable gallego Valle-Inclán afirma igualmente que “era simpatiquísimo y además decía frases con las que siempre se podía hacer un buen reportaje”; y también que “caerle en gracia a don Ramón era una de las cosas más fáciles que podía haber en el mundo”. En septiembre de 1930, el escritor la acompañó a un mitin donde se empezaba a gestar el gobierno de la república, que ganaría las elecciones al año siguiente, y a punto estuvo de provocar un escándalo con sus disensiones, expresadas con vehemencia en medio de un público hostil. Y otro detalle digno de ser subrayado: Valle opina sobre el levantino Gabriel Miró y lo define con ternura y cierta maldad rebajada: “Como persona creo que había pocas mejores, pero como escritor resultaba lo más parecido a una monja haciendo dulces”.

Gregorio Marañón era un trabajador infatigable, que apenas dormía cinco horas diarias y que fue el médico de cabecera de Benito Pérez Galdós. “La bondad es su rasgo más saliente”, nos dice Carabias; de ahí que no sea extraña “la unanimidad con que suscita las alabanzas”. Ramiro de Maeztu era partidario de la monarquía y enemigo de la república. Cuando estalló la guerra civil no huyó, sino que esperó la detención de los milicianos: “Tengo más de sesenta años, he hecho ya cuanto tenía que hacer en la vida y estoy a bien con Dios. ¡Podéis matarme cuando queráis!”, fueron las palabras que les dijo, según testimonio de su hijo. A Pastora Imperio la entrevistó cuando volvió a los escenarios, y también acudió a ella varias veces “para formar parte de una de esas sandeces que solemos hacer en los periódicos y a las que damos el nombre de encuestas”. Llamaba la atención por sus ojos verdes con puntitos dorados. Su nombre real era Pastora Rojas, pero el empresario lo cambió por un comentario de Jacinto Benavente, quien dijo que la niña valía un imperio. Su generosidad era tal que, en opinión de Carabias, las tres cuartas partes de todo lo que ganó en su carrera profesional lo destinó a remediar desgracias ajenas. Del torero Juan Belmonte le impresionó la forma en que asumió su destino (“Se había hecho torero por la fuerza de su triste situación y por influjo del ambiente, igual que los chiquillos de Sigüenza se hacen curas, los de Bilbao marineros y los de Barcelona viajantes de comercio”) y su reconocido miedo a los toros (afirmaba que se acercaba tanto a ellos para no ver de lejos su envergadura). De Miguel de Unamuno no lo cautivaron su condición misógina y polemista (aseguraba que “concebir, gestar, parir y amamantar” eran, en su opinión, las tareas propias de la mujer), pero sí la belleza cruda de su poesía, tan huérfana de música (“Yo soy un poeta, pero lo que no soy es un tamborilero”). Lástima que, poseyendo una mente tan culta y extraordinaria, se dilapidase tantas veces en asuntos menores (“Don Miguel era un águila y por eso perdió el tiempo cuando se puso a cazar moscas”).

Un libro para disfrutar, para aprender y, sobre todo, para tributar un aplauso en pie a Josefina Carabias: nadando a contracorriente, conquistó para la mujer un puesto merecido y justo dentro del periodismo español.

martes, 12 de mayo de 2026

Claridad

 


Ilumino una mañana de mayo leyendo en voz alta el poemario Claridad, con el que José Agustín Goytisolo obtuvo el premio Ausias March en el año 1959. Ha sido una excelente decisión sacar este libro de la estantería y dejar que sus hojas vayan pasando lentamente por mis ojos. Comienza la obra con una ensoñación de plenitud y felicidad, a la sombra de un almendro (“Cinco años”), pero pronto irrumpe en ella la guerra de 1936, que trajo “un polvo de odio y una / tristísima ceniza / que caía y caía / sobre la tierra y sigue / cayendo en mi memoria / en mi pecho; en las hojas / del papel en que escribo” (“Queda el polvo”). Recordando en silencio, el poeta vuelve a ser como un niño aturdido, atropellado por unos años angustiosos y difíciles, con los bombardeos alrededor y, después, con aquellos maestros agrios, la sensación de estar en un pozo del que resultaba casi imposible salir, la tristeza infinita de haber perdido a su madre, quien fue asesinada en un bombardeo de la aviación golpista en 1938 (a ella le tributa composiciones como “Un día estabas cantando” o “La nana de Julia”). Pero también, afortunadamente, estaban los amigos de niñez, que fueron importantes y a quienes no ha olvidado.

Con este poemario de gran agilidad (los poemas son breves y sus asonancias los llenan de una sonoridad vigorosa: véase, por ejemplo, “Tal morder una manzana”); lleno de nostalgia, melancolía y emociones tenues; lleno de guiños admirativos a Rosalía de Castro (“Mar de ayer”), Antonio Machado (“Homenaje en Colliure”), Miguel Hernández (“Historia conocida”) o Federico García Lorca (“Me cuentan cómo fue”); y lleno de poemas que parecen música (en algún caso, la música la pone Paco Ibáñez con su guitarra, como ocurre en “El lobito bueno”); José Agustín Goytisolo continúa entusiasmándome.

lunes, 11 de mayo de 2026

Fantasmas de luz

 


Damián trabaja desde muy niño como operador en el cine Soñadores, donde tuvo como maestro y guía al señor Alfredo (ah, ese homenaje a Cinema Paradiso). Al cumplirse los treinta y cinco años en la empresa, se le comunica que todos los que trabajan en los cines de la empresa van a ser despedidos, porque el propietario ha tomado la decisión de vender los locales. Marga, la esposa de Damián, también fue prejubilada en su trabajo hace un tiempo. Así que, de pronto, sus vidas van a experimentar un giro asombroso, que tendrá una consecuencia inesperada: sus cuerpos se van volviendo transparentes (“Él y Marga parecían ir disolviéndose lentamente en el aire”, cap.7); y, por fin, llegan a la invisibilidad. Superado el estupor de los primeros días, Damián aprovecha la coyuntura para robar prendas de ropa y películas en algunos comercios; pero en seguida llega el momento de enfrentarse a la realidad: ¿cómo vivir siendo invisibles? ¿Cómo relacionarse con los demás? ¿Cómo comprar alimentos y medicinas?

Mientras se encuentra en un parque, Damián escucha una voz: dice llamarse Luis (es otro invisible) y le explica que pertenece a un Grupo de Rescate, cuya misión es localizar a todas las personas invisibles, para hacerles saber que pueden organizarse y, cuando sean miles o millones por todo el planeta, “construir un mundo nuevo. Un mundo mejor y más justo, que nunca más condenase a nadie a vivir en la invisibilidad”. No resultará necesario detenernos mucho en el tinte metafórico de esta propuesta.

Pero hay una segunda parte en el libro que, en forma de recortes de película, nos va facilitando otras informaciones sobre los protagonistas: que Damián siente fascinación por la actriz Julianne Moore; que Marisa, una de las trabajadoras del cine Soñadores, siempre ha estado enamorada en secreto de él; que el dueño de la empresa, desde el principio, maniobró astutamente para vender todos los cines y convertirlos en un boyante negocio inmobiliario; que Ismael, el hijo de Damián y Marga, mientras prepara su doctorado en Berlín ha encontrado a la mujer de su vida; que Marga se juntó con una compañera de trabajo para crear una floristería y convertirse (aunque no tuvieron éxito) en empresarias… Lo más valioso de estos “recortes”, a mi entender, es la forma en que enriquecen la visión que tenemos de la pareja protagonista, que ahora nos son revelados de otra manera: como un hombre reconcentrado en sí mismo y en su pasión cinéfila y como una mujer que, víctima de esa obsesión, no llegó a ser feliz del todo en su matrimonio, porque se sintió siempre en segundo plano. Estupendo relato sobre las pasiones (en este caso, el cine) y cómo pueden convertirse en insatisfacción o vacío para quienes comparten vida con la persona absorbida por ellas.

domingo, 10 de mayo de 2026

Un día de fiebre


 

Teniendo aún relativamente cercana mi lectura del libro de relatos Los ojos de los peces, de Rubén Abella (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/05/los-ojos-de-los-peces.html), me acerco hasta las páginas de su novela Un día de fiebre. Y salgo totalmente deslumbrado. Qué maravilla. Por la densidad y la musculación de cada historia, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos ante varias novelas dentro de esta novela. No hablo de “cuentos conectados” (lo cual también sería legítimo), sino de algo mucho más denso: un poderío de narraciones que se sostienen novelescamente por sí mismas, como las admirables pistas de un circo modélico, pero que multiplican su esplendor al unirse.

Como es natural, no les voy a resumir las líneas de esas historias, porque resultaría mezquino privarles de ese placer. Bastará decirles que la acción se centra en un día en el que la ciudad de Madrid es zarandeada por un pequeño terremoto y, a partir de ese punto, el escritor vallisoletano nos va mostrando las líneas que trazan por la ciudad un bombero que está convaleciente de una caída; otro bombero, que está a punto de ser padre y que vive sofocado por las amenazas de un rufián al que debe dinero; una anciana que fallece mientras estaba subida a una escalera; una chica que sufre las consecuencias de una novatada brutal perpetrada en el colegio mayor; un juez que rehúye todo compromiso sentimental y que vive un azar de amantes superpuestas; el propietario de un restaurante al que todavía escuece una durísima herida sufrida años atrás; o (y la enumeración no es exhaustiva) una profesora universitaria que lamenta el deterioro de su labor, en un mundo de jóvenes caprichosos y reacios al esfuerzo. Y es que Un día de fiebre se yergue no solamente como una egregia narración, ya les digo, sino también como una espléndida radiografía del ser humano, porque Rubén Abella indaga en los corazones y las mentes de sus personajes con una exactitud que asombra y maravilla, consiguiendo dibujarnos un cuadro inmejorable de los miedos, las flaquezas, las ilusiones, las miserias y las decepciones que cada uno de ellos (cada uno de nosotros) almacena en el sótano del alma.

Grandísima, preciosa novela. Que puede (y eso la hace más grande) ser releída con placer renovado, porque no importa tanto el argumento como el dibujo dulce y hermoso de sus personajes, los cruces (y conexiones, y divergencias) que la vida opera con ellos, al modo de un perfecto mecanismo de relojería. Créanme: memorable.

sábado, 9 de mayo de 2026

Escrito en un instante

 


Opino, como Antonio Muñoz Molina, que no existe desdoro en que un escritor trabaje “por encargo”, siempre que empeñe en la tarea todo su pundonor. En esa línea, nos explica que los textos que contiene el volumen Escrito en un instante proceden de dos fuentes: los textos brevísimos (quince líneas) que le contrató el rotativo Diario 16 en el año 1988 y los textos algo más largos (unas cuarenta) que le sugirió Radio Nacional en 1992. Como amante de este tipo de recopilaciones (sean de Javier Marías, de Arturo Pérez-Reverte o del propio escritor de Úbeda), he disfrutado mucho con este tomo.

Condensados en píldoras majestuosas, encontramos aquí los álbumes de cromos de la infancia, las canciones de la radio, la importancia del azar en nuestras vidas, la gente sin nombre que camina por las calles de la ciudad, la ignominia de un oficial nazi que quiso borrar infructuosamente su pasado, la languidez y la furia de los amores entre Elisabeth Taylor y Richard Burton, la sorprendente inanidad cósmica de cada muerte humana, el anticipo de su futuro libro Sefarad (“Noticias de Sión”), la vergüenza de haber sufrido la zafiedad bravucona del 23-F, el aroma decimonónico de la granadina Plaza de Bibrambla, su visión del Viaducto (al que define como “temeridad cubista de Madrid”), la fealdad inhóspita de los bares de carretera o la delicadísima pintura de su “Lisboa paseada”.

Y, por supuesto, la eterna elegancia expresiva de Antonio Muñoz Molina, tanto en la descripción de ambientes (“La luz de la mañana suscita o enaltece una disposición de transparencia”), de culpas (el bíblico Caín carga “una sorda joroba de vileza”), del sosiego de los parques (“Como no hacer nada es una tradición dominical y española de siglos el ejercicio de la pereza tiene la madurez de un arte”) o del hilarante ensimismamiento de los culturistas (“Parecen como arrobados por la perfección industrial de sus cuerpos”).

Sigo explorando los libros que aún no conocía del escritor de Úbeda e iré subiendo aquí mis opiniones. Lo adoro.

viernes, 8 de mayo de 2026

Tuerto, maldito y enamorado


 

Deliciosa. Una novela deliciosa. Una novela magnífica. Vaya esta conclusión por delante para quienes tengan prisa o prefieran la rotundidad. Tuerto, maldito y enamorado, de Rosa Huertas, es un libro para enamorarse de la literatura (la de Lope de Vega y la de la autora). Y lo es por muchas razones: por la forma en que la escritora nos pasea por el Madrid del siglo XVII; por su fascinante modo de hacernos entrar en la vida (literaria y doméstica) del Fénix de los Ingenios; por el desarrollo de una trama magnética, que incluye fantasmas, anécdotas curiosas, sustos, amor, magia y amistad; por el retrato estupendo de sus protagonistas, que adquieren vida (incluidos los fantasmas) ante nuestros ojos.

Conoceremos en sus páginas a Elisa Velasco, adolescente más bien tímida y con tendencia a asustarse por todo; y a su hermana pequeña Carmen, que abomina de la literatura y que tiene (simpáticamente) más cara que espalda; y a Ricardo, el novio de Elisa (en sus días buenos, Rico; en los demás, Cardo); y a Lina, una pobre loca que desvaría a gritos por las noches en el edificio de enfrente; y al padre de Elisa, que sobrelleva como puede la separación de su esposa; y al anónimo fantasma que se encuentra enclaustrado en una biblioteca, víctima de una terrible maldición, y que solamente recuperará su nombre al final de la obra. A partir de ahí, ocúpense ustedes de seguir indagando: estoy seguro de que no me perdonarían más indiscreciones. Encontrarán ternura, encontrarán lágrimas, encontrarán rituales de invocación, encontrarán amores eternos, encontrarán sorpresas continuas, encontrarán memorables descargas de adrenalina. Y, sobre todo, encontrarán (o volverán a encontrar, como en mi caso) a una escritora auténticamente lujosa para nuestro país. No se priven de ese placer.

jueves, 7 de mayo de 2026

Antología y Poemas del suburbio

 


Yo tenía ocho años. Tal vez nueve. Y en televisión veía a una mujer que recitaba versos y ponía voces peculiares en el programa Un globo, dos globos, tres globos. Luego, cuando tenía unos veinte años, vi a los humoristas de Martes y Trece imitando a esa misma mujer y la hacían referirse de forma jocosa a su gata Chundarata. Posiblemente por esas escenas coloqué durante mucho tiempo (demasiado tiempo) a la madrileña Gloria Fuertes en el grupo de la “literatura infantil”. Tampoco contribuyó a variar la imagen una antología de poemas que compré para mis hijos pequeños, donde la mayor parte de las composiciones se centraban en rimas facilonas y tontucias, levemente apayasadas.

Pero como el niño no dicta lo que tiene que pensar el adulto, he aquí que recorro con felicidad y aplauso las páginas de Antología y Poemas del suburbio. En el primer bloque descubro preciosos textos donde nos habla de su infancia (“Nota biográfica” o “Nací en una buhardilla”); reflexiones sobre la mejor forma (y el mejor sitio) para encontrar a Dios (“Un hombre pregunta”); un bonito homenaje a la ciudad de Guadalajara; un estupendo padrenuestro laico, que recuerdo haber leído en alguna antología (“Oración”); o una composición donde define con bellas fórmulas cada mes del año (“Los meses”). Cómo no subrayar de forma enérgica esa composición (“No perdamos el tiempo”) en la que pide que el poeta se deje ya de lirios y amaneceres y se implique con quienes sufren (“No decir lo íntimo, sino cantar al corro, / no cantar a la luz, no cantar a la novia, / no escribir unas décimas, no fabricar sonetos. / Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso, / gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo / debajo de las latas con lo puesto y aullando, / y madres que a sus hijos no peinan a diario, / y padres que madrugan y no van al teatro”); o esa otra donde reivindica la necesidad de la alegría (“¿Quién dijo que la melancolía es elegante? / Quitaos esa máscara de tristeza, / siempre hay motivo para cantar, / para alabar el santísimo misterio / no seamos cobardes, / corramos a decírselo a quien sea, / siempre hay alguien que amamos y nos ama”).

Poeta interesante, hija de un bedel y una costurera (que jamás alentaron su afición por la literatura), Gloria Fuertes se ha ganado mi admiración con estas páginas. Mi cariño de niño “globero” ya lo tenía desde hace décadas. Buscaré más obras suyas.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Conspiración en Versalles


 

No solamente el inquietante Jean-Baptiste Grenouille estaba capacitado para la creación de asombrosos perfumes: también lo está la ingenua adolescente Marion Dutilleul, que, huérfana de madre e hija única de un jardinero del palacio de Versalles, resulta admitida como sirvienta por la marquesa de Montespan, amante del rey Luis XIV. Ese giro en su vida le permite acercarse al mundo del poder, el lujo, el despilfarro y la vanidad; pero también descubre que se trata de una mera fachada tras la que se esconden la vileza, la falta de higiene, el más turbio oscurantismo (misas negras, sangrías absurdas, ejecución de niños para utilizar su sangre) y, sobre todo, la ambición sin límites que lleva a los personajes a urdir crímenes, derrochar dinero y pisotear a los de abajo como si fuera escoria. Por fortuna, la muchacha encuentra la amistad de algunas personas que le servirán como escudo para protegerse de tanta ignominia y, después de utilizar su asombroso olfato para ayudar a la pareja real, se ganará el respeto y una mejora en su vida.

Aunque originalmente se titulaba Los naranjos de Versalles, la traducción que se publica en Alfaguara adopta el rótulo, más comercial pero no más poético, de Conspiración en Versalles. La autora es Annie Pietri y el libro, indudablemente, traslada una historia agradable para lectores juveniles.

martes, 5 de mayo de 2026

Noción de patria

 


Repito la experiencia de leer un libro de Mario Benedetti en voz alta (en alguno de los poemas, como el titulado “Entre estatuas”, resulta inevitable recordar la voz en off que aparecía en la película El lado oscuro del corazón); y, por supuesto, salgo encantado. Me cautiva la honda sencillez con la que, después de narrar experiencias por todo el mundo, el escritor nos diga cómo aletea su corazón de una forma distinta al volver a casa, donde se siente entre los suyos (“Quizá mi única noción de patria / sea esta urgencia de decir Nosotros”). Me subleva la forma en que constata verdades de difícil explicación, que no han perdido ni un ápice de su frescura (“Es increíble lo que está pasando. / Los proletarios votan a los ricos”). Me produce agradables cosquillas en el oído el juego asonantado del poema “Falsa oposición” y me hace sonreír la broma idiomática de “Pesadilla”. Y llego a la convicción de que la felicidad, o quizá la poesía, sea ese momento mágico y especial “en que uno olvida que hay la muerte”.

Breve y hermoso, este libro me ha regalado emociones y reflexiones. Qué más se le puede pedir a un autor.

lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente


 

Pueden ustedes pasar a la sala donde está expuesto el cadáver, porque hay mucho sitio disponible. No teman apreturas ni sofocos. Se encontrarán allí con el encargado del tanatorio, con una mujer que llora aparatosamente, con un extraño personaje envuelto en una gabardina, con un expolicía y, sobre todo, con Ramoncito Valenzuela, que ha recibido el encargo de cubrir el funeral para su periódico, porque el muerto fue, al parecer, víctima de un crimen. Pero pronto comenzarán las sorpresas cuando Ramoncito sea amonestado acremente por el director del rotativo y, de inmediato, se le expulse del medio de comunicación. A partir de ese momento, toda su obsesión consistirá en descubrir por qué. ¿Quién es el muerto, cuya situación no convenía airear? ¿Quién lo asesinó? ¿Quién era el misterioso hombre de la gabardina? Hábil y zumbón, Eduardo Mendoza nos propone en La intriga del funeral inconveniente una trama surrealista, llena de meandros y sorpresas, donde se nos lleva por un laberinto lleno de niebla, que poco a poco se irá disipando (gracias al manejo de distintos puntos de vista narrativos y al uso de la analepsis) para dejarnos ver las motivaciones de los personajes.

¿Que van a disfrutar mucho con la historia? Por supuesto. ¿Que se van a reír con los disparates que el autor catalán maneja? Denlo por descontado. Les pongo solamente algunos ejemplos: esa chica que reconoce sus limitaciones físicas (“Soy un poco cegata y nunca llevo gafas en público, por coquetería. Sólo las uso para leer, y como soy analfabeta, pues no tengo gafas”); ese exinspector Rodríguez Jarana que explica a los testigos cómo va a actuar para resolver el caso (“Les tomaré declaración y a continuación se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte, como su nombre parece indicar, sino un trámite previsto en nuestro ordenamiento”); esa escena digna de los hermanos Marx que reúne en una habitación a un policía, un representante del obispado y un comercial telefónico llamado Winston; o esa Cándida que rechaza un pastel rancio que le ofrece don Moisés diciendo “Soy cirílica y no tolero a los lactantes”.

Un delirio narrativo de estas dimensiones solamente lo pueden mantener unos pocos novelistas. Y, desde luego, Eduardo Mendoza se encuentra entre ellos. Unas horas de diversión garantizadas.

domingo, 3 de mayo de 2026

Sobre los ángeles

 


Me ha vuelto a ocurrir. Exactamente igual que cuando transité por sus versos en 1985 o 1986 (la época en que comencé mis estudios universitarios). Avanzaba por sus poemas y tenía la sensación de que una especie de viento me rodeaba, me aislaba, me zarandeaba. Un viento que daba vueltas y en el que yo me empeñaba en buscar significados, pero que solamente me daba (y no es poco) sensaciones. No quise, ni he querido ahora, leer las notas a pie de página que, sin duda espléndidas y sin duda enriquecedoras, acumula el galés Brian Morris: prefiero escuchar a Alberti y que sus palabras me digan o me oculten. Perderé matices y posibles significados, es evidente, pero seré el lector edénico, inicial, puro que quizá el gaditano buscaba.

En ese paseo desconcertado pero fervoroso he vislumbrado ángeles rabiosos, cenicientos, crueles, buenos; ángeles de incendio y venganza; ángeles de clamor y estruendo; ángeles envidiosos o colegiales; ángeles tontos o avaros; ángeles de carbón o de arena; ángeles mohosos o bélicos. Pero, sobre todo (permítanme un subrayado personal), ángeles muertos. Ese poema lo leí en un libro de literatura durante mi época como estudiante de bachillerato y, sin entender nada, me puso la piel de gallina. Esa sensación, que permaneció vívida en mí durante años, sigue vigente. Las imágenes de Sobre los ángeles son tan perturbadoras que se graban en la memoria y, periódicamente, vuelven a nosotros. “Llevaba una ciudad dentro”, afirma un verso de este libro. Esa ciudad, misteriosa e inquietante, hecha de palabras y de trallazos, me ha vuelto a perturbar con este segundo paseo. Tal vez no sea el último.

sábado, 2 de mayo de 2026

La cartografía celeste

 


Todos están ahí, esperando a que los conozcas: el dueño del bar rockero que, en su juventud, tocaba el bajo y adora el jazz; el chico que interpreta con su banda entusiastas versiones de otros artistas, para irse haciendo un nombre en el mundo de la música (mientras trabaja interminablemente en un supermercado, en turnos dobles, para pagar las facturas); el empleado que vive al pie de su ordenador, creyendo que tarde o temprano se cumplirán sus sueños de ascender, mientras su familia languidece de abandono; el vigilante de seguridad que busca sin éxito al asesino de una muchacha que fue su novia, años atrás; el hijo de una modista, que se empeña en cumplir la voluntad boscosa (quizá ilusoria o mal interpretada) de su madre; el pequeño traficante de barrio, que no pasa por sus mejores momentos; el legionario que ejerce como mula y que tiene un final desagradable; policías corruptos que no se arredran a la hora de acometer negocios lucrativos… Son vidas pequeñitas, grises, trastabilladas, nauseabundas o insatisfactorias. Vidas como las que tenemos a nuestro alrededor (si observamos con la debida perspicacia) o como las que, quizá, protagonizamos. La memoria y una cierta dosis de fantasía (así lo explica el autor en el epílogo del volumen) reúnen todos esos materiales para construir La cartografía celeste.

Ismael Orcero Marín, excelente entomólogo de la cotidianidad, sabe mirar y ver. Sabe escrutar en el triste hondón de las vidas para extraer de ellas reflexión y enseñanza. Y compone con cada una de ellas un relato que, como el hilo emanado de una araña habilidosa, se une a otros para formar una red, cuyos nudos tienen nombres perfectamente reconocibles: McCartney o Hard Saturday. Por eso nos encontramos ante un libro de relatos, ante una novela y, también, ante un libro de aforismos, donde se disecciona el mundo capitalista que nos rodea (“Después de tanta lucha sindical y movimientos sociales a favor de los trabajadores, el porvenir que se ganó con la batalla fue este. Un paraíso de bollería industrial, petróleo traído de Oriente y horarios para satisfacer los deseos de nuestra vida neoliberal a golpe de scroll en la web de Amazon”), en el que se insertan nuestras horas y nuestros devenires, como lamenta uno de los personajes de la obra (“Pienso en lo que es pasar por la vida de puntillas, en un curro de ocho a dos y de tres a cinco de la tarde. Pienso en cómo las maldiciones de los padres son heredadas por los hijos. Y pienso en cómo ya me han buscado sitio en un taller como aprendiz, cuando deje el supermercado a final de curso. Cada día, desayunando café soluble y malgastando cada momento con las manos llenas de grasa”).

Lo he escrito, lo he repetido y lo volveré a repetir cuantas veces haga falta: Ismael Orcero es uno de los narradores más compactos y vigorosos que tenemos ahora mismo en el panorama narrativo. Esta nueva entrega lo ratifica y subraya, así que les aconsejo que lo visiten. Van a sentir la fascinación de una voz mayúscula.

viernes, 1 de mayo de 2026

Seguidillas del 2025

 


Sigo enriqueciendo mi blog con los libros de Santiago Delgado que, esta vez, nos amplía su repertorio de aires populares con estas Seguidillas del 2025, donde el vigoroso escritor murciano canta a las cosas (ese caballito de bronce que compró en Atenas, esa figurita que salió en el roscón de Reyes, las rosas que exhiben su efímero esplendor en el mes de abril, una puerta injuriada por los grafiteros, las moras que pespuntean el suelo en mayo, la humilde endivia refrescante, la flor que emerge en una grieta del asfalto), a las obras de arte (un dibujo costero de Carpe, un retrato funerario de Palmaroli, unos limones vistos desde el pincel de Pedro Cano, el retrato de Walt Whitman que trazó Gregorio Prieto), a los paisajes urbanos (ese azahar que la lluvia disemina por el asfalto, ese balcón mínimo de la catedral) y a las personas (los sanitarios que nos cuidan con abnegación y eficacia, los amigos de la promoción de Filología 70/75, los maestros que tuvo durante el bachillerato y la universidad, las mujeres maltratadas por sus parejas).

Son composiciones que bailan ante nuestros ojos, moviéndose como brisas, y en ellas descubrimos con alegría muchos hallazgos de alta belleza (nos dice, por ejemplo, que el tronco de la higuera “sueña cansancio”, o que la luna tiene “color de sueños”). Algunas de ellas nos conmueven de forma especial, como la que dedica al asesinato de Federico García Lorca (“Lloradme poco y poco, / pues poco muero. / Leedme, en cambio, mucho, / que es cuanto quiero”); o la que tributa a los también asesinados (en el otro bando) Pedro Muñoz Seca (“Gran Señor de la Risa”) y Ramiro de Maeztu (“Campeón de lo Hispano”). Y algunas, en fin, alcanzan un elevado rango melancólico, como ese poema donde nos explica que ve alejarse la época en que subía a sus nietos en el tiovivo (“Nostalgias del abuelo”).

“Y ninguno sabemos / quién es poeta, / entre tanto escritor / que sale a escena”, nos dice Santiago Delgado en la página 22. Esa afirmación podemos enlazarla con el poema que aparece treinta páginas después, donde se pregunta sobre el motivo que impulsa a escribir, que no es el triunfo (esa “inmadurez perenne del artista”), sino el afán de asir y plasmar con palabras la Belleza. Él, en este libro, lo consigue de sobra.

jueves, 30 de abril de 2026

El maullido de la marisma

 


Hay libros que, siendo libros, trascienden su argumento y nos comunican un mensaje. En ocasiones, ese mensaje ofusca a la persona que está escribiendo y la conduce por el camino de la novela de tesis (ese aburrimiento) o del panfleto (esa atrocidad).  Pero en otras, como ocurre en El maullido de la marisma, de la onubense May R Ayamonte (ganadora del premio Edebé de literatura juvenil), la solidez del relato es tan notable que los lectores nos sentimos conmovidos por la “idea” que palpita en el fondo de la historia y también por el desarrollo narrativo de la misma. Y así da gusto, oigan.

Sitúense en 1980, en los humedales del parque de Doñana, y allí encontrarán a la familia de Vera, una niña enamorada del paisaje que la rodea y cuya vocación para el futuro apunta a la universidad de Sevilla, donde quiere estudiar Biología. En ese proyecto ha influido un cachorro de lince (al que llama Félix, aunque luego tendrá que cambiarle el nombre), que se convierte en una presencia cercana e inesperada en su vida. Sus padres (Amadeo, cuidador del parque, y María, maestra) también impregnan su alma de amor a la naturaleza y a los animales que la pueblan; de tal modo que la niña, que pronto será una adolescente, orienta su pasión ecologista siguiendo ese rumbo. Con el paso de los años, irá sufriendo decepciones y experimentando zozobras, pero nunca dejará que su voluntad se quiebre, hasta conseguir su propósito.

Una novela sólida, elegante y concienciadora, que cautivará a muchos lectores jóvenes y que despertará en ellos la voluntad de saber más sobre la naturaleza, su importancia y su conservación. Necesaria.

miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

martes, 28 de abril de 2026

Las fracturas doradas

 


El sogún Ashikaga Yoshimasa, que vivió y gobernó en Japón durante el siglo XV, sufrió un percance que le resultó muy doloroso: vio cómo se rompía su cuenco preferido. Ahora, en estos tiempos de usar y tirar, de ikeas, comercios chinos y amazones, un accidente de ese calibre nos parece una frivolidad, pero al mandatario nipón lo impulsó a solicitar la ayuda de un artesano que, auxiliándose con resina de árbol y polvo de oro, lo reparó. A ese arte lo conocemos ahora con el nombre de kintsugi, que quiere decir “carpintería dorada”.

Lo que nos cuenta Paloma Díaz-Mas en este libro es un suceso sin duda mucho más doloroso, pero que entronca con el anterior: la muerte de su único hermano, que ocurrió en plena pandemia del coronavirus. Nada más. Y nada menos. Una llamada telefónica de su hermana le anunció lo que había sucedido: que lo encontraron sin vida sentado en su sillón. Probablemente ni siquiera fue consciente de que estaba muriendo. Al otro lado de las ventanas, un furioso vendaval de nieve; en el silencio de la casa, sus gatos. A partir de ese punto, se inician las ceremonias del tránsito: cursar aviso a las autoridades, decidir los pormenores del funeral (cremación, en su caso), revisar las pertenencias del fallecido para decidir qué se conserva y de qué se prescinde… Es decir, clausurar todos los detalles materiales de una existencia mientras se sienten las aflicciones, la congoja, el desgarro y la condición marmórea del final. Todos los que hayan pasado por un trance parecido (y quién no lo ha hecho) saben de sobra cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántas sorpresas melancólicas y cuántas vacilaciones asaltan durante las siguientes semanas a quienes se quedan.

Con paciencia, con infinito amor, con delicada ternura, la escritora aplica su resina y su polvo de oro narrativo para mostrarnos su cuenco-hermano, que nos emociona como si hablara de alguien de nuestra familia. Porque posiblemente lo esté haciendo. Muy bello.

lunes, 27 de abril de 2026

Salmos al viento

 


Me acerco hasta el territorio poético de José Agustín Goytisolo para leer su obra Salmos al viento, ceremonia que cumplo en voz alta, como me gusta hacer con los versos. Y qué excelente trabajo. He sentido en cada página la inteligencia y la sensibilidad del barcelonés, que ha ido conquistándome texto a texto, línea a línea. He admirado (y compartido) el irónico ataque a los poetas que, acabada la guerra, decidieron que todo debía impregnarse de Garcilaso, de ríos rumorosos, y que cuando el tema no dio más de sí se dedicaron a hablar de Dios, mientras que José Agustín prefiere (así lo deja claro) alinearse con quienes “lanzan gritos pidiendo paz pidiendo patria / pidiendo aire verdadero” (Los celestiales). He aplaudido su sarcástico retrato del hombre poderoso, cuyo reino sí es de este mundo, donde él asienta sus “posaderas recias y bursátiles” (Apología del libre). He celebrado el modo en que ridiculiza el amor, entendido como ceremonia gris y reglamentada, con normas dictadas por la gazmoña moral imperante (Idilio y marcha nupcial). He apretado los dientes cuando nos habla de esos jóvenes de buena familia y comportamiento irreprochable que, pese a algún disculpable desliz momentáneo (fruto del ardor juvenil), terminan volviendo al sano redil burgués, como manda don Guido (El hijo pródigo). He notado la tristeza cuando sonaban los disparos que acaban con la vida de quien clama contra los poderosos y les recuerda la importancia pequeñita del ser humano (El profeta). He esbozado una sonrisa cómplice cuando nos repite, una y otra vez, el sintagma que tantas veces le dijeron sobre su inutilidad (Autobiografía). Y, por supuesto, he notado la saliva atascada en la garganta mientras ese incauto joven nos habla de su fervor marcial, dirigido por los manipuladores de siempre, por los ambiciosos de arriba, que inyectan odios y detentan banderas para cumplir sus objetivos (Tríptico del soldadito).

Gran libro. Gran voz. Un poeta que nos habló y que espera nuestros ojos para seguir hablándonos.

domingo, 26 de abril de 2026

Las inseparables

 


Cuando tenía 9 años, Simone de Beauvoir era alumna del colegio Adeline Desir. Y allí conoció a Elisabeth Lacoin, una chica inteligente y divertida con la que se sintió profundamente conectada, convirtiéndose en amigas. En esta novela póstuma, titulada Las inseparables, que leo en la traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego, la pequeña Sylvie Lepage (9 años) vuelve al colegio para el nuevo curso y conoce allí a Andrée Gallard. Ya no se separarán durante años: compartirán conversaciones, opiniones literarias, reflexiones sobre Dios, debates filosóficos, comentarios sobre chicos y sobre la vida en general. El vínculo entre ellas es fuerte, poderoso, inquebrantable. Y ni siquiera la aparición de Pascal, un joven profundamente religioso que se ha enamorado de Andrée, lo erosiona. Atormentada por las complejas relaciones con su madre, Andrée deja que Sylvie y Pascal se muevan a su alrededor, sin encontrar el camino adecuado para la felicidad, que parece estarle negada, sobre todo cuando la señora Gallard opine que debe trasladarse durante dos años a Inglaterra, salvo que Pascal acepte un compromiso matrimonial inmediato. El muchacho, indeciso, se niega a hacerlo, porque opina (eso dice) que la separación fortalecerá su vínculo y los protegerá de los pecados de la carne. ¿Qué siente Andrée, en medio de esas fuerzas que tiran de ella y amenazan con desgarrarla? ¿Y qué siente Sylvie, que lucha para que su amiga (¿solamente su amiga?) se case con el timorato Pascal?

Al principio, en la dedicatoria para Elisabeth Lacoin que abre la novela, Simone de Beauvoir escribe: “Si tengo esta noche los ojos llenos de lágrimas, ¿es porque ha muerto usted o porque yo estoy viva? Debería dedicarle esta historia, pero sé que no está ya en ninguna parte, y si me dirijo a usted aquí es como un artificio literario. Por lo demás, esta no es de verdad su historia, sino solo una historia inspirada en nosotras. Usted no era Andrée y yo no soy esa Sylvie que habla en nombre mío” (p.7). Al final, en el epílogo que acompaña a esta publicación, Sylvie le Bon de Beauvoir formula un interrogante crucial sobre su madre: “¿Cuál es ese sentimiento sin nombre que, con la etiqueta convencional de amistad, le abrasa el corazón aún sin estrenar, maravillado y en trance, sino el amor?” (p.120). No creo que sean necesarias más explicaciones para adentrarse con respeto y en total silencio en las páginas de este libro lánguido, triste y auténtico.

sábado, 25 de abril de 2026

Doce escenas cervantinas

 


Vuelve Santiago Delgado a este blog, que es su casa, de la mano de su deliciosa obra Doce escenas cervantinas, que publica la Fundación El Mural de Arte de Hernández Carpe y que se presta (así lo he entendido desde el principio y así lo he hecho) a ser leída en voz alta, como homenaje doble: al viejo maestro alcalaíno y al vigoroso prosista murciano. En estas páginas descubrimos a un Miguel de Cervantes dispuesto a la alegría de bailar una chacona (así lo confiesa en grata conversación con su personaje principal), aunque las fuerzas ya no lo acompañen en su vejez; a una Preciosa, gitanilla ilustre, que ofrece sus consejos a la sobrina de don Alonso Quijano para que consiga los amores del bachiller; a un agonizante novelista que, mientras se apresta a redactar sus últimas voluntades, trae a la memoria a Promontorio, el hijo natural que tuvo en Italia (convertido después en jesuita) y afirma haber sido “razonablemente feliz y razonablemente infeliz. Como todos vosotros” (p.25); a un Sancho Panza que muestra su admiración y su complacencia por el mundo de la música; a un Monipodio que defiende con buen tino su hermandad de pobres, frente al insaciable egoísmo acaparador de los poderosos (“Olvidados e ignorados estamos del Rey Nuestro Señor, y sabiéndolo nos valemos por nosotros mismos, sin que la república se resienta”, p.35); a una Dulcinea que, despojada del aburrimiento de ser musa etérea, reivindica su derecho a ser mujer de carne y hueso, con sus alborotos cordiales y su carne feliz; a un Sansón Carrasco que traslada el ataúd con los restos de don Quijote para inhumarlos en lugar desconocido, donde siguen, anónimos; y a otros personajes no menos conocidos y seductores del entorno quijotesco.

“Aún hay sol en las bardas”, escribe Miguel de Cervantes en el capítulo III de la segunda parte de su inmortal novela. Aún hay sol (mucho sol) en la pluma de Santiago Delgado, inagotable y proteico, al que siempre alegra leer y comentar.

viernes, 24 de abril de 2026

Paseo por la vida


 

Leo el libro Paseo por la vida, de Gabriel Vegara Gálvez, que me sorprende con sus versos cortos, rápidos, enigmáticos. Intuyo en ellos un buen número de claves personales (amorosas, vitales) que, como es lógico, no puedo desentrañar, porque pertenecen a la intimidad última del poeta. Pero su aroma me lanza sugerencias, me propone retos; y yo, como creo que hará cualquier lector del tomo, modelo mis conjeturas. Gabriel Vegara nos habla de mujeres que pertenecen a otro, y que apenas permiten la aproximación del extasiado; nos habla de nucas besadas y de abrazos conmovidos; de la juventud, con sus risas, músicas y paisajes que no podrán ser olvidados (“Elisabeth”); de la radiante luminosidad del sol (la palabra “sol” aparece en muchos de los sesenta poemas que tiene el libro); de la música de Leonard Cohen y el cine de Wim Wenders; de los homenajes que siente el impulso de dedicar a Rafael Alberti (“Quisiera ser…”), a la mitología grecolatina y san Juan de la Cruz (“Alma”), a María Cegarra y Miguel Hernández (“Luz de sur”).

En este juego poético de revelaciones parciales, pudorosas, incitantes, el poeta sugiere ámbitos en los que laten “profundidades que ocultan, que se abren y se cierran, que buscan y huyen”. Y me parece intuir casi siempre en sus versos una devoción juanrramoniana por decir la esencia, por acercarse al núcleo primordial del sentido, por ser exacto y apolíneo (aunque la lava palpite apenas se araña la tersa superficie de las palabras). De tal modo que leer este Paseo por la vida se convierte en un hermoso ejercicio de hermandad con el poeta; y, sobre todo, en un sugerente acercamiento a su muestrario de luces y sombras, a su abanico de sonrisas y lágrimas. Muy interesante.

jueves, 23 de abril de 2026

El amor que pasa

 


En diciembre de 1955, un sevillano que ha intercambiado un buen número de cartas con una muchacha catalana a la que no ha visto nunca en persona llega por fin a la localidad donde ella vive y se presenta ante su familia. La madre de la chica no tiene un buen concepto de los andaluces, así que el joven es recibido con ciertas suspicacias. El sevillano, que acarrea un largo historial de conquistas amorosas y que es aficionado a la poesía, el ciclismo, la manzanilla y la Feria de Abril, se encuentra de pronto en un ambiente donde todo se le antoja extraño; pero su empeño en lograr la mano de la chica es enérgico. Sabe que la ama. Sabe que quiere convertirla en su esposa. Sabe que logrará hacerla feliz. Está dispuesto a ponerlo todo de su parte para conseguir su propósito. Él se llama Antonio; ella se llama Claudina (no Maribel, como le decía en sus cartas). En El amor que pasa se nos cuenta el largo y complicado camino que los llevó a convertirse en marido y mujer y que los transformaría, tres lustros después, en padres de la escritora Care Santos.

Consultadas más de mil quinientas hojas de cartas, además de páginas inéditas escritas por sus padres en sus diarios, la novelista de Mataró ha reconstruido aquella historia de tenacidad, paciencia y amor, llena de meandros, ramas adventicias, complicaciones, avances y retrocesos, con novias abandonadas (Teresa) y novios soslayados (Pardo), con dificultades idiomáticas (Antonio se obstinaba durante los primeros meses de su relación epistolar en considerar el catalán un dialecto), con caracteres disímiles (jovial él, taciturna ella) y con graves decisiones que debieron ser tomadas en poco tiempo. Meticulosa y llena de cariño por ambos, Care aborda en estas páginas su prehistoria. Y confiesa que lo hace no solamente por ella misma, sino también “para los nietos del protagonista” (cap. “Cincuenta novias”). Por eso extiende su investigación hasta los abuelos y bisabuelos, a lo largo de pueblos, apellidos y provincias, en una confluencia de anécdotas y genes y riñas familiares y distanciamientos y casualidades, que irán conformando a la autora de estas páginas.

Care Santos nos ha contado, como digo, la historia de amor y vida de sus padres (“Escribir una novela es regalar una historia a quienes pueden amarla igual que tú”, dice en el capítulo “La vida”). Pero quienes no los conocimos, quienes somos esencialmente ajenos a esas existencias, recibimos su dibujo narrativo como un regalo, porque en realidad nos está invitando a que pensemos en nuestros propios padres, en aquellas anécdotas que creíamos olvidadas, en aquellas fotografías que conservamos y que ahora de pronto ansiamos ver de nuevo, en aquellas cartas o postales que quizá nos esperen en un viejo cajón o en una caja polvorienta. No sabemos quiénes fueron Antonio Santos y Claudina Torres, pero sí que sabemos quiénes fueron (en mi caso) Rubén Castillo y María del Rosario Gallego. Y la devoción de Care Santos, su excelencia como novelista, nos permite imaginar, sonreír o soñar durante el transcurso de la obra. Yo, además, he llorado como un crío con la escena final, cuyos detalles no voy a contarles, pero que son bellísimos y conmovedores. Gracias por contarnos su historia, Care. Gracias por contarnos la tuya. Gracias por contarnos la nuestra.