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miércoles, 14 de mayo de 2025

Extrañas parejas

 


Poco después de recibir el premio Cervantes, Cristina Peri Rossi publicó el libro de relatos Extrañas parejas, donde construye con personajes reales unos cuentos (más bien viñetas) que exponen situaciones imaginadas. Son historias bastante breves (pese a la generosa tipografía el volumen no alcanza las noventa páginas) en las que descubrimos cómo discuten y se aman Katherine Hepburn y Spencer Tracy; cómo Lewis Carroll recibe a una ya adulta Alicia Liddell, ante la que tartamudea; cómo un chico que acude al cine se enamora instantáneamente de Vivien Leigh, tras verla en la película Lo que el viento se llevó; cómo Marilyn Monroe mantiene un tórrido episodio sexual con Yves Montand; o cómo Cary Grant y Randolph Scott se citan y se besan en un local nocturno, por última vez.

Vale.

Un libro correcto.

viernes, 7 de enero de 2022

Julio Cortázar y Cris

 


Sólo faltaría que a un libro-cronopio, a un libro-Cris, le hiciera yo una reseña seria y erudita. Jamás de los jamases. Creo que Julio (allá donde esté) y la propia Cristina (acá donde esté) me iban a mandar a la soberana mierda, mientras de fondo se deshilachaba el humo de sus cigarros por encima de un disco de Ray Charles. O sea, que no. Lo único importante es que en estas páginas la uruguaya le habla al argentino, y atiende a sus respuestas, y yo los escucho a ambos, y ahora ustedes (amables) me escuchan a mí. De esa forma, dale nomás. Si ustedes se adentran como he hecho yo en el libro podrán descubrir que a ambos les chiflaba escribir cartas; que ambos sentían adoración por los dinosaurios; que Julio no murió de cáncer (como tan aplicadamente se ha dicho), sino de otra dolencia mucho más moderna; que disfrutaban como niños con los dibujos siempre cambiantes de los caleidoscopios (“caleidoscopio” rima con “cronopio”); que Cris lo acompañaba a El Corte Inglés para que él se comprase polos nada fáciles de encontrar (recordemos que Julio medía casi dos metros)… Y luego, claro está, las divergencias: boxeo (él), fútbol (ella), historias de vampiros (él)… Pero entre esas burbujas privadas también existía comunicación, diálogo, porque años y años de amistad consiguen que se borren muchas fronteras: incluso la frontera entre la vida y la muerte, que nunca pudo destruir el vínculo que los unía.

Un vínculo que jamás se alimentó de mostraciones espectaculares (Cristina Peri Rossi inicia el libro escribiendo una docena de palabras de aspecto duro: “No fui al entierro de Julio Cortázar. No estoy en la foto”), sino de llamadas telefónicas, postales y charlas envueltas en el humo del tabaco. La escritora uruguaya explica también que no quiso entregar las cartas cortazarianas que conservaba para que Jaime Alazraki (que además le cayó mal cuando lo conoció) las incorporase a los tomos de correspondencia que andaba recopilando con Saúl Yurkievich. El nexo entre Julio y Cris (un nexo de jazz, ópera, tardes de playa, cafés compartidos, confidencias amorosas y lecturas comunes) no podía traducirse en un homenaje serio, universitario, rígido y con notas a pie de página, sino en este arco iris de sonrisas, revelaciones (quizá la más sorprendente es que Cortázar murió de sida, tras haber recibido sangre contaminada en una transfusión), guiños cómplices y añoranza perpetua.

Por eso Julio Cortázar y Cris es una obra tan hermosa, tan viva, tan inolvidable, tan corazón, tan cigarrillo, tan amor imposible, tan Barcelona, tan siempre.

sábado, 18 de abril de 2020

Indicios pánicos




Para quien sabe mirar, la realidad es un documento inapelable, que nos entra por los ojos y nos deja su huella. Pero, en palabras de la uruguaya Cristina Peri Rossi, “la realidad es un palimpsesto que a veces por pereza, otras por cobardía, comodidad o torpeza hemos leído de manera superficial” (p.10). Y ahí es donde comienza a actuar el intelecto, que registra e interpreta los “indicios” que observa a su alrededor, esas señales que dan a conocer lo oculto. Ella, contemplando y traduciendo lo que veía en su país de origen, observó la lenta pero inexorable gestación del horror totalitario, que se manifestaba en la multiplicación de leyes restrictivas, en la creciente presencia policial y militar en las calles, en el miedo que comenzaba a colonizar los corazones de sus compatriotas, en la censura… Y decidió consignarlo en un libro lleno de símbolos, dobles sentidos, humor triste, espíritu notarial y amargura, que entregó a la imprenta con el nombre de Indicios pánicos.
Poco a poco, mientras caminamos por sus páginas, encontramos estudiantes que se enfrentan a los soldados del Estado represor lanzándoles hojas de árboles; países donde se fomenta la desaparición de los viejos, por ser gravosos desde el punto de vista económico; personas que se dedican durante años a mirarse la suela del zapato o acariciar estatuas; bloques de apartamentos en cuyo interior crece el árbol que el constructor, amante de la naturaleza, se negó a arrancar en su día; sentadas nudistas que se resuelven a tiros; emboscadas nocturnas que unos pájaros perpetran sobre los incautos paseantes; miembros de las fuerzas armadas a quienes se les dispara accidentalmente el arma por un tropezón cada vez que hay una huelga o se manifiesta la gente ante ellos; hombres que deciden encamarse y que son considerados peligrosos agentes subversivos… La mirada tristemente irónica, tristemente meticulosa, tristemente lúcida de Cristina Peri Rossi se despliega aquí con una contundencia plausible y nos entrega un volumen memorable y distinto.

viernes, 2 de agosto de 2019

Cosmoagonías




Concluyo un libro que comencé hace tres o cuatro meses y que dejé a medias por otras lecturas. Se trata de Cosmoagonías, de la uruguaya Cristina Peri Rossi (Laia, 1989), cuyo magnífico título esconde algunos relatos buenos, y también otros relatos que se me antojan menos notables. No sé. No termino de “ver” este libro como una obra cuajada. Se aprecian maneras, destellos, apuntes, pero falta algo que le dé cohesión y organismo al conjunto; hay (o yo percibo) demasiadas fisuras, en un tomo que debería haber quedado esférico, habida cuenta de la brillantez de su autora.
Me parecen muy conseguidos “El club de los amnésicos”, “Te adoro” y “El centinela”, así como párrafos sueltos de los demás relatos. Suficiente como para seguir insistiendo con esta narradora.
Cómo no insistir en los libros de alguien que habla así del amor (“Un amnésico enamorado no reconoce, sino que cada vez debe empezar por conocer. Todos los días se asombra de las mismas cosas, ya que las olvidó, y el color de la piel de la mujer que ama es una incógnita sostenida por su imaginación (es decir, por su memoria) que las diferentes luces del día y de la noche descubren cada vez, para hundir, luego, en el pozo abismal de la amnesia”), del lenguaje (“El lenguaje es de los que mandan”) o de los milagros (“Las revelaciones deben merecerse”).

sábado, 10 de febrero de 2018

Todo lo que no te pude decir



En las relaciones humanas no todo se puede decir. Siempre queda (tiene que quedar) un fondo oscuro, clausurado, estanco; una bodega a la que no dejamos acceder a las demás personas, porque intuimos que en ella encontrarían detalles de nosotros que las defraudarían o espantarían. Y esta verdad psicológica alcanza mucha mayor intensidad en las relaciones amorosas, allí donde hay secretos que no constituyen mentira sino protección, y silencios que se erigen en fortalezas dentro de las cuales vivir o sobrevivir.
La hispanouruguaya Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) nos propone en su último libro, Todo lo que no te pude decir, una reflexión pulposa sobre ese tipo de relaciones en las que encontraremos mil detalles asombrosos: tatuajes cuyo origen resulta tan doloroso para su propietaria que se niega a explicarlos; inclinaciones sexuales que los demás contemplarán con espanto, pero que los protagonistas sienten latir en sus corazones y en sus cuerpos; mulatas que saben de tratos sentimentales para sobrevivir y protegerse de la soledad; mujeres que huyen de militares violadores y que buscan en puertos lejanos un espacio donde habitar la luz de otra forma; o cuidadores del zoo que se ven implicados en una relación erótica con una mona. En todas las narraciones que conforman el volumen se aprecian hilos, suturas, engarces que los unen entre sí, formando una malla que los asemeja a una estructura híbrida entre los cuentos y la novela, tan rica como poliédrica.
En ese tejido (que, siguiendo la idea del caravaqueño Miguel Espinosa, podríamos llamar “libro”, sin necesidad de más etiquetas) nos encontraremos con Suárez, el investigador en psicología de primates; con el comisario Fonseca, divorciado y a punto de jubilarse; con la prostituta Silvia, tan hermosa como enigmática; con Laura, que se enamora tumultuosamente y que quiere desentrañar todos los detalles sobre el pasado de la persona amada; con Flor, una isleña cuya capacidad de seducción está ligada a su inteligencia, y no tanto a su cuerpo; o a la psicóloga “madura, más bien fornida y con gafas de miope” que atiende a un personaje en las páginas finales del volumen, que tratará de sanarlo de sus obsesiones.
Cristina Peri Rossi, elegante, eficaz, habilidosa, consigue que todas las historias contenidas en este trabajo (en las cuales siempre existe un desequilibro evidente entre las partes de la pareja) encajen y se completen, hasta formar una red de enorme intensidad y de notable belleza.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Los amores equivocados



Uruguaya y española y poeta y pareja de Julio Cortázar y cuentista y traducida a más de veinte idiomas y novelista y premio Loewe, Cristina Peri Rossi ultimó en 2015 este glorioso volumen, Los amores equivocados, que el sello palentino Menoscuarto tuvo el buen juicio de editar.
En él descubrimos once relatos magistrales donde adentramos la mirada en un buen número de situaciones de la vida cotidiana, dominadas por relaciones sentimentales o eróticas llenas de ternura, dolor o bifurcaciones dolorosas: un camionero que recoge a una joven autoestopista y que, tras enterarse de que la muchacha quiere encontrar trabajo en un club de alterne, deberá afrontar una petición de lo más embarazosa (“Ironside”); una historia de fidelidad, idealismo y ciertos toques de ficción, que se desarrolla entre Montevideo y Barcelona (“Los amores equivocados”); un recién divorciado que debe afrontar un encuentro sexual con una enfermera (“Todo iba bien”); una traductora de 38 años que recoge, en medio del aguacero, a una muchacha de 19 que va a revolucionarle la vida (“De noche, la lluvia”); la deliciosa pero inestable relación que mantiene un psicólogo de 43 años con un hermoso chico de 17, que condiciona su forma de ver y sentir el mundo y que afectará incluso al ejercicio de su labor profesional (“Ne me quitte pas”); o la absorbente muchacha que dará un vuelco a la vida de una profesora universitaria cuya pareja, Elvira, se encuentra de viaje (“La escala Lota”).

El amor y el sexo, con sus tentáculos de hierro y azúcar, abrazarán a todos los protagonistas de estos magníficos relatos para convertirlos en seres vulnerables, ajenos a la estabilidad o la calma. Quizá porque el amor es un rayo que te parte los huesos y te esta estaqueado en la mitad del patio, como dijo el propio Julio Cortázar en Rayuela. Quizá porque el amor es una aventura sin coordenadas estables. Quizá porque en el sexo no hay brújulas. Quizá porque somos seres humanos, tan sólo seres humanos, y tenemos miedo, y frío, y ganas de amar y de ser abrazados.