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lunes, 11 de mayo de 2026

Fantasmas de luz

 


Damián trabaja desde muy niño como operador en el cine Soñadores, donde tuvo como maestro y guía al señor Alfredo (ah, ese homenaje a Cinema Paradiso). Al cumplirse los treinta y cinco años en la empresa, se le comunica que todos los que trabajan en los cines de la empresa van a ser despedidos, porque el propietario ha tomado la decisión de vender los locales. Marga, la esposa de Damián, también fue prejubilada en su trabajo hace un tiempo. Así que, de pronto, sus vidas van a experimentar un giro asombroso, que tendrá una consecuencia inesperada: sus cuerpos se van volviendo transparentes (“Él y Marga parecían ir disolviéndose lentamente en el aire”, cap.7); y, por fin, llegan a la invisibilidad. Superado el estupor de los primeros días, Damián aprovecha la coyuntura para robar prendas de ropa y películas en algunos comercios; pero en seguida llega el momento de enfrentarse a la realidad: ¿cómo vivir siendo invisibles? ¿Cómo relacionarse con los demás? ¿Cómo comprar alimentos y medicinas?

Mientras se encuentra en un parque, Damián escucha una voz: dice llamarse Luis (es otro invisible) y le explica que pertenece a un Grupo de Rescate, cuya misión es localizar a todas las personas invisibles, para hacerles saber que pueden organizarse y, cuando sean miles o millones por todo el planeta, “construir un mundo nuevo. Un mundo mejor y más justo, que nunca más condenase a nadie a vivir en la invisibilidad”. No resultará necesario detenernos mucho en el tinte metafórico de esta propuesta.

Pero hay una segunda parte en el libro que, en forma de recortes de película, nos va facilitando otras informaciones sobre los protagonistas: que Damián siente fascinación por la actriz Julianne Moore; que Marisa, una de las trabajadoras del cine Soñadores, siempre ha estado enamorada en secreto de él; que el dueño de la empresa, desde el principio, maniobró astutamente para vender todos los cines y convertirlos en un boyante negocio inmobiliario; que Ismael, el hijo de Damián y Marga, mientras prepara su doctorado en Berlín ha encontrado a la mujer de su vida; que Marga se juntó con una compañera de trabajo para crear una floristería y convertirse (aunque no tuvieron éxito) en empresarias… Lo más valioso de estos “recortes”, a mi entender, es la forma en que enriquecen la visión que tenemos de la pareja protagonista, que ahora nos son revelados de otra manera: como un hombre reconcentrado en sí mismo y en su pasión cinéfila y como una mujer que, víctima de esa obsesión, no llegó a ser feliz del todo en su matrimonio, porque se sintió siempre en segundo plano. Estupendo relato sobre las pasiones (en este caso, el cine) y cómo pueden convertirse en insatisfacción o vacío para quienes comparten vida con la persona absorbida por ellas.

sábado, 1 de noviembre de 2025

El diario de la peste

 


Mi retorno hasta la narrativa de Espido Freire me conduce hasta la ciudad de Toledo y hasta el año 1598, en plena epidemia de peste. Dos niños (la joven Elena y su hermanito pequeño Diego) se han quedado en la casa familiar, mientras sus padres han tenido que desplazarse hasta La Puebla de Montalbán, donde parecen haber quedado atrapados. A la tensión de la espera se une el descubrimiento de que los criados planean poner fin a sus vidas, para poder huir de la epidemia ahora que aún tienen tiempo. Y la valerosa Elena decide entonces coger a su hermano y, utilizando un viejo pasadizo secreto que solamente conoce su padre, desplazarse hasta las afueras de la ciudad.

Se inicia de esa forma una aventura de supervivencia en la que unas monjas (que indican a Elena el emplazamiento de una cueva protectora) y, algo después, un pastorcillo temeroso (que le entregará unas mantas y unas provisiones), intentarán ayudar para que todo termine bien.

El relato está muy bien construido y creo que resulta una lectura agradable, sobre todo para los más jóvenes, que se admirarán del modo en que Elena lucha para sobrevivir, utilizando árboles, plantas medicinales, pesca y caza; y utilizando, sobre todo, su voluntad firme de demostrar (y demostrarse) que una mujer puede hacer lo mismo que un hombre. Gran oda a la libertad, la valentía y la superación personal, que ha merecido el premio Anaya de Literatura Infantil de 2025.

sábado, 29 de marzo de 2025

Tristes armas

 


Harmonía y Rosa son dos criaturas que, desde sus primeros años, han sufrido golpes terribles a causa de la guerra civil española de 1936. Su padre era un maestro que, negándose a aceptar la sublevación de los militares desleales, toma las armas para combatir por la república; su madre trabaja como enfermera en un hospital de campaña. Ambas ocupaciones les impiden atender a sus hijas de la forma en que quisieran y, sabiendo que sus familiares son afectos a la causa fascista, prefieren dejarlas en un orfanato. Unos meses después, las verán partir hacia Rusia, donde (sin que ellas lo sospechen) habrán de permanecer muchísimo tiempo. Es la triste condición desgajada de los niños de la guerra.

Repartiendo su mirada en dos frentes narrativos, la gallega Marina Mayoral nos va relatando las vicisitudes de ambas ramas familiares: esos padres que se quedan, esas hijas que crecen en un mundo lejanísimo. En los dos lados florece el sufrimiento, pero también en los dos palpita la esperanza. “Si las cosas fuesen como deben ser, si siempre ganasen los buenos, este mundo sería un paraíso; y no lo es. Pero nuestra obligación es luchar para que no sea un infierno”, dice uno de los personajes en la página 51. Y creo que el ímpetu moral de esas palabras es el que mantiene el tono humano de la obra, donde vemos a unas niñas que, tras escribir una primera carta a su madre (una carta que la guerra, primero, y la censura, después, y la cicatería de sus familiares, por fin, paraliza antes de que llegue a su destino), se dedican a la valiente tarea de sobrevivir, con la ilusión del reencuentro.

Durante los años y décadas siguientes, cada uno de los personajes irá labrando su propio sendero: celebrarán matrimonios, tendrán hijos, se esforzarán por sus ideales, soñarán con volver a ver a los demás, se apoyarán con infinito amor. Y, al cabo, como las golondrinas, terminarán volviendo al pueblo de la infancia, donde el nieto del viejo cartero les reserva una sorpresa.

Una novela deliciosa, que no solamente gustará a los lectores jóvenes, sino que les permitirá conocer un período tan triste como inolvidable de la historia de España.

sábado, 10 de agosto de 2024

En el corazón del bosque

 


Desde el año 2009, cuando reseñé aquí mi primera lectura del gallego Agustín Fernández Paz (https://rubencastillo.blogspot.com/2009/05/tres-pasos-por-el-misterio.html), siento por ese autor una admiración enorme. Desde anoche, ese cariño lo comparte también mi hijo Jorge, que me ha escuchado leerle la obra En el corazón del bosque. En ella, una niña llamada Raquel descubre, al volver de una excursión escolar, que en su mochila se ha colado un trasgo, el cual ha tomado la decisión de conocer la ciudad y pasar en ella el invierno. La niña, con ese tesoro mágico en sus manos, tendrá que mantener oculta a la simpática criatura, para que su hermano pequeño, la gata y, sobre todo, sus padres, no la descubran. Se inicia así una aventura con algunos tintes taquicárdicos, con mucho sentido del humor y con algunas lágrimas, en la que la protectora y el protegido verán sus vidas alteradas (y mejoradas) por la convivencia, hasta que se produce el emotivo instante de la separación, cuando Derdrín deba volver a su hábitat natural para la continuación de su vida.

Libro muy hermoso, de exaltación de la naturaleza y la amistad, enriquecido con unas ilustraciones espléndidas de Miguelanxo Prado. Imagino que todos los pequeños lo escucharán con la misma cara de fascinación que mi hijo. Grande.

miércoles, 12 de junio de 2024

El legado de Hipatia

 


Sabemos que ciertos personajes de novela están más vivos que muchas de las personas con las que nos tropezamos por la calle. Igualmente sabemos que los libros pueden ser misteriosos, y sorprendentes, y mágicos. Que pueden intrigarnos, hacernos viajar, proponernos enigmas y perturbar nuestras seguridades, lanzando nuestra fantasía hacia fronteras insospechadas. Vicente Muñoz Puelles, en su relato El legado de Hipatia, nos ofrece una historia que participa de todas esas brujerías deliciosas: un escritor insomne está redactando una novela sobre Hipatia, mujer erudita de Alejandría que no goza del respeto del patriarca Cirilo, ni tampoco de los cristianos eminentes de la ciudad, porque esa mujer “enseñaba a razonar, a cuestionar las verdades establecidas. Ellos preferían un pueblo sumiso, crédulo, ignorante” (pp.15-16). Pero la confección de esta obra narrativa obliga a Muñoz Puelles a consultar un viejo ejemplar de la Alejandría de E. M. Forster, heredado de su abuelo. Y ahí comienza la auténtica aventura, porque el escritor advierte que los libros de su biblioteca parecen tener vida propia: vuelven solos a su sitio de la estantería (ansiosos por compartir la balda con sus iguales), se dejan caer al suelo cuando quieren llamar la atención, etc. Los libros se revelan entonces como seres vivos, dotados de sentimientos y voliciones, ahí donde las fronteras entre la realidad y la ficción ya no existen, o están desdibujadas por la niebla del fervor. Su abuelo, lector quijotesco, entusiasta y voraz, le transmitió la pasión por los libros (“Leía desde que se despertaba por la mañana, mientras desayunaba en el comedor y luego en la biblioteca. Leía en el lavabo y hasta en la bañera, donde había instalado una especie de atril. En plena gula literaria leía durante el almuerzo y durante la cena. Leía hasta que le vencía el sueño y entonces seguía soñando con libros, con historias y con caudalosos ríos de palabras”, p.31). Un día, se declara un incendio en la biblioteca del escritor protagonista, y la situación no acaba en desgracia merced a una intervención fantasmagórica, que da color y fantasía a las últimas líneas del texto.

Muy agradable lectura.

lunes, 20 de febrero de 2023

Las flores radiactivas

 


A mí, los libros de Agustín Fernández Paz me gustan mucho. Vaya esa declaración (tan aclaratoria como rotunda) por delante. Tres de ellos los he reseñado en mi blog: Tres pasos por el misterio (2009), Mi nombre es Skywalker (2020) y Las fronteras del miedo (también en 2020). Y algunos más pasaron por mis ojos antes de que dispusiera de este lugar en el que anoto mis comentarios. Así que cuando cayó por mis manos hace unos días la novela juvenil Las flores radiactivas no me lo pensé ni un minuto: tenía que leerla. Y así lo he hecho.

El problema es que, ay, me ha defraudado. Quizá porque se trataba (lo he descubierto después) de su primera publicación; quizá porque mis expectativas eran demasiado altas; quizá porque su ñoñería me ha resultado chirriante. No lo sabría precisar. Tal vez se trate de una mezcla de factores. La idea de partida era, para qué decir otra cosa, muy buena: la aparición de una extraña fosforescencia que llama la atención de las autoridades en una zona de alta mar donde, durante años, se han vertido centenares de bidones de productos radiactivos. ¿Acaso se han roto algunos de esos bidones y se ha producido un escape contaminante? ¿Es peligrosa esa luz que abrillanta el mar y es visible desde centenares de metros de distancia? Pescadores, ecologistas y hasta militares se encuentran nerviosos y se empeñan en descubrir (cada grupo a su manera) el origen y el alcance de esa inquietante fosforescencia, sobre la que se formulan todo tipo de suposiciones.

Hasta ahí, bien.

El problema es que el autor resuelve el enigma por la vía más absurda, indicando que se trata de una gran acumulación de flores, que absorben y neutralizan la radioactividad, pero que emiten un aroma embriagador, que produce un extraño cambio en quienes lo aspiran. En ese punto, la narración se le va de las manos a Fernández Paz, que se desliza hacia una fantasía adolescente de pocos quilates. Agradable, sí, pero de un candor que raya en la idiocia y de un maniqueísmo casi insultante: todos los militares son malos, perversos, retorcidos, crueles, sádicos y pretenden destrozar el mundo, mientras que todos los ecologistas son ángeles de bondad inmarcesible, honestos, inmaculados y rectísimos. El resultado es burdo, sobre todo porque la presunta justificación de que la novela está dirigida a un público de edad reducida no redime ni mejora un planteamiento simplista que, siendo a veces disculpable, peca aquí de excesivo.

jueves, 28 de julio de 2022

Leyendas

 


Existen magias que, al menos en mi caso, no prescriben; antes bien, parece que el tiempo las acrecentase e iluminara. Me ha vuelto a ocurrir cuando, en medio de este verano, he decidido volver a las Leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer, que no frecuentaba desde hacía unos quince años. En mi juventud (lo recuerdo con nitidez) me asombraron estas historias, quizá por ser narraciones que conviene abordar con no demasiadas arrugas; pero es que ahora, cuando he vuelto a ellas de forma completa (he releído algunas sueltas de vez en cuando), siento que es como si las disfrutara por primera vez. Cuando en 2021 estuve visitando Soria me propuse que no tardaría en hacerlo; y ya he cumplido.

Esa cinta ensangrentada que brilla al final de “El Monte de las Ánimas”; esos iris embriagadores (Bécquer los llama pupilas) que turban al noble don Fernando hasta provocar su perdición en “Los ojos verdes”; ese esplendor musical divino que flota en las líneas de “Maese Pérez el organista”; esa luz corpórea que genera la locura del pobre Manrique en “El rayo de luna”; ese sobrecogedor cántico que emerge de las gargantas de unos espíritus atribulados en “El Miserere”; esa dulce firmeza de Margarita, que protege al ser amado incluso cuando ya la más injusta de las muertes se ha cebado en ella en “La promesa”; ese desconcierto en los ojos y en el corazón del montero Garcés, cuando abate con su saeta a la pieza que se embosca entre los matorrales en “La corza blanca”; esa protección de piedra que se despliega en el final de “El beso”… Todas las propuestas que el sevillano Gustavo Adolfo Domínguez Bastida reúne en estas páginas están redactadas con una música delicadísima, donde sintaxis y adjetivos complementan sus energías en un equilibrio majestuoso, que nos muestran a un escritor más vigoroso y más sólido que el que podíamos vislumbrar en las Rimas.

Muy feliz de haber revisitado esta obra.

martes, 24 de agosto de 2021

El suplicio de las moscas


Invierto unas horas en leer un libro enigmático (inteligente, pero también oscuro) de Elias Canetti, titulado El suplicio de las moscas, que traduce Cristina García Ohlrich (Anaya & Mario Muchnik, 1994). Sin duda, se trata de un escritor que se sabe sujetar bien el cíngulo del aforismo, aunque reconozco que en determinadas ocasiones (quizá porque ignoro el contexto que genera algunas de sus reflexiones, quizá por su brevedad excesiva) se me escapa el sentido de sus palabras. Es una especie de tiniebla seductora, en la que creo ver luces y figuras… cuyos contornos exactos se me desdibujan. Me pasa también con Nietzsche, con Schopenhauer, con Pavese, con Ferlosio: autores admirables con los que me esfuerzo por estar a la altura.

Me gusta cómo bromea con el paso del tiempo (“Confiaba en vivir mucho tiempo sin que Dios se diera cuenta”), con la condición luciferina de ciertas personas (“Es tan malo que sus oídos se asustan de su lengua”), con la trascendencia vital del conocimiento (“No se puede aprender impunemente”), con la insuficiencia perpetua del saber (“El que ha aprendido bastante no ha aprendido nada”), con el irónico análisis de un carácter (“Es inteligente como un periódico. Lo sabe todo. Lo que sabe cambia cada día”), con las exégesis oníricas (“Ningún sueño es tan descabellado como su interpretación”) o con la ternura que provoca la inmadurez (“Qué convincente suena todo cuando se sabe poco”).

lunes, 19 de julio de 2021

Los libros errantes

 


Me doy un agradable paseo por la obra Los libros errantes, de Felipe Benítez Reyes, que está compuesto por unas páginas estupendas en las que comenta su amor (nacido en la adolescencia y luego ampliado) por la lectura. Una magnífica invitación para que los más jóvenes comprendan el aliento transformador que la literatura puede introducir en nosotros; y que contiene además dos anécdotas de orden histórico que no conocía. La primera tiene como protagonista a Eratóstenes, bibliotecario de Alejandría, que se dejó morir de hambre al darse cuenta de que ya no podía leer. La segunda prefiero transcribirla con las palabras exactas del autor: “El banquero inglés Henry Hurth, por ejemplo, reunió una formidable biblioteca que luego fue subastada en Londres; a esa subasta acudió un joven rico y bibliófilo, el norteamericano Harry Elkins Widenor, que, al regresar con sus adquisiciones a los Estados Unidos, tuvo la mala ocurrencia de embarcarse en un barco recién bautizado con el nombre de Titanic” (p.34).

Un libro en el que se nos habla de períodos literarios (“El Romanticismo vino a ser una especie de adolescencia estética practicada por adultos”), del inabarcable placer de la lectura (“El lector padece el vértigo de la infinitud: cuanto más lee, más le queda por leer”) y de otras maravillas.

Muy recomendable.

jueves, 22 de abril de 2021

El asesinato de la profesora de lengua

 


Ignorar la existencia de Jordi Sierra i Fabra en el panorama literario de nuestro país (y no sólo en el ámbito de la literatura infantil y juvenil) es sumamente complejo, sobre todo porque es uno de los autores que más edita y que más vende: más de trescientos títulos y diez millones de ejemplares lo avalan. Que levanten la mano todos los autores españoles que superen esas cifras.

Una de sus novelas más conocidas y celebradas es El asesinato de la profesora de Lengua, un libro ágil, fresco y divertido, que nos traslada una historia realmente impactante. La señorita Soledad es una docente hastiada de no obtener resultados de ningún tipo con sus alumnos: ni aprenden las lecciones, ni mejoran su ortografía, ni siquiera se leen las obras que les sugiere. Por tanto, a punto de ingresar en una depresión, decide asesinar a uno de sus alumnos… salvo que estos consigan detenerla antes, resolviendo una serie de acertijos que les plantea en una carta.

Tasio y Gaspar (dos de sus peores alumnos) son los candidatos perfectos para ser asesinados, y por eso se aprestan a resolver el enigma, con la ayuda de Ana, la más lista de la clase. A partir de una primera pista, que encuentran en el jeroglífico del periódico, se van enlazando y sucediendo las complicaciones, para poner a prueba la capacidad deductiva y lingüística de los chavales: juegos de palabras, juegos de ingenio, crucigramas, etc. Y lo curioso es que conforme se van complicando las exigencias de doña Soledad, mayor es la habilidad que los chicos y chicas desarrollan para superar las dificultades. Al final de la obra descubrimos que todo ha sido un ardid de la profesora (en colaboración con el equipo directivo del centro) para hacerles pensar, leer y comprender que son más inteligentes de lo que ellos mismos creen.

Una historia estupenda, que puede convencer tanto a profesores como a alumnos, y que actúa como un auténtico imán en muchas de sus páginas.

jueves, 25 de febrero de 2021

El amor y la literatura



Me doy un paseo, tan breve como agradable, por el librito El amor y la literatura, que firma Martín Casariego Córdoba. Soy consciente de que no pasa de ser un recorrido subjetivo por algunos acercamientos literarios al modo en que la historia de la literatura ha enfocado el amor en sus diferentes aspectos; pero me ha resultado placentero, porque sus páginas están escritas con amenidad y con buena pluma.

Del conjunto, me quedo con algunas frases pronunciadas por personajes célebres. Por ejemplo, aquella vez en la que Diógenes afirmó que “los jóvenes no deben casarse todavía; los viejos, nunca”; o aquella otra aseveración ingeniosa de Alejandro Dumas donde se indica que “la cadena del matrimonio pesa tanto que es preciso sean dos para llevarla, y a veces, tres”; o la hermosa anécdota que tuvo como protagonista al monarca Carlos III, quien dijo tras la muerte de su esposa Amalia: “Éste es el primer disgusto que me da en veintidós años de matrimonio”.

Una lectura simpática, fresca y amable, que estoy feliz de haber encontrado.

domingo, 23 de agosto de 2020

La sonrisa de los peces de piedra




Muy pocos adolescentes están informados actualmente de qué fue la Movida madrileña de principios de los años 80. Y sus principales figuras (Tino Casal, Nacha Pop, García-Alix, Radio Futura, Ouka Leele) les sonarán poco o nada, salvo en los casos de artistas que han prolongado durante décadas su tarea creadora y su popularidad (Pedro Almodóvar, Alaska)… Pero de pronto aparece una novela maravillosa, que se titula La sonrisa de los peces de piedra, escrita por Rosa Huertas, y pone de nuevo todos aquellos nombres en primera línea para despertar la curiosidad juvenil, sobre todo después de alzarse con el XIV Premio Anaya.
En estas páginas nos encontramos con Jaime, un chico aficionado a la música que acaba de perder a su abuelo y que, mientras visita su tumba en el cementerio, conoce a Ángela, una muchacha de edad similar a la suya, cuyo padre ha muerto hace unos días. Este encuentro fortuito comenzará a disipar algunas nieblas sobre los orígenes de Jaime. ¿Acaso no será cierto (como siempre la he dicho su madre) que fue concebido por inseminación artificial? ¿Y por qué Ángela la he dicho que tiene 17 años… justo antes de que Jaime descubra una lápida cercana donde se puede leer que debajo está enterrada una chica llamada Ángela, que vivió entre 1995 y 2012? ¿Qué misteriosos vínculos unen a ambos jóvenes?
Con un desarrollo magistral de la trama, Rosa Huertas fascina a los lectores en dos planos distintos: de un lado, la actualidad, donde vemos cómo las historias de Ángela y Jaime convergen de forma asombrosa, a la vez que se constelan de luces, sonrisas, miedos y esperanzas; del otro lado, la crónica sobre los años locos, libres, divertidos y vitalistas de la Movida, que solamente las drogas o los excesos mal entendidos emborronaron. El resultado es una novela seductora, magnífica y llena de joie de vivre, que nos invita a una navegación deliciosa entre el pasado y el presente.

viernes, 10 de agosto de 2018

La pareja científica y otros sainetes




Dedico la siesta a leer sainetes del alicantino Carlos Arniches y la verdad es que la doy por bien empleada. Lo leí con quince o dieciséis años, pero después ya no lo había vuelto a visitar, quizá por ese prejuicio de asociarlo al “género chico”. En realidad, Arniches era un grande del género chico, que es mucho mejor que ser un mindundi en la gran literatura, como muchos lo son, creyéndose geniales.
En “La pareja científica” nos encontramos con dos guardias que charlan sobre la nueva “ciencia” de la antropometría mientras conducen a prisión, en plena Navidad, a un golfillo de pocos años. La moraleja que extraemos del texto es delicada, porque el autor tiene la inteligencia de no convertirla en moralina: de hecho, después de concluir que la mayor parte de la criminalidad procede de las desigualdades económicas y sociales continúan su paseo hacia la cárcel.
En “El premio de Nicanor” nos encontramos con el método infalible para hacerse rico con la lotería, servido con humor y con algunas afirmaciones que hoy serían criticadas con virulencia (“El señor Isidoro, que está entregado a las labores impropias de su sexo, barre la habitación y le echa, de cuando en cuando, una miradita al puchero”).
Y en “Los ateos” se nos presenta una acción donde la descreencia religiosa se ve enfrentada a los presuntos estertores de la muerte. La seriedad del tema queda aliviada con amenazas risibles (“Al que se chufle cojo una botella y le hago una alusión personal en las narices”) y con humoradas cucurbitáceas (“Tiés una cabeza, mi amigo, que la incluyes en un puesto de melones y no desmerece”).
Un libro tan agradable como simpático, que oxigena los ojos lectores.

lunes, 26 de febrero de 2018

El informe Stein




Leo hoy la breve novela El informe Stein, de José Carlos Llop (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1995). Y no sé si decir que me ha gustado, o que me ha disgustado. Desde luego, es distinta. Crea una atmósfera peculiar, inconfundible. No sé si Llop escribirá siempre de la misma manera. En todo caso, hay como un tic “javiermariano” que no me termina de convencer, y que consiste en una cierta morosidad concéntrica narrativa, una prosa tartamuda, morosa o autista que lo lleva a incurrir en secuencias como ésta: “Los jueves por la tarde yo no iba al colegio, ninguno de nosotros iba al colegio porque una de las costumbres de los jesuitas era cerrar el jueves por la tarde y no los sábados, como el resto de los colegios. Y los sábados por la tarde todos nosotros íbamos al colegio y el colegio estaba abierto, no como los demás colegios, que permanecían cerrados los sábados por la tarde” (páginas 36-37). Hay que admitir que, estructuralmente, queda cuando menos extraño.
De todas formas, como soy perseverante y no rechazo de plano ninguna prosa al primer intento, es probable que decida acercarme a alguno de sus otros libros.
“El padre Cristino conocía a la perfección a quién iba a suspender la vida, a quién iba a aprobarlo y a quién a darle un notable. Porque el padre Cristino sabía que la vida no regalaba jamás un sobresaliente”. “La lluvia parecía un ejercicio de caligrafía sobre las páginas del aire”.

jueves, 22 de febrero de 2018

El origen del hombre




Para darle un giro a la temática habitual de mis lecturas, me introduzco en un libro donde se estudia la evolución de la especie humana. Está escrito por Manuel Seara Valero, y lleva por título El origen del hombre (Anaya, Madrid, 1999). Y aunque no estoy capacitado para saber si los datos que en esta obra se ofrecen son fidedignos o están expuestos sesgadamente, si es una obra rigurosa o sólo divulgativa, yo lo he pasado muy bien leyéndola. He tenido noticia de la multiplicidad ingente de ramas que se unen y bifurcan a lo largo de los milenios para formar a este bípedo que ahora teclea; y aunque el frondor resulta un poco (o un mucho) estupefaciente, en el libro está expuesto con razonable claridad. Me consta que con cada nuevo descubrimiento que se realiza, con cada fósil anómalo o revolucionario que se exhuma, cambian los parámetros y las conclusiones; pero entiendo que eso le añade grandeza a los autores que tratan de explicárnoslo con sencillez amena. Me ha hecho gracia, también, enterarme de que la homínida Lucy (hallada en 1974) se llama así porque sus descubridores (el equipo de Donald Johanson) estaban escuchando esa noche la canción “Lucy in the sky with diamonds”, de los Beatles. Y he apuntado una frase para la reflexión: “Un hombre de Cro-Magnon vestido a la última no destacaría en absoluto del resto de los viandantes de cualquier ciudad europea”. Un libro distraído y recomendable.

domingo, 18 de febrero de 2018

Apuntes 1992-1993




Continúo con la lectura de Elias Canetti. Son ahora los Apuntes 1992-1993, en la traducción de Juan José del Solar (Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997). Pero esta vez, por desgracia, no me ha gustado. La cantidad de informaciones y de reflexiones que me han llegado de su lectura se han reducido muchísimo con respecto al volumen anterior, que reseñé hace poco. ¿Se fue volviendo Canetti más y más críptico con la vejez? ¿Recortó demasiado la conexión lógica de sus pensamientos? ¿Se enclaustró en un cierto autismo autorreferencial? No lo sé. Sólo sé que me paro a meditar los aforismos y soy incapaz de desentrañarlos y saber a qué se refiere. Obviamente, eso reduce el placer lector y anula (al décimo o vigésimo reto “traductor” frustrado) todo interés para mí. Se impone un barbecho con este autor.
“(La psicología) Amplía los enigmas que pretende resolver”. “Uno se enamora de una mujer para destruirle su pasado”. “Nada desea tanto el viejo como impartir consejos”. “Es indiferente lo que lea, siempre quiere decir algo él mismo”. “Sólo cuenta el saber vacilante”. “¿Cómo puede querer pasar por sabio alguien que se conoce?”. “El hombre es un leño que se arroja él mismo al fuego”. “Los inadaptados son la sal de la Tierra”. “De quien mucho dice se olvida incluso lo poco que podría quedar”.

jueves, 23 de febrero de 2017

Aeternum



El premio Lazarillo de creación literaria para jóvenes ha sido, durante años, uno de los grandes referentes de este tipo en España. Al largo y brillante elenco de autores que aparecen como ganadores del mismo se sumó, en el año 2007, Miguel Ángel Mendo con su obra Aeternum, que salió al mercado editorial con ilustraciones de Javier Zabala y bajo el auspicio del potente sello Anaya. Pero conviene recordar que este autor (quien ya consiguió el premio Lazarillo en 1989 con su divertida Por un maldito anuncio) no es precisamente un recién llegado al mundo literario español: ha publicado en editoriales de la talla de Everest, SM, Bruño, Edelvives, Susaeta, Páginas de Espuma, Calambur y otros de igual importancia.
La propuesta que nos lanzó en Aeternum tiene como protagonista a un inmortal o eterno que lleva 415 años de vagabundeo por el mundo. A finales del siglo XVI, al cruzar la barrera de los 18 años, se dio cuenta de que era distinto a sus congéneres cuando, contra todo pronóstico, sanó de una peritonitis en el asombroso tiempo de tres días. Desde entonces no han dejado de sucederle estropicios y aventuras que ahora, con la ayuda de una pluma de faisán, redacta para los lectores españoles. Y lo hace con todo el gracejo y la mezcolanza verbal de quien ha atravesado épocas, lenguas y países. Como muestra se puede ver el modo disparatado en que intenta asesinar al general Franco el primer día de abril de 1949, aprovechándose de su condición de inmortal (no le teme a las posibles represalias de sus secuaces).

Una obra llena de sentido del humor, desarrollada con agilidad y donde se ofrece a los lectores más jóvenes una historia poco frecuente pero muy seductora.

miércoles, 4 de enero de 2017

Amar sin saber a quién



Después de haber leído una docena de comedias de Lope durante mi período como estudiante universitario y otra docena en los años como profesor, poco podía aportarme de novedad una obra menor como Amar sin saber a quién, que leo en la edición de Carmen Bravo-Villasante (Anaya). Y la afirmación, desde luego, no es desdeñosa. Amo a Lope y siempre encuentro en él versos, ironías, situaciones, ritmos y hallazgos metafóricos que lo sitúan a la cabeza de los genios literarios de la historia de España. También en esta obra me ha ocurrido.
El enredo que nos plantea aquí no incorpora, pese a lo dicho, ninguna novedad excepcional: don Pedro Ramírez acaba de morir a manos de don Fernando, en el transcurso de un duelo. Pero ha querido la mala fortuna que don Juan, un galán sevillano que pasaba por allí, sea considerado culpable e ingrese en prisión. Al recibir noticia de ese hecho, don Fernando explica a su hermana Leonarda que el hidalgo andaluz es inocente y que carga con culpas que son suyas, sintiéndose por tanto obligado a compensarlo de alguna manera. Al principio se trata de una contraprestación económica (la sirvienta de Leonarda le hace llegar doscientos ducados para subvenir a sus necesidades), pero pronto comienzan a entrar en juego consideraciones de honor y de amor, que irán enredando la trama, al viejo estilo del Fénix.
Desde el punto de vista rítmico encuentro que los sonetos de esta pieza son muy atinados, y que la musicalidad que logra en la escena VII de la Jornada III figura entre los momentos más destacados de la obra.

Al final, te queda la sonrisa de imaginar con qué pocos mimbres era Lope capaz de urdir un argumento para deleite del público. No resulta extraño que tantos le tuvieran envidia. Él tenía el don.

domingo, 31 de mayo de 2009

Tres pasos por el misterio



Si algún profesor que imparta clases en secundaria no sabe quién es el escritor Agustín Fernández Paz es porque algo no funciona bien en el sistema. Un novelista que ha obtenido premios como el Lazarillo, el Edebé, el Barco de Vapor o el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil ha de ser conocido (profesionalidad y pundonor obligan) por todos aquellos que tienen como misión la de contagiar a los más jóvenes el entusiasmo por la lectura, por los libros, por las historias hermosas y bien contadas. Ahora, la editorial Anaya acaba de enriquecer nuestra colección de obras del autor gallego con Tres pasos por el misterio, un volumen donde se dan cita otras tantas narraciones de misterio, intriga y terror, maravillosamente escritas. En la primera, “Las sombras del faro” nos encontramos con Miguel, un hombre de casi cincuenta años que vuelve, tres décadas después de haberse ido, a la localidad de Pontebranca. Allí conoció a Marta... y allí también se vio envuelto en un misterioso enigma que giraba alrededor de un faro al que los lugareños no osaban acercarse. La solución del tenebroso asunto tendrá más que ver (pronto lo descubrirá) con los horrores de la guerra civil española de 1936 que con el mundo de la ultratumba o de la pura fantasía adolescente. La segunda propuesta, menos extensa pero igualmente prodigiosa, lleva por título “La serpiente de piedra” y nos sumerge en un universo bien distinto: ahora leemos las notas que escribe con cierta prisa un hombre que, aficionado desde joven a la arqueología, se fue especializando en la investigación de los megalitos. Un día, la excavación que está desarrollando en A Roza das Modias le depara el descubrimiento de algo increíble: una serpiente articulada, de piedra, que ningún especialista alcanza a explicar, y que él traslada al museo donde trabaja, para exhibirla y convertirla en objeto de admiración. Y ahí es donde se desata la pesadilla: unos extraños visitantes, que resultan ser adoradores de la Diosa Serpiente, comienzan a frecuentar el museo con sospechosa asiduidad. Y realizan extraños rituales nocturnos, donde sangre, locura y siniestros presagios se unen para aturdir al protagonista. Finalmente, la tercera narración, que lleva por título “Una historia de fantasmas”, nos transporta hasta el Camino de Santiago. Unos peregrinos, que distraen el ocio de las noches recitando poemas y contándose episodios de amor, terminarán descubriendo que un libro de José Ángel Valente puede ser el instrumento que utilice un hombre fallecido en un accidente para comunicarse con su amada. Con una prosa estupenda, unos personajes trazados con gran detalle y un manejo prodigioso de los tiempos narrativos, Agustín Fernández Paz vuelve a demostrarnos que la literatura de calidad carece de toda etiqueta cronológica, y que hay auténticos genios de las letras que, por voluntad propia, eligen entre los más jóvenes a sus lectores naturales. Leerlo y admirarlo son operaciones consecutivas. Para comprobar tal afirmación no hace falta más que abrir este volumen y sumergirse en sus primeras páginas. El hechizo de las buenas letras es inmediato.