Mostrando entradas con la etiqueta Cubero Luna José. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cubero Luna José. Mostrar todas las entradas

domingo, 7 de junio de 2026

Para servir a Dios y a usted

 


Conozco desde hace años (tengo esa fortuna) los libros de José Cubero, y he ido dejando mis opiniones en este blog, maravillado siempre por su versatilidad y su gracia. Diez años de seguimiento que comenzó en 2016 con las indelebles Memorias de un niño murciano (https://rubencastillo.blogspot.com/2016/09/memorias-de-un-nino-murciano.html) y que llega hoy a su undécimo capítulo con el convincente tomo de relatos Para servir a Dios y a usted (Bookalia, 2026), donde vuelvo a encontrarme con el narrador cercano, cordial, tierno e irónico que tanto me gusta, capaz de combinar memoria y fantasía en adecuadas dosis, perfectamente mezcladas. En sus páginas descubrimos huérfanos que, criados en locales tétricos regidos por la Iglesia y el gobierno franquista, tienen que luchar para sobrevivir (“Para servir a Dios y a usted”); locos inofensivos que, presionados por la idiotez de sus congéneres, terminan explotando con preocupante violencia contenida (“El misántropo”); estraperlistas que bajan la guardia y sufren un revés en su negocio (“El contrabandista”); aparcamientos precarios que terminan generando una situación irreversible para el sufrido dueño del vehículo (“La grúa”); ingratas experiencias sexuales que el protagonista querrá olvidar cuanto antes (“La primera cana al aire”); jóvenes aficionados al toreo de salón que, cuando tienen la oportunidad de concretar frente a un becerro su vocación, comprenden el grave peligro al que se enfrentan (“Una afición frustrada”); o el quiebro final que nos regala un relato aparentemente tranquilo sobre una leve incidencia médica (“El grano”).

José Cubero, que parece andar por la vida con los ojos muy abiertos y con una especial habilidad para encontrar las historias ocultas de las cosas, nos entrega en este volumen diecinueve ocasiones para la sonrisa, el espeluzno o la reflexión. Busquen el libro. Ya verán.

miércoles, 8 de abril de 2026

La vida entre paréntesis

 


Me duele haber leído La vida entre paréntesis, de José Cubero. Y me duele, sobre todo, porque sus páginas me han permitido acceder a rincones tristes del alma de Pepe, a quien llevo años leyendo con interés y con aplauso. He sabido aquí de sus cefaleas y migrañas monstruosas durante años, de su constante sensación de amargura (porque el trabajo en el banco le parecía estéril, rutinario y castrador), de su duda perpetua sobre la posibilidad de publicar alguna vez un libro. Esas sensaciones, reiteradas y guadiánicas, llenan de aflicción y de pesadumbre este volumen, este diario sin fechas, donde el prosista se queja de su insatisfacción laboral (véase, sobre todo, el texto titulado Desesperación), recuerda su infancia (auténtico paraíso perdido que, ahora que es un “adulto adulterado”, añora y trata de reconstruir, porque tiene claro que “solo se es auténtico de niño; solo se es un vividor de la vida en la infancia. Todo lo demás es máscara o traición”), nos explica que prefiere los climas suaves (“Siempre he vivido al sur de la nieve”), nos detalla sus pasiones literarias (Paco Umbral, Franz Kafka, Fernando Pessoa, Henry Miller, Ignacio Aldecoa, Juan Ramón Jiménez, Jorge Manrique, Anaïs Nin) o reconoce la forma en que lo ha golpeado siempre el tedio existencial (“Uno ha sido maestro en aburrimientos, doctorado en la idiotez de no saber qué hacer con las horas, del marchitarse, día tras día, en una habitación solitaria”). Pero tampoco descuida informarnos de sus problemas físicos, centrados en la vista (“Un ojo anda averiado con las lejanías y el otro se desmaya en los primeros planos”) y en los ya mencionados dolores craneales, que lo atormentan sin que la farmacopea consiga aliviarlo de forma adecuada (“Mi cabeza es infeliz, decadente, demencial. Siempre está recreándose en cefaleas y migrañas, en enfermedades ocultas que obligan al cuerpo a una continua pasividad, a un arrinconamiento, a una debilitación enfermiza y fatalista”). Y, frente a la figura de Pepe, dos seres que, situados a su alrededor, polarizan su interés: su padre (a cuya larga agonía asiste impotente) y su hijo (a quien desea proteger de todo peligro y de todo error).

Páginas duras, descarnadas, sinceras y dolientes, en las que este fabuloso prosista extremeño-murciano-catalán aborda la difícil tarea de desnudarse, de reconocer sus debilidades (“Las noticias de mi corazón, de lo más profundo de mi corazón, son la tristeza congénita y la inseguridad. Siempre he sufrido de tristeza o de congoja”). Léanlas con admiración y con respeto. Se lo merece.

viernes, 27 de septiembre de 2024

La decisión del capitán Calero


 

En ocasiones, la vida nos sitúa ante encrucijadas que, por su acrimonia o su contundencia, detienen la saliva en nuestra garganta. Sucede pocas veces, pero cada vez que se nos coloca ante una y se nos impele a elegir sentimos el viento del acantilado en nuestra cara. ¿Qué hacer, qué dirección tomar, qué velocidad elegir? Nadie puede ofrecernos sus consejos, nadie puede brindarnos su mano: estamos solos. En una de esas bifurcaciones se encuentra el capitán Francisco Calero, un militar de procedencia humilde que, a los catorce años, tuvo que abandonar el colegio para ayudar a su familia, que tenía un pequeño olivar en Andalucía, aunque el progenitor compaginaba esos ingresos con los de peón caminero. Ahora, siete años después de haber participado en la sangrienta y estúpida guerra civil de 1936, se encuentra destinado en Madrid, ciudad en la que no se siente cómodo (“Madrid era todavía la capital del hambre, el racionamiento y los continuos cortes de luz y agua, sobre todo en el casco viejo, popular y rancio, donde proliferaban las corralas, guetos que hacinaban a la gente sobreviviendo en la miseria”, p.10). Ha perdido la fe religiosa, tras contemplar las atrocidades bélicas, y sueña con pedir traslado a una zona más tranquila, situada en su tierra natal o en el Levante español. Pero su existencia se verá sacudida cuando llegue desde el Alto Mando una orden agria e inapelable: el preso Eulogio Fernández, antiguo comandante del ejército republicano, recibe la condena de ser fusilado; y tal ejecución deberá estar dirigida por el capitán Calero. Hombre moderado y educadísimo, partidario de la amnistía a los derrotados después de la guerra y de la reconciliación nacional, Calero recibe la noticia como un mazazo, porque su concepto de la justicia y del honor excluye este tipo de salvajadas. Y, tras unos días de estupefacción y bloqueo, comienza a mover los hilos que puedan exonerarlo de tan indigna misión, como el capitán castrense o el coronel (con el que combatió en África); pero nadie se aviene a prestarle su auxilio, amparándose en el resentimiento contra los rojos (el páter) o en la obediencia debida a las órdenes del Alto Mando (el coronel). Erosionado por la amargura, el capitán Calero se planteará otros caminos (negarse a obedecer, abandonar el ejército) y visitará en su celda al preso, para conocerlo y mirarlo a los ojos. Luego decidirá cómo actuar.

Novela dura y reflexiva sobre la honestidad, el perdón, los códigos del alma humana, la entereza y la dignidad, con posibles detalles familiares incluidos, La decisión del capitán Calero obliga a la persona que está leyendo a adoptar una postura moral. ¿Qué haría yo en estas condiciones? ¿Me atrevería a desobedecer, sabiendo que el alimento de mis hijos depende de mi trabajo? ¿Bajaría el sable, para que mis soldados dispararan contra un hombre que lo único que hizo fue luchar (como yo) por sus ideas? ¿Me atrevería a dispararle el tiro de gracia, como mandan los cánones? José Cubero nos invita a que reflexionemos con él.

jueves, 27 de octubre de 2022

El charnego ilustrado

 


Recibió en el bautismo un nombre de aroma calderoniano (Simón Pedro Crespo) y sus inicios laborales se desarrollaron en un banco. Pero pronto aquel chico de buena familia y criado en un entorno burgués se dio cuenta de que lo suyo era la literatura, así que abandonó trabajo, familia y patria chica para irse a Barcelona y buscar allí su destino en el mundo de las letras. Evidentemente, la vida de un joven bohemio que aspira a ser escritor nunca es fácil; y la suya no podía ser, en ese sentido, excepcional. Simón tendrá que hospedarse en una pensión mediana (regentada por doña Lola), codearse con desocupados borrachines (Teófilo) e incluso con drogadictos (Carmelo) y aceptar trabajos tan peregrinos como breves (pegar carteles de cierto partido político durante la primera noche electoral; servir pizzas como motorista; empaquetar libros en un antro cochambroso). Los cantos de sirena no dejarán de sonar en sus oídos cuando comprenda que doña Lola muestra excesivo interés por su persona, y que bastaría con vencer sus escrúpulos morales para convertirse en un mantenido. Simón prefiere mantener la dignidad y no abalanzarse por ese camino, pero ignora que tendrá que vérselas aún con numerosas angustias callejeras: una banda de neonazis que lo toma por sudamericano y pretende golpearlo; una joven prostituta que quiere mostrarle su gratitud entregándole su cuerpo; unos policías que lo detienen, acusado de un crimen que no ha cometido, y que lo llevan a una comisaría de siniestra fama… Y, sobre todo, un final donde alegrías y penas se confunden y abrazan sobre el corazón del protagonista.

José Cubero Luna vuelve al territorio de la literatura con una novela de grato fluir, donde leemos interesantes reflexiones sobre la búsqueda de un camino personal y donde, sobre todo, contemplamos el mundo de los barrios bajos desde las pupilas de un chico con estudios, que decide sumergirse en la realidad para nutrir con ella sus futuras novelas y cuentos. Sin olvidarnos, claro está, de todos los instantes en que el autor nos desliza opiniones sobre el nacionalismo, las lenguas que conviven, las bandas fascistas que se enseñorean de las calles, las empresas de trabajo temporal o los abusos laborales favorecidos por la crisis. Además, nos ofrece unos magistrales retratos de distintas figuras, que deambulan por las calles y se afanan en la siempre ardua tarea de sobrevivir: Olga, doña Lola o el Tuerto se convierten pronto en personajes que el lector observa casi vivos ante él, dibujados con realismo sobrecogedor.

La editorial MurciaLibro, que apuesta por las obras de José Cubero hace ya varios años, obtendrá sin duda un nuevo éxito con esta novela.

martes, 12 de abril de 2022

Del laberinto al treinta

 


Siento una profunda admiración por los autores que, habiendo alcanzado el aplauso por una determinada línea de escritura, se arriesgan a adentrarse en otras distintas, buscando nuevos registros, exigiéndose cosas diferentes. El extremeño José Cubero Luna, después de haber obtenido hermosos éxitos en la novela corta, el cuento o los volúmenes de memorias (muy recomendables los que llevan por título Memorias de un niño murciano y Vistabella, mon amor, publicados por MurciaLibro), ha tenido el arrojo de explorar ahora el mundo de los aforismos en Del laberinto al treinta, que acaba de ser lanzado al mercado por la editorial ECU.

En la primera parte del tomo encontramos un variado conjunto de pensamientos y paradojas, donde el autor se interroga sobre el ser humano, los avatares del mundo, la religión, el futuro o la poesía. Unas veces, nos traslada su perplejidad sobre el silencio de Dios, difícil de explicar o admitir (“¿Desde qué ventana del cielo mira Dios al planeta Tierra?... ¿O acaso no hay ventana, ni cielo, ni Dios que mire?”); otras, apela a verdades emocionales que producen estremecimiento por su bella formulación sencilla (“Las lágrimas que no lloraste, jamás las olvidarás. Quedaron congeladas en tus ojos, sin saber el porqué”); o coquetea con formas de Ramón Gómez de la Serna (“El número ocho es el más enigmático de toda la numerología. No se sabe dónde empieza ni dónde acaba”); o desnuda las verdades más desagradables de nuestro entorno (“No hay dogmas que valgan; solo hay fuerza bruta y poder absoluto para imponerlos”); o inventa fórmulas magistrales para definir una discapacidad menor (“La tartamudez es el arte de cambiar unas palabras por otras que resultan imposibles de pronunciar”); o esmalta frases de gran lirismo sobre la muerte (“Cuando deje el país de la vida, quién sabe qué país me acogerá en mi exilio”).

Añádase a ese resumen los aforismos que, redactados en falsa prosa, esconden poemas (por ejemplo, la página 87 completa); y, como regalo final, una serie de viñetas algo más amplias donde nos habla del Cid, Juana la Loca, Alonso Quijano, Rasputín, Knut Hamsun, Rimbaud o la madre Teresa de Calcuta.

Un tomo estupendo para descubrir otras facetas de ese diamante narrativo que se llama José Cubero Luna.

jueves, 3 de octubre de 2019

Luna menguante




Para alegría de lectores, vuelve José Cubero Luna a las librerías; y lo hace de la mano de la editorial que ha decidido apostar, inteligentemente, por su obra: el sello MurciaLibro.
En esta ocasión nos encontramos con veintiocho historias de generosa amplitud temática y exquisito tratamiento literario, en las cuales el escritor extremeño (o catalán, o murciano) nos permite sumergirnos en situaciones y personajes de lo más atractivo: los humorísticos paseos de un escritor aturullado por su tardanza en terminar un cuento, que le reclaman por teléfono desde una revista (“Entrega inmediata”); el miedo paralizante que acomete al contable López en el momento más inoportuno (“Aracnofobia”); el inesperado giro actualizador que adquiere en sus líneas finales la historia de un rebelde (“Los trabajos de Sísifo”); la modernidad de un cuadro de Goya (“El viajante”); un futuro distópico de lo más inquietante (“Una taza de café”); el germen de una novela de terror, que nos es ofrecido sinópticamente (“El paciente”); las anomalías de una persona con poderes anticipatorios o kinésicos, que le producen espanto (“Premonición”); y, para dejar que los lectores se extasíen por sí mismos, relatos de ambientación náufraga, onírica, bíblica, bélica o nazi, que te van llevando de universo narrativo en universo narrativo, sin que jamás salgas del asombro y el aplauso.
No hay aquí, pese a la ironía del título, luna menguante, sino Luna llena, brillante y espectacular, de la que esperamos seguir gozando frutos durante muchos años.

sábado, 28 de abril de 2018

Vistabella, mon amour



José Cubero Luna tiene muchas patrias dentro del corazón: desde su Cáceres natal hasta su actual residencia barcelonesa, pasando por sus etapas vitales en Melilla, Madrid, Córdoba o Badalona. Pero una parte muy significativa de su infancia la pasó aquí, en Murcia. El primer testimonio de esas raíces emocionales nos lo dejó en el exitoso volumen Memorias de un niño murciano (MurciaLibro, 2016), que ahora encuentra continuación con este Vistabella, mon amour, que publica en el mismo sello.
El autor recupera en estas páginas todos los mimbres con los que se forjaron sus años infantiles y adolescentes, narrados con precisión, elegancia, afecto y gran despliegue de descripciones costumbristas y paisajísticas: las sensaciones agridulces que siempre acompañan al primer amor; sus expediciones por la famosa Isla de las Ratas (a la que también dedicó un gran volumen recordatorio Santiago Delgado); el homenaje que se tributó a unos regresados de la División Azul, los cuales se le antojaron más atribulados que eufóricos; las sesiones de cine en los locales de Acción Católica; un desbordamiento del río Segura, que fue acompañado por las obras de canalización que actualmente conocemos; su leve condición de flecha dentro de la Falange, más por disfrutar de los campamentos que por afinidad ideológica; las procesiones religiosas que pudo contemplar (y a una de las cuales se sumó, trasladando a la Fuensanta durante varios kilómetros); o la escasa simpatía que le generaron los misioneros que durante aquellos años pudo conocer, mucho menos dados a la compasión cristiana que a la exaltación intransigente.
Pero yo destacaría especialmente de esta obra una secuencia que podría servir de argumento para una narración autónoma, novelística: las peripecias de la Tuerta y el Legionario, donde la pobreza, el amor, el lirismo, la fatalidad y la mezquindad se alían para inundar de emociones el ánimo del lector.
Por méritos propios, José Cubero Luna se ha convertido en uno de los autores de referencia de la editorial MurciaLibro, que seguramente continuará ofreciendo al público sus siguientes obras. Los lectores, desde luego, estamos encantados con esa perspectiva.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Prosas de atardecer



Quizá la sentencia más famosa que recordamos de Plinio el Viejo sea la que éste le dedicó al pintor griego Apeles: “Nulla dies sine linea”. Lo que equivale a decir que en arte interesa el esfuerzo continuo, la aplicación meticulosa, la perenne voluntad de mejorar el trazo del día anterior. O, si se adapta la frase al mundo literario, que no dejemos pasar ni una sola jornada sin escribir.
Esta última posibilidad es la que decidió convertir en bandera un empleado de banca llamado José Cubero Luna que, hacia los cuarenta años, emprendió por las tardes una liturgia liberadora, que lo hiciera olvidar la grisura matinal de su trabajo y lo reconciliara con su vocación: escribir(se) durante trescientos sesenta y cinco días. Aquellas “prosas profanas biseladas por la luz macilenta de la ventana trasera, luz de patio con olores domésticos y gritos de matronas”, que adquirieron forma en la Barcelona de los 80, aparecen ahora, llenas de todo tipo de tesoros: citas y referencias literarias explícitas o encubiertas (el lector sagaz descubrirá un centenar de las mismas), reflexiones sobre la vida que languidece y la que alborea (los padres del narrador y su hijo), alusiones autobiográficas (la tartamudez de José Cubero, que no lo abandonó hasta la mayoría de edad) o hermosas descripciones paisajísticas y costumbristas.
El narrador de Valencia de Alcántara (que vivió parte de su infancia en nuestra tierra, como pudimos leer en el volumen Memorias de un niño murciano, publicado también por MurciaLibro en el año 2016) nos entrega un texto sin duda muy hermoso, donde cultura, reflexión y melancolía se van entrelazando en unas páginas de prosa cristalina, con gran riqueza de léxico y con musculación de adjetivos. Basta con acudir a capítulos como “Pobrecitos poetas” o “Los traperos del amanecer” para comprobar que nos hallamos ante un narrador con fino oído para la sintaxis y, sobre todo, con un talento innato para convertir las situaciones más variadas en excelente literatura.

jueves, 29 de junio de 2017

Alevín de Franco



La historia de un niño que debe desplazarse de un lugar a otro de España, por los traslados militares de su progenitor, es tan absolutamente anodina y gris como la historia de alguien que moja una magdalena en té antes de comérsela o que espera la celebración de un juicio que se ha entablado inverosímilmente contra él. Pero la literatura nunca ha sido, y nunca será, un arte relacionado con el qué, sino con el cómo. Quevedo resulta más literario hablando del ojo del culo que Paulo Coelho recreándose en rimbombancias sobre universos armónicos y conspiradores. Por eso Alevín de Franco, de José Cubero Luna, es un libro estupendo: la elegancia formal, la fluidez narrativa, el acierto con el que siempre elige el enfoque que se ha de dar a cada episodio, convierten estas páginas memorialísticas en un suculento festín para el buen degustador literario.
El muchacho que las vertebra llega hasta Córdoba en un camión destartalado mientras siente que con esta nueva variación geográfica (la anterior escala había sido Murcia) se clausura su niñez y alborea su adolescencia. Finísimo retratista, José Cubero nos dibuja a un chico repetidor, que adora la literatura y al que se le atragantan las matemáticas (“que no se acomodaban a un cerebro surrealista como el mío”, 53); admirador entusiasta de las innovaciones taurinas de El Cordobés; y que, obligado por el fervor de su padre, ve sus pasos juveniles encaminados hacia el mundo militar, del que se irá distanciando lenta pero inexorablemente.
Pero que los lectores no se llamen a engaño: el anecdotario y la crónica de aquellos meses de acuartelamiento (las órdenes absurdas, el soldado homosexual, la rigidez de los protocolos, el machismo exhibicionista) no constituyen un vademécum de burlas, venganzas o chistes gastados, sino que se revelan como las pinceladas, inteligentes y certeras, que el autor utiliza para mostrarnos la devastación lánguida de un alma contrariada. Por eso conviene leer Alevín de Franco no solamente como un texto narrativo, sino también como un documento psicológico y sociológico, donde se nos revelan múltiples aspectos de aquella España (las represiones sexuales, la religiosidad pacata, el militarismo rancio). Y, como guinda para esta deliciosa tarta novelesca, el bello recorrido que José Cubero nos ofrece por los patios, rincones, monumentos y calles de una Córdoba seductora e inolvidable, donde aquel lejano adolescente despertó a la literatura, al sexo y al goce de la vida.
Tras la lectura de El archivo (que obtuvo el premio Cristóbal Zaragoza de novela corta y que publicó la editorial Aguaclara en 2007) y, sobre todo, de las notables Memorias de un niño murciano (MurciaLibro, 2016) se esperaba con curiosidad la siguiente entrega novelística de este autor y lo cierto es que no ha defraudado ninguna de las expectativas que generó. Poseedor de un elevado dominio de los resortes narrativos, José Cubero consigue desde las primeras líneas de esta nueva obra capturar y retener la atención de los lectores, a quienes conduce, encandilados, por las vidas del narrador, del sargento Cuenca, de Alfonsito, de Lola Baena, del capitán Camps y de todos los demás protagonistas de esta historia llena de encanto.

Su siguiente obra, Vistabella, mon amour (segunda parte de Memorias de un niño murciano), anunciada para la primavera del año 2018 por la editorial MurciaLibro, promete convertirse en todo un acontecimiento.

jueves, 26 de enero de 2017

El archivo



El III premio de novela corta Cristóbal Zaragoza se falló en 2006 y recayó en la obra El archivo, firmada por el extremeño José Cubero Luna. Poco después, la editorial Aguaclara ponía el texto en las manos de los lectores, para que pudieran disfrutar (o sufrir) con esta fantasía dantesco-kafkiana que tiene como protagonista a Carlos Cueto, un empleado bancario que, después de muchos años de servicio en la entidad, se ve salpicado por un asunto turbio relacionado con un pagaré y es invitado a tomar una decisión: o abandonar sus instalaciones perdiendo todos los derechos laborales acumulados o aceptar el traslado a las dependencias subterráneas de su archivo.
Al decantarse por la segunda opción, Cueto se sumergirá en un mundo inmenso y laberíntico, oscuro y húmedo, donde rigen unas leyes especiales que lo harán sentirse como en una prisión y donde verá conculcados sus derechos. Todos sus compañeros (el loco Valero, el señor Gómez, el ordenanza Martínez, el infeliz Galindo, el cauto Simón) se ven sometidos a las mismas vejaciones que él, pero optan por el silencio, al considerar que su mansedumbre pudiera convertirse en la llave que los haga retornar a la planta superior, a la zona donde brilla la luz y donde se vive una vida normal.
Gradualmente, Carlos Cueto irá siendo golpeado por diversos infortunios: unos le vendrán desde el lado de su esposa, que se ha quedado en el mundo de arriba y que ha mantenido frente a su castigo laboral una postura ambigua, cuando no gélida; otros lo sacudirán desde dentro, con compañeros que son incapaces de aguantar la presión o que, tras sumarse a su beligerancia contra los gestores del banco, acaban por pagar las consecuencias... Al final, los hechos se terminarán precipitando de una forma aterradora, que conmociona a los lectores.

Con una prosa limpia y de avance firme, José Cubero consigue construir en estas páginas una narración paulatinamente sofocante, que empieza intrigando y termina convenciendo, donde quedan retratados de forma cruda los ámbitos de la banca, del sindicalismo y, en general, del mundo que nos rodea. Sin duda, un relato que merece la pena leer.

sábado, 24 de septiembre de 2016

Memorias de un niño murciano



Existen dos tipos de miradas que los escritores con talento ejecutan con habilidad y belleza (o con pericia y desgarro, depende): la mirada hacia adentro y la mirada hacia afuera. Con la primera se sumergen en sí mismos y exploran galerías misteriosas, pliegues de dolor, recuerdos de luz, anécdotas del ayer, minutos que volaron; con la segunda nos codifican el mundo y nos lo muestran como quizá nunca antes lo habíamos imaginado o contemplado. Res intensa y res extensa, si se me permite la broma.
Ahora, José Cubero Luna nos ofrece en estas hermosas Memorias de un niño murciano las dos miradas, entrelazándose como los hilos de una alfombra mágica. Nada importa, a los efectos literarios o vitales, que el autor naciese en un pueblo de Cáceres llamado Valencia de Alcántara, porque el hecho de que su padre obtuviera destino en la capital murciana le permitió habitar durante sus primeros años en un sitio donde el cielo era “una borrachera de azul celeste que dolía en los ojos” (p.15) y donde experimentó miles de vivencias, que nutrieron su corazón y su memoria: los viejos que jugaban al dominó entre chatos de vino; la figurita de la Virgen que iba de casa en casa, metida en un camarín donde se podían depositar limosnas en una ranura; el barro y las ranas, que pronto iban a ser sus compañeros de juegos; su atracción por la Lonja, donde la cara más torva de la pobreza y la picaresca se mostraba con nitidez; la divertida (y un poco agobiante) narración de cómo tuvo la inesperada idea de robar un higo chumbo y llevárselo escondido en el bolsillo, donde las púas se convirtieron en un suplicio; el sueño de su vecino Andréu, que no cejó en su empeño hasta construirse una moto (sin dejarse abatir por las burlas constantes y crueles de quienes lo rodeaban); el melancólico recuerdo que le dedica a su amigo Ángel, que murió de tuberculosis con pocos años; aquella noche de tormenta en la que tuvo que refugiarse en un seminario y cenar con sus ocupantes, para no pillar una pulmonía; la niña parisina que vino un verano a Murcia y de la que se enamoró perdidamente; el lechero que provocó sin quererlo la muerte de su amante...
Son tantas las diapositivas emocionales que José Cubero Luna nos pone ante los ojos que, inevitablemente, llegamos a la conclusión de que el retrato personal deviene retrato colectivo. Afirma Antonio Botías Saus, en el delicioso prólogo de la obra, que estas páginas contienen la primavera en Murcia; pero no es tan sólo una primavera ambiental o cronológica, sino una primavera grupal. Aquí palpita y fulge el retrato de todos los que hemos nacido o nos hemos criado entre limoneros, hemos jugado en las acequias, hemos contemplado a los mozos subirse a las cucañas en las fiestas populares, hemos visto misales en los cajones de la madre o la abuela, nos hemos resistido a los trasquilones del peluquero o hemos sido chicos de los recados.

Lea este libro quien quiera recordar. Léalo quien quiera descubrir. Léalo quien amó o ame la tierra de Murcia. Descubrirá con gozo y con un punto de añoranza que lo que sintió o contempló durante los tiempos de su niñez está aquí consignado con palabras bellísimas. Un volumen memorable.