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domingo, 21 de septiembre de 2014

Baudolino



Más de una vez, a lo largo de su carrera literaria, el argentino Julio Cortázar suspiró por lo que él llamaba un “lector-cómplice”. Y Umberto Eco, con esta novela, lo que parece estar reclamando es un “lector-santo Job”. No porque la obra sea mala, que no lo es, sino porque lo realmente atractivo de su argumento no se inicia hasta bien cruzada la página 300; y esa demora no todos los lectores están dispuestos a soportarla. Pero si lo hicieran (y mi recomendación es que lo hagan) descubrirían que, a partir de ahí, comienza un fabuloso viaje que tiene como objetivo descubrir el mítico reino del Preste Juan.
En esa fabulosa aventura, Umberto Eco hará que sus héroes (encabezados por ese avispado y locuaz farsante llamado Baudolino, dueño de una inmoderada desfachatez) encuentren basiliscos, selvas donde no penetra ni un solo rayo de luz, ríos de piedras movientes, unicornios mansísimos, doncellas con pies de cabra y otros mil prodigios que incluyen esciápodos (criaturas humanoides sostenidas sobre una pierna), blemias (homúnculos sin cabeza) y hasta hombres con testículos “que les llegan hasta las rodillas” (p.335).
Por lo que respecta a las huellas literarias, las hay muchas y de muy variada condición, como es normal en la prosa del cultísimo semiólogo italiano. Véase, si no, ese homenaje a Jonathan Swift que se encuentra en la página 398, cuando los blemias llaman a los caballos “Houyhmhnm” (que es precisamente como se llamaba a los humanos en uno de los Viajes de Gulliver); o esas burlas dirigidas en la página 393 contra Jorge Luis Borges (al que, por cierto, ya había satirizado con el nombre de Jorge de Burgos en El nombre de la rosa).

¿Conclusión? Pues que paciencia, porque la segunda mitad de la obra compensa del esfuerzo de haber recorrido sin apenas alegrías la primera parte.

jueves, 14 de agosto de 2014

Cinco escritos morales



Aparte de ser un novelista con enormes éxitos internacionales (y con algunas decepciones también enormes, para qué negarlo), Umberto Eco lleva décadas siendo un ensayista de prestigio, un pensador respetado, un cirujano de su tiempo y de sus circunstancias. Y para quienes desconozcan esta vertiente de su producción, nada mejor que adentrarse en estos Cinco escritos morales, de agradable formato y amena lectura.
En él, Umberto Eco opina (con la solvencia y el rigor esperables de un intelectual de altura) sobre el tiempo en que vivimos, sobre la guerra, la intolerancia religiosa, el mestizaje, la libertad de prensa y el futuro. Pero que nadie se espante, sospechando erudiciones difíciles, ni párrafos que sólo las personas preparadísimas pueden leer. Nada más lejos de la realidad. Eco ha conseguido dirigirse a todos con profundidad solemne, pero sin renunciar a las palabras de la tribu, al lenguaje cotidiano y directo.
El primero de estos escritos se titula Pensar la guerra y se sitúa en la coyuntura del conflicto del Golfo Pérsico (1991). Yo diría que es el ensayo más áspero de todo el volumen, y su potencia argumentativa es algo endeble. En el segundo (Un fascismo eterno), Umberto Eco analiza todos los ingredientes que, a su juicio, posee la doctrina fascista pura, a la que él llama con gran acierto “Ur-fascismo”: culto a la acción, rechazo de la modernidad, racismo a ultranza, apelación a las clases medias frustradas, nacionalismo, elitismo, etc. Es un análisis que asombra por su nitidez y contundencia. El tercero, titulado Sobre la prensa, es una petición para que el mundo del periodismo retorne a la seriedad y también al rigor, olvidando los populismos y mentiras del Poder, en cuyos brazos tan fácilmente se ha rendido en las décadas pasadas. Y los dos siguientes escritos, con los que cierra el volumen, son dos bravas defensas de la ética natural, de la tolerancia y del respeto a nuestros semejantes, que serán las normas de actuación que permitirán avanzar con orgullo por el siglo XXI, para el que Umberto Eco preconiza una Europa multirracial (“coloreada”, dice él) y una cultura mestiza, en la que todos nos veremos fecundados por las ideas y la piel de los otros.

En un mundo en el que tantos novelistas y ensayistas cometen el pecado de querer aturdirnos con su palabrería, se agradece que intelectuales como Umberto Eco hayan tenido el coraje y la caballerosidad de frecuentar el camino contrario: el de hablarnos de cosas complejas con palabras sencillas. Y eso no constituye un desdoro ni para el autor ni para los lectores. Es, más bien, un soplo de aire fresco que alivia los pulmones y los ojos. Usar el culteranismo para decirnos que los ombligos son redondos es matar moscas a cañonazos.