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viernes, 25 de septiembre de 2026

Aquel jardín


 

Hoy, cuando se cumplen seis meses (¡seis meses ya!) del fallecimiento del poeta José Luis Martínez Valero, me levanto muy temprano, antes del amanecer, y abro las páginas de su libro Aquel jardín, que le publicó La Fea Burguesía a finales de 2025. Durante dos horas, leo en susurros sus versos y me encuentro con sus recuerdos infantiles (esa madre que teje mientras lo ve jugar); con Águilas y la Isla Grosa; con el hombre silencioso que se queda en la playa anunciando el final del verano, en la última línea del tomo; con aquel Jardín en el que quizá no estuvimos nunca, pero del que fuimos expulsados; con Anna Ajmátova, que lee en voz baja sus versos y luego los quema con una cerilla; con la capacidad que tienen los vocablos para convertirse en objetos inmortales, que dan fe de nuestro interior, de nuestras ideas, de nuestros sentimientos (“Las palabras no cumplen años, / son siempre jóvenes adolescentes”); con el niño que juega en la orilla del mar, saltando sobre las algas secas; con la presencia del hermano, en la cama de al lado. Y, sobre todo, con la tristeza que empapa todas las composiciones que se tributan a quienes viven al otro lado, abajo, en la desolación soleada de África, soñando con una vida mejor un poco más al norte (“En racimos todos sonríen, / saben que al otro lado está la abundancia. / Se colocan sobre la borda del barco, / se marean, se hunden, sobrevuelan / la profundidad de los mares, / mientras caen como palomas cansadas”).

Solamente una cosa echo de menos en este libro, solamente una: la voz de José Luis. La forma en que leía con pausa y con hondura sus versos, alejado de toda solemnidad hueca, alejado de todo barroquismo tonal. El modo en que dejaba que las palabras saliesen de su boca con calma casi budista, sabiendo que la llovizna es más beneficiosa que el chaparrón, que la brisa es más hermosa que el vendaval, que la ola se recuerda con más cariño que el tsunami. Siempre presente.

viernes, 27 de marzo de 2026

La espalda del fotógrafo


 

Cuatro libros de José Luis Martínez Valero estaban dormidos en mi biblioteca, esperando el momento de emerger y abrirse ante mis ojos; y esa ceremonia, que se habría iniciado en cualquier momento, ha tenido que acelerarse a causa de su muerte. Compartí charlas con él; lo escuché en el museo Ramón Gaya; le oí recitar dos o tres veces; nos vimos en una decena de presentaciones de libros; y hasta brindamos en una reunión de lectores y escritores que se produjo en Mula, en la casa del pintor Juanjo Ayllón. Pero solamente una de sus obras (qué bochorno) está reseñada en mi blog. Que nadie me pregunte la razón, porque no la hay; o yo, al menos, no acierto a encontrarla. Un puro y maldito azar desatento, que me avergüenza anotar.

Así que, durante una tarde de café, soledad y silencio, leo en voz alta (así me gusta la poesía) La espalda del fotógrafo, que es un volumen lleno de olas, de cielos (la idea de utilizar el color azul en la cubierta es admirable), de recuerdos de la infancia, de pájaros y de homenajes líricos (preciosos los que tributa a María Cegarra, Aurelio Guirao y Luis Cernuda). En cada texto, y son muy breves, vemos el reflejo de un rayo de sol, el aroma de una playa, la suavidad ondulada de una brisa. Leemos definiciones de sí mismo que nos embriagan por su sencillez y su hondura (“Soy sólo un hueco / donde anida la palabra”). Nos invaden imágenes de su Águilas natal que, expresadas en apenas seis vocablos, valen por toda una enciclopedia de nostalgias (“Huele a algas en mi memoria”). Asistimos a momentos de gozosa plenitud, casi guillenianos (“Alzas la mirada y todo es cielo. / En tu mano sostienes la copa / y todo es mar”). O sentimos el brío inenarrable de sus comparaciones (“Es pálida y transparente como la piel de una lágrima”) y sus metáforas (“El gorrión, piedra con alas”).

Todo contribuye al éxtasis de escuchar y de sentir, porque la voz de José Luis era pura, deleitosa, pausada. De tal manera que cuando escribe que sus versos quedarán “tendidos en la playa, como mansos cuerpos sobre la arena” nos damos cuenta de que sí, que así es y así será. De vez en cuando pasearemos por esa playa y creeremos escuchar sus palabras, traídas por el oleaje. El poeta ya es agua y sal, en las orillas agradecidas de Águilas.

domingo, 16 de junio de 2019

La puerta falsa




En la página 33 de este libro, absolutamente central (el volumen tiene 66), puede leerse el poema “Relieves”, que lleva consignado entre paréntesis el subtítulo de “Homenaje a Jorge Guillén”. Creo que en esa clave se sustenta uno de los pilares indiscutibles de La puerta falsa: en el evidente aroma guilleniano que empapa la inmensa mayoría de los textos del tomo. Un aroma que se traduce en imágenes leves, de airosa elegancia; en músicas tenues, pudorosas, casi secretas; en una meticulosa contención expresiva, para no abalanzarse hacia el arrebato o la efusividad; en un vocabulario escueto, apolíneo, medido; en un mirar lento, sabio, de notoria potencia reflexiva.
A veces, nos hablará José Luis Martínez Valero de esos versos inauditos que la noche susurra y que el amanecer desbarata; de los paisajes urbanos que rodean al escritor mientras se pasea por la ciudad (“Sonaban campanas, / mientras olías a azahar”); de una hermosa chica india que viaja en el metro; de los amigos y maestros que se han ido cruzando en su existencia (el profesor Mariano Baquero Goyanes, el escritor Miguel Espinosa); o del enigma tibio e inagotable que son siempre los otros… Y a veces, como quien simplemente retira el polvo que cubre un diamante purísimo, nos definirá la nieve diciéndonos que parece la “pausa de un dios”.
El poeta de Águilas nos demuestra en estas delicadas páginas que la poesía puede ser, en ocasiones, una brisa tenue que nos acaricia sin que acertemos a explicar por qué nos emociona tanto. Muchas gracias, maestro.