lunes, 12 de octubre de 2026

Odisea


 

Sería difícil, después de haberla leído un par de veces, de haber visto una docena de películas que giraban alrededor de esta historia, de haberla explicado (creo que con mucho fervor) durante mis años como profesor de Literatura Universal y de haber contemplado infinidad de cuadros que reflejaban escenas suyas, anotar algo medianamente original sobre la Odisea del misterioso (y tal vez inexistente) Homero. Ni siquiera lo intentaré. Tampoco recurriré a la opción de señalar mis aventuras favoritas: cómo elegir entre los horrores de la cueva de Polifemo y las delicias brujas de Circe, cómo decantarse entre las sirenas y Euriclea, cómo desdeñar a Alcínoo en favor de Eumeo. Resulta imposible, al menos para mí. Todos componen el mecanismo eterno de esta protonovela magistral, asombrosa y clarividente, para elevarla hasta el cielo de la inmortalidad literaria. Ni una sola ruedecilla o tornillo sobra en un reloj bien hecho; tampoco aquí.

Acudiré entonces a los detalles, que cito por la traducción de José Luis Calvo: la irritación por la servidumbre que imponen ciertas funciones corporales (“No hay cosa más inoportuna que el maldito estómago, que nos incita por fuerza a acordarnos de él”, VII); un cierto desdén por el segmento juvenil de la sociedad (“Con frecuencia los jóvenes son sandios”, VII); el elogio de la amistad auténtica (“No es inferior a un hermano el amigo que tiene pensamientos discretos”, VIII); el horror ante la posibilidad de morir por falta de alimentos (“Todas las clases de muerte son odiosas para los desgraciados mortales, pero lo más lamentable es morir de hambre”, XII); la convicción de que los seres humanos no somos, de ninguna forma, la especie superior que juzgamos ser (“Nada cría la tierra más endeble que el hombre de cuantos seres respiran y caminan por ella”, XVIII).

Una obra para disfrutar y para aprender. Para asombrarnos con la perfección de una literatura tan antigua. Para seguirnos preguntando quién fue (o quiénes fueron) Homero. Egregia.

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