Mostrando entradas con la etiqueta Fraile Medardo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fraile Medardo. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de julio de 2023

El hermano

 


Este pequeño drama doméstico que nos ofrece Medardo Fraile (El hermano) se basa en dos temas nucleares: la pobreza y la honra. El primero es explícito e impregna la vida de los cuatro protagonistas (un matrimonio y sus dos hijos mayores): tienen que cenar sopa de nuevo, porque el resto de alimentos ha adquirido un precio prohibitivo; ruegan a uno de los vecinos que les preste el periódico, para poder estar al tanto de las noticias; leerlo en la cama se considera un gasto “prescindible” de luz… Es evidente que las estrecheces que los acongojan son tan grandes como asumidas con cierta naturalidad resignada. El segundo de los temas (la honra) se nos ofrece de forma insinuada: cuando se quedan a solas los hijos, el hermano aprovecha la coyuntura para interrogar a su hermana por la tardanza en volver a casa. ¿Se ha visto con ese hombre? ¿Dónde lo ha hecho? ¿Qué le ha dicho? Ella se refugia en las contestaciones breves, elusivas; y, cuando el hermano decide que va a enfrentarse al tipo, ella le pide que no haga una locura. Su respuesta le chirría entre los dientes: “¿Me dices… a mí… que no haga una locura? ¡Qué sabes tú de eso! ¿Sabes tú lo que es una locura?”. La hermana, herida en lo más hondo por la réplica, responde: “No me hables así. ¡Yo soy buena! ¡Tú sabes que soy buena!”. Apenas más. Es el lector (o el espectador) quien ha de deducir qué está pasando subterráneamente.

Eficaz siempre en las distancias cortas, el madrileño Medardo Fraile compone una obra donde la intensidad queda adherida a lo que no se dice; y nos invita a que, como diablos cojuelos, asistamos a este pequeño/gran drama cotidiano.

domingo, 30 de enero de 2022

Ejemplario

 


La imagen que tengo construida de Medardo Fraile como autor de relatos no es demasiado completa, así que me sumerjo en las páginas de Ejemplario (1979)… que tampoco me termina de aclarar mucho las cosas. El libro, según confiesa el propio autor, pretende ser una antología personal sobre el total de su obra hasta entonces; y es precisamente esa consideración la que me desconcierta (casi diré que me defrauda) más: si estas narraciones constituyen lo que Fraile considera lo más representativo de su producción, entiendo que no es narrador de mi gusto. Ese aire entre lo inconcluso, la pincelada y el carpetovetonismo siempre me ha dejado bastante frío cuando lo he contemplado en un libro.

Creo que “El mar” cobija una buena metáfora; y que “El rescate” (ese cuento en el que un anciano viudo vuelve al pueblo donde lo estafaron y pide limosna hasta que, entre todos y de forma inadvertida, salden la deuda que tienen contraída con él y con el espíritu de su esposa) es una auténtica maravilla.

Lo demás, con todos mis respetos, resulta olvidable.

miércoles, 14 de mayo de 2014

A media página



Pese al descrédito que suelen tener los libros misceláneos entre el común de los lectores (que los identifica con una especie de cajón de sastre), a mí me gustan mucho. De ahí que no dudase a la hora de sumergirme en uno firmado por —ni más ni menos— el madrileño Medardo Fraile. Y el volumen, con la excepción de la parte final (un anodino aunque respetable paseo que podría haberse titulado “Cuánto me gusta este libro”) y de algunos chirridos ortográficos que presenta el tomo (“Humberto Eco” en la página 222 o “Eliazer Cansino” en la 255), me ha resultado satisfactorio por muchas razones: su sentido del humor (“Es bien sabido que en este país se lee poco. Una solución sería rebajar nuestras ambiciones y, en vez de recomendar que se lean libros, aconsejar que sólo se lean capítulos. El editor podría enfajar el libro diciendo: «No se lea este tocho si no quiere, pero no se pierda usted los capítulos tal y tal»”, p.34), su ironía culta (afirma que el tiempo que se emplea en leer a escritores mediocres o completar sudokus se podría utilizar para estudiar Latín, Arte o Filosofía), su desdén por las exageraciones futbolísticas (“Faltan hinchas de la cultura y es evidente que nos sobran hinchas del deporte”, p.88), su convencimiento de que no siempre dirigimos la vista hacia lo importante (“El cosmos nos abre tiendas de delikatessen todos los días, pero no las queremos”, p.164), algunos juicios literarios significativos (“Flaubert, el escritor que menos pudo soportar la estupidez humana”, p.193) o su admiración por quienes desempeñan con fervor su actividad profesional (“No hay más ley de enseñanza que profesores de ley”, p.234).

Medardo Fraile, buen cuentista y buen ensayista, siempre regala horas dichosas a sus lectores. Recomendable.

domingo, 30 de octubre de 2011

Antes del futuro imperfecto




Todos los críticos literarios (y me incluyo porque, después de haber reseñado unos setecientos libros, raro será no haber caído alguna vez en esa torpeza) tendemos a decir que tal novelista, tal dramaturgo o tal poeta no necesitan presentación. Pecado de pedantería, sin duda, del que me disculpo retrospectivamente, y en el que he estado a punto de caer hoy con Medardo Fraile. No les diré tampoco que es un clásico al que todo el mundo debería leer, porque ese tipo de consejos paternalistas me desagradan. Con las ofertas que hay en el supermercado de la fruticultura (Cortázar dixit), Medardo Fraile es tan imprescindible como otros cinco mil autores, desde Homero hasta Juan Bonilla.
Lo que sí diré es que el volumen Antes del futuro imperfecto, que ha publicado Páginas de Espuma y que reúne un buen grupo de relatos de este autor madrileño, es una auténtica delicia. Cada uno de ellos, por obra y gracia de este artesano pundonoroso y eficaz, se convierte en una joyita que provoca reflexión, asombro, tristeza o ternura. Así, La marcha de Radetzky nos traslada un episodio donde se puede observar lo cruel e insensible que llega a ser un niño, sobre todo si se burla del abuelo de su mejor amigo, momificado por una embolia; El sillón es una preciosa historia de dignidad en la pobreza y de cómo un simple asiento puede convertir una niñez lánguida y triste en un cúmulo de sueños liberadores; Un divo insólito en La Scala cuenta la tragicómica peripecia de un canario que, después de colarse volando en un coliseum musical y ser aplaudido de forma estruendosa por la firmeza, equilibrio y tonalidad de sus trinos, acaba sus horas de un modo harto peculiar; y La lectura es la crónica irónica y zumbona de un anciano que tras ponerse a leer la novela Ivanhoe, de Walter Scott, llega a la conclusión de que la lectura no sólo sirve para despertar la inteligencia sino que resulta muy eficaz para convocar el sueño.
Pero quizá los cuentos más notables sean aquellos que se centran en el mundo de la educación: maestros estrafalarios, aulas polvorientas, clases tediosas o fulgurantes... En Señor Otaola, Ciencias nos da Medardo Fraile la crónica pausada, lenta, casi sacra, de un profesor tranquilo, de seriedad imperturbable, que un día decide saltar varios peldaños de escalera de un solo brinco, para adornarse con una pincelada dionísiaca; en El hombre que nos daba que pensar coloca como protagonista absoluto a don Jenaro Seco, un profesor de filosofía misógino, que provoca en los chavales una curiosidad casi risueña, aunque ningunas ansias de emulación; Punto final incorpora una metáfora y una lección metafísica: un maestro dicta unas líneas suyas a los alumnos y, cuando la clase toca a su fin, sin ningún tipo de respeto o reverencia, dichas palabras son borradas del encerado; Centenario es la anonadante lección sobre el desastre del 98 que imparte un docente borrachín, al que la directiva de su centro expedienta por la vía rápida para no permitirle que continúe dando clase a los chavales con tan esperpénticas trazas; La hora nos hace sumergirnos en una aburrida clase de filosofía tomista, al final de la cual Ricardito cae muerto justo cuando el bedel anuncia la conclusión; y en Al-Andalus nos asombraremos (y soltaremos alguna que otra sonrisa) con la curiosa pedagogía de don Senén, un maestro levantisco y aspaventoso que transforma las incursiones musulmanas en galopes bucales y tizazos contra la pizarra. Quien no conozca aún los cuentos de Medardo Fraile (uno de los narradores favoritos de Francisco Umbral) tiene ahora una espléndida ocasión para acercarse a sus líneas. Y quien ya haya tenido oportunidad de bucear en alguno de sus libros anteriores tenga por seguro que esta experiencia no habrá de resultarle repetitiva o decepcionante. El narrador, instalado en una senectud gloriosa y fértil (nació en marzo de 1925, así que se encamina hacia los 87 años), vuelve a esculpir unos textos magníficos, que dan fe de su poderío literario y de su admirable capacidad de síntesis. La editorial Páginas de Espuma, que apuesta por voces nuevas (David Roas, Matías Candeira) y por voces consagradas (como Unamuno o Medardo Fraile), puede presumir de catálogo.