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martes, 23 de mayo de 2023

La mirada del orangután

 


Dámaso Alonso lo llamaba “correlación diseminativa recolectiva”; y, aunque este nombre pueda impresionar por lo alambicado o aparentemente pedantesco de su formulación, lo cierto es que retrata muy bien el espíritu de La mirada del orangután, el libro de relatos con el que Chelo Sierra obtuvo el premio Ciudad de Coria (2016) y luego se convirtió en finalista del premio Setenil (2017). Descubra por qué el lector curioso, aunque le sugiero que lo haga después de haber acabado el volumen, para no estropear la gracia del experimento.

En esta docena de narraciones, ciertamente notables, la escritora madrileña explora los territorios del arte moderno (“Sin título”), de la decepción y la venganza (“Flexiones y reflexiones”), del racismo (“Las chicas de Porahí”), de los extraños comportamientos a los que pueden conducirnos la inactividad y el tedio (“El séptimo mandamiento”), de la traición de los ideales cuando aprietan las urgencias económicas (“Sala de despiece”) o de la forma en que el destino juega con nosotros, colocándonos allí donde se nos espera con las uñas fuera (“Un tema universal”). Y lo hace con una equilibrada utilización de elementos literarios y coloquiales, que aroma sus relatos con un perfume agradabilísimo. Entrar en ellos es un auténtico placer, como el que experimenta quien se sumerge en una bañera caliente; o el que invade el corazón de la persona que, sentada y sin hacer el menor ruido, escucha cómo le cuentan muy bien una historia muy buena. Es tan sencillo (tan difícil) como eso: lograr que nos sintamos oyentes privilegiados; querer escuchar y no desear el fin de la narración; suspirar cuando la última de las palabras vibra en nuestros ojos, en nuestros oídos. Chelo Sierra posibilita esa magia, porque es, como diría Muñoz Molina, la dueña del secreto: en este caso, el secreto de la mejor literatura.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

La soledad de los gregarios


Cuando me adentro en un nuevo libro de Miguel Sánchez Robles sé de forma casi exacta lo que voy a encontrarme dentro, porque su forma de escribir, su estilo, su espíritu, su modo de codificar el mundo (sea en prosa o en verso) lo conozco, creo, muy bien. No en vano, he leído una veintena de libros suyos. Pero, sin embargo, siempre consigue seducirme y perturbarme con la misma contundencia que lo hizo en mi primera aproximación. ¿Cómo es posible explicar esa doble verdad? Confesaré sin ambages mi impotencia para hacerlo. Simplemente sé que Miguel me atrapa casi de inmediato, que me envuelve en la seda lírica de su telaraña, y que obtiene mi aplauso de forma inapelable. Podría, claro, ponerme estupendo y hablar del trazado desgarrador de sus personajes, de su lenguaje inesperado y brillante, de sus metáforas brutales, de sus imágenes insuperables o de su ritmo hipnótico. Pero creo que lo más honesto y lo más sensato es decir que Miguel es el dueño de una voz. Nada más. Nada menos. El dueño de una dicción única e inconfundible, que ha sido reconocida por jurados de toda España y que aquí cristaliza en el volumen La soledad de los gregarios, con el que obtuvo el premio Ciudad de Coria del año 2011 y que fue publicado por la Institución Cultural El Brocense, de la Diputación Provincial de Cáceres.

No diré nada más. No es necesario. Quien ya se haya sumergido en alguna de sus obras, aquí encontrará la belleza que ya conoce. Y para aquellos que no lo hayan paladeado aún, un consejo con la mano en el corazón: están ustedes tardando.