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viernes, 12 de julio de 2024

La pieza invisible

 


A veces, la crónica de una lectura es tan sorprendente que puede rozar las fronteras de lo increíble. Me arriesgaré a contar la de esta novela, asegurando su condición fidedigna… La compré en 2020, el año del coronavirus, y la leí con absoluta avidez, porque la anterior obra del autor, Donde lloran los demonios (https://rubencastillo.blogspot.com/2019/01/donde-lloran-los-demonios.html), me había gustado muchísimo. Como siempre, subrayé frases en el tomo, tomé notas en unas hojitas y las metí en su interior. Acabada la locura de las mascarillas, las distancias de seguridad, las vacunas, las hipótesis y los miedos, seguí leyendo otros libros, otras novelas, otros volúmenes de relatos, otros poemarios, otras piezas teatrales. Y el año pasado, mientras actualizaba el blog con una nueva pestaña de búsqueda (los países de procedencia de los autores), caí en la cuenta de que no había elaborado la reseña de La pieza invisible. Me quedé con la boca abierta, porque no entendía la razón: el libro me había gustado mucho, disponía de tiempo en abundancia cuando la leí (lo que más teníamos en la pandemia eran horas libres) y suelo ser bastante meticuloso con estos temas. Me desconcertó, pero tenía fácil remedio: coger el libro, extraer las hojas con anotaciones y poner por escrito mi comentario… Pero el libro no estaba en la estantería de la M (“Martí”). Pensé entonces que quizá me había despistado y la había puesto en la P (“Parker”); y no, tampoco. Por fin, la semana pasada se aclaró el misterio cuando pasamos unos días de descanso en la casa playera de mis suegros: ¡allí estaba el libro! Total, y para no hacerme pesado: que lo he vuelto a leer (para refrescarlo) y que, ahora sí, lo reseño.

JODIDA MARAVILLA. Empecemos con esas dos palabras, para ahorrar tiempo a quienes deseen saber si el libro merece la pena. La merece. Es un auténtico monumento del género negro, una novela impecable en su construcción, excelente en su desarrollo y magistral en sus páginas últimas. Pedro Martí mima cada secuencia y mima la conexión entre ellas, de tal modo que con unas figuras densas y bien perfiladas (el atormentado César Giralt, su superior Enric Dávila, su compañera Dalia Torres, su joven sobrina Silvia), nos va engolosinando y nos va conduciendo por un laberinto que se vuelve tenebroso conforme nuestros pasos avanzan por él: policías corruptos, jefes irritables, peluqueras que en realidad esconden una identidad miedosa, rusos de mirada glacial, ancianas que esperan la muerte con nombre fingido, carpetas azules que no aparecen por ningún sitio, direcciones tachadas, un local de alterne… Permítanme que no sea más explícito, porque le quitaría una parte de su atracción a un libro que tiene muchísimas y no se merecen la frialdad del resumen o la avilantez del espóiler. Me limitaré a dar un punto de arranque: el ruso Venelin se ha suicidado y el policía Marcos Vidal desconfía de esa muerte. Poco después, él mismo aparece muerto por un aparente suicidio; y su esposa Celia, que ha pedido ayuda a César Giralt, termina también suicidándose. Partan de ese arranque misterioso y, se lo aseguro, se adentrarán en una novela espectacular, redonda, llena de giros y ciénagas, que cumplirá todas sus expectativas y que incluye, por ejemplo, la muerte más impresionante de una anciana que yo recuerdo haber leído en mi vida. No les digo más. Ahora es su turno de acercarse a la obra.

miércoles, 8 de febrero de 2023

Oficios que no valen la pena

 


La primera vez que cayó en mis manos (o en mis ojos) un escrito de Enrique Gallud Jardiel fue en 2018: el estupendo prólogo que le puso a Gacetilla rimada, de su abuelo Enrique Jardiel Poncela. A partir de él conocí la labor extensa y polifacética de este valenciano, del que ahora me leo el volumen Oficios que no valen la pena, editado con el sello Dokusou, donde se nos habla de un buen número de profesiones sobre las cuales pende la sombra del descrédito, la mala fama y otras penalidades: los letrineros, los mercenarios, los inquisidores, los adivinos, los sexadores de pollos, los cineastas españoles o los carceleros. Y para abordar esas aproximaciones recurre tanto al verso como a la prosa, incluyendo en este último bloque unas divertidas secuencias teatrales cuyos protagonistas son personajes tan heterogéneos como Galileo Galilei, el Cid Campeador o el conde Olinos.

El peligro que suelen correr los autores que pretenden hacerse los graciosos no afecta ni de lejos, créanme, a Enrique Gallud, porque él sí que es chispeante, ingenioso, inteligente y versátil. Domina los registros del humor y los baraja con brillantez, pero igualmente es admirable a la hora de combinarlos con instantes donde prima la seriedad (léanse, por ejemplo, su feroz posición antitaurina; o su desdén indignado por las personas que eligen la caza como distracción; o su tristeza cuando constata el modo en que la televisión y el resto de medios nos manipulan para que permanezcamos en la peor de las ignorancias). Y qué quieren que les diga: a mí un libro que me hace sonreír y, a la vez, me hace pensar, ¿cómo no va a gustarme?

Una obra para pasar buenos ratos (en los labios y en el cerebro) y que satisface tener en la estantería para abrirla de vez en cuando, al azar, y dejar que nos vuelva su aroma.

domingo, 15 de enero de 2023

No mires atrás

 


El final. Lo estaba deseando y, a la vez, lo estaba retrasando. Después de leerme las dos primeras entregas de la vida de Ángel Salazar, el magnético personaje creado por José Antonio Jiménez-Barbero, estaba aguardando este instante. Y la novela que redondea la trilogía ha sido como debía ser: el cierre perfecto para una historia endiablada. Tenía, después de las Confesiones de un psicópata adolescente y de El rostro de la locura, un retrato completísimo del protagonista, de su altanería, de su inteligencia, de su desprecio por los demás, de su ausencia de sentimientos, de su nauseabunda actitud ante la madre, de su frialdad, de los negocios sucios que ha ido urdiendo durante años y que le han permitido amasar una buena cantidad de dinero, de su continuo deseo de venganza (la famosa libreta negra donde va apuntando los nombres de aquellas personas a quienes no parará hasta ver muertas)…

Ahora, el escritor barcelonés nos presenta a un Ángel Salazar que, después de ingresar en la Facultad de Derecho (intuye que siendo abogado alcanzará un puesto honorable en el engranaje hipócrita de la sociedad), comienza a verse involucrado en una serie de muertes… de las que él no es el autor. Tras años como marionetista, ahora le toca oficiar como marioneta. Alguien asesina, una y otra vez; y lo hace para llamar la atención (y para aterrorizar) a Ángel, objetivo último de sus salvajes crímenes. ¿Quién es el misterioso personaje que, desde la sombra, ejecuta a sus víctimas sin piedad, para que el protagonista sienta su aliento en la nuca? Fría, calculadora y analítica, la mente de Salazar funciona a toda velocidad con el único objetivo de identificar y neutralizar al siniestro asesino, antes de que sea demasiado tarde. Al mismo tiempo (ya sabemos que Ángel ni olvida ni perdona), irán siendo ejecutadas las personas que figuran en su lista de ofensores.

¿Se imaginan ustedes el final? No se esfuercen: no van a lograrlo. José Antonio Jiménez-Barbero es también un hábil marionetista, y nosotros (los lectores) nos encontramos en sus manos, dicho sea con toda la admiración y con todo el agrado del mundo.

Irrenunciable.

sábado, 31 de diciembre de 2022

El rostro de la locura

 


Se puede ser un excelente conocedor de la mente humana y utilizar esos conocimientos para construir personajes como Ángel Salazar, un psicópata que aún no ha llegado a la mayoría de edad y que, amparado por esa condición, dispone de un alto margen de maniobra para cometer todo tipo de atrocidades. Se puede, también, ser un excelente narrador y trabar con pericia los materiales novelescos para urdir una historia magnética, llena de analepsis y prolepsis (para los que saben inglés, una estructura con flashback y flashforward: moverse hacia adelante y hacia atrás en el tiempo narrativo, anticipando hechos que luego cobrarán sentido o explicando los que ocurrieron antes). Se puede, en fin, controlar un registro léxico tan rico como accesible, con el que todos los lectores (desde el más exigente hasta el más convencional) disfruten. Pero poseer todas esas habilidades al mismo tiempo es, aparte de una rareza, un auténtico abuso. En este caso, el abusón se llama José Antonio Jiménez-Barbero; y ha vuelto a tenerme pegado a su libro durante dos días, para descubrir cuanto antes la solución a la enigmática sucesión de muertes que se producen en la obra El rostro de la locura, segundo tomo de su Trilogía del Psicópata.

He disfrutado (y he padecido) con la portentosa disección de su protagonista, al que ya conocí en las páginas de Confesiones de un psicópata adolescente. Me ha llevado de la mano por los pasillos del hospital Florence Nightingale. Me ha puesto frente a drogadictos en rehabilitación, chicas con anorexia, maníacos y otros personajes con patologías severas. Me ha intrigado (policialmente) con las suposiciones sobre la identidad del culpable de las muertes. Y me ha maravillado, de principio a fin, por el espléndido uso de las narraciones complementarias que despliega en esta novela: es decir, que un mismo episodio (la llegada de Ángel al centro asistencial, la partida de ajedrez que lo enfrenta con Marta Savater, etc) sea desmenuzado desde la mente de dos protagonistas distintos, lo que nos suministra a los lectores una mirada más rica, casi panóptica, sobre los hechos.

José Antonio Jiménez-Barbero es un narrador musculoso, que maneja con gran habilidad los procedimientos narrativos y que muestra una contundente eficacia a la hora de sumergirse bajo la piel de personajes tan distintos como irresistibles. No tardaré en sumergirme en las páginas del volumen que cierra la trilogía.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Perdedores

 


La historia del capitán Manuel Sánchez no ha sido olvidada con el paso de las décadas porque sus ingredientes (refrescados por Vicente Aranda en 1985 para su versión cinematográfica) incorporan tal cantidad de atrocidades que resulta imposible olvidarse de ellos: el exmilitar embrutecido por el juego y el alcohol; su hija, forzada a la prostitución para suministrarle recursos económicos; el crudo asesinato a martillazos de uno de los hombres que se acercaban la chica; el juicio celebérrimo, que acabó con la muerte del capitán en el paredón y con la hija en la cárcel (1913)… Con la mitad de estas truculencias, cualquier novelista dispondría de materiales sobrados para poner ante nosotros una historia tan repulsiva como magnética.

La narradora que se ha propuesto refrescar y enriquecer este venero narrativo para el sello Dokusou se llama Anabel Rodríguez Sánchez, es abogada (su aproximación a los pormenores jurídicos del asunto está teñida de detalles técnicos que demuestra conocer) y reconstruye aquellos malhadados sucesos incorporándoles personajes nuevos, felices descripciones urbanas, indagaciones psicológicas de notable vigor y, sobre todo, una prosa convincente y madura, con la que envuelve a los lectores. La voz infantil de Virginia, la hija pequeña del capitán Sánchez, que enriquece muchos capítulos con su aportación en primera persona, supone un acierto emotivo y novelesco de primera magnitud.

De tal modo que, aunque conozcamos los detalles históricos de aquella cenagosa historia a través de la televisión o de la Wikipedia, la escritora nos sorprende y nos embriaga, porque despliega todas sus artes (que son muchas y buenas) para absorber nuestra atención y entregarnos una novela en la que todos los implicados en la trama (defensores y acusadores, jueces y testigos, periodistas y abogados, familias y curiosos) quedan salpicados por el barro innoble del horror. No se sale impune del buceo por las sentinas del alma.

martes, 5 de octubre de 2021

El silencio

 



Nadie sabe a ciencia cierta quién es o de dónde procede el hombre rubio. Los más observadores del casino apenas pueden asegurar que sus ojos son claros, que el mutismo preside sus actuaciones, que la soledad le acompaña inseparable y que despierta tanta curiosidad entre las mujeres como recelo entre los hombres (salvo entre los camareros, cuyas generosas propinas le han granjeado amplias simpatías). Por lo demás, misterio absoluto. Así que cuando los protagonistas de la historia (Wilson, Santín y Flores) se enteran de que ha sido visto besando apasionadamente a una mujer en el jardín y que dicha mujer lleva muerta varios años, el escalofrío comienza a adueñarse de los lectores. Y se intensificará cuando el enigmático personaje se escabulla a toda velocidad en un potente automóvil… acompañado por la novia de uno de los tres protagonistas. ¿Cómo es posible que el hombre rubio goce de la imposible compañía de la fallecida Márgara? ¿Y qué poderosa atracción ha provocado que Hortensia se suba imprudentemente en su Cadillac y lo acompañe con rumbo desconocido? Intrigados, desazonados y con un arma en el bolsillo, nuestros tres protagonistas van a intentar por todos los medios desentrañar la cenagosa textura de este misterio.

Ambientada en un mundo alto burgués (casinos, playas de moda, teatros, incluso el Congreso) y coqueteando con sucesos de ultratumba, esta propuesta breve de Enrique Jardiel Poncela nos invita a que entremos en una novela de desarrollo fantástico y solución realista, que se publicó originalmente en 1922 y que ahora recupera el sello Dokusou, con la revisión de Enrique Gallud.

Una lectura amena.

domingo, 26 de septiembre de 2021

La voz muerta


“A veces, oigo muertos”, podría haberle dicho Leopoldo Blaw a su amigo Alberto, que lo está escuchando con tanto estupor como inquietud. Porque, convocado el segundo a la casa del primero al filo de la medianoche, está enterándose de que su viejo amigo de la infancia cree escuchar las palabras que le dirige su fallecida esposa Helena; y tal certidumbre, como es natural, lo tiene perturbado, ojeroso y descompuesto. Pero quien se quedará así será, por sorpresa, Alberto, porque su amigo tiene una crisis ante él y, sin darle tiempo a reaccionar, se toma un frasco de cianuro y pone fin a su vida.

Con este arranque, Enrique Jardiel Poncela empieza a construir el misterio de su novela La voz muerta, que publicó en 1922 y que ahora el sello Dokusou recupera para el público lector. El desarrollo de la trama es airoso y el estilo de la narración brillante; pero es justo reconocer que la secuencia final, cogida con alfileres y forzando la credulidad de los lectores, malbarata la pieza. Invertir algo más de reflexión en ella le hubiera servido al madrileño para encontrar mejor cierre para una historia que, argumentalmente, no era mala.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Una aventura extraña



La experiencia a la que se ve sometido Manuel Araluce es tan anonadante como perturbadora: después de haber dado un largo paseo por las calles nocturnas de Madrid se ha encontrado con una mujer de voz seductora, se ha metido con ella en un taxi y, tras ser anestesiado con cloroformo, ha despertado en una casa que no reconoce, atormentado por una situación terrible: es incapaz de controlar su mente y es incapaz de controlar su cuerpo. ¿Qué ha sucedido, para que algo así suceda? La única explicación se encuentra en una carta que localiza junto a la cama donde está acostado. En esa carta, escrita por él mismo (reconoce sin ningún género de duda su letra), una mujer llamada Margarita Steck le explica cómo, a punto de morir por un cáncer, ha logrado introducir su alma dentro del cuerpo de Manuel, para no perecer del todo. De tal suerte que ahora conviven en su interior un alma de mujer y un alma de hombre. La situación es tan alocada como cierta, tan sofocante como incómoda: Manuel comienza a mirar con deseo a hombres y mujeres; a veces se afeita y a veces se pinta los labios; se coloca los pantalones o prefiere unas medias y zapatos de tacón. ¿Cómo logrará evadirse de esta pesadilla (si es que resulta posible hacerlo)?

El sorprendente Enrique Jardiel Poncela nos propone en esta novela corta de 1922 una trama donde humor y angustia caminan de la mano y donde, con la habilidad de un maestro, juega con nosotros como quiere. No me canso de visitar sus páginas ni de conocer textos suyos, largos o breves, teatrales o narrativos: me cautiva.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Cuestión de suerte


En 1967, mientras los Beatles estaban grabando la canción A Day in the Life, John Lennon le explicó a George Martin que había tenido la idea de terminarla con un “orgasmo musical”. Y el productor, para cumplir su deseo, ordenó a todos los músicos de la sesión (violines, pianos, oboes, clarinetes) que fueran subiendo gradualmente de nota hasta alcanzar el Mi mayor al unísono. El efecto, inesperado y abrumador, está al alcance de cualquiera que escuche el mítico tema.

Pues bien, Pablo de Aguilar González acaba de conseguir un resultado parecido en su novela Cuestión de suerte, que acaba de publicar el sello Dokusou: todos los protagonistas (una bellísima ninfómana, un timador profesional, un camello de poca monta, un técnico de ascensores, un millonario), perfilados con minuciosos detalles psicológicos y biográficos, acaban confluyendo de forma natural en un mismo espacio, donde el escritor albaceteño tiene preparado el espectacular clímax de la historia. Cada uno arrastra hasta allí su particular miseria y su particular grandeza; y, mezcladas sus vidas y emociones, la sinfonía del azar los mueve como si fueran marionetas y nos aturde con su estruendo.

Afirmaba Juan Bonilla en el título de una de sus novelas que nadie conoce a nadie. Y aunque esencialmente se trata de una aseveración exacta, Pablo de Aguilar sabe imprimir un giro a esta expresión para convertirla en otra igual de significativa: todos conocen a todos. O, mejor dicho: todos están relacionados con todos, mediante hilos invisibles y férreos, como los sedosos filamentos de una telaraña. Hormigas anónimas (aunque el autor les otorgue nombres tan eufónicos e infrecuentes como Eunemio, Godofredo, Josan, Rolán, Tobías o Zoraida) que, sin ser conscientes, se relacionan con otras hormigas anónimas (recepcionistas, camareros, botones, empleados) y forman con ellas una urdimbre cenagosa, inquietante o dominada por el azar, por la suerte, por esa moneda invisible que vuela y determina nuestro futuro en función de la cara o cruz que muestre al posarse.

La magia era difícil de conseguir, porque el autor tenía que mantener activados muchos resortes a la vez y que el lector no sucumbiese a la incredulidad; pero Pablo de Aguilar ha ido perfilando en sus anteriores producciones un notable dominio del quehacer novelesco y el experimento culmina con éxito. Es un nuevo paso (un buen paso, firme y valiente) en su trayectoria literaria.

martes, 7 de septiembre de 2021

La sonrisa de Vadi

 



Cuando el lector se coloca ante una obra de Enrique Jardiel Poncela tiende a pensar que las páginas que va a recorrer con su vista pertenecerán al ámbito del humor, ámbito en el que el madrileño fue patriarca indiscutible. Pero en el caso de la novela corta La sonrisa de Vadi (publicada originalmente en 1922 y ahora de nuevo puesta en circulación por el sello Dokusou) no ocurre así, porque nos encontramos ante un relato donde la fatalidad, el exotismo y los poderes paranormales constituyen la médula del argumento, sin asomo de sonrisas.

Y es una novela en la que, además, Jardiel maneja sagazmente varios recursos de muy llamativa factura: de un lado, el cambio de narrador (comenzamos creyendo que Federico Humanes es quien nos cuenta la historia, pero pronto descubrimos que la estrategia narratológica es más compleja, gracias a la aparición de un segundo narrador-reconstructor de la historia, y aun de informantes secundarios, que la enriquecen y matizan); del otro, el cosmopolitismo de sus protagonistas (Silvio y Federico se conocen en Arizona; el segundo se traslada a Madrid tras enviudar; vuelven a reencontrarse en Argentina, donde Silvio vive con su esposa hindú; etc); y, por fin, la exploración novelesca sobre el mundo de la hipnosis o el control mental, que Patna Tutikor maneja con endiablada y retorcida habilidad para adueñarse del cerebro de cuantos la circundan.

Acabada la obra, el lector se siente todavía incómodo, porque no ha logrado del todo comprender por qué sonríe tanto el enano Vadi, sirviente fiel de Patna, que incluso al ingresar en la muerte parece mostrar la dentadura con inquietante constancia.

Si Enrique Jardiel Poncela era un gigante del humor, en estas páginas se eleva a la misma altura en una narración de misterio, bien trazada y bien resuelta.

viernes, 30 de abril de 2021

La Facultad

 


Que un novelista sea habilidoso y muestre un gran sentido del ritmo y de la arquitectura narrativa merece, sin duda, un aplauso. Que su lenguaje resulte en todo momento acertado (o decoroso, para decirlo con Aristóteles), merece que ese aplauso se tribute puesto en pie. Pero que, además, respete tanto a sus lectores que se esfuerce para entregarles personajes vivos y creíbles ingresa ya de modo irrefutable en el ámbito del prodigio. José Antonio Jiménez-Barbero, sin lugar a dudas, pertenece a esa estirpe última.

Y lo digo porque, después de haberse sacado de la chistera esas dos criaturas admirables llamadas Augusto Salas y Carmen Reverte, el escritor no parece obstinado en la idea de convertirlos en rentables figuras de cartón piedra, capaces de protagonizar diez, veinte, treinta libros, de manera monótona. Consciente de que su trabajo como investigadores privados tenía que pasarles continuas facturas, y que resultaría ingenuo omitir o disimular esas erosiones y heridas, Jiménez-Barbero somete a sus protagonistas a una tensión altamente realista: los hace llorar, enamorarse, sufrir desengaños, padecer muertes, asistir a atrocidades, advertir traiciones, cometer descuidos y encajar disparos en su más delicada línea de flotación. Son, a la postre, un policía retirado (con dolencias y achaques, que se van incrementan conforme pasa el tiempo) y una joven madre (que necesita ayuda para criar a su hijo). No son dos superhéroes. No están fabricados de mármol de Carrara. No son invulnerables. Y el autor jamás se permite el grosero descuido de idealizarlos o de mantenerlos inmunes a las asechanzas del mundo en que viven, rodeados de policías corruptos, matones a sueldo, enemigos inesperados y leyes que parecen en ocasiones diseñadas más para favorecer al infractor que para evitar sus tropelías. “Horror a manos llenas”, como escribió Blas de Otero.

En La Facultad, la novela que acaba de publicar el sello Dokusou, José Antonio Jiménez-Barbero nos sitúa ante los cenagosos detalles que rodean el asesinato de un catedrático de Psicología, odiado en apariencia por todo el mundo, altanero, manipulador… y quizá malversador de fondos. En la investigación que nuestros protagonistas emprenden en torno a él se encontrarán con sucesos tan terribles y tan espeluznantes como… No, mejor no les adelanto nada. Es mejor, créanme. Imaginen asesinatos meticulosos, imaginen suicidios atroces, imaginen tumbas que esconden secretos, imaginen personajes honorables que luego resultan no serlo tanto, imaginen víctimas que no esperaban. Y les aseguro que estas páginas les van a dar mucho más de lo que son capaces de imaginarse. Elegir La Facultad como su próxima lectura sería todo un acierto. Yo no me lo pensaría.

domingo, 10 de enero de 2021

El demonio escondido

 


El infierno (lo aseguraba Jean-Paul Sartre) son los demás. Y algún hilo de esa idea debe de moverse por la cabeza de Alejandro, un chico que, a sus catorce años, ha sentido muy cerca al Demonio y, devorado por la angustia y el temor, se obstina en acabar con él. Porque, además, sabe perfectamente dónde se refugia ese representante del Mal: en las dependencias del instituto Francisco de Asís, de Murcia. Él ha oído sus pasos, olido su fetidez, sentido su tacto infame y notado la cercanía purulenta del Señor de las Tinieblas. Debe eliminarlo. Debe acabar con esa pesadilla, que quizá amenace pronto al resto de estudiantes del centro… Pero lo que realmente ocurre es muy distinto: el cadáver de Alejandro aparece en el patio del centro escolar. En apariencia, se ha lanzado desde la azotea para buscar la muerte. ¿Suicidio? ¿Asesinato?

El inspector Augusto Salas (que goza de un prestigio profesional muy sólido) y la policía Carmen Reverte (llegada desde Madrid para apoyar en la investigación) tomarán las riendas de la extraña muerte, que pronto se complica con otra y con una serie de oportunos accidentes que parecen destinados a intimidarlos y que abandonen sus pesquisas.

Religiosos ambiguos, interminables obstáculos administrativos, descubrimientos sorprendentes y, sobre todo, una atmósfera cenagosa, propiciada por la excelente mano narrativa de José Antonio Jiménez-Barbero, van envolviendo al lector, que nota cómo su sistema respiratorio se ve en ciertos tramos de la obra alterado por el ritmo de la novela. Y que, desde luego, termina aplaudiendo el desarrollo de la acción y su final luminoso.

No es nada extraño que la obra recibiera el premio Palin del año 2018: es una magnífica propuesta negra, que se lee con inquietud creciente y que resulta imposible de abandonar hasta su última página.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Las lentejas de la guerra

 


Quizá las historias que no se sujetan de manera férrea a los parámetros clásicos (planteamiento, nudo y desenlace) desprendan un aroma mucho más fresco, más espontáneo y hasta más vital que las que sí lo hacen. El cartagenero Fernando da Casa así lo entiende (y lo pregona) en la página 341 de esta novela poliédrica y arterial, en la que diferentes personajes se ven afectados por la guerra civil española de 1936 y van viendo cómo los odios, los combates, las represalias y el rencor desbaratan o malhieren los cimientos de sus familias. De tal suerte que el relato nos entrega solamente unos segmentos de vida, unas aproximaciones, sin que el narrador se sienta obligado (y creo que hace bien) a detallarnos el final exacto de sus personajes, e incluso sin que se pronuncie de un modo terminante sobre su existencia. ¿Son producto de su imaginación o se ha limitado a deformar un poco a personas reales, que nacieron, vivieron y murieron en la España de aquellos años? Quién sabe.

Con varios frentes narrativos que se desarrollan alternativamente, el escritor nos pide que lo acompañemos hasta Madrid, Cieza, Las Palmas de Gran Canaria, Torrevieja, Albatera, Cartagena e incluso México D.F., porque sus criaturas se van moviendo por esos territorios: unas veces, por nacimiento; otras, por vacaciones; otras, por motivos laborales o exilio. Aquella “maldita guerra ganada por nadie” (así la bautiza en la página 162) nos entrega un rico prontuario de sentimientos y reflexiones, que Da Casa expone con toques de humor, sensatez ideológica y gracia narrativa, alternando noticias bélicas, curaciones del aliacán, amoríos de uno de los personajes con Conchita Aleixandre (la hermana del futuro premio Nobel), hambres terribles, traiciones inesperadas, mezquindades absurdas y, en fin, un retrato vario y valioso sobre la España de los últimos ochenta años.

Son historias menudas, humildes, como lentejas (“esa legumbre, pobre, pequeña y fea, salvó muchas más vidas que el Socorro Rojo y los refugios antiaéreos de Madrid”, p.99). Pero de la mano de Fernando da Casa esos hilos se cruzan y adquieren una densidad novelesca de primera magnitud, que convierten este libro en una maravillosa experiencia para los lectores.

domingo, 22 de noviembre de 2020

El vuelo de la paloma

 


Pocas zonas podrían señalarse en el mundo más conflictivas y enrevesadas (ideológica, militar y religiosamente) que Oriente Medio: un hervidero de credos, agravios históricos, venganzas sucesivas, matanzas, negociaciones interminables, traiciones y relaciones cambiantes entre grupos y facciones, que pasan de la alianza al odio en cuestiones de días o semanas. El escritor y antiguo diplomático canadiense Ian Thomas Shaw ha tenido el coraje (incluso cabría decir que la intrepidez) de sumergirse en ese mundo caliente, inestable y turbio, que tan bien conoce, para entregarnos una novela titulada El vuelo de la paloma, que ha traducido Aurora Carrillo para el sello Dokusou.

Allí nos encontramos con el veterano periodista francés Marc Taragon (aunque su apellido real es “Tarragona”, pues sus padres eran catalanes), que maniobra para conseguir un proyecto de paz para la convulsa zona; con Marie Boivin (una astuta periodista que se aproxima a Taragon, no solamente atraída por su fama sino porque espera extraer de él una información importantísima); con Hoda, un viejo amor de Marc que floreció en sus primeros tiempos de estancia en Beirut; o con Evan, que visita con demasiada frecuencia la embajada de Australia, lo que provoca las sospechas del joven Marc… Unidos a ellos, una espesa telaraña de suníes, kurdos, palestinos, alauíes, drusos, chiítas, judíos, sirios, maronitas, continuos controles de carretera, agentes del Mosad, aeropuertos con socavones provocados por los bombardeos, guardias malencarados que disparan o chantajean o violan con absoluta impunidad, ruinas humeantes, operaciones de espionaje y contraespionaje, críticas a la política norteamericana y constantes menciones a topónimos (Gaza, Tel Aviv, Líbano) que durante años han salpicado periódicos e informativos de televisión.

Una novela que, para ser disfrutada en profundidad, requiere que los lectores conozcan las líneas básicas del conflicto y los nombres de algunos de sus actores principales (Arafat, Walid Jumblatt, Kissinger). De lo contrario, es probable que hacia la página 70 no tengan más remedio que rendirse.

jueves, 20 de febrero de 2020

El niño que no quiso llorar




Es verdad que el odio no requiere para desplegarse y ejercerse ninguna condición especial en la víctima salvo, quizá, su espíritu vulnerable: el saber que las gafas, el color de su piel, los kilos de más, el acento extranjero o la deformidad física que lo acompañan facilitan el desarrollo de la crueldad insensata. También es verdad que la inhibición o el silencio de quienes conocen o presencian el salvajismo del maltratador ayudan a fortalecer en él la sensación de impunidad.
En el mundo de la enseñanza (colegios e institutos), este fenómeno lamentable que siempre ha existido, aunque no con la virulencia sádica que ahora permiten las redes sociales y los teléfonos móviles, recibe el nombre de acoso (me resisto a la palabra inglesa, innecesaria en nuestro idioma). Y Santiago es en esta novela de José Antonio Jiménez-Barbero la víctima elegida por Sergio, Susana, José Andrés y otros descerebrados, capitaneados por Nacho, como blanco de sus insultos, agresiones e intimidaciones. El chico, que vive en un entorno familiar muy delicado (un padre con problemas de alcoholismo y paro; una madre que tuvo que aceptar un trabajo precario para conseguir algo de dinero) y que carece de amigos que lo apoyen, tendrá que vérselas con esta desagradable situación sin más ayuda que la que le ofrece algún profesor bienintencionado y, sobre todo, su nueva amiga Lucía, recién llegada al colegio.
Pero la espiral de violencia que cerca al chico no hará sino crecer: desde las burlas hasta la agresión física, desde la difusión de imágenes suyas en Internet hasta las chanzas telefónicas. Y los acosadores pronto se darán cuenta de que Santiago (tan firme en su resistencia) tiene un punto vulnerable: por ahí comenzarán ahora a atacarlo.
Novela dura, incómoda, realista y virulenta, El niño que no quiso llorar nos lleva de la mano por terrenos pantanosos hacia los que habitualmente no dirigimos la mirada, porque su crudeza nos resulta desasosegante y nos muestra la zona en sombra de algunos de nuestros niños y adolescentes.

lunes, 7 de enero de 2019

Confesiones de un psicópata adolescente




Ángel Salazar Ugarte nació en la localidad murciana de Alcantarilla, hijo de un humilde albañil y una mujer que se ocupaba, como tantas otras en su tiempo, de la intendencia de la casa. Unos años después, nació su hermano pequeño. Hasta aquí, el dibujo doméstico que José Antonio Jiménez-Barbero nos plantea en su novela no resulta demasiado llamativo. Pero las cosas cambiarán cuando su protagonista, que narra los hechos en primera persona, nos explique que no soportaba los continuos lloriqueos del bebé y que por eso tomó la decisión de ahogarlo con la almohada. Descubrimos en ese instante el desequilibrio mental grave que padece Ángel, y que no irá sino ampliándose, enturbiándose y adoptando ramificaciones a lo largo de la obra: compañeros de clase a los que humilla, golpea o extorsiona; niñas de las que abusa de una forma inicua; animales a los que tortura salvajemente; vecinas a las que somete a actos vandálicos; trapicheos con la droga… Apenas es concebible un modo de la barbarie en el que este angelito (valga el juego de palabras) no incurra con entusiasmo.
Pero sus tormentosas andanzas sufrirán un grave revés cuando un suicidio y un homicidio pongan a las autoridades sobre alerta y Ángel sea condenado a cumplir dos años de internamiento en un centro de menores donde recibirá medicación antipsicótica y donde tendrá que enfrentarse a varias personas que, quizá tan virulentas y tan despiadadas como él, pretenderán anularlo.
Con esta obra audaz, bien documentada, carente de melindres y que se enfrenta sin tapujos con los meandros cenagosos de una mente enferma, José Antonio Jiménez-Barbero logra el propósito más difícil: que su ficción suene a verdad, que nos creamos a su protagonista y, sobre todo, que nos preguntemos cómo es posible que una novela nos perturbe tanto, nos desazone tanto, nos revuelva tanto las tripas. Todo un logro por parte del autor. El esfuerzo, espectacular y complejo, produce unos resultados inigualables.

viernes, 4 de enero de 2019

Donde lloran los demonios




Las cosas, después del horror que supone haber visto a su hermana violada y asesinada por el Encerrador, parecen irse encauzando para el inspector César Giralt. Sobre todo, después de haber logrado que una bala escupida por su pistola acabe con la respiración del asesino. Es verdad que su madre está atrapada en las redes del Alzheimer, y que su padre sigue siendo una figura borrosa que se dedica a viajar despreocupadamente por el mundo, y que su sobrina Silvia sigue viviendo en su casa (el padre, un borracho irredento, no es figura en la que pueda confiarse demasiado), pero César Giralt se encuentra en un período de reinvención, de reconstrucción, de sosiego.
No obstante, bastará que el cadáver de una chica aparezca en la playa de Calella de Mar con los signos inequívocos de haber sido violada y torturada con los mismos métodos que usaba el Encerrador para comprender que la angustia no ha terminado, sino que entra en una nueva fase: ¿se trata de alguien que lo está imitando? ¿Se trata de un fiel colaborador, que continúa su obra? ¿O se trata de algo mucho más inquietante y mucho más horroroso: que se equivocaron en la identificación del anterior asesino y que la bestia anda aún suelta?
Pedro Martí, en la propuesta novelística Donde lloran los demonios, nos deja sin aliento en cada página (nos encontramos ante una novela negra canónica) y no permite que ningún cabo (argumental, descriptivo o psicológico) quede suelto: encuadra perfectamente lo que quiere decir, lo expresa con elegancia innegable y construye unos personajes, tanto principales como secundarios, en los que cada perfil tiene un sentido y en los que los matices son tan delicados como brillantes. Añadamos a esa construcción prodigiosa un final espléndido, adrenalínico (y también melancólico), y obtendremos una de las grandes narraciones del pasado 2018, que seguirá cosechando lectores durante 2019.
Consejo de amigo: no pierdan de vista a este escritor.

jueves, 8 de febrero de 2018

Aquí y ahora




A veces tenemos tan cerca lo grandioso que no reparamos en sus peculiaridades, y pasamos a su lado con ojos ciegos, como si sospecháramos que la brillantez no habita sino lejos en el espacio o en el tiempo. Pero el escritor murciano Víctor M. Mirete, reacio a admitir estas suposiciones, ha tenido la espléndida idea de elaborar una biografía, muy ágil y muy amena, sobre el actor Juan Bastida Arce, que no nació en Madrid o Barcelona, sino en Beniaján; y que no creció durante los años turbulentos del siglo XVII, sino que vino al mundo en 1953.
Y en estas páginas descubrimos a una persona y a un personaje, magníficamente resumidos por el biógrafo, que nos entrega una voz cálida, sincera, arrasadora, llena de rápidos y de meandros, como un río existencial que se va contando a sí mismo a través de infinitos detalles: un padre exmilitar de la República; una niñez en la que pronto descubrió el desconcierto de la sexualidad (un vecino de apenas catorce años lo masturbaba, teniendo él seis o siete); una temprana afición por la música, truncada por un desgraciado accidente laboral que le amputó parte de sus dedos; un fervor tumultuoso por el mundo de los escenarios (que se comenzó a consolidar cuando en 1975, apenas acabado el servicio militar, se matriculó en la Escuela de Arte Dramático de Murcia y comenzó a relacionarse con Jacobo Fernández Aguilar y después con César Oliva); y una exultante dedicación a las bellas gimnasias del sexo, que durante toda su vida lo llevaron a camas femeninas y masculinas.
A través de anécdotas chispeantemente narradas Víctor M. Mirete consigue que nuestra atención lectora no decaiga ni una sola vez y que el libro, editado por el sello Dokusou, se convierta en un homenaje a la alegría de vivir, a través de sus mejores manifestaciones: el teatro, la amistad, la honestidad, la risa, el sexo, los viajes, la cultura.
Qué hermoso homenaje, pardiez.

sábado, 20 de enero de 2018

Florida Verba



De todas las palabras que me vienen a la cabeza tras la lectura de este libro hay una que destaca con un brillo especial sobre el resto: armonía. Las palabras de Charo Guarino y los dibujos de Mª Carmen García establecen entre sí un diálogo de luz, un abrazo de belleza (es decir, un fluir armónico) que nos permite a los lectores sentir aquella inundación castálida de la que hablaban los clásicos y que nos recordó después sor Juana Inés de la Cruz. Los ojos y el corazón se mueven de izquierda a derecha para dejarse sorprender –y empapar– por los adjetivos gráciles, por los brazos aspados de las bailarinas, por las referencias grecorromanas, por los pétalos, por los encabalgamientos, por los colores. Y el resultado final recibe el nombre de Florida Verba. Y lo ha publicado el elegante sello Dokusou.
En la parte literaria del volumen nos encontramos con los poemas que Charo Guarino dedica a su madre (véase la delicada composición “Si pudiera”), con sus reflexiones sobre la paciencia que los libros tienen y que les permite esperar infinitamente la mano que los abra y disfrute (“Vida de papel”), con su convicción de que los versos no terminan su misión hasta que los ojos del lector los recorren y quedan impregnados por ellos (“La poesía”) o con la fascinación que siente cuando considera “los cientos,/ y miles y más miles de eslabones / que forman la cadena literaria”, lo cual la lleva a pensar “cuántos mundos aún incógnitos me aguardan” (“Quellenforschung”).
Y en la parte pictórica, trazada por la mano de Mª Carmen García, notaremos cómo flores y bailarinas se funden en una simbiosis de intensa hermosura, con brazos que parecen girar con el viento y pétalos que danzan su ballet de colores. Y, sobre todo, sugiero que el lector se fije en los ojos inexistentes o cerrados de las mujeres, entregadas a la pura belleza de su música corporal, tan fascinante como mística.
El pintor norteamericano James Whistler explicó una vez que el arte sucede. Art happens. Sin más. Algunos podrán buscarlo laboriosamente durante toda su vida y no tener la fortuna de dar con él. Otros, tocados por una magia para la que no tenemos explicación, acceden a sus salones con cierta facilidad. Creo que Charo Guarino y Mª Carmen García han logrado dejarnos en Florida Verba un producto estético tan hermoso que merece ser leído y contemplado más de una vez.