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martes, 28 de abril de 2026

Las fracturas doradas

 


El sogún Ashikaga Yoshimasa, que vivió y gobernó en Japón durante el siglo XV, sufrió un percance que le resultó muy doloroso: vio cómo se rompía su cuenco preferido. Ahora, en estos tiempos de usar y tirar, de ikeas, comercios chinos y amazones, un accidente de ese calibre nos parece una frivolidad, pero al mandatario nipón lo impulsó a solicitar la ayuda de un artesano que, auxiliándose con resina de árbol y polvo de oro, lo reparó. A ese arte lo conocemos ahora con el nombre de kintsugi, que quiere decir “carpintería dorada”.

Lo que nos cuenta Paloma Díaz-Mas en este libro es un suceso sin duda mucho más doloroso, pero que entronca con el anterior: la muerte de su único hermano, que ocurrió en plena pandemia del coronavirus. Nada más. Y nada menos. Una llamada telefónica de su hermana le anunció lo que había sucedido: que lo encontraron sin vida sentado en su sillón. Probablemente ni siquiera fue consciente de que estaba muriendo. Al otro lado de las ventanas, un furioso vendaval de nieve; en el silencio de la casa, sus gatos. A partir de ese punto, se inician las ceremonias del tránsito: cursar aviso a las autoridades, decidir los pormenores del funeral (cremación, en su caso), revisar las pertenencias del fallecido para decidir qué se conserva y de qué se prescinde… Es decir, clausurar todos los detalles materiales de una existencia mientras se sienten las aflicciones, la congoja, el desgarro y la condición marmórea del final. Todos los que hayan pasado por un trance parecido (y quién no lo ha hecho) saben de sobra cuántas lágrimas, cuántos recuerdos, cuántas sorpresas melancólicas y cuántas vacilaciones asaltan durante las siguientes semanas a quienes se quedan.

Con paciencia, con infinito amor, con delicada ternura, la escritora aplica su resina y su polvo de oro narrativo para mostrarnos su cuenco-hermano, que nos emociona como si hablara de alguien de nuestra familia. Porque posiblemente lo esté haciendo. Muy bello.

martes, 10 de septiembre de 2024

El rapto del Santo Grial

 


¿Qué es más deseable: suspirar por la consecución de unos objetivos o alcanzar al fin su cumplimiento? Esa interrogación es la que flota en la base de la novela corta El rapto del Santo Grial, con la que Paloma Díaz-Mas se convirtió en 1983 en una de las finalistas de la primera edición del premio Herralde, convocado por el sello Anagrama. La duda, mucho más intensa de lo que podría parecer en su seca formulación, se convierte en materia narrativa en el mundo crepuscular de Camelot, donde unos caballeros de la Mesa Redonda “que ya eran un poco viejos” reciben de los labios del rey Arturo la sorprendente noticia de que el buscadísimo Santo Grial, por el que suspiran desde hace muchos años, ha sido descubierto por “un centenar de tejedoras presas en el castillo de Pésima Aventura, capitaneadas por una tal Blancaniña” (p.10) y que ahora lo custodian en el castillo de Acabarás. Si logran recuperarlo de allí y traerlo hasta las manos de Arturo, la paz y la felicidad reinarán para siempre en Camelot. La noticia, que debería resultar gozosa, tiene un envés amargo, pues todos son íntimamente conscientes (aunque guarden silencio, porque la gallardía los obliga a guardar las formas) de que si culminan con éxito esa misión su mundo quedará abocado al caos: la caballería se tornará inútil, la milicia perderá sentido, incluso la figura del rey devendrá ociosa. En efecto, ¿por qué habrían de ser necesarios la fuerza, la agresividad o el valor guerrero en un mundo que se remansa en el orden, la concordia y la paz muelle? ¿Qué objetivo tendrían, desde entonces, sus vidas?

Manejando lenguaje y fórmulas narrativas que rememoran el aliento medieval (“bien oiréis lo que dijo”, “muy amena estaba la floresta”, “yo no digo mi canción sino al que conmigo va”), la escritora madrileña va dando forma a un relato irónico y muy inteligente, que se lee con sonriente agrado. Y, por favor, que nadie desdeñe la lectura erótica del texto, que es tan evidente como divertida e intensa (especialmente, el capítulo “En el castillo de Acabarás”).

Convincente.

domingo, 26 de octubre de 2014

Lo que aprendemos de los gatos



Paloma Díaz-Mas (Madrid, 1954), que ha publicado novelas y cuentos de notable interés y que ha obtenido premios literarios tan solventes como el Herralde o el Euskadi, nos acaba de entregar bajo el sello Anagrama su último trabajo: Lo que aprendemos de los gatos. Y el volumen resulta chocante, si lo miramos desde el punto de vista puramente “argumental”. ¿Por qué? Pues porque se limita a contarnos en sus páginas cómo fue la convivencia doméstica con los gatos que ha tenido en los últimos tiempos (primero, Tris-Tras; luego, Tris y Tras). Suena a chiste, a broma privada o a sinopsis borde, pero les aseguro que no es así. Y me anticipo a su sonrisa asegurándoles también que merece la pena, y mucho, leer estas páginas, porque consignando con detalle y con un enorme afecto las minucias de esa relación entre humanos y gatos Díaz-Mas nos está retratando y poniendo ante los ojos la Serenidad, la Paz, la Civilización...
La escritora madrileña nos sugiere en estas líneas que los animales domésticos nos sirven, en realidad y principalmente, como elemento moldeador o educativo («Nos hacemos más delicados, más atentos, menos centrados en nosotros mismos y más pendientes de la pequeña necesidad o, ni siquiera eso, del pequeño gusto de un ser también pequeño, al que queremos complacer a cambio de nada, a cambio simplemente de su presencia»). Y esa enseñanza mejora de forma ostensible nuestra condición social humana, porque nos vuelve mejores personas («Adquirida, gracias a los gatos, la costumbre de pensar en los demás, de facilitarles las cosas, de ofrecerles generosamente las comodidades que aún no nos han pedido, podemos acabar anticipándonos a los deseos y necesidades de los que nos rodean»). De ahí que convivir con gatos nos permita ser más sabios, sufrir menos tensiones y disfrutar de los placeres del instante, que siempre tenemos tan olvidados.

Muchos padres de escritores han muerto a lo largo de la Historia, pero recordamos de forma indeleble al de Jorge Manrique. Muchos hijos de escritores han muerto a lo largo de la Historia, pero cómo olvidarse de aquel soldadito rubio que se le fue a Francisco Umbral. Muchos perros de escritores han muerto, pero ahí está Troylo, protagonizando un libro de Antonio Gala. La literatura es, en ocasiones, un delicado frasquito de formol en el que perviven las imágenes y los recuerdos de los seres que se marcharon. Paloma Díaz-Mas se suma a esa corriente hablándonos de su gato, fallecido cuatro meses atrás. Y es posible que quienes no hayan tenido nunca un animal en su casa (un animal querido, un animal de compañía) esbocen una sonrisa irónica tras conocer el contenido narrativo de este volumen. Pero yo les pediría que borraran ese gesto, porque realmente nos definimos por ese tipo de complicidades y convivencias domésticas. Quien ama y cuida, ama y cuida. No importa a la postre el destinatario de sus afectos. Porque amando y cuidando se aprende. Se aprende siempre. Nos sometemos a una depuración, a una ascesis. Por eso me ha gustado mucho leer esta historia, en la que paradójicamente una Paloma se hace amiga de una gata. Me ha dado calma y me ha hecho reflexionar. Cuántas cosas descubriríamos si supiéramos cómo son nuestros escritores favoritos a puerta cerrada: con sus hijos, con sus parejas... o con sus gatos.