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viernes, 3 de noviembre de 2023

Solo humo

 


Una venganza extensa, laboriosa y acre. Una reflexión sobre los límites (si es que existen y pueden ser discernidos o fijados) entre la realidad y la ficción. Una mirada inquisitiva sobre los misteriosos laberintos del alma humana (donde prosperan el amor, el desconcierto, las ilusiones y la zozobra). Todo eso, y posiblemente mucho más, palpita dentro de la novela Solo humo, que el sello Alfaguara le publicó a Juan José Millás en marzo de este año.

El punto de arranque es muy sencillo: el mismo día en que cumple los dieciocho, Carlos recibe la noticia de que su padre (quien abandonó a la familia nada más tenerlo) acaba de morir en un accidente de moto, dejándole como herencia su piso y una mediana cantidad de dinero. Al instalarse en ese nuevo hogar, el chico descubre a Amelia, la vecina de la que su progenitor estaba secretamente enamorado y con la que soñó tener una hija (Macarena) que murió al cumplir los diez años. Por un impulso tan irrefrenable como edípico, el muchacho se acerca cada vez más a Amelia.

El punto de cierre es también muy sencillo: Carlos y Amelia están juntos, tienen una hija de diez años llamada Macarena y ven morir en su salón, sin poder prestarle ningún tipo de ayuda, a Ignacio, el agradable vecino con el que mantienen una cordialísima relación.

En medio de ambas secuencias, el mago Juan José Millás nos deja observaciones memorables (“Para que nazca cualquier persona han de producirse coincidencias asombrosas y el mundo, sin embargo, está lleno de personas. La realidad es el resultado de la casualidad”); un libro de los hermanos Grimm, muy manoseado y polivalente, que permite a Carlos contactar con el espíritu de su padre; un azulejo del cuarto de baño que cubre el hueco donde vive un ser sobrenatural; y, sobre todo, una mirada fantástica y deslumbrante sobre nuestro vivir cotidiano, que le descubre el envés, las costuras, lo otro.

“Engañosamente ligera”, dice la contraportada. En efecto. También podríamos etiquetarla de “prodigiosamente engañosa”, de gorgojo o de bisturí. Por Dios santo y bendito: es una novela de Juan José Millás. ¿Cómo podíamos esperar algo menor?

Léanla.

viernes, 11 de noviembre de 2022

Números pares, impares e idiotas

 


Creo que Juan José Millás necesita pocas presentaciones para el público lector de España (ha obtenido premios como el Nadal, el Primavera, el Planeta o el Nacional de Literatura), pero quizá resulte menos conocido en su vertiente de escritor para niños. De hecho, la obra que hoy traigo al blog está recomendada por la editorial SM para lectores a partir de 8 años, está ilustrada por el gran dibujante y humorista Forges y lleva por título Números pares, impares e idiotas. Son 237 páginas de puro deleite, en las que el escritor valenciano juega con pequeñas historias divertidas, didácticas, que se construyen sobre el mundo de los números, pero que extienden sus metáforas a otros ámbitos de la vida.

Por ejemplo, las tribulaciones humildes del pobre número 0, que está harto de su insignificancia y trata de reivindicarse; o las ocasiones en que el número 5 se sitúa frente a un espejo para descubrir su auténtica identidad; o el esfuerzo ambicioso del número 2, que se duplica incesantemente porque jamás se considera lo bastante importante; o los estudios universitarios que pretende cursar el número 1 para progresar en la vida; o la triste situación que acongoja al pequeño 8, que sufre el engaño y el secuestro de un matemático, quien experimenta con él drogándolo con “ochocolate”; o la delicada experiencia que vive un matrimonio de números cuando le nace un hijo especial, y el médico dictamina que será un discapacitado, sin calibrar la evidencia de que “no hay números discapacitados, sino diferentes” (p.190).

Mis dos narraciones favoritas son “El 4 mutilado” (donde se reflexiona sobre la intransigencia y la marginación) y “Los números árabes” (en cuyas páginas Juan José Millás nos invita a reflexionar sobre la estupidez que comporta habitualmente la palabra “extranjero”).

Pongan este libro en manos de sus hijos. Y léanlo con ellos, explicándoles aquello que no entiendan. Todos saldrán ganando.

viernes, 11 de noviembre de 2016

El ojo de la cerradura



El valenciano Juan José Millás es, aparte de un novelista respetado y que ha obtenido multitud de premios por sus producciones (el Nadal, el Primavera, etc), un articulista brillante, eficaz e irónico, en el que chisporrotean docenas de imágenes memorables, adjetivos majestuosos, enfoques únicos y remates dignos de grabarse en mármol.
En El ojo de la cerradura se apresta a comentar, utilizando su inconfundible estilo, lleno de humor negro, inteligencia y cultura, un manojo de fotografías sobre las que aplica su mirada de observador agudo. Comentar estas páginas sin tenerlas delante constituye, desde luego, un atrevimiento, porque palabras e imágenes se funden en este libro para crear territorios inesperados, fogonazos de luz y bofetadas de asco. Así, cuando vemos, por ejemplo, a una serie de iraquíes (entre los que hay incluido un niño) atados y con los ojos vendados, que permanecen en cuclillas, ironiza con tristeza sobre la superioridad moral de los occidentales, que peinamos bien a los niños para este tipo de imágenes. O cuando nos coloca ante los ojos la imagen de una mujer que ha pasado por una clínica de cirugía estética y que muestra un escote esplendoroso y turgente, aclara que durante su niñez pensaba que los senos de las mujeres eran totalmente redondos, y que el descubrimiento de los pezones le produjo, años después, vértigo. La frase con la que completa el párrafo es estupenda: “Emocionalmente estoy en contra del pezón, pero racionalmente apoyo su existencia”. O cuando nos hace tragar saliva con la columna La maleta es un cuerpo, protagonizada por una anciana que tiene que abandonar su hogar tras el derrumbe del mismo. O cuando lamenta que nunca sea el momento oportuno (vaya por Dios) para retirar los símbolos franquistas de las calles españolas. O cuando...
Podría multiplicar los ejemplos y seguiría sin dar ni siquiera un pálido reflejo de lo que este volumen contiene, porque en todas sus páginas aletean el ingenio, la acerada exactitud de su ironía o el fulgor estilístico de un prosista excelso. Dense el gusto de disfrutar con esta obra y luego me cuentan.

jueves, 9 de julio de 2009

Los objetos nos llaman



Sería injusto, a estas alturas de su trayectoria, pretender dar un retrato literario de Juan José Millás, así que me ahorraré la pedantería. A la torre Eiffel o a la Estatua de la Libertad no es necesario explicarlas. Pero lo que no omitiré será la anotación de un hecho que juzgo incontestable: Millás cada vez escribe mejor. Y no se trata tan sólo de una cuestión estilística, o temática, o estructural. Es el hecho de haber accedido a un dificilísimo estadio de “naturalidad narrativa”, como la que demostró Miguel de Cervantes en sus páginas mejores: las frases y las imágenes se van encadenando de modo fluido, armónico, necesario. Las historias (disparatadas unas, emocionantes otras, seductoras todas) van desfilando ante nuestros ojos con la elegancia simple que sólo alcanzan a adquirir los mejores narradores del mundo. Y Juan José Millás (lea sus libros quien me juzgue hiperbólico) forma parte de ese selecto grupo. Su última entrega cuentística, publicada por el sello Seix Barral bajo el título de Los objetos nos llaman, es una increíble demostración de cuanto aquí trato de explicar: setenta y cinco cuentos donde el ingenio, el humor, la fantasía y la tierna ironía de Millás se amalgaman para seducir al lector. Esa vieja etiqueta que usan los publicistas de “No podrá dejar el libro una vez empezado” es, en este volumen, rigurosamente exacta. Personas que están muertas sin saberlo; maniquíes que sudan en los escaparates; las mentiras que rodean el mundo de los Reyes Magos; matrimonios mal avenidos, que se articulan sobre las peleas constantes; llamadas que se reciben desde la ultratumba; un padre con poderes negativos, que es capaz de predecir las cosas que no van a suceder; un hombre que se enamora de la chica que le hace encuestas telefónicas; alguien que, a los cincuenta años, consigue que sus padres le confiesen la verdad: que es cojo de nacimiento... La explosión de historias es tan fértil, tan deslumbrante, tan proteica, que sólo alcanzaría a ser totalmente justo si detallara los setenta y cinco argumentos, uno detrás de otro. Y ésa es otra: ¿qué narrador que no sea un prodigio de talento imaginativo se puede permitir el lujo de regalar a sus lectores, en un solo libro, tal cantidad de cuentos, sin caer en la avaricia calculadora de desarrollar quince o veinte, y guardar los restantes para futuras publicaciones? Estamos ante el Millás más generoso, el Millás más brujo, el Millás más genial. La madurez de los grandes es un regalo para la Historia de la Literatura.