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domingo, 6 de septiembre de 2026

Cotidianas

 


Abro un nuevo libro del uruguayo Mario Benedetti y me detengo unas horas en sus versos cristalinos. Qué limpieza de expresión. Qué capacidad para construir las imágenes más hermosas y más inesperadas. Qué juegos de vocablos tan bellos e imborrables. Es el niño-poeta: aquel que sabe descubrir las luces y los poderes de cada palabra, que los demás manejamos con inconsciencia gris. Pero el resultado de ese juego de apariencia inocente es la poesía honda, contundente, certera, irónica y espléndida de uno de los grandes autores del siglo.

A veces, la alegría se acerca hasta nosotros y nos lanza sus avisos para hacernos saber que quiere entrar (“Piedritas en la ventana”); a veces, son el alerce y el baobab los que dialogan, sin que los humanos seamos capaces de percibirlo (“De árbol a árbol”); a veces, el poeta enarbola su parcialidad, su aversión a la neutralidad de los ciegos o los cobardes, incluso sabiendo que esa terca obstinación le puede costar cara (“Soy un caso perdido”); a veces, constatará con acrimonia y pesadumbre cómo será el mundo si la bomba de neutrones aniquila a todos los seres vivos (“Las novedades del horror”); a veces, nos dejará poemas que resulta casi imposible imaginar sin la voz y la música de Joan Manuel Serrat (“Defensa de la alegría”, “Testamento de miércoles”); a veces, nos invitará a reflexionar sobre la forma en que registramos el paso del tiempo (“Síndrome”); y a veces, en fin, nos enunciará unas verdades tan sencillas que, casi siempre, se vuelven invisibles (“Unos como invasores / otros como invadidos / ¿qué país / no ha perdido la inocencia?”).

Ahora que yo también puedo decir, con el uruguayo, que “tengo un verano de doce meses” (por mi jubilación) intentaré seguir leyendo todos sus libros.

lunes, 4 de noviembre de 2024

El vecino de abajo


Decir que la novela El vecino de abajo, de Mercedes Abad, me ha parecido buena o mala resultaría, bien lo sé, una simplificación, porque contiene elementos que decantan la balanza de uno y de otro lado, pendularmente. ¿Elementos positivos? La claridad de la prosa, el buen ritmo narrativo, la conclusión inteligente de la pieza. ¿Elementos negativos? Su creciente inverosimilitud, su trama en ocasiones forzada. Me atrevería a definirla como una aceptable novela de humor, aunque ignoro si entre las pretensiones de la autora se encontraba formular un relato de ese tipo. Resumamos (y pido disculpas por el esquematismo) el argumento de la obra. Una traductora, que está vertiendo del alemán al español cierta novela de Agni Rinecke, se encuentra de pronto con la sorpresa de que a este autor le acaban de conceder el premio Nobel de Literatura. Como es lógico, la editora comienza a presionarla para que culmine su traducción con la mayor celeridad posible… pero ninguna de las dos cuenta con el capricho snob de Miquel Aubet, el vecino de abajo, que ha decidido meter en su casa una legión de albañiles para que, con sus martillos, sus mazos, sus radiales y demás utensilios diabólicos, se encarguen de renovar de arriba abajo la vivienda. Ese ruido infernal se prolonga durante días, y luego durante semanas, hasta destrozar el sistema nervioso de la traductora, quien va encadenando desgracias (sus flores se mustian, su portátil se rompe, tiene que cambiar de residencia, pasa un par de semanas en prisión por agredir a un agente de la ley) hasta que, desbordada y neurótica, decide emprender una campaña feroz vengativa contra el maldito Aubet. Hasta aquí, genial: un buen planteamiento para entretener a los lectores.

El problema comienza cuando los sucesivos pasos de la venganza se van tiñendo de inverosimilitud, y entran en juego una vecina secretamente millonaria, unos extranjeros que deciden apoyar a la protagonista a cambio de que todo se grabe en vídeo (para su disfrute), una editora que le ofrece un dineral por su primera (y aún no comenzada) novela… Quien lee la historia va, poco a poco, frunciendo el ceño a medida que los azares (cogidos con alfileres y siempre al límite de la credibilidad) se amontonan. De hecho, en ocasiones se plantea uno abandonar un relato que se antoja, en mi opinión, excesivamente esperpéntico. A ver, que sí que es ameno. Cómo negarlo. Mercedes Abad muestra un evidente dominio de la técnica narrativa, y eso siempre se agradece, pero este manejo del humor me gusta más cuando lo emplea Eduardo Mendoza.

Vuelvo a decir lo mismo que ya apunté cuando realicé mi comentario de Ligeros libertinajes sabáticos (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/01/ligeros-libertinajes-sabaticos.html), que leí en 2022: que quizá haga otro intento con esta autora. Ahora lo veo un poco menos probable.


domingo, 11 de agosto de 2024

Malinche

 


Pocas figuras podrán encontrarse en la historia del continente americano tan polémicas, tan denostadas, tan glosadas, como la de Malinche, aquella joven indígena que se convirtió en la traductora (y después en la amante) de Hernán Cortés, que le auxilió a la hora de comunicarse con Moctezuma y que lo protegió de la muerte revelándose la existencia de complots destinados a acabar con su vida. La arpía, la traidora, la Gran Chingada. O quizá la joven deslumbrada por la condición divina del hombre con barba que, subido en un caballo, parecía ser un enviado (o la reencarnación) del dios Quetzalcóatl. ¿Y por qué no las dos cosas, si aceptamos que los seres humanos somos poliédricos y estamos llenos de luces, sombras, fervores y contradicciones? Laura Esquivel nos propone en esta novela una interpretación muy hermosa de los pensamientos, las lágrimas, las zozobras, las orfandades, los desgarros y las fidelidades de una mujer que, desde la infancia, estuvo sometida al dolor y la soledad: su madre la abandonó siendo una niña, porque deseaba disfrutar de su nueva pareja; la crio su abuela Citli, que era invidente; nunca pudo mantener contacto con su hermano… Descubrir a Cortés supuso para Malinalli (era su verdadero nombre) la posibilidad de un cambio de vida, porque creyó entender que los españoles eran enviados del dios Quetzalcóatl (“Sólo si ellos venían a instaurar de nuevo la época de gloria de sus antepasados, era que Malinalli tenía salvación. Si no, seguiría siendo una simple esclava a disposición de sus dueños y señores. El fin del horror debía de estar cerca. Así quería creerlo”, p.27). Así que se esforzó para aprender su idioma y, adornada con ese atributo, convertirse en la “lengua” de Hernán Cortés, en la bisagra que podía unir dos culturas.

Comienza así un choque, bellamente descrito por Laura Esquivel, entre formas muy distintas de entender la religión, la vida, la naturaleza y al ser humano: de un lado, el lirismo complacido de Moctezuma o Malinalli, que aspiran a entender la luz, los aromas, los sonidos y las fuerzas del mundo telúrico; del otro, el pragmatismo reseco de Cortés y el resto de españoles, que solamente ansían descubrir tesoros y riquezas. Esa confrontación se observa en todos los detalles de la relación entre las dos figuras protagonistas de la obra. Por ejemplo, el conquistador utiliza a Malinalli como intérprete por motivos políticos; pero ella lo percibe de otro modo y lo expresa así: “Ser ‘la lengua’ implicaba un gran compromiso espiritual, era poner todo su ser al servicio de los dioses para que su lengua fuera parte del aparato sonoro de la divinidad, para que su voz esparciera por el cosmos el sentido mismo de la existencia” (p.71). Poco a poco, ella va reflexionando sobre el poder que le otorga ser la traductora oficial del enviado de Quetzalcóatl, y lo ilustra (no me resisto a copiarla) con una hermosa metáfora sobre lo masculino y lo femenino: “La boca, como principio femenino, como espacio vacío, como cavidad, era el mejor lugar para que las palabras se generaran y la lengua, principio masculino, puntiaguda, afilada, fálica, era la indicada para introducir la palabra creada, ese universo de información, en otras mentes, para que ahí fecundara” (p.72).

Al final, después de acercamientos y separaciones, la mujer es repudiada por el brusco Hernán Cortés, que la entrega a su lugarteniente Jaramillo, sin saber que les está regalando a ambos la mayor de las felicidades.

Con este tipo de figuras, a mitad de camino entre lo real y lo legendario, se tiende siempre a los extremos: estigmatizar o endulzar (es decir, recurrir al color negro o al color blanco). Laura Esquivel, inteligentemente, soslaya ambas tentaciones y trata de entender a Malinalli, de ponerse bajo su piel y sumergirse en su pensamiento, para que los lectores podamos acompañarla en el viaje y avanzar por los senderos mentales de la lengua de Cortés, que quizá no fue totalmente traidora ni totalmente heroína, sino una simple mujer intentando adaptarse a un mundo nuevo, en el que debía sobrevivir.

Si ahora le suman las docenas de frases bellas que adornan la obra (“La saliva es agua sagrada que el corazón crea. La saliva no debe gastarse en palabras inútiles” (p.25); “La paciencia era la ciencia del silencio” (p.178); etc.), comprenderán que haya salido encantado de esta lectura, que les aconsejo.

lunes, 5 de febrero de 2024

Tinto de verano

 


El diario El País propuso hace años a Elvira Lindo que escribiese una columna diaria durante el mes de agosto y ella, tras aceptar, decidió convertir sus letras en un dibujo bienhumorado sobre la realidad que vivió durante aquellas semanas, habitando en una residencia veraniega fuera de Madrid, acompañada por sus hijos adolescentes y su marido, el también escritor Antonio Muñoz Molina (que se encontraba en pleno proceso creativo de su libro Sefarad). Aquellas páginas, que ahora se reúnen en el volumen Tinto de verano, pretendían “retratar a las personas por su lado más cómico, no hacer una descripción realista”, pero se llevó la sorpresa de que muchos lectores no entendieron bien el propósito que la guiaba y se tomaron en serio sus bromas. Por fortuna, como anota después, “la mayoría de los lectores me siguieron el juego, hicieron lo que yo esperaba: relajarse, leer y sonreír, y a veces, hasta reírse”.

Este volumen nos ofrece secuencias impagables, donde el ánimo festivo burbujea casi en cada párrafo y nos regala felicidad lectora. En ellas, nos presenta a un Antonio Muñoz Molina que mata mosquitos por las noches con un periódico enrollado; a un padre que come más que la orilla del río (el artículo “Abuelito, dime tú” es antológico); o a unos hijos que se refugian en frases de Fernando Savater para no realizar sus tareas domésticas. Pero esa mirada jocosa también la despliega sobre sí misma, y vemos a la escritora planteándose la conveniencia de someterse a alguna operación quirúrgica, para parecerse a Jennifer Aniston; o explicándonos que está apuntada a un gimnasio, pero que no va nunca (“Bastante hago con pagarlo”); o gastándose veinte mil pesetas en una crema facial que sus hijos se untan en unas tostadas, creyéndola crema de cacahuete; o comprándose un colchón carísimo, que pretende desgravar en Hacienda; o calibrando la posibilidad de adquirir un cerdo como animal de compañía; o viéndose envuelta en una sesión depilatoria hilarante, porque los hijos de la esteticién son lectores de sus libros de Manolito Gafotas y desean estar presentes.

Con una prosa refrescante, Elvira Lindo nos va trasladando la crónica de un mes tórrido y aburrido, en la que sobrevive como puede a la lejanía de su amado asfalto madrileño, sin el que no se siente demasiado cómoda. “De lo que yo trataba de escribir este verano era, aunque a lo mejor no he sabido escribirlo y nadie se haya enterado, sencillamente de la felicidad”, dice para terminar el libro. Mi aplauso, desde luego, lo ha logrado. Y mis sonrisas (que no son fáciles de arrancar) fueron constantes durante la lectura.

viernes, 19 de enero de 2024

Ensayo sobre la ceguera

 


Durante mi infancia, jugaba en ocasiones a fingirme ciego y comprobar hasta qué punto sabía adaptarme a ese modo de vida. Cerraba los ojos y me movía por mi casa, intentando no tropezar con los muebles, beber agua del frigo o sentarme en la mecedora después de localizarla al tacto. Pero un día, después de sonreír por mis logros, constaté con perplejidad que, al margen de esas “victorias” diminutas, no podía leer, no podía escribir y, mucho peor, no hubiera sido capaz de salir de mi vivienda y moverme por la calle. Siendo ya profesor de bachillerato, he insistido algunas veces a mis alumnos para que intenten el experimento y extraigan consecuencias.

Ahora me sumerjo en una novela asfixiante, en la que el portugués José Saramago lleva esa propuesta hasta su límite: ¿qué pasaría si, por una inexplicable epidemia súbita, todos los habitantes del mundo se quedaran ciegos? ¿En qué quedarían convertidas las ciudades? ¿Cómo se podría sobrevivir, sin coches, sin libros, sin supermercados, sin colores, sin saber dónde estás, sin saber cómo volver a casa o dónde encontrar un retrete? Ocioso sería anotar en esta página un resumen del argumento de la narración, porque su fama literaria, el mundo del cine e incluso la propia imaginación de los lectores suplirá aproximadamente esas líneas; pero les aseguro que Saramago consigue un nivel de sofoco, de exactitud, de crueldad necesaria (los seres humanos, sometidos a esa limitación, incurrirían en la feroz impiedad de los animales salvajes), que la lectura del libro corta la respiración más de una vez. Por ejemplo, cuando los protagonistas se encuentran por la calle y no son capaces de saber hacia dónde dirigirse, en medio de un laberinto de coches estacionados, perros que aúllan buscando comida y cadáveres esparcidos por las aceras. Por ejemplo, cuando un grupo de ciegos que han conseguido un arma y controlan la comida exigen que las mujeres del otro grupo se conviertan en objetos sexuales a cambio de comida (preparen el estómago para esta indigna secuencia terrible, que los hará oscilar entre las lágrimas y el vómito).

Copio una frase de la novela: “Si antes de cada acción pudiésemos prever todas sus consecuencias, nos pusiésemos a pensar en ellas seriamente, primero en las consecuencias inmediatas, después, las probables, más tarde las posibles, luego las imaginables, no llegaríamos siquiera a movernos de donde el primer pensamiento nos hubiera hecho detenernos”. Copio otra frase: “Dentro de nosotros hay algo que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”.

Hace un par de años anoté en este Librario que no me terminaban de convencer las obras de José Saramago, pero decidí intentarlo de nuevo. Ahora me alegro de haberlo hecho: Ensayo sobre la ceguera es una auténtica maravilla novelística.

jueves, 23 de noviembre de 2023

El cuento de la isla desconocida

 


Un súbdito insolente (la “insolencia” consiste en pedir a los poderosos algo que ellos no hayan contemplado con anterioridad como limosna) se acerca hasta la puerta donde vive el rey y, sin mediar súplicas o genuflexiones, le solicita un barco. Interrogado por sus motivos, alega necesitarlo “para buscar la isla desconocida”. El soberano, conteniendo la risa, le dice que no tiene noticia de que aún existan ese tipo de islas, pero el peticionario se enroca en la terquedad (“Es imposible que no exista una isla desconocida”), consiguiendo que el monarca deponga su soberbia y le conceda su deseo. La mujer de la limpieza de palacio decide irse con el aventurero, para compartir su destino. De tal forma que, mientras él recluta a los futuros componentes de la tripulación, ella adecenta el barco y se preocupa por la alimentación de todos. Por desgracia, nadie se suma al proyecto, aduciendo razones prácticas (“Me dijeron que ya no hay islas desconocidas, y que, incluso habiéndolas, no iban a dejar el sosiego de sus lares y la buena vida de los barcos de línea para meterse en aventuras oceánicas, a la búsqueda de un imposible”). La mujer, abatida, sugiere la posibilidad de quedarse en tierra, pero el soñador lo tiene claro: una vez que ha concebido la idea, no está dispuesto a renunciar a su isla (“Quiero saber quién soy yo cuando esté en ella”).

No desvelaré los pormenores y meandros que la narración (que, como es bastante evidente, puede ser leída en clave política) dibuja a partir de ahí, pero sí consignaré que enriquecen el carácter simbólico de la misma, tan hermoso como poliédrico.

Pese a que José Saramago no pertenece al grupo de mis autores favoritos, he querido insistir con él y he tenido la buena fortuna de toparme con este título, que me ha gustado mucho. Quizá deba concederle más oportunidades lectoras al premio Nobel portugués.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Ben en el mundo




Cuando llegué a la última página de El quinto hijo, de Doris Lessing, me quedó una sensación muy extraña. Me faltaba algo. La novela me pareció magnífica, qué duda cabe (bien contada, bien modulada, con protagonistas trazados con hondura), pero el destino de su personaje protagonista (aquel muchacho peludo, gruñón y semiautista, que parecía un neanderthal nacido miles de años después de la extinción de la especie) se erigía en una incógnita demasiado poderosa. ¿Cómo podía el lector asumir que aquella criatura quedara, sin más, lanzada a un destino inexplicado, en los últimos años del siglo XX? Y se ve que a la escritora británica se le debió quedar también ese gusanillo, porque doce años después publicó la continuación, bajo el título de Ben en el mundo (2000).
Nos lo encontramos ahora convertido en un joven de 18 años, que ha tenido leves experiencias sexuales con prostitutas, que ha sido acogido por la anciana señora Biggs, que ha sido utilizado por un gigoló para cierto negocio escabroso e ilegal y que, finalmente, acabará recalando en Hispanoamérica, cuando un cineasta con menos talento que escrúpulos (o al revés) se lo lleve para filmar allí una película sobre una tribu salvaje. Quienes lo rodean siguen coincidiendo en los análisis que ya menudeaban en la anterior entrega (“Ben no era humano, aunque se comportara casi siempre como si lo fuera. Y no era un animal. Era una regresión de algún tipo”, p.129) o que incluso se atreven a ir un poco más allá (“Dicen que tiene que ser un retroceso a hace mucho tiempo. Muchísimo. Miles de años. Podrían descubrir con él cómo era aquel pueblo antiguo”, p.219).
Las escenas sexuales, en las que Ben se comporta rudimentaria y atávicamente, son convincentes. Los rastreos por su tosca psicología también lo son. Y el modo en que Doris Lessing concluye su relato no puede ser más triste, razonable ni melancólico, quebrantando los clichés sobre la inanidad de las segundas partes. Ésta, desde todos los puntos de vista, era necesaria.
Una intensa reflexión sobre lo diferente y sobre la forma en que el mundo se comporta frente a esas diferencias.

jueves, 7 de mayo de 2015

Nochebuena



No ha sido Nikolái Gógol uno de mis escritores más frecuentados, así que esta Nochebuena que traduce Tatiana Enco de Valera para Punto de Lectura será su primer título en mi Librario.
Nos cuenta el narrador ruso o ucraniano cómo en la víspera de Navidad el demonio no tiene mejor idea que robar la luna para que el joven pintor Vakula, perdidamente enamorado de la bella y escurridiza Oksana, no pueda acudir a una cita con ella. Pero la acción pronto se enredará con otros personajes: el violento Chub (padre de Oksana), que intenta salir en medio de la oscuridad para verse con una mujer; Soloja, la madre del joven pintor, que es una bruja que tiene encandilados sexualmente a varios hombres, a quienes recibe a la vez y va escondiendo en sacos, para proteger de la mirada inoportuna de su hijo (el alcalde, el diácono...); las amigas de Oksana, que celebran con gran aparato de risas los desdenes que la muchacha tributa a su entregado admirador (el cual llega a pensar en el suicidio antes su rechazo y sus burlas crueles); y el diablo, aliado y amante de Soloja, que terminará siendo apresado por Vakula y utilizado para conseguir unos zapatos de la zarina, que Oksana requiere para tomarse en serio a su cortejador.
La pequeña obrita, que apenas ocupa medio centenar de folios y que termina de un modo excesivamente edulcorado, transcurre sin demasiadas alegrías de tipo literario y se aliña con unas leves secuencias de humor, más bien poco airoso (dos amantes reunidos en el mismo saco, el diablo que cae en la trampa que le tiende un joven imberbe, etc). La edición de Punto de Lectura, además, se completa con ocho dibujitos de Isabel Fischer sobre los que, piadosamente, no verteré ningún comentario.

O sea, que ya probaré con otra obra de Nikolái Gógol que resulte más sólida o trascendente, porque lo que es ésta no me ha decepcionado.

viernes, 31 de agosto de 2012

El último judío



Que el pueblo judío ha experimentado a lo largo de su turbulenta historia incomprensiones, diásporas, vejámenes y llorosas masacres es un suceso bien sabido y bien explicado, desde los relatos de la Biblia hasta los fotogramas estremecedores de La lista de Schindler. Lo que no se suele recordar tanto (y conviene que esta memoria se refresque, aunque sea para nuestro dolor y para nuestro bochorno) es que España, a finales del siglo XV, también colaboró de forma activa en esa bárbara maldición, expulsando al pueblo hebreo mediante un dictamen inflexible de los Reyes Católicos que, con una leve excusa religiosa, sirvió para apropiarse de las abundantísimas riquezas de este pueblo.
Ahora, quinientos años después, el norteamericano Noah Gordon fabula la historia errática y atormentada del último judío que permaneció en nuestro país sin abjurar de su fe: Yonah Toledano, hijo del afamado platero Helkias. Para mantenerse a salvo de las sangrientas garras de la Inquisición, este judío deberá fingirse otras identidades, refugiarse bajo otros nombres (Tomás Martín, Ramón Callicó) y resignarse a una vida de perpetuo fugitivo, en la que habrá de adaptarse al aprendizaje de innúmeros oficios (marinero, bracero, pastor, albañil, carcelero, forjador de metales) y a la acometida de azarosos viajes (cruza la mitad de las actuales provincias españolas, incluida Murcia; e incluso hace una escala marítima en el puerto de Cartagena). Al final, encontrará su destino como médico en Zaragoza, camuflado ya bajo la paz tranquila de su último seudónimo.
La pregunta inmediata, tratándose de Noah Gordon (uno de los más reconocidos fabricantes de bestsellers que hay actualmente en el mundo), es casi inevitable: ¿estamos ante una buena novela, o tan sólo ante un “artefacto para ser vendido”? Yo diría (si ustedes me preguntasen) que ante ambas cosas. Hay, sí, concesiones formales a una masa lectora amplia (un nivel de vocabulario no excesivamente elevado; un argumento donde se espolvorean instantes de intriga y de sexo; unos análisis psicológicos de los personajes que jamás inquietan por su complejidad; etc); pero sería absurdo no reconocer que la novela está bien construida, bien hilvanada, mantiene un digno interés argumental y se resuelve en un epílogo irónico o amargo que quizá sea lo mejor de toda la historia, por la sonrisa triste que al lector se le dibuja cuando lo concluye.
El proceso de documentación del libro fue además (y así lo certifica la notable lista de agradecimientos que abre la narración) muy meticuloso, con un Noah Gordon consciente de la complejidad del tema y de la imperiosa necesidad de trabajarlo bien, que viajó por España (visitó los antiguos barrios judíos de Barcelona, Gerona y Toledo), se asesoró sobre viajes por mar en el siglo XVI en el Museo Marítimo de Barcelona, consultó libros en las más destacadas bibliotecas de varios países, asaeteó con sus preguntas a sabios rabinos, historiadores españoles y profesores universitarios, y confeccionó un sinfín de fichas eruditas. El resultado es una novela que, a mi entender, resulta sólida y estimable. 

jueves, 29 de septiembre de 2011

Academia Europa




En octubre de 2008 le escuché decir a Luis Leante, durante una conferencia pronunciada en Molina de Segura, que la obra de la que más orgulloso se sentía era Academia Europa. Ignoro si el transcurso del tiempo ha modificado esa impresión, pero es probable que el escritor caravaqueño no se haya apartado mucho de ese parecer. Su protagonista es un joven estudiante de lenguas clásicas (como lo fue en su día el escritor) que, agobiado por las estrecheces económicas, ha de buscar empleo en una academia bastante singular. La entrada de ésta le recuerda a"una boca con los dientes podridos" (p.17) y es el preámbulo que lo conduce hasta don Segundo Segura, director de la misma, quien después de una entrevista voluntariosa y agónica le termina concediendo el puesto de trabajo. Su misión consistirá en enseñar física y química, ortografía, lenguaje, derecho y contabilidad; y se le pagará una miseria. Pero el protagonista, acuciado por la innoble asfixia del dinero, termina aceptando. Hasta ahí, en nada difiere esta situación de la que ha podido sufrir en un momento u otro cualquier licenciado que busca su sitio en el difícil mercado laboral.
Pero de inmediato comienzan a acumularse las anomalías a su alrededor: sus alcanforados compañeros de docencia (don Cirilo y don Efrén, que parecen "una fotografía en sepia", p.27); el ambiente opresivo de la academia ("la gruta", p.31); la extrañeza que le provoca que, ante su protesta, el director le doble el sueldo de forma instantánea con tal de que no se vaya y, además, le conceda la posibilidad de vivir allí, en un cuarto; la turbadora esposa de éste, Ariadna, que le transmite al joven licenciado un espeluzno de intriga y deseo... Pronto descubrirá que la madre de Ariadna se llama Pasífae; y que la hija de Ariadna y don Segundo (una auténtica lolita, tan afiebrada como peligrosa) se llama Egle... Se multiplican las resonancias clásicas, y también el aroma trágico y claustrofóbico de todo lo que rodea al joven filólogo, que empieza a sospechar que ha quedado atrapado en un ámbito estanco, pegajoso e irresistible, del que le resultará punto menos que inútil tratar de escabullirse.
Lo difícil (también lo complejo) de esta trama es que Luis Leante introdujo en ella muchos elementos de su propia experiencia laboral, debidamente adaptados para la ficción. Y el gran conflicto que se le planteaba era el de distanciarse de esos elementos para construir, ante todo, un edificio narrativo valioso y exento, proeza que consigue en cada una de sus páginas.
Cuando se publicó esta obra hace algunos años, después de obtener un premio de novela corta, elaboré una reseña sobre ella y dije que era cuestión de tiempo que alguien como Luis Leante terminara publicando en Alfaguara (a las hemerotecas remito para comprobarlo). Me hace feliz comprobar que mi vaticinio se ha cumplido y que el escritor caravaqueño está donde sin duda merece. Y por muchos años.

jueves, 1 de enero de 2009

La llave de Sarah



La memoria es una herramienta que puede llegar a ser una auténtica bendición, pero también un doloroso estigma. Y cuando esa memoria se permite la avilantez de recordarnos que una vez fuimos insoportablemente cobardes o indignos tratamos de desecharla, de cubrirla con toneladas de amnesia. Pero esa actitud no es sólo individual, sino también colectiva: no hay nación en el mundo que no esté mancillada por alguna culpa infame de la que quisiera desembarazarse o renegar.
En julio de 1942, las autoridades políticas y policiales francesas acataron la orden emanada de Berlín para que todos los judíos de la capital del Sena fueran expulsados y conducidos a Auschwitz, donde se procedería a su exterminio. Es lo que se conoce como la gran redada del Velódromo de Invierno. Y ese monstruoso suceso (documentado históricamente) sirve de base a Tatiana de Rosnay para construir su novela La llave de Sarah, editada por Punto de Lectura gracias a la traducción de José Miguel Pallarés. El argumento no puede ser más sobrecogedor: una familia de judíos franceses (los Starzynski) son apresados por los gendarmes en su propio hogar; y para evitar que su hermanito Michel sufra este atropello Sarah lo oculta en un armario camuflado en la pared, lo encierra con llave y se lleva esa llave, bien protegida, para volver unas cuantas horas más tarde a rescatarlo. Lo que la pobre niña no puede imaginarse es que la retención durará días, y luego más días, y luego semanas. Y cuando logra volver tras mil penurias y peripecias, aparte de encontrársela ya ocupada por una familia parisina no judía (que ha aprovechado la ausencia de los legítimos propietarios para adueñarse de ella), se encontrará en el armario un triste cuerpecito fallecido y en estado de descomposición. El hambre y la sed han podido con la criatura, que ha muerto acurrucada.
Sesenta años después, una periodista llamada Julia Jarmond recibe de sus jefes el encargo de elaborar un extenso reportaje sobre la redada del Velódromo de Invierno... y se encontrará horrorizada con esta historia. Pero las sorpresas no han hecho más que comenzar: pronto se entera de que la familia de su esposo, Bertrand Tézac, está implicada en aquellos horrendos sucesos del pasado. Y se embarcará en una búsqueda agonizante, desgarrada, firme y justiciera. Quiere descubrir qué es lo que pasó realmente con Sarah. ¿Consiguió sobreponerse a aquel mazazo cruel que el destino le infligió? ¿Sigue aún viva, en Francia o en otro sitio?
Con una prosa excelente, con muchísimas emociones (que evitan siempre la sensiblería) y con un argumento tan seductor como impactante, Tatiana de Rosnay consigue una de las mejores, mejor construidas y más humanas novelas de la temporada. Debe ser leída: agita el alma y enriquece el corazón.