lunes, 29 de junio de 2026

Todos hacen daño

 


Decía Nietzsche (un tipo que, mientras le crecía el bigote, pensaba) que el hombre superior es un niño y un bailarín. Un niño, porque juega con la existencia; un bailarín, porque convierte cada salto, cada pirueta, cada giro, en una apuesta y un riesgo. Creo que al filósofo de Röcken no le molestaría que yo incluyese a José Antonio Jiménez-Barbero en ese ámbito, porque sus libros incorporan siempre, a partes iguales, brillantez y riesgo, inocencia y arrojo. Como afirmaba Camilo José Cela, mantenerse dentro de una línea sabiendo que es exitosa resulta sin duda legítimo (la mayor parte de los escritores lo hacen), pero más admirable se antoja acometer peligros, proponer rutas poco transitadas y pensar que el creador tiene que mostrar, a veces, alma de funambulista.

En Todos hacen daño (que obtuvo el I Premio Maluma de novela), el amante del género va a encontrar todos los ingredientes que lo hacen feliz: crímenes tan brutales como inesperados, identidades encubiertas, policías que se han dejado seducir por las mieles infames del dinero, investigadores privados que recorren calles y locales de alterne, traiciones, odios, fidelidades peligrosas, piratas informáticos, mercenarios venidos de Europa del Este, chicas vírgenes que son secuestradas y violadas para convertirlas en prostitutas… Nada echará en falta, se lo puedo asegurar. Tampoco podrá quejarse del ritmo de la obra, tramado con un primor casi cinematográfico y con altas dosis de adrenalina (no se pierdan las secuencias en las que las balas silban, auténticamente taquicárdicas). Ni del modo en que el autor trenza, y luego destrenza, las hebras de su relato, dejando solamente una (la más inquietante) en suspenso. Pero me parece incluso más importante señalar lo que va a descubrir en estas páginas el lector que no sea demasiado entusiasta del género: una excelente demostración de cómo contar maravillosamente una historia, dando profundidad a los personajes, diseñando un ritmo endiablado y logrando que, al final, el corazón palpite de rabia y de zozobra (también de ternura y de alivio), porque el autor ha conseguido que su relato fluya por las venas de quien ha decidido sumergirse en él.

Discrepo, eso también lo debo decir, con el título de la obra. No todos hacen daño. Es una generalización con la que no puedo estar de acuerdo. Algunos no hacen daño, sino que “hacen alegría”. Por ejemplo, José Antonio Jiménez-Barbero, cada vez que tiene la buena idea (y se toma el arduo trabajo) de escribir una novela. Ojalá ese gozo se repita muchas veces más.

domingo, 28 de junio de 2026

La primavera en viaje hacia el invierno


 

Vuelvo al universo narrativo de Pedro García Montalvo con los relatos contenidos en el volumen La primavera en viaje hacia el invierno, en el que las secuencias parecen configurar su propio tempo musical. Los adjetivos, como pinceladas de color, y el ritmo de las frases, con su cadencia única, establecen la respiración que los lectores deben adoptar para comprender la esencia última de los cuentos. A veces, el narrador nos pedirá que asistamos a una excursión escolar a orillas del río Segura, donde una pícara broma hará posible que el tímido profesor don Toribio, un latinista cuarentón con muy poco don de gentes, quede como un héroe ante la joven Adela (“Divertimento”); otras, nos presentará a la bellísima condesa Ángela de Yeste, que habría de convertirse después en protagonista de su novela El intermediario, que consigné en este Librario íntimo hace pocos días (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/06/el-intermediario.html); o nos presentará a una chica que, normalmente sensata y prudente, se atolondra cuando el amor prende en su pecho (“El rostro”); o nos dibuja asechanzas más bien equívocas, como la protagonizada por el musicólogo Tomás Tarazona (“La venta de la Virgen”); o, en fin, explora laberintos más oscuros del alma humana, que reconocemos como propios, con horror, cuando deslizamos los ojos por los párrafos del relato (“Un monólogo”).

No necesita muchas páginas García Montalvo para construir sus propuestas, y eso las vuelve tan sólidas, tan condensadas, tan admirables. Releerlas al cabo de cuarenta años ha supuesto un auténtico placer.

sábado, 27 de junio de 2026

El último caso de Unamuno

 


En la última reseña que le dediqué al zamorano Luis García Jambrina, por su novela El manuscrito de nieve (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/03/el-manuscrito-de-nieve.html), señalé un procedimiento que, a mi entender, volvía defectuosa la obra: su tendencia a amontonar datos históricos, artísticos y de todo tipo de una manera poco acertada. Dos años después, me animo con otra de las producciones del autor, aparecida en 2026: El último caso de Unamuno. Y me siento muy feliz de emitir un juicio totalmente distinto: la obra es excelente. Las informaciones históricas, políticas, culturales y militares siguen siendo oceánicas (la ambientación de la novela en 1936 así lo requiere), pero el autor ha sabido encauzarlas de un modo magnífico, sin que el lector sienta que chirrían.

La base del libro se articula sobre dos líneas policiales que caminan de forma cercana. En la primera, descubrimos cómo el insigne escritor don Miguel de Unamuno investiga el misterioso suicidio del catedrático de Derecho don Daniel Carbajo. Su esposa descubrió el cuerpo ahorcado en su despacho, que permanecía con la llave echada por dentro; pero era reacia a considerar que su marido, profundamente religioso, hubiera optado por acabar con su existencia de una forma tan inopinada y tan herética. En la segunda, nos encontramos con la súbita muerte del propio Unamuno, que sufrió un colapso mientras charlaba junto a su mesa con el joven profesor falangista Bartolomé Aragón. Muy habilidoso y muy sólido en su exposición novelesca, Luis García Jambrina nos va planteando en capítulos alternos este doble enigma, introduciendo personajes de tanta densidad y envergadura como Millán Astray, Francisco Franco, Giménez Caballero o Carmen Polo. Y esculpiendo también una doble línea de protagonistas-detectives, porque si en la primera es don Miguel el eje vertebrador, en la segunda ocupan ese lugar sus amigos Teresa Maragall López y Manuel Rivera Jambrina. Este último, de hecho, se plantea incluso la posibilidad de escribir alguna vez esta historia, para que las generaciones futuras conozcan la verdad (“La novela, si es que alguna vez llegaba a escribirla, tendría, pues, una doble trama entrecruzada y una doble línea temporal; en una, don Miguel sería el detective o sujeto investigador y, en la otra, la víctima o el objeto de la investigación”, p.234).

Como se trata de un libro detectivesco (aunque no queda reducido a esa simple dimensión), resultaría muy ingrato desvelarles detalles que erosionaran la eficacia de sus sorpresas. Sí les diré que, al acabarlo, queda en el ánimo de los lectores la sensación poderosa de que todo podría ser verdad (sensación que las consultas que se realizan en Internet parecen corroborar). García Jambrina ha construido su historia con mimbres tan bien trenzados y tan verosímiles que te convence. Es un asombroso logro, que aplaudo con energía.

jueves, 25 de junio de 2026

Los árboles mueren de pie

 


Entramos en el espacio escénico de Los árboles mueren de pie, invitados por el gran Alejandro Casona, y lo que allí descubrimos no puede ser más chocante, con personajes que van disfrazados (y que se cambian de disfraz) y con frases que nos suenan a delirio o tomadura de pelo. Al cabo de varias páginas, la perplejidad que sienten los personajes que han entrado con nosotros (Balboa e Isabel) es tan enorme como la nuestra. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Nos encontramos quizá en un manicomio, en el que los orates han logrado hacerse con el control? No lo vamos a averiguar hasta que aparece el doctor que dirige la institución, quien le explica a Isabel que, en realidad, son personas que trabajan para otorgar caridad y poesía al alma de las personas necesitadas (“¿Quién ha pensado en los que se mueren sin un solo recuerdo hermoso? ¿En los que no han visto realizado un sueño?”). Son constructores de sueños, aliviadores de penas, maquilladores de la angustia: uno de los colaboradores reparte conejos por el monte para hacer felices a los cazadores pobres; otro roba a los ladrones primerizos para que abandonen la delincuencia… Ante la perplejidad de Isabel, el doctor lo tiene claro: “Tal como va el mundo todos los que no somos imbéciles necesitamos estar un poco locos”.

Encandilada con el proyecto, Isabel se anima a participar en él, y pronto llega la ocasión de estrenarse: el anciano Balboa necesita que un matrimonio joven se instale en su casa, fingiendo ser su nieto (que abandonó el hogar hace veinte años) y su esposa, para conseguir que la anciana abuela no muera de tristeza; y, sobre todo, que no descubra que su auténtico nieto es un desalmado delincuente, dado a todo tipo de crímenes. ¿Será posible mantener esta bondadosa farsa durante unos días? Y las personas que la lleven a cabo, ¿serán después las mismas?

Adoro a Alejandro Casona. Ninguna de sus obras me ha decepcionado jamás. Tampoco lo hace ahora, con esta bella reflexión sobre la generosidad, la entereza, la dignidad y el amor. Así que la gran pregunta tal vez sea por qué no leo todas las que me faltan y las voy dejando en este Librario. Hummm, ¿por qué no?

miércoles, 24 de junio de 2026

El reino de la nada

 


Muchas son las propuestas (y las maravillas) que nos entrega El reino de la nada, el volumen de cuentos que Emilio Gavilanes publicó en Menoscuarto (2011), y de todas ellas conviene disfrutar despacio, con una lectura lenta. Que nadie se apresure mientras camina por sus páginas, porque se perderá demasiados detalles, demasiados matices; y en ellos se encuentra la auténtica grandeza de este tomo, impregnado de melancolía, inteligencia, lirismo y ternura. En algunas de sus narraciones, Gavilanes nos lleva hasta la época de la guerra civil de 1936, para hablarnos de un juicio delirante incoado contra un niño (“La tabla del dos”); de un manicomio que, abandonado por su personal sanitario y religioso, se transforma en metáfora o alegoría (“El reino de la nada”); o del siniestro destino que se abate sobre un huérfano que, acompañando a su abuelo ciego, acaban de llegar a una población extraña (“Primer día de escuela”). En otras, nos acerca hasta los abismos del cáncer, como quien nos invita a pasear por el borde de un acantilado, mientras sopla el viento (“Pisadas en la arena”, “Ahora que cada vez soy menos inmortal”). Y en todas, absolutamente en todas, nos propone magias cordiales, indagaciones valiosas en el espíritu humano y acuarelas que necesitan nuestra mirada atenta para fijar sus perfiles. Personalmente, he sentido la necesidad de leer dos veces (nada más acabarlo, volví a la línea primera) las bellas páginas panteístas de “Aire”.

Ha sido una buena idea acudir a mi segunda lectura de Emilio Gavilanes, que preveo que no será la última.

martes, 23 de junio de 2026

Caminos que conducen a esto

 


Cuando me siento en el sillón y abro un libro de Andrés Ortiz Tafur, ya sé que me voy a sorprender. No sé cómo ni por dónde, pero tengo claro que el escritor de Linares va a conseguir dejarme K.O. con la magia, la fantasía y la rotundidad de sus historias. Me ocurre con algunos escritores (Monzó, Cortázar, Moyano, Olgoso) y por esa razón me gusta volver continuamente a sus páginas. Ahora lo hago con Caminos que conducen a esto, un chispeante volumen que publicó en El Desván de la memoria y que leo en la edición de 2013.

Con la inagotable destreza de un prestidigitador, Andrés nos habla de una mujer no especialmente agraciada, que se instala en cierto lugar y aspira a convertirlo en un refugio para personas feas, que olviden allí sus traumas; de sueños que se expanden hacia la vigilia, o que establecen enigmáticos diálogos con ella; de asombrosas naranjas blancas (tan infrecuentes como las manzanas azules); de una Eva insaciable que no termina de encontrar en el Edén su pareja idónea, para decepción y abatimiento de Adán; de homenajes al más universal de los cantantes nacidos en la provincia de Jaén (“Eva tomando el sol”, “A esa hora maldita (en que los bares a punto están de cerrar)”); del novio que padece una inquietante disfunción eréctil y no sabe cómo afrontar la relación (cercana ya al matrimonio) con su paciente pareja; de las figuras coloreadas que se saludan o despiden en lo alto de una montaña, provocando la perplejidad de los montañeros que las observan desde abajo; o de un hombre (llamado Marcial) cuyo tono de voz es insufriblemente elevado, incluso para la mujer con la que convive.

De todas las combinaciones de seriedad, humor y excelente literatura, la que nos ofrece Andrés Ortiz Tafur en sus obras me parece una de las más notables de nuestro país, así que les sugiero (si me lo permiten) que acudan a sus libros. Me terminarán concediendo la razón.

lunes, 22 de junio de 2026

Mañana nunca lo hablamos

 


Tras seis meses sin leer ningún libro del guatemalteco Eduardo Halfon vuelvo a uno de sus títulos: Mañana nunca lo hablamos, un eneaedro de historias donde se respira un continuo perfume autobiográfico, que tan grato y tan brillante se vuelve en su pluma: el niño que se interroga sobre lo que habría pasado si su padre, como le dice, se hubiera ahogado a su misma edad (“El baile de la marea”); el niño que acompaña a su tío, bombero voluntario, por los escenarios derruidos que un terremoto ha provocado en la ciudad (“Polvo”); el niño que vuelve a casa apesadumbrado, con una carta del colegio donde intuye malas noticias para él (“El poder de la euforia”); el niño enfermo, que sufre terribles dolores de cabeza y ha de ser hospitalizado (“Muerte de un cácher”); el niño que padece la llegada de unos militares, que invaden la casa donde su tío Salomón está a punto de leer el futuro en los restos de una taza (“El último café turco”); el niño que encuentra, con su hermano, unas revistas pornográficas y son descubiertos por su madre (“Mujeres buenas y mujeres malas”); o el niño que ve interrumpida la normalidad de su existencia cuando sus padres le explican que van a trasladarse a Miami, porque la atmósfera de su país resulta ya irrespirable y vuelan demasiadas balas (“Mañana nunca lo hablamos”).

Cada relato es una pequeña joya de delicada factura, con perfiles de acuarela, que nos entrega una arista anímica del autor. Creo que leer este libro es una magnífica idea. Les sugiero que lo hagan.

domingo, 21 de junio de 2026

Carlota Fainberg

 


Claudio, un profesor universitario de literatura que se dirige a Buenos Aires para dictar una conferencia, sufre en el aeropuerto de Pittsburgh la avasalladora conversación de Marcelo Abengoa, un empresario que viaja hacia Miami. Con su locuacidad hemorrágica, Marcelo le explica cómo conoció en el hotel Town Hall a “la mujer más guapa que he visto en mi vida” (p.57), con la que vivió un tórrido episodio sexual que se prolongó durante dos días, mientras esperaba la llegada de su esposa, Mariluz. Fascinado por el embrujo sensual de aquella mujer, Carlota Fainberg (de la que se separó, consciente de que “no voy a verla nunca más en mi vida”, p.82), Marcelo reconstruye para un aturdido Claudio los pormenores de su aventura, que el docente completará cuando, instalado ya en Buenos Aires, se acerque hasta el hotel Town Hall y descubra los detalles que su interlocutor no pudo (o supo) suministrarle.

Con su habitual maestría verbal, Antonio Muñoz Molina va esculpiendo ante los ojos del lector una novela corta de impecable factura, en la que los detalles eróticos se mezclan con agudas consideraciones sobre el temperamento del ser humano, sobre la irritante rapacidad con la que se fraguan los departamentos universitarios norteamericanos (más pendientes de las tendencias sexuales o las marcas raciales de su profesorado que de la pura competencia profesional), sobre el deseo y sobre la melancolía que nos regala la pérdida. Encandilado con la escritura del jienense, el único elemento que ha conseguido “sacarme” del ritmo narrativo es la constante utilización (cuyo sentido entiendo, pero cuyo manejo me distrae) de palabras en inglés por parte de Claudio. Comprendo que el profesor español las utilice, pero la proliferación en ciertos párrafos (“Tenía mucho más interés en la story de Abengoa que en su discourse, lo cual, en un profesor universitario, no deja de ser un poco childish: atrapado en una fugaz suspension of disbelief, yo abdicaba de todos mis escrúpulos narratológicos”, p.120) me enfría un tanto el placer de la lectura. Es mi única objeción a un libro admirable.

sábado, 20 de junio de 2026

El libro de arena

 


Podría invocar la magdalena de Proust e incluso la fragancia de un jabón que, siendo niño, usé de forma casual porque mi madre lo compraba y ahora, cuando he recuperado su aroma medio siglo después, me hace cerrar los ojos y rememorar la exacta decoración del cuarto de baño donde lo pasaba por mi piel. Ahora, con cuatro décadas de distancia, abro las páginas del volumen El libro de arena y recupero las sensaciones de 1986. Ni mejores ni peores: idénticas. Podría hablar de fascinación, de embrujo, de deslumbramiento. También, sin hipérbole, podría hablar de sorpresa, porque Borges sorprende siempre, aunque leamos cien veces el mismo texto. Creo haberlo dicho alguna vez: yo no releo a Borges, lo leo. Porque en cada ocasión sabe a la primera vez, como el beso de la persona a la que amas con locura, como la sonrisa infinitamente igual e infinitamente placentera de tu hijo o tu hija, como la arrugada plenitud de las manos acariciadas de tu madre o tu padre.

Me habla de la reunión fascinante entre el viejo Borges y el joven Borges, de la enigmática Ulrica, de la urdimbre de un Congreso que repite el mundo, del horror obtuso e innombrable que sube por la escalera de una casa antigua, del poeta que consigue capturar la Belleza y la elude con la resignación del suicidio, del magnicida que se aísla antes de la consumación de su crimen para no manchar a nadie con sus actos, de la codicia que genera un disco invisible con un solo lado, del libro cuyas páginas se desdoblan sin fin. Y en todas sus fabulaciones atiendo más a la voz que al contenido de su parlamento. Subrayo frases (“Lo que decimos no siempre se parece a nosotros”; “Hay un misterioso placer en la destrucción”; “El hombre olvida que es un muerto que conversa con muertos”; “Todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente”), me detengo ante adjetivos insospechados, abro los ojos ante verbos inauditos. Sé que estoy sentado en mi sillón, pero quizá debería estar de pie. O de rodillas. Es Jorge Luis Borges, por el amor de Dios. Qué regalo, sus libros.

viernes, 19 de junio de 2026

El coleccionista de sellos

 


Cuando suenan las campanadas de Nochevieja y se inicia el 1 de enero de 1939, pocas personas tienen motivos para estar felices en un Madrid bombardeado y hambriento, que vive los meses finales de la guerra civil. Pero esa tristeza no preocupa a un hombre que se mueve con nerviosismo por las calles de la capital, aferrado a un maletín. Su contenido, según se nos dice, lo convertirá pronto en el hombre más poderoso del mundo. Por desgracia, unos atracadores lo interceptan y se quedan con el sobre que transportaba, tras darle muerte. Un par de meses después, quienes empiezan a ser asesinados son coleccionistas de sellos a los que, en apariencia, no conecta ningún vínculo. El comisario Telmo Vega, que se ocupa del caso, tendrá que descubrir qué se esconde tras esta oleada de crímenes absolutamente desconcertantes.

Créanme si les digo que no puedo contar nada más (no me tiren de la lengua preguntándome por los detalles de cómo el general Francisco Franco muere en un atentado en 1937; o inquiriendo sobre la forma en que tres sellos falsos pueden cambiar la historia del mundo; o interrogándome sobre por qué razón la historia empieza tres veces): esta novela de César Mallorquí se sostiene sobre la magia de unas sorpresas tan anonadantes, tan inauditas, tan explosivas, tan inolvidables, que impiden cualquier resumen sin incurrir en la impertinencia. Así que abróchense los cinturones, suspendan los mecanismos de la incredulidad y déjense guiar por la mano narrativa del maestro. Da igual que se lea a César Mallorquí con quince o con sesenta años: siempre queda uno fascinado con sus obras. El coleccionista de sellos es otra demostración palmaria, que obtuvo los premios UPC (1995) y Gigamesh (1997).

jueves, 18 de junio de 2026

El querido hermano


 

Aseguró una vez Camilo José Cela que los españoles somos renuentes a la hora de admitir que una persona sea brillante en varias disciplinas: si alguien destaca en la novela, nos incomoda que se adentre por los senderos de la poesía; si juega maravillosamente al fútbol, a santo de qué aceptar que pinte como los ángeles. Esa reflexión quizá podría extenderse a los vínculos fraternales: el hermano del propio Cela, ¿ha de ser leído con admiración virginal o contemplado con cierta suspicacia?; la hermana de Terenci Moix, ¿tiene derecho a recibir aplausos por sus libros? Y aun en el caso de que sean aceptados (qué palabra tan displicente), siempre uno de ellos recibe la etiqueta menos favorecedora. Anne siempre será vista, comparativamente, como la peor de las Brontë. Un destino tan aciago fue el que siempre sobrevoló a Manuel Machado, al que se rotuló con liviana facilidad como el hermano jaranero, golferas y poeta facilón, frente a la gloria serena y apolínea de su hermano Antonio. Por supuesto, se trataba de una torpe injusticia, pero quién era el guapo que se atrevía a reivindicar, frente a la majestad náufraga y exiliada de Antonio, al autor del soneto a Francisco Franco, donde se alude a su santo afán y su sonrisa resplandeciente.

Pues, por fortuna, Joaquín Pérez Azaústre se animó a alzar esa bandera, y lo hizo con su obra El querido hermano, que obtuvo el XVI Premio Málaga de novela en el año 2022. Sintetizado hasta la caricatura, el argumento es muy sencillo: en 1939, Manuel recibe la noticia de que Antonio ha muerto en Francia y, con la ayuda de José María Pemán, emprende viaje hacia París (luego tienen que variar la ruta y dirigirse a Colliure) para visitar la tumba. Es todo. Pero ese viaje de apariencia tan sencilla se erige en un período muy complejo de rememoración, en el que asistiremos a escenas de la guerra civil y a borracheras con absenta en el París decadente de Moréas, Gómez Carrillo y Oscar Wilde; donde conoceremos a antiguas amantes de piel nacarada, a las que el olvido no ha logrado suprimir; a sastres iracundos a los que Antonio ahuyentó con una pistola en la mano; a las figuras de Leonor (a la que Manuel define con ternura) y Pilar de Valderrama (a quien califica como “narcisista” y como “calientabraguetas” en el capítulo 29); y donde se nos analiza con fina penetración el discurso con el que Manuel ingresó en la Real Academia de la Lengua.

Libro valioso y poliédrico, en el que historia, psicología y novela se funden para generar un híbrido altamente seductor. Y que, sirve, también, para recordarnos que las obras de Manuel Machado siguen esperándonos en las bibliotecas.

miércoles, 17 de junio de 2026

El jardín de Venus


 

En el año 2013 leí una antología de poemas y fábulas que, altamente eróticos, firmaba el ilustrado Félix María de Samaniego; y se me quedó el gusanillo de acudir al tomo completo de sus picardías y obscenidades, empeño que ahora cumplo. Es el célebre volumen El jardín de Venus, cuya recatada cubierta no nos ofrece (ni muchísimo menos) una pista sobre las barbaridades sexuales que la obra contiene. Cómo eran estos intelectuales de apariencia apolínea cuando se abandonaban a la veta dionisíaca, madre mía. Tremendos. Pero tremendos de verdad. Alejado de cualquier melindre, el escritor alavés nos habla de una moza que, para medir con el máximo rigor la competencia priápica de un muchacho, se sube a su cama y “con diez desagües consiguió aflojarlo”; de una dama que, por recatado consejo de su asesor espiritual, yace con un hombre y, para rebajar en lo posible la voluptuosidad del trance, lo invita a que adentre sus atributos viriles “por cierta industriosísima abertura” que ella ha practicado en su camisón; de un marido que, consciente de que su mujer está a punto de morir y que nadie podrá volver a probar “el ojal del encanto, / en que pecara un santo”, se sube a ella y le suministra “cinco entradas”, que reactivan en la agonizante dama las ganas de vivir; de un atractivo muchacho que, introducido en un convento cordobés, provoca las delicias de todas las monjas, “de modo que era el gallo / de aquel santo y purísimo serrallo”, porque dispone de “un dánosle hoy de buen tamaño”; de un diablo que abandona el cuerpo de una mujer cuando uno de los exorcistas que la trata, alterado por la lujuria, “por tres veces la introdujo / de sus riñones el ardiente flujo”; o de un marido anciano que, en trance fornicador con su joven esposa, deja escapar ciertos vientos inoportunos por vía trasera, “porque la edad en tales ocasiones / afloja del violín los diapasones”.

Juguetón, procaz y siempre sonriente (resulta imposible indignarse con ninguno de los poemas, por más que algunos rozan lo sacrílego), oscilando entre la lubricidad y la irreverencia, Samaniego saca a bailar a un buen número de frailes, ancianas que acuden a misa, estudiantes desocupados, loros indiscretos, lavanderas voluntariosas, preceptores rijosos, esposos distraídos, mercaderes insaciables y monjas casquivanas, que participan en una danza festiva que ni ha perdido gracia ni capacidad excitante a pesar del paso de los años.

martes, 16 de junio de 2026

El intermediario

 


La madrugada en que la condesa Ángela de Yeste abandona, con algunos de sus amigos, el teatro de La Latina, donde ha asistido a un espectáculo de Celia Gámez, va a comenzar para ella una situación que bordea los contornos de una pesadilla: un hombre oculto entre las sombras parece estar pendiente de sus movimientos. La desazón aumentará cuando, una semana después, se entere de que el extraño individuo responde al nombre de Ignacio Viera y que su oficio no puede ser más inquietante: es la ‘mano armada’ de la familia Chobinera, prestamistas madrileños que se dedican a “la artesanía de la avaricia” (p.27). Ángela, aunque lo mantiene oculto, tiene una cuenta pendiente con ellos, porque la última vez que les pidió dinero no pudo devolvérselo. ¿Acaso la presencia de Ignacio Viera indica que han decidido pasar a mayores, amenazándola físicamente o quizá sometiéndola a algún tipo de chantaje? La incertidumbre durará poco, porque el silencioso personaje pronto la abordará en una calle desierta y le entregará un sobre azul, para que lo lea en la soledad de su casa. En apariencia, todos los indicios corroboran la temida estrategia de intimidación, pero tal vez Ángela esté participando, sin saberlo, en algo mucho menos evidente.

Con esta novela de silencios y atmósferas inquietantes, Pedro García Montalvo nos retrata el mundo doble de un Madrid barriobajero y nobiliario, en el que los personajes más sórdidos y los más exquisitos pueden cruzar sus senderos en una época oscura (los años de la posguerra). Muy adecuada para quien busque algo más que un puro argumento. La va a disfrutar.

lunes, 15 de junio de 2026

Canciones de amor en Lolita's Club

 


Cada persona sobrelleva sus dolores de una forma distinta, y los alivia o los intenta destruir utilizando estrategias tan inconscientes como variadas: el llanto, el silencio, la furia, la soledad. Da igual la causa del dolor. Los leucocitos nunca se preocupan por conocer el tipo de cuchillo que ha abierto la herida: solamente combaten para cerrarla. En su novela Canciones de amor en Lolita’s Club, Juan Marsé extiende ante nuestros ojos un catálogo numeroso de personas que han sufrido traumas y amputaciones, que exhiben cicatrices (corporales o anímicas), que se curvan bajo el peso de mármol de las traiciones y la decepción: un policía en cuyo pasado burbujean varias congojas, que él trata de exorcizar acudiendo a la violencia, muchas veces incomprensible y abrupta; un discapacitado que se enamora sucesivamente de personas que tal vez no le convienen (aunque quién puede pontificar sobre el amor); varias prostitutas que, arrancadas de su mundo, han sido engañadas, vendidas y humilladas por organizaciones que las extorsionan; clientes que se acodan en la barra frente a una copa de alcohol o que instalan su barriga sudorosa ante una chica que se verá obligada a dibujar sonrisas profesionales y emitir gemidos espurios por un puñado de euros; unos asesinos que buscan a su víctima con implacable rigor y que disparan sus armas contra la cabeza del destinatario. Y, alrededor, música y luces que ambientan un local de atmósfera submarina, donde cada cual chapotea para no ahogarse, bebe para sonreír, baila para no dejar que el cerebro descubra o agrande la tristeza. A veces, el paraíso y el infierno son lugares muy parecidos, demasiado parecidos; y no queda claro si sus puertas conducen a la felicidad o a la desdicha.

Juan Marsé es un narrador formidable. No descubro nada repitiéndolo. Es otra de esas voces que siempre, de una forma u otra, te encandilan. Por eso me gusta bañarme en sus páginas y vuelvo a ellas periódicamente.

domingo, 14 de junio de 2026

El secreto de Papá Noel

 


Todos sabemos (y quien no atesore ese conocimiento debería poner remedio a su ignorancia cuanto antes) que el trabajo más duro del mundo es el que desarrolla Papá Noel, porque ha de cubrir las ansias de regalos y satisfacer las ilusiones de millones y millones de personas en el transcurso de una sola noche. Melchor, Gaspar y Baltasar, al menos, son tres, y la cosa anda mejor repartida; pero lo de Papá Noel es tan admirable como inconcebible. Todas sus horas de trabajo son, rigurosamente, extraordinarias. Pero incluso los personajes como él están sujetos a circunstancias que no pueden (ay) controlar, como ese inoportuno dolor de muelas que le sobreviene la tarde del 24 de diciembre y que amenaza con destruir todo el trabajo de sus duendes (que llevan un año fabricando juguetes) y toda la ilusión de sus renos (que se preparan para el largo viaje que los llevará por el mundo). Ningún dentista podrá acudir y curarlo en el plazo de unas pocas horas. ¿Qué hacer, entonces? ¿A quién recurrir? ¿De qué estrategias valerse para que los niños (y no tan niños) no queden desilusionados en esa noche mágica?

Alfredo Gómez Cerdá, felizmente auxiliado en la parte gráfica con las maravillosas ilustraciones de Carmen García Iglesias, nos relata el modo en que Papá Noel logró resolver aquel peliagudo conflicto del que, hasta ahora, nadie había tenido noticia. Léanlo con sus hijos pequeños y miren sus caras. Oro puro para el recuerdo.

sábado, 13 de junio de 2026

Coplas de Juan Descalzo

 


Hay un tipo de poetas para quienes no está reservada la gloria de las academias o el fulgor pirotécnico de los premios comerciales, sino algo que, siendo menos aparatoso, tal vez resulte más gratificante: el fervor popular. Son voces que aspiran a ser pueblo; y que el pueblo, en ocasiones, admite y hace suyas. Entiendo que, en ese sentido, el caso de Nicolás Guillén es paradigmático. La forma en que el vate de Camagüey mira a su gente es cercana, “a nivel” (como dijo el poeta del 27). Y la forma en que le habla se reviste de los mismos colores: palabras e ideas que no resultan rimbombantes, ni pretenden el refinamiento espurio de la pedantería. “Teresa es pueblo y habla como un oro”, dejó escrito bellamente el gran Dámaso Alonso para referirse a la santa de Ávila. Nicolás también es pueblo y habla como un barro, en el sentido más respetuoso y admirativo de esa palabra. No quiere estar sobre un escenario, micrófono en mano. No quiere un estrado, al que es preceptivo subirse con chaqué o pajarita. Nicolás se sienta en medio de su gente y pone rimas a sus dolores, a sus inquietudes, a sus orfandades. Les dice que Fulgencio Batista tiene cogida la sartén por el mango y que abusa de su poder, pero que también lo hizo Gerardo Machado hasta que la derrota lo desdibujó. Les dice que su país sufre una bochornosa falta de democracia (“¿Elecciones? Musiquilla. / ¿La democracia? Un cantar. / Aquí la cosa es durar / el mayor tiempo en la silla”). Les dice que hay que seguir “el camino de Martí”. Les cuenta con tono amargo (poema IX) que los periodistas son presionados con palizas para que no se atrevan a levantar la voz contra el poder. Lamenta la forma en que las peores enfermedades golpean a los más humildes (“La polio sigue extendida, / hay de tifus ancho brote”). Y denuncia la atrocidad de que, en una isla rica en productos naturales a mitad del siglo XX (los poemas son de 1952-1953), siga habiendo una parte importante de la población que sufra necesidades alimenticias (“La vida es en Cuba cruel / y el hambre, por nuestro mal, / si no llegó a general, / ya es un hambre coronel”).

Con la barriga llena, con derecho al voto y con un centro sanitario a poca distancia de casa tal vez resulte fácil etiquetar de “demagogia” sus versos. En caso contrario ya es más difícil. Poesía necesaria.

viernes, 12 de junio de 2026

Mil cosas

 


Lo explicaba el personaje de Calderón: “¿Qué es la vida? Un frenesí”. Y seguro que, si viviera en los tiempos actuales, lo subrayaría con más rotundidad, tan angustiado como perplejo. Por culpa del móvil, del trabajo, del caos urbano en que vivimos y de las exigencias estresantes y crecientes de la vida cotidiana, todos andamos zarandeados por Mil cosas, como reza el título de la novela de Juan Tallón: correos electrónicos que asaltan nuestros ordenadores, mensajes que inundan nuestros teléfonos, agobios con los horarios, compañeros con los que resulta difícil convivir, timos informáticos ante los que conviene estar prevenido, problemas de salud de nuestros padres, papeleos burocráticos que debemos cumplimentar… Así que los escasos días en que gozamos de vacaciones (quien tenga la suerte de poder pagar una escapada) se erigen en paréntesis y oasis, en horizonte y meta.

Travis es subdirector de una revista y las tareas y problemas lo desbordan: ese colaborador que no cumple los plazos o vende el reportaje a la competencia, esos jefes que nunca se sabe si están satisfechos con tu trabajo, esas cartas que tienen que ser enviadas (aunque jamás se encuentre el hueco para hacerlo), esos pañales que hay que comprar en la farmacia (que ha cerrado cuando llegas ante su puerta), ese coche que necesita un recambio urgente, esos calores que abofetean la ciudad y oprimen los sesos. Anne es su esposa y tampoco su situación es fácil: atiende por teléfono a los clientes en una empresa, soporta a una jefa estirada, sufre las insinuaciones eróticas de un compañero rijoso, intenta cumplir sus tareas como madre de la mejor forma que puede, sueña con pasar unos días en Edimburgo… Ambos están deseando que lleguen las vacaciones (de hecho, se enfrentan al último día de trabajo), pero las últimas horas, las larguísimas últimas horas, se les están haciendo tan empinadas (el calor por encima de los cuarenta grados tampoco ayuda mucho) que parece que la conclusión no llegue nunca.

Convincente, asombrosa y rotunda primera aproximación a la narrativa de Juan Tallón, con el que repetiré, pese a los malos ratos que me ha hecho pasar con las descargas de adrenalina (durante) y con la abrupta angustia llorosa (después). Qué cabrón.

jueves, 11 de junio de 2026

¡Buena idea, ratón Pérez!

 


Desde hace miles de años, los ratones más avispados se acercan a los elefantes mientras están durmiendo y, con habilidad y sin hacerles apenas daño (salvo el tirón de la sorpresa), les arrebatan un colmillo. No se trata de maldad gratuita, ni de un robo que carezca de lógica, sino de una actividad altamente importante para los seres humanos: ese marfil se utiliza para elaborar dientes de leche con los que abastecer a las criaturas que van naciendo. Como es lógico, los paquidermos no se muestran entusiasmados con esta actividad y han desarrollado un miedo casi patológico por los roedores. Algunos han comenzado a beber abundantes dosis de café para mantenerse despiertos y no sufrir la bochornosa amputación. Pero un ratón, más avispado que los demás, ha concebido una idea que permita el cese de esos latrocinios: recoger por las noches los dientes que se les han caído a los niños y reutilizarlos para las siguientes generaciones.

Con gracia y con un discurso maravillosamente conmovedor, Fernando Lalana (en la parte literaria) y María Fe Quesada (en el apartado plástico) nos regalan un cuento precioso, que mantiene viva la vieja tradición del ratón Pérez. No dejen de visitar el relato: les va a gustar.

miércoles, 10 de junio de 2026

La noche de los Nibelungos


 

Álex Sistiaga tiene 53 años y es veterinario. Tras el abandono de su mujer (Sara) y el desgaste emocional que supone la gelidez distante de su hijo (Hugo), otro mazazo se deja caer sobre su cabeza: la muerte de Mario, gran amigo de la infancia. Pero ese cúmulo de erosiones y heridas no constituye (a pesar de su aspecto aparatoso) más que el preámbulo de la tragedia que se fragua en torno a él, porque tras la cremación de Mario comienza el auténtico apocalipsis: desaparece en la ciudad toda conexión a Internet, los móviles dejan de estar operativos y, lo peor de todo, de las profundidades de la Tierra surge una oleada de seres sigilosos y violentos que comienzan a expandir el horror. Son monstruos de elevada estatura que violan a las mujeres, matan y devoran a los hombres y, cuando el sol aparece de nuevo sobre el horizonte, se retiran dejando un panorama sangriento en las calles. Es la primera noche de los Nibelungos, a la que sucederán otras, de forma ininterrumpida. Cada vez que llega la oscuridad, llegan ellos. Se ha terminado la paz. Se ha terminado toda civilización. Es el comienzo del horror.

De esa manera comienza La noche de los Nibelungos, de Miguel Ángel Casaú, una distopía inquietante y visceral en la que Sistiaga, convertido en superviviente y en héroe forzoso, tendrá que aprender a moverse en un mundo hostil, lleno de fauces agresivas, sonidos perturbadores y sombras tan veloces como nauseabundas. En los escasos momentos en que puede sentirse tranquilo, porque la luz solar lo protege, Álex recuerda episodios de su niñez (esos recuerdos cumplen al final de la novela un papel crucial, ya se lo advierto) y reflexiona hondamente (es otro de los grandes atractivos del libro) sobre los males de este mundo idiota que los seres humanos hemos ido construyendo (o dejando que otros nos construyeran y nos dominara): los móviles omnipresentes, el plástico contaminante, la insolidaridad, el egoísmo, el afán de ganar dinero a toda costa, la burocracia hipertrofiada, el desdén por los diferentes… No dejen de leer con cuidado esos pensamientos de Sistiaga, porque señalan con nitidez las lacras de una sociedad equivocada y estúpida, que tenemos alrededor.

Ya solamente con esos ingredientes La noche de los Nibelungos sería un texto merecedor de aplauso, pero es que Miguel Ángel Casaú se atreve a ir un paso más allá e imprime un giro inesperado en las últimas páginas, que convierten esta aparente distopía… en otra cosa, mucho más sorprendente. Descubran de qué se trata y, si quieren, luego me cuentan.

martes, 9 de junio de 2026

SER

 


Decide la editorial Tres Hermanas adentrarse en el mundo de la poesía, y lo hace con esta colección Rhēma, que dirige Jesús Feliciano Castro Lago y cuya primera entrega reúne los nombres de Rubén Martín Díaz, Itziar Mínguez Arnáiz, David López Sandoval y Aurora H. Camero. Cuatro voces que, en palabras del director, “no se suman: dialogan”. La fórmula es bonita, pero además atinada, porque siendo autores de escansión y tono tan distintos, es cierto que respiran un aura conjunta. Rubén nos habla de pájaros que se posan en lo imposible y vuelan transparentes; o nos asegura que “es la luna la piedra más porosa” y que la noche es la ecuación con más incógnitas. Itziar nos susurra sobre el destino de Pompeia, fallecida muy joven hace dos mil años y cuyos restos ahora reposan en un museo, despertada “de ese breve descanso eterno / que es la muerte”. David nos regala sentencias profundamente graves y paradójicas (“Dejad que vuestros hijos abracen la tristeza”) y nos recuerda que un hombre (también una mujer) está tejido por “los cuerpos que ha adorado”. Aurora, más juguetona con la formulación visual de sus propuestas, nos adentra en la felicidad de pasar “toda la noche en brazos de tu dulce compañera” y nos interroga sobre a qué ángel hemos decidido decapitar. Como se puede apreciar, son torrentes muy distintos, que portan aguas de diferentes colores, que precisamente por ello conforman al unirse una suerte de bandera poética: merece la pena conocerla y recorrerla con calma. Yo, como suelo hacer con los versos, he optado por leerlos en voz alta, en la soledad de mi despacho. Recomiendo el experimento.

En suma, todo en este volumen revela ebullición y belleza, emanada de cuatro gargantas líricas de enorme poderío que, juntas (tiene razón Castro Lago), dialogan, se hermanan, se potencian y alcanzan una altura notable.

lunes, 8 de junio de 2026

Mientras dure el resplandor

 


¿Cuántas veces nos equivocamos en nuestras vidas? Y, sobre todo, ¿cómo reaccionamos ante esos errores? Ambas preguntas pueden parecer inanes, pero quizá encierran más dolor y más angustia de los que parece. Juzgamos, mentimos, traicionamos, relegamos y no siempre somos conscientes del alcance de nuestros yerros y despropósitos, aunque acabemos recibiendo su factura. Pueden ser errores políticos, errores laborales, errores amorosos, errores amistosos, errores domésticos. ¿Quién no es capaz de recordar, al menos, media docena de los que ha cometido?

Germán Vieitez (nadie está libre de esas torpezas) también lo ha hecho. Comenzó sus estudios universitarios y, enamorado como un crío, lo dejó todo para acudir al rescate de Clara, cuyos padres pretendían encerrarla en un local disciplinario regentado por religiosas. Esa desviación (que él asumió con voluntad heroica) lo condujo al matrimonio y la paternidad (Beatriz), pero pronto comenzaron otras desviaciones, otras encrucijadas, otros dados lanzados al viento. Hubo amantes (por ambos lados), hubo discusiones, hubo colores que se degradaban y, por decirlo con el sustantivo precioso que elige el autor para su título, resplandores que se extinguieron. Sobre ese bastidor, el orensano Bernar Freiría borda las más de cuatrocientas páginas de esta novela, que se desarrolla entre los años finales del franquismo y los primeros del gobierno socialista de 1982. El escenario en que se mueven los protagonistas es conocido y poliédrico: la revolución de los claveles en Portugal, las cargas de los grises, el alborear de la democracia, los pelotazos empresariales (incluidos los urbanísticos), los locales de moda relacionados con la movida, el irrumpir explícito de las drogas, las bandas neonazis por las calles, la corrupción policial y judicial… Pero lo que más anonada en este libro no es la vasta exposición social (si me apuran, ese dibujo puede realizarlo casi cualquiera que lea o recuerde), sino la profunda, valiosa, reveladora indagación psicológica que el autor emprende con singular maestría: los personajes son vistos, pero también explorados y diseccionados, hasta el punto de que laten con verdad, como si fueran de carne y sangre. “Germán tenía una capacidad de penetración psicológica fuera de lo común”, nos dice el autor en la página 154; pero es que otro tanto podría decirse de él. Habilidoso tanto en los diálogos como en los análisis de sus caracteres, Bernar Freiría consigue que sus figuras respiren, además de mostrarnos cómo el idealismo y el pragmatismo suelen protagonizar combates de los que raramente se sale ileso. ¿Ha sido Germán un espíritu libre o un egoísta? ¿El precio que paga por su forma de vivir lo ha pagado solamente él o quienes lo rodean? “Tú querías libertad, arte, poesía. O eso decías. En realidad, lo que querías era no tener ningún compromiso”. Esas son las palabras que su hija Beatriz le escupe en la página 371, y quizá no le falte razón. Pero, ¿cuántos “germanes” hemos conocido en nuestra vida? O, hurgando un poco más, ¿acaso nosotros mismos hemos sido Germán (o hemos sido Clara)? Un volumen intenso y removedor, cuya lectura les recomiendo.

domingo, 7 de junio de 2026

Para servir a Dios y a usted

 


Conozco desde hace años (tengo esa fortuna) los libros de José Cubero, y he ido dejando mis opiniones en este blog, maravillado siempre por su versatilidad y su gracia. Diez años de seguimiento que comenzó en 2016 con las indelebles Memorias de un niño murciano (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/09/memorias-de-un-nino-murciano.html) y que llega hoy a su undécimo capítulo con el convincente tomo de relatos Para servir a Dios y a usted (Bookalia, 2026), donde vuelvo a encontrarme con el narrador cercano, cordial, tierno e irónico que tanto me gusta, capaz de combinar memoria y fantasía en adecuadas dosis, perfectamente mezcladas. En sus páginas descubrimos huérfanos que, criados en locales tétricos regidos por la Iglesia y el gobierno franquista, tienen que luchar para sobrevivir (“Para servir a Dios y a usted”); locos inofensivos que, presionados por la idiotez de sus congéneres, terminan explotando con preocupante violencia contenida (“El misántropo”); estraperlistas que bajan la guardia y sufren un revés en su negocio (“El contrabandista”); aparcamientos precarios que terminan generando una situación irreversible para el sufrido dueño del vehículo (“La grúa”); ingratas experiencias sexuales que el protagonista querrá olvidar cuanto antes (“La primera cana al aire”); jóvenes aficionados al toreo de salón que, cuando tienen la oportunidad de concretar frente a un becerro su vocación, comprenden el grave peligro al que se enfrentan (“Una afición frustrada”); o el quiebro final que nos regala un relato aparentemente tranquilo sobre una leve incidencia médica (“El grano”).

José Cubero, que parece andar por la vida con los ojos muy abiertos y con una especial habilidad para encontrar las historias ocultas de las cosas, nos entrega en este volumen diecinueve ocasiones para la sonrisa, el espeluzno o la reflexión. Busquen el libro. Ya verán.

sábado, 6 de junio de 2026

Bajo tolerancia


 

Quedan ustedes invitados a la fiesta. Anímense, cojan un vaso y paseen por este salón que José Agustín Goytisolo habilita para que deambulemos a nuestro libre albedrío. Al principio, escucharán cómo se habla de la profesión más antigua del mundo (quizá también la más desprestigiada), con la cual no se gana demasiado dinero, se sufren burlas y se es señalado. En efecto, se está refiriendo a la poesía. Repuestos de la sorpresa, y quizá con una sonrisa instalada en los labios, leerán el hermoso, sencillo y hondo poema funeral que le dedica al poeta Alfonso Costafreda, que “se bebió más de un litro de café / para empujarse todas las pastillas / de cuatro o cinco frascos de un somnífero” en el año 1974. Después se enterarán de que Luis Cernuda no vive en los grises manuales polvorientos en los cuales sus compañeros de generación (y los críticos posteriores) se empeñaron en instalarlo, sino en los ojos y el corazón de sus lectores actuales, que poco a poco lo van comprendiendo en su pura integridad. O que Gabriel Ferrater, aquel gran “marginado auténtico”, ha sido mitificado tras su muerte por quienes, en vida, no le prestaron atención o no llegaron a entenderlo. O que al ensayista y poeta alemán Hans Magnus Enzensberger le robaron pronto la maleta que eligió junto a José Agustín.

Pero sigan, sigan paseándose libremente por el salón. No seré yo quien distraiga su atención mencionándoles los nombres de Jaime Gil de Biedma, Henry Miller, José Lezama o Salvador Allende: caminen y observen. Beban y charlen. Fumen y escuchen. José Agustín Goytisolo nos ha abierto las puertas para que conozcamos este museo de devociones personales, para que asistamos como invitados a esta fiesta donde prolifera el gin-tonic, para que grabemos en nuestra memoria esta reunión de versos y música. No desaprovechen la ocasión.

viernes, 5 de junio de 2026

Mi profesorado favorito


 

La gratitud es uno de los atributos que con más nitidez y con más vigor nos habla de una persona, porque comporta matices de reconocimiento, de humildad, de alegría y de divulgación. Supone decir “Siento orgullo por haber conocido a esta persona y lo manifiesto públicamente”. Lo cual, en tiempos de egolatría, de vanidad y de altivez como los que vivimos, en los que sentirse “discípulo” se antoja desdoro y en los que pocos se avienen a reconocer sus deudas intelectuales o humanas, es alto y noble sentimiento. Pascual Vera Nicolás, adhiriéndose a esa línea egregia, acaba de publicar el volumen Mi profesorado favorito, donde informa de aquellas personas que, en su vida, han cumplido un papel digno de aplauso y apuntación.

En esa enciclopedia emocional habitan lecturas, cafés, charlas y anécdotas que se extienden por décadas, de tal forma que las doscientas ochenta páginas del tomo se aproximan al espíritu de un diario: mucha emoción, mucha intimidad, mucha sinceridad. Pascual Vera nos habla del venerable Manuel Muñoz Cortés (que vino a Murcia tras haber trabajado con Menéndez Pidal), del bioquímico José Antonio Lozano Teruel (“que comenzó la democratización de la UMU”), del traductor Ángel-Luis Pujante (cuyas versiones de Shakespeare son legendarias), de Javier García del Toro (“El Indiana Jones cartagenero”), de Francisco Javier Díez de Revenga (gloria viva de la universidad española), del filósofo Jorge Novella (quien siente debilidad por María Callas y por el buen vino), de la filóloga Charo Guarino (a la que atribuye el don de la ubicuidad), de la incansable promotora cultural Isabelle García Molina (responsable del Aula de Poesía de la UMU) o de los escritores Aurora Saura, Santiago Delgado o María Dueñas.

Nadie en su sano juicio elevará protestas porque falte esta o aquella persona, pues el autor ya establece desde el posesivo del título su espíritu subjetivo. Tampoco nadie en su sano juicio dejará de acercarse a este tomo si quiere conocer a algunas de las personas más valiosas de la cultura murciana, desde María Moliner hasta la actualidad. Muy recomendable.

jueves, 4 de junio de 2026

Crimen en el paraíso salado

 


Nos encontramos en las dunas del parque regional de Las Salinas, en San Pedro del Pinatar. Es un lugar delicioso y apacible, cuya calma va resultar trizada por una abrupta anomalía: un paseante encuentra el cadáver de un hombre desnudo, que tiene un poema enrollado en la mano y otro inicuamente introducido en el recto. Su documentación lo identifica como Jordi Puigdemont Mas. Son dos apellidos que de inmediato provocan el enarcado en las cejas del lector. ¡No se tratará del “Puigdemont” que…! ¡No se tratará del “Mas” que…! Pues sí, se trata de un pariente de Carles Puigdemont y Artur Mas, vinculado también con Jordi Pujol. La piel de los políticos y cuerpos de seguridad locales (no solamente la de la persona que está leyendo) se eriza: las repercusiones de este asesinato pueden ser terribles. De inmediato se piensa en el inspector Isco Vivas para que asuma el control de las pesquisas, porque el modus operandi recuerda al de Marta, la mujer que intentó matar con veneno a Vivas. Esa cuenta pendiente (que tan escocido lo tiene) puede quedar resuelta si el inspector logra localizar y detener a la asesina.

Así arranca la novela Crimen en el paraíso salado, de Francisco Javier Illán Vivas (Bookalia Ediciones, 2026), que nos va llevando de sorpresa en sorpresa y que el escritor de Molina de Segura adorna con referencias no solamente a lugares que le resultan cercanos y queridos, sino también a escritores de su entorno: Jesús Cánovas (p.17), Pedro Javier Martínez (p.51), Vicente García Hernández (p.65), Pedro González Núñez (p.100) o Guillermina Sánchez Oró (p.217). En esta cacería implacable (se nos advierte que Marta es “más astuta que una zorra, más esquiva que un leopardo de las nieves y más peligrosa que una taipán del interior”, p.68) asistiremos a golpes, espionajes, visillos que cubren miradas siniestras, venenos inmisericordes y hasta la muerte de algún animal, queridísimo por el inspector. Obviamente, no puedo entrar en más detalles, sin estropearles la lectura.

Explica Francisco Javier Illán Vivas que ha tardado ocho años en terminar esta novela y los lectores le pedimos (yo le pido, de corazón) que dedique otros ocho para conseguir una continuación que esté a la misma altura que esta. La estaremos esperando.

miércoles, 3 de junio de 2026

Memorias de un desmemoriado

 


Conviene precisar un elemento importantísimo antes de que ustedes se adentren en este volumen de Benito Pérez Galdós, titulado Memorias de un desmemoriado: no son unas memorias al uso. Es decir, que si alguien cobija la esperanza de conocer mejor al escritor recorriendo las páginas de esta obra se puede ir olvidando del asunto. Saldrá decepcionado (lamento aguarle la fiesta) quien aliente esa ilusión. Lo que aquí se ofrece  a los lectores es, después de unas leves pinceladas de orden autobiográfico (que después detallaré), un repertorio de sus viajes, que lo llevaron hasta Oporto (“Una ciudad agradabilísima”), Colonia (cuya catedral se le antoja “el monumento gótico más grande y perfecto que en el orbe existe”), Berlín (“Población grandona, triste”), Postdam (“El Versalles prusiano”), Nápoles (“Ciudad alegre, bulliciosa, que a sus innumerables encantos añade la holganza y la superstición”) o Azpeitia (“El pueblo me pareció feísimo”). De forma ocasional, también nos desliza alguna opinión sobre personajes históricos (“El Cielo dio a María Estuardo un buen palmito, pero le negó el adorno de una clara inteligencia”), sobre escritores predilectos (define a Dickens como “mi maestro más amado”) o sobre miembros de la realeza (“La amabilidad de Isabel II tenía mucho de doméstica”).

¿Y qué nos cuenta Galdós de sí mismo? Pues realmente poco, para las expectativas que genera el título de la obra. Que fue un estudiante más bien ocioso, aficionado a faltar a clase; que durante su juventud acudía con frecuencia al teatro y que comenzó a escribir algunos dramas; que cuando concibió la idea de escribir una serie de novelas sobre la historia de España su amigo el periodista José Luis Albareda le sugirió el título general de “Episodios nacionales”; que fue estafado por su editor, que le escamoteaba las ganancias de sus libros (de tal forma que dice que “no lleva trazas de figurar entre los accionistas del Banco de España”); que en la toledana iglesia de San Pablo, las monjas le mostraron “el cuchillo con que fue degollado el apóstol titular de aquella casa” y que él, a mitad de camino entre la humorada y la irreverencia, decidió “afilar con el cuchillo de San Pablo el lápiz que usaba yo para mis apuntes”; que conoció a la jovencísima actriz María Guerrero y quedó encandilado con su talento (“La voz, el gesto y la prestancia de la actriz me encantaron”); y que, después de escuchar con atención a la reina Isabel II, estaba convencido de que si hubiera estado bien acompañada y bien aconsejada, España no se habría hundido de la forma en que lo hizo. En suma, un libro que contiene menos informaciones jugosas de las que buscaba, pero que, siendo un baedeker, está redactado por don Benito. Vaya una cosa por la otra.

martes, 2 de junio de 2026

Espléndido naufragio


 

Sostener que la infancia es nuestro paraíso perdido se me antoja un error. Sé que muchas personas repiten o aplauden ese marbete, pero yo no creo en su verdad. Nunca lo he hecho. No se pierde (no se pierde nunca) aquello que se guarda en la memoria. Y la niñez constituye un territorio del que conservamos abundantes imágenes, así que yo apostaría, más bien, por la fórmula “paraíso intacto”, porque creo que refleja con más exactitud la idea central: que todos los amigos, los paisajes, los familiares, las anécdotas de aquel tiempo se encuentran congeladas e indestructibles en nuestra mente. Quizá ahora veamos envejecidos a los compañeros de entonces, pero nos basta cerrar los ojos para recuperarlos como eran, como siempre fueron, como siempre serán. Quizá visitemos las calles de “cuando entonces” (preciosa fórmula de Juan Carlos Onetti, que Francisco Umbral insistía en que era suya) y seamos incapaces de descubrir en ellas la vejez digna que atesoraban, o las pobrezas que exhibían, pero sabemos que un leve abatimiento de párpados nos permite recuperarlas sin cambios. El tiempo pasado está posado.

Antonio Garrido Hernández aborda en Espléndido naufragio un resumen de su ayer, explicándonos que era zurdo; que pese a nacer y vivir en Tetuán no aprendió árabe; que su padre organizaba batidas para cazar perdices y le administraba “correazos saudíes” cuando, como niño, organizaba alguna barrabasada; que las redes sociales le han permitido recuperar a algunos amigos de infancia; que la niñez tiende a la exageración y construye ambientes hiperbólicos (“Aquella acequia era nuestro Mississippi”); que su maestro don Luis era demasiado propenso al uso de la palmeta; que se encandiló con el Barcelona de Kubala; que sufrió la destemplanza climatológica durante su etapa burgalesa (“Todo el frío que tenía que pasar antes de que se produzca una nueva glaciación lo pase allí”). Y, sobre todo, nos habla de su voluntad de vivir, de vivir más, de vivir intensamente (“He visto a mis queridos hijos Carlos y Valentina empezar a tener canas, pues ahora quiero ver las canas de mis nietos y coger en brazos a un bisnieto. Sí, eso quiero”). Da igual que ustedes o yo no participemos de los paisajes o los nombres que invoca Antonio: sí que participamos (seguro) de su voluntad de refrescar recuerdos, de convertirlos en tinta, de compartirlos con aquellos que vienen a sucedernos. Por eso, este volumen lo ha escrito cada uno de nosotros en su corazón, aunque la mano ejecutora sea la suya.

Y permítanme también que les recomiende esta obra empezando por la conclusión: tiene uno de los mejores párrafos finales de libro que he leído jamás, sin exageraciones. Lamento no copiárselo aquí, por respeto a la editorial y al autor, pero acepten mi consejo y acudan al tomo, para poder disfrutarlo. Merece la pena. O, mejor dicho, merece la alegría. Toda la alegría del mundo.

lunes, 1 de junio de 2026

Lituma en los Andes

 


Mario Vargas Llosa es un maestro de la novela. Y la rabia que me acongoja es haber tardado tanto en acercarme a sus obras: ocupado con Borges, con García Márquez, con Rulfo y con Cortázar (que tantísimas alegrías me dieron), dejé que pasaran los años sin sentir que los libros del peruano me llamaban. Ahora, para remediar esa torpeza, estoy acelerando mi proceso de absorción de todos sus volúmenes. Y eso me ha colocado ante Lituma en los Andes, un relato poderoso y magnético protagonizado por el cabo Lituma y el guardia Tomás Carreño, que trabajan en el puesto de la guardia civil en Naccos (una localidad inventada que se sitúa en la sierra central andina de Junín). Tres son ya las personas que han desaparecido misteriosamente, sin que nadie haya podido aportar detalles que esclarezcan su evaporación. ¿Los habrá secuestrado Sendero Luminoso? ¿O la explicación hay que buscarla en otro sitio? Lituma y Carreño, pese a lo magro de su salario y lo escaso del reconocimiento social que el pueblo les tributa (“Hay que tener poco cacumen para hacerse guardia civil. Ganas miserias, nadie te traga y estás en primera fila para que te vuelen a dinamitazos”, se nos dice en el capítulo III), se empeñan en descubrir qué ha pasado. La atmósfera en la que viven es sofocante: obreros taciturnos que pasan sus horas libres emborrachándose y que los miran con suspicacia; acciones violentas de los senderistas, que matan con brutalidad incluso a extranjeros, como la pareja francesa formada por Albert y Michèle, y que tampoco respetan a los ecologistas que han acudido a Perú por amor a sus paisajes, como la señora D’Harcourt; supersticiones sangrientas, relacionadas con los apus (dioses de las montañas); derrumbamientos geológicos tremebundos, como el que está a punto de costarle la vida a Lituma en las páginas finales… Pero también podemos hallar en estas páginas algunas secuencias de humor (les aconsejo que no se pierdan la hilarante forma en que Timoteo Fajardo, después de matar a un sangriento pishtaco, logró salir de la enrevesada galería de grutas donde moraba el engendro gracias a un recurso inspirado en Teseo, pero mucho más escatológico) y, sobre todo, la intensa, atormentada y preciosa historia de amor que une al guardia Tomás Carreño con la prostituta Mercedes, que nos lleva en volandas durante más de doscientas páginas.

Y un detalle que no quiero dejar de apuntar: me ha encantado la forma en que Vargas Llosa trabaja los diálogos, sobre todo en aquellas secuencias en las que se mezclan, sin marcas textuales convencionales (uso de cursivas, por ejemplo), ámbitos temporales distintos (uno que ocurre en el presente y el otro en el pasado): es endiabladamente atrayente y sitúa la mente del lector en dos épocas distintas, como si sus ojos contemplaran dos escenas simultáneas. Lo dicho: un auténtico maestro.

domingo, 31 de mayo de 2026

La Casa del Pánico


 

Creo que esta dilatada felicidad de leer por las noches a mis hijos pequeños está llegando a su fin, porque el menor está a punto de entrar en el instituto y antes de que pueda darme cuenta renegará de mis lecturas. Por ahora, sigo con mi tenaz difusión de la literatura oral con el libro La Casa del Pánico, de Carlos Guillermo Domínguez, que a despecho de su rótulo editorial no tiene nada de terror, sino más bien de ternura, de sorpresa y de sonrisas.

Siete niños cuya inicial es idéntica (Pilar, Paco, Pepe, Pedro, Pablo, Paloma y Paula) utilizan una vieja casa abandonada para, en compañía de su perro Bunting, reunirse, escuchar música, tomar refrescos, leer cómics y protegerse de la lluvia. En su jardín hay una fuente con una graciosa figura del dios Pan (de ahí proviene el nombre que han dado a la vivienda). Pero ese idílico panorama se vendrá abajo cuando una pareja alemana compre el inmueble y se instale allí, obligando a los chicos a que abandonen el lugar, llevándose todas sus pertenencias. ¿Se van a rendir tan fácilmente? En modo alguno. Han vivido tantos momentos felices entre aquellas paredes que les resulta doloroso renunciar a la casa así porque sí; e inician una campaña para recuperarla. La sorpresa vendrá cuando descubran que los “horrendos” alemanes son, en realidad, dos personas encantadoras, que están ahora en España porque… Y, como decía Mayra Gómez Kemp, “hasta aquí puedo leer”.

Háganse un favor, y háganselo también a sus hijos pequeños, leyendo la historia. Van a pasar unos ratitos encantadores.