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martes, 24 de marzo de 2026

La estrella robada

 


Después de haber paseado mis ojos cien veces por el nombre de Mary Higgins Clark en varias librerías de segunda mano, he decidido adquirir (y leer esa misma tarde, sin pausa) su novela La estrella robada, que traduce Matuca Fernández de Villavicencio. Y estoy seguro de que no será mi última aproximación a la autora norteamericana, porque ha conseguido que el ritmo de su prosa me lleve de la mano con un argumento que, quizá, abusa de las casualidades y el ternurismo, pero que engancha y convence. Bien por ella.

Imaginen que estamos en una iglesia de Manhattan, de la que cuida monseñor Ferris. Es de noche. Y, mientras está cerrándola, no advierte que un delincuente llamado Lenny se ha escondido en el confesionario, para proceder después al robo de un valioso cáliz de plata, que perteneció al obispo Santori. Mientras, en el exterior de la iglesia, una chica llamada Sondra, que acaba de ser madre y no puede asumir el cuidado de la niña que ha traído al mundo, abandona al bebé en un carrito, esperando que monseñor Ferris le consiga una familia de adopción. Por desgracia, lo que ocurre es que Lenny comprende que llevarse ese carrito le puede servir como herramienta de despiste, en caso de que lo persiga la policía. Resulta fácil comprender el drama que se inicia en ese punto. Y la continuación del mismo, siete años después, se enrarece más todavía con un testamento que ha sido falsificado, con una concertista de violín que acude para tocar en el Carnegie Hall, con un policía perspicaz y, sobre todo, con una mujer llamada Alvirah que se obstina en descubrir la solución de todo el enredo.

Elegante y clara a la hora de exponer su historia, Mary Higgins Clark consigue un relato convincente y que sirve para amenizar un par de tardes de lectura sosegada. No es mal negocio.

viernes, 4 de abril de 2025

Viaje al centro de la Tierra

 


Hay que ser un absoluto genio para, cuando inicias el capítulo XVII de tu novela y has alcanzado las cien páginas, hacer que uno de tus personajes pronuncie esta frase: “Empezaba el verdadero viaje”. Es entonces cuando, parpadeando, el lector se da cuenta de que, en efecto, ha ido avanzando hoja tras hoja, sugestionado por la atmósfera creada por el autor, pero que aún, verdaderamente, no se ha iniciado el núcleo duro de la historia. Con un par. Por eso, Julio Verne es Julio Verne, qué diablos. Y por eso Viaje al centro de la Tierra es la inmortal aventura que, generación tras generación, nos ha fascinado a miles, a millones de lectores (con la ayuda, también, del mundo del cine).

Estamos en la Koningstrasse, donde el profesor de mineralogía Otto Lidenbrock acaba de llegar a casa con un libro antiquísimo escrito en runas, del que emerge un papelito que contiene un misterioso criptograma. Auxiliado por su sobrino Axel, no tardará en descubrir que se trata de las enigmáticas instrucciones que Arne Saknussemm, un alquimista del siglo XVI, ha consignado para que cualquier otro viajero pueda repetir la proeza geológica que él dice haber ejecutado: llegar hasta el centro de la Tierra. A partir de ahí, ya se pueden imaginar: preparativos, navegaciones complicadas y, por fin, llegados a Islandia, la contratación de Hans, un expedicionario silencioso que los llevará hasta la cima del Sneffels, donde la sombra del Scartaris indicará la abertura por la que deben introducirse para que dé comienzo la aventura. Y a pesar de que “las palabras de la lengua humana no pueden bastar al que penetra en los abismos del globo” (así se pregona en el capítulo XXX), lo cierto es que Verne, exhibiendo una documentación geológica y paleontológica absolutamente deslumbrante, nos invita a que nos sumemos al viaje, en el que nos asfixiará el calor, nos agobiará la angostura de algunos pasajes, nos fascinará la presencia de un inesperado mar (“más acreedor que todos los otros al nombre de Mediterráneo”), nos aturdirán la oscuridad y los golpes, nos sorprenderán los restos óseos que encuentran y, en fin, nos obligará a soñar, a fantasear, a ser niños.

Me cautivó en mi adolescencia y ha vuelto a cautivarme en mi madurez. Quizá no sería mala idea retornar a otras novelas de este admirable novelista francés.

jueves, 17 de marzo de 2022

La frontera interior

 


Hay tres modalidades —quizá sean más: las taxonomías suelen ser flexibles— de libros de viajes: en la primera, el autor se ciñe a un enfoque de cámara fotográfica o de vídeo, mostrándonos lo que ve y dejando que nos impregnemos con esas imágenes; en la segunda, el paisaje es una mera basa, sobre la que construye su columna de erudiciones históricas, antropológicas, zoológicas o botánicas; y en la tercera (no ocultaré que se trata de mi predilecta), el escritor reúne las características de las dos anteriores: observa, describe, elucubra, relaciona, solapa e hibrida personas y paisajes, comidas y atardeceres, charlas y silencios, vientos y piedras. Manuel Moyano (Córdoba, 1963) obtuvo hace unos meses el XVI premio Eurostars Hotels de narrativa de viajes con una obra que, bajo el título de La frontera interior, publica ahora el sello RBA; y que se inscribe de forma decidida y brillante en el último de los bloques.

Movido por la voluntad de recorrer una zona muy relacionada con su infancia (y que no ha sido objeto de demasiada atención por parte de los viajeros), el autor recorre Sierra Morena en un “humilde utilitario”, que le permite ir desplazándose desde Aldeaquemada (inicio del trayecto) hasta Portugal, en un largo trayecto que se ve coloreado por varios puntos de inflexión con nombres de poeta: Alejandro López Andrada, Manuel Moya y Miguel Hernández. Ellos le sirven de guía, de faro, de enriquecimiento, de compañía espiritual (y a veces gastronómica); y le permiten observar detalles o adoptar perspectivas que quizá le podrían haber pasado inadvertidas sin su auxilio. Porque un viaje (que siempre es muchas cosas) sólo es auténticamente iluminador cuando sentimos que lo externo y lo interno se funden y nos convierten en otros: si de un buen libro no se sale idéntico, de un viaje de verdad tampoco lo hacemos. Manuel Moyano se adentra en iglesias muy antiguas, holla baldosas que quizá pisó Miguel de Cervantes, visita museos como el de Las Navas de Tolosa, adquiere libros locales de reducidísima tirada, charla con cronistas o venteros, anota vocablos sorprendentes, prueba el salmorejo jarote y consigue que los lectores, incluso aquellos que pertenecemos a la Cofradía del Sedentarismo, sintamos una punzada de envidia por sus viajes. Qué no podrá conseguir un escritor tan excelso como él.

Léanselo. No lo duden ni un minuto. Les va a encantar.

viernes, 20 de agosto de 2021

El resplandor


 

En los últimos años he visto dos o tres veces la película El resplandor, de Stanley Kubrick; así que he querido comprobar hasta qué punto la novela homónima de Stephen King lograba (o no) provocarme las mismas sensaciones de horror, inquietud y desasosiego. Por eso, he dedicado unos días a visitar las instalaciones del hotel Overlook y a familiarizarme con los personajes de Jack Torrance, el receptivo Danny, la valerosa Wendy, el señor Hallorann o el sinuoso espectro de Grady.

He tenido, evidentemente, que “reajustar” mi cabeza para situarme en el mundo creado por King, sin que las imágenes de Nicholson, Duvall o Crothers actuaran como elementos de distorsión. Yo quería leer la historia original de Stephen King. Y eso he hecho, a pesar de que en ella muchos elementos (muchísimos) resulten diferentes a los mostrados en la película de 1980. En la novela no se encuentra la escena del bate de béisbol por las escaleras, ni Torrance rompe puerta alguna con un hacha, ni Wendy se pasa media historia lloriqueando… A cambio, he tenido la alegría de encontrarme con unos personajes densos, fuertes­, psicológicamente muy bien trabajados, y con secuencias de auténtico espeluzno. Además, he leído con auténtico placer los delicados matices que tiene la relación mental entre el cocinero Hallorann y el niño Danny; la brava entereza que muestra siempre Wendy (capaz de luchar físicamente con su marido para defender a su hijo, soportando incluso la rotura de varias costillas); o la siniestra eficacia de algunas escenas, mejores en la novela que en la versión cinematográfica (las figuras vegetales del laberinto que cobran vida, el señor Grady charlando con Torrance, el “despertar” que experimenta éste cuando está a punto de matar a Danny con un mazo de roque, etc).

Pero, sobre todo, reconozco que lo más gratificante para mí ha sido comprobar la manera en que el escritor de Portland construye el pasado (y con eso explica el presente) de sus personajes: los problemas laborales y alcohólicos de Jack, la turbia relación de Wendy con su familia, la fractura de brazo que Danny soportó tras un acceso de furia de su padre, etc. Sin esos ingredientes, la obra sería tan sólo una novela de terror. Con ellos, es una magnífica novela.

Stephen King me ha vuelto a convencer de su maestría con esta obra.

sábado, 13 de febrero de 2021

Artículos completos

 


Después de releerme, durante los meses de enero y febrero, los artículos del madrileño Mariano José de Larra, redacto unas líneas sobre algunos de ellos y los subo al blog el día en que recordamos su suicidio (13 de febrero de 1837).

Comencemos por “El café”, un texto de 1828 donde nos coloca ante los ojos una sorprendente fauna de ociosos, carotas, petulantes y viejos que se refugian en el local y que conforman un pantano de molicie, críticas a los adversarios políticos y bostezos inoperantes. Todo un microcosmos de la pereza y la jactancia patrias, que habla y no actúa. La rabiosa descripción juvenil de ese ambiente le sirve a Larra para enarbolar una de sus más conocidas banderas: la preocupación por su país. Escuchemos cómo lo dice él: “Amo demasiado a mi patria para ver con indiferencia el estado de atraso en que se halla”. Y recordemos dos datos muy precisos, relacionados con este tema: el primero es que Larra tiene 19 años cuando lo publica; el segundo, que su capacidad para evaluar el estado de atraso es muy limitada, porque su único conocimiento real de los demás países es haber estado cinco años interno en un colegio francés. Parece más la explosión rabiosa de un joven exaltado que un análisis profundo y valioso del atraso de España. El joven tiende a ser hiperbólico en sus análisis. Y Larra no podía ser una excepción. Él ve viejos y atrasados a los tertulianos del café, porque representan un mundo viejo, que le agradaría ver superado. Pero la realidad es que no tiene elementos de juicio suficientes como para decir que en el resto de Europa las cosas circulan de un modo diferente. Tiene 19 años, insisto. No mitifiquemos innecesariamente al escritor.

Detengamos ahora la vista en el artículo “El casarse pronto y mal”. El título es llamativo, pero más llamativo nos resultará recordar que fue publicado en noviembre de 1832, cuando él ya estaba casado con Pepita Watoret y había iniciado la relación adúltera con Dolores Armijo. ¿Era él quien se había casado pronto y mal? ¿Lo era Dolores? Sea como fuere, nos podemos imaginar la escasa gracia que esta publicación debió hacerle a la mujer de Larra. El articulista, como es natural, lo disfraza para que no se advierta el tono autobiográfico: nos habla de un sobrino suyo, carente de instrucción y amparado en la imitación de modos europeos, que se ha casado sin oficio ni beneficio con una chica de las mismas características. Creyeron que el amor alimenta, pero encontraron la desdicha en pocos años. A continuación, Larra introduce una sorprendente finta sociopolítica y lamenta ese intento de “subir la escalera a tramos” (sic), pudiéndolo hacer poco a poco. A España le ocurre lo mismo, nos dice. No conviene que se apresure a la hora de imitar al resto de Europa, formada por naciones que empezaron a subir esa escalera antes que nosotros. El mensaje se dirige a todo el país, y cito sus palabras: “Deje, pues, esta masa la loca pretensión de ir a la par con quien tantas ventajas le lleva; empiécese por el principio: educación, instrucción. Sobre estas grandes y sólidas bases ha de levantarse el edificio”. ¿Nos encontramos ante un texto de amargura personal? Yo creo que sí. ¿Nos encontramos ante un texto de regeneración nacional? También, sin duda. Larra es muy hábil. Sabe fundir los temas para generar reflexiones en el lector. Él, que tanto insistiría en la necesidad de adoptar el modelo europeo, matiza aquí sus palabras explicando que España no podía perder la cabeza intentando hacerlo a una velocidad ya plenamente europea: había que ir acelerando poco a poco. Y, sobre todo, había que construir sobre lo que él llama, con tino, “grandes y sólidas bases”. Es decir: educación, formación, ciencia, sanidad. Todo eso que ahora parece estar de nuevo en el punto de mira de los francotiradores. Quienes, por desgracia, disparan desde muy arriba.

¿Y quién no recuerda “El castellano viejo”, uno de los artículos más célebres de Larra? Me lo hicieron leer en mi primer año en el instituto, porque aún no existía El Barco de Vapor y había que leer a Larra, a Galdós, a Lope y a Cervantes. Y recuerdo que simplemente me pareció gracioso. Luego el profesor nos fue explicando y ya entendí más: era un retrato de cierta España brutoide, sin modales, campechana y casposa… Fígaro es sorprendido en plena calle por Braulio, quien lo llama a voces, le da una palmada fuerte en el hombro y lo invita a comer, “sin ceremonias”, dice. Es decir, con todas las groserías y zafiedades imaginables de “la brutal franqueza de los castellanos viejos”, que el articulista anota con precisión: huesos de oliva disparados por un niño, cigarros que humean junto a tu cara mientras degustas la comida, tener que probar el vino que te ofrecen en una copa que tiene marcados los labios grasientos de la persona que te la ofrece… Fígaro reconoce sentirse incomodísimo en lo que él llama “este país de exabruptos”. Es decir, en un semillero de vulgaridades que no esconden sino la pésima educación social del pueblo español. Y quien tenga la tentación de considerar que ese mundo ha sido superado y que ya no somos así, que se pase por un bar cualquiera, por un mesón o por un restaurante pequeño cuando nos permitan hacerlo: gente que habla a gritos, que se empuja para conseguir un sitio en la barra, que tira las cáscaras de gambas al suelo, que chasquea los dedos para llamar al camarero (con la finura palaciega de un cuidador de cabras) y que raramente maneja palabras estrambóticas y melindrosas, como “Por favor” o “Gracias”. Si Larra nos viese en la actualidad quizá no se creería que hayamos avanzado tan poquito en estos casi doscientos años que han transcurrido desde su muerte.

No hará falta decir qué artículo es el más famoso de Larra. Ha encabezado (o servido para titular) docenas de antologías y ustedes lo conocen igual que yo: el excelente e irritante “Vuelva usted mañana”. Desde su publicación en enero de 1833 se convirtió en un auténtico emblema, no sólo de Larra, sino incluso de su tiempo y de todo el país. Nos habla en sus páginas de Monsieur Sans-délai (que en francés significa “Sin retraso”. No cabe más ironía), un caballero que viene a España para realizar unas gestiones, que en 15 días espera ver resueltas. Fígaro le indica que no serán 15 días, sino 15 meses, más bien. Monsieur Sans-délai, obviamente, cree que exagera, pero irá comprobando cómo, moratoria tras moratoria, póliza tras póliza, firma tras firma, retraso tras retraso, pasan efectivamente los meses. Monsieur Sans-délai se asombra y se enfurece, pero Fígaro le explica que no hay intriga en este asunto, y le dice esta frase: “La pereza es la verdadera intriga”. Irónico hasta el final, el propio Larra dice que ha tenido que vencer una gran pereza para escribir este artículo… ¿Seguimos ofreciendo la misma imagen de cara al exterior? Si me lo permiten, voy a leerles un fragmento de la novela La noche de los tiempos, de Antonio Muñoz Molina, que reseñé en este mismo blog hace poco. En ella, Ignacio Abel, un arquitecto español, le está explicando cosas sobre nuestro país a la norteamericana Judith Biely, y le pregunta: “¿No había llegado a alguna oficina a las nueve para resolver algún trámite y tenido que esperar hasta después de las diez, y encontrado frente a sí, más allá del arco de una ventanilla, una cara entre avinagrada e impasible, un dedo índice manchado de nicotina que se movía negando algo o que señalaba acusadoramente el espacio en un documento en el que faltaba una póliza, un sello, la rúbrica de alguien a quien habría que buscar a continuación en otra oficina más recóndita en la que ni siquiera estaba abierta la ventanilla de atención al público?”. Y después le aclara: “No tomes por exotismo lo que es sólo atraso. A los españoles nos ha tocado la desgracia de ser pintorescos”.

 

Pintorescos, o vagos, o carotas. Pero, eso sí, siempre consideramos que son LOS DEMÁS quienes actúan de esa forma. No desde luego nosotros, que somos bien cumplidores, bien puntuales y bien rigurosos. El problema aqueja a esa abstracción a la que llamamos “este país”, como si no formáramos parte de él o pudiéramos juzgarlo desde una especie de altura o distancia teológica.

Mariano José de Larra se dio cuenta de esa actitud y le dedicó otro artículo memorable, bajo el título de “En este país”. Desliza Larra la idea (sumamente interesante) de que cada vez que usamos el sintagma “en este país” lo hacemos no sólo con desdén frío, sino con la voluntad de alejar de nosotros la culpa, (y cito) “haciéndose cada uno la ilusión de no creerse cómplice de un mal, cuya responsabilidad descarga sobre el estado del país en general”. La fórmula es ingrata e injusta, nos dice Larra. Y supone admitir esa situación como si fuera inexorable, cuando en realidad no lo es. Cambiarla está en nuestra mano. Y es importante que nos dediquemos a efectuar ese cambio cuanto antes, porque la imagen que damos al exterior depende de la suma de esfuerzos, de la suma de cambios, que entre todos seamos capaces de articular. Permítanme que les lea el párrafo final de ese artículo, porque es memorable: “Olvidemos esa funesta expresión que contribuye a aumentar la injusta desconfianza que de nuestras propias fuerzas tenemos. Hagamos más favor o justicia a nuestro país, y creámosle capaz de esfuerzos y felicidades. Cumpla cada español con sus deberes de buen patricio, y en vez de alimentar nuestra inacción con la expresión de desaliento ¡Cosas de España!, contribuya cada cual a las mejoras posibles. Entonces este país dejará de ser tan mal tratado por los extranjeros, a cuyo desprecio nada podemos oponer, si de él les damos nosotros el mismo vergonzoso ejemplo”. O dicho con menos palabras: cambiemos y modernicemos el país para que no puedan decir desde fuera que nos merecemos todo lo malo que nos pase.

Y permítanme que me acerque a un artículo mucho menos frecuentado en las antologías, pero que revela importantes recovecos del pensamiento de Larra. Me estoy refiriendo a “La Nochebuena de 1836”. Fígaro nos comenta allí que la fecha del 24 de diciembre siempre se le ha antojado mala, porque le suelen ocurrir cosas desagradables en la misma. En esta ocasión, y cuando nada parece que vaya a suceder, su criado de pronto se emborracha y decide contarle cuatro verdades al escritor, aprovechando los vapores libérrimos del alcohol. Estas páginas son muy reveladoras porque nos enteramos de lo que Larra piensa sobre las mujeres y el amor. Escuchemos su voz: “Imagino que la mayor desgracia que a un hombre le puede suceder es que una mujer le diga que le quiere. Si no la cree es un tormento, y si la cree… ¡Bienaventurado aquel a quien la mujer dice no quiero, porque ése a lo menos oye la verdad!”. El desengaño está aquí más claro que nunca, si se fijan… También aprovecha la coyuntura para lanzar un nuevo dardo contra las costumbres españolas. En este caso, las gastronómicas. Oigamos lo que nos dice refiriéndose a la Navidad: “¿Hay misterio que celebrar? Pues comamos, dice el hombre; no dice “Reflexionemos”. El vientre es el encargado de cumplir con las grandes solemnidades”. En efecto, ¿hay muchas festividades importantes que no se celebren en España alrededor de una buena mesa?... Pero sigamos, pues Fígaro nos deja también un proyectil contra sus congéneres, a los que parece estimar poco en su conjunto. Así, compara al género humano con la edición de un libro y nos dice, ingenioso, que hay “algunos ejemplares de regalo, finos y bien empastados; el surtido todo igual, ordinario y a la rústica”… Y me permito señalar unas palabras más de este artículo, donde aflora el Mariano José de Larra menos respetuoso con sus subordinados. Su sirviente decide replicarle y entonces Fígaro suelta esta andanada: “No sé por qué misterio encontró entonces, y de repente, voz y palabras, y habló y raciocinó; misterios más raros se han visto acreditados; los fabulistas hacen hablar a los animales, ¿por qué no he de hacer hablar yo a mi criado?”… ¿Se dan cuenta de las ideas que Larra ha ido vertiendo en este artículo? El amor es desdeñable; las mujeres son volubles; el ser humano es mayoritariamente burdo; los criados pertenecen a un escalón inferior… Desde luego, la imagen de Larra queda bastante erosionada en este texto. Fue (conviene recordarlo) la última Nochebuena que celebró.

Un articulista y un pensador al que conviene volver de vez en cuando, porque nos ofrece con una prosa estupenda verdades que, por lo incómodas, no siempre estamos dispuestos a recordar.

martes, 11 de febrero de 2020

El mono desnudo



Termino el estudio antropológico El mono desnudo, de Desmond Morris, que me traduce J. Ferrer Aleu (RBA, Barcelona, 1993) y que, desde una vieja conversación con mi amigo Paco Giménez Gracia, tenía muchas ganas de abordar.
Y lo primero que se me ocurre decir es que reconozco mi perplejidad (¿o mi instintivo rechazo?) ante los planteamientos del autor. Es verdad que somos monos desnudos, y es verdad que lo sabemos; pero nos gusta imaginar que hemos distanciado mucho a ese lejano pariente, y que apenas nos unen a él pequeños tics ocasionales. No obstante, llega la estadística y el análisis riguroso, y hay que aceptar la evidencia: tampoco hemos sido capaces de avanzar demasiado en el camino de la civilización.
Jamás había reflexionado tanto sobre el significado profundo de acariciar a un animal, o de rascarme, o el hecho de comer los alimentos calientes, o los ritos religiosos como ceremonia de sumisión al macho dominante. Las observaciones e ideas de Morris en este volumen constituyen una verdadera revelación. Que irrita (quién lo dudará), pero que enriquece.
Subrayo con una sonrisa esta frase del tomo: “El Homo sapiens (...) es un mono muy parlanchín, sumamente curioso y multitudinario”.

viernes, 15 de marzo de 2019

Crónica del rey pasmado




El joven rey español, después de haberse acostado con una prostituta llamada Marfisa y haber gozado del esplendor entregado de su cuerpo voluptuoso, observa cómo en su ánimo crece un deseo inusual, que no duda en hacer público entre sus allegados: quiere ver desnuda a su esposa. A partir de entonces, la Corte, el pueblo y los representantes de la Iglesia se hacen eco de esta idea del soberano, que casi todos juzgan de descabellada o pecaminosa y que lo convertirán en el centro de las murmuraciones, chanzas y desdenes de su entorno.
Partiendo de esa anécdota, el narrador gallego Gonzalo Torrente Ballester nos entrega su Crónica del rey pasmado, donde el humor y el retrato social se unen en una narración ágil, ingeniosa y liviana, en la que escucharemos los argumentos de la curia (la escena del debate teológico sobre la conveniencia o inmoralidad del deseo regio es antológica) y en la que escucharemos las opiniones del Valido y del Gran Inquisidor, las palabras perplejas o ansiosas de la reina o los balbuceos casi adolescentes del pusilánime monarca, a quienes demasiados personajes manejan como si de un prisionero, un débil mental o un niño se tratara.
Muy notables resultan las escenas descriptivas sobre ambientes cortesanos, usos gastronómicos, vestimentas y protocolos sociales, que muestran no sólo la intensa labor del ferrolano a la hora de documentarse sino también la fina manera en que conjuga esos materiales para construir narrativamente su historia, dando siempre prioridad a la parte artística sobre la histórica o ensayística.
Nos encontramos, pues, ante una novela de gran valor como documento sociológico y que, sin constituir una de las narraciones mayores de Gonzalo Torrente Ballester, permite una lectura agradable, en la cual quedan reflejadas las amarguras y frustraciones que un pensamiento religioso intolerante, absurdo y casposo puede generar en sus adeptos.

lunes, 16 de octubre de 2017

La relatividad del error



Me leo un libro de Isaac Asimov que se titula La relatividad del error (RBA Editores, Barcelona, 1994). Admito que algunas de las cosas que este científico explica no consigo entenderlas, porque mi preparación en estos terrenos del saber es más bien escasa. Pero como tengo curiosidad por acercarme a todo (bueno, tampoco me pasaré de pedante: a muchas cosas), creo que seguiré en esta línea de trabajo. De la parte “científica”, diré que me han llamado la atención varias cosas: la demostración de que la luna no tiene nada que ver en el ciclo menstrual de las mujeres (yo creía que sí, por informes leídos en revistas de divulgación); tener noticia de que el primer “marcador radiactivo” se utilizó por parte del químico húngaro Hevesy para descubrir si su patrona usaba restos de comida de unos días para servírselos en otros; que la velocidad de la luz no es (como me enseñaron en el instituto) un máximo insuperable; etc.
Pero me han llamado más la atención todavía las petulancias (no diré que estén injustificadas, pero sí que resultan chocantes) de Asimov. En general, éstas se desprenden de todas las “introducciones” que realiza para los distintos capítulos del libro; pero en ocasiones, hay frases sorprendentes por su soberbia. Así, tras proponer algunos vocablos científicos nuevos (en la página 138), afirma que ojalá los demás astrónomos adoptaran dichos términos, por ser una “propuesta eminentemente inteligente”. Otras veces, la jactancia se disfraza de humor... pero sigue siendo jactancia, indudablemente: “Ni siquiera un tonto lo es hasta el punto de que quiera renunciar a uno de mis libros cuando lo tiene en sus manos” (página 34). Supongo que son ínfulas que harían sonreír formuladas por otros, pero que se pueden perdonar a alguien como Isaac Asimov.

“Cuanto más sé, más plena es mi vida y mejor aprecio mi propia existencia”. “En mi opinión las mujeres han sido creadas para que las besen”. “La seudociencia de la astrología, que todavía impresiona a personas poco cultas (es decir, a la mayoría de la humanidad)”.