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viernes, 7 de agosto de 2026

Dar la vida y el alma

 


Para las personas que hayan leído Tríbada, de Miguel Espinosa, imagino que será sorprendente que la compare con Dar la vida y el alma, de Marina Mayoral. No lo hago tanto por la intensidad literaria de sus páginas (que juzgo superior en el caravaqueño) como por el espíritu que impregna ambas obras: la voluntad de analizar y entender todos los meandros íntimos de sus personajes. El asunto o argumento queda convertido en ambas obras en pura anécdota, porque la mirada de quien escribe se concentra en los móviles de sus personajes, en sus impulsos, en sus esperanzas, en sus temores. Consciente de esa condición, Espinosa prefería con buen criterio la etiqueta de ‘libro’ a la de ‘novela’, pero entiendo que la autora gallega ensaya otro mecanismo: el manejo de dos líneas alternas, que se trenzan a lo largo de la obra como sinusoides independientes. En la primera (la más puramente novelesca), nos habla de Amelia, una chica jovencísima (18 años) que, tras su noche de bodas en París, es abandonada por su marido, Carlos, que la deja sin nada: ropa, dinero o calzado. Eso no la impulsa a la venganza o la amargura, sino hacia la conformidad: sigue considerándose casada con él y rehúye toda posible denuncia, para consternación o enfado de la familia (que no entiende su actitud) y para asombro de la ciudad (que mira con estupor y con respeto su gesto de conformidad cristiana). Enrique, un chico que la amaba desde antes de su boda y que la sigue queriendo platónicamente, se casará con Carmen, consciente de que ella nunca accederá a la anulación del matrimonio. De hecho, cuando las garras de la enfermedad arañen a Carlos en su vejez, Amelia acudirá para estar a su lado, contra todo pronóstico. En la segunda línea, Mayoral, auxiliándose con referencias a otros escritores (Eduardo Mendoza, Benito Pérez Galdós, Mercè Rodoreda, Emilia Pardo Bazán, Mario Vargas Llosa, Gabriel Miró, el arcipreste de Hita, Espronceda, Larra, Bécquer o Stendhal, entre otros), se adentra por un interesante sendero de análisis, donde psicología y sociología se dan la mano para hacernos reflexionar sobre la historia: ¿qué sintieron sus protagonistas? ¿Qué fue lo que motivó sus actos? ¿Qué porcentaje de amor, de religión, de conveniencia social o de terquedad impregnó las actuaciones de Amelia, de su padre, de Carlos, de Enrique, de Lola, de Carmen? Y, además, ¿cuánto nos revelan los recovecos de esta historia de la propia narradora, que ha sido abandonada por su pareja y que no puede evitar reflejar sus ideas en el libro (“A mí me sorprende cómo algunas mujeres luchan por retener al hombre que se ha enamorado de otra, o incluso al que se ha cansado de ellas y se enreda una y otra vez en aventuras buscando nuevas ilusiones. Yo me siento incapaz de hacer otra cosa que no sea facilitarle el camino para que se vaya”)?

A la postre, poco importa que hablemos de personajes reales o imaginarios; y poco importa que la voz narradora corresponda a Marina Mayoral o no (solamente un lector muy cotilla puede estar interesado en esos pormenores). Liberados del poder coyuntural del tiempo y del registro civil, los análisis y elucubraciones de Dar la vida y el alma, que me parecen muy valiosos, adquieren corporeidad por sí mismos y fijan su propio territorio. Notable.

sábado, 29 de marzo de 2025

Tristes armas

 


Harmonía y Rosa son dos criaturas que, desde sus primeros años, han sufrido golpes terribles a causa de la guerra civil española de 1936. Su padre era un maestro que, negándose a aceptar la sublevación de los militares desleales, toma las armas para combatir por la república; su madre trabaja como enfermera en un hospital de campaña. Ambas ocupaciones les impiden atender a sus hijas de la forma en que quisieran y, sabiendo que sus familiares son afectos a la causa fascista, prefieren dejarlas en un orfanato. Unos meses después, las verán partir hacia Rusia, donde (sin que ellas lo sospechen) habrán de permanecer muchísimo tiempo. Es la triste condición desgajada de los niños de la guerra.

Repartiendo su mirada en dos frentes narrativos, la gallega Marina Mayoral nos va relatando las vicisitudes de ambas ramas familiares: esos padres que se quedan, esas hijas que crecen en un mundo lejanísimo. En los dos lados florece el sufrimiento, pero también en los dos palpita la esperanza. “Si las cosas fuesen como deben ser, si siempre ganasen los buenos, este mundo sería un paraíso; y no lo es. Pero nuestra obligación es luchar para que no sea un infierno”, dice uno de los personajes en la página 51. Y creo que el ímpetu moral de esas palabras es el que mantiene el tono humano de la obra, donde vemos a unas niñas que, tras escribir una primera carta a su madre (una carta que la guerra, primero, y la censura, después, y la cicatería de sus familiares, por fin, paraliza antes de que llegue a su destino), se dedican a la valiente tarea de sobrevivir, con la ilusión del reencuentro.

Durante los años y décadas siguientes, cada uno de los personajes irá labrando su propio sendero: celebrarán matrimonios, tendrán hijos, se esforzarán por sus ideales, soñarán con volver a ver a los demás, se apoyarán con infinito amor. Y, al cabo, como las golondrinas, terminarán volviendo al pueblo de la infancia, donde el nieto del viejo cartero les reserva una sorpresa.

Una novela deliciosa, que no solamente gustará a los lectores jóvenes, sino que les permitirá conocer un período tan triste como inolvidable de la historia de España.

jueves, 30 de enero de 2025

Querida amiga

 


He leído poco, pero siempre con mucho agrado, a Marina Mayoral; así que era cuestión de tiempo que decidiera abordar otra de sus obras. Y lo he hecho con Querida amiga, una fascinante colección de relatos epistolares que publica el sello Alfaguara, traducidos del gallego por la propia escritora lucense. Como no podía ser menos, el resultado ha sido magnífico: una absorbente mezcla de prosa elegante, amenidad, buen humor, reflexiones notables sobre el alma humana y ciertos hilvanes que, de forma graciosa y hábil, unen algunos relatos entre sí.

Con un espléndido buen pulso narrativo, nos relata la historia de una montañesa guapetona que, pese a estar ennoviada con el hijo del capador, acaba casándose con un sargento de la guardia civil, sin que ese vínculo matrimonial ni los hijos derivados de él hayan logrado hacerle olvidar del todo a ese primer amor, que se grabó en lo más hondo de su pecho (historia que, de forma tan noble como respetuosa, completa el propio sargento, cuando le escribe a la autora para que tenga conocimiento de las dos versiones del relato, no solamente la de su mujer); y nos cuenta también el fascinante viaje temporal que experimentan dos jóvenes investigadoras que, mediante un experimento científico, terminan por regresar al año 1614, en el que conocen a Lope de Vega; o las zozobras que embargan a una narradora que, después de llevar a la práctica una idea estúpida, pierde la amistad de su mejor amiga; o la asombrosa convicción que atesora un doctorando acerca de la condición criminal de Fernán Caballero, a la que estima asesina de sus esposos, de forma consecutiva y secreta; o el amargo desequilibrio mental que aqueja a un conductor de autobús cuando, consciente de las desigualdades sociales que burbujean  en el mundo, adopta una decisión cruenta y aparatosa.

Pero no se preocupen: de ninguno de los relatos les he contado “lo mejor”, esa sorpresa llena de magia que todos contienen y que los vuelve inolvidables.

Espero que los disfruten.

sábado, 14 de mayo de 2022

Plantar un árbol

 


Laura, la hija del maestro republicano don Marcial, vive su infancia en Galicia, en cuyos paisajes se desenvuelve felizmente. Y durante ese tiempo construye una bonita amistad (que pronto se convierte en algo más profundo) con Paco, que soñaba con ser arquitecto y se ha quedado en maestro de obras. Pero, de pronto, aparece en su vida Fernando, un pianista en el que hay depositadas grandes esperanzas de futuro; y ella, soñando ser “como Zenobia”, se casó con él e hizo todo lo posible por ser dichosa a su lado. No tardó mucho en percatarse de que su marido “no era un genio, ni siquiera un gran artista”; y llegó la desilusión. Pero ha permanecido treinta años junto a él.

Ahora, justo el día en que cumple medio siglo, Laura está de nuevo en el territorio de su infancia, disponiéndose a plantar un magnolio. Sabe que no llegará a verlo crecer, y que cuando ese árbol dé sombra y florezca habrá pasado el suficiente tiempo como para que ella no pueda gozarlo. No importa. Sus hijos, que ya son mayores, han hecho su vida muy lejos; a sus nietos, si es que llega a tenerlos alguna vez, los verá en fotografía; su marido, neurasténico y fracasado, sigue en Madrid… Pero el magnolio, cuyo cuidado encomienda a Paco (quien ha tenido una nieta a la que han puesto el nombre de Laura), será su huella. Su recuerdo. Una vez que esté plantado, ella partirá.

Novela corta, delicada y melancólica, con la que Marina Mayoral obtuvo el premio Gabriel Sijé y que nos habla de ilusiones, de errores, de sueños y de esperanzas, que son el sustrato sobre el cual se construye siempre nuestra vida.

viernes, 13 de julio de 2018

Un árbol, un adiós



Termino una pequeña novela de Marina Mayoral a la que puso como título Un árbol, un adiós (Acento Editorial, Madrid, 1996). Es la historia de una mujer llamada Laura que, ya casada y con hijos, vuelve al lugar de su infancia con el objetivo de plantar un magnolio. Allí reencuentra a Paco, el primer amor de su vida (magnífico capítulo VIII, donde cuenta cómo se despidió de él haciendo el amor junto a un hórreo, aunque en Madrid la estaba esperando el novio con el que se acabaría casando), y comprende que la melancolía y la memoria son parte imprescindible de la existencia.
Me ha gustado mucho este texto, y creo que está bien conseguido. A veces, inevitablemente, el monólogo se vuelve un poco forzado; pero en líneas generales está resuelto con elegancia y con oficio narrativo.
“A la belleza no hay que exigirle nada” (31). “La vida es un juego cruel en el que todos somos perdedores” (72). “Sentirse indispensable llena mucho” (78).