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domingo, 1 de junio de 2025

Retratos


 

Vuelvo (siempre es una delicia) hasta las páginas de Andrés Amorós, que ahora me permite leer estos Retratos (Historias verdaderas y fingidas) que le publica el sello Fórcola. Y resulta difícil, y por eso mismo estimulante, definir qué hay en el espíritu de estas viñetas. Porque “retratos”, desde luego, son: vemos el rostro, el temperamento, la peripecia de algunos personajes, que son dibujados con pinceladas breves y elegantes. Pero también son “relatos”, porque la voluntad del autor es claramente narrativa: quedan conformados como diminutos cuadros, al modo de cuentos breves, cuyo aroma cautiva. Y también son “recatos”, porque el pudor modera el exceso de revelaciones nominales y tiñe de acertijo muchas de las páginas del volumen. Creemos descubrir aquí y allá ciertas hebras, de las que tiramos para llegar hasta la revelación final, pero nunca se nos facilita esta: quizá porque el hecho estético es, como decía Borges, la inminencia de una revelación que nunca llega a producirse. “Parece que habla de o que se refiere a”. Eso es todo. El anzuelo, que no duele, pero que encandila, se clava en nuestra cabeza y nos permite el juego de aventurar.

Andrés Amorós nos dice que ha encontrado durante su vida muchas personas ante las cuales “yo miraba, escuchaba, callaba y aprendía: ese era mi papel” (p.62). Y ahora, seductor, nos ofrece estos retratos para que nosotros también miremos, escuchemos, callemos y aprendamos con las enseñanzas de don José, del “guesentido”, del psiquiatra judío, del hombre que se enamoró de la chica que salió de una tarta, del teórico sobre la forma craneal de los vascos o del consigliere. Una delicia, créanme.

viernes, 10 de febrero de 2023

Las cosas de la vida

 


Acabo de leer el delicioso volumen Las cosas de la vida. Guía para perplejos, de Andrés Amorós (Fórcola, 2022). Y, contraviniendo mi costumbre de “devorar” las obras que consiguen capturar mi atención, he empleado en hacerlo todo un mes. La explicación es sencilla: tras deleitarme con los dos primeros capítulos, donde se nos habla de la culpa, del arrepentimiento y de la dificultad de conocerse a sí mismo, me di cuenta de que la textura del libro requería una lectura pausada, espaciada, lenta y reflexiva. No se trataba de recorrer el tomo, sino de permitir que él me recorriera a mí. De tal modo que opté por imponerme el freno de abordar cada jornada, solamente, un capítulo: ni más, ni menos. Leerlo con calma, sin ruidos ambientales, a ser posible de noche; y extraer de él toda su sabia savia. Valorar las innumerables citas que Andrés Amorós incorpora en cada uno de ellos y entender la conexión entre ellas y la oportunidad de su aducción.

Al fin, todos los cristalitos de colores forman una vidriera excepcional, donde los nombres egregios de Cervantes, Montaigne, Pascal, Shakespeare, san Agustín o Antonio Machado son invocados con inteligencia, permitiéndonos acceder a una crestomatía plural, densa y fértil, que nos adentra no solamente en el corazón de la sabiduría, sino también en el corazón mismo del autor. Porque la gran lección de este libro consiste en descubrir que Amorós ha necesitado toda su vida para recopilar, reflexionar y relacionar estas citas, que no actúan aquí como exhibiciones pedantes, ni como aforismos de relumbrón, sino como destilaciones lentas, cuyo objetivo es invitarnos a pensar y sentir la paz y el saber profundos de sus palabras. En cada una de las habitaciones de este castillo interior aprendemos algo sobre la vanidad, la memoria, la experiencia, el trabajo, el respeto, la excelencia, el orgullo o las afinidades electivas; y cuando todas las teselas nos han sido mostradas, el mosaico deslumbra.

Si me permiten el consejo, léanlo de la misma forma que yo: disfruten de cada página. No se apresuren. El alambique-Amorós se ha esforzado para entregarnos un licor deleitoso, que conviene paladear. Pruébenlo con los ojos abiertos; luego ciérrenlos y reflexionen. Verán qué maravilla.

lunes, 21 de noviembre de 2022

Maestros y amigos

 


Me encuentro con el volumen Maestros y amigos, de Andrés Amorós (Fórcola, 2020), y descubro en él dos ríos caudalosos que me refrescan y me fascinan con la misma intensidad: de un lado, el escritor que recopila las semblanzas y recuerdos que atesora sobre un buen número de personajes (escritores, pintores, actores, toreros) con los que la vida ha tenido a bien relacionarlo; del otro, la mirada bondadosa sobre el prójimo, de la que quedan excluidas la maledicencia, la anécdota chusca o vergonzante, la ridiculización que siempre comporta el aireado de intimidades. Ambas pulsiones me seducen. La primera lo ha hecho siempre; la segunda, lo reconozco, solamente en los últimos años, cuando la edad me ha llevado a descubrir que el afecto, la ternura, la amistad, el respeto y la admiración pueden exhibirse con el mismo orgullo que la mala leche. Yo era umbraliano y, cerca de la jubilación, me siento bastante más amoroso (es decir, más decantado hacia Amorós).

Me ha emocionado la manera en que el crítico valenciano elabora sus retratos, tan hermosos desde el punto de vista literario como admirables desde el punto de vista humano. Si de algún personaje conoce sombras (y cómo no, tras años y hasta décadas de relación), las omite con caballerosa elegancia, porque lo que importa no es el escándalo, sino el dibujo íntimo; no la polémica, sino la divulgación de la grandeza. Alguien podrá pensar que este camino conduce directo hacia la frontera de la hagiografía, pero Andrés Amorós elude con la misma mesura la hipérbole, y se ciñe a hechos contrastados, a logros objetivos, a esplendores indiscutibles. Así, nos habla del respetuoso e infatigable historiador don Américo Castro; del gran actor (cómico y trágico) Alfredo Landa, que supo reinventarse a sí mismo gracias a la excelencia de su arte; del filólogo Rafael Lapesa, que impregnó con su elevada sabiduría los estudios sobre la lengua española y que tenía enmarcada en su despacho la frase “Dios bendiga a quien no me haga perder el tiempo”; del serio, versátil y minucioso José María Rodero, gloria de los escenarios; de la bonhomía constante de Miguel Delibes, que le hizo acreedor de unánimes simpatías; del vitalismo y la autenticidad de José Luis Sampedro; del torero Luis Miguel Dominguín, la “inteligencia natural más grande que yo he conocido, en toda mi vida, en cualquier ámbito”; o del premio Nobel Camilo José Cela, del que refiere una anécdota simpatiquísima: “Estábamos charlando una mañana, Camilo y yo, en la universidad de Salamanca, en una de esas reuniones a las que acuden montones de gente, cuando pasó a nuestro lado una joven y él me dijo, con toda seriedad: “¿Ha visto usted, Amorós, qué señorita tan guapa?”. No se le escapaba una, a Camilo José Cela. Desde hace años, esa señorita es mi mujer”.

Un libro sin duda admirable, para disfrutar y para aprender, del que sale con una sonrisa y con el alma limpia, llena de gratitudes, elogios y reconocimientos.

viernes, 9 de agosto de 2019

Aquí y ahora




Leo y termino Aquí y ahora, de Miguel Ángel Hernández, sin llegar a entender muy bien la insistencia que varios críticos han desarrollado en torno a la palabra “híbrido” para definirlo. La vida es híbrida, como híbrido es el arte, híbrida es la amistad, híbrida es la escritura e híbrida es la lectura: no podía responder a otro espíritu un volumen donde esos cinco elementos se funden y complementan a lo largo del tiempo. O, dicho de un modo más simplificado: si la vida es híbrida, el diario tenía que ser híbrido.
Pero si lo leemos etimológicamente, como la hybris griega, tampoco esta obra podía funcionar de otro modo. Desmesura. Ansiedad. Límites. Voracidad a la hora de escribir, de abrazar a los amigos, de beber, de acometer tareas como crítico de arte, de viajar, de absorber lecturas. Aquí y ahora se erige en crónica de muchas actividades, intelectuales y emocionales: desde las visitas al Yeguas hasta las reflexiones sobre Mieke Bal o Marcel Duchamp (“el más grande de todos los artistas del siglo XX”, p.210), desde su amistad con Leo o Sergio del Molino hasta sus visitas esporádicas al gimnasio, desde sus cervezas interminables y su vermut granizado hasta el jägermeister (que raramente le sienta bien), desde su vesícula empedrada hasta sus masturbaciones viendo porno gay, desde sus fotos vestido de escocés hasta su viaje a China, desde su relación ambivalente con las redes sociales hasta el poliamor… Todo queda registrado en estas páginas, como en una bitácora del corazón, del cerebro, del estómago y del hígado.
Y por debajo, como un poderoso río, el proceso de creación de El dolor de los demás, su novela más desgarradora, testimonial, tortuosa e íntima. Una novela arrancada, más que escrita. Una novela llorada, más que redactada. Durante estas 268 páginas asistimos a su gestación y moldeado, a sus vacilaciones, a sus enmiendas, a sus crisis, a los rodeos para encontrar un tono, una voz, incluso un título (que finalmente le sugiere Vicente Luis Mora), a sus inquietudes por el impacto que pueda tener esta narración en las personas de su entorno y de su pasado; y, después del mazazo inicial que recibe tras la lectura por parte de sus agentes (“La novela no funciona, dicen. Todo es malo. Ni un solo halago. No va a ninguna parte”, anota abatido en la página 229), por fin la publicación en el sello Anagrama y el despliegue de las repercusiones.
Arte, literatura (escrita y leída), docencia, bares, exposiciones, sexo y partidos de fútbol. Cómo resistirse a ese panóptico narrativo.

miércoles, 30 de julio de 2014

Libros, buquinistas y bibliotecas




Que Azorín fue un lector voraz de todo tipo de volúmenes era algo que sabíamos de sobra los aficionados a la literatura. Pero el trabajo que ha abordado Francisco Fuster en la editorial Fórcola es, simplemente, impagable: ha rastreado «en los cerca de cinco mil quinientos artículos de prensa que publicó en distintos periódicos de España y Argentina durante sus más de sesenta años de profesión» (p.18) aquellos que el escritor de Monóvar dedicó al mundo de los libros, hasta conformar este volumen, que no duda en definir como «autorretrato de un bibliófilo».
Azorín reivindica en estas páginas dispersas el placer de la lectura («Por gusto han de ser leídas las obras literarias», p.28); señala que el capricho de los eruditos de poner infinitas notas a pie de página con miles de fruslerías filológicas se le antoja «deleznable, frívolo y pedantesco» (p.30); opina sobre las peculiaridades de la cultura española, en comparación con la del resto del continente europeo («Las naciones son grandes —como los individuos— por el espíritu. Grecia, Francia, Italia, Alemania han influido en el mundo por la inteligencia. Cuando toda Europa se renovaba, ¿qué hacía España?», p.32); deplora la falta de instinto comercial y de sano afán propagandístico de la mayor parte de los editores españoles de su tiempo, reacios a las técnicas que permitan difundir y vender mejor los libros; opina sobre la condición enriquecedora de las obras que leemos («Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos», p.85); se sumerge en largas consideraciones sobre la importancia que tienen las lecturas durante la infancia y la adolescencia, indicando que jamás debe vedarse a los niños ninguna obra, que los libros especialmente compuestos para ellos se le antojan una tontería y que la principal virtud que han de atesorar esos primeros volúmenes es abrir para los chavales la puerta de la fantasía («La imaginación es la prenda más exquisita con que cuentan los humanos», p.214) ; y hasta se permite la inclusión en estas páginas de algunas pinceladas teñidas por la misantropía («Las visitas roen nuestro tiempo; por poco que se lleven, siempre se llevan cuatro o seis páginas posibles», p.88).
La obra, como no podía ser de otro modo siendo Azorín su autor, está compuesta en un estilo ágil, de frases cortas y directas, donde el maestro de la generación del 98 no deja de enseñarnos palabras olvidadas o marginales, que él refresca para nosotros. Por ejemplo, ¿han pensado alguna vez cómo se llama esa telita que separa los granos en el interior de una granada? ¿Y saben cuál es el nombre exacto de la telita que separa el huevo de su cáscara (visible cuando el huevo está cocido y le retiramos el envoltorio)? Pues ambos vocablos los tienen en la página 177, tan sonoros como marginales.

Azorín puede encandilar o irritar (algunos críticos opinan que es uno de los estilistas mayores de la prosa castellana del siglo XX; y otros, como Paco Umbral, abominan de él), pero jamás deja indiferente. Súmenle a esa condición única las magníficas fotografías en blanco y negro que completan el volumen y convendrán conmigo en que el delicioso sello Fórcola nos acaba de regalar una obra hermosa y admirable.

lunes, 17 de marzo de 2014

Caricaturas y retratos



Decía Antonio Gala, hace ya muchos años, que no hay nada que una tanto a dos personas como mirar algo juntas. Mucho más, decía él, que mirarse la una a la otra a los ojos. Y con los escritores quizá la fórmula admita una variante: no hay nada que los retrate más y mejor que observar el modo –cruel, arbitrario, sistemático, amable, distendido, agrio, displicente, burlón– en que ellos retratan a los demás. Julio Camba, periodista culto y de enorme producción poliédrica, dedicó una parte de sus artículos de prensa, durante años, a dibujar semblanzas de escritores y pensadores que, por un motivo u otro, recabaron su atención. La editorial Fórcola, de la mano de Francisco Fuster, las reúne ahora en un delicioso volumen.
En estas páginas, y como muy atinadamente indica el propio Fuster, “lo que capta nuestro autor son una especie de escorzos en los que siempre se nos revela una faceta desconocida de esa personalidad sobre la que ya creíamos conocerlo todo” (p.10). Y maneja para ello “un razonamiento metonímico para llevarnos de la parte al todo”. Es exacto. Julio Camba, el irónico, versátil y endiabladamente ingenioso Julio Camba, era capaz de aprehender el espíritu de sus personajes con una velocidad y una exactitud anonadantes. Y aunque luego no compartamos como lectores todos sus juicios siempre admiramos sus ojos de bisturí.
Pongamos algunos ejemplos. Al nicaragüense Rubén Darío, después de tildarlo de maestro lo reputa de “el más ilustre de todos sus compatriotas” (p.45). A Edmond Rostand, en cambio, le reserva dicterios menos edulcorados, tanto en el aspecto personal como en el literario (“Me es muy antipático […]. No tiene nada absolutamente de poeta”, p.73). Tampoco le duelen prendas a la hora de crucificar a Marcel Prévost con un eslogan desdeñoso (“Un cursi insoportable”, p.79) o de adjudicarle al sacrosanto Karl Marx un adjetivo de lo más explícito (“fantasmón”), justo después de retratarlo en tonos ácidos (“Era un evangelista de la igualdad social, pero se expresaba en una forma perfectamente pedantesca y no tenía el menor interés en llegar al corazón del pueblo”, p.185).
En ocasiones, Julio Camba se decide por el retrato paradójico, como el que articula sobre el vasco Pío Baroja (“No le he admirado, a pesar de sus incongruencias, sino por sus incongruencias, ni a pesar de sus faltas gramaticales, sino por sus faltas gramaticales, ni a pesar de sus ideas absurdas, sino por sus ideas absurdas”, p.53). Y en otras, utilizando como base a un autor (en este caso. Paul Verlaine), elabora una crítica que se tiñe de matices más generales (“¿No se ha de haber muerto, si lo han matado ustedes de hambre? En el caso de Verlaine se puede asegurar que el poeta ha muerto, y a su muerte han contribuido los periódicos, que no le tomaban trabajos, tanto como los editores, que casi no le pagaban”, p.67)

¿Una galería de retratos con la cual forjarse una imagen objetiva de sus protagonistas? En modo alguno. Ni Julio Camba lo pretende ni hubiera sido capaz de sujetarse a tal disciplina académica. Maestro de la pincelada, doctor en ironías y zumbas, el periodista pontevedrés (que vivió sus últimos trece años hospedado en una habitación del madrileño hotel Palace) se decanta por las miradas tangenciales. Y el resultado, se lo puedo asegurar, es impagable.

domingo, 2 de febrero de 2014

Cuadernos de Rusia



Lo dice Jordi Gracia en el prólogo, tan sintética como nítidamente: «Una cosa era hacerse socialdemócrata y liberal, tolerante y racionalista desde un pasado fascista, y otra llevar encima el pasado hiperfascista y fanatizado de Ridruejo». No es desde luego una afirmación baladí, ni carente de consistencia, porque recordemos que el soriano Dionisio Ridruejo (1912-1975) fue miembro eminente de la Falange, eficaz Director General de Propaganda del régimen de Franco y voluntario fervoroso en la División Azul. Pero desde los años 40 se produjo en él un giro copernicano, que lo llevó hacia posiciones políticas cada vez más críticas con la dictadura: charlas, clases, declaraciones, artículos en la prensa, fueron cimentando una personalidad disidente, que incluso visitó la cárcel en más de una ocasión, convirtiéndolo en un símbolo de honestidad y de espíritu ético.
En estas 400 páginas que publica de forma exquisita el sello Fórcola nos encontramos con todo tipo de informaciones: la desilusión que embargaba al joven Dionisio con respecto a su país («España se nos ha hecho más agria y triste que  nunca. Casi todas mis ilusiones (nuestras ilusiones) políticas, sociales, estéticas naufragan en una mediocridad perezosa y envanecida que, por lo mismo que simula lo que debería ser y no es, cierra el paso a toda esperanza normal», p.55); las fanfarronadas que escuchó a los voluntarios, que quedaban reflejadas en insulsos ripios cantados («Rusia es cuestión de un día / para nuestra infantería/ [...] Volveremos a empezar, / tomaremos Gibraltar», pp.58-59); ciertas aventuras galantes con chicas alemanas («Parece que las mujeres son generosas con los que van acaso a morir», p.94); escenas de sexo mercenario, de una sordidez lastimosa (vid. p.162); la constatación de que los combates no constituyen una abstracción épica, sino una terrible realidad muy próxima («Ayer una jornada triste y conmovedora. La muerte adquiere para nosotros nombres propios, conocidos y queridos», p.235); la religiosidad que brota en los momentos de mayor dureza bélica («He aprendido a rezar el Padrenuestro, a comprender su perfección, su suficiencia. Nada queda fuera de esta oración divina. Nada es necesario añadir, nada falta. Todo cuanto el alma puede decir y pedir a Dios está en esas palabras», p.340); la brutalidad de las penurias que tuvo que sufrir en el frente ruso, como el resto de sus compañeros («Mi peso al ingresar en el hospital es de 39 kilos», p.358); los poemas que fue componiendo e intercalando en el texto; y un largo etcétera de gran interés.

En la atinada introducción al volumen que escribe el profesor Xosé M. Núñez Seixas, de la universidad Ludwig Maximilian de Múnich, se afirma que estos cuadernos «merecen un puesto de honor en la amplísima literatura memorialística sobre la División Azul» (p.23), aunque tampoco le quede al estudioso ninguna duda acerca de otro hecho: «Del frente del Este, el poeta soriano volvió troquelado por la experiencia de guerra, más maduro y curado de idealismos ingenuos, pero tan fascista o más de lo que era cuando partió para la aventura en el verano de 1941» (p.49). Leamos, pues, estas páginas como el testimonio de un espíritu que portaba en su interior, todavía en una fase secreta o embrionaria, la semilla del cambio. Un escritor francés explicó en una ocasión que, si no tienes paciencia para contemplar a las orugas, nunca conocerás a las mariposas.

lunes, 6 de enero de 2014

Cortázar y los libros



Un viejo proverbio que leí hace años, no sé dónde, afirmaba que no se puede juzgar a nadie hasta que has caminado un buen trecho llevando puestos en los pies sus zapatos. Es una forma de decir que cada uno está dibujado (o delimitado) por sus circunstancias, como bien intuyó el filósofo español José Ortega y Gasset. En la obra que hoy traigo a esta página (titulada Cortázar y los libros, escrita por Jesús Marchamalo y publicada por el sello Fórcola) se juega con un concepto parecido: ¿puede concebirse una imagen fiable de una persona, observando los libros que ha leído, las frases que ha subrayado en ellos, qué autores no aparecen en su biblioteca, qué géneros desdeña o ignora? Tras la muerte del escritor argentino Julio Cortázar en 1984, su antigua esposa Aurora Bernárdez decidió que los libros que éste había acopiado en su vivienda de la parisina calle Martel pasasen a la Fundación March, de Madrid, quedando a disposición de los estudiosos. Ahí fue donde los encontró, escrupulosamente ordenados, el investigador Jesús Marchamalo, que decidió convertirlos (bendito sea) en objeto de análisis. La intención del observador era tan peculiar como fértil: explorar las páginas de esos numerosos volúmenes y descubrir las huellas dactilares de la lectura; comprender qué libros ha manejado y glosado con más frecuencia el narrador argentino; y tratar de extraer conclusiones de esos datos. ¿Por qué no hay obras de Camilo José Cela, ni Ana María Matute, ni Miguel Delibes en los anaqueles? ¿Cuál es la opinión real que Julio Cortázar tenía de su compatriota Jorge Luis Borges, que lo ayudó en sus comienzos pero del que se distanciaba cada vez más desde el punto de vista ideológico? Nos dice el investigador madrileño que el autor de Rayuela “polemiza con frecuencia con los autores a quienes lee, y a través de sus notas establece con ellos un diálogo en el que expresa su conformidad o, lo que es más frecuente, su discrepancia” (p.21). En ese diálogo fluido, antirretórico, visceral y auténtico (en esas curiosas marginalia Julio Cortázar no tenía por qué mentir) descubrimos el profundo afecto que le unía a la obra de Octavio Paz, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Edgar Allan Poe, Pablo Neruda o Carlos Fuentes, así como las lúcidas matizaciones que anota en los márgenes de sus obras... Es muy famosa aquella frase escrita por Borges donde afirmaba que un escritor se concentra durante toda su vida en escribir sobre tigres, amaneceres, ríos, sonrisas, libros, árboles, pistolas, nubes y cofres; y que solamente al final, cuando está a punto de morir, descubre que todo ese cúmulo de elementos dibuja la imagen de su cara. ¿Quién nos dice que los subrayados que hacemos en los libros, las notas de lectura que imprimimos en ellos, no constituyen en el fondo nuestra mejor radiografía espiritual? Jesús Marchamalo, acercándose a los libros de Cortázar, nos ofrece un documento curioso y lleno de informaciones pequeñas y deliciosas sobre el Cronopio Mayor del Reino. Interesa leerlo.