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martes, 23 de junio de 2026

Caminos que conducen a esto

 


Cuando me siento en el sillón y abro un libro de Andrés Ortiz Tafur, ya sé que me voy a sorprender. No sé cómo ni por dónde, pero tengo claro que el escritor de Linares va a conseguir dejarme K.O. con la magia, la fantasía y la rotundidad de sus historias. Me ocurre con algunos escritores (Monzó, Cortázar, Moyano, Olgoso) y por esa razón me gusta volver continuamente a sus páginas. Ahora lo hago con Caminos que conducen a esto, un chispeante volumen que publicó en El Desván de la memoria y que leo en la edición de 2013.

Con la inagotable destreza de un prestidigitador, Andrés nos habla de una mujer no especialmente agraciada, que se instala en cierto lugar y aspira a convertirlo en un refugio para personas feas, que olviden allí sus traumas; de sueños que se expanden hacia la vigilia, o que establecen enigmáticos diálogos con ella; de asombrosas naranjas blancas (tan infrecuentes como las manzanas azules); de una Eva insaciable que no termina de encontrar en el Edén su pareja idónea, para decepción y abatimiento de Adán; de homenajes al más universal de los cantantes nacidos en la provincia de Jaén (“Eva tomando el sol”, “A esa hora maldita (en que los bares a punto están de cerrar)”); del novio que padece una inquietante disfunción eréctil y no sabe cómo afrontar la relación (cercana ya al matrimonio) con su paciente pareja; de las figuras coloreadas que se saludan o despiden en lo alto de una montaña, provocando la perplejidad de los montañeros que las observan desde abajo; o de un hombre (llamado Marcial) cuyo tono de voz es insufriblemente elevado, incluso para la mujer con la que convive.

De todas las combinaciones de seriedad, humor y excelente literatura, la que nos ofrece Andrés Ortiz Tafur en sus obras me parece una de las más notables de nuestro país, así que les sugiero (si me lo permiten) que acudan a sus libros. Me terminarán concediendo la razón.

martes, 6 de enero de 2026

El agua del buitre

 


Desde que leí y reseñé en este mismo blog su libro Tipos duros (https://rubencastillo.blogspot.com/2024/12/tipos-duros.html) me dije que tenía que abismarme en otra obra del autor; y hoy, día de Reyes de 2026, cumplo mi palabra con El agua del buitre, un volumen de relatos que salió a la luz en 2020 (año aciago) en Baile del Sol.

El abanico de sorpresas que el volumen brinda es muy notable y cubre grandes zonas del espíritu humano: los miedos que nos atenazan, las amarguras y hasta las perplejidades de la infidelidad, el soplo erosivo de los calendarios, la densa textura de nuestros sueños… Para conseguir que todas esas emociones alcancen el ánimo del lector, Andrés abre su caja de sorpresas y nos habla de piedras que, al ser golpeadas con el pie, recitan versos de Antonio Machado (“Golpe a golpe”); de ancianos que han muerto y que esperan con paciencia que alguien descubra su cadáver y lo coloque en el lugar deseado (“Clemente”); de familias en las que el alcohol, la violencia y las lágrimas enrarecen el transcurrir de los días (“La fosa séptica”); de situaciones matrimoniales que provocan un escalofrío en la columna (“El bar de abajo”); de escritores que urden asombrosas artimañas para lograr de su editor una moratoria a la hora de entregar su novela (“Los autos locos”); de la adquisición de un mueble baratísimo, que se convierte en símbolo y en delta de amarguras enquistadas (“Román paladino”) o de personas que suben y bajan escaleras de forma mecánica y ritual, sin que los impulse ningún motivo aparente (“La costumbre”).

Todas las propuestas, una vez leídas, te dejan pensativo y resultan admirables. Lo podrán comprobar ustedes mismos, si tienen el buen gusto de adentrarse en este tomo. Pero les confieso una debilidad personal, que no tiene por qué ser la suya: “Sábado noche”. Lo he leído tres veces, en bucle, paladeándolo. Y me parece una maravilla.

martes, 31 de diciembre de 2024

Tipos duros

 


Creo que no pueden ustedes ni imaginarse lo que van a encontrar si deciden leer el libro Tipos duros, de Andrés Ortiz Tafur. Y quiero que mis primeras palabras sean entendidas como las he escrito: literalmente. No pueden ni imaginárselo. Hay tal cantidad de situaciones inusuales, tal cantidad de personajes variopintos, tal cantidad de argumentos asombrosos, que irán ustedes, como en el juego de la oca, saltando de perplejidad en perplejidad. Y esa característica del volumen no es muy común, porque los lectores, por regla general, estamos ya vacunados contra todo tipo de sorpresas. Pero, oigan, el autor lo consigue. No me pregunten cómo, pero lo consigue: un hombre que, tras ser abandonado por su esposa, se queda durante años observando con laxitud cómo pierde agua un grifo de su vivienda; un embarazo que, a su término, no entrega un niño, sino una historia delirante que se prolonga durante décadas; un Dios libidinoso, que toma la forma de un negro para conseguir hacer el amor con una mujer de hermosos pechos; un hombre que decide cuidarse para sobrevivir a su mujer e hijos; un esposo obsesionado con haber perdido sus testículos, lo que erosiona su vida matrimonial, laboral y social; un padre protector, que se convierte en guardián extremo de su hija adolescente; el antiguo terrorista con pasamontañas que ahora pide limosna en una calle de la ciudad; el joven que toma la decisión anonadante de vender su único riñón… No, permítanme que no les avance más diapositivas. Deben ser ustedes quienes se sumerjan en las páginas de este tomo para descubrir las que faltan, que no resultan menos chocantes que las citadas.

Andrés Ortiz Tafur nos traslada unas historias atípicas, en las que descubrimos perfiles humanos (dolores, soledades, tragedias, fracasos) que estremecen. Historias donde la persona que está leyendo tiene que mantener los sentidos alerta, porque cada matiz, cada palabra, cada gesto de los personajes cuenta y contribuye a tejer la telaraña de los relatos, fabricando un dibujo que exige nuestra interpretación, nuestra participación activa. Es de verdad una obra muy interesante: búsquenla.