Pocos
lugares más inquietantes para un niño de doce años que el sótano oscuro,
maloliente y húmedo de un viejo caserón; y si permanece en él contra su
voluntad, sujeto a mala alimentación, soledad absoluta, silencio y abusos
sexuales de un adulto depravado, la situación se acerca peligrosamente a las
fronteras de la locura. Así tiene que vivir durante meses Damien Combes,
prisionero de alguien llamado el Vicario. Desde hace años, Hyacinthe Verne se
ha obsesionado con la captura de semejante engendro, pero antes de que pueda
lograrlo un accidente le arrebata la vida. Ahora, su hijo Victor, inspector de
la policía (quien continúa alimentando el deseo de localizar al Vicario y
ponerlo en manos de la Justicia), recibe el encargo de resolver una misteriosa
muerte: Lucien Dauvergne, hijo de un prestigioso empresario y diputado, se ha
lanzado por una ventana durante la cena en la que iba a anunciarse su
compromiso matrimonial con la joven Juliette. Y lo ha hecho después de mirarse
en un espejo. ¿Existirá alguna conexión con la muerte de Tirancourt, quien
justo antes de suicidarse ha proclamado “Los espejos me obligan a hacerlo”?
Pronto, Victor Verne verá cómo sus investigaciones lo conducen por un cenagoso
laberinto de intereses políticos, personajes altamente poderosos de la sociedad
francesa, médicos carentes de escrúpulos y pasadizos subterráneos que bordean
el Sena.
La brigada de los misterios ocultos, de Éric Fouassier (que leo en la traducción de Andrés Daniel Levý para Principal de los Libros), es una novela que gondolea entre lo histórico y lo policial, inteligentemente conducida y con inesperadas gotitas psicológicas, que proporciona unas horas muy vigorosas de distracción. Garantiza un fin de semana de misterio y sorpresas.

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