Mostrando entradas con la etiqueta Otero Blas de. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Otero Blas de. Mostrar todas las entradas

jueves, 15 de diciembre de 2022

En castellano

 


Abordo hoy una reseña melancólica, porque he releído, casi cuarenta años después de mi primera aproximación, En castellano, un libro de Blas de Otero que me encandiló y me golpeó en mi juventud. Y me ha sonado viejo, deslucido y precario. Conserva, claro que sí, detalles hermosos, como esa sencilla poética que se codifica en dos palabras (“Escribo / hablando”); como esos epitafios terribles que resumen la reciente historia de su país (“Aquí yace / media España. / Murió de la otra media”); como algunos retratos urbanos (por ejemplo, el poema ‘Muy lejos’); como su indignación civil (“Voy a protestar, estoy protestando desde hace mucho tiempo; / me duele tanto el dolor que a veces / pego saltos en mitad de la calle”); o como algunas estrofas que resuenan poderosas (“Aquí tenéis mi voz / Alzada contra el cielo de los dioses absu

rdos, / mi voz apedreando las puertas de la muerte / con cantos que son duras verdades como puños”). Pero el aroma general, que yo recordaba potente, dominador, imperial, ahora se me antoja inequívocamente envejecido, quizá porque se trataba de unos versos que se anclaban demasiado en su contexto histórico y que, recreándose en los juegos de palabras (esa nieve que cae “poco a copo”) y en poemas sin puntuación, no logra, sin embargo, alzarse en mi opinión hasta el trono de lo imperecedero. Es una poesía (ay) oxidada. Una poesía en la que intuimos (o recordamos) belleza antigua, como la que podemos descubrir entre los pliegues faciales de una anciana; pero que ya no ejerce sobre nosotros su influjo lírico. Es arqueología. Necesaria en su momento, urgente en su momento, vibrante en su momento; pero ya fosilizada y roma.

Cierro el libro con un profundo respeto, con una profunda melancolía y con una profunda pena.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Pido la paz y la palabra

 


Sé que tengo (me lo dicen los calendarios y mi DNI; me lo recuerdan mis canas y los primeros achaques) cincuenta y seis años. Pero esta tarde, mientras leía en voz alta, lentamente, todos los poemas de Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, he vuelto a tener dieciséis, he vuelto a experimentar la fascinación luminosa de cuando por primera vez llegaron hasta mis ojos en esta misma edición de Losada. Y he notado también, a pesar de los cuarenta años transcurridos, la misma emoción temblorosa ante el hombre al que siempre le quedaba la palabra, ante el hombre que quiso dejar su testimonio (“Debo decir: He visto”); que muestra su desaliento y su fatiga (“Otros vendrán. Verán lo que no vimos. / Yo ya ni sé, con sombra hasta los codos, / por qué nacemos, para qué vivimos”)… pero también su esperanza (“Ímpetus nuevos nacerán, más altos”); que es consciente de que todos los seres humanos viajamos embarcados en el mismo buque y con el mismo destino (“Me llamarán, nos llamarán a todos. / Tú, y tú, y yo, nos turnaremos / en tornos de cristal, ante la muerte”); y que, en todo caso, no admite la posibilidad de la rendición (“No esperéis que me dé por vencido”).

Ayudándose de los encabalgamientos y de las paradojas (“Dios me libre de ver lo que está claro”), rindiendo homenaje a sus poetas predilectos (“Don Antonio Machado. Silencioso y misterioso, se incorporó al pueblo”) y pregonando a voces el amor por su patria, Blas de Otero nos deja una alta lección cívica, una obra que, pese a su condición aparentemente coyuntural, resiste bien los empujones del tiempo. Porque es poesía. Porque era un poeta. Y porque era, también, un mago, que me ha hecho rejuvenecer cuatro décadas durante una hora.