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lunes, 13 de julio de 2026

El gran gigante bonachón


 

Siempre me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial, que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.

Roald Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que, descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza, ¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.

Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.

martes, 17 de febrero de 2026

Charlie y la fábrica de chocolate

 


No voy a resultar excesivamente original, me temo, si afirmo que leer por las noches para mi hijo pequeño Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl (en la traducción de Verónica Head y con ilustraciones de Quentin Blake), ha sido una auténtica gozada. Él siempre me pedía un par de páginas más y yo, fingiendo que estaba cansado, pero claudicando al fin, siempre saciaba su deseo. Además, mi lectura ha sido bastante virginal, porque no he visto la versión cinematográfica que protagonizó Johnny Depp. Tampoco conocía, salvo a grandes rasgos, el argumento de la historia.

Me gusta la imaginación desatada del escritor británico. Me gusta la forma en que sabe envolver a sus jóvenes lectores (y a mí, que no lo soy tanto) con su fantasía y con su lenguaje. Y me gusta su constante apología de la letra impresa frente a la grisura de la mala educación, el consumismo y los excesos de pantallas, que él condensa en la televisión, aunque probablemente hoy lo haría en los ordenadores y en las tabletas (no en las de masticar, sino en las que mastican el cerebro de sus usuarios). Habrá quien sonría, considerando que la forma de ver las cosas de Roald Dahl es ingenua, arcaica o directamente fósil, porque todo apunta a que el futuro está en la hiperconectividad. Es posible. Desde luego, eso es lo que han decidido quienes se han hecho milmillonarios con el embobamiento digital de las masas. Pero mi hijo ha escuchado la historia con ojos llenos de fascinación, y me ha hecho saber su disconformidad con algunos puntos de la historia. Por ejemplo, que el señor Wonka tome la decisión de destrozar la casa de los Bucket y llevarse, velis nolis, a sus ocupantes. Mi Jorge me ha dicho que ahí se ha pasado, porque les podía haber preguntado qué querían ellos; y, si tan seguro estaba de que su propuesta era la mejor, debería convencerlos con su discurso, no irrumpiendo por el techo en su hogar, que queda destruido. “La casa era suya, papi. Y seguro que les gustaba. Les podía haber preguntado”. Tal vez no todo esté perdido, mientras nuestros hijos piensen así. Léanla. O, mejor, léansela en voz alta a un niño.

lunes, 27 de noviembre de 2023

La cata

 


Parece una simple cena que se celebra en una lujosa mansión de Londres, pero hay algo más latiendo al fondo. El anfitrión, Mike Schofield, se ha propuesto retar a uno de sus invitados (Richard Pratt) con una apuesta para ver si logra identificar un vino exclusivo y minoritario que guarda en su casa. Son ya varias las ocasiones en las que ha intentado vencerle, poniendo en su copa un caldo rarísimo, mas nunca lo ha logrado: Pratt siempre acierta con la procedencia y con la añada. Esta noche, con la presencia del narrador y su esposa, que actúan como testigos de la insólita apuesta, Mike Schofield se siente tan seguro de vencer que acepta las condiciones surrealistas y draconianas que Pratt estipula: si pierde, cederá al dueño del vino la propiedad de sus dos casas; si gana, el otro le concederá la mano de su hermosa hija Louise. Al principio, todos vacilan, entre la sonrisa nerviosa y la indignación, porque consideran que se trata de algún tipo de broma absurda y machista… hasta que queda claro que la apuesta es firme. Schofield, consciente de la rareza de su vino y completamente seguro de salir victorioso, presiona a su mujer y su hija para que acepten. Y lo hacen.

En esta narración, que Roald Dahl construye con los ladrillos de la perplejidad y con el cemento del humor, asistimos a un crescendo tan sutil como imparable: ¿cuál de los dos contendientes se alzará con el triunfo en este combate de gallos engreídos? ¿El anfitrión, que se jacta de su condición de nuevo rico y que pretende epatar a su invitado? ¿O tal vez lo haga este último, cuyo paladar es tan afilado como su arrogancia? Descúbranlo ustedes leyendo la obra.

martes, 19 de octubre de 2021

La conquista de la felicidad


No se puede decir con más exactitud: La conquista de la felicidad. Es la fórmula que Bertrand Russell esmaltó para explicarnos que la dicha no es una sensación que se obtenga por casualidad o por graciosa dádiva de los dioses, sino que es un fruto que se obtiene, en buena parte, gracias al esfuerzo y la predisposición del ser humano, que debe concentrarse para obtenerla. Obviamente, el profesor Russell se apresura a precisar que está refiriéndose a personas normales, con una salud normal y con unas circunstancias económicas normales. Es decir, el ciudadano medio, con una salud media y con unos ingresos medios. La persona golpeada por la ELA, erosionada por el desempleo pertinaz o sometida a la esclavitud no tendrá tan sencillo (o le resultará imposible) acceder al disfrute de esa felicidad. Pero los demás, sí. Será suficiente con despejar nuestro ánimo de escorias innecesarias, de pensamientos estúpidos o dañinos, de ambiciones frustrantes o de círculos viciosos que tan sólo sirven para hundirnos en la autocompasión.

Para conseguir avanzar en ese camino, deberemos evitar las soluciones rápidas, que solamente nos ofrecen una tregua de evidente falsedad (“La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad”); y también deberemos asumir que, aunque parezca una paradoja, “una parte indispensable de la felicidad es carecer de algunas de las cosas que se desean”, porque eso nos estimula a seguir soñando y persiguiéndolas con ilusión.

¿Y qué indica Russell acerca del éxito? ¿Es razonable buscarlo de forma obsesiva? ¿Constituye una garantía de gozo? En su opinión, se trata tan sólo de un mero ingrediente de la felicidad, pero en seguida añade que “saldrá muy caro si para obtenerlo se sacrifican los demás ingredientes”. Y nos explicará que “el problema nace de la filosofía de la vida que todos han recibido, según la cual la vida es una contienda, una competición, en la que solo el vencedor merece respeto”. Porque es que, además (y el juicio de Russell se vuelve casi profético), “no es solo el trabajo lo que ha quedado envenenado por la filosofía de la competencia; igualmente envenenado ha quedado el ocio. El tipo de ocio tranquilo y restaurador de los nervios se considera aburrido. Tiene que haber una continua aceleración, cuyo desenlace natural serán las drogas y el colapso”.

Reflexiones igual de brillantes y de intensas le dedica al papel de la envidia, de la ansiedad, del pecado (“que atenta contra el respeto a uno mismo”), de la opinión pública (“No tiene sentido burlarse deliberadamente de la opinión pública; eso es seguir bajo su dominio, aunque de un modo retorcido. Pero ser auténticamente indiferente a ella es una fuerza y una fuente de felicidad”), del ego (“Un ego demasiado fuerte es una prisión de la que el hombre debe escapar si quiere disfrutar plenamente del mundo”), del mundo laboral (“El hombre que se avergüenza de su trabajo difícilmente podrá respetarse a sí mismo”) o de la curiosidad por aprender (“Desaprovechar las oportunidades de conocimiento, por imperfectas que sean, es como ir al teatro y no escuchar la obra. El mundo está lleno de cosas, cosas trágicas o cómicas, heroicas, extravagantes o sorprendentes, y los que no encuentran interés en el espectáculo están renunciando a uno de los privilegios que nos ofrece la vida”).

Un libro denso, inteligente, razonado y razonable, lleno de ideas luminosas, que he leído con auténtica admiración.

sábado, 22 de mayo de 2021

Con distinta piel

 


Intento adentrarme en una novela de Dylan Thomas que se titula Con distinta piel; y reconozco que la experiencia me resulta empinada y ardua. El escritor nos pone aquí ante los ojos la delirante aventura londinense de Samuel Bennett, un chico de unos veinte años que se va de su casa y comienza a vivir un conjunto de experiencias anonadantes: conversaciones anómalas con gentes desconocidas, un dedo que se le queda incrustado en el cuello de una botella, una borrachera con agua de colonia, un paseo enloquecido bajo la lluvia, la expulsión ignominiosa de un antro en el que todos beben y bailan como si hubieran perdido la cabeza, etc.

Y al final, cuando he cerrado el volumen, me he encogido de hombros y no he sabido exactamente qué decir de la obra. Puede ser que el defecto sea mío: no me atrevería a descartarlo como posibilidad. Pero lo cierto es que no he conseguido hacerme con los “resortes psicológicos” del narrador ni de sus personajes; y eso me ha llevado a no encontrar demasiadas felicidades en la experiencia lectora. El ambiente de alucinación en el que todos parecen chapotear se me ha figurado del todo punto impenetrable. Hay un instante en que se lee esta frase en el libro: “Deben de estar pasando cosas en todas partes, excepto donde uno está”. Así me he sentido yo en la novela.

No sé si probaré con otra obra de este autor.

jueves, 28 de enero de 2021

Relatos de lo inesperado

 


Termino un libro de cuentos de Roald Dahl que se titula Relatos de lo inesperado, que traducen Carmelina Payá y Antonio Samons para el sello Anagrama. Por regla general, el escritor de Llandaff me suele gustar mucho, pero esta vez reconozco que el entusiasmo que me ha provocado ha sido menor. Es una colección de historias que, utilizando la mecánica de la sorpresa final, obtiene resultados de aceptable interés, aunque no han llegado a seducirme. Mi preferida, sin lugar a dudas, ha sido “William y Mary”, que nos habla de un hombre despótico al que tras su muerte le extraen el cerebro, que mantienen vivo mediante conexiones… y del que su mujer, ahora, se va a vengar teniéndolo de esa humillante forma en casa, metido dentro de una cubeta. Ese despliegue de humor cruel, marca de la casa, sí que ha provocado mi sonrisa y mi aplauso. El resto, como digo, lo juzgo más discreto, menos espectacular.

También me ha hecho sonreír el párrafo que a continuación anoto: “No me importa que una mujer sea guapa, eso es diferente, pero un hombre… lo siento, pero me parece ofensivo”.

Por supuestísimo, volveré a Dahl dentro de poco, bien sea leyéndolo para mis hijos pequeños, bien degustándolo a solas.

domingo, 20 de septiembre de 2020

Cuentos en verso para niños perversos

 


Después de varios libros suyos leídos en las últimas dos décadas (Las brujas, Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda), ya tenía ganas de incluir a Roald Dahl en este Librario, por motivos literarios y también por motivos de gratitud emocional. Y la ocasión ha llegado cuando mis hijos pequeños me han pedido que les lea por las noches estos Cuentos en verso para niños perversos, que publica el sello Alfaguara con ilustraciones de Quentin Blake y traducidos por Miguel Azaola (sin duda, buena parte del mérito de estos relatos hay que atribuírsela a él, feliz conversor de ritmos y rimas).

En las páginas que el escritor galés nos propone nos encontramos con variantes muy graciosas y significativas de las historias tradicionales que nos contaron o leímos en nuestra propia infancia, y que ahora quedan adornadas con pinceladas asombrosas. Así, Cenicienta optará por no quedarse con el príncipe (demasiado veleidoso y violento) y se terminará casando con un fabricante de mermeladas; Juan descubrirá en el cuento de las habichuelas mágicas que la higiene corporal tiene una enorme importancia para sobrevivir; Blancanieves, tras robar el espejo de su malvada madrastra, conseguirá hacerse multimillonaria usándolo para apostar en las carreras; y Caperucita comprobará lo calentita que se puede ir por el bosque tras usar la piel del lobo para hacerse un mullido abrigo.

Versiones gamberras, desinhibidas y pizpiretas que, utilizando el núcleo temático original, imprime un sello sorprendente a media docena de relatos clásicos. Los niños, puedo garantizarlo, se divierten mucho con estas propuestas.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Satán en los suburbios




Acabo un libro de relatos de Bertrand Russell, que me traduce Luis Conde Vélez y que me ha entretenido durante unas horas: Satán en los suburbios (Luis de Caralt, Barcelona, 1964). La obra no es un prodigio narrativo (al gran pensador y gran ensayista que era Russell no tenía por qué dársele igual de bien la confección de cuentos), pero lo he leído con agrado.
Encuentro que en este volumen están muy bien la amenidad de “El beneficio de la clerecía”, el oscurantismo infantil de “Las ordalías corsas de la señorita X” o la brillantemente descrita conjura de silencio en “Los guardianes del Parnaso”. Pero sin duda lo que más me ha gustado ha sido “Satán en los suburbios”, que da título al tomo, por la inquietante personalidad del doctor Mallako, sugestionador e inductor de acciones que los más ejecutan libremente. Es verdad que el Diablo es el Tentador, pero nunca he tenido muy claro que eso fuera una culpabilidad: más bien se me antoja el desvío comodón de las ajenas.
Después de haber leído algunas obras que pertenecen a la “parte intelectual” de Russell quería conocer también las otras, como la puramente literaria. Y creo que la exploración no ha sido decepcionante.

martes, 13 de enero de 2015

El devorador de calabazas



Somos náufragos que lloran, animales perdidos en la selva, naipes erosionados por el viento. La joven señora Armitage lo va a ir descubriendo poco a poco, con nitidez y certidumbre de navajazo. Su vida es tan peculiar como insatisfactoria: en su infancia se enamoró primero de su tío Ted y más tarde del hijo del clérigo local; su amiga Ireen resultaba tan coqueta que se atrevió incluso a mostrarse melosa con su padre; y ella misma, cuando todavía no ha llegado a los dieciséis años y se siente especialmente sola, llama una tarde por teléfono al señor Simpkin (un hombre bajito, grueso y alopécico, amigo de su padre) y se cita con él para ser besada y manoseada a las afueras del pueblo, en un lugar llamado Sam’s Lane. Más tarde, la muchacha iniciará su particular odisea genésica, que la llevará a tener hijos compulsivamente con varios hombres, hasta que estabiliza su vida (o eso cree) junto a Jake, un guionista de cine que goza de poco éxito. Mrs. Armitage tiene muy claro cuál es su máximo objetivo (“Quiero encontrar el modo de ser feliz, sea cual sea”), pero ignora por qué senderos se llega a ese presunto estadio de felicidad.
Cuando las tornas profesionales cambian y la fortuna comienza a sonreír a Jake Armitage, la vida del matrimonio empezará a sufrir las terribles erosiones de la infidelidad. Un día, después de abrir en un instante de flaqueza y de aburrimiento una carta dirigida a su marido, descubre que éste se ha estado acostando en su propia casa con una muchacha llamada Philpot; y que actualmente lo hace en un hotel con Beth Conway, esposa de su amigo Bob. Y el mundo, de un modo súbito, inevitable y cruel, se tambaleará ante sus ojos. Ya no sabe en qué creer. Ya no sabe qué sentir. Ya no sabe dónde encontrar la paz o en qué refugio cobijarse. La torre que edificaron con el dinero derivado del éxito le sirve ahora para esconderse del mundo y de sí misma, en una ceremonia que tiene más de tregua que de solución. Ni siquiera su exmarido Giles (que la acoge en su casa durante unos días y que la escucha con paciencia y con amor) puede servirle para encontrar las respuestas que tanto necesita. En esa búsqueda llena de lágrimas, la señora Armitage está sola y lo sabe, lo que no resta ni un ápice de dolor a su estado. “No se aprende nada (deduce entre las páginas 179 y 180) lastimando a los demás; sólo aprendes cuando te lastiman a ti”.
Dueña de un estilo sorprendente, lírico y engarzado sobre frases cortas, la galesa Penelope Mortimer trasvasa a esta novela con gran amargura algunas experiencias personales que sin duda la marcaron profundamente (fue madre de seis hijos con cuatro esposos distintos; asistió a un psicoanalista para intentar resolver sus problemas; se esterilizó, sin saber que su marido tenía una amante, a la que terminó dejando embarazada; acarició la idea del suicidio). Y sorprende que tuviera fuerzas para enajenarse de un modo tan eficaz y literario. De hecho, las imágenes que pueblan la novela exhiben un vigor inaudito: nos dice nuestra narradora que se siente pequeña y perdida “como un pedazo de algodón atrapado en una rama, un fragmento de porcelana en la hierba”; o nos explica que tras descolgar el teléfono “el auricular yacía como un feto deforme sobre la mesa”; o desliza sentencias que sólo una mujer podría escribir sin recibir más tarde una descarga de fusilería, y que serían impronunciables con los términos cambiados (“Un hombre tiene que estar borracho o loco o desequilibrado por el talento para comportarse como una mujer”).

Esta obra, traducida por Magdalena Palmer para el sello Impedimenta, que dirige con sabiduría Enrique Redel, constituye un documento impagable sobre la condición humana, sobre el desconcierto que nos sobrecoge cuando nos descubrimos traicionados y sobre los dolores que se llevan escondidos para siempre en el corazón.