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sábado, 12 de septiembre de 2026

La Ciudad Dulce


 

En la página 86 de este libro se utiliza la palabra “rompecabezas”. En la página 100 se repite la misma palabra. Es una condición que la persona que está leyendo advierte pronto. Victoria Pelayo Rapado, tan hábil como maquiavélica, desliza en cada capítulo una serie de pistas, un adjetivo, un sustantivo, una imagen. Ocurre como en las mejores narraciones de Juan Carlos Onetti: hay que perseverar, hay que permanecer con la atención agudizada al 100%, hay que dejar que las piezas se vayan encajando poco a poco, para formar un mosaico, un puzle, ese dibujo que, al final, adquiere todo su sentido. Y qué asombroso sentido.

Todo comienza de forma sencilla: unos niños que pasean por sus zonas habituales de diversión. De repente, uno de ellos, Míguel (pronúnciese de forma grave) cae a una zanja llena de agua; y, a gritos, señala a Isa como la responsable del empujón que le ha hecho perder el equilibrio. Es el inicio del fin. De inmediato, la muchacha abandona la pandilla. Luego lo hará Fernando. ¿Es posible que un incidente tan banal, tan infantil, haya dinamitado el grupo, o quizá hay algo más, latiendo de fondo? Pero hay otros incidentes y personas que orbitan alrededor de esa diáspora: un hombre que viste de oscuro; un niño que es empujado por unas escaleras y está a punto de matarse; una niña que decide guardar silencio, inmune a todos los interrogatorios y terapeutas que se le infligen; un joven sacerdote que es enviado a Tenerife; un suicidio; unos huesos misteriosos que aparecen, durante una excavación… Todos los cristalitos están ahí, moviéndose con lentitud y con desconcierto de calidoscopio, pero todo queda explicado (¿todo?) en el capítulo final, donde una confesión dura, letánica, obsesiva, que repite una y otra vez las mismas palabras y las mismas inquisiciones, como si el llanto comenzase a producir la fermentación de la culpa, nos dejará con la piel erizada.

Hay que ser muy valientes para adentrarse en esta historia, porque nos enfrenta con espejos oscuros y con traumas infantiles de dolorosa densidad. Pero Victoria Pelayo es tan firme en su pulso narrativo y tan inteligente en la conformación de sus dibujos psicológicos que La Ciudad Dulce mereció el premio 2025 de novela Avant Ceuta. Harían ustedes bien en buscarla y leerla.

viernes, 7 de marzo de 2025

Reversibles



Muchas veces, he contado que mi única ocupación constante y feliz desde muy joven ha sido la lectura. Lectura sin pautas, sin orden, sin propósito: el puro gusto de conocer novelas, cuentos, obras de teatro, poemas, ensayos; del pasado o del presente; de mi país o de otros. Es una aventura avariciosa e insaciable que me ha impregnado desde hace más de cuatro décadas y que no tiene visos de frenarse o de admitir clausura. Y en ese viaje he tenido la suerte de descubrir algunas voces que, escribiendo lejos de mí, han viajado hasta mis ojos por obra del azar y se han convertido en autores y autoras a quienes admiro y me enriquecen la vida: no será necesario añadir una cabalgata de nombres, porque resultaría incompleta. Pero en esa lista se encuentra, desde 2019, Victoria Pelayo Rapado, de la cual he tenido el placer de reseñar Malos días ( https://rubencastillo.blogspot.com/2019/07/malos-dias.html), Lo justo (https://rubencastillo.blogspot.com/2021/06/lo-justo.html) y Orden (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/04/orden.html). Ahora, con ilusión renovada, me sumerjo en las páginas de Reversibles (Castilla Ediciones), donde la escritora zamorana reúne ocho historias densas, inteligentes y magníficas, que abordan un abanico de temas absolutamente irresistibles.

¿Se imaginan a un exboxeador que, tras la ruina, vive en las calles y se convierte en observador y protector de una mujer desvalida, a la que libra de un destino aciago? ¿Se imaginan a un grupo de amigos ya maduros que dan en la macabra idea de sumarse al juego de apuntar en un papelito cuál creen que será el primero en morir? ¿Se imaginan a la mujer que, tras el divorcio del vecino, comienza a acariciar la idea, aventurera y quizá insensata, de abandonar a su propio marido? ¿Se imaginan a otra que, harta del mundillo hipócrita en que se mueve su pareja, decide romper todos los protocolos y ponerse el mundo por montera? ¿Y se imaginan cómo actúa la que, de forma tan salvaje como silenciosa, ha sido violada en el campo por un paseante con perro (la escena es durísima, ya les prevengo)? Toya Pelayo nos coloca ante todos esos abismos (y ante otros, que descubrirán ustedes si tienen la feliz idea de acercarse hasta este libro) para que reflexionemos en profundidad sobre la esencia del ser humano, sobre sus flaquezas, sus zozobras, sus mezquindades, sus glorias y sus miedos ocultos. Les aseguro que saldrán impresionados. Les aseguro que no saldrán indemnes. Den el paso y me cuentan.

viernes, 7 de abril de 2023

Orden

 


La mayor parte de los seres humanos (no me atrevería a decir que todos, porque somos tan hermosamente diversos como variopintos) necesita un sistema de referencia en el que insertar su vida, un cosmos que le dé equilibrio y que fije los límites. Puede ser una familia, una religión, un sistema de gobierno, un trabajo, una rutina de vacaciones, un vecindario… o la combinación de varios de esos factores ambientales. Y dentro de ese sistema de coordenadas nos movemos con una cierta calma (o con una calma cierta: que cada cual elija el orden que prefiera de sustantivo y adjetivo). Pero, en ocasiones, irrumpe en ese cosmos un chirrido, un elemento extraño que lo enrarece o distorsiona, que lo fragmenta o anula: una persona inesperada, un suceso catastrófico, un vuelco traumático.

Las siete situaciones (las siete historias) que componen Orden, de la zamorana Victoria Pelayo Rapado, nos aproximan con talento indiscutible a esos estados anómalos, a ese cosmos convertido en caos; y nos deja que contemplemos la manera en que sus personajes reaccionan ante la disrupción. A veces, se tratará de una conversación incómoda, escuchada antes de que se produzca un accidente en la carretera; a veces, será una sospecha inquietante, que aumenta conforme pasan las horas de unas vacaciones en Cartagena de Indias; a veces, el desasosiego se manifestará en forma de inquilino maniático, que impone sus rarezas de forma tan gradual como imparable; a veces, se manifestará con el advenimiento de una moderna, ruidosa y maleducada vecina, que agita las calmadas aguas hogareñas de una mujer tranquila. Cada una de esas zozobras provoca (doy fe) un cenagoso desasosiego en el ánimo de la persona que está leyendo el relato, porque la autora no solamente sabe escribir (flaco elogio le tributaría, si me quedase en esas meras palabras), sino que sabe contar. Es decir, que imprime el ritmo, y las velocidades, y la densidad, y la textura, y el color que cada situación requiere, convirtiéndolas en diamantes narrativos.

Siempre he opinado que escribir bien no consiste en respetar la sintaxis militar del idioma o en someterse a las normas ortográficas y gramaticales, sino en ser capaz de construir textos cuya arquitectura y cuya música conmocionen a quien lee. Victoria Pelayo Rapado lo consigue, sin lugar a dudas. Magistral.

jueves, 3 de junio de 2021

Lo justo

 


En el mes de julio de 2019 cayó en mis manos el volumen Malos días, editado por De la luna libros, y lo terminé en apenas dos tardes con una enorme felicidad: me pareció una obra estupenda. Ahora, dos años después, experimento la misma sensación con Lo justo, una gran colección de relatos que edita Baile del Sol y que me devuelve a la espléndida narradora Victoria Pelayo Rapado.

En esta segunda entrega compruebo que las virtudes literarias que asomaban en el tomo anterior se consolidan y refuerzan: la escritora zamorana se mueve con soltura y con rotundidad (no siempre es fácil combinar ambos vectores) en los territorios de la memoria y de la culpa (“Una educación religiosa”), en la emoción que a veces trepa desde el estómago hasta la garganta (“Mejor con la luz encendida”), en la descripción de una agonía lastimosa (“Hasta que la muerte”) o en el desarrollo de una venganza que nace de la decepción (“En lo bueno y en lo malo”). Vigorosa y siempre elegante, la prosa de Victoria Pelayo zigzaguea y nos va meciendo con sus oleajes deliciosos, con sus luces tenues, hasta conseguir que nos sintamos incluidos en sus propuestas y que experimentemos, gracias a la capacidad envolvente que despliega de principio a fin, sentimientos de angustia (“La ratonera”), ira (“Puerto 3”) o desdén decepcionado (“Mala sangre”).

Si desean conocer un buen volumen de cuentos, no se lo piensen demasiado: Lo justo colmará sus expectativas. Las mías, desde luego, las ha colmado.

viernes, 26 de julio de 2019

Malos días




Hay días que son gozo, días que son tortura y días que se incorporan a la cloaca gris de lo indiferente. Pero de todos ellos se puede trazar, si se dispone de talento y de pericia narrativa, un relato espléndido, porque la literatura siempre ha estado en la forma en que se miran las cosas, en el enfoque que utilizamos para pirograbarlas en las pupilas y el cerebro de los lectores.
Victoria Pelayo Rapado, en su hermoso trabajo Malos días (De la luna libros), nos ofrece una demostración incuestionable de esa posibilidad. Por sus páginas desfilan personajes de sexos y edades diferentes, que se tienen que enfrentar a jornadas especiales, a horas de inflexión en las que sus vidas quedarán alteradas de un modo irreversible; y quien lee siente que los latidos de su corazón (más rápidos o más lentos, sonrientes o perturbados) se amoldan al ritmo que la autora zamorana imprime a sus textos.
Conoceremos así a Ángel, un joven que acepta un delicado y angustioso trabajo por el que le pagarán muy bien, pero que lo acongojará; y a Montse, una extraña sordomuda que trabaja como limpiadora en un hotel; y al padre y al hijo que, tras veinticinco años de separación orgullosa e inútil, se reencuentran en la casa del anciano; y a la muchacha que da a luz sin ayuda en el suelo de la cocina; y al agobiado repartidor que experimenta la ansiedad de estar sin tabaco, y que lo busca en todos los lugares donde realiza entregas; y a la tanatopractora que se siente minusvalorada, a pesar de la importancia de su actividad; y a muchos otros personajes que, diminutos y anónimos, circulan por el mundo con su cargamento de tristezas, alegrías y decepciones.
Gran libro, sin duda, que se lee con la gratitud que todos los buenos degustadores de literatura experimentamos hacia las personas que se preocupan de componer buenas obras.